Imágenes:
arriba, altar de mármol dedicado a los dioses Marte y Venus, datado
hacia 124. Posteriormente, se utilizó como pedestal para una estatua
del dios Silvano. Los relieves narran la fundación de Roma con las
figuras de Rómulo y Remo; abajo, escena de sacrificio al dios Marte.
Se trata de la suovetaurilia, en la que se sacrificaba un
cerdo (sus), una oveja (ovis) y un toro (taurus).
Hacia 50 a.e.c. Museo del Louvre, París.
La
religión
romana porta un sentido
práctico
y utilitario,
de ahí su permeabilidad
al recibimiento y adopción de
prácticas
y cultos foráneos
(a través del rito de la
evocatio),
aunque siempre garantizando la
inalterabilidad de la cohesión socio-política.
Los romanos
se servían
de la religión
como medio de
satisfacer sus necesidades. Con
la esperanza de obtener, como
recompensa, algo
a cambio, se cumplían
las obligaciones
religiosas,
dedicadas a una serie de
deidades que requerían
atención
y devoción de parte de
los fieles.
La
religión
y el poder político
van en Roma de la mano: los
sacerdocios no son más que
escalas en la carrera de un
magistrado, en tanto que
los gobernantes
se implicaban en los asuntos religiosos de
manera formal.
La
mentalidad religiosa romana parte del entendimiento de diversos
conceptos. Marco Tulio Cicerón relacionaba la palabra religio
con el verbo relegere o religere, cuyo
significado es recoger
y acopiar y, por extensión, reanudar lo referido al culto divino.
Esta interpretación hace de religio un vocablo propio del
ámbito jurídico que persevera en el carácter lícito y justo de la
relación existente entre el ser humano y la divinidad. Por su parte,
Lactancio (entre 241 y 320), Mauro Servio Honorato, de los siglos IV
y V, y san Agustin de Hipona (354-430), derivaban el concepto de
religare, cuyo significado es
vincular, relacionar o asociar, insistiendo, de lo que se
colige la relevancia de los vínculos que unen al humano con las
deidades. Otras interpretaciones, hoy superadas por la crítica,
relacionaban el vocablo con el verbo relinquere,
abandonar, apartar y dejar
de lado, en función de la idea de que las cosas sagradas estaban
alejadas del ámbito de la actuación humana.
En
la antigua Roma, religio implicaba
el sentimiento que provoca la existencia de un orden sobrenatural,
ante el cual, por temor y reverencia, los romanos trataban de actuar
de forma escrupulosa llevando a cabo las obligaciones imprescindibles
que les permitieran congraciarse con la divinidad. El término
religio acoge
un buen número de elementos semánticos, con nociones que van desde
la reverencia venerable y el vínculo con las deidades, hasta el
temor respetuoso y el deber de obligación en cumplir los
deberes necesarios. Además, supone culto, escrúpulo y creencia.
Relacionado
con religio, y con el lexema -leg, están lo términos diligentia
y su contrario neglegentia, que significan, tener especial
cuidado en las obligaciones contraídas con los dioses y, al
contrario, descuido, dejadez y hasta desprecio hacia esas deidades.
El homo religiosus, temeroso de lo divino, debe cumplir las
prácticas que la sociedad entiende claves en la relación con lo
numinoso.
La
manifestación externa esencial de la religio era el cultus.
Una palabra que deriva del
verbo colo, velar
por alguien, cultivar,
y que agrupaba el conjunto de prácticas y obligaciones religiosas
necesarias. El
culto a las divinidades ha de llevarse a cabo mediante las prácticas
adivinatorias, las
plegarias, promesas, la acción de gracias, las ofrendas o los
sacrificios.
Los
romanos diferenciaban entre religio y superstitio.
Superstición no
implicaba solamente un temor a lo desconocido o un exceso de
reverencia, sino una actividad sin reglamentación, una creencia sin
motivo, una practica infundamentada. Incluso suponía una suerte de
adhesión a las innovaciones foráneas. La religio se
consideraba auténtica
y verdadera, mientras
que la superstitio se
estimaba como
vana, sin sentido y vacía (inanis),
morbosa o enfermiza y
también insensata. Solía vincularse a la mentalidad propia
del vulgus, así como
a la impiedad de carácter religioso.
