30 de julio de 2026

Historia, arqueología y mito de la colonia griega de Síbaris


Imágenes, arriba: moneda incusa sibarita, datada en torno a 550-500 a.e.c.; abajo, un aríbalo corintio con escena de hoplitas. Hallado en el santuario de Timpone della Motta, se data entre 600 y 575 a.e.c.

Esta histórica ciudad, en la actual región italiana de Calabria, que la tradición señala como destruida por una inundación a causa del estilo de vida disipada de sus habitantes, ha estado inmersa en historias de lujuria y decadencia, siendo célebres sus habitantes por su supuesta aversión al trabajo y su gusto por la molicie. Esta colonia, Sýbaris (Σύβαρις), una de las más destacadas de la Magna Grecia, fue fundada por los aqueos del norte del Peloponeso, concretamente de Acaya y la Argólida, a fines del siglo VIII a.e.c. La fecha tradicional es 720, aunque es bastante probable que fuese más tarde.

Existen algunas referencias mitológicas asociadas directamente con la ciudad. Se decía que un monstruo llamado Síbaris aterrorizaba Delfos desde una gruta del monte Cirfis. El joven Alcioneo fue el héroe elegido para sacrificarlo, aunque fue finalmente Euríbato quien se ofreció en su lugar. Euríbato sacó al monstruo de la gruta, lo estrelló contra una roca y acabó con su vida. En el lugar donde cayó moribundo surgió una fuente llamada Síbaris, siendo el sitio donde se fundaría la ciudad en su honor.

En relación con el lujo y la desmesura, hay una leyenda que cuenta que los sibaritas prohibieron los gallos (por su canto matutino), y expulsaron a herreros, carpinteros y escultores de la ciudad para no perturbar la tranquilidad y la vida de lujo. Los dioses olímpicos condenarían, finalmente, a Síbaris a su desaparición por no saber manejar su extrema riqueza y el lujo. Incluso el oráculo de Delfos, por mandato de Apolo, habría profetizado su destrucción por diversos sacrilegios cometidos.

La fuente más antigua que proporciona alguna información sobre la colonia es Heródoto, quien describe la ciudad tanto antes como después de su caída ante Crotona. Antíoco, un historiador de Siracusa, también arroja relevante información sobre el asentamiento. Si bien su obra se perdió, Tucídides recoge sus anotaciones mencionando, en su Guerra del Peloponeso, a Thurii, la comunidad que sucedió a Síbaris. Por su parte, Timeo de Tauromenio, historiador del período helenístico es, con bastante probabilidad, la fuente de muchas de las historias acerca de la lujuria sibarita, si bien su obra fue criticada por Polibio debido a su presunta ausencia de veracidad.

En el siglo I a.e.c., Diodoro Sículo, refiere la historia que cuenta Timeo, en tanto que Estrabón, en la misma época, es la única fuente que refiere el final de la colonia debido a una inundación provocada por el río Crathis. Claudio Eliano, el retórico, profesor y compilador de historias e anécdotas, a comienzos del siglo III, también menciona la caída se Síbaris, aunque sin aportar detalles de la misma. Ateneo, finalmente, es la única fuente que menciona un mítico sangriento final de la ciudad. El fin de Síbaris no es mencionado ni en Polieno ni en Frontino, ambos expertos en estratagemas militares.

Se decía que Síbaris, hacia 550 a.e.c. se había convertido en una comunidad muy rica, gracias a sus campos cultivados de cebada, olivos y vides, si bien es probable que, asimismo, comerciara con los etruscos y con localidades de la costa occidental de Anatolia, como Mileto. Esa riqueza adquiriría la etiqueta de legendaria. Vecinos cercanos a la colonia eran Heraclea Siris y Crotona, ejerciendo esta última un rol destacable en el futuro de Síbaris. En torno a 520, la familia de la elite gobernante sibarita perdió el control de la comunidad a manos de Telis, quien establecería una tiranía hasta 511, cuando el tirano y sus seguidores huyeron, como exiliados, a Crotona. Los ciudadanos de esta localidad aprobaron en asamblea apoyar a los exiliados, de forma que ambas comunidades comenzaron sus preparativos de guerra.

Las fuerzas de Crotona arrasaron a los sibaritas, quienes fueron masacrados en retribución, como relata una historia posterior, por el asesinato de treinta embajadores que Crotona había enviado a Síbaris con la intención de favorecer una posible paz. Los cadáveres, para mayor deshonra, fueron dejados sin enterrar. El ejército de Crotona puso sitio a Síbaris, momento en el que los sibaritas se rebelaron en contra de Telis, quien acabaría refugiándose en un templo de Hera. Sin embargo, fue perseguido y asesinado en su interior, un sacrilegio que motivó la ira de unos dioses ya muy enojados por la muerte de los heraldos. Es este el instante en el que, según Ateneo, la cabeza de la estatua de la diosa se encara hacia la entrada del santuario y comienza a manar sangre desde las fuentes de la ciudad. Un final melodramático que puede ser una versión elaborada a partir de otra historia que afirmaba que los sitiadores habían desviado el curso del río Crathis para anegar la ciudad.

Para 510 a.e.c., sin embargo, Síbaris sigue existiendo. Diodoro Sículo menciona otro conflicto con Crotona en 476, en tanto que en 450 se refiere la llegada a Síbaris de nuevos colonos, probablemente debido a las disputas por los límites territoriales con Taras (Tarento). Serán los atenienses los encargados de canalizar esta suerte de misión de rescate de Síbaris, a buen seguro, para colmar parte de sus propias ambiciones imperialistas. Los recién llegados expulsaron a los anteriores ciudadanos renombrando la ciudad como Thurii. Esta comunidad de Síbaris-Thurii proporcionaría un puerto para la flota y el ejército de Atenas, como refuerzo para aquellos atenienses que, en 413, estaban asediando Siracusa. Diodoro menciona que en 390 a.e.c., Síbaris fue derrocada por los Lucanos, siendo la ciudad ocupada por los Brutii (rebeldes), un pueblo itálico osco-umbro que procede de los propios Lucanos, hacia 355. Desde ese momento, y hasta 340, la localidad recibió mercenarios corintios como aliados.

