Imágenes,
de arriba hacia abajo: el hombre pájaro de Lascaux, del
Magdaleniense, concretamente entre 16000 y 15000 a.P.; el Chamán o
Brujo de Les Trois-Frères, en fotografía de R. Bégouën dans
Vialou, 1991; dibujo del Brujo realizado por Henri Breuil en 1922; y
zambullida ritual, probablemente, de un ritual chamánico (entrada en
trance o en el mundo de los espíritus) o de un rito de iniciación,
en la Cueva de Los Casares.
Todavía
algunos estudiosos advierten y defienden que los
principios lunar y solar habrían
sido los
elementos que darían cuerpo a la religiosidad y
al arte paleolíticos,
cuya
base sería, en consecuencia, un sistema
de creencias de tipo naturalista y
astral.
Es
un
arte
que
posee
un evidente sentido simbólico.
Algunas
parejas de animales, como caballo o toro / bisonte, serían el
reflejo de la polaridad mítica esencial, centrada en la luna y el
sol.
Parecen
existir evidencias de la existencia de seres superiores en
el Paleolítico Superior, con un posible un corpus mítico con un
determinado sentido que desconocemos, así como un conjunto de
rituales y la factible presencia de chamanes o especialistas de lo
sagrado.
Sería
todo
ello,
en consecuencia, un específico sistema
explicativo de la realidad. Aspectos que
influyen y afectan al comportamiento del ser humano, como el
contraste entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, el sol y
la luna o la mujer y el hombre, por tanto polaridades elementales que
implica la unidad de los opuestos, se conciben como las determinantes
para dar forma a la arcaica religiosidad del Paleolítico. Entidades
sagradas celestes de aspecto zoomorfo serían de las que todo
derivaría.
El
folclore, la etnografía histórica, las religiosidades antiguas y
hasta la iconografía comparada, se configuran como los recursos que
permitirían un acercamiento reconstructivo del mundo del pensamiento
prehistórico. Los temas y mitos identificados en el arte
prehistórico sufrirían un proceso de transmisión cultural
posterior, conformándose en esos prehistóricos tiempos como un
sustrato esencial.
Uno
de los rasgos más relevantes y significativos del Paleolítico
Superior es la considerable proliferación en toda Europa de objetos
decorativos y de adorno que pueden ser considerados como elementos de
prestigio. Por otra parte, las representaciones artísticas, sobre
todo pictóricas, están dedicadas a los animales de mediano y gran
tamaño, aunque hubo en la dieta humana animales pequeños. La caza
de algunos animales, que pudieron ser considerados sagrados, pudo
estar asociada a valores de prestigio y ser controlada a través del
ritual por ciertos clanes. Un aspecto del arte paleolítico y su
simbolismo debió estar ligado al control que los grupos humanos
establecían sobre los recursos animales por medio de acciones
ceremoniales. La caza de animales tendría, así, un significado
social y prestigioso. El arte rupestre también habría servido como
una reclamación ritualizada del territorio y el espacio para
determinados grupos humanos.
Parece
legítimo pensar que la imaginería del arte paleolítico conectaría
el mundo animal, fundamento de sus estrategias económicas y
religiosas, con la ciclicidad natural. Además, tendría una función
social, en tanto que numerosos útiles (pequeñas figurillas,
propulsores, colgantes o bastones de mando), portan algún tipo de
decoración, lo cual podría implicar funciones de prestigio.
La
existencia y carácter simbólico de las cavernas, como posibles
santuarios paleolíticos, así como algunas representaciones de
personajes enmascarados, como hombres-pájaro, hombres-felino, o bien
hombres-toro / bisonte, apunta hacia la presencia de chamanes o de
jefes sagrados, suerte de especialistas en el ritual y la
religiosidad. Tales chamanes puede que hayan sido los especialistas
en las representaciones estéticas.
Los
diversos enterramientos, la presencia de elementos de ostentación o
de prestigio, la abundancia de cuevas o santuarios rupestres, los
ejemplos de arte mueble, y los más que plausibles desplazamientos de
materias primas, hablan de importantes redes de intercambio, de una
coherente estructuración social, de una homogeneidad en las pautas
culturales y de un organizado comportamiento simbólico.
En
el Paleolítico Superior parecen posibles la existencia de rituales
que consisten en cortar cabezas de animales y acumularlas con fines
de culto. De hecho, se han hallado cráneos de oso y de otros
animales dispuestos en nichos o en cistas de piedra, como es el caso
del de Llonín, en Asturias, donde en niveles musterienses,
aparecieron restos de cabra y de leopardo colocados dentro de una
caja de lajas pétreas; el de la gruta de Drachenloch, en Suiza,
donde se hallaron vestigios rituales ya del Paleolítico Medio, así
como en la cueva de Regourdou, en las proximidades de Montignac, en
la Dordoña, lugar en el que se constató la conexión entre una
sepultura y testimonios de animales tal vez sacrificados,
pertenecientes también al período del Paleolítico Superior. En
este mismo lugar apareció una cavidad que contenía el cráneo y
varios huesos fragmentados de osos.
Ya
en los años treinta del pasado siglo XX, en la caverna de Hellmich
se encontró, en un banco de arcilla, el cráneo fósil de un oso
pardo y algunos huesos de oso de las cavernas junto a fragmentos de
lascas de sílex auriñacienses; además, en los cuarenta del pasado
siglo, cerca de la entrada de la gruta de Furtins, en Borgoña,
aparecieron siete cráneos de osos cavernarios dispuestos de forma
concéntrica. Otros ritos similares parecen constatarse en la cueva
de Reyersdorf, en la región de Glatz, en Silesia, Alemania, con
presencia de material auriñaciense. Allí se descubrieron varios
cráneos de osos sobre un banco natural de roca.
Conviene
tener presente que hay un culto del oso entre los giliacos de Sajalín
y los ainos de Yesso. La ceremonia de mayor relevancia del culto
culminaba con el sacrificio de un oso durante la fiesta de invierno.
Con ello, el animal se convertía en embajador ante el espíritu de
la selva y de las montañas para, de esta manera, favorecer el éxito
en la caza. Asimismo, deposiciones de huesos de mamut en campamentos
del Paleolítico Superior de Ucrania (Eliseevitchi), parecen tener
también una intención cultual. En el interior de un círculo
formado por casi treinta cráneos de mamut se hallaron colmillos de
mamuts jóvenes partidos, algunos con signos grabados, y debajo de
todo, una estatuilla femenina.
La
presencia de sepulturas en cavernas o bajo abrigos rocosos,
constatables ya en el Paleolítico Medio y datados alrededor de 60000
A.P. (Shanidar, en Irak; Chapelle-aux-Saints, o el abrigo de La
Ferrassie, ambos en la Dordoña francesa), supondría el presunto
entendimiento de una conciencia del hecho de la muerte. Inhumaciones
voluntarias, en diferentes posiciones, han sido constatadas en
diversos yacimientos de Israel, como en Kebara; la gruta de Et-Tabun
(con un esqueleto de mujer que yace de espaldas), la caverna de Skhül
(en donde apareció la mandíbula de un jabalí entre los brazos de
uno de los enterramientos); o la cueva de Qafzeh, en donde apareció
un niño que sobre su pecho y manos había un hemicráneo de un
cérvido.
Los
ejemplos se pueden multiplicar. Así, en la gruta de Teshik-Tash, en
Uzbekistán, se encontró bajo el estrato musteriense la tumba de un
niño, alrededor de cuyo cráneo había una corona de cuernos de
cabra montés; en la gruta de Kiik-Koba, Crimea, en la tumba de un
hombre, los restos estaban orientados de oriente a occidente (¿el
oeste como lugar de residencia de los fallecidos?) y había algunas
lascas de sílex. En este caso, es factible pensar en un nexo
simbólico entre la muerte y el curso del sol. Hay bastante evidencia
de cuerpos de neandertales flexionados y, en ocasiones, con la cabeza
apoyada sobre un brazo, una postura que pudiera sugerir algún tipo
de relación con lo sagrado que remite a la esfera del mundo
sobrenatural.
En
el Paleolítico Superior los enterramientos se llevaron a cabo en
lugares al aire libre, abrigos rocosos y cuevas, en áreas de
habitación. Hay presencia de inhumaciones individuales, pero también
dobles y unas pocas colectivas. Aquí ya hay una presencia abundante
de ajuar personal del fallecido, como diversas herramientas de
piedra, armas, objetos de arte mueble y adornos corporales (en forma
de dientes de animales, conchas y figurillas zoomorfas).
Son
relativamente abundantes los esqueletos recubiertos o depositados en
capas de ocre (Kostienki, Oberkassel, La Madeleine, Chancelade,
Grimaldi, y otros), lo que ha sido interpretado como una referencia a
la sangre, entendida como savia de la vida. Si la idea subyacente
fuese insuflar vida de nuevo en el difunto, se podría pensar en una
presunta creencia en la vida tras la muerte. No son raras las
inhumaciones rodeadas de hiladas de piedras o con alguna losa de
piedra sobre el individuo, como ocurre, por ejemplo, en Predmost,
Le-Roc-de-Sers, Grimaldi y Oberkassel. En la Europa oriental las
losas de piedra se sustituyen por huesos de mamut (Pavlov,
Dolní-Véstonice, donde se colocaron debajo de omóplatos pintados o
grabados). Las tumbas, a veces, se cubren de un montículo o túmulo.
Incluso hay casos (Kostienki), de una cámara o cripta con huesos de
mamut.
Se
han hallado fragmentos de grandes animales en las tumbas: cráneo de
mamut (Klause, en Alemania; Brünn, en Moravia, o Solutré, en
Francia); u omóplatos del mismo animal sobre los difuntos en
Pavlov, Predmost o Unterwisternitz. Es posible que el mamut fuese
considerado un espíritu protector, algo análogo al del elefante
entre los pigmeos del África ecuatorial, que lo consideran una
encarnación mítica de una divinidad superior. Parece muy factible
que los restos de reno, buey, caballo, bisonte, mamut o de conchas,
habituales en muchas tumbas paleolíticas, tuviesen una
intencionalidad simbólica, específicamente de evocación de la
noción de renacimiento espiritual tras el óbito.
Las
sepulturas de Sungir, en donde aparecieron asociadas a las
inhumaciones, dagas de marfil, bastones perforados de asta, un
pendiente discoidal, brazaletes y anillos de marfil; de Saint
Germain-la-Rivière; del enterramiento de Malt’a; del yacimiento de
Kostienki y de Brno II (República Checa), en donde el inhumado
estaba asociado con una estatuilla antropomorfa masculina, son
ejemplos sobresalientes de posible presencia ritual con un presunto
trasfondo de religiosidad.
Las
manifestaciones
artísticas
en el Paleolítico Superior, a
partir de 35000
A.P.,
supone una evidente
manifestación
de la conciencia y el pensamiento de
los seres humanos. Los
temas
figurativos del arte paleolítico son
homogéneos,
destacando
como grupos temáticos
los
ideomorfos,
los
zoomorfos y los
antropomorfos. Además
de la notable, y mayoritaria, presencia de animales, sobresalen las
representaciones de figuras fantásticas
o lo
que podría catalogarse como monstruos,
como ocurre en Les Trois-Frères, Pergouset o con el denominado
unicornio
de la
cueva de Lascaux.
Entre
las más escasas representaciones humanas sobresalen las
femeninas, en
forma de vulva,
en diversas
cuevas como Lluera II, Blanchard, La Ferrassie, Commarque o
Deux Ouvertures, pero
también como imágenes grávidas de mujeres, habitualmente en
estatuillas y
bajorrelieves (como Laussel).
En
lo tocante a las representaciones masculinas, algunas corresponden a
presuntos hechiceros o enmascarados, que poseen atributos zoomorfos,
un factor que los ha puesto en relación con actos rituales. Algunos
de los hombres con apariencia animal cuentan con cornamenta (de toro,
ciervo, bisonte) o con una cabeza de pájaro. Incluso hay casos con
presencia de colmillos de mamut y hasta rabo de bóvido
(Magdaleniense de Las Caldas, en Asturias). En tal sentido debe
traerse a colación el célebre marfil de Stadel con la imagen de un
hombre-león, además de la losa de Espélugues, Lourdes, grabada con
individuo con cornamenta de ciervo con barba y un rabo, o el bastón
perforado de Teyjat que parece presentar una suerte de pequeños
diablos.
