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4 de agosto de 2026

Xiwangmu (西王母). De híbrido agreste de la muerte a divina reina de la longevidad





La figura de la denominada Reina Madre de Occidente, corresponde a una personalidad de gran riqueza conceptual que ha evolucionado desde los tiempos de la Edad del Bronce hasta prácticamente la actualidad. Asociada al daoísmo (dàojiào, 道教), su funcionalidad y su representación perviven en la cultura popular y contemporánea más actual.

La Reina Madre del Oeste (Xiwangmu, 西王母), abreviada como Reina Madre (Wangmu 王母), también conocida como Madre Dorada (Jinmu, 金母) o Señora Primordial Madre Dorada (Jinmu Yuanjun, 金母元君), y en un contexto vernáculo como Tía Reina Madre (Wangmu Niangniang, 王母娘娘), era, en origen, una mítica deidad femenina que ulteriormente pasó a formar parte del panteón daoísta, ocupando una posición destacada entre los inmortales.

Fue conocida como Seiōbo en Japón, Seowangmo en Corea y como Tây Vương Mẫu en Vietnam. Posee numerosos títulos, como el mencionado Yaochi Jinmu (瑤池金母), y la Madre Dorada del Estanque de Jade (瑤池), en tanto que en las religiones soteriológicas chinas, se cree que es el mismo ser que su deidad principal, Wusheng Laomu (無生老母; anciana madre sin nacimiento), también conocida como Wujimu (無極母, madre sin fin).

La primera información histórica sobre esta divinidad se remonta a las inscripciones en huesos oraculares de la dinastía Shāng (), que registran sacrificios a una Madre Occidental. La creciente popularidad de la Reina Madre del Oeste, así como la creencia de que ella era la dispensadora de la prosperidad, la longevidad y la felicidad eterna, tuvo lugar durante la dinastía Han (Hàn Cháo, 漢朝), sobre todo en el siglo II a.e.c., cuando el noroeste de China se hizo más accesible debido a la configuración de la célebre Ruta de la Seda.

El nombre Reina Madre del Oeste aparece por primera vez en la obra geográfica Shanhaijing (Clásico de los Montes y los Mares, 山海經), que fue escrita durante el periodo de los Reinos Combatientes (Zhànguó Shídài, 戰國時代, entre 475 y 221 a.e.c.) y principios de la dinastía Han (, 206 a.e.c.-220). La sección sobre las Montañas Occidentales (Xishan jing, 西山經) dice que vivía en el monte Jade (Yushan, 玉山), tenía cuerpo humano, con cola de leopardo y colmillos de tigre. Con la ayuda de una hierba de la inmortalidad, presidía las hecatombes celestiales (tian zhi li, 天之厲) y las cinco fuerzas destructivas (wu can, 五殘). Portaba una corona de la victoria (dai sheng, 戴勝) sobre su enmarañado cabello. En otra sección, la dedicada al Gran Desierto Occidental (Dahuang xi jing, 大荒西經), se decía que vivía en el monte Kunlun (崑崙), entre el río Rojo (赤水) y el río Negro (黑水). Por su parte, la sección sobre la Región Norte dentro de los Mares (Hainei bei jing, 海內北經) explica además que la Reina Madre se recostaba en su asiento elevado, llevaba un tocado de la victoria y sostenía un bastón. Había tres pájaros verdes (san qing niao, 三青鳥) que le recogían comida. En consecuencia, se podría deducir que parece que originalmente era un personaje rudo, peligroso y de mal agüero.

Así pues, en principio, según las primeras representaciones conocidas de ella en el Clásico de las Montañas y los Mares durante la dinastía Zhōu () era una feroz diosa de la muerte con dientes de tigre, que gobernaba sobre las bestias salvajes y enviaba castigos celestiales tales como pestilencias. Se la mencionaba, asimismo, como una autoridad que gobernaba sobre otras divinidades, como Jiutian Xuannü (九天玄女), una diosa de la guerra y el sexo. Otras historias sostienen que es una diosa de la montaña o una tigresa divina. Tras su integración en el panteón daoísta, gradualmente se asoció con otros aspectos, como la inmortalidad, además de ser la diosa de las estrellas, las direcciones, los beneficios y astros como el sol y la luna. El culto a la Reina Madre se organiza todavía hoy en día en Taiwán como Yaochidao (瑤池道, Camino del Lago Madreperla).

Muchos de sus más arcaicos rasgos son los de un tigre, en particular sus dientes y garras. A menudo se la describe con cola de leopardo y dientes de tigre, mientras el resto de su cuerpo tiene una forma bastante humana. Los dientes y la cola de la Reina Madre representan su asociación con la muerte. Varios animales diferentes la acompañan. Se dice que los pájaros le traen comida y siempre están representados cerca de ella. Del mismo modo, se la asocia frecuentemente con la tortuga, símbolo de larga vida, y se la identifica con prácticas chamánicas. Xiwangmu tenía el don de silbar, un atributo que, de hecho, pone de relieve su práctica chamánica. En la época de la dinastía Tang (唐朝, 618-907), ya estos atributos fueron ignorados, hasta el punto que Xiwangmu era ahora una mujer humana hermosa y elegante.

El Huainanzi (淮南子) la describe como una inmortal auspiciosa que había ganado la vida eterna con la ayuda de una hierba. En la crónica Jizhongshu (汲冢書, reconocible como los Anales de bambú), así como en el libro Mu Tianzi zhuan (穆天子傳) sobre el viaje del rey Mu (Zhōu Mù Wáng, 周穆王) al oeste, la Reina Madre del Oeste acudió a la corte de los reyes de los estados centrales y fue agasajada antes de regresar al monte Kunlun. El rey Mu, a su vez, la visitó durante su viaje. En esa ocasión, concedió la inmortalidad al rey. La característica de la inