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16 de mayo de 2024

Organización, estructuración y jerarquización de las deidades mesopotámicas





Imágenes, de arriba hacia abajo: placa con un relieve del dios Hadad junto a un toro, y sobre un dragón. Metropolitan Art Museum de Nueva York; estatua de terracota, de hacia 1900 a.e.c., con Shamash, dios del Sol y de la justicia, quien era adorado por los reyes. Museo Británico; estatuilla de Enlil en su trono, en Nippur. Hacia 1800-1600 a.e.c. Museo Nacional de Irak; y cilindro-sello acadio, hacia 2300 a.e.c., que representa varias divinidades, como Utu, Inanna, Isimud y Enki. Museo Británico, Londres.

Al margen de la enorme cantidad de representantes del mundo sobrenatural que existía en Mesopotamia, las deidades no configuraban un grupo o una multitud desordenada. A ellas se les habían atribuido su naturaleza y su cultura, pero también un estatus y las prerrogativas de que disfrutaban los seres humanos. Gracias a esta singularidad, se les podía estructurar y jerarquizar.

En un principio se procedió a organizar a las divinidades  en familias constituidas a imagen y semejanza de aquellas humanas; por consiguiente, de orden patriarcal y esencialmente monógamas, con el padre como la cabeza y, tras él, su esposa principal, a la cual se podían añadir más mujeres legítimas e incluso cortesanas. A su alrededor vivían también sus hijos, entendidos como divinidades más jóvenes o de menor relevancia, muy probablemente introducidas o adoptadas como tales dioses en épocas más recientes. Finalmente, un aspecto típico de los dioses inmortales, sería la inclusión de las divinidades más arcaicas, cuyo antiguo culto gozaría ya de una menor actualidad dentro del ámbito de la devoción popular.

Esta primigenia clasificación permitía organizar a la población divina en un determinado número de grupos familiares, interrelacionados entre sí por parentescos cercanos o más o menos lejanos. En tal sentido, todos los dioses eran hermanos; esto es, participaban de esa misma naturaleza de dingir o ilu, del mismo modo que los humanos eran copartícipes de la condición humana de o awílu.

Un segundo criterio organizativo fue de carácter más propiamente político. Al haber sido asimilados desde el comienzo con las casas soberanas, las divinidades y sus familias desempeñaban en el seno de cada comunidad el rol de jefe sobrenatural de aquellos que detentaban el poder local, cuya autoridad, tal y como creían sus fieles, se entendía procedente directamente de los dioses. Por este preciso motivo se pensaba que esos reyes terrenales únicamente actuaban como sencillos vicarios de aquéllos.

Esta específica perspectiva trajo como resultado que las familias de los dioses se imaginasen y se constituyesen en directo acuerdo con el tipo de gobierno existente que, según la tradición, era monárquico. El padre era el soberano y moraba en su templo, del mismo modo que los reyes y su corte vivían en el palacio. Siguiendo esa misma analogía, se encontraba rodeado de su familia y de sus parientes más próximos, así como de sus oficiales, funcionarios, servicio doméstico y apoderados, todos ellos un personal compuesto por deidades de una menor categoría pero que se podían incluir dentro del grupo siendo de extrema utilidad para el mismo.

En época de predominio de las ciudades Estado, al inicio del período histórico, cada una de esas unidades políticas está a cargo de una agrupación de divinidades bien organizadas y jerarquizadas encima del mandatario temporal, en un concreto modo de gobierno sobrenatural, a imagen y semejanza de la propia casa real. Se trata de un panteón local, que orbita alrededor de su jefe, el soberano divino de la ciudad y de su territorio. Así ocurre, por ejemplo, con An en Uruk, Enki en Éridu, Nanna en Ur o Enlil en Nippur. Naturalmente, cada uno de ellos contaba con su esposa y / o compañera. Así, Ninlil con Enlil, Ningal con Nanna o Damgalnunna con Enki, entre otros. Además, cada quien tenía descendientes (Asallupi, hijo de Enki) y se encontraba rodeado por toda su familia y por su casa.

Los panteones de cada una se distinguían entre sí, por mediación de sus miembros, es decir de sus dioses, así como de su organización. Sin embargo, ellos no significa que llegasen a oponerse entre sí; es más, en conjunto, constituían el panteón común de todo el país en época histórica.

Se llevó acabo, asimismo, una serie de desdoblamientos de un mismo personaje en diferentes individualidades que portaban nombres y títulos distintos, en función del lugar y la época. También de podían producir sincretismos a través de una previa identificación y posterior fusión de divinidades bastante cercanas entre sí, bien fuese por sí mismas o bien como consecuencia de ciertos acontecimientos, en los que la divinidad más vigorosa o de mayor rango y celebridad, asumía la naturaleza, las prerrogativas y el nombre de las otras.

Ya desde antes de mediados del III milenio a.e.c., el panteón se organizó, estructuró y jerarquizó en sí mismo y de una forma genérica como un sistema único que fuese reconocido por todas las ciudades Estado, aunque estuviese complementado por su propio panteón particular en cada una de ellas. Esta suerte de reordenación fue, al menos en parte, una consecuencia directa de una común devoción religiosa la cual, con el paso del tiempo, llevó a cabo una selección y diseñó unas determinadas preferencias. No obstante, es muy probable, aunque no demostrable, que en dicho proceso también haya intervenido una entente formal entre todas las unidades políticas existentes con la finalidad de propiciar entre ellas la creación de una especie de anfictionía alrededor de la ciudad de Nippur, la sede del dios Enfil, al que se elegiría como soberano principal, pasando la mencionada localidad a convertirse en una capital esencialmente religiosa.

Se conoce a los personajes de mayor relevancia de este sistema, sus deidades supremas, una posición que, al margen de la posterior evolución histórica de Mesopotamia, iban a conservar hasta el final de la historia de la región. Se trataba de tres divinidades: An, Enlil y Enki, a los que se les había añadido una Diosa madre, como si se considerase indispensable la presencia de un elemento femenino y, especialmente, maternal en el marco del nivel superior del mundo sobrenatural. Esta diosa, no suele aparecer enumerada, de modo general, con las otras tres divinidades, aunque se la hace intervenir, usando distintos títulos y nominaciones, sobre todo en los mitos de origen. Es el caso de la Señora de los dioses (Bélit-ili); Matriz universal (Mammi); Nintu o Nammu, entre otras varias.

Ahora bien, ¿cuál era su posición exacta?. Es difícil de precisar. Bien en su cualidad de esposa de uno de los tres grandes dioses, en especial de Enlil, o en su papel como su madre o, incluso, como abuela o antepasada de todos ellos. Estas tres divinidades no ejercían, en cualquier caso, la soberanía de una manera equivalente; por lo tanto, no conformaban un triunvirato. Cada uno de ellos representaba un aspecto del poder, que se completaba a través de sus tres personas y de las funciones que cada uno desempeñaba. La autoridad propiamente dicha, esto es, el mando eficaz, se hallaba en manos de Enlil. An, por suu parte, además de ser su padre, era en esencia, el fundador y el garante de la dinastía divina en el poder. Enki era quien ostentaba la función técnica del poder, pues era el mejor informado, el más despierto, sagaz y sutil, el más inteligente y, por si fuera insuficiente, también el más activo. Cumplía, en un segundo plano detrás o a la sombra del soberano, una función análoga a la de un consejero, visir, un primer ministro o un experto en varias cuestiones.

Esta organización tan estructurada, sin embargo, no logró poner fin, de manera definitiva, a las tensiones existentes entre los grandes santuarios, en particular, el Éanna de An en Uruk, el É-Apsú de Enki en Éridu y el Ékur de Enlil en la localidad de Nippur. El clero de cada uno de tales santuarios intentaba imponer la prioridad de su deidad titular, de forma que cada santuario generó, para cumplir con esa meta, una mitología propia, con la que buscaba demostrar la preeminencia de su dios concreto.

Con la excepción de ciertos nombres de deidades inferiores que, tal vez, proceden en buena medida de arcaicas poblaciones de sustrato, que no serían ni sumerias ni semíticas, es decir, arcaicos ocupantes del territorio, casi todas las personalidades divinas que se hallan en el panteón general, desde las más eminentes, a las de menor rango, portan nombres sumerios. Únicamente unos pocos manifiestan un determinado fundamento semítico, como el caso de El o el de Ishtar.

Desde finales del III milenio, se aprecia ya una multiplicación o un aumento más frecuente de la relevancia de los nombres divinos que son propiamente semíticos, que implica, asimismo, la introducción de nuevas personalidades dentro del panteón a las que se les rendirá mayor devoción. Entre tales divinidades, se puede mencionar a Amurru, Adad, Marduk, Sin, Shamash y Nárum, entre algunas más. Asimismo, se produce la acadización de los nombres de los arcaicos dioses sumerios.