Bajo el control romano, la ciudad siguió en su proceso de declive. En 193 a.e.c., los romanos enviaron nuevos colonos y renombraron la ciudad ahora como Copia, en honor a la diosa romana de la abundancia, tal vez como reflejo de la riqueza agraria de la ciudad.

Síbaris es famosa por su inusitada riqueza. En la antigüedad circulaban historias, probablemente originadas en la del escritor siciliano Timeo y que sobrevivieron en Los sabios del banquete o Los deipnosofistas de Ateneo de Náucratis, sobre ropas caras, ricos banquetes y un estilo de vida en general lujoso.

Sin embargo, lo cierto es que no existen restos de grandes templos en la ciudad, lo que sugeriría, realmente, una modesta comunidad, si bien fuera de los muros del núcleo urbano hubo algunos santuarios de relevancia, como el hallado en Timpone della Motta. ¿Pudieron los templos de Síbaris haber sido destruidos por las aguas de la inundación provocada por las fuerzas de Crotona cuando desviaron el curso del río Crathis?. Tal vez, aunque resulta poco probable. Es verdad, asimismo, que las monedas de alta calidad, son un buen indicador de un estándar de vida relativamente alto en una comunidad y, de hecho, Síbaris, como otras ciudades de la Magna Grecia, no tardó mucho en producirlas aprovechando, quizás, las rentas que provenían del comercio con ciudades de Asia Menor. Las monedas sibaritas, incusas, son estampadas, con la presencia de un toro, lo que podría reflejar su riqueza basada en la tierra.

Parece probable que Síbaris haya sido una localidad donde el comercio y la agricultura proporcionaron un estilo de vida razonablemente acomodada para sus ciudadanos. No obstante, resulta difícil saber por qué motivos la ciudad fue elegida como imagen o epítome de la lujuria. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA, julio, 2026.

 

26 de junio de 2026

Pintura funeraria: tumba de Stallia

En la tumba de Stallia, en Capua, en la Campania italiana, se puede apreciar esta singular pintura funeraria que preserva una escena que parece suspendida entre el mundo de los vivos y el reino de los muertos. Hades en persona ofrece la bienvenida al difunto, en un encuentro que llega a convertirse en una representación del destino, de un pasaje a otra esfera y de un umbral.

Fechada entre los siglos II y I a.e.c., este enterramiento anuncia uno de los temas más profundos de la imaginación antigua, el viaje al más allá a través del sepulcro. La figura divina, ubicada cerca de un carro, se muestra como el gobernador del Hades, del mundo subterráneo, pero también como una presencia receptora, que reconoce e introduce al occiso en una nueva dimensión. En frente de él, un hombre se acerca con un simple y solemne gesto, casi como un agradecimiento o tal vez a modo de ofrenda, estableciéndose un instante de contacto entre lo divino y lo humano.

Esta pintura, intensa y esencial, habla del concepto de la muerte no como un fin mudo y definitivo, sino como un tránsito regulado por imágenes, figuras de protección y rituales. Líneas, colores y gestos se convierten en recuerdos; lo que permanece no es el nombre del fallecido, sino la representación de su entrada en otro universo.

Debe recordarse que Capua fue uno de los centros prerromanos y romanos más relevantes de Italia, un lugar que ejerció de crisol de las culturas latina, griega, etrusca y osca. La producción funeraria que aquí se halla, testifica un rico mundo de intercambios, creencias y complejos lenguajes figurativos, en los que las pinturas funerarias en las tumbas cumplían la tarea de acompañar al difunto y hacer visible la relación entre la vida, el recuerdo, la memoria y la otra vida. En esas imágenes el mito es mucho más que un mero embellecimiento decorativo, convirtiéndose en el relato del destino humano, en una herramienta ritual y en un puente entre la comunidad de los vivos y el invisible reino de los muertos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AEEAO-AVECH-ICA-AHEC, junio, 2026. 

18 de junio de 2026

Una reflexión sobre la filosofía helenística: cinismo, estoicismo, epicureísmo y escepticismo

Imágenes, un fresco del siglo I que representa a Crates y a su esposa Hiparquia, en la villa Farnesina, del Trastevere romano, datado en el siglo XVI.

La filosofía helenística contó con diversas corrientes, escuelas o movimientos de gran interés relativas a la vida humana y su forma de afrontarla. Los filósofos cínicos fueron ajenos, como bien se sabe, a toda convención social. Aunque se considera a Antístenes el fundador del cinismo, fue Diógenes de Sínope el mejor ejemplo del filósofo de esta corriente, con su estilo de vida radicalmente heterodoxo, lo que conformará la imagen del sabio inconformista que se desentiende de las convenciones sociales.

En esencia, desde su perspectiva, la vida feliz consistía en una vida despreocupada, sin metas y sin ambiciones, satisfaciendo nuestros instintos más primarios. La sencillez sería considerada el fundamento para el desarrollo de un comportamiento honesto, autárquico e indiferente ante los muchos avatares de la existencia. Su discípulo más renombrado fue Crates, quien despreciaba las riquezas y la fama. Con su esposa, Hiparquia, practicó el mencionado estilo de vida cínico, ajeno a las convenciones. Los romanos, de mayor austeridad en lo moral, pensaron que este estilo de vida cínico era algo socialmente desvergonzado.

A su vez, un discípulo de Crates sería el fundador del estoicismo, Zenón de Citio, convencionalmente mucho más comedido. El estoicismo fue realmente un movimiento cultural con una amplia capacidad de adaptación a los problemas de su época. Entre otros aspectos, los estoicos creían en la existencia de ciclos cósmicos que culminaban en una suerte de conflagración universal que traería consigo una purificación del mundo que, a su vez, regenera todas las cosas. Una idea conectada con la idea de destino, en tanto que el nuevo ciclo cósmico surgido tras la conflagración repetirá sustancialmente lo ya ocurrido en el anterior. Este tema llevó a lo que se denominó el argumento perezoso; si uno enferma, ¿para qué llamar al médico?, en tanto que si ya todo está predeterminado, la persona fallecerá, llame o no al galeno.

Por su parte, la filosofía de Epicuro enseña, en realidad, a desprenderse de todo lo que no es natural y necesario. Propone algo similar a otras éticas griegas, como la aristotélica, y es la templanza y la moderación en el cálculo de los placeres. Finalmente, el escepticismo (pirronismo, a partir del nombre del filósofo que había acompañado a Alejandro Magno en su expedición hacia Oriente), más que una escuela fue una actitud filosófica. De hecho, el objetivo de Pirrón era la felicidad, para cuya consecución consideraba necesario vivir sosegadamente, con serenidad, moderación, en paz con los demás y con uno mismo. La felicidad se alcanzaba, por tanto, con una total indiferencia ante los avatares vitales.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AEEAO-AVECH-AHEC-ICA, junio, 2026.

10 de junio de 2026

Guerras Médicas: la disputa de dos sistemas


Imágenes, arriba, kílix conocido como la Copa de Edimburgo, del Pintor de Triptólemo, datado hacia 480 a.e.c., hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Un hoplita griego ataca con su espada a un infante persa. El soldado persa porta un gorro con orejeras colgantes y va armado con arco y makhaira; abajo, mapa de las Guerras Médicas, con las rutas seguidas por los reyes persas Darío I y Jerjes.

Las Guerras Médicas, escenificadas en el siglo V a.e.c., tuvieron como causas primordiales el proceso expansivo del Imperio persa hacia los territorios griegos de Asia Menor, la célebre rebelión jonia contra el dominio persa (con la ayuda de Atenas), además del interés persa por controlar las rutas comerciales del Egeo y el mar Negro y de la tensión política suscitada entre el modelo de las polis griegas y el rígido poder imperial persa.

El comienzo de lo que sería conocido en la historiografía como Guerras Médicas se puede singularizar, no obstante, en el siglo VI a.e.c., concretamente en 547, cuando da inicio la expansión del Imperio persa por Asia Menor. Después de derrotar a Creso, el rey de Lidia, los persas extendieron su dominio por la región, de tal forma que las ciudades griegas de Jonia quedaron a merced del poder de los sátrapas persas de Sardes y Dascileon (esta última en la Propóntide), quienes consiguen establecer unas aceptables relaciones con los tiranos locales.

En 510, los persas acogen a Hipias, el tirano ateniense, que ha sido expulsado de la ciudad por los conspiradores democráticos asistidos por Esparta. Estos, bajo el liderazgo de Clístenes, introducen el régimen de la isonomía o igualdad, fundamentado en una división de la población en demos, agrupados en tribus a partir de las cuales se elige de modo directo a las autoridades1.

Unos años después, en 499, se produce la revuelta de las ciudades jonias contra el Imperio persa. Aristágoras, el tirano de Mileto, aprovecha el descontento de los jonios para instigar una revuelta de grandes proporciones contra Persia, y las poleis jonias se transforman en democracias siguiendo el modelo impuesto de Atenas. Después de vencer a la flota jonia en la batalla de Lade, en 494 a.e.c, las tropas persas asedian Mileto. La ciudad es tomada y arrasada, su población masculina asesinada, en tanto que los niños y las mujeres son deportados a orillas del río Tigris. Apenas un año después, los persas toman las islas de Lesbos y Quíos, que sufren análogo destino al de Mileto, con lo cual queda definitivamente sofocada la rebelión jonia.

En 490 el rey persa Darío I (Darío el Grande, 522-486 a.e.c.), prepara una expedición de castigo contra Atenas. El ejército de tierra parte de Sardes mientras la armada atraviesa el mar Egeo. Milcíades, antiguo tirano en las colonias griegas del Quersoneso, se convierte en el líder de la Atenas democrática y organiza el ejército, que logra rechazar la invasión persa en la célebre batalla de Maratón. Los vencedores se trasladan a Falero, el puerto de Atenas2, donde reciben el amago de desembarco de los persas, quienes, sin embargo, se ven obligados a desistir y regresar a Asia.

En la segunda invasión de Grecia, apenas una década después, los persas, pese a una heroica y reconocida resistencia griega en el paso de las Termópilas, penetran en el Ática destruyendo Atenas y su Acrópolis. Pero la decisión de Temístocles de confiar la defensa griega a una nueva fuerza naval, integrada por la población de menos recursos de la ciudad, conduce a una victoria frente a los contrincantes persas en la no menos famosa batalla de Salamina.

En la siguiente batalla, la de Platea en 479 a.e.c., el ejército griego, al mando del general espartano Pausanias, derrota al general persa Mardonio, al que el rey Jerjes había colocado al frente de las operaciones cuando vuelve a Persia. Ese mismo año, los griegos vencen en Mícale y se produce la liberación de Jonia. Los triunfos marítimos conseguidos por Atenas llevan a sus principales dirigentes tras la guerra, Arístides y Cimón, a impulsar una política de hegemonía ateniense sobre el espacio del mar Egeo, así como de exportación del sistema democrático, en ocasiones por la fuerza, a través de la liga de Delos.

