12 de septiembre de 2007

Ilustraciones míticas chinas: Pan Gu

Ilustración del siglo XIX, que muestra al hombre primordial Pan Gu, con forma de enano, vestido con hojas y ramajes, de modo muy "natural", con el huevo del caos ya partido, que conformará la tierra y el cielo, en sus manos. Se trata de yin y yang.

Prof. Julio López Saco

Ciudades antiguas: Chang'an (China)



Plano de Chang'an, ciudad capital, de rango cosmopolita, de época Sui y Tang (entre los siglos VI y X). La antigua ciudad, hoy amurallada, se denominó Xi'an, lugar de ubicación de la tumba del primer emperador. Debe destacarse la conformación geométrica de la ciudad, que muestra un urbanismo reticular, regular, racional y funcional, cuyas implicaciones cosmológicas son obvias.
Prof. Julio López Saco

7 de septiembre de 2007

Pioneros de la evolución del hombre

Una historia de los pioneros de la evolución humana
Prof. Julio López Saco
La interpretación de los restos y útiles humanos empezó a ser un hecho significativo cuando se racionalizó que la tierra tenía una historia, provista de períodos temporales inmensos, y cuando empezaron a imponerse las ideas “transformistas”, que señalaban que el planeta era, y es, un ente vivo, cambiante. El primer enigma que esta constatación implicaba era saber la edad de la Tierra. Aunque la interpretación literal de la Biblia, base del creacionismo, que se mantendría como única corriente de pensamiento acerca del origen del hombre y del resto de los seres vivos hasta mediados del siglo XIX, negaba la evolución y el paso del tiempo que esta necesita para hacerse palpable y, por consiguiente, analizable, la Iglesia no dejó, paradójicamente, de usar “métodos científicos” en su intentó de datar la antigüedad del planeta. A principios del siglo XVII, el arzobispo irlandés James Ussher calculó la edad de la Tierra a partir de las Sagradas Escrituras, contabilizando las cronologías que se aprecian en el Génesis, hasta llegar a la conclusión de que Dios había creado a los primeros hombres, la pareja primordial Adán y Eva, en el año 4004 a.C. Más tarde, incluso, se precisó el instante mismo de la creación humana: las nueve de la mañana del 23 de octubre de ese año. Otro de los problemas que conllevaba entender a la Tierra como un planeta cambiante se relacionaba con la imposibilidad del cambio en las formas vivas. Aceptada la explicación bíblica de la Creación, se daba por sentado que las diversas especies, tanto de animales como de plantas, eran fijas, habían sido concebidas y creadas por Dios con contornos propios y nunca podrían cambiar. En este sentido, la Iglesia consideraba al hombre como la última y más lograda creación de Dios, dogma que establecía un foso infranqueable entre el ser humano y el resto de las criaturas. Aquello que la Biblia decía y defendía, en base a la interpretación indiscutible de las Sagradas Escrituras, discrepaba de manera notable de las observaciones científicas. Si alguien osase poner en evidencia las afirmaciones bíblicas se exponía al escarnio público y a la más que probable pérdida de su prestigio social. Si entrar en la legitimidad de los enfoques metafísicos que engloba la teoría creacionista, lo cierto es que un cierto debilitamiento de los dogmas ayudó a crear una fascinación indetenible por la prehistoria de la humanidad. No obstante, la reacción no se hizo esperar, aflorando periódicamente ideas de base teológica frente a las nacientes nociones evolucionistas, que propiciaron una fuerte lucha dialéctica de gran impacto en el seno de las sociedades antropológicas, de ahí en adelante muy convulsas, debido a la proliferación de posturas muy contrapuestas y radicales.
El evolucionismo plantea que la evolución biológica se genera, en el fondo, gracias a la suma del factor azar en la naturaleza, unido a la adaptación necesaria al medio ambiente circundante y a la serie de necesidades que surgen vinculados a los cambios generados. Con el paso del tiempo, y con el avance de los conocimientos de los naturalistas, que empezaron a recopilar, clasificar y catalogar con rigor científico, las teorías evolucionistas empezaron a tomar cuerpo y a ser aceptadas por una creciente mayoría. El creacionismo, hoy aun vigente entre diversos grupos más o menos conservadores, especialmente en países anglosajones, intentó matizar, con cierto éxito, el impacto de las nociones evolucionistas a través de la teoría del diseño inteligente, que esbozaba dos opciones para explicar la complejidad de los seres vivos: o bien los seres vivos habían sido diseñados por una inteligencia superior, o, en último caso, la presencia de seres vivos tan sofisticados como los humanos sólo podía deberse a una combinación de fuerzas físicas aleatorias de la naturaleza sobre la materia para crear los seres vivos, y por medio del intento de desestimar la selección natural diciendo que dicha selección no se produce por las mutaciones, sino que está causada por la retención de ciertas mutaciones, lo que supone un carácter tan aleatorio que, en un nivel estadístico, es altamente improbable. No obstante, en la actualidad la Iglesia Católica, ha reconocido y aceptado la presencia evolutiva, si bien alegando, en un sentido reduccionista y absolutista, que el origen primario de la vida, el punto inicial de todo tuvo que haber sido creado por Dios, poniendo así en tela de juicio los experimentos hechos en laboratorio acerca de las primeras reacciones químicas que en un medio acuoso pudieron dar lugar a la vida sobre nuestro planeta azul. Algunas corrientes filosóficas han tratado, con ingenio y no sin cierta razón, de conjugar, en un alarde de aguda reflexión, ambas posturas contradictorias, afirmando que la evolución sólo explica cómo se produjeron los cambios y el camino que estos siguieron, mientras que únicamente las creencias religiosas aportan a la humanidad el por qué acontecieron tales transformaciones hasta llegar a la consideración, no exenta de franca soberbia, del hombre como la gloriosa cumbre de la evolución física y cultural.
El naturalista sueco Karl von Linneo (1707-1778), en dos obras capitales, Systema Naturae, de 1758 y Fundamenta Fructificationis, de 1762, adopta la idea expresada por John Ray de que el criterio más fiable de identidad específica es la filiación: una especie nunca nace de la simiente de la otra. A partir de semejanzas anatómicas y estructurales, Linneo designa a la especie humana clasificándola muy cercanamente a algunos grandes simios, pues no encuentra ninguna razón para ubicar al hombre en un grupo separado autónomo. Crea, así, el orden de los Primates, aludiendo con este nombre a la primacía de los miembros de este grupo en la jerarquía de la naturaleza, aunque se cuida de no expresar con ello lazos de parentesco entre humanos y otros simios, ya que, como buen hijo de su tiempo, sigue expresando el plan del creador en relación al origen del hombre, asumido, en general, por una sociedad cristiana fuertemente dogmatizada.
Es el naturalista francés Jean-Baptiste Antoine de Monet, caballero de Lamarck, el que formula las primeras teorías de la evolución (Filosofía zoológica, 1809) afirmando que los órganos se adquieren o se pierden en función de su uso o atrofia, y los caracteres adquiridos por un ser vivo son heredados por sus descendientes. No obstante, será Charles Darwin el que, en 1859, con su muy conocida obra El origen de las especies, ponga en marcha definitiva las ideas evolucionistas, apoyado por naturalistas como Thomas Huxley y por geólogos como Charles Lyell. La obra, que atribuía a la selección natural las facultades que hasta ese momento estaban reservadas a Dios, fue objeto de una fuerte oposición por parte de otros científicos y por parte del clero anglicano, que veía, de este modo, seriamente amenazada la interpretación literal del Génesis. Darwin proponía, en esencia, dos aseveraciones: las especies cambian con el paso del tiempo, descienden unas de otras, y la causa de la evolución es la selección natural y la supervivencia de los más aptos en competencia por los recursos limitados e insuficientes para todos. Estas ideas coincidían también con las que habían sido expuestas en un manuscrito del naturalista británico Alfred Russel Wallace titulado Sobre la tendencia de las especies a desviarse indefinidamente del tipo original, inspirado, como el texto de Darwin, en las nociones de Malthus. Aunque Darwin no aseguró en sus escritos que el hombre descendiera del mono, sino que humanos y simios tuvieron un antepasado común en un remoto pasado, las críticas más furibundas que tuvo que sufrir se centraron en la idea de que el hombre descendía del mono. En realidad, el naturalista británico casi no dice nada acerca de la evolución humana en El origen de las especies, evitando hacer referencias a un asunto tan problemático que podía cuestionar la versión bíblica. Sin embargo, Darwin siguió trabajando en este tema, que sí aborda de modo extenso en El origen del hombre, de 1871. En esta obra afirma sin paliativos que hombres y grandes simios están emparentados a través de antepasados comunes, descritos como animales cubiertos de pelo y grandes caninos, y abre la posibilidad de que el continente africano haya sido la cuna de la humanidad, en virtud de que algunos de nuestros parientes directos más cercanos (salvo el orangután) todavía habitan en dicho continente.
Muchos estudiosos de la época, convencidos de la falsa afirmación darwiniana de que el hombre desciende del mono, iniciaron la búsqueda de lo que debía ser, en buena lógica, un intermediario entre los grandes simios y nosotros, es decir, un eslabón perdido. En el siglo XIX el interés parecía centrarse en la búsqueda del os orígenes más lejanos y en clarificar cuál había sido el continente originario de los primeros hombres. En un principio los debates se centraron entre Asia y África, y los primeros hallazgos, que hoy forman parte de los descubrimientos pioneros en paleoantropología, parecían dirigir esos remotos comienzos hacia Asia. Sólo más tarde, en virtud de las corrientes historiográficas de pensamiento que consideraban a Europa la cuna de la cultura y la civilización, y dentro de ésta, a Gran Bretaña en particular, se intentó, fraudulentamente, forzar la aparición de los más antiguos humanos en tierras inglesas a través del famoso cráneo de Piltdown, “descubierto” en 1912 por el arqueólogo aficionado Charles Dawson, y compuesto por una mandíbula de un mono y un cráneo humano moderno.
En 1867, el zoólogo alemán Ernst Haeckel, convencido del parecido entre los embriones humanos y los de los gibones del sudeste asiático, emprendió viaje hacia esta región e imaginó aquí la presencia de los jardines del paraíso, en un continente sumergido bajo el Océano Índico denominado Lemuria. Los restos fósiles que logró encontrar fueron catalogados como pertenecientes a un eslabón perdido al que llamó Pithecanthropus Alalus. Unos veinte años más tarde, los famosos descubrimientos de la isla de Java parecían confirmar el punto de vista del zoólogo alemán. En efecto, en 1887, Eugéne Dubois, médico del ejército holandés, se embarcó hacia Sumatra y Java, en Indonesia, con la firme convicción de encontrar reliquias del hombre-mono, pues estaba convencido de que el hombre podría haber descendido de un gibón primitivo que habría vivido en estas grandes islas. Dubois gozó de mucha fortuna, y entre los numerosos restos fósiles que logró encontrar halló una bóveda craneal (una calvera) en el yacimiento de Trinil, que fue presentada, en 1895, en el tercer Congreso Internacional de Zoología como perteneciente al Pithecanthropus erectus. Estos restos, de gran valor, fueron considerados en esa época los más antiguos conocidos. Sólo más tarde se supo que correspondían a restos de homo sapiens. No obstante, y sin ninguna duda, el hombre de Java inició la era de la paleontología humana.
A partir del año 1921, gracias a los esfuerzos de renombrados científicos europeos, como el sueco Andersson y el francés Teilhard de Chardin, se descubre y sale a la luz un cráneo cerca de Beijing que presentaba importantes afinidades con el pitecántropo de Java. Justamente, gracias a este descubrimiento y a otros posteriores, se pudo determinar la verdadera naturaleza de los restos de Java y de los propios de Beijing: eran homo erectus, no hombres-mono. Este homínido, encontrado en las grutas de Zhoukoudian, recibió el nombre de Sinathropus pekinensis. Los primeros indicios de la existencia de hombres fósiles en China son de principios del siglo XX, cuando se descubren, casi por azar, algunos dientes en las antiguas farmacias chinas, que eran empleados, una vez triturados, como suele ocurrir con los huesos, como remedio, como una auténtica panacea curativa. Las excavaciones empiezan tras acabar la primera Guerra Mundial, y continuarán hasta 1937, momento en que deben suspenderse debido al momento crítico que sufre China con la invasión japonesa de parte de su territorio. Sólo a partir de la consolidación de Mao y de la República Popular, en 1949, volverá a abrirse el horizonte para los hallazgos de restos humanos que, desde esa época hasta el presente, han sido muy abundantes, deparando no pocas sorpresas debido a la antigüedad y abundancia de los restos, factor que ha llegado a plantear, por parte de varios paleoantropólogos chinos, la seria posibilidad de que en China, en torno a las regiones de Qinhai y Tíbet, haya habido un segundo territorio originario del ser humano (además del este de África, en torno al valle del Rift), cuyo parecido geomorfológico con dicho valle africano no deja, como mínimo, de sorprender.

25 de julio de 2007

Cosmología china: espejo en Bronce Han

Espejo en bronce de época Han, en forma TLV, con animales emblemáticos en cada oriente. Cuadrado interno con semiesfera central, Kunlun, el centro del mundo. El fénix representa a la emperatriz y el dragón al emperador. En el círculo externo se representan los doce símbolos zodiacales. Este es un buen ejemplo de las teorías cosmológicas aplicadas a los objetos de la cultura material.
Prof. Julio López

Seminario UCAB 2007-2008

UCAB
Facultad de Humanidades y Educación
ESCUELA DE LETRAS



MITOLOGÍA ANTIGUA Y SOCIEDAD: TEORÍA E IMAGEN


Prof. Julio López Saco


SEMINARIO


OBJETIVOS


Establecer, comprender y analizar los componentes teóricos y simbólicos característicos del acontecer mítico-literario e iconográficos del mundo griego arcaico, de la antigüedad india y persa y del arcaísmo chino, ofreciendo las visiones hermenéuticas subyacentes en los relatos e imágenes míticas, estableciendo paralelos significativos y diferencias contrastadas, en especial con la mitología egipcia y sumeria.


ÍNDICE TEMÁTICO


- Características genéricas del mito: oralidad, lenguaje, símbolo y referente social.
- Referentes interpretativos modernos: siglos XIX y XX.
- Mythos y Logos: una logomítica de la complementariedad. Relaciones entre la historia, la filosofía, la ciencia y el mito.
- Visiones míticas: humanización y racionalización-historización a través de los textos.
- Iconografía mítica I. Grecia.
- Iconografía mítica II. India.
- Iconografía mítica III. Persia.
- Iconografía mítica IV. China.


METODOLOGÍA


Esencialmente el seminario pretende activar la participación analítica y comprensiva del alumnado desde diversos ángulos: el análisis textual de fragmentos de la literatura litográfica, y el visionado y comentario comprensivo de obras de arte, ilustraciones y variados modelos iconográficos. A esto se añadirán algunas explicaciones ex cátedra y ejercicios de relación entre diferentes soportes narrativos y visuales, en los que se buscará mostrar la presencia viva de modelos y arquetipos presentes en los diversos repertorios mítico-simbólicos.


HERRAMIENTAS BÁSICAS


- Diapositivas.
- Textos de mitógrafos, poetas, trágicos o filósofos.
- Video-documentales y películas con temática mítica
- Repertorios iconográficos en santuarios, templos en gruta, museos.
- Fuentes y bibliografía esencial


EVALUACIÓN


Serán aspectos evaluativos los siguientes: comentario de textos, análisis de diapositivas y otros materiales audiovisuales, asistencia al seminario y un registro escrito final sobre un aspecto temático a determinar por el profesor, si bien encuadrado en el marco temático establecido en el curso.


FUENTES


Los trágicos griegos, Platón, Presocráticos, Hipócrates, Paradoxógrafos griegos, mitógrafos (Apolodoro, Higinio), épica, lírica (Píndaro), Hesiodo, Plutarco, Pausanias, historiadores (Herodoto, Tucídides), Shiji o Memorias Históricas, Shanhai jing o Libro de los Montes y los Mares, Shu jing o Documentos históricos, Huainanzi, Maestro de Huainan, Liezi, Wenzi, Tian Wen o Cuestiones celestiales, el Zend Avesta, épica hindú, Mahabharata, Ramayana, Upanisads, repertorios iconográficos (Ajanta, Ellora, Dunhuang).


BIBLIOGRAFÍA


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julio del 2007


9 de julio de 2007

Una visión de la antigüedad china (ss.XVII-XX)

