27 de noviembre de 2018

Percepción popular y visión intelectual pagana del cristianismo en la antigua Roma de los siglos I y II


Las relaciones entre los cristianos y los conciudadanos con los que vivían, trajo consigo formas de asimilación, de aculturación y también de disimilación, así como un encuentro, habitualmente pacífico, entre la sociedad helenista y el cristianismo. Algunos cristianos rechazaban ciertos aspectos de los valores, las convenciones, los símbolos y hasta las instituciones de la cultura y la sociedad grecorromana, pero otros optaban por aceptar (y adaptar) otros elementos propios de esa sociedad. La distinción primordial de la minoría cristiana sería, sin duda, el monoteísmo, un rasgo singular en el marco de una sociedad esencialmente politeísta.
En un ámbito urbano helenístico, el cristianismo estuvo integrado en la sociedad. Hubo una asimilación estructural informal, puesto que  los cristianos interactuaban con personas de otros grupos culturales por medio de las conexiones sociales personales (afiliaciones, interrelación institucional, vecindarios, asociaciones). Por otra parte, fueron fundamentales las conexiones llevadas a cabo en las ocupaciones profesionales, laborales, que propiciaban identificaciones y aculturaciones.
Era en la casa doméstica el lugar en donde principalmente se llevaban a cabo las reuniones, que solían ser abiertas a cualquier simpatizante, no cerradas o exclusivas. Tal apertura responde a motivos propagandísticos. Las redes sociales al uso, los matrimonios mixtos, la casa, la familia, el vecindario, los compañeros de trabajo y, en fin, los amigos, fueron un factor crucial en la difusión y popularización del cristianismo. De modo muy inconveniente, sin embargo, esta imagen pacífica de la vida cotidiana no dejó impacto en las fuentes literarias, más proclives a describir los conflictos.
La opinión pública consideró a los cristianos, genéricamente, como seres extraños que fracturaban los moldes sociales acostumbrados, en especial debido a sus reuniones y a sus creencias y prácticas. Por si fuera poco, el cristianismo se proclamó única religión verdadera, lo cual implicaba la falsedad del resto, un hecho que supuso la crítica de la población pagana, que les tildaba de fanáticos e intolerantes. Es en este contexto socio-cultural en el que se les acusará de ateos, pero no en sentido filosófico, sino por su empeño en rechazar las divinidades tradicionales. En tal sentido, se les atribuían conductas inmorales y crímenes atroces. Así, los rituales de iniciación en el cristianismo fueron muy criticados por los paganos. Se acusaba a los cristianos de antropofagia, libertinaje sexual (incesto) en reuniones secretas y clandestinas, además de infanticidio. La postura de sufrida resignación ante el martirio y su actitud impasible ante la muerte eran, además, motivo de chanzas entre los paganos.
Los cristianos provocaron resentimientos populares y desconfianza entre sus conciudadanos. En algunos lugares (Listra, Tesalónica, Corinto, por ejemplo), padecieron oposición popular, abusos, calumnias, confiscaciones, persecuciones y algunas  actitudes xenófobas de parte de la multitud y de las propias autoridades locales. En ciertos casos, los paganos aseguraban que el cristianismo amenazaba las costumbres paganas, provocando enfrentamientos y disturbios que daban lugar a la participación de las autoridades locales, que tomaban medidas punitivas contra los cristianos. Además, el rechazo frontal al culto imperial suscitaba muchas dudas al respecto de su lealtad al emperador y a la ciudad misma.
En ciertas ocasiones concretas, los cristianos eran hostigados por los vecinos porque eran conceptualizados como antisociales. No participaban en los cultos tradicionales urbanos, de gran trascendencia política, religiosa y socio-económica, ni en las asociaciones (collegia). No ser partícipe de los sacrificios, festividades o asociaciones era un claro signo de rehuir a sus vecinos. Se entendía que los cristianos ofendían la sensibilidad religiosa grecorromana, resquebrajando la pax deorum. Si se tiene en consideración que los dioses romanos protegían a las ciudades y a sus moradores, el comportamiento cristiano se entendía como amenazante[1], tanto para la seguridad como para el progreso de la urbe. Esta amenaza, convertida en intolerable provocación, conllevó sentimientos de aversión, hostilidad y cólera, que suscitaban denuncias ante las autoridades locales[2]. Incluso la actitud cristiana y su proselitista predicación impactaban negativamente en la economía local, orientada en torno a los cultos. En definitiva, la oposición local, en muchos casos, era el preludio de la de los factores de gobierno.
En el  siglo I y principios del II, la plebe romana era en cierto grado hostil hacia los cristianos. Y era así porque entendían que eran responsables directos de ciertos vicios antisociales. El rechazo a adorar los dioses tradicionales fue el fundamento de una de las principales acusaciones contra los cristianos, de ahí que algunos autores (Luciano, Justino, Apuleyo, Marco Frontón[3]), comenten que se les llamaba ateos.
Se aducía que los misioneros cristianos corrompían a las mujeres y, en consecuencia, hacían peligrar la unidad de la vida familiar. Por otra parte,  se aseguraba que promovían relaciones adúlteras y promiscuas. Algunas prácticas rituales cristianas pudieron ser medianamente conocidas por los paganos y ser interpretadas como ritos mágicos (la magia se asociaba directamente con la superstición).
Los resentimientos populares hacia los cristianos parecen derivar, en consecuencia, de sus tendencias “separatistas” y antisociales. Además, por su negativa a participar en el culto tradicional de las deidades constituían una amenaza para la sociedad, en virtud de que destruían las familias y debilitaban el entramado social.
Los cristianos fueron vistos como personajes contraculturales. Tal contraculturalismo y las antipatías consiguientes operarían en conjunto al lado de cuestiones étnicas y xenófobas. Las etiquetas de ateísmo, canibalismo (Justino) e incesto (Atenágoras) parece que fueron comunes en el marco de la tendencia caricaturesca popular sobre el cristianismo. Incluso se les veía como rebeldes. Su estigma de antisociales se podría haber debido a su habitual retiro de las actividades socio-religiosas y al afán de congregarse en reuniones nocturnas secretas, mientras que su impiedad a que no adoraban a los dioses o a que sus actividades eran ilícitas e inmorales.
En todo caso, el rechazo del cristianismo fue el resultado de la tensión que se genera en el seno de las agrupaciones sociales entre la consideración de su propio grupo y la del otro. La hostilidad anticristiana se ajustaría, de tal modo, al típico movimiento de reacción contra un colectivo que (se siente) amenaza valores y estructuras identitarias del núcleo urbano. La reacción en contra del cristianismo tomó diversas formas, desde aquellas simples de burla popular hasta las más severas de abierta persecución, a veces espontánea y en otras ocasiones institucionalmente organizada.
En último caso, la percepción popular del cristianismo no deja de  ser una visión estereotipada, una respuesta en modo de etiqueta. Del tal modo, las diversas acusaciones contra los cristianos, desde su impiedad o su inmoralidad, hasta su actividad incestuosa y canibalismo, no implican, necesariamente, un fundamento real. Son las habituales acusaciones dirigidas hacia los grupos marginales, a los que se consideraban una amenaza para la sociedad en virtud de su carácter de grupo extraño.
El fenómeno de las persecuciones implicaba la manera de concretar, de modo violento, el sentimiento de antipatía y rechazo respecto a un grupo (la comunidad cristiana), que se entendía desmembrado del grupo referencial, que era el urbano.
Una suerte de aversión popular y de sesgada desconfianza fueron dos factores cruciales en el rechazo del cristianismo. Los prejuicios fueron claramente determinantes. En síntesis, el grupo social reaccionó contra el subgrupo cristiano porque no se reconocía en su expresión religiosa (minoría religiosa novedosa, de origen bárbaro, y con un monoteísmo extremo), y porque se sentía amenazado por la misma (incisiva evangelización y proselitismo agresivo), lo que se creía atentaba contra los intereses religiosos y económicos y contra aquellos referentes sociales tradicionales, clásicos, en esencia, los banquetes públicos, la familia, los sacrificios y, sobre todo, el culto imperial. La rumorología funcionaba como un factor desculpabilizador, proyectando en el sector rechazado los errores, pecados y fantasmas del grupo referencial. En la sociedad romana, muy sacralizada, la persecución hizo las veces de un rito colectivo purificatorio.
En el último tercio del siglo II, sin embargo, tanto paganos como cristianos otean la posibilidad, amén de la necesidad, de dialogar (combatirse en el terreno dialéctico) de la mano de la argumentación y la especulación. La Iglesia entendió la pertinencia de elaborar una reflexión cristiana y de expresarse siguiendo los propios modos de la contemporánea tradición grecorromana.
Si bien una gran mayoría de las objeciones al cristianismo fueron de tenor social, y no filosófico, en el seno de ese ambiente de hostilidad se desplegó un singular tipo de oposición, comandada por los filósofos, y que fue plasmada en debates o en lecciones formales en las escuelas filosóficas o, incluso, publicadas en sus obras. En ellas se vituperaban creencias y prácticas cristianas.
La finalidad primordial de esas obras era establecer argumentos críticos razonados contra las más relevantes doctrinas cristianas, como la resurrección, el monoteísmo, la revelación o la encarnación, e intentar probar, de modo sistemático, la superioridad del politeísmo y de la paideia griega, fundamento de la cultura grecorromana.
A través de la indagación filológica de las Escrituras se pretenden denunciar contradicciones históricas, lógicas y textuales, con el firme propósito de desacreditarlas racionalmente. El conflicto dialéctico se haría, de este modo,  realmente apasionante.
El estoico Epicteto parece reconocer coraje (ante sus perseguidores) y valor (por la costumbre de su ausencia de miedo ante la muerte) en los cristianos. Sin embargo, el filósofo apunta que no toda costumbre es virtuosa, sino únicamente la que deriva de la razón (la filosófica). Los que no temen la muerte irracionalmente contemplan actitudes maniáticas e insensatas. Por su parte, el también estoico Marco Aurelio, contrapone en sus Meditaciones (mediado el siglo II) la teatralidad del mártir cristiano a la compostura y serenidad del filósofo ante la muerte. La actitud del mártir es una oposición contradictoria, un posicionamiento exhibicionista, una simple postura fanática sin valor moral alguno. Se trata, en resumen, de un posicionamiento despreciable, penoso y de engañoso trampantojo.
Galeno de Pérgamo, por su parte, muestra cierta simpatía por los cristianos. Considera que manifiestan coraje y buscan la justicia y, en consecuencia, intenta comprender su moralidad.  Si bien la enseñanza cristiana por medio de parábolas y milagros no contiene lógica, lo que supone una actitud fideísta, Galeno entiende que es una herramienta útil en la educación. Sería una especie de filosofía elemental popular. El cristianismo, entonces, no es una filosofía pero contiene moral[4]. La observación comprensiva de Galeno influyó en la perspectiva que señalaba que los cristianos ya no se verán como conspiradores o antropófagos aberrantes. Sin ser una filosofía, la rigurosidad cristiana (por otra vía) no es menor, en cualquier caso, que la de los filósofos.
La ironía y la sátira acompañan las referencias a los cristianos en la obra de Luciano de Samosata, cuyas actitudes se tildan de no racionales y su fe se fundamenta en una enseñanza sin demostración. La ausencia de juicio racional convierte la solidaridad cristiana en fanática. El cristiano es, así, para Luciano, torpe, estúpido, simple y sin intelectualidad. El cristiano no es un loco, sino un pobre tonto iluso.
Frontón es uno de los eruditos que critican con mayor acidez al cristianismo. Sus miembros son humildes, ignorantes y crédulos Su desprecio de la muerte es una idea estúpida y soberbia, carente de razón y, por tanto, su fe es una supersticiosa falacia, maliciosa, fanática y perversa. Critica su autoexclusión en las actividades tradicionales (juegos, banquetes). En resumen, en Frontón encontramos lo que pareciera ser la recopilación de vicios que la plebe romana atribuía a todo cristiano.
Celso, a través de las citas halladas en Orígenes, se empeña en refutar las doctrinas cristianas (en El discurso verdadero, último tercio del siglo II). Entiende que la doctrina es débil y sin credibilidad, especialmente en comparación con la cultura grecorromana. Eso sí, no entra a valorar los rumores populares sobre los cristianos y la serie de aberraciones a las que se les vinculaba. No obstante, señala que sus fieles se nutren de las capas inferiores de la sociedad (ignorantes e incultos, necios, plebeyos y estúpidos, esclavos y niños)[5].
Desde una perspectiva política, el cristianismo contravenía las leyes imperiales en virtud de su carácter sedicioso y secreto; en consecuencia  era subversivo y peligroso para el Estado. Desde una óptica religiosa, sus fieles miembros son intolerantes con otros cultos y, además, aspiran a llegar a ser la religión única.
La actitud del mundo pagano frente al cristianismo fue modificándose poco a poco con el paso del tiempo. La crítica, de cierto carácter malévolo, revela la irracionalidad, la brutalidad y el fanatismo de los cristianos. Esto significaba, básicamente, que conformaban un cuerpo extraño en el marco de la paideia tradicional, en la que el ejercicio de la racionalidad era un elemento fundamental.
Los romanos percibieron a los cristianos como miembros de una secta judía y al cristianismo como una superstición oriental que conllevaba como rasgo primordial la práctica de la magia (religión mistérica oriental para Luciano de Samosata). Además también lo consideraron un elemento conspirador y subversivo; un collegium o asociación cívica de carácter ilegal y; una singular escuela filosófica. Esta imagen fue iniciada avanzado el siglo II y promovida por Justino. El vínculo del cristianismo con la filosofía puede verse en la percepción de Galeno (la filosofía como un estilo de vida que conduce a la piedad), si bien  se trataría de una filosofía de segunda clase, inferior.
Desde finales de la segunda centuria de nuestra Era la visión pagana del cristianismo fue transformándose. Las críticas contra el cristianismo se modificaron desde las múltiples acusaciones populares hacia posiciones académicas e intelectuales. Dicha crítica se centrará en esa fe ciega cristiana frente al raciocinio de los sistemas y escuelas filosóficos, y en la sistemática práctica del retiro de la vida socio-política (con sus implicaciones en la vida familiar). Esta apreciación convertía al cristianismo en una especie de fuerza de separación y de destrucción en el seno del Imperio romano.  En último caso, hay que decir, que las opiniones y juicios, en muchas ocasiones, respondían más a temores, rumores y sospechas, que a fundamentos reales.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM. Noviembre, 2018.

