Imágenes: arriba, un peculiar árbol genealógico de las lenguas indoeuropeas, realizado por la ilustradora finlandesa Minna Sundberg en su libro Stand Still. Stay Silent; abajo, esquema reconstructivo de Thomas Olander, lingüista histórico danés, de la Universidad de Copenhagen, a partir de la filogenia del indoeuropeísta estadounidense, Don Ringe.
La familia lingüística indoeuropea, denominada previamente como escita, tracia, jafética, indogermánica y hasta indocéltica, recibió el nombre de indoeuropea de parte del inglés Thomas Young a comienzos del siglo XIX. La conocida etiqueta “arios”, de Abraham Anquetil-Duperron acabaría siendo abandonada por sus connotaciones racistas.
El famoso lugar de origen ha sido ubicado en diferentes tiempos. Así, en el Paleolítico, el Mesolítico, el Neolítico Inicial (en el séptimo milenio), y entre el Neolítico Final y el Bronce Inicial (4500-3000 a.e.c.). En cualquier caso, los registros más antiguos en lo tocante a la existencia de indoeuropeos son de nombres personales anatolios, fechables entre 2300 y 2000 a.e.c. Las evidencias del indoario son posteriores (hacia 1500 a.e.c.), así como las del micénico, en torno a 1400. Las dispersiones de los indoeuropeos se datan hacia 2500 a.e.c. De una forma u otra, el origen indoeuropeo sería previo a la presencia de registros escritos de importancia.
Las primeras “cunas” propuestas se encontraron en Asia, en específico en la India septentrional y Afganistán, o en las proximidades del Cáucaso. Posteriormente, la búsqueda del lugar de origen sufrió un desplazamiento desde Asia a Europa, continente en donde se propuso el Báltico, a partir del conservadurismo del lituano; el Danubio, por la relevancia de la cerámica de bandas; Escandinavia, usando argumentos raciales, y la estepa del Mar Negro en virtud de su centralidad geográfica. En una fase posterior el lugar originario volvió a Asia, alrededor de la idea de los orígenes de la agricultura en Anatolia y a partir de experimentos genéticos, que ubicaría el espacio en torno al Cáucaso.
La antigüedad atribuida al sánscrito propició una inusitada fascinación, lo que hizo que la cuna indoeuropea se ubicase, muy a principios del siglo XIX, en India o en la antigua Bactria, entre el Hindu Kush y Afganistán hasta la década de 1880. Las dos primeras teorías clásicas surgen en este momento, el modelo de la India (la hipótesis OIT) y el modelo bactriano. Hacia 1878, el antropólogo alemán Theodor Poesche advierte que el lugar de procedencia originario debe estar cerca de Lituania, dando pie, de esta manera, al modelo báltico. En ciertas obras del profesor vienés Karl Penka, este asoció los orígenes indoeuropeos con un determinado aspecto físico nórdico, aspecto que popularizó la noción de que los indoeuropeos eran nórdicos de ojos azules, altos y rubios, originarios específicamente del norte de Alemania o del sur de la península escandinava. Este es el fundamento del modelo nórdico, que gozó de bastante apoyo hasta mediado el siglo XX, si bien algunos movimientos supremacistas blancos siguen considerándolo válido.
Hacia 1890 el historiador de la cultura alemán Otto Schrader inició su defensa de un origen al norte del Mar Negro, configurando lo que se ha denominado como modelo de la estepa. El célebre biólogo Thomas Huxley propuso que la cuna indoeuropea se centraba entre los Urales y el Báltico, conformando una suerte de modelo mixto que recibió el nombre de modelo nórdico-estepario. El modelo de la estepa logró, hacia 1920, el apoyo del célebre V. Gordon Childe, así como de los geógrafos Herbert Fleure y Harold Peake. Una década después apareció una alternativa al modelo estepario a partir de la lingüística y la antropología cultural: es el modelo de la estepa asiática.
En la segunda mitad del siglo XX, la celebérrima arqueóloga lituana Marija Gimbutas impulsó sobremanera el modelo de la estepa, aunque la solución esteparia fue finalmente desafiada en 1980 por los rusos Vyacheslav Ivanov y Tamaz Gamkrelidze, quienes aventuraron su hipótesis de un origen en el sur del Cáucaso, la llamada Gran Armenia, conformado el modelo de la Gran armenia, que no tardó mucho en ser cuestionado por el lingüista Peter Kitson, así como por el historiador del mundo antiguo, el ruso Ígor Diákonov, quien argumentó su preferencia por un modelo balcánico.
Por su parte, el lingüista Peter Giles, en el primer cuarto del siglo XX, apoyó un modelo danubiano, posteriormente también suscrito por el arqueólogo húngaro János Makkay así como por el lingüista italiano Giacomo Devoto. Era un modelo que partía de la relevancia de la cultura de la cerámica de bandas neolítica, que se difundió por toda Europa desde el Atlántico hasta tierras de Ucrania.
El arqueólogo alemán Herbert Kuhn, en 1930, aseguró que la cuna originaria estaría en el período o fase cultural Auriñaciense del Paleolítico Superior, inaugurando el modelo de la continuidad paleolítica. A finales de los años ochenta del pasado siglo XX, por su parte, el arqueólogo británico Colin Renfrew señaló en una obra de capital relevancia (Arqueología y lenguaje. La cuestión de los orígenes indoeuropeos), que las familias lingüísticas mayores se asociaban con diferentes lugares de procedencia y difusión de la agricultura. La expansión de las primeras sociedades agrarias desde Anatolia a Europa fue visto como el origen y espacio de dispersión de las lenguas indoeuropeas, dando nacimiento así al modelo anatolio.