Noción de la antigüedad china entre los siglos XVII y XX
Prof. Julio López Saco


En la formación de la conciencia histórica en Europa, China desempeñó un importante papel en dos épocas históricas diferentes: la primera, en el momento en que se adopta, y empieza a comprenderse, la imagen idealizada del Imperio del Centro ( Zhongguo ), gracias a la labor de los misioneros jesuitas a partir de los siglos XVII y XVIII, en el preciso instante en que Europa atravesaba un momento ideológico clave, la Ilustración; y la segunda, a comienzos del siglo XX, cuando especialmente Spengler despoja de su fuerte exotismo y su carácter secundario y periférico, a la historia de China, adjudicándole, por primera vez, una calidad y una relevancia equivalentes a la historia europea y americana.
Las condiciones que jesuitas, y luego franciscanos, agustinos y dominicos tuvieron que soportar para desarrollar su misión en China fueron, en principio, poco favorables: el budismo estaba profundamente enraizado en la población, urbana y rural, y existía una conciencia general de que las religiones extranjeras habían sido las impulsoras de diferentes sublevaciones. Si a esto se añade la prohibición papal de adaptar la doctrina cristiana a los ritos confucianos, la capacidad de acción misional disminuye decisivamente. No obstante, los informes de los jesuitas alcanzarían una gran difusión en el mundo espiritual europeo. Esta nueva imagen de China a ojos europeos, mucho más rica y fiable que la que había ofrecido Marco Polo, estuvo, por consiguiente, determinada por las concepciones de los jesuitas, consignadas por primera vez por escrito en los informes de Mateo Ricci, Adam Schall y el flamenco Fernando Verbiest. A raíz de esta nueva visión comenzaron a proliferar numerosas obras: China Illustrata de Atanasius Kircher, de 1667, o Novísima Sinica historiam nostri temporis illustratura de Leibniz, apenas treinta años después. Con el trasfondo de la Ilustración, en Europa de vieron impresionados con las representaciones idealizadas de funcionarios y letrados confucianos, los mandarines, y su posición en el estado, de modo que empezaron a trazarse paralelismos: Confucio se comparaba, por parte de numerosos figurativistas, con Platón, Sócrates o San Pablo; Malebranche creía observar un parentesco entre las doctrinas animistas chinas y aquellas de Spinoza; y Leibniz y Voltaire destacaron el valor eminentemente práctico de la doctrina ético-moral china que había imperado desde la consolidación imperial de época Han.
Esta serie de circunstancias, iniciadas por un auténtico “reconocimiento” moderno, desembocaron en una especie de sinomanía, según la cual China, y su solemne y antiguo exotismo empezaron a influir en las artes, a través de los bordados, las lacas y, sobre todo, las porcelanas, además de la jardinería. Estas mercancías llegaban en grandes cantidades a los hogares más refinados del occidente europeo, especialmente franceses e ingleses, dando pie a un período de proliferación de chinoseries que inundó Europa de refinados productos chinos. Aunado a esto, las teorías de los fisiócratas aprovecharon algunas sugerencias chinas al respecto de su sistema agrícola, y la idea europea de academia fructificó a partir de conceptos chinos, en concreto, del sistema de exámenes estatales confuciano, que premiaba el mérito, y que sería el fundamento del sistema de literatos-burócratas que se impuso desde la dinastía Han. China tuvo, por lo tanto, y de modo un tanto irónico, una acción “progresista” sobre la historia intelectual europea del siglo XVIII, lo que, curiosamente, contradecía la realidad china de aquel instante: lo que en Europa era expresión de progreso chino, la función de la burocracia confuciana en el seno del Imperio, en China había perdido su carácter progresista hacía mucho tiempo, fruto de la corrupción y el carácter elitesco y excesivamente ritual del grupo mandarinal. Durante este siglo se publicaron numerosas obras redactadas a partir de las informaciones recogidas por los misioneros, que concebían China como un estado ideal y como un modelo institucional, fundamentado en la razón y el derecho natural: Description générale de la Chine et de la Tartarie chinoise, de J.B. Halde, de 1735, o Description générale de la Chine, de J.B. Grosier ( 1785 ). Algunos filósofos como Leibniz, eruditos como Nicolás Fréret o políticos de la talla de Henri Bertin, mantuvieron, a su vez, una voluminosa correspondencia con los misioneros jesuitas. China ofreció a Europa, en esta época, ideas para la ciencia demográfica moderna, ciertos conceptos empleados por los fisiócratas acerca de la agricultura y la economía política ( como los reflejados por François Quesnay en Despotisme de la Chine, obra de 1767 ), y determinadas concepciones matemáticas y filosóficas, como el complejo concepto de li, principio inmanente de orden general que se manifiesta en todos los niveles del conjunto cósmico, sin ningún tipo de impulso mecánico. En el ámbito historiográfico, en este mismo siglo XVIII es cuando eruditos como Zhang Xuecheng, que había recogido el testigo de su colega Gu Yanwu, del siglo anterior, como principal representante de la crítica científica histórica al proponer el empleo de ciencias auxiliares para la comprensión histórica, como la epigrafía, la arqueología, la geografía o la fonética histórica, establece como tarea primordial conocer la historia de los territorios chinos, historia tan compleja que sólo podrá ser asimilada a través de monografías locales, para lo cual será necesario recopilar informaciones directas a través de encuestas orales a los ancianos y coleccionar inscripciones, manuscritos y tradiciones locales.
China y su cultura proporcionaron una imagen doble a la mirada eurocéntrica: la de una región exótica e idealizada, fruto, en ocasiones, de una idealización erudita de su historia y pensamiento por parte de personalidades no profesionales, y la de una elevada, rica y antigua civilización, que comenzó a revelarse en el momento en que se iniciaron los estudios serios, y relativamente exentos de prejuicios, que son la base de la moderna sinología. En cualquier caso, las propias fuentes históricas chinas, institucionalizadas y fuertemente sacralizadas, se encargaron de transmitir cierta imagen de una China eterna, tradicionalista, con una larga historia estática y uniforme. Esas fuentes son las responsables de una imagen de eternidad porque son un baluarte del tradicionalismo. La conciencia histórica no se extendía a los documentos. Cuando la historia tomaba su forma ortodoxa, moral y políticamente útil, gracias a las corrientes confucianas, los documentos se hacían poco interesantes, puesto que consistían en diarios de las actividades del emperador e informes cotidianos que se conservaban en el archivo del estado. De estos surgían las historias oficiales de las dinastías y los resúmenes documentales de un soberano. Estas funciones y objetivos conservadores de la historiografía china se hacen más evidentes debido a su institucionalización: los Anales oficiales se hacen casi sacros. La historiografía estaba dirigida por un funcionario, un ministro encargado, y los miembros de su equipo eran funcionarios de carrera sometidos a las relaciones autoritario-jerárquicas propias del confucianismo, por lo que siempre solía haber una opinión, oficial y ortodoxa, dominante, que se imponía. El material histórico se repartía y elaboraba, por lo tanto, de manera administrativa. Como regla general, las fuentes históricas estaban redactadas en un estilo cancilleresco, aburrido y sin gran valor literario, y el adoctrinamiento confuciano de los “historiadores” les hacía adoptar el punto de vista de las clases superiores, de modo que las referencias acerca de los grupos populares se hacen más difíciles de obtener. En términos globales, hay una preponderancia de los valores ético-morales sobre las particularidades de la verdad histórica.
A todo lo largo del siglo XIX, se mantuvo, especialmente en la historiografía europea, la idea de un estado eternamente detenido, en palabras de O. Ranke, en el sentido de que un régimen despótico era capaz de perpetuar indefinidamente los ideales y aptitudes sobre los que se basaba la sociedad. Este concepto de inmovilismo aplicado a su estado y sociedad, adquirió, como era de esperar, un carácter despectivo, de incapacidad de renovación. Siguiendo esta idea, que manifestaron claramente Hegel y Stuart Mill, la crítica occidental empezó a enjuiciar las causas de dicha inalterabilidad en las propias doctrinas de Confucio y sus seguidores, en el sistema administrativo de los funcionarios-letrados y en las particularidades de la escritura. Incluso algunos autores, como el caso de O. Spengler, hablaban de que los motivos primordiales eran factores biológicos y de constitución física. No obstante, durante este siglo XIX, los europeos mostraron nuevas y más ambiciosas preocupaciones sobre China, aunque como todavía se resistía a los manejos mercantiles occidentales, que darían lugar, entre otros hechos, a las Guerras del Opio, seguiría teniendo bastante “mala prensa”. En cualquier caso, la sinomanía del siglo XVIII empezaría a ceder, paulatinamente, su lugar a un “exotismo condescendiente”, alimentado por bagatelas que aportaban comerciantes y soldados y que colmaban la vanidad y el esnobismo de grupos pudientes y socialmente significativos. El progreso de las ciencias que estudian el pasado en Europa ofrece la posibilidad de que rápidamente se piense en su aplicación a los textos chinos, en especial, las rigurosas técnicas de análisis filológico, que ya se habían experimentado con bastante éxito en los estudios bíblicos y latinos. Esto sería el nacimiento de la sinología, es decir, de la aplicación al objeto chino de los métodos perfeccionados por los historiadores del pasado occidental, aun a sabiendas del riesgo que implicaba vincular un mecanismo pensado para occidente a las características de los estudios orientales, especialmente chinos y de la antigüedad. Aparecen, así, los estudios y traducciones pioneras de Stanislas Julien, Édouard Chavannes, Teilhard de Chardin, Cordier y Segalen, entre otros. Al mismo tiempo, algunas de las primeras excavaciones arqueológicas ( no se olvide la rareza, para esta época, de restos y vestigios arquitectónicos chinos, debido a que la historia tradicional se basaba, en esencia, en el material escrito por encima de todo ), permitirán desvelar épocas de un pasado ya periclitado. La tendencia de la sinología será, de este modo, estudiar el pasado más antiguo a costa de siglos más recientes, poniendo de moda algunos de los períodos imperiales más notables de la dilatada historia china, en específico la cosmopolita dinastía Tang ( 618-907 ) y su esplendorosa capital Chang’an.
En paralelo a la escuela francesa, pionera de la sinología, la anglosajona competirá en cantidad y calidad de trabajos científicos y de divulgación, de mano de los estadounidenses Torrance y Laufer, o los ingleses A. Waley y Needham. En cualquier caso, desde todas las naciones europeas empezaron a partir, ya a principios del siglo XX, diversas misiones de investigación: suecas, con Andersson, rusas ( Kozlov ) y alemanas ( Erke, Franke, von Le Coq ), lo que despertaría el interés de los propios investigadores chinos, como el afamado estudioso de la cultura antigua Feng Yulan. En el siglo XIX Kang Youwei se convierte en el principal historiador chino, evocando las teorías de los socialistas utópicos y del positivismo de Comte, en especial en lo referente a la división de la historia de la humanidad en estadios sucesivos. La filosofía positivista, la crítica a las instituciones absolutistas y la definición de un nacionalismo chino basado en un tipo de cultura concreto, serán las aportaciones genéricas de los historiadores y filólogos de principios del siglo XX, concretando con ello, un pensamiento liberal anti-manchú.
En las primeras décadas del siglo XX, en contacto directo y prolongado con occidente, los historiadores chinos se han dedicado a revisar su propia historia. Las adopciones marxistas de muchos de ellos los han conducido a dar una mayor importancia a los problemas campesinos y a las rebeliones, un problema recurrente a lo largo de la historia china, así como al papel ejercido por las minorías nacionales, es decir, las poblaciones no chinas, como los mongoles, tibetanos, uigures, tanguts, y otros, volviéndose, de esta manera, ideológicamente selectivos. No debemos olvidar, en este sentido, que casi el 92 por ciento de la población en China es de etnia Han, mientras que el porcentaje restante se lo distribuyen 55 minorías o nacionalidades, como los Miao, los Man ( antiguos manchúes ), los Hui, Tujia y Yao. Por otro lado, el desarrollo económico de la República Popular, que ha traído consigo grandes movimientos de tierras con la finalidad de llevar a cabo la reforma agraria, ha permitido sacar a la luz nuevos enclaves arqueológicos, que han provocado la multiplicación de las excavaciones y la obtención de un material que, en muchos casos, cuestiona los datos de la historia tradicional. Durante el siglo pasado nuevos descubrimientos dieron un poderoso impulso a las investigaciones en el campo de las ciencias históricas: las inscripciones sobre huesos y caparazones de tortugas de fines del II milenio a.e., las excavaciones de Anyang, una de las capitales de los Shang, el descubrimiento de los manuscritos sobre papel de los siglos V al X en el Gansu occidental, muchos de ellos sutras budistas, o la apertura de los archivos Ming y Qing. Esta serie de trabajos fueron encabezados por la pionera Escuela de Zhejiang, heredera de la escuela de estudios críticos del siglo XVIII, y cuyo principal representante fue Yu Yue. Hoy en día, a pesar de los ciclópeos proyectos de ingeniería que se están llevando a cabo, como la famosa represa de las Tres Gargantas en el río Chanjiang ( Yangze ), que están remodelando el espacio chino de manera vertiginosa, y que han provocado la desaparición de innumerables yacimientos y monumentos histórico-artísticos, el frenesí por el conocimiento, desatado por primera vez a partir de los años 50 y 60, ha propiciado nuevos impulsos de curiosidad y la aplicación de novedosos métodos sociológicos y lingüísticos, proliferando, con ello, traducciones a lenguas occidentales de los clásicos, con su respectivo aparato crítico, y gran cantidad de monografías eruditas sobre arte o filosofía. Las investigaciones más recientes demuestran que la historia de China fue mucho más dinámica de lo que se pensaba, aunque con un desarrollo lento y sin grandes transformaciones ni renacimientos abruptos. En la filosofía social china, la riqueza no era un requisito esencial, en virtud de la especial valoración del grupo y de la sociedad frente al individuo, por lo que el puritanismo comunista estuvo siempre en armonía con la tradición, y las instituciones tuvieron en todo momento especial relevancia, tanta, que el derecho no tuvo, salvando períodos muy concretos, como el del predominio del legalismo en época del primer emperador Shi Huangdi, una esfera de actuación superior ni a ellas ni al emperador. Esto significa, en resumidas cuentas, que en China no se creó una verdadera teoría del estado.

22 de junio de 2007

Industrias humanas prehistóricas

COMPLEJOS INDUSTRIALES LÍTICOS PREHISTÓRICOS
(PERIODIZACIÓN EUROPEA SIN CRONOLOGÍA)

Prof. Julio López Saco




PALEOLÍTICO




Glaciaciones:
(Pleistoceno Superior)
- Günz
- Mindel
(Pleistoceno Medio)
- Riss
- Würm
INFERIOR.
- Pebble Culture/Oldowayense (Africa).
- Abbevillense (Pre-achelense).
- Achelense
- Clactoniense
- Pre-musteriense
- Tayaciense
MEDIO
- Musteriense
SUPERIOR
- Perigordiense
- Auriñaciense
- Protomagdaleniense
- Solutrense
- Salpetriense/Rodaniense
- Magdaleniense
Pinturas parietales y arte mobiliar.

EPIPALEOLÍTICO: Transición del Magdaleniense VI al Aziliense

MESOLÍTICO

NEOLÍTICO
Desarrollo de microlitos.
- Sauveterriense
- Tardenoisiense
- Maglemoisiense
- Montmorenciense
- Castelnoviense
Inicio de la domesticación de plantas y animales (agricultura y ganadería): Egipto /Creciente Fértil.
- Pulimentado; piedras de molino, hachas, azuelas.
- Desarrollo de la cerámica y los inicios de la metalurgia.
- Conformación de las primeras aldeas o comunidades agrarias
- Arquitectura megalítica: cromlech, menhir, dolmen.

CALCOLÍTICO: trabajo del cobre.

EDAD DEL BRONCE
- Cultura de los Campos de Urnas
EDAD DEL HIERRO
- Hallstatt, primera edad del hierro
- La Téne, segunda edad del hierro

La locura en la antigüedad: Roma y Próximo Oriente

UNA APROXIMACIÓN A LA DEMENCIA EN LA ROMA Y EL ORIENTE ANTIGUO*

Prof. Dr. Julio López Saco

RESUMEN


Cicerón creía que las emociones irracionales eran desórdenes y no enfermedades en sentido estricto. Afirmaba que los romanos distinguían entre insania, como locura, y furor, en el sentido de delirio y frenesí. Para Aulo Celso existía un tipo de locura que provocaba fiebre aguda, que los griegos llamaban prenséis. Sin embargo, esta forma de locura era pasajera y contrastaba con un desarreglo mental continuo, proceso en el que la locura estaba ya establecida. Galeno, siguiendo la tradición griega, señalaba la bilis negra como la causante de fiebres, lepra, y una afección mental llamada melancolía por los helenos. En Roma, la legislación establecía que si un hombre estaba loco, la autoridad sobre su persona y bienes le correspondía a sus descendientes masculinos o a los componentes de su gens.
Una de las dolencias de etiología divina que aparecen en las tablillas cuneiformes es la epilepsia. Dos vocablos suelen aparecer juntos para designar esta perturbación: bêl ûri y antassubbû. En las psicopatologías babilónicas se destacaban dos rasgos: la brujería y la magia, además de ciertas maquinaciones humanas, como agentes provocadores de ilusiones de los estados psicóticos, y los dioses, el rey, o los funcionarios se presentaban como las “autoridades” que eran el objeto de los accesos perturbadores, así como de las acusaciones de los pacientes con problemas mentales. El Antiguo Testamento revela que para los hebreos y pueblos vecinos, los trastornos mentales eran provocados por fuerzas sobrenaturales o por la ira de la divinidad como castigo ante ofensas y sacrilegios humanos. Dos vocablos hebreos son relevantes en relación a la locura: shiggayon, que posee un matiz de conducta intensamente emocional, y meshugga, que suele aplicarse al hablar de los profetas y de sus acciones.


Palabras clave: locura, enfermedad, medicina, sociedad


AN APPROACH TO THE DEMENTIA IN ROME AND THE OLD EAST

ABSTRACT


Ciceron believed that the irrational emotions were you disorder and nondiseases in strict sense. It affirmed that the Romans distinguished between insania, like madness, and rage, in the sense of delirium and frenzy. For Aulo Celso existed a type of madness that caused acute fever, that the Greeks called phrenesis. Nevertheless, this form of madness was fleeting and contrasted with a continuous mental disorder, process in which madness already was established. Galen, following the Greek tradition, indicated the black bile like the cause of fevers, leprosy, and a mental affection called melancholy by the Greeks. In Rome, laws said that if a man were crazy, the authority on its person and goods him corresponded to its masculine descendants or the components of his gens.
One of the ailments of divine cause that appear in cuneiform small boards is the epilepsy. Two words usually appear together to designate this disturbance: bêl ûri and antassubbû. In babilonians psicopathologies two characteristics stood out: withcraft and the magic, in addition of certain human machinations, like provoking agents of illusions of the psicotics states, and the Gods, the king, or the civil employees appeared like the "authorities" that were the object of the disturbing accesses, like of the accusations of the patients with mental problems. The Old Testament reveals that for Hebrew and the neighboring towns, the mental upheavals were caused by supernatural forces or the wrath of the divinity like punishment before offenses and human sacrileges. Two Hebrew words are excellent in relation to madness: shiggayon, that have a shade of intensely emotional conduct, and meshugga, that usually is applied when speaking of the prophets and their actions.


Key words: madness, illness, medicine, society


1. Roma

Una buena parte de las concepciones acerca de la locura que eran válidas en el seno del pensamiento griego, perviven y se consolidan en el mundo romano, si bien surgen en éste algunos nuevos modos de comprender los fenómenos de las perturbaciones mentales, tal y como aparece reflejado en la obra de algunos oradores y médicos romanos. Este factor indica que, desde el punto de vista formal y estructural, un acercamiento paralelo a las insanias en Roma y en Grecia es posible, aunque es necesario precisar ciertos matices diferenciadores observables entre ambos focos culturales[1]. En cualquier caso, no debemos olvidar que en el siglo I a.C. los romanos ocuparon Egipto, tras anexionarse Grecia y los demás territorios del Mediterráneo oriental, en donde se había extendido la cultura helenística. La medicina romana, en particular, tenía un nivel bastante primitivo, de ahí que la griega se impusiera y los galenos romanos fueran, en buena parte deudores de los griegos. La medicina helenística fue introducida en Roma por médicos helenos que, en un principio, fueron hasta la Ciudad Eterna como esclavos, y luego ya como hombres libres en busca de mejores ganancias y de una oportunidad en la vida. Es justamente por este hecho que algunos autores no se atreven a hablar propiamente de “medicina romana”, porque hasta fines de la antigüedad casi todos los galenos continuaron siendo de procedencia helénica, y el griego permaneció como la lengua franca primordial de la ciencia en general y de la medicina en particular[2].
Los griegos definieron, en opinión de Cicerón, ciertas emociones irracionales con el término pathê ( sufrimiento, desgracia o infortunio[3] ). El orador cree que tales emociones, sin embargo, son desórdenes, pertubationes, y no enfermedades ( morbi ). En este sentido, el vocablo erróneo, nomen insaniae, significa enfermedad, en concreto enfermedad de la mente, una condición de falta de salud del alma que los filósofos helenos bautizaron equivocadamente[4]. Cicerón afirma que los romanos distinguen, en buena medida, entre insania, como locura o desequilibrio mental, y furor, en el sentido de delirio y frenesí. El primer término, en relación con stultitia, necedad, pero también locura, es el más generalizado. Identifica el antiguo cónsul y orador lo que los romanos llaman frenesí y delirio con aquello que los griegos definieron con la palabra melancholia ( quam nos furorem, melancholia illi vocant[5] ), y no puede reconocer que la mente esté influenciada por la bilis negra, ya que lo está, en muchas más ocasiones, por el tremendo poder de la ira, el temor o la pena, en el sentido en el que se habla del “frenesí” de un Atamante, Orestes o Ayax. Desde su punto de vista, por consiguiente, al lado de una racionalización fenomenológica, existe una matización y una distinción de comportamientos y estados de la mente.
Las versadas opiniones de los médicos, desde Celso a Celio Aureliano, parecen acercarse a las consideraciones griegas más clásicas. Los médicos romanos carecían, en buena medida, de independencia, ya que en su gran mayoría eran esclavos o, a lo sumo, libertos. Pertenecían al grupo de gentes de baja extracción social, incluso aunque fuesen jurídicamente libres. Sólo unos pocos elegidos pudieron llegar a integrarse en un estrato social superior, casi siempre a través de una bien ganada fama intelectual y científica. En palabras de Aulo Cornelio Celso existe un tipo de locura que provoca fiebre aguda, que los griegos llamaron phrenêsis. A causa de dicha calentura se producía un desmesurado delirio. Sin embargo, esta forma de locura era pasajera y, por consiguiente, fácilmente contrastable en relación a un desorden o desarreglo mental continuo ( continua dementia ), proceso en el que la locura estaba ya completamente establecida. Celso afirma la existencia de varias clases de manía, ya que entre las personas locas las hay melancólicas o divertidas y alegres[6]. Uno de esos tipos de locura es la depresión, tristitia, causada directamente por la bilis negra, y cuyo tratamiento llega ser, en ocasiones, verdaderamente brutal: a los pacientes se les obliga a pasar hambre y deben ser encadenados y vapuleados físicamente, en especial si se muestran violentos[7]. Hombres y mujeres locos suelen ser víctimas de fantasmas que los engañan, imagines, alucinaciones visuales, que no son fruto de su mente; sin embargo, en algunos otros casos de locura, la mente está defectuosa, por eso el individuo pierde la razón ( animo desipiunt ).
El famoso médico Galeno, por su parte, señalaba a la bilis negra como la causante de las fiebres, la lepra, algún tipo de ictericia y, fundamentalmente, de una afección mental llamada melancolía[8] por los griegos. En su opinión esta sustancia o humor, era detectable en la sangre cuando el bazo se debilitaba. Pero no estaba tan seguro cuando afirmaba que el aumento y endurecimiento del órgano era un efecto de la bilis negra, puesto que en esta condición el bazo no podía absorber la bilis y ésta decoloreaba el cuerpo y la sangre, causando un “bajón de espíritu” y, por lo tanto, graves disturbios psíquicos[9].
El médico más importante de la baja antigüedad latina, Celio Aureliano, distinguía, con cierta nitidez, la phrenitis de la manía. La primera se manifestaba siempre con síntomas febriles, mientras que con la segunda, sin fiebre, se suponía la pérdida de la razón, lo que comúnmente se llamaba insania ( quam vulgo insaniam vocant[10] ). De cierta analogía con la locura y la phrenitis es la melancolía, si bien ésta no es para Aureliano una forma de manía. En definitiva, entonces, la locura es definida, en oposición a la phrenitis, como un daño crónico de la razón, perturbación que en algunos casos provoca violencia pero que en otros se manifiesta de modo pacífico.
La legislación romana en relación al demente posee ciertos rasgos de semejanza con la legislación griega. En el derecho griego, específicamente en la legislación ateniense, las disposiciones legislativas referentes al demente en relación a la sociedad en la que habita son francamente escasas. Tales leyes se dirigían a la protección de la propiedad y a garantizar que el loco no dañase a otros miembros de la comunidad. En términos generales, se incapacitaba legalmente al enfermo mental y se le reducían sus derechos. No se juzgaba y condenaba el hecho de estar loco, pero la condición, el estado de perturbación limitaba los derechos[11]. En Roma, La Ley de las XII Tablas establecía que si un hombre estaba loco la autoridad sobre su persona y bienes muebles le correspondía a sus descendientes masculinos o, en su defecto, a los componentes de su gens. Un curator se hacía cargo de la propiedad del alienado ( furiosus ). Como no existía un procedimiento establecido por el cual declarar a alguien demente, era la familia o la gens quien lo hacía. Nunca se reguló por ley el momento preciso en el que una persona podía considerarse que estaba loca, ni siquiera atendiendo al punto de vista médico. En un principio, la tutela del enfermo mental correspondía a la gens, cura furiosi, pero más tarde el individuo enfermo pasaba a ser custodiado por la autoridad de sus agnates, que controlaban directamente su persona y propiedades. Cuando no existían agnates u otros individuos pertenecientes a la gens que pudieran actuar como tutores, algunos magistrados, generalmente el pretor o un gobernador provincial, nombraban un tutor legítimo ( curator legitimus ). La función de este tutor de centraba en la protección del incapacitado contra las consecuencias, más o menos incontrolables, de su enfermedad y la administración de sus propiedades. El enajenado mental, en cualquier caso, no tenía capacidad alguna de ejecutar acciones legales, con o sin tutor, y sólo si se curaba y recobraba por completo su lucidez, recuperaba también sus capacidades legales. Los delitos cometidos por un loco, especialmente el robo o el asesinato, no se juzgaban como infracciones y, por lo tanto, no tenían que pagar daños y perjuicios o multas. En resumidas cuentas, la protección legal del desequilibrado era bastante limitada, ya que los juristas no se preocupaban en particular de señalar la naturaleza y causa de la locura, sino que únicamente establecían el hecho de la incapacidad mental, que podía ser observada como un atenuante de primer orden, y sus consecuencias al desempeñar cualquier acto jurídico.