Bibliografía esencial

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Hargis, J.W., Against the Christians. The Rise of Early Anti-Christian Polemic, Peter Lang, Nueva York, 1999.
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[1] Se ha señalado que la motivación primordial que anima la resistencia y la oposición al cristianismo fue la percepción de que sus miembros eran, realmente, impíos.
[2] Los propios emperadores Claudio y Nerón, dictaron medidas represivas locales contra los cristianos de Roma.  Fueron considerados principales causantes de problemas y se les etiquetó como desestabilizadores sociales. No obstante, no se pensaba  que formaran una nueva religión.
[3] Existió, de hecho, una imagen humorística, caricaturesca y satírica (Apul., De magia 56-57 y 90) del fiel cristiano que fue muy difundida entre los gentiles, en los ambientes cultos y entre la gente corriente.
[4] El conocimiento genuino y la búsqueda de la verdad es una labor que corresponde al filósofo, el único capacitado para obtener independencia de juicio y pensamiento por medio del empleo de la lógica. El filósofo no puede aceptar ninguna filosofía que renuncie a la razón en nombre de la piedad popular.
[5] La serie de apelativos y calificativos referidos a los cristianos son muy abundantes. En sentido genérico, sirva decir que para el filósofo cínico Crescencio, los cristianos eran magos (irracionales) impíos y ateos.

16 de noviembre de 2018

La serpiente en el mito japonés



En Japón, desde la antigüedad, la serpiente ha sido venerada como deidad de montañas y ríos, de ahí que sea el espíritu de lagunas y pantanos. Al tiempo, se la ha respetado, hasta tiempos actuales, como protectora de los hogares. En los mitos del Kojiki un reptil gigantesco de ocho cabezas y el mismo número de colas fue derrotado por el héroe Susanoo (un encuentro que pareciera tener cierto eco con el de Heracles y la hidra de Lerna). Susanoo descendió a la tierra y allí encontró a un par de desolados ancianos que se lamentaban porque una sierpe se comía una tras otra a sus hijas, hasta que de ocho solamente les quedaba una. El héroe hizo que la serpiente bebiera gran cantidad de sake y luego la mató cuando estaba completamente ebria. Pero también este reptil se empleaba como representación del rencor, los celos, la avaricia y al obstinación. En el grabado de la imagen (Obstinación. Cien historias ilustradas, Katsushika Hokusai, en donde se aprecia a Hebi, la serpiente Yokai) se ve una serpiente, que simboliza un alma carcomida por los celos. Tras su muerte, no abandona el mundo y, en consecuencia, no alcanza el Paraíso a pesar de que, como se aprecia en la tablilla mortuoria, recibió un nombre póstumo budista y los monjes celebraban oficios para propiciar su descanso en paz. No en vano, la iconografía de la diosa de la fortuna Benzaiten (análoga a la Saraswati india) la muestra acompañada de una sierpe, sinónimo de “celos”. En un ámbito popular es muy famoso un reptil semi legendario llamado tsuchinoko, que chilla como un ratoncillo. Para terminar, no se puede dejar de mencionar la leyenda del monje Anchin y de Kiyohime, en el templo Dojoji de Wakayama. Anchin era un bonzo que estaba de peregrinación al templo de Kumano. Por el camino fue asaltado por la joven Kiyohime. Tuvo que prometerle que se casaría con ella a su regreso. Sin embargo, al final quiso escapar del compromiso. La joven, convertida en serpiente, lo persiguió sin descanso. Alcanzó al monje en el Dojoji, en donde se había escondido en el interior de una campana. Kiyohime, en realidad un espíritu del río, rodeó la campana con su cuerpo y lo quemó vivo en su interior.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM. Noviembre, 2018.