Algunas de estas divinidades semíticas incorporan, a través del fenómeno del sincretismo, a otras deidades sumerias, con lo cual enriquecen su personalidad gracias a los nuevos rasgos tomados en préstamo. En este sentido, Adad suplanta a Iskur; Sín (Su'en), hace los propio con Nanna y Shamash sustituye a Utu. Quizás el ejemplo de mayor significación del sincretismo fue el protagonizado por la diosa semítica Ishtar, deidad que, en un principio, pudo haber sido esencialmente belicosa. No solo incorporó rasgos de la diosa sumeria Inanna, deidad del amor físico, sino también de Delebat.

Del mismo modo, también se va a apreciar una importante reducción del personal divino al servicio de los dioses. Da la impresión de que, a partir de este momento, se asiste a una más baja dispersión de la religiosidad y de la devoción popular, ahora más polarizada que en épocas previas, en torno a un número bastante más reducido de representantes, ciertamente más tipificados, de lo sagrado. Es como si el fin del sistema de las ciudades Estado y la unificación del territorio en uno o un par de reinos (caso de los acadios), hubiesen relegado al olvido a los panteones locales, reemplazados por una cohorte celestial más restringida, aunque expuesta de forma directa, al respeto, veneración y la admiración de la población.

Se produce paulatinamente, sobre todo durante el II milenio a.e.c., un cambio considerable en la presentación, comportamiento y en el papel distintivo de las deidades. Acompañando a un antiguo naturalismo, ingenuo y restrictivo, ahora se desarrolla la personalidad propiamente dicha de cada deidad, como si el poder político humano se impusiese sobre su autoridad en el ámbito de la naturaleza. En esta época, cada uno se presenta como un ser independiente, inteligente y capaz de mostrar sentimientos y de adoptar las más nobles decisiones. Se les imagina, por tanto, como personajes sabios y razonables, que detentan un nivel muy superior al de los mejores seres humanos. Terminan por convertirse en personalidades justas y justicieras.

A todos estos representantes de lo sagrado, en especial desde la última parte del III milenio, siempre se les había imaginado desde la exaltación de la imagen de los reyes terrenales, de una forma que el sentimiento religioso pudiese expresar sometimiento, pero también respeto, veneración y adoración. Es de este modo como se explica la aparición en el mundo divino de una aspiración monárquica más manifiesta. Se busca aunar en un único personaje divino la autoridad suprema universal, natural y sobrenatural. Este hecho es lo que acontece en Babilonia cuando se le rinde culto a Marduk, joven divinidad, hijo de Éa, al que proclamaron soberano absoluto del universo. Se anhelaba que en su persona se acumulase todo el poder y la potencialidad divina. Se manifiesta así, una especie de tenue aspiración henoteísta, una tendencia que se revela a partir de finales del Il milenio a.e.c.

El emplazamiento de las divinidades estaba situado dentro del universo, en tanto que se creía que el mismo constituía un espacio cerrado, concebido al modo de una esfera hueca, cuya mitad superior, el Cielo o el mundo de lo alto, se encontraba en simetría con el mundo de lo bajo (con el anti-Cielo, el infierno) al que también se denominaba Tierra ( en sumerio, una designación análoga a la de una antigua deidad de rango elevado, pero luego desaparecida). Con el tiempo, se desarrolló la costumbre de disponer de varios lugares de reunión o residencia común para los dioses.

Poseían residencias sobrenaturales, imaginadas desde el modelo de los amplios y suntuosos palacios reales, aunque al mismo tiempo ocupaban sus casas terrenales; esto es, sus santuarios. Se pensaba con certeza que las deidades estaban presentes en ellos de forma real, si bien misteriosa, por mediación de sus estatuas e imágenes de culto. En cualquier caso, podían irse y dejar su residencia.

El dominio soberano de los dioses constituía una creencia básica en Mesopotamia, pues el mundo era su reino y los hombres sus súbditos y servidores. Habían concebido y organizado tal dominio, y lo administraban y gobernaban como sus reyes por medio de sus decisiones y órdenes. En dichas órdenes se establecía el destino. Se podrían imaginar múltiples destinos, asignados a cada persona escritos, como los edictos, decretos u ordenanzas, reales, en una tablilla de carácter sobrenatural, la llamada Tablilla de los Destinos, un genuino emblema del poder.

Los dioses, como los reyes, sus ayudantes y su entorno, eran desde una óptica económica consumidores. Su misión era gobernar, de forma que para realizar tal función de la mejor manera y consagrarse a ella en exclusividad, había que liberarlos de preocupaciones accesorias, de las servidumbres de la existencia, para que llevasen una vida tranquila, ociosa en la que no les faltase nada. Además, este era el único modo de vida digno de su grandeza. Los humanos eran sus productores y sus abastecedores.

En el marco de este sentimiento de dependencia y sumisión, las deidades no tenían nterés alguno en mostrarse crueles con los seres humanos. En tanto monarcas y buenos patronos no eran rigurosos por naturaleza.

El sufrimiento, las enfermedades o el dolor no era responsabilidad de los dioses, sino que se les atribuían a otros seres sobrenaturales, horrorosos y pavorosos que, como los dioses, poseían poderes sobrehumanos y no morían. Solo se manifiestan durante breves períodos de tiempo en los que cumplían su misión, quedando relegados a lugares peligrosos, hostiles, inhóspitos, como la estepa, el desierto o el infierno. En épocas arcaicas parece que actuaban espontáneamente, por maldad o capricho, pero posteriormente pasaron a ser considerados como verdugos de la justicia y la voluntad divina. El mal que causaban a los humanos era el castigo por las faltas cometidas contra los dioses.

Además, había ciertos seres fantásticos, animales o híbridos zoomorfos, terroríficos y de gran envergadura, heredados de las antiguas tradiciones folclóricas. Se les consideraba como divinidades primitivas e imperfectas. Este es el caso de los adversarios de Ninurta o la tropa de monstruos que constituye el ejército de Tiamat. Por otro lado, los fantasmas de los difuntos podían acompañaban, en ocasiones, a los demonios para atormentar a los vivos.

Bibliografía básica

BOTTÉRO, J., Mésopotamie. L'écriture, la raison et les dieux, París, 1987.

BOTTERO, J. & KRAMER, S.N (Eds.), Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología mesopotámica, edit. Akal, Madrid, 2004.

Dictionnaire des mytbologies, París, 1981 (ed. cast., Diccionario de Mitologías, Volumen 1. Desde la Prehistoria basta la civilización egipcia, Barcelona, Destino, 1996].

KIRK, G. S., Myth. lts Meaning and Functiones in Ancient and Otber Cultures, Cambridge, 1970 (ed. cast., El Mito. Su significado y funciones en la Antigüedad y otras culturas, Barcelona, Paidós, 1985.

LARA PEINADO, F., Leyendas de la Antigua Mesopotamia. Dioses, héroes y seres fantásticos, edit. Temas de Hoy , Madrid, 2002.

LARA PEINADO, F., Mitos de la Antigua Mesopotamia: Héroes, dioses y seres fantásticos, edit. Dilema, 2017.

LIVINGSTONE, A., Mystical and Mythological Explanatory Works of Assyrian and Babylonian Scbolars, Oxford University Press, Oxford, 1986.

MCCALL, H., Mitos mesopotámicos, edit. Akal, Madrid, 1994.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-AEEAO-UFM, mayo, 2024.

5 de marzo de 2021

Ciudades del mundo antiguo (I): urbes de Mesopotamia y Siria





Imágenes, de arriba hacia abajo: vaso votivo de Uruk; base pétrea del zigurat de Anu, en Uruk; murallas de Nínive, reconstruidas modernamente; y panorámica de Tell Mardikh, identificada con la localidad siria de Ebla.

Ante la imposibilidad de tratar todas las ciudades antiguas de las zonas geohistóricas de la antigüedad, se hará una selección. En esta primera parte, se analizará el devenir histórico de Uruk, Kish, Lagash, Nínive y Babilonia, en el entorno mesopotámico, y Alepo, Damasco, Ebla, Karkemish y Palmira en el de Siria.

Uruk, Tell al Warka en árabe y Erec en arameo, estaba ubicada en Irak, al sur de Bagdag. Fue un asentamiento neolítico desde por lo menos el sigo VI a.e.c., sobreviviendo hasta comienzos del siglo VIII. Su período de esplendor como núcleo sumerio ocurrió en el IV milenio. Llegó a tener una extensión de más de 500 hectáreas y tal vez unos 70.000 habitantes. Su importancia ha sido tan significativa que ha dado lugar a un período cultural, siendo uno de los primeros núcleos urbanos donde se usó la escritura.

Descubierta en 1849 por William Loftus, en ella habitó una sociedad compleja, diversificada, estratificada y especializada. La Lista Real Sumeria dice que su fundador fue Enmerkar, constructor del templo Eanna dedicado a Inanna. Acabó siendo el centro neurálgico, cultural y económico, sumerio, durante el III milenio. Contó con cinco dinastías y se considera la patria chica del rey-héroe Gilgamés, protagonista de la famosa epopeya que lleva su nombre. Exponente de la formación de las primeras ciudades-estado sumerias, llegó a expandir su influencia por el sudoeste de Irán, Siria y el sudeste de Anatolia, lugares todos en donde han aparecido objetos de la cultura material de Uruk.

Kish, Tell al Uhaymir en árabe, fue una ciudad-estado sumeria de la zona septentrional de Mesopotamia, conocida como ciudad de la colina. Ubicada a pocos kilómetros de Babilonia, se encuentra a menos de cien kilómetros al sur de Bagdag. Se le conoce ocupación desde el IV milenio (periodo de Jemdet Nasr), y fue un poder regional prestigioso durante el dinástico más temprano. Dominó las rutas comerciales entre la alta y la baja Mesopotamia, siendo rival de Lagash, Ur y Uruk. Su hegemonía en el futuro espacio acadio hizo que los reyes sumero-acadios en sus pretensiones de soberanía se titulasen simbólicamente como reyes de Kish y de las cuatro partes (Sumer, Subartu, Elam y Amurru, con Kish en centro). Según la Lista de Reyes Sumerios su primer rey fue el mítico Jushur, aunque se considere a Etana su fundador y primer soberano. Su población tuvo un componente semita muy relevante.

Lagash, Tell al-Hiba en árabe, se encontraba a las orillas del Tigris. Fue una meridional ciudad-estado sumeria descubierta en los años setenta del siglo XIX por un cónsul francés, llamado Ernest de Sarzec, cuyo legado continuarían arqueólogos como André Parrot. Contenía varios núcleos urbanos, según documentos de la III Dinastía de Ur, entre los que destacan Girsu, Bagara y la propia Lagash. Era una ciudad relevante ya en el III milenio. En ella aparecieron las famosas estatuas de Gudea, figuras del gobernador (ensi o lugal) hechas en diorita. Gracias al documento iconográfico y epigráfico llamado la Estela de los Buitres, se sabe que la ciudad mantuvo un conflicto, en época de su rey Entemena, con la localidad de Umma por cuestiones fronterizas. Tras la conquista semita los gobernantes de Lagash dependían de Sargón de Acad, aunque su cultura se mantuvo sumeria. Se conocen dos dinastías, la primera de las cuales finaliza su periplo con el famoso rey Urukagina, hacia 2370 a.e.c., autor de un código legal que recoge varias reformas de carácter social.

Nínive, Nainawa en árabe, estaba próxima a Mosul, en la orilla este del río Tigris. Era una ciudad muy conocida en Egipto y en Mesopotamia en el II milenio por ser el lugar de culto de Ishtar y porque controlaba las rutas comerciales que iban del Mediterráneo al Índico. Su descubrimiento y exploración se deben a Austen Layard en 1847, quien además de estructuras (fundamentalmente palacios), halló miles de tablillas escritas en cuneiforme, que conformaban la gran biblioteca de Asurbanipal. La urbe estuvo sometida a Mitanni primero y a los asirios después. Con Senaquerib (siglo VIII a.e.c.) de hecho, alcanza la dignidad de capital imperial. Su perímetro amurallado cubría  una docena de kilómetros. Se la menciona en la Biblia como una gran ciudad, edificada por un rey, de nombre Nimrod, considerado familiar de Noé. Medos y babilonios, en interesada conjunción, la reducirían a escombros en 612 a.e.c., poniendo fin con ello al reino neoasirio.

Babilonia, en el actual Irak, al sur de Bagdag, fue la capital del imperio paleo y neobabilónico; un importante centro religioso y mercantil desde el II milenio y hasta mediado el I a.e.c. Aparece ya como ciudad-estado independiente en la etapa del renacimiento sumerio (III Dinastía de Ur), si bien existen menciones de su existencia desde la época acadia de Sargón. Tras ser testigo de las pugnas entre los estados regionales de Isin, Eshnunna y Larsa, Babilonia se convertiría paulatinamente en una potencia regional. Fue muy prestigiosa ya en todo el mundo antiguo. Heródoto, hacia 450 a.e.c., tras la conquista persa, la consideraba una ciudad esplendorosa por sus decorados templos y palacios, además del zigurat que pudo dar lugar a la bíblica Torre de Babel. Entre 1899 y 1913, Babilonia fue excavada por el arqueólogo alemán Robert Koldewey. Reconstruyeron la Babilonia de la etapa del reinado del rey Nabucodonosor II, si bien bajo tales ruinas se encuentran los restos de la ciudad de épocas anteriores.