2. Medio Oriente

Las tablillas de escritura cuneiforme del área mesopotámica se dividen, en atención a las enfermedades, en tres grandes grupos: los textos de carácter terapéutico, aquellos otros llamados “síntomas” ( sakîkû ), referidos a la prognosis y diagnosis, y, finalmente, los presagios fisiognómicos y de nacimiento, en donde se pueden observar ciertos detalles o señales, más o menos evidentes, de desórdenes mentales incurables o congénitos. Una de las dolencias consideradas de etiología divina que mejor reflejadas aparecen en las tablillas cuneiformes es la epilepsia[12], el morbo sacro. Hay dos vocablos que suelen aparecer juntos para designar esta singular perturbación: bêl ûri y antassubbû. El primero de ellos indica un ataque epiléptico menor, fruto del cual los ojos del paciente son trastocados y movidos hacia arriba por el demonio Bêl Ûri, cuya traducción podría ser “Señor del Tejado”. Por su parte, la palabra antasubbû indica un ataque epiléptico de mayor envergadura, que suele describirse señalando al paciente caído en el suelo, girando la cabeza hacia todos los lados, con los puños apretados ( en una actitud de rabia contenida ), los dedos doblados por la tensión, los ojos desviados y echando saliva por las comisuras de la boca. Tras tan vehemente comportamiento se sigue un período de apnea o pérdida momentánea de la respiración[13].
Algunas ilusiones psíquicas son señaladas en un tratado denominado é-gal-tu-ra, término sumerio que literalmente significa “entrar en el palacio”. Se puede intuir, en función de las palabras en él empleadas, la presencia de estados mentales desfavorables, pues esta obra señala algunos términos literales vinculados a ciertos pacientes perturbados que creen que son, o han sido, objeto de una conspiración. Un texto babilónico, por su parte, narra los síntomas de un hombre que padece continuos y severos ataques epilépticos y que parece sufrir fuertes perturbaciones mentales. En este caso en particular, podría diagnosticarse, con relativa facilidad, un síndrome de ilusiones ( mullâte ) y una clara enfermedad mental acompañada de pérdida de interés[14].
De forma genérica, pueden extraerse dos rasgos primordiales dentro de las psicopatologías babilónicas: en primer lugar, la brujería, el hechizo y la magia, con preferencia en relación a ciertos dioses, además de ciertas maquinaciones humanas, son los agentes provocadores de muchas de las ilusiones e ideas de estados psicóticos; en segundo término, el dios o diosa, el rey, los superiores ( funcionarios de la corte ), y los mayores, se presentan como las “autoridades” que son el objeto preferente de los arranques y accesos perturbadores, así como, al mismo tiempo, de las acusaciones de los pacientes con severos problemas mentales[15].
La lectura del Antiguo Testamento revela que para los hebreos y pueblos vecinos, muy influenciados por la arcaica sabiduría de la antiguas culturas mesopotámicas, los trastornos mentales eran provocados por fuerzas sobrenaturales, espíritus ( ruach ), o por la ira de alguna divinidad como castigo ante las ofensas y sacrilegios humanos[16].El pensamiento popular creía que las anomalías mentales se debían a la acción de alguna fuerza sobrenatural o a la participación de algún ser que entraba en el cuerpo humano, o producía su efecto desde fuera. La idea de que el hombre está rodeado de fuerzas desconocidas e invisibles que le afectan para bien o para mal, es muy antigua. Tales fuerzas se materializan como seres reales, espíritus y demonios[17]. Entre los israelitas, aquellos que no obedecían los mandatos y preceptos de dios y violaban impunemente sus órdenes, eran amenazados con severos castigos, entre los que se encontraba la “maldición” de la locura. Moisés, por ejemplo, advierte que si alguien no obedece la voz de Yahvéh, acabará herido de locura, de ceguera y de delirio[18]. Por su parte, David le pregunta a Dios porque puso la locura en el mundo y, a continuación, describe un demente[19]. En el Talmud, los desórdenes de comportamiento se debían, del mismo modo, a la posesión por espíritus malignos. La enfermedad mental de Saúl proviene directamente de Dios a través de un espíritu, fuerza o influencia sobrenatural que actúa sobre el hombre. En este caso, la única diferencia respecto al “Espíritu del Señor” era, explícitamente, su maldad. Recordemos que el rey de Israel era considerado elegido de Dios, depositario de la gracia divina, aquel al que por medio del rito de unción llegaba el Espíritu Santo. El soberano debía someterse continuamente a la voluntad divina, pues si se rebelaba contra sus mandaros anulaba el nombramiento y apartaba de sí su favor, exponiéndose, por consiguiente, a su cólera. Es, justamente, por este motivo, por el que Saúl es enloquecido[20].
Las descripciones de enfermedades mentales en el Nuevo Testamento son muy breves, y suelen señalar, sobre todo, la magnitud del milagro de su curación. Las posesiones por demonios y espíritus malignos también son las causas frecuentes de enfermedad, en especial de insania[21]. El propio Jesucristo llevó a cabo numerosas curaciones expulsando este tipo de entidades[22]. Esta serie de notas testifica, por lo tanto, que la religión popular israelita consideraba de suma importancia la posesión por espíritus extraños, una creencia que se testimonia habitualmente en Egipto, Babilonia y Asiria[23].
Una de las palabras más empleadas para designar la locura era shiggayon. Este vocablo porta un matiz de sobreexcitación o conducta intensamente emocional. Algunas veces, sin embargo, no significa exactamente demencia, aunque generalmente se use para designar una forma de expresión impulsiva. Otro término hebreo para definir el trastorno mental era meshugga, que suele aplicarse al hablar de los profetas y de sus acciones. No podemos olvidar que la relación entre profecía y locura siempre ha sido significativa. Los profetas, a semejanza de los locos, actuaban de modo extraño e inspiraban respeto y miedo. La profecía era una actividad chamanística llevada a cabo por individuos dotados de cualidades psicológicas especiales, poseedores de una energía interna que podían comunicar a los demás. El profeta era, de este modo, una suerte de oráculo viviente que acabaría reemplazando los oráculos inanimados de la adivinación por el azar y el presagio[24]. En el Próximo Oriente, por lo tanto, el criterio para definir la enfermedad mental era la manifestación de una conducta impulsiva, desordenada e irracional, en realidad no desemejante a la concepción griega y romana.
Al igual que las concepciones grecorromanas, los israelitas consideraban el morbo psíquico como un asunto esencialmente privado, excepto en aquellos caso en los que había implicaciones relacionadas con la seguridad pública o algún tipo de problema legal. Aquellos perturbados que no se manifestaban violentamente, andaban sueltos y vagaban por las calles de pueblos y aldeas, y los niños y vagabundos solían tirarles piedras, quizás buscando con ello algún efecto apotropaico. La costumbre de permitir a los desequilibrados deambular por las calles sólo ocurría en el seno de las clases más humildes y entre los que no tenían familia, ya que los que pertenecían a casas nobles y acomodadas eran confiados al cuidado de un servidor personal o confinados en el interior de la casa. Únicamente la posibilidad del contacto físico contaminante provocaba el encierro y el consiguiente control del loco.
El Mishna o derecho oral, empleaba la palabra shoteh para denominar a los enfermos mentales en general, incluyendo en el mismo grupo a dementes y retrasados mentales. Una persona perturbada psíquicamente, era considerada privada de juicio e intelectualmente incompetente, de ahí su catalogación al lado de sordomudos y menores de edad, por ejemplo[25]. Según el Talmud, los infractores de la ley y los asesinos también eran considerados perturbados, y lo mismo ocurría con aquellos hombres entregados a los excesos sexuales, con las mujeres adúlteras o con los idólatras. Se solía juzgar la conducta de los dementes en relación al comportamiento de la mayoría de las personas a las que la comunidad creían normales. De esta manera, aparecía definida, como ocurría en el ámbito griego, la locura desde un punto de vista social, ya que se proponía que las personas que difiriesen del comportamiento normal, especialmente aquellas que vagaran sin rumbo por al noche, pernoctaran en un cementerio o rompiesen sus ropas, estarían trastornadas, y manifestarían, por lo tanto, claros síntomas de locura[26]. Este modo de conceptualizar la demencia es la que se le aplicaría a Isaías, que anduvo desnudo y descalzo por las calles de Jerusalén durante más de tres años[27]. En todos estos casos, la principal cura de la locura residiría en la expulsión del mal, del daimon de la locura si la persona estaba poseída, por medio de terapias como la música, catarsis médico-religiosas para lavar impurezas, el aspecto mágico de la palabra ( el incantum latino y el exorcismus ), las raíces de plantas o por la mediación de curanderos y hechiceros, prácticamente, por lo tanto, de modo análogo a lo que solía acontecer en el ámbito de la antigüedad grecolatina.

Caracas, Mayo del 2007

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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* Este trabajo ha sido publicado en la revista Praesentia, de estudios clásicos, de la Universidad de Los Andes (ULA).