9 de noviembre de 2018

La invasión y consolidación goda: tervingios y greutungos


La primera de las grandes oleadas invasoras sería la protagonizada, esencialmente, por poblaciones germánicas de los llamados ósticos (orientales) godos, vándalos, burgundios,  aunque con frecuencia se les unirían en su migración fracciones más o menos numerosas de nómadas sarmáticos o iranios (sobre todo alanos) de las regiones llanas del sur de Rusia y del Danubio centro-oriental. Esta primera oleada se caracterizó por la notable amplitud de los movimientos migratorios, desde las orillas del mar Negro hasta la península Ibérica y el norte de África, así como por haber dado lugar a la aparición de los que serían los primeros reinos bárbaros en el solar imperial.
La primera gran oleada se centra alrededor de dos grandes hitos militares; por un lado,  la batalla de Adrianópolis, en 378, y por el otro en el traspaso del Rin en 406. Ambas fueron protagonizadas en lo esencial por los germanos orientales, visigodos, ostrogodos, burgundios y vándalos, además de diversos grupos occidentales agrupados bajo la denominación de suevos, y los iranios alanos arriba mencionados.
Tras una dura y dilatada emigración desde territorios ribereños del mar Báltico, los pueblos góticos se encontraban, hacia 230, asentados al norte del mar Negro. Al margen de los elementos populares agregados durante su migración, en su nueva sede asumieron significativos contingentes de nómadas iranios, esto es, de sármatas, adoptando de los mismos algunas de sus tradiciones, en especial los godos ubicados más al este, llamados greutungos. Éstos habían constituido un reino parcialmente centralizado y extenso, mientras que en las regiones boscosas más occidentales moraban los godos tervingios, que contaban con una menor centralización política.
A lo largo del siglo IV ambos grupos, en particular los tervingios, sufrieron la influencia de Roma, penetrando el cristianismo en su famosa variante arriana. Este último aspecto les confirió una mayor conciencia étnica, gracias además a la creación por parte del obispo misionero Ulfila de un alfabeto con el que traducir la Biblia al gótico. Tal situación se desmoronó cuando el Reino de los greutungos, dominado por el linaje de los Amalos, fue derrotado en 375 por unos nómadas llegados a las estepas pónticas, los célebres jinetes hunos. Tras la derrota y muerte trágica del rey godo Ermanerico, el pánico se apoderó de ambos grupos godos. Mientras una porción muy relevante, compuesta básicamente de tervingios, pidió y obtuvo del Imperio asilo en la región de Tracia, otros se asentaron en la región de los Cárpatos y en Moldavia, bajo el protectorado huno. Sería entonces en ese momento cuando ambos grupos góticos iniciasen un nuevo proceso de etnogénesis que llevaría al grueso de los tervingios a transfigurarse en los históricos visigodos, mientras que el sector principal de los greutungos, bajo predominio huno, a convertirse en los ostrogodos.
No mucho tiempo después de su entrada a cargo del Imperio, el emperador Valente (364-378) intentó aniquilar a los grupos godos, en virtud de la suposición del peligro que podrían representar para la vecina Constantinopla la continua rebelión de algunos godos. Sin embargo, en esta intentona resultó derrotado y muerto en la batalla de Adrianópolis, en agosto de 378, donde se perdió una parte significativa del ejército de maniobras romano-oriental. El nuevo emperador oriental Teodosio el Grande (379-395) consiguió apaciguarlos, beneficiándose de paso de los conflictos internos entre diversos nobles y linajes godos, establecerlos en la provincia de Mesia y utilizarlos, finalmente, como tropas federadas para la reconstrucción del deteriorado ejército imperial.
La muerte del emperador Teodosio, que siempre disfrutó de prestigio y renombre entre los jefes godos, así como las desavenencias entre el gobierno de Constantinopla y el de Roma, este último dirigido por Estilicón, serían empleadas por el Balto Alarico para configurar una  suerte de monarquía militar visigoda alrededor de su persona. A partir de entonces, Alarico y sus godos comenzaron una ambigua política que combinaba con cierta sagacidad los saqueos en las provincias romanas con ofrecimientos de sus servicios como tropas federadas a cambio, eso sí, de subsidios alimenticios, con el objetivo final de conseguir un alto cargo militar imperial para el rey godo y un territorio en donde poder asentar a su pueblo en condiciones de una cierta autonomía.