En torno al último tercio del siglo V a.e.c., a la muerte de Arístides, Cimón se convierte en el hombre fuerte de Atenas, y lleva a cabo varias campañas contra algunas de las ciudades que rechazan el dominio de Atenas, así como la expedición naval que derrota, una vez más, a los persas en Eurimedonte, en lo que sería la última ofensiva persa lanzada contra el mundo heleno.

La final victoria griega, que supuso un freno al expansionismo persa en el Egeo, propiciaría el ascenso de Atenas como potencia naval y comercial, sobre todo tras la Liga de Delos3, y una creciente rivalidad entre Atenas y Esparta, que acabaría alimentando nuevos conflictos internos griegos (Guerra del Peloponeso). Por otra parte, con esta victoria se reforzó el sentimiento de unidad entre las poleis griegas frente a un enemigo común.

Bibliografía básica

Cawkwell, G.,The Greek Wars: The Failure of Persia, Oxford University Press, Oxford, 2005.

Green, P., The Greco-Persian Wars, University of California Press, Berkeley, 1996.

Jara Herrero, J., Las guerras médicas. Grecia frente a la invasión persa, La Esfera de los Libros, Madrid, 2021. 

Lazenby, J. F., The Defence of Greece 490-479 BC, Aris & Phillips, Warminster, 1993.

Rivero, P. & Pelegrín, J., Las Guerras Médicas: batalla de las Termópilas. Batalla de Salamina, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2015.

Scott, M. Greek Warfare: From the Battle of Marathon to the Conquests of Alexander the Great, Thames & Hudson, Londres, 2014.

1 Aunque solamente aplicable a los varones, esta noción (igual distribución de la ley o igualdad), implicaba la igualdad jurídica, lo que suponía que todos los ciudadanos libres estarían sujetos a las mismas leyes y gozaría de la misma protección legal; la ausencia de privilegios hereditarios, pues la ley no debía favorecer a una familia aristocrática o a un grupo particular por su nacimiento; y una participación política más equilibrada, si bien no implicaba necesariamente una democracia directa. En cualquier caso, suponía que el poder no estuviese monopolizado por una élite reducida. Heródoto presentaba la isonomía como una alternativa al gobierno de una única persona (monarquía o tiranía). Para él aparece vinculada a la idea de que las decisiones públicas debían regirse por leyes comunes y no por la voluntad arbitraria de un determinado gobernante.

2 En los siglos VI y principios del V a.e.c., los atenienses utilizaban Falero como su principal salida al mar para el comercio y las expediciones navales. No sería hasta las reformas impulsadas por Temístocles, tras las guerras contra Persia, que Atenas empezó a desarrollar las instalaciones portuarias de El Pireo.

3 Al principio Atenas lideró la alianza contra Persia, pero con el paso del tiempo concentró el mando militar, controló el tesoro y convirtió la Liga en una herramienta de su hegemonía en el Egeo. El traslado del tesoro de Delos a Atenas en 454 a.e.c. simbolizó ese cambio, en tanto que la Liga dejó de funcionar como una coalición de iguales y pasó a servir a los intereses atenienses. Tal dominio permitió a Atenas financiar su flota, fortalecer su poder naval y embellecer la ciudad con fastuosas obras públicas, aunque a la par también generó tensiones con otras polis, porque muchas empezaron a ver la Liga como un instrumento de dominio ateniense más que como una alianza defensiva. De hecho, la represión de rebeliones como las de Naxos y Tasos reforzó esa imagen de imperio ateniense.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AHEC-AVECH-AEEAO-ICA-UFM, junio de 2026.

1 de junio de 2026

Arte, simbolismo y mito en el Paleolítico Superior




Imágenes, de arriba hacia abajo: el hombre pájaro de Lascaux, del Magdaleniense, concretamente entre 16000 y 15000 a.P.; el Chamán o Brujo de Les Trois-Frères, en fotografía de R. Bégouën dans Vialou, 1991; dibujo del Brujo realizado por Henri Breuil en 1922; y zambullida ritual, probablemente, de un ritual chamánico (entrada en trance o en el mundo de los espíritus) o de un rito de iniciación, en la Cueva de Los Casares.

Todavía algunos estudiosos advierten y defienden que los principios lunar y solar habrían sido los elementos que darían cuerpo a la religiosidad y al arte paleolíticos, cuya base sería, en consecuencia, un sistema de creencias de tipo naturalista y astral. Es un arte que posee un evidente sentido simbólico. Algunas parejas de animales, como caballo o toro / bisonte, serían el reflejo de la polaridad mítica esencial, centrada en la luna y el sol. Parecen existir evidencias de la existencia de seres superiores en el Paleolítico Superior, con un posible un corpus mítico con un determinado sentido que desconocemos, así como un conjunto de rituales y la factible presencia de chamanes o especialistas de lo sagrado. Sería todo ello, en consecuencia, un específico sistema explicativo de la realidad. Aspectos que influyen y afectan al comportamiento del ser humano, como el contraste entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, el sol y la luna o la mujer y el hombre, por tanto polaridades elementales que implica la unidad de los opuestos, se conciben como las determinantes para dar forma a la arcaica religiosidad del Paleolítico. Entidades sagradas celestes de aspecto zoomorfo serían de las que todo derivaría.

El folclore, la etnografía histórica, las religiosidades antiguas y hasta la iconografía comparada, se configuran como los recursos que permitirían un acercamiento reconstructivo del mundo del pensamiento prehistórico. Los temas y mitos identificados en el arte prehistórico sufrirían un proceso de transmisión cultural posterior, conformándose en esos prehistóricos tiempos como un sustrato esencial.

Uno de los rasgos más relevantes y significativos del Paleolítico Superior es la considerable proliferación en toda Europa de objetos decorativos y de adorno que pueden ser considerados como elementos de prestigio. Por otra parte, las representaciones artísticas, sobre todo pictóricas, están dedicadas a los animales de mediano y gran tamaño, aunque hubo en la dieta humana animales pequeños. La caza de algunos animales, que pudieron ser considerados sagrados, pudo estar asociada a valores de prestigio y ser controlada a través del ritual por ciertos clanes. Un aspecto del arte paleolítico y su simbolismo debió estar ligado al control que los grupos humanos establecían sobre los recursos animales por medio de acciones ceremoniales. La caza de animales tendría, así, un significado social y prestigioso. El arte rupestre también habría servido como una reclamación ritualizada del territorio y el espacio para determinados grupos humanos.

Parece legítimo pensar que la imaginería del arte paleolítico conectaría el mundo animal, fundamento de sus estrategias económicas y religiosas, con la ciclicidad natural. Además, tendría una función social, en tanto que numerosos útiles (pequeñas figurillas, propulsores, colgantes o bastones de mando), portan algún tipo de decoración, lo cual podría implicar funciones de prestigio.

La existencia y carácter simbólico de las cavernas, como posibles santuarios paleolíticos, así como algunas representaciones de personajes enmascarados, como hombres-pájaro, hombres-felino, o bien hombres-toro / bisonte, apunta hacia la presencia de chamanes o de jefes sagrados, suerte de especialistas en el ritual y la religiosidad. Tales chamanes puede que hayan sido los especialistas en las representaciones estéticas.

Los diversos enterramientos, la presencia de elementos de ostentación o de prestigio, la abundancia de cuevas o santuarios rupestres, los ejemplos de arte mueble, y los más que plausibles desplazamientos de materias primas, hablan de importantes redes de intercambio, de una coherente estructuración social, de una homogeneidad en las pautas culturales y de un organizado comportamiento simbólico.

En el Paleolítico Superior parecen posibles la existencia de rituales que consisten en cortar cabezas de animales y acumularlas con fines de culto. De hecho, se han hallado cráneos de oso y de otros animales dispuestos en nichos o en cistas de piedra, como es el caso del de Llonín, en Asturias, donde en niveles musterienses, aparecieron restos de cabra y de leopardo colocados dentro de una caja de lajas pétreas; el de la gruta de Drachenloch, en Suiza, donde se hallaron vestigios rituales ya del Paleolítico Medio, así como en la cueva de Regourdou, en las proximidades de Montignac, en la Dordoña, lugar en el que se constató la conexión entre una sepultura y testimonios de animales tal vez sacrificados, pertenecientes también al período del Paleolítico Superior. En este mismo lugar apareció una cavidad que contenía el cráneo y varios huesos fragmentados de osos.

Ya en los años treinta del pasado siglo XX, en la caverna de Hellmich se encontró, en un banco de arcilla, el cráneo fósil de un oso pardo y algunos huesos de oso de las cavernas junto a fragmentos de lascas de sílex auriñacienses; además, en los cuarenta del pasado siglo, cerca de la entrada de la gruta de Furtins, en Borgoña, aparecieron siete cráneos de osos cavernarios dispuestos de forma concéntrica. Otros ritos similares parecen constatarse en la cueva de Reyersdorf, en la región de Glatz, en Silesia, Alemania, con presencia de material auriñaciense. Allí se descubrieron varios cráneos de osos sobre un banco natural de roca.

Conviene tener presente que hay un culto del oso entre los giliacos de Sajalín y los ainos de Yesso. La ceremonia de mayor relevancia del culto culminaba con el sacrificio de un oso durante la fiesta de invierno. Con ello, el animal se convertía en embajador ante el espíritu de la selva y de las montañas para, de esta manera, favorecer el éxito en la caza. Asimismo, deposiciones de huesos de mamut en campamentos del Paleolítico Superior de Ucrania (Eliseevitchi), parecen tener también una intención cultual. En el interior de un círculo formado por casi treinta cráneos de mamut se hallaron colmillos de mamuts jóvenes partidos, algunos con signos grabados, y debajo de todo, una estatuilla femenina.

La presencia de sepulturas en cavernas o bajo abrigos rocosos, constatables ya en el Paleolítico Medio y datados alrededor de 60000 A.P. (Shanidar, en Irak; Chapelle-aux-Saints, o el abrigo de La Ferrassie, ambos en la Dordoña francesa), supondría el presunto entendimiento de una conciencia del hecho de la muerte. Inhumaciones voluntarias, en diferentes posiciones, han sido constatadas en diversos yacimientos de Israel, como en Kebara; la gruta de Et-Tabun (con un esqueleto de mujer que yace de espaldas), la caverna de Skhül (en donde apareció la mandíbula de un jabalí entre los brazos de uno de los enterramientos); o la cueva de Qafzeh, en donde apareció un niño que sobre su pecho y manos había un hemicráneo de un cérvido.

Los ejemplos se pueden multiplicar. Así, en la gruta de Teshik-Tash, en Uzbekistán, se encontró bajo el estrato musteriense la tumba de un niño, alrededor de cuyo cráneo había una corona de cuernos de cabra montés; en la gruta de Kiik-Koba, Crimea, en la tumba de un hombre, los restos estaban orientados de oriente a occidente (¿el oeste como lugar de residencia de los fallecidos?) y había algunas lascas de sílex. En este caso, es factible pensar en un nexo simbólico entre la muerte y el curso del sol. Hay bastante evidencia de cuerpos de neandertales flexionados y, en ocasiones, con la cabeza apoyada sobre un brazo, una postura que pudiera sugerir algún tipo de relación con lo sagrado que remite a la esfera del mundo sobrenatural.

En el Paleolítico Superior los enterramientos se llevaron a cabo en lugares al aire libre, abrigos rocosos y cuevas, en áreas de habitación. Hay presencia de inhumaciones individuales, pero también dobles y unas pocas colectivas. Aquí ya hay una presencia abundante de ajuar personal del fallecido, como diversas herramientas de piedra, armas, objetos de arte mueble y adornos corporales (en forma de dientes de animales, conchas y figurillas zoomorfas).

Son relativamente abundantes los esqueletos recubiertos o depositados en capas de ocre (Kostienki, Oberkassel, La Madeleine, Chancelade, Grimaldi, y otros), lo que ha sido interpretado como una referencia a la sangre, entendida como savia de la vida. Si la idea subyacente fuese insuflar vida de nuevo en el difunto, se podría pensar en una presunta creencia en la vida tras la muerte. No son raras las inhumaciones rodeadas de hiladas de piedras o con alguna losa de piedra sobre el individuo, como ocurre, por ejemplo, en Predmost, Le-Roc-de-Sers, Grimaldi y Oberkassel. En la Europa oriental las losas de piedra se sustituyen por huesos de mamut (Pavlov, Dolní-Véstonice, donde se colocaron debajo de omóplatos pintados o grabados). Las tumbas, a veces, se cubren de un montículo o túmulo. Incluso hay casos (Kostienki), de una cámara o cripta con huesos de mamut.

Se han hallado fragmentos de grandes animales en las tumbas: cráneo de mamut (Klause, en Alemania; Brünn, en Moravia, o Solutré, en Francia); u omóplatos del mismo animal sobre los difuntos en Pavlov, Predmost o Unterwisternitz. Es posible que el mamut fuese considerado un espíritu protector, algo análogo al del elefante entre los pigmeos del África ecuatorial, que lo consideran una encarnación mítica de una divinidad superior. Parece muy factible que los restos de reno, buey, caballo, bisonte, mamut o de conchas, habituales en muchas tumbas paleolíticas, tuviesen una intencionalidad simbólica, específicamente de evocación de la noción de renacimiento espiritual tras el óbito.

Las sepulturas de Sungir, en donde aparecieron asociadas a las inhumaciones, dagas de marfil, bastones perforados de asta, un pendiente discoidal, brazaletes y anillos de marfil; de Saint Germain-la-Rivière; del enterramiento de Malt’a; del yacimiento de Kostienki y de Brno II (República Checa), en donde el inhumado estaba asociado con una estatuilla antropomorfa masculina, son ejemplos sobresalientes de posible presencia ritual con un presunto trasfondo de religiosidad.

Las manifestaciones artísticas en el Paleolítico Superior, a partir de 35000 A.P., supone una evidente manifestación de la conciencia y el pensamiento de los seres humanos. Los temas figurativos del arte paleolítico son homogéneos, destacando como grupos temáticos los ideomorfos, los zoomorfos y los antropomorfos. Además de la notable, y mayoritaria, presencia de animales, sobresalen las representaciones de figuras fantásticas o lo que podría catalogarse como monstruos, como ocurre en Les Trois-Frères, Pergouset o con el denominado unicornio de la cueva de Lascaux. Entre las más escasas representaciones humanas sobresalen las femeninas, en forma de vulva, en diversas cuevas como Lluera II, Blanchard, La Ferrassie, Commarque o Deux Ouvertures, pero también como imágenes grávidas de mujeres, habitualmente en estatuillas y bajorrelieves (como Laussel).

En lo tocante a las representaciones masculinas, algunas corresponden a presuntos hechiceros o enmascarados, que poseen atributos zoomorfos, un factor que los ha puesto en relación con actos rituales. Algunos de los hombres con apariencia animal cuentan con cornamenta (de toro, ciervo, bisonte) o con una cabeza de pájaro. Incluso hay casos con presencia de colmillos de mamut y hasta rabo de bóvido (Magdaleniense de Las Caldas, en Asturias). En tal sentido debe traerse a colación el célebre marfil de Stadel con la imagen de un hombre-león, además de la losa de Espélugues, Lourdes, grabada con individuo con cornamenta de ciervo con barba y un rabo, o el bastón perforado de Teyjat que parece presentar una suerte de pequeños diablos.

El Brujo de Les Trois-Frères posee cabeza y patas de bisonte, y parece ejecutar una danza. Aparece provisto de arco siguiendo a una bestia con cuerpo de reno. El brujo de Les Trois- Frères tiene cuerpo humano de perfil y cabeza de ciervo, mientras en La Pasiega, en la Cantabria hispánica, se halla una figura análoga, un busto de fantasma tocado con una posible cornamenta de bisonte. Por su parte, el hombre de Gabillou va cubierto con cabeza de toro y una larga cola. En las famosas cuecas de Altamira y Lascaux existen, asimismo, antropomorfos con cabeza de ave.

Algunos figuras de hombres de Los Casares (Guadalajara), se muestran en escenas acuáticas. Sus cabezas se han identificado con batracios. Al tiempo, hay un conjunto de personajes con cabezas en forma de pico de tortuga. Algunas figuras han sido catalogadas como máscaras o como fantasmas, de sexo indeterminado, pero que son representaciones de rostros humanos.

Se habla del posible culto de una deidad femenina en el Paleolítico Superior, pero lo hace a partir de su presencia en culturas posteriores. Sería una divinidad dadora de vida pero a la vez portadora de la muerte; una diosa de la regeneración y la renovación. Las relaciones entre animales, bisonte, caballo, mamut, bóvido, felino, jabalí, por ejemplo, podrían ser una respuesta concreta a ciertos hechos míticos o, incluso, relatar el origen y la historia del grupo humano y sus relaciones con las diferentes especies animales. No sería descabellado pensar en que estaríamos ante una antigua metafísica en la que cada especie animal o humana tiene un lugar específico. Así, oposiciones y complementos podría estar en acción en las representaciones zoomorfas, en una presunta alusión a la fecundidad dentro de un marco concreto: las cuevas ornamentadas, que serían concebidas como auténticos santuarios.

Las figuraciones más antiguas de una presunta divinidad femenina datan del Auriñaciense. Al margen de las estatuillas conocidas como venus, se la puede distinguir bajo la forma de vulva generadora, como un triángulo o un óvalo, caso de las imágenes localizadas en los abrigos de La Ferrassie, Castanet o Blanchard. En ciertos yacimientos como Malt’a, Kostienki y Buret, se localizaron las estatuillas en el suelo de la choza, por tanto en un espacio doméstico de habitación, en las proximidades del hogar. Estas figuras podrían ser representaciones de diversas tipologías socio-religiosas, como sacerdotisas, Diosas Madres análogas a las conocidas en el Neolítico, figuras de antepasados o magas. Como diosas madre, serían algo semejante a las abuelas del grupo social, las deidades creadoras, de la fecundidad, de la vida y la muerte y protectoras de los animales. Entre los inuit actuales hay estatuillas femeninas, denominadas Schuli, que se conforman como el espíritu protector familiar, la madre arcaica o la figura primitiva del clan. La mujer podría haber sido en esos tiempos un símbolo de la inmortalidad.

La dualidad solar y lunar se puede inferir en el arte paleolítico. Es el caso paradigmático de la llamada venus de Laussel, que sostiene un cuerno en su mano derecha con trece marcas como símbolo lunar o como principio masculino en su aspecto fálico, mientras la izquierda la mantiene apoyada sobre el vientre, portando un disco, un símbolo solar, circular y femenino. Las figuras de Gagarino o de Savignano representarían algo similar, así como las figuras de Dolní Véstonice, en Moravia, esculturas gravetienses decoradas con líneas paralelas en marfil de mamut, representando una figura femenina esquematizada, con senos definidos sobre un cuerpo en columna como si fuese un apéndice fálico.

En su forma de madre de la naturaleza, la deidad paleolítica puede contar con las manifestaciones del sol y de la luna, atribuibles a los circulares senos de la misma. En la figura femenina del Magdaleniense, hecha de asta de reno, de Petersfels (Engen-Bittelbrunn, en Alemania), los dos círculos grabados a modo de senos aseguran su feminidad, aunque su mitad inferior es fálica. Cuando aparecen dos o tras figuras relacionadas, se podría inferir que las fases de la vida (tres) de la mujer se relacionan con los ciclos astrales. Al respecto, la mujer encapuchada de Bédeilhac, en Ariége, Francia, esculpida en un colmillo encorvado de aspecto fálico, podría corresponderse simbólicamente con el aspecto decreciente de la luna y con la vejez. Por su parte, en la cueva de Roc de Lalinde (Dordoña) aparecieron seis perfiles femeninos grabados del Magdaleniense. Los perfiles de dos féminas se disponen contrapuestos, al lado de un tercero en el centro de las dos siluetas, posible evocación de las fases lunares.

Si la diosa del Paleolítico se puede asociar al hogar nos podría indicar el arcaísmo de los mitos del fuego y la presencia de sus raíces en el Paleolítico. Y es que el fuego suele considerarse representativo del sol y ambos son dadores de vida, como sería la deidad madre paleolítica.

Ciertos esquemas figurativos en el arte paleolítico se han identificado con un árbol, presunto origen del mítico tema del árbol de la vida, o con una supuesta Diosa-árbol (El Parpalló, en Valencia; o cueva de La Mouthe, en Dordoña), que conllevaría la noción de tres esferas presentes en las posteriores mitologías. En este sentido, los conocidos monumentos en forma de torre ibéricos, ¿podrían aludir a una prehistórica deidad-árbol?.

La Diosa paleolítica encarna un ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento, como el de la naturaleza (ciclo estacional, por ejemplo), de ahí su factible asociación con la sierpe. Deidades posteriores en el tiempo relacionadas con los ofidios son abundantes (la Tabiti escita, la Coatlicue azteca o la diosa de las serpientes cretense). Conviene recordar que tanto aves como serpientes suelen conformar un binomio mítico estrechamente relacionado con los orígenes de la vida (puede ser el caso de la varilla grabada del Magdaleniense del yacimiento francés de La Madeleine).

Algunas escenas paleolíticas, como las del santuario de Laussel, parecen evocar la probable secuencia de un mito creacional. Aquí se muestra la figura de una Diosa con senos y un huevo bajo ella, o un vientre en forma de huevo1. Podría encontrarse aquí el misterio de la creación, concebido desde la Diosa autofecundante. De aquí procederían las parejas primordiales, cielo y tierra y posteriormente sol y luna, de las que procederá el primer antepasado y el resto de la existencia tal y como relatan gran número de mitos.

En el arte paleolítico se conocen varias figuras de la deidad femenina en actitud tumbada, como si fuese una parturienta, y asociada a animales. Podría tratarse de la deidad dando vida a los primeros seres. Un ejemplo notable es el de Angles-sur-l’Anglin, del Magdaleniense Medio. Aquí aparecen modelados en bajorrelieve tres torsos femeninos, con la presencia del ombligo, el triángulo púbico y la vulva indicados por incisión. Además de las tres figuras antropomorfas se identifican varias figuras animales.