[1] Un acercamiento a las perturbaciones mentales en la Grecia antigua fue el objeto de nuestra contribución titulada ”As perturbacións psicosomáticas na antigüedades clásica: a loucura e o seu vencellamento co asesinato e o suicidio” ( en gallego ), publicada en Historia Nova I, Universidad de Santiago de Compostela, ( 1993 ), pp. 77-127. Toca el turno ahora, por consiguiente, del ámbito romano y oriental, aunque sin alejarnos nunca de un marco griego de referencia.
[2] Es probable que esta opinión sea un tanto exagerada. Véase al respecto LÓPEZ PIÑERO, J.M., La Medicina en la Antigüedad, Madrid, edit. Hist. 16, 1985, pp-18-19 y ss., y el antiguo, pero aun muy sólido trabajo de CLIFFORD, A.T., Greek Medicine in Rome, Londres, Clarendon Press, 1921, en especial, pp. 45-60 y ss. Acerca de la cultura helenística es recomendable PIÑERO SÁENZ, A., La civilización helenística, Madrid, Akal, 1989, en especial, pp. 40-41, y ELVIRA, M.A., La cultura helenística, Madrid, edit. Hist. 16, 1985, en concreto, pp. 19-20, donde se hace un breve repaso a la escuela médica de Alejandría.
[3] El suicidio sería el principal elemento intensificador del pathos / pathêma dramático griego.
[4] Cic. Tusculan., III, 7-8
[5] Cic. Tusculan., III, 10-11
[6] Cel. De Med., III, 18, 1-3
[7] Cel. De Med., III, 18, 17
[8] El término se aplica a las personas de temperamento difícil y bilioso. La palabra melancholikos se refiere a personajes impulsivos ( Plat. Rep., 573c; Arist., Étic. a Nicóm., 1152a, 19 ). Otra de las formas de manifestarse este mal era la excesiva tendencia a mantener relaciones sexuales ( Plat., Tim., 86c-d; Arist., Probl., XXX ). Véase al respecto, por ejemplo, GARCÍA QUINTELA, M.V., “Familia y Locura en el derecho ateniense”, Gallaecia, nº 12, ( 1991 ), pp. 293-315, en especial, p. 310.
[9] Sobre esto puede revisarse PHILLIPS, E.D., Greek Medicine, Londres, edit. Thames & Hudson, 1973, en concreto, pp. 172-181; SCARBOROUGH, J., Roman Medicine, Londres, edit. Prentice Hall Series,1969, p. 122 y ss; BALLESTER, L.G., Galeno, Madrid, edit. Alianza, 1972, pp. 15-16 y ss., Moss, G.C., “Mental disorder in Antiquity”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in Antiquity, Londres, edit. Thames & Hudson, 1967, pp. 709-733, en especial, p. 715 y ss., y LÓPEZ SACO, J., “La idea grecorromana de locura: una visión filológico-literaria”, Quincunce, nº 9, año II, ( 2004 ), UCAB, pp. 32-44, en especial pp. 39-40.
[10] Cel. Aur., Sobre las Enf. Agud., I, 5
[11] Debido a los cambios constitucionales llevados a cabo por los Treinta Tiranos, el marco jurídico de la locura será, de ahí en adelante, privado. En Platón ( Ley., IX, 864d; 853d-857b ) la locura será un atenuante de los delitos político-religiosos. Por descontado, los perturbados no se podían casar, en disposición semejante a la de la ley judía y romana. No olvidemos, en definitiva, que al loco no se le juzga por estarlo, sino que se juzgan sus actos cometidos bajo el específico estado demencial. Sobre la actividad social en referencia al perturbado psíquico es interesante ROSEN, G., Locura y Sociedad. Sociología histórica de la enfermedad mental, Madrid, edit. Cátedra, 1974, en especial, pp. 93-165.
[12] La epilepsia es fruto de un desequilibrio humoral, concretamente bilioso, una enfermedad que, por definición, es sagrada ( peri hierês nousou, morbus sacer, lues deifica ). El término hace referencia explícita a la suspensión, la interrupción o la detención ( Arist. Probl., 866b, 14; Hip. Aphorismoi, 322 ), a la reprensión, la censura violenta ( Isócr. VIII, 61; Plut., II, 35d ) y, finalmente, a un acceso epiléptico ( Hip. De Morb. Sac., 10; Arist. Probl., 960a, 18 ). Solía decirse que la enfermedad era enviada por una divinidad o que alguien caía enfermo porque había cometido previamente una falta contra Selene ( Plat. Tim., 85a-b ). Así pues, por su naturaleza dramática y, en muchas ocasiones, catastrófica, se la consideraba un morbo enviado por los dioses. Sus síntomas respondían a la generalidad de las perturbaciones mentales: espuma por la boca, alucinaciones olfativas y auditivas, ilusiones, espasmos, ojos girando en las órbitas, todo ello acompañado de una conducta “extraña”, esencialmente vergonzosa. Al respecto puede verse, SIMON, B., Razón y Locura en la antigua Grecia, Madrid, edit. Akal, 1984, en especial el capítulo IV, pp. 263-355; FERNÁNDEZ, L., Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico, Madrid, edit. Alianza, 1969, p. 310 y ss; PHILLIPS, E.D., Greek…Op.cit., pp. 38-138; BISCHLER, W., “L’épilepsie chez les anciens”, Scientia, XLIX, ( 1955 ), pp. 295-301; PIGEAUD, J., Folie et cures de la folie chez les médicins de l’antiquité greco-romaine. La manie, París, edit. Hachette, 1987, en concreto el capítulo III, pp. 47-51 y ss., y del mismo autor, La Maladie de L’Ame. Étude sur la relation de l’âme et du corps dans la tradition médico-philosophique antique, París, edit. Hachette, 1981, en concreto, pp. 32-47. Además puede verse, en relación a los significados del término, LIDDELL, H.G. / SCOTT, R., Greek-English Lexicon, Oxford, Clarendon Press, , 1968, en específico, p. 643.
[13] Existe otro término, bennu, que también puede aplicarse en contextos claramente epilépticos. Véase, por ejemplo, KINNIER, J.V., “Organic Diseases of Ancient Mesopotamia”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in…Op.cit., pp. 191-208, en particular, p. 201-203.
[14] Aunque el fragmento es un tanto largo, merece la pena que nos detengamos en su exposición. Dice lo siguiente:
“si un hombre está sufriendo corrientemente de ataques epilépticos mayores o menores…y un alû-demon luego empieza a imponérsele con ideas de persecución, por lo que dice, aunque nadie concuerde con él en que esto es así, el dedo de la condenación está siendo apuntado hacia él; si ve visiones horribles, alarmantes o inmorales, y está ( como consecuencia ) en un estado constante de temor, si desarrolla periódicos arranques de ira contra el dios o la diosa, está obsesionado con ilusiones de su propia mente, desarrolla su propia religión y dice, aunque ( de nuevo ), ellos no se lo permitirán, que su familia le es hostil y que el dios, rey, sus superiores y mayores, lo tratan injustamente; si todos sus músculos están sujetos a la parálisis, si sus ojos muestran colores rojos ( o marrones ), amarillos y negros, si tiene algún desorden del lenguaje, con hechizos o falta de memoria, no desea relaciones con las mujeres y no tiene ninguna inclinación para perseguir alguna actividad ( en todo )…( los detalles de la acción deben tomarse como sigue…)”.
Véase al respecto, KINNIER, J.V., “Mental Diseases of Ancient Mesopotamia”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in…Op.cit., pp. 723-733, y nota 67; y THOMPSON, R.C., Assyrian Medical Texts from Originals in the British Museum, Londres, British Museum, , 1923, en concreto, pp. 6-10.
[15] Véase, por ejemplo, OPPENHEIM, A.L., “Mesopotamian Medicine”, BHM, XXXVI, ( 1962 ), pp. 90-108, en especial, p. 97 y ss.
[16] La locura como castigo surgía cuando alguien, que había cometido algún acto sacrílego u ofensivo, provocaba el afloramiento de la ira de la deidad. La curación del mal era efectuada, en muchas ocasiones, por el mismo dios que lo había provocado, siempre y cuando el afectado, por medio de sacrificios y ofrendas, lograse restituir la falta cometida. Puede verse, al respecto, PARKER, R., Miasma. Pollution and Purification in Early Greek Religion, Oxford, edit. Clarendon Press, 1983, en específico, pp. 235-256.
[17] La enfermedad mental puede ser un espíritu que posee al individuo, o bien el morbo es el propio espíritu que invade al sujeto. En Grecia, muchas divinidades podían enviar locura al ser humano: Ares ( como posesor, Euríp., Bac., 300; Il., V, 717; XV, 605 ); Zeus, divinidad entusiástica, al menos en su vertiente profética ( Plat. Fedro, 244a ); Apolo, inventor del entusiasmo mántico ( Plut. Mor., 429a ); Dioniso, Pan, Afrodita ( las tres divinidades como generadoras de locuras cultuales, si bien Afrodita es una productora de la manía erótica como fenómeno psíquico individual ); las vengadoras Erinias, que envían la locura como castigo ( Hes. Teog., 185; Od. XV, 234 ) y, naturalmente, las ninfas.
[18] Deuter., 28, 15-29
[19] Midrás, salmo 34
[20] 1 Sam., 19,24. En 2 Macab., 9, 4-10, se narra cómo Antíoco, que repentinamente se siente afligido por un dolor agudo en el abdomen, reconoce su condición maníaca. Paulatinamente, observa como le crecen gusanos en el cuerpo y empieza a caérsele la carne putrefacta, despidiendo la consiguiente fetidez, hasta que, finalmente, muere. El gran rey Nabucodonosor ( Nebuchadnezzar bíblico ), padeció una larga locura de la cual se cura, repentinamente, tras siete años de duros padecimientos ( Dan., 4, 25-34 ).
[21] Marc., 1,21; Luc., 4, 31; 5, 31; 8, 26; Mat., 8, 28.
[22] Mat., 8, 28-34; Marc., 5, 1-13; Luc., 8, 2, 26-33.
[23] Véase sobre esta difundida creencia en todo el medio y próximo oriente, SUSSMAN, M., “Diseases in the Bible and the Talmud”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in…Op.cit., pp. 209-221.
[24] Acerca del fenómeno de la profecía y el chamanismo en Grecia es una obra capital la de DODDS, E.R., Los griegos y lo irracional, Madrid, edit. Alianza, , 1986, en concreto, pp. 133-153. Sobre el chamanismo y sus múltiples expresiones en diversas áreas culturales, sigue siendo imprescindible la obra clásica de ELIADE, M., El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, México, edit. F.C.E., 1960, en especial, pp. 304-308 para el caso griego.
[25] Una persona con incapacitación mental no era legalmente responsable de sus actos y, además, no podía testificar en un tribunal. Véase al respecto, ROSEN, G., Locura y Sociedad…Op.cit., pp. 37-90.
[26] La persona que se extralimite de lo culturalmente consentido y admitido será un loco. Según el grado de alteración de su conducta y en función de las actitudes de los miembros del grupo social al que pertenece el individuo, en relación a dicha alteración, un hombre puede ser considerado como un enfermo mental. Desde este punto de vista, la demencia depende más de factores sociales que de aquellos físicos o religiosos. En la Grecia de la antigüedad, dos comportamientos específicos se creían característicos del demente: vagar por las calles, cantando, riendo o bailando, y la propensión a la violencia. En este sentido, por ejemplo, Diógenes ( en una anécdota que no parece verosímil ) consideraba loco a Solón por presentarse armado como un hoplita y riendo alegremente ante la asamblea ( Plut. Solón, VIII, 1-2; Polieno, Estratag., I, 20 ). Algunos extraños comportamientos, cono fingir estar loco, eran, del mismo modo, considerados como potenciales perturbaciones: el astrónomo ateniense Metón, quien no se fía de la seguridad prometida en la expedición a Sicilia del 415 a.C., se finge mentalmente insano para evitar el servicio militar ( Elia.,Hist. Var., XIII, 12 ); Odiseo, para no acudir a la guerra de Troya, finge locura arando y sembrando sal ( Hig., Fáb., 98, 101, 102; Ovid. Met., XIII, 192; Apol., Epít., III, 22 y ss.; Ilia., I, 308 y ss. ). En Oriente Próximo, después de que el rey Saúl tratara de matar a David, huye al interior de Judea, y allí, dirigiéndose como protector a Aquis el filisteo, rey de Gat, se finge demente, pues no estaba en absoluto seguro de que le recibirían con amabilidad ( 1 Sam. 21, 13-15 ). El mundo grecorromano definía al demente en base a su orientación respecto del concepto de realidad aceptado, su estilo y coherencia de conducta y las consecuencias de dicha conducta para él y para los que le rodeaban. Puede consultarse al respecto PORTER, R., Historia social de la locura, Madrid, edit. Cátedra, 1989, pp. 35-73 y ss., y Rosen, G., Locura y Sociedad…Op.cit., pp. 93-164.
[27] Isaías, 20, 2-3