Esta fue una política seguida inicialmente con el gobierno de Constantinopla y posteriormente, desde 401, con el de Ravena. Alarico presionaría fuertemente al gobierno de Ravena, jugando (aunque también a la vez sería utilizado), con la oposición entre Estilicón y otros círculos cortesanos romanos. Después de la caída y asesinato de Estilicón  en 408, Alarico no tuvo más remedio que abocarse a una política más agresiva, que culminaría con el golpe de efecto que supuso el famoso saco de Roma en 410. Desaparecido poco tiempo después Alarico, su política sería seguida por su sucesor Ataúlfo (410-415). Tras el fracaso de Ataúlfo al respecto de su deseo de entroncar con la familia imperial a través de su matrimonio con la princesa Gala Placidia, así como de consolidar una posición fuerte en el sur de las Galia, los visigodos serían finalmente estabilizados en función del pacto de alianza (foedus) firmado entre el rey godo Valia (415-418) y el general romano Constancio, el nuevo hombre fuerte del gobierno romano occidental, en 416[1].
En virtud de este pacto los visigodos se comprometían a servir como tropas federadas al Imperio occidental. A cambio, en lugar de obtener los ya tradicionales subsidios alimenticios el Imperio permitía a los godos su  total asentamiento en la Aquitania,  entregándoles a tal efecto un conjunto de terrenos que serían repartidos entre los distintos agrupamientos nobiliarios godos y el del rey con sus séquitos. El soberano godo recibía, además, tan amplias atribuciones que de hecho supondrían el establecimiento de un embrión de Estado visigodo en pleno territorio imperial, con una corte y un núcleo administrativo central siguiendo el ejemplo imperial, en la ciudad francesa de Tolosa.
La prematura muerte de Constancio, en 421, así como la de Honorio dos años después, trajo consigo la elección como emperador de un todavía infante Valentiniano III (425-454), hijo de Constancio y Gala Placidia. A partir de este instante, el gobierno de Occidente se convertiría en presa más o menos fácil de ambiciones e intrigas. En tal situación, y aprovechándose de las diferentes disputas, los visigodos de Tolosa, al mando del rey Teodorico I (418-451) tratarían de extender su dominio territorial hacia la estratégica región de Provenza.
Por su parte, el nuevo monarca vándalo Genserico (428-477) optaba en 429 por evacuar definitivamente la península Ibérica y pasar con todo su pueblo, al norte de África, trasvase que implicaba una real amenaza sobre una región vital para el aprovisionamiento de grano y de aceite de Italia y la mismísima Roma. La recuperación imperial únicamente se produciría a partir de 432. En la península Ibérica el dominio imperial se concentró especialmente en las regiones mediterráneas, confiando tal vez en demasía en la lealtad de tropas federadas visigodas, un factor que permitió la consolidación sueva en sus bases territoriales galaicas y del norte de Portugal, amén del inicio de una serie de acciones de pillaje en la Bética y Lusitania por su parte.
Los reyes visigodos, concretamente Teodorico II (453-466) y su sucesor Eurico (466-484) lograron extender su efectiva área de control a la Provenza y hasta el Loira en la Galia, en tanto que en la península Ibérica lograrían conformar, desde 456, un eje estratégico de poder que comprendía Barcelona, Toledo Mérida y Sevilla, así como la submeseta norte. Este efectivo control obligaba a la monarquía sueva a reconocer su superioridad, impidiéndole la expansión hacia el este y el sur peninsular.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM. Noviembre, 2018.

[1] Como consecuencia del foedus de 416, el gobierno imperial se propuso seguidamente restablecer la situación creada en las provincias hispánicas, usando para ello la fuerza militar aliada de los visigodos de Valia. A lo largo de los dos años siguientes, Valia conseguiría destruir las monarquías militares de los alanos y los vándalos silingos, cuyos restos de población acudirían a engrosar las filas de sus hermanos vándalos hasdingos.