Algunos de los animales más representados en la pintura parietal paleolítica, como los caballos y los bóvidos, pueden reflejar desde un punto de vista simbólico, la dualidad sol y luna o la de verano e invierno, conocida a través de los mitos. El caballo ha simbolizado al sol en diversas culturas, en tanto que el toro o el bisonte cuenta con el cuerno, un atributo distintivo de la deidad lunar.

En el arte del Paleolítico pueden haber existido referencias al mito del primer antepasado, como en el caso del bastón perforado de la Madeleine en el que se grabaron una serpiente, un antropomorfo y cabezas de caballo, o en el yacimiento de Le Portel, donde aparece un conjunto en el que se distingue un caballo, una vulva y un antropomorfo. En tal sentido, la unicón de los principios femeninos y masculinos pudiera estar latente en la cueva francesa de Tuc-d’Áudoubert, donde hay una cámara en la que se modelaron dos bisontes, en cuyas proximidades se encontraron huellas de pasos. Un bisonte macho monta a una hembra, tal vez una reproducción inicial de la unión conyugal divina. Asimismo, en el bajorrelieve de la Venus tumbada de la Magdeleine, la deidad se halla tumbada con un bisonte grabado a sus pies, lo que podría ser la reproducción del protomito de la creación de la divinidad masculina y la hierogamia sacra. El bisonte aquí sería el vástago y, al tiempo, pareja de la Diosa.

En la cueva de Los Casares parece reflejarse una escena de hierogamia, en tanto que una pareja humana, en unión sexual, se encuentra al lado de un mamut. El animal dirige la punta de uno de sus colmillos hacia el pubis femenino, por debajo del enorme falo del varón. Sería una presunta representación de un matrimonio sacro ritual.

Una organización dualista, asociada al totemismo y, por ende, al empleo de ciertos emblemas en forma animal como antepasados clánicos, bien conocida en las sociedades depredadoras de Australia y noroeste de América del Norte, podría ser, de alguna manera, una reminiscencia de una arcaica organización clánica dualista configurada en el Paleolítico Superior europeo, tal vez a partir de la pareja caballo o bisonte y toro. Tales animales se podrían considerar, en este sentido, los antepasados de presuntos clanes fundadores.

Ciertas escenas en las que algunos antropomorfos parecen nadar o bucear entremezclados con peces, halladas en la cueva de los Casares, en Guadalajara, España se han identificado como una probable alusión a un mito de origen y rituales de purificación. Este presumible mito se expresaría en una escena en la que intervienen varios animales y un par de antropomorfos. Se puede apreciar como en la sección superior parece haber animales terrestres estilizados (cabra y bucráneo), mientras a la izquierda de la escena se observa un antropomorfo pisciforme que saca su cabeza a través de la línea superficial de agua. Sus brazos, o aletas, parecen recibir a otro antropomorfo; en una posición inclinada como si fuese a realizar una inmersión, parece recibir del antropomorfo en forma de pez una suerte de rama de seis hojas alargadas. Estaríamos ante un plausible mito en el que el personaje pisciforme, algo semejante a un genio o deidad acuática, entrega al personaje que intenta sumergirse un elemento vegetal. Al acto asisten animales acuáticos (peces) y también terrestres, como la cabra y el toro. Además, parece haber presencia de elementos vulvares. ¿Una referencia a un mito de origen cósmico asociado con el agua?. Resulta probable. También podría ser un reflejo de un ritual de purificación y renacimiento en relación con la vulva y con la presencia del par toro y cabra. Algo análogo podría, tal vez, leerse en Laugerie-Basse, donde un antropomorfo, semejante a un pájaro, extiende su mano hacia un pez de grandes dimensiones.

Una de las escenas en cavidades paleolíticas que más se repiten es la del toro o bisonte que se enfrenta a un antropomorfo, un tema que se identifica en las mitologías históricas posteriores. En una muy conocida escena de la cueva de Lascaux, se ve a un bisonte, destripado por una lanza que le ha traspasado saliéndole a través de su órgano sexual; está de pie ante un hombre tumbado, quizá en trance chamánico. Éste lleva una máscara de pájaro, tiene su falo erecto y señala al bisonte atravesado. A su lado vara con la imagen de un pájaro. Detrás del presunto chamán tumbado hay un rinoceronte que se aleja. El antropomorfo lleva una máscara de pájaro y sus manos son como de pájaro en lugar de humanas. Esta podría ser una mítica escena chamánica, en la que el hombre se hallaría en trance ante un bisonte sacrificado, mientras su alma viaja por el más allá, en tanto que el ave sobre la pértiga sería su espíritu protector.

Existen variantes de estas representaciones con humanos enfrentados a animales, como es el caso del oso en lugar del bisonte o del toro, como ocurre con la placa de la cueva de Péchialet, en la Dordoña, en la que dos humanos se enfrentan a un plantígrado.

En el Paleolítico Superior europeo, el organigrama religioso podría tener su vértice, en definitiva, en una supuesta adoración dirigida a una deidad Madre, creadora, con varias formas, origen de la vida y de la muerte, de la que todo procede, al lado de sus dos emanaciones principales, tal vez el sol y la luna, plasmados simbólicamente en forma animal, en las parejas caballo-bóvido, cérvido-cáprido o caballo y mamut.

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1 Se puede señalar que en el Paleolítico Superior la caverna se concibe como un espacio sacro empleado para llevar a cabo ceremonias religiosas y estéticas. Se ha asimilado la cueva al cuerpo de la Diosa y a su vagina (humedad, oscuridad), de forma que la caverna sería la deidad, su vientre y también su morada.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, junio, 2026.