Han existido algunos otros modelos atrevidos e, incluso, carentes de soporte histórico. El caso paradigmático es el denominado modelo polar. Bal G. Tilak, uno de los grandes líderes del movimiento independentista indio, publicó una monografía en la que mezclaba la evidencia astronómica, sacada del Avesta y de los Vedas, con la geológica. Estudiando estos textos, Tilak concluyó que los mismos fueron escritos en una región en la que el sol salía por el sur, y el año conformaba un único día y una sola noche. Esto le sirvió para afirmar que la cuna de los indoeuropeos estaba en las regiones polares. Tal estrafalaria postura del origen polar fue apoyada por el alemán Georg Biedenkapp, quien en una monografía de su autoría admitía que los mitos de la sierpe y / o el dragón, que son visibles en varias tradiciones indoeuropeas, como el caso de la serpiente Midgard en la mitología nórdica o la personificación Vrtra de la India, surgieron por analogía con las ondulaciones propias de las auroras boreales. Irach Taparorewala, destacado lingüista indio que vivió a caballo del siglo XIX y XX, fue otro de los instigadores de este pintoresco modelo.
En la actualidad, el debate de mayor relevancia vinculado a la cuna o el origen, se centra en la comparación de los modelos de la estepa y anatolio, destacando los méritos que cada uno de ellos aporta a la investigación. El modelo de la estepa estipula una dispersión hacia oriente desde el Volga y el Ural hasta el Yeniséi en la parte final del cuarto milenio a.e.c., en base a pruebas genéticas y sólidas excavaciones arqueológicas. De hecho, uno de los escasos acuerdos, aunque no de total consenso, sobre la problemática indoeuropea, radica en reconocer que el anatolio, seguido del tocario, configuraron la primera división a partir de una lengua común protoindoeuropea o protoanatolia; otro gira en torno a la ubicación de la “cuna” bien al sur o al norte del Cáucaso.
Un aspecto relacionado con lo que se está comentando tiene que ver con la sugerencia, iniciada a partir de los estudios de Daniel Brinton, de que el indoeuropeo era una lengua mixta configurada por dos elementos diferentes. Así, a principios de los años treinta del siglo XX, el asiriólogo Emil Orgétorix Forrer, aseveró que el indoeuropeo se configuró teniendo en cuenta el movimiento de una lengua paterna (desde el Báltico al mar Negro), donde se vinculó con otra materna, formada entre el Altái y los Alpes. Por su parte, el lingüista holandés C.C. Uhlenbeck proporcionó un par de componentes, el A, que aportaba ciertos sustantivos, raíces de verbos y los pronombres al indoeuropeo, y el B, tal vez derivado del Cáucaso, que aportaba vocablos asociados a la fauna y la flora, los numerales y palabras del parentesco; asimismo, el lingüista Nikolái Trubetzkoy también defendió la presencia de dos componentes en la formación del indoeuropeo.
En la década de los sesenta, otro lingüista ruso, de nombre Boris Gornung, aseguraba que el indoeuropeo era el resultado de dos componentes; de un lado, agricultores de los Balcanes, y del otro, grupos tribales mesolíticos locales. Por su lado, el italiano Vittore Pisani observó los dos componentes en forma de una aristocracia guerrera del Asia occidental o central, que serían nómadas que se desplazaban a caballo, y de una clase sacerdotal del Cáucaso, sobre la que se impondría la mencionada aristocracia. Finalmente, el académico estadounidense experto en lingüística comparada, A. Bomhard y el profesor de lingüística descriptiva, Frederik Kortland entendieron indoeuropeo como una combinación de indourálico o euroasiático y una lengua caucásica del noroccidente.
Orientación bibliográfica básica
Alinei, M., Origine delle lingue d’Europa, Vol. 1. La Teoria della continuità, Il Mulino, Bologna, 1996.
Anthony, D. & Ringe, D., “The Indo-European homeland from linguistic and archaeological perspectives”, Annual Review of Linguistics, 1, 2015, pp. 199-219.
Day, J., Indo-European Origins: The Anthropological Evidence, Institute for the Study of Man, Washington, D.C., 2000.
Fortson, B., Indo-European Language and Culture, Blackwell Publ., Oxford, 2004.
Gamkrelidze, T. & Ivanov, V., Indoevropeyskiy yazyk i indoevropeytsy (Lengua indoeuropea e indoeuropeos), Izdatelstvo Tibiliskogo Universiteta, Tbilisi, 1984.
Gimbutas, M. The Kurgan Culture and the Indo-Europeanization of Europe, Institute for the Study of Man, Washington, D.C., 1997.
Mallory, J.P., Indoeuropeos. La revolución científica que está reescribiendo su historia, Desperta Ferro edic., Madrid, 2025.
Renfrew, C., Arqueología y lenguaje. La cuestión de los orígenes indoeuropeos, edit. Crítica, Barcelona, 1990.
Prof. Dr. Julio López Saco
UM-AEEAO-AHEC-AVECH-UFM, enero, 2026.


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