El
Brujo de Les Trois-Frères posee cabeza y patas de bisonte, y parece
ejecutar una danza. Aparece provisto de arco siguiendo a una bestia
con cuerpo de reno. El brujo de Les Trois- Frères tiene cuerpo
humano de perfil y cabeza de ciervo, mientras en La Pasiega, en la
Cantabria hispánica, se halla una figura análoga, un busto de
fantasma tocado con una posible cornamenta de bisonte. Por su parte,
el hombre de Gabillou va cubierto con cabeza de toro y una larga
cola. En las famosas cuecas de Altamira y Lascaux existen, asimismo,
antropomorfos con cabeza de ave.
Algunos
figuras de hombres de Los Casares (Guadalajara), se muestran en
escenas acuáticas. Sus cabezas se han identificado con batracios. Al
tiempo, hay un conjunto de personajes con cabezas en forma de pico de
tortuga. Algunas figuras han sido catalogadas como máscaras o como
fantasmas, de sexo indeterminado, pero que son representaciones de
rostros humanos.
Se
habla del posible culto de una deidad femenina en el Paleolítico
Superior, pero lo hace a partir de su presencia en culturas
posteriores. Sería una divinidad dadora de vida pero a la vez
portadora de la muerte; una diosa de la regeneración y la
renovación. Las relaciones entre animales, bisonte, caballo, mamut,
bóvido, felino, jabalí, por ejemplo, podrían ser una respuesta
concreta a ciertos hechos míticos o, incluso, relatar el origen y la
historia del grupo humano y sus relaciones con las diferentes
especies animales. No sería descabellado pensar en que estaríamos
ante una antigua metafísica en la que cada especie animal o humana
tiene un lugar específico. Así, oposiciones y complementos podría
estar en acción en las representaciones zoomorfas, en una presunta
alusión a la fecundidad dentro de un marco concreto: las cuevas
ornamentadas, que serían concebidas como auténticos santuarios.
Las
figuraciones más antiguas de una presunta divinidad femenina datan
del Auriñaciense. Al margen de las estatuillas conocidas como venus,
se la puede distinguir bajo la forma de vulva generadora, como un
triángulo o un óvalo, caso de las imágenes localizadas en los
abrigos de La Ferrassie, Castanet o Blanchard. En ciertos yacimientos
como Malt’a, Kostienki y Buret, se localizaron las estatuillas en
el suelo de la choza, por tanto en un espacio doméstico de
habitación, en las proximidades del hogar. Estas figuras podrían
ser representaciones de diversas tipologías socio-religiosas, como
sacerdotisas, Diosas Madres análogas a las conocidas en el
Neolítico, figuras de antepasados o magas. Como diosas madre, serían
algo semejante a las abuelas del grupo social, las deidades
creadoras, de la fecundidad, de la vida y la muerte y protectoras de
los animales. Entre los inuit actuales hay estatuillas femeninas,
denominadas Schuli, que se conforman como el espíritu protector
familiar, la madre arcaica o la figura primitiva del clan. La mujer
podría haber sido en esos tiempos un símbolo de la inmortalidad.
La
dualidad solar y lunar se puede inferir en el arte paleolítico. Es
el caso paradigmático de la llamada venus de Laussel, que sostiene
un cuerno en su mano derecha con trece marcas como símbolo lunar o
como principio masculino en su aspecto fálico, mientras la izquierda
la mantiene apoyada sobre el vientre, portando un disco, un símbolo
solar, circular y femenino. Las figuras de Gagarino o de Savignano
representarían algo similar, así como las figuras de Dolní
Véstonice, en Moravia, esculturas gravetienses decoradas con líneas
paralelas en marfil de mamut, representando una figura femenina
esquematizada, con senos definidos sobre un cuerpo en columna como si
fuese un apéndice fálico.
En
su forma de madre de la naturaleza, la deidad paleolítica puede
contar con las manifestaciones del sol y de la luna, atribuibles a
los circulares senos de la misma. En la figura femenina del
Magdaleniense, hecha de asta de reno, de Petersfels
(Engen-Bittelbrunn, en Alemania), los dos círculos grabados a modo
de senos aseguran su feminidad, aunque su mitad inferior es fálica.