Los mitos en las fuentes clásicas chinas

LOS MITOS VIVEN EN LAS FUENTES CLÁSICAS CHINAS

Prof. Julio López Saco
Escuela de Historia, UCV
yogonbus@hotmail.com


Este breve acercamiento comentado a las fuentes chinas llamadas clásicas, tanto de raigambre confuciana como taoísta, es contemplado desde la cercanía que el proyecto de investigación titulado Recopilación, traducción y crítica de fuentes para la investigación en Historia antigua de Asia e Historia medieval, auspiciado por la UCV-CDCH desde mediados del 2006, nos ha ofrecido a lo largo de todo un año. Queremos, en este caso concreto, señalar algunas de las particularidades que las mismas ofrecen en relación a la pervivencia en ellas de esquemas y motivos míticos racionalizados e historizados por el ideal ético-social confuciano. Además también deseamos plantear, de modo conciso, las principales orientaciones que la bibliografía especializada ofrece a la hora de valorar la presencia de contenidos, esquemas y motivos míticos en el seno de la literatura que sirve como fundamento para el acercamiento a la comprensión de la mitología china de la antigüedad.
Confucio, y la escuela de los letrados en general, explicaban lo irracional en términos racionales, ofreciendo así la pauta a seguir por el resto de los autores. Esta actitud del Maestro y de sus seguidores, ha propiciado enormes dificultades en relación a la preservación de los mitos de la China antigua, ya que en los textos clásicos, en que habría sido lógico encontrar fuentes de los mitos, o ya no hay tales mitos, o los hay, pero fuertemente distorsionados. Esta escuela de los letrados operó distorsiones con la intención de lograr dos objetivos, a saber: primero, encontrar una explicación racionalista a la tradición cultural antigua en la que simplemente existían los mitos, exenta, por lo tanto, de los elementos extraordinarios, fabulosos, sobrenaturales y religiosos, y ofrecer a las generaciones futuras los patrones ético-morales y políticos del confucianismo; segundo, utilizar los personajes míticos ya racionalizados como modelos, como autoridades ideales de la Antigüedad que encarnan y ejercen los valores confucianos. Con ambas metas se quería racionalizar primero y emplear lo racionalizado después, para apuntalar, con paradigmas de la idealizada Edad Dorada, el pensamiento que se pretendía inculcar, tanto entre las clases ilustradas que formaban parte de la burocracia imperial, como entre los sectores populares, en los que dicho pensamiento serviría de mecanismo educativo en el seno del estado[1].
En el amplio espectro de las fuentes de la antigüedad china es necesario comenzar por destacar que la denominada literatura clásica confuciana adolece, por consiguiente, de una extensiva racionalización y burocratización que busca, a través de una base ético-moral fundamentada en la piedad filial y el culto a los antepasados, ordenar y, de paso, controlar, la sociedad, jerarquizando las relaciones en el seno familiar y entre los sectores sociales. Sin embargo, en ellas rezuman, de cuando en vez, ciertos apuntes mítico-religiosos acerca de los orígenes y de las hazañas de los héroes de la Edad de Oro. Incluso en el famoso Yijing o Clásico de las Mutaciones, pervive, por debajo de su conocido empleo adivinatorio, la concepción de las leyes universales que rigen el mundo y cómo éstas se trasladan al modo de gobernar o pensar, en una relación macro-microcósmica francamente sugerente. En otras obras, como el Shijing ( Clásico de la Poesía ), escondidas bajo el reflejo de un florido lenguaje poético, se identifican algunos esquemas arcaicos correspondientes a una antigua experiencia mítica.
La literatura taoísta clásica, por su parte, especialmente el Laozi ( Daodejing ) y el Zhuangzi, además del Huainanzi ( Libro del maestro de Huainan ) y el Liezi, Libro del maestro Lie, nos revela el fondo metafísico del dao, como origen de las cosas, y se establecen en ella sugestivas imágenes que vincularían ese ideal de pensamiento con la madre, el niño o una divinidad originaria presumiblemente de origen neolítico. En términos genéricos, las fuentes de pensamiento taoísta no provocaron una ruptura intelectual entre el mito y la reflexión filosófica, entre el saber propiamente mitológico de la antigüedad de los autores taoístas y el pensamiento sistematizado que éstos empleaban. Esta ausencia de ruptura entre ambas esferas de la cultura, la mitológica y la filosófico-racional, que no tienen necesariamente que ser sucesivas sino que pueden ser simultáneas, se anuncia como un proceso de continuidad, como bien ha demostrado Norman Girardot[2] desde hace ya varios años en alguna de sus publicaciones. Frente a la separación entre mito e historia que se observa en las fuentes de tendencia confuciana, en el taoísmo se despliega una continuidad entre el pensamiento cosmogónico-original y la especulación filosófica en lo estructural y en lo simbólico[3]. En el eje de la literatura taoísta y de sus reflexiones sobre dao, como primer principio prístino y generador, pervive una conciencia y unos esquemas mitológicos arcaicos, que son la base estructural y simbólica del pensamiento taoísta.
En otras obras, en general de un fuerte barniz confuciano, como es el caso del Shiji ( Memorias Históricas ), se destaca el papel ordenador de los legisladores arcaicos y el origen mítico, aunque bajo preceptos virtuosos y moralizantes, de sus ejecutores. Sólo en las escasas colecciones más puramente mitográficas ( Shanhai Jing, Clásico de los Montes y los Mares ), obra de significativos referentes vinculados a la geografía mítica y al ideal geometrizante del Cosmos, encontramos vívido el sentido insinuador e intuitivo del pasado, un fundamento de la mentalidad china arcaica.
Desde una perspectiva iconográfica y estética, los repertorios e inventarios de útiles y su lenta descripción, así como su complicado análisis semántico, que parecen reflejar antiguos ideales mítico-religiosos predominantes, complementan, desde una óptica simbólica, muchos de los asuntos que asoman en las fuentes escritas. En este sentido, son de destacada relevancia los bajorrelieves del santuario de Wuliang, en la provincia de Shandong, de época Han[4], y la estela funeraria sobre seda de Mawangdui, en la provincia de Hunan.
Se podrían sintetizar en tres, genéricamente, los argumentos, particularidades y orientaciones que la historiografía acerca de las fuentes arcaicas con contenidos míticos plantea. En primer lugar, la plasmación, en muchas ocasiones fragmentaria, de los principales repertorios míticos, oscurecidos en algunas fuentes bajo un prisma “historiado” y “burocratizado”. Se observa, así, un solapamiento del componente mítico-religioso tradicional por parte de la racionalización confuciana oficial y ortodoxa; en segundo término, la enorme relevancia, sobre otros conceptos imprescindibles, ofrecida, en buena parte de las fuentes y los ensayos especializados, al significado y sentido de dao desde diversas ópticas, quizá motivado a su preeminencia semántica en el seno de la cultura china antigua, opacándose u obviándose algunas de sus pulsiones como realidad espiritual; y en tercer lugar, la tendencia, en ciertos casos, a justificar una unidad, más bien ficticia, de la cultura china antigua, y a destacar el esencialismo de algunos estereotipos o universos religiosos que se perciben, con un análogo nivel semántico, en otras culturas de la antigüedad, como pueden ser Mesopotamia, Egipto, India o Grecia.
La abundante hemerografía que ha tocado, aunque sea de soslayo, estas referencias, retoma estos presupuestos aunque diversifica su temática de tratamiento; desde un ámbito filosófico indaga con preeminencia en el carácter metafísico del dao y en la polaridad fundacional yin-yang, y desde un punto de vista mitológico, refiere la importancia de los ancestros originales, de los héroes-reyes sabios y legisladores, del arquetipo de la Edad de Oro o la geometrización cosmológica del mundo en China: centro, cuadrado, cruz, círculo. Este es el caso, por ejemplo, de T. Changwu, F.B.J. Kuiper, J. Levi, Liu Li, J.S. Major, D.W. Pankenier, N.T. Price, M.Nylan, E.M. Chen[5], entre otros, en diversas revistas especializadas de filosofía e historia chinas, de antropología, arqueología e historia de las religiones. Se trata, en su mayoría, de investigadores preferentemente chinos, ingleses, estadounidenses y franceses.
La bibliografía que alude a repertorios mítico-simbólicos chinos, traduciendo, sólo en ocasiones, su papel simbólico, visible en los referentes culturales arcaicos y en el arte y la cultura material, corresponde, primordialmente, a especialistas norteamericanos, franceses y, lógicamente, chinos; es el caso de S. Allan, A. Birrell, Ch. Binjie, Z. Chantal, O.B. Duane / N. Hutchinson, R. Mathieu, Yuan Ke, S. Nan Zhang[6]. Aquella que refiere algunos de los sustratos y trasfondos del pensamiento chino ( pensamiento correlativo, fundamentalmente, y los ideales cosmológicos arcaicos, denominados Sifang y Wuxing ), esenciales para inferir de ellos un lenguaje mítico y una simbólica espacial particular, ha sido elaborada por sinólogos franceses, españoles y norteamericanos, además de chinos y japoneses: A. Cheng, D. Folch, P. González España, A.C. Graham, M. Granet, J.B. Henderson, M. Kalinowski, Ch. Le Blanc[7]. Las traducciones, estudios críticos y analíticos sobre fuentes taoístas y confucianistas, o revisiones anotadas de estos clásicos, muchos de cuyos ensayos son obras de referencia básicas, son abundantes y de variado rigor. Entre las más notables, en lenguas occidentales, están T. Cleary, C. Elorduy, S. Field, M. Laver, J. Legge, J.S. Major, I. Preciado, I. Robinet, A. Watts, A.-H. Suárez, E. Chavannes y B. Watson[8]. La historiografía referida al empleo político y social de la cosmología, como justificación de poder centralizado o como mecanismo que permite resolver diferencias entre señores feudales, y que aparece, en muchas oportunidades, plasmada en instituciones o en la arquitectura, ha sido casi monopolio de historiadores, filólogos y arqueólogos chinos, ingleses y estadounidenses, como por ejemplo, M. Loewe, J. Ching, K.C. Chang, P. Wheatley, A. Wang[9].
La historiografía más clásica, pero no por ello la más desfasada siempre, particularmente la de grandes sinólogos franceses como M. Granet o H. Maspero, en sus minuciosos y documentados estudios de la religiosidad china antigua, de profunda erudición, pero con algunas orientaciones que, fundamentalmente la arqueología y los estudios lingüísticos, han empezado a desmontar, presenta todavía acercamientos puntuales precisos no superados: el valor emblemático del número en la ideación cosmológica arcaica, o el proceso de impersonalización de los dioses en principios abstractos en el desarrollo histórico de la religión china antigua. Las obras de R. Wilhelm y E.T.C. Werner, referidas a los repertorios legendarios y míticos locales, gozan de cierto predicamento, aunque el aparato crítico interpretativo ha abierto nuevas expectativas gracias al nuevo acercamiento, desde varios ángulos, metodológico, etimológico, estético, simbólico, estructuralista, comparativo, ofrecido por autores como S. Allan, A. Birrell o S. Nan Zhang, que han dejado esos estudios clásicos casi como interesantes recopilaciones para el entretenimiento. Las obras de síntesis del marco filosófico, específicamente aquellas de eruditos como F. Yulan o J.R. Riviere, no han perdido vigencia y mantienen su frescura gracias al rigor crítico de sus fuentes y su profundo conocimiento de esas realidades del pensamiento nativo, si bien no se aplican a barajar las supervivencias de tono mítico o religioso presentes en esquemas abstractos arcaicos. No obstante, algunas sobresalientes excepciones al respecto deben tenerse en cuenta: D.C. Yu, E.M. Chen, E. Berthier[10], que, como efímeros pioneros, comenzaron a fijarse en ciertas sugerencias mítico-simbólicas, como el caos o la diosa madre, insinuadas en clásicos taoístas como el famoso Daodejing. Nuevas, impresionantes y vigorosas investigaciones ( A. Cheng ), han servido para actualizar los conceptos clave del pensamiento chino antiguo bajo nuevas perspectivas metodológicas, fundamentadas en lecturas a partir de nuevas y vigorosas traducciones.
Nos queda, para finalizar, un breve apunte que tiene que ver con la ubicación de estas fuentes chinas de la antigüedad, tanto en revistas periódicas especializadas como en diferentes bibliotecas y sitios en la red. Muchas son, a diferencia de lo que pudiera creerse, relativamente fáciles de encontrar, factor al que hay que añadir que hoy en día contamos ya con abundantes y muy buenas traducciones a idiomas occidentales. Respecto a las publicaciones e identificación de archivos y bibliotecas de consulta de diversos materiales textuales y gráficos debemos destacar, por consiguiente, la presencia de numerosas publicaciones periódicas que abordan, en lenguas occidentales, temáticas vinculadas con la historia y el pensamiento chinos de la antigüedad, como es el caso de de Estudios Orientales y Estudios de Asia y África de el Colegio de México, la Revue de l’Histoire des Religions, de Presses Universitaires de France, Chinese Studies in Philosophy, History of Religions, International Journal for Comparative Historical Studies, International Philosophical Quarterly, L’Homme, Revue francaise d’antrhopologie, la École des Hautes Études en Sciences Sociales y el CNRS francés ( equivalente al CSIC español ), Journal of Chinese Philosophy, Early China, Acta Asiática, Toung Pao, History of Religions ( Universidad de Chicago ), el Journal of the American Oriental Society, de la Universidad de Pennsylvania, Antiquity, Anthropos e International Review of Ethnology and Linguistics. En relación a las bibliotecas, archivos y sitios web, es menester mencionar al CSIC ( Consejo Superior de Investigaciones Científicas ), con la presencia de algunas obras clásicas francesas e inglesas referentes a la historia antigua de China y a la religiosidad arcaica; los E-text archives de la Universidad de Virginia, Internet East Asia History Sourcebook e Internet Sacred Text Archive, que han recopilado algunas fuentes textuales presentándolas, en soporte digital, en su idioma original y, en ocasiones, con traducciones al inglés. Es el caso de la literatura taoísta clásica y confuciana completa, fragmentos del Shiji, Memorias Históricas de Sima Qian, y amplias secciones del Huainanzi; la Biblioteca y repertorios iconográficos del Museo Guimet parisino, Museo Nacional de Arte Oriental, en Roma y British Museum, incluyendo algunas publicaciones propias de elevado interés, en especial, A. Birrell y J. Rawson; la Biblioteca de la Universidad de Taiwán, en la que se encuentran materiales que van desde grandes diccionarios de mitos y leyendas locales ( Yuan Ke ), hasta algunos clásicos, con narraciones de los orígenes y con biografías de los reyes-sabios legendarios, como Sanwu liji ( Recuerdos históricos de las Tres Divinidades Soberanas y los Cinco Dioses ) o Wuyun linian ji ( Una Crónica de los Cinco Ciclos del Tiempo ), entre otros muchos.
Finalmente, también hay que tener muy en cuenta la Biblioteca Daniel Cosío Villegas de El Colegio de México, el Institut des Hautes Études Chinoises de París, el Institute of Chinese Studies, de la Universidad de Heidelberg y el Centre Franco-Chinois d’Etudes Sinologiques, además de la Chinese Academia Journal Publications, de la Universidad de Pittsburg y, fundamentalmente, y por encima de cualquier otra, la Academia Sinica ( en su magnífica versión digital ), denominada ASCC ( Academia Sinica Computer Center ).