En el siglo XVII a.e.c., Babilonia era el centro de un amplio imperio, durante el reinado de Hammurabi. Esta Babilonia de Hammurabi contaba con templos y palacios, así como un laberinto de estrechas calles flanqueadas por casas. Las edificaciones eran de adobes, sobre cimientos de ladrillos cocidos. Estaba protegida por fuertes murallas. Después del reinado de Hammurabi, Babilonia pasó a manos de los Casitas (entre 1660 y 1150 a.e.c.), y ya en el siglo VII a.e.c. fue tomada y saqueada por los asirios. Con Nabopolasar, que derrotó a los asirios en 626 a.e.c., Babilonia recuperó su antigua gloria. Es la época en la que la ciudad pudo tener una extensión de 850 hectáreas y estar habitada por 250.000 personas. De esta etapa histórica de la ciudad data la famosa Puerta de Ishtar, que se puede ver fielmente reconstruida en Berlín, además del templo de Marduk. Tras la muerte de Nabucodonosor, el poder de Babilonia desapareció. La ciudad cayó en manos persas, en 539, siendo conquistada de nuevo en 331 a.e.c., por el macedonio Alejandro Magno. Alejandro la convirtió en su capital, pero cuando murió, la región entera pasó a manos de uno de sus generales, Seléuco, quien construyó una nueva capital, Seléucia, de forma que Babilonia sería abandonada.

Alepo, denominada Khalpe, Beroea por los macedonios, Halep por los turcos y Halab en árabe, es una antigua y famosa ciudad del norte de Siria, hoy todavía habitada (unos 5 millones de habitantes). Existe como núcleo poblado desde el II milenio a.e.c., tal y como señalan fuentes hititas. La referencia histórica más antigua es de 1780 a.e.c., siendo capital del reino de Yamhad, de carácter comercial. Más tarde caería en manos hititas (hacia 1600), de hurritas e incluso egipcias. Estuvo con posterioridad bajo el poder asirio, persa, grecorromano y bizantino. Asediada por los cruzados cayó en manos árabes y luego mongolas.

Damasco, Dimisq en árabe, ha sido llamada Ciudad del Jazmín o paraíso oriental. Sus primeros asentamientos se datan en el VII milenio a.e.c., siendo mencionada en los anales egipcios de Tutmosis III, quien la acabaría conquistando. Desde antiguo fue un gran centro religioso, económico y cultural de todo el Levante y el Próximo Oriente. Los primeros asentamientos, del séptimo milenio como se ha comentado, se establecen en torno al sitio de Tell Ramad. Perteneció al reino hicso durante un par de siglos, en el marco de la provincia llamada Amurru, siendo además mencionada en la Biblia, concretamente en el Génesis.

Flavio Josefo la hace fundación de Uz, un hijo de Aram, nombre que alude a los arameos. Así, con los semitas arameos se forma en el siglo XI a.e.c. un reino de nombre Aram-Damasco, que acabaría enfrentando al Reino de Israel en el siglo VIII, aunque firmaron finalmente un acuerdo ante el amenazante poderío del Reino Neoasirio. Su rey más notable fue Hadad. Acabó sometida a los asirios y con posterioridad a los egipcios del faraón Necao II y a los neobabilonios. Más tarde cae en manos de Alejandro Magno y mediado del siglo I a.e.c. es sometida por la Roma de Pompeyo. Formaría parte de la Decápolis grecorromana, aunque estuvo un tiempo bajo control nabateo. Al igual que Palmira o Petra, Damasco fue un núcleo esencial en las rutas comerciales, estando unida por vía terrestre con otras principales urbes de la región levantina y próximo-oriental, como Jerusalén. Damasco destacó con posterioridad como capital del califato Omeya.

Ebla estaba ubicada cerca de Alepo, en el norte de Siria. Aunque se conocía su existencia desde el siglo XIX, pues en la Tello sumeria una inscripción menciona Ebla como lugar de procedencia de madera para erigir un templo, fue arqueológicamente descubierta en los años setenta del siglo XX por Paolo Matthiae y Giovanni Pettinato, quienes descubrieron un palacio y miles de tablillas cuneiformes datadas en el III Milenio, un hecho que confirmaba que el yacimiento de Tell Mardikh era la Ebla que mencionaban los textos sumerios y acadios. Estas tablillas formaban parte de un gran archivo, que contenía textos de carácter administrativo, religioso, épico, tratados, listas reales y hasta diccionarios. Se confirmaba que Ebla había sido un relevante núcleo económico y religioso, un centro de poder a la altura de los mesopotámicos y egipcios.

Ebla, gobernada por un rey, fue una ciudad-estado importante en los milenios III y II, si bien acabó siendo destruida por los acadios, y dominada por Ur y Yamkhad, aunque renació, según consta en textos de Alalah, entre 1800 y 1600 a.e.c. bajo los amorreos, siendo su primer rey Ibbit-Lim. Hacia 1600, fue asediada por los hititas de Hattusili I, logrando sobrevivir como un pequeño núcleo hasta el siglo VII.

Karkemish, la Jerablus bíblica, fue una antigua ciudad ubicada en la región conocida por los romanos como Europus, entre Siria y Turquía, en la orilla oeste del Éufrates. Destacó como núcleo en los reinos de Mitanni, el hitita del gran Suppiluliuma I, y del asirio, para finalmente ser conquistada por Babilonia. Fue el lugar en donde, según la Biblia, egipcios y babilonios sostuvieron un relevante combate armado. Karkemish fue descubierta a fines del siglo XIX por el inglés George Smith. En las investigaciones arqueológicas del lugar participó activamente Thomas Edward Lawrence, el famoso Lawrence de Arabia. El núcleo estuvo poblado desde el Neolítico, convirtiéndose en un centro mercantil a lo largo del III milenio, en contacto con lugares como Ebla o Ugarit. Su momento más relevante fue, sin duda, como fortaleza hitita en Siria y núcleo administrativo. 

Palmira, en árabe Tadmur (urbe que repele), fue una antigua ciudad aramea en Siria, nacida en torno a un oasis, a poco más de doscientos kilómetros de la capital Damasco. Se la denomina Ciudad de los árboles del dátil. Con presencia poblacional desde el V milenio, Palmira se convertirá en centro estratégico y comercial en virtud de su ubicación en la Ruta de la Seda (unía India y Persia con los puertos del Mediterráneo occidental). Como lugar de parada de las caravanas adquirió la denominación de Novia del Desierto. Llegó a ser la capital de un reino de poca duración en época de la reina Zenobia, en el siglo III.

Pasó a ser colonia romana para caer posteriormente en el olvido hasta el siglo XVII, cuando poblaciones nómadas la reutilizaron para sus cabalgaduras. El tetrapylon, el templo del dios Bel (dios solar), el ágora, la gran columnata, el teatro, el templo Nebo y el valle de las tumbas, en las afueras de la ciudad, que servía como necrópolis, serían sus vestigios más impresionantes. Algunos, por desgracia, como el templo de Bel o el arco del triunfo, fueron destruidos por la intolerancia del llamado Estado Islámico (Daesh). Su primera mención se encuentra en las tablillas del archivo de Mari que datan del II milenio. También aparece mencionada como ciudad fortificada en la Biblia hebrea, en el Talmud y la Midrash. Incluso Flavio Josefo atribuye su fundación al rey Salomón.

Bajo el control seléucida en el siglo IV a.e.c., la urbe aparece como una ciudad independiente. Palmira sería ya parte de una provincia romana, la de Siria, desde Tiberio (14-37), siendo renombrada por Adriano como Palmira Hadriana en el siglo II. Zenobia se rebelaría contra la autoridad romana, haciendo algunas conquistas y encabezando un efímero reino. Tuvo que ser Aureliano en el último cuarto del siglo III quien restaurase el control romano. Se establecieron en ella legionarios y Diocleciano la amuralló ante la amenaza de los persas sasánidas. Ya en el siglo VII sería conquistada por los árabes.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, marzo, 2021.

15 de febrero de 2021

Serie de YouTube. Personalidades de la antigüedad (6)

Amigas, amigos. Un saludo. Sexta entrega de la serie Personalidades de la Antigüedad. En esta ocasión nos hemos trasladado al mundo romano. Haremos unas reflexiones alrededor de tres notabilísimas personalidades; concretamente el divino Julio César, el princeps Octavio Augusto y el emperador-filósofo Marco Aurelio  Espero que sea del agrado, interés o utilidad para alguien, amén de que sirva de acicate para profundizar en el tema o como aliciente para iniciar indagaciones. Comentarios, sugerencias, críticas o interrogantes varios sobre el tema serán atendidos, siempre que sea posible. Un cordial saludo. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, febrero, 2021. 

 

19 de enero de 2021

¿Quiénes son los Celtas?. Nuevos paradigmas en la investigación


 Mapa en el que se observa la distribución de las lenguas célticas de la antigüedad.