Cicerón
distinguía superstitio de
religio, entendiendo
que la primera es una suerte de temor
infundado
hacia los dioses, en tanto que la segunda, corresponde a un
piadoso culto a las deidades. Isidoro de Sevilla (siglos VI-VII), en
su obra Etimologias (1, 8) advertía que la superstitio es
una superflua observancia del culto, allende lo establecido por los
antepasados. Existe una implícita idea, por tanto, de rechazo hacia
una práctica sin fundamento, inocua y, en todo punto opuesta a la
tradición romana. En consecuencia, desde la perspectiva romana,
supertitio era un término
para referirse a las
religiones que se alejaban de la mentalidad religiosa tradicional.
Este concepto fue vinculado
a los cultos orientales que no se habían introducido
oficialmente y que la opinión pública, por tanto, censuraba.
Algunas
de las nociones clave del universo religioso romano contienen
significados y sentidos amplios, en ocasiones contradictorios. Un
ejemplo notable a este respecto es la palabra sacer,
perteneciente a
los dioses. La actuación
de las deidades provoca a la vez temor y veneración, de ahí que
sacer también designase a aquella persona u objeto que, al
ser tocada por la divinidad, resultaba contaminada o a la persona o
cosa que, al adquirir una mancha, podía, a su vez, ensuciar a quien
la tocase. Tal duplicidad implicará que sacer tenga, a la
par, una acepción positiva como sacro, inviolable, escogido o
consagrado a la deidad, y otra negativa, al entenderse como
maldecido, sucio, execrable o poseído por la divinidad.
El
laurus
o laurel es sagrado (sacer)
porque es un árbol consagrado a Apolo, en tanto que el rayo que cae
sobre una persona, que se considera fulminado por Júpiter en virtud
de que es su atributo, es sacer
también pero en un sentido negativo, porque esa persona no podía
ser tocada ni siquiera inhumada, siendo actos que se consideraban
impíos.
La
polisemia del vocablo fides
es asimismo sorprendente. Fides
era considerada una
de las principales virtudes del romano. En su origen, y en un sentido
religioso, implicaba la capacidad de creer y de permitir ser
persuadido, si bien en un entorno jurídico, se entendía como el
compromiso adquirido a través de la palabra ofrecida, y ello suponía
credibilidad, lealtad y confianza, poseer buena fe y ser garante.
Fides se empleaba como fórmula de juramento, aunque todavía
hoy en día la palabra fe supone la confianza que alguien merece.
Fidelis, en este sentido,
designaba a la persona en quien se confiaba, y únicamente con
el cristianismo adquirió el sentido de aquel que es un creyente que
pertenece a una comunidad de fieles.
La
pietas, por
su parte, conlleva
el sentimiento por el cual se reconocen y se deben cumplir los
deberes que el ser humano tiene hacia lo que estima y respeta, como
pueden ser los padres, la patria y también los dioses. Ser pius
significaba originalmente
ser virtuoso, respetuoso e
integro, y, en consecuencia, comportarse con rectitud. Asociado
al ambiente religioso, el significado de pietas adquiere una
acepción por la cual designa la actitud moral de devoción que se ha
de tener hacia las cosas sacras.
Pietas
es una virtud devocional, que implica cumplir los deberes hacia las
divinidades pero también hacia la patria, en tanto que Concordia es
pacto, convenio y conformidad, sobre todo después de un conflicto.
Es la armonía entre el pueblo romano, y entre Roma y otras naciones.
En algunas monedas romanas, como un denario fechado hacia 48 a.e.c.,
de Décimo Iunius Brutus Albinus (85-43 a.e.c.), en el que aparece
Pietas en el anverso, puede existir una asociación de este término
con los símbolos de Felicitas (en tanto que prosperidad social) y la
mencionada Concordia, lo cual es un reflejo de la propaganda
cesariana de moderación y reconciliación durante la Guerra Civil de
la segunda mitad del siglo I antes de la Era.
Hay
que pensar que la tendencia de los romanos a concretar el universo
abstracto, provocó que habitualmente éstos confirieran una
forma humana a las virtudes y a los valores religiosos. El propio
Cicerón entiende un ejercicio necesario divinizar
las virtudes, si
bien se opone a
personificar los vicios en
imágenes.
Así, en su obra De
las Leyes
(2, 29) advierte
del craso error que fue erigir un altar dedicado a la Fiebre en el
Palatino y otro dedicado a la Mala Fortuna ubicado en
el Esquilino.