Prof. Julio López Saco
Caracas, junio del 2007


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- _________________________________,( 2001 ) Libro del maestro Gongsun Long. Madrid: Trotta.

NOTAS

[1] Véase, por ejemplo, Kramer, S.N. ( edit. ), Mythologies of the Ancient World, edic. Garden City, Nueva York, 1961, en concreto, pp. 374-375. No obstante, también obras de otras corrientes de pensamiento, como el taoísmo del Huainanzi, excluyeron y “humanizaron” el material mitológico.
[2] Es el emblemático caso, por ejemplo, de Myth and Meaning in Early Taoism: The Theme of Chaos (hun-tun), University of California Press, Berkeley, 1983, una obra de un calado verdaderamente excepcional.
[3] En el pensamiento taoísta, en concreto en lo que respecta a sus especulaciones sobre dao como primer y prístino principio generador, perviven rasgos míticos arcaicos, mientras que en el confucianismo se abrió una brecha entre lo mitológico y lo histórico. Esto significaría, por lo tanto, que hubo una mayor continuidad simbólica entre los mitos y la filosofía en el pensamiento taoísta. Algunos autores han distinguido tres tendencias en el ámbito del pensamiento chino antiguo: un pensamiento individual o arte de la serenidad, de carácter naturalista y con ribetes místicos, en donde se encuadraría todo aquello que englobamos bajo el término taoísmo, así como el budismo; otro colectivo y social, de orden político, claramente “confucianista” y, finalmente, un pensamiento neutro, original, o arte del equilibrio, que podríamos decir es el sustrato arcaico de los otros dos. Véase al respecto, por ejemplo, los estudios preliminares del prof. Pedro San Ginés al Han Fei Zi, El Arte de la Política ( trad. Yao Ning / G. García-Noblejas ), edit. Tecnos, Madrid, 1998, pp. XVI-XXI, y al Libro del maestro Gongsun Long ( trad. Yao Ning / G. García-Noblejas ), edit. Trotta, Madrid, 2001, en especial, pp. 11-20.
[4] La dinastía Han ( 206 a.C.-220 ), será la época de sistematización académica de las creaciones míticas de períodos anteriores, con la consiguiente alteración o renovación de muchos mitos arcaicos.
[5] Es el caso de libros como, Nylan, M., The Shifting Center: The Original “Great Plan” and Later Readings, Monumenta Serica Monograph Series, n° 24, 1992; Mayor, J.S., Heaven and Earth in Early Han Thought, Chapters Three, Four and Five of the Huainanzi, State Univ. of New York Press, Albany, 1993, y de artículos como Changwu, T., “On the Legends of Yao, Shun, and Yu and the Origins of Chinese Civilization”, Chinese Studies in Philosophy, vol. XIX, nº 3, 1988, pp. 21-68; Chen, E.M., “Tao as the Great Mother and the influence of motherly love in the shaping of Chinese philosophy”, History of Religions, vol 14, n° 1, 1974, pp. 51-64; Kuiper, F.B.J., “Cosmogony and Conception: A Query”, History of Religions, vol. 10, n° 2, 1970, pp. 91-138; Levi, J., “Le mythe de l’age d’or et les théories de l’evolution en Chine ancienne », L’Homme, 1977, XVII, I, pp. 73-103; y Liu Li, “Who were the ancestors ? The origins of Chinese ancestral cult and racial myths”, Antiquity, 73, nº 281, 1999, pp. 602-613.
[6] Nos referimos a excelentes obras, como las que detallamos a continuación: Allan, S., The Shape of the Turtle: Myth, Art and Cosmos in Early China, State University of New York Press, Albany, 1991; Binjie, Ch. / Yongqing, Y., Relatos mitológicos de la Antigua China, edit. Miraguano, Madrid, 1992; Birrell, A., Chinese Mythology. An Introduction, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1993; Chantal, Z., Mythes et croyances du monde chinois primitif, edit. Payot, París, 1989; Duane, O.B., / Hutchinson, N., Chinese myths and legends, edit. Brokchampton Press, Londres, 1999; Mathieu, R., Étude sur la mythologie et l’ethnologie de la Chine ancienne, 2 vols., Collége de France, Institut des Hautes Études Chinoises, París, 1983 ; Nan Zhang, S., Five Heavenly Emperors. Chinese Myths of Creation, Tundra Books, Hong Kong, 2002; y Yuan Ke, Zhongguo shenhua chuanshuo cidian ( Diccionario de mitos y leyendas de China ), Cishu chubanshe, Shanghai, 1985
[7] Estamos hablando, por ejemplo, de ensayos como los siguientes: Cheng, A., Historia del pensamiento chino, edic. Bellaterra, Barcelona, 2002; Folch, D., La construcción de China. El período formativo de la civilización china, edit. Península, Barcelona, 2002; Graham, A.C., Yin-Yang and the nature of Correlative Thinking, the Institute of East Asian Philosophies, Singapur, 1986; Granet, M., El pensamiento chino, edit. UTEHA, México, 1959; Henderson, J.B., The Development and Decline of Chinese Cosmology, Columbia Univ. Press, Nueva York, 1984; Kalinowski, M., Cosmologie et Divination dans la Chine Ancienne: le Compendium des Cinq Agents, École Francaise d’Extréme-Orient, París, 1991 ; y, finalmente, Le Blanc, Ch., Mythe et philosophie l’aube de la Chine impèriales, De Boccard, París, 1992.
[8] En este sentido son relevantes los siguientes trabajos, entre otros muchos: Cleary, T., ( trad. ), Teachings of Lao-tzu: Understanding the Mysteries, Shambhala Publications, Boston, 1991, y del mismo autor, Wen-Tzu. La comprensión de los misterios del Tao, edit. Edaf, Madrid, 2001; Elorduy, C., ( trad. ), Chuang-Tzu, edit. Monte Ávila, Caracas, 1991; Field, S., ( trad. ), Tian Wen. A Chinese Book of Origins, A New Directions Book, Nueva York, 1986; Laver, M., ( edit. / trad. ), I Ching, edit. Akal, Madrid, 1990; Legge, J., Shu King, the Book of Historical Documents, Sacred Books of the East, vol. 3, Londres, 1879; Preciado, I., ( trad. ), Liezi o el libro de la perfecta vacuidad, edit. Kairós, Barcelona, 1989, y del mismo autor, Las enseñanzas de Lao Zi, edit. Kairós, Barcelona, 1998; Robinet, I., Lao Zi y el Tao, edic. J.J. de Olañeta, Barcelona, 1999; Suárez, A.H., ( trad. ), Laozi. Libro del curso y de la virtud, edit. Siruela, Madrid, 1998; Watts, A., El camino del Tao, edit. Kairós, Barcelona, 2000; y Watson, B., ( trad. ), Records of the Grand Historian, Columbia Univ. Press, Nueva York, 1993.
[9] Nos referimos a estudios como los siguientes. Loewe, M., Divination, Mythology and Monarchy in Han China, Cambridge Univ. Press Oriental Publications, Cambridge, 1994; Ching, J. Mysticism and kingship in China: The Heart of Chinese Wisdom, Cambridge Studies in religious traditions, Cambridge, 1997; Chang, K.C., Art, Myth and Ritual. The Path to Political Authority in Ancient China, Harvard University Press, Cambridge, Massachussets, 1983; Wheatley, P., The Pivot of the Four Quarters: A Preliminary Enquiry into the Origins and Character of the Ancient Chinese City, Univ. of Chicago Press, Chicago, 1971; y Wang, A., Cosmology and Political Culture in Early China, Cambridge Univ. Press, Nueva York, 2000.
[10] Es el caso de ensayos como los de Riviere, J.R., El pensamiento filosófico de Asia, edit. Gredos, Madrid, 1960 y Yulan, F., Breve historia de la filosofía china, edit. F.C.E., México, 1987; así como los artículos de Berthier, B., “Le miroir brisé ou le taoïste et son ombre”, L’ Homme, Revue Francaise d’Anthropologie, XIX, 1979, pp. 205-222.; Chen, E.M., “Tao as the Great Mother and the influence of motherly love in the shaping of Chinese philosophy”, History of Religions, vol 14, n° 1, 1974, pp. 51-64.; de la misma autora, “Nothingness and the Mother Principle in Early Chinese Taoism”, International Philosophical Quarterly, vol. IX, n° 3, 1969, pp. 391-405.; y, finalmente, Yu, D.C., “The Mythos of Chaos in Ancient Taoism and Contemporary Chinese Thought”, Journal of Chinese Philosophy, 8, n° 3, 1981, pp. 325-348.