Desde hace unos cuantos años viene dándose un continuo cuestionamiento de aquello que es, o entendemos que es, “celta”. Ha existido, desde siempre, tanto una celtofobia como una celtofilia, que parece mantenerse en el debate historiográfico actual. Desde una determinada perspectiva, o desde un cierto nivel, “celtas” no es más que una creencia, comprendida apenas nebulosamente. En su concepto se reúne un sentido de herencia de conciencia y hasta de pertenencia.

En la actualidad el concepto está sometido a una constante reevaluación, en virtud de su continua evolución. De hecho, “celta” es un concepto equívoco, con un significado que no es único, pues ha sido asimilado tanto a Asterix como a la música celta. En el seno de los estudios académicos y en el marco de la investigación, el acercamiento a lo celta debe orientarse en la lingüística histórica y en la arqueología moderna, pero sin desdeñar la genética, que ha tomado cuerpo apenas hace una década.

La idea de lo celta comienza en las fuentes y referencias clásicas. Luego el concepto se amplía con la denominación de una familia lingüística cuya denominación surge a partir de (cómo no) las noticias clásicas. El reconocido Colin Renfrew ha argumentado, no sin razones de peso, que celtas son los Galli, Galatae y Keltoi clásicos; el etnónimo celtici; las lenguas célticas, por supuesto; los grupos arqueológicos de La Téne y Hallstatt; el arte lateniense y su “espíritu celta”; la “herencia” celta (música, por ejemplo), y hasta el arte irlandés del siglo I, aunque nada tenga que ver con los celtas de la Edad del Hierro. El modelo tradicional, como bien saben muchos, decía que la cuna del celtismo estaba en La Téne, desde donde se extendían por todas partes; una expansión por migración.

Sin embargo, en los años noventa del pasado siglo XX, los arqueólogos británicos empezaron a cambiar el paradigma, configurando una idea (“Celtic from the west”), que ha sido vertida en varios libros desde hace menos de diez años. Los responsables máximos son los profesores de la Universidad de Oxford John Koch y Barry Cunliffe, para quienes el hogar tradicional y original de los celtas en Centroeuropa no es ya el paradigma válido.

No obstante, ha habido también otras propuestas en este mismo derrotero, concretamente el denominado Paradigma de la Continuidad Paleolítica (constancia de lenguas y poblaciones en Europa desde el Paleolítico, con la supuesta presencia de una lengua protoindoeuropea durante el Paleolítico Superior que estaría relacionada con la llegada africana de Homo sapiens a Europa). La teoría ha sido defendida, desde 2005, por lingüistas como Mauro Alinei, A. Häusler, F. Benozzo, el español Xavier Ballester, Marcel Otte, o el antropólogo H. Harpening y el genetista italiano Cavalli-Sforza.

Según los investigadores británicos, la idea principal que manifiestan es que la arqueología, la lingüística y la genética parecen probar que el hogar ancestral de los celtas y, por tanto, su lugar de origen, se encuentra realmente en los finisterres atlánticos, desde las Islas Británicas hasta el sur de la Península Ibérica.

Desde el 2012 en adelante, se atienen también a un relevante y definitivo cambio cronológico, señalando que la génesis atlántica, sobre todo de las lenguas, se adecua a un tiempo más largo, por lo menos hasta el III milenio a.e.c., relacionándose con las gentes del fenómeno del vaso campaniforme, que se extendieron por toda Europa (dirección oeste-este). Este revolucionario idea se fundamenta en la distribución de la toponimia celta en Europa, con una diáfana mayor densidad en las áreas atlánticas. Esta nueva celticización desde el occidente llegaría a expandirse hasta Centroeuropa, Anatolia y la región de los Balcanes durante la II Edad del Hierro. Esta expansión del celtismo sería, probablemente, la expansión, de modo diferente, de varios aspectos: las lenguas, las tradiciones druídicas y, desde el centro de Europa, la expansión de La Téne.

Es probable que los estudios de arqueogenética (Jean Manco, por ejemplo), tengan algo que decir al respecto en un tiempo prudencial, aunque sus presupuestos todavía resultan muy discutibles para la mayoría de especialistas. Así, en este nuevo contexto, ¿podríamos acabar por aceptar al tartésico como una lengua céltica?. A día de hoy parece ya un planteamiento cada vez más probable. De hecho, véase como en el mapa que abre esta reflexión se enumera como céltico el tartésico del sureste peninsular, aunque no hay consenso al respecto ni mucho menos sobre tal catalogación.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP, enero, 2021.