Cuando aparecen dos o tras figuras relacionadas, se podría inferir
que las fases de la vida (tres) de la mujer se relacionan con los
ciclos astrales. Al respecto, la mujer encapuchada de Bédeilhac, en
Ariége, Francia, esculpida en un colmillo encorvado de aspecto
fálico, podría corresponderse simbólicamente con el aspecto
decreciente de la luna y con la vejez. Por su parte, en la cueva de
Roc de Lalinde (Dordoña) aparecieron seis perfiles femeninos
grabados del Magdaleniense. Los perfiles de dos féminas se disponen
contrapuestos, al lado de un tercero en el centro de las dos
siluetas, posible evocación de las fases lunares.
Si
la diosa del Paleolítico se puede asociar al hogar nos podría
indicar el arcaísmo de los mitos del fuego y la presencia de sus
raíces en el Paleolítico. Y es que el fuego suele considerarse
representativo del sol y ambos son dadores de vida, como sería la
deidad madre paleolítica.
Ciertos
esquemas figurativos en el arte paleolítico se han identificado con
un árbol, presunto origen del mítico tema del árbol de la vida, o
con una supuesta Diosa-árbol (El Parpalló, en Valencia; o cueva de
La Mouthe, en Dordoña), que conllevaría la noción de tres esferas
presentes en las posteriores mitologías. En este sentido, los
conocidos monumentos en forma de torre ibéricos, ¿podrían aludir a
una prehistórica deidad-árbol?.
La
Diosa paleolítica encarna un ciclo de nacimiento, muerte y
renacimiento, como el de la naturaleza (ciclo estacional, por
ejemplo), de ahí su factible asociación con la sierpe. Deidades
posteriores en el tiempo relacionadas con los ofidios son abundantes
(la Tabiti escita, la Coatlicue azteca o la diosa de las serpientes
cretense). Conviene recordar que tanto aves como serpientes suelen
conformar un binomio mítico estrechamente relacionado con los
orígenes de la vida (puede ser el caso de la varilla grabada del
Magdaleniense del yacimiento francés de La Madeleine).
Algunas
escenas paleolíticas, como las del santuario de Laussel, parecen
evocar la probable secuencia de un mito creacional. Aquí se muestra
la figura de una Diosa con senos y un huevo bajo ella, o un vientre
en forma de huevo.
Podría encontrarse aquí el misterio de la creación, concebido
desde la Diosa autofecundante. De aquí procederían las parejas
primordiales, cielo y tierra y posteriormente sol y luna, de las que
procederá el primer antepasado y el resto de la existencia tal y
como relatan gran número de mitos.
En
el arte paleolítico se conocen varias figuras de la deidad femenina
en actitud tumbada, como si fuese una parturienta, y asociada a
animales. Podría tratarse de la deidad dando vida a los primeros
seres. Un ejemplo notable es el de Angles-sur-l’Anglin, del
Magdaleniense Medio. Aquí aparecen modelados en bajorrelieve tres
torsos femeninos, con la presencia del ombligo, el triángulo púbico
y la vulva indicados por incisión. Además de las tres figuras
antropomorfas se identifican varias figuras animales.
Algunos
de los animales más representados en la pintura parietal
paleolítica, como los caballos y los bóvidos, pueden reflejar desde
un punto de vista simbólico, la dualidad sol y luna o la de verano e
invierno, conocida a través de los mitos. El caballo ha simbolizado
al sol en diversas culturas, en tanto que el toro o el bisonte cuenta
con el cuerno, un atributo distintivo de la deidad lunar.
En
el arte del Paleolítico pueden haber existido referencias al mito
del primer antepasado, como en el caso del bastón perforado de la
Madeleine en el que se grabaron una serpiente, un antropomorfo y
cabezas de caballo, o en el yacimiento de Le Portel, donde aparece un
conjunto en el que se distingue un caballo, una vulva y un
antropomorfo. En tal sentido, la unicón de los principios femeninos
y masculinos pudiera estar latente en la cueva francesa de
Tuc-d’Áudoubert, donde hay una cámara en la que se modelaron dos
bisontes, en cuyas proximidades se encontraron huellas de pasos. Un
bisonte macho monta a una hembra, tal vez una reproducción inicial
de la unión conyugal divina. Asimismo, en el bajorrelieve de la
Venus tumbada de la Magdeleine, la deidad se halla tumbada con un
bisonte grabado a sus pies, lo que podría ser la reproducción del
protomito de la creación de la divinidad masculina y la hierogamia
sacra. El bisonte aquí sería el vástago y, al tiempo, pareja de la
Diosa.