La
noción de numen es de vital relevancia en la esfera religiosa
de los romanos. Se trata de una fuerza de origen sobrenatural que
preside algún tipo de actividad o una realidad específica de la
vida. En sus orígenes era una presencia que se invoca y que no tiene
forma definida, aunque su potencia y eficacia eran decisivas. Los
numina son un reflejo de la mentalidad religiosa de
civilizaciones ágrafas, que sienten que en todo y en cualquier sitio
se encuentra la impronta de lo divino y de lo misterioso. Esta
peculiar mentalidad implica la carencia de una linea bien establecida
que separe mundo natural de mundo sobrenatural. De esta manera, para
los romanos, los numina son manifestaciones de la presencia
sobrenatural en el marco de la vida cotidiana, y que se pueden
invocar con la finalidad de satisfacer las necesidades propias de la
existencia humana.
La
presencia de los numina se deja sentir, por lo tanto, en
cualquier esfera de la vida privada y pública. Un buen número de
prácticas religiosas romanas tuvieron un origen agrícola. Así, los
campesinos romanos invocaban al numen correspondiente cuando
llevaban a cabo las labores rutinarias del campo. Por ejemplo,
Veruactor ayudaba a barbechar, mientras que Redarator era
invocado cuando se labraba el campo por segunda vez, en tanto que una
vez labrada la tierra y era el momento de sembrar, se concebía
necesaria la intercesión de Sator. Será gracias, en
especial, a la influencia del antropomorfismo de las deidades
griegas, como muchos numina se personificaron, convirtiéndose,
en ciertos casos, en algunos dioses o diosas relevantes del panteón
romano.
Los
numina relacionados con los elementos primordiales de la
naturaleza fueron evolucionando con el tiempo, en un proceso de
antropomorfización. Así, Saturno era, en origen, uno de los numina
invocados en la época de la siembra, pues Saturnus
deriva del verbo sero, sembrar. Además, el dios Iuppiter,
con anterioridad a ser el
padre de los dioses, era un numen asociado
con la luz y la bóveda celestial; o bien Terminus,
una entidad de menor
categoría, fue en tiempos arcaicos, un hito sacro que
fijaba los limites, considerados inviolables, de un territorio.
La
cantidad de numina presentes en el mundo romano es elevada
porque la divinidad para los romanos se manifestaba en todos los
lugares y cada actividad de la vida privada o publica se efectuaba
teniendo presente la protección y la vigilancia de una fuerza
concreta. Este hecho relevante, unido a una escrupulosidad casi
supersticiosa, hizo imprescindible sistematizar las denominaciones de
los numina, así
como todas sus
atribuciones. Este es el motivo que se encuentra detrás de los
indigitamenta, un
vocablo que alude
a las listas elaboradas por los pontifices, en las que
figuraban los nombres de todos los numina, de todas
las fuerzas divinas seguidas de sus respectivas funciones. Además,
en esas listas se anotaban, asimismo, las invocaciones necesarias
para que las demandas fueran escuchadas por las entidades.
El
número de las fuerzas divinas o numina, fue
aumentando progresivamente por necesidad. No hubo reparo, en
consecuencia, a la introducción de dioses extranjeros que pudieran
cubrir nuevas necesidades, a las que las divinidades tradicionales no
podían responder. En este sentido, hubo en el marco de la religión
romana un triple proceso, de asimilación, sincretismo y la célebre
interpretatio.
La
asimilación es el proceso a través del que algunas características
de divinidades foráneas se atribuyen a deidades ya existentes en el
mundo romano. Con ellas, las romanas aumentan su esfera de
competencias. Un ejemplo sería la asimilación de Venus con la
deidad etrusca Apru y la griega Afrodita. El sincretismo, por su
parte, implica un paso más en el proceso de asimilación, aunque la
adopción de nuevas características y atribuciones modifica a la
divinidad autóctona hasta convertirla en una nueva entidad ya
híbrida con su genuina iconografía. Este fenómeno es lo que
ocurrió, sin ir más lejos, con los cultos a divinidades orientales
que se fusionaron con deidades romanas en época imperial.
Interpretatio,
que supone una traducción, designa, en la esfera religiosa, un
proceso por el que se otorga a una específica divinidad foránea el
nombre de una romana con la que comparte características, ámbitos
de actuación, funciones y atribuciones. En este aspecto, Tácito
menciona a Mercurio, cuando se refiere a Woutan-Odin o a Hércules,
al señalar al dios germánico Donar-Thor. La interpretatio es
una suerte de koine entre pueblos diversos, que
intenta ser un factor de cohesión socio-religiosa, cultural y
política.
Otra
de las expresiones de mayor relevancia en el ámbito religioso romano
es el de pax deorum, una
expresión que asume la noción de la necesaria concordia con
los dioses, el equilibrio entre las fuerzas divinas y humanas, así
como el respeto y la actitud correcta hacia la divinidad por medio
del cumplimiento pormenorizado y sistemático de las prácticas
religiosas. Con el estricto seguimiento del deber religioso se
obtenía como correspondencia una cuidadosa actitud de parte de la
divinidad. La deidad, satisfecha con la piedad humana sentía la
obligación de velar por el bienestar tanto material como espiritual
de la comunidad.
La
visión providencialista de las relaciones entre el ámbito de lo
natural y la esfera sobrenatural fue habitual en la noción del
desarrollo histórico romano. La suerte del imperio se consideró
siempre estrechamente asociada a una favorable y benevolente actitud
de las divinidades. De hecho, esta humilde relación que los romanos
entendían que habían acordado con las deidades a las que se
sometían, era la garantía de permanencia en el tiempo de la urbe y
del imperio. Estaríamos así ante el origen del mito de la Roma
aeterna.
La
ruptura de la paz con los dioses, motivada por el abandono de los
deberes religiosos, podía provocar desgracias individuales y
grupales, sociales. Si se desatendían los deberes religiosos, las
desgracias fracturaban el desarrollo normal de la vida cotidiana,
tanto privada como pública.
Las
conductas negligentes que conducen al quebrantamiento de la pax
deorum provocan un miasma,
palabra griega que implica
suciedad, mancha.
Refiere la infección
que provocan los cadáveres de animales muertos o la materia orgánica
en descomposición. Se trata de un efluvio nocivo que conlleva
enfermedades, algunas epidémicas. El término fue adoptado en el
ámbito religioso romano para describir un estado de impureza debido
al desprecio del culto de los dioses por los humanos.
El
vocablo sacrificium
literalmente significa la realización de algo sacro. Se concreta
en una tipología de ofrenda que supone el deceso de un ser vivo,
sobre todo, bueyes, ovejas, cerdos, caballos y vacas. Para los
romanos, el sacrificio era el acto ritual que más satisfacía a las
deidades, en tanto que la sangre de las víctimas renovaba la energía
divina y hacía al dios más grande. Una de las fórmulas que se
utilizaba en el sacrificio era la expresión macte, seas
engrandecido. El término se vincula con el lexema mttk-, grande,
y con el verbo mactare, inmolar o sacrificar,
de donde, pudiera derivar el verbo matar.
En
el sacrificio, que
se realizaba capite
velato, el sacerdote alzaba hacia el cielo una
bandeja de madera con mola salsa, una suerte de harina
mezclada con sal que, dice la tradición, elaboraban las vestales.
Esta mola salsa se vertía
sobre el animal. Es así como
inmolare originalmente
significaba, salpicar con mola salsa, si bien ulteriormente
designó la acción completa de matar a la víctima.
El
sacrificio era un acto religioso al que no cualquiera
podía
asistir. En
este sentido, las mujeres,
los
esclavos
y
los extranjeros,
por
ejemplo,
estaban excluidos muchos
de ellos. Hacía falta una vestimenta apropiada, una limpieza del
cuerpo y una
pureza anímica
de
parte de los asistentes. En
un
banquete de
carácter sacro,
la epulatio,
los asistentes comían
la carne de las víctimas
sacrificadas.
Los
banquetes conocidos como
Iectisternia
y
sellisternia,
suponían
la
participación
de las divinidades.
Los
primeros eran ceremonias
públicas
que
consistían
en la celebración
de un banquete en el que participaba el pueblo romano y al cual eran
invitados diversos
dioses,
que asistían
representados por sus estatuas. Los
segundos, por su parte, son banquetes
con presencia divina, aunque
las deidades acudían
sentados en sellae,
o
sillas.
La
entidad divina era
llamado a participar en el banquete, representado por una estatua o
también
simbolizado por uno de sus atributos. Tales
actos
rituales conformaban
una de las primordiales
manifestaciones de
la pax
deorum en
la medida en que favorecían
la concordia y el entendimiento entre humanos
y deidades. No
obstante, ya a fines de la República, estos banquetes se hicieron
excepcionales.
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