En
la cueva de Los Casares parece reflejarse una escena de hierogamia,
en tanto que una pareja humana, en unión sexual, se encuentra al
lado de un mamut. El animal dirige la punta de uno de sus colmillos
hacia el pubis femenino, por debajo del enorme falo del varón. Sería
una presunta representación de un matrimonio sacro ritual.
Una
organización dualista, asociada al totemismo y, por ende, al empleo
de ciertos emblemas en forma animal como antepasados clánicos, bien
conocida en las sociedades depredadoras de Australia y noroeste de
América del Norte, podría ser, de alguna manera, una reminiscencia
de una arcaica organización clánica dualista configurada en el
Paleolítico Superior europeo, tal vez a partir de la pareja caballo
o bisonte y toro. Tales animales se podrían considerar, en este
sentido, los antepasados de presuntos clanes fundadores.
Ciertas
escenas en las que algunos antropomorfos parecen nadar o bucear
entremezclados con peces, halladas en la cueva de los Casares, en
Guadalajara, España se han identificado como una probable alusión a
un mito de origen y rituales de purificación. Este presumible mito
se expresaría en una escena en la que intervienen varios animales y
un par de antropomorfos. Se puede apreciar como en la sección
superior parece haber animales terrestres estilizados (cabra y
bucráneo), mientras a la izquierda de la escena se observa un
antropomorfo pisciforme que saca su cabeza a través de la línea
superficial de agua. Sus brazos, o aletas, parecen recibir a otro
antropomorfo; en una posición inclinada como si fuese a realizar una
inmersión, parece recibir del antropomorfo en forma de pez una
suerte de rama de seis hojas alargadas. Estaríamos ante un plausible
mito en el que el personaje pisciforme, algo semejante a un genio o
deidad acuática, entrega al personaje que intenta sumergirse un
elemento vegetal. Al acto asisten animales acuáticos (peces) y
también terrestres, como la cabra y el toro. Además, parece haber
presencia de elementos vulvares. ¿Una referencia a un mito de origen
cósmico asociado con el agua?. Resulta probable. También podría
ser un reflejo de un ritual de purificación y renacimiento en
relación con la vulva y con la presencia del par toro y cabra. Algo
análogo podría, tal vez, leerse en Laugerie-Basse, donde un
antropomorfo, semejante a un pájaro, extiende su mano hacia un pez
de grandes dimensiones.
Una
de las escenas en cavidades paleolíticas que más se repiten es la
del toro o bisonte que se enfrenta a un antropomorfo, un tema que se
identifica en las mitologías históricas posteriores. En una muy
conocida escena de la cueva de Lascaux, se ve a un bisonte,
destripado por una lanza que le ha traspasado saliéndole a través
de su órgano sexual; está de pie ante un hombre tumbado, quizá en
trance chamánico. Éste lleva una máscara de pájaro, tiene su falo
erecto y señala al bisonte atravesado. A su lado vara con la imagen
de un pájaro. Detrás del presunto chamán tumbado hay un
rinoceronte que se aleja. El antropomorfo lleva una máscara de
pájaro y sus manos son como de pájaro en lugar de humanas. Esta
podría ser una mítica escena chamánica, en la que el hombre se
hallaría en trance ante un bisonte sacrificado, mientras su alma
viaja por el más allá, en tanto que el ave sobre la pértiga sería
su espíritu protector.
Existen
variantes de estas representaciones con humanos enfrentados a
animales, como es el caso del oso en lugar del bisonte o del toro,
como ocurre con la placa de la cueva de Péchialet, en la Dordoña,
en la que dos humanos se enfrentan a un plantígrado.
En
el Paleolítico Superior europeo, el organigrama religioso podría
tener su vértice, en definitiva, en una supuesta adoración dirigida
a una deidad Madre, creadora, con varias formas, origen de la vida y
de la muerte, de la que todo procede, al lado de sus dos emanaciones
principales, tal vez el sol y la luna, plasmados simbólicamente en
forma animal, en las parejas caballo-bóvido, cérvido-cáprido o
caballo y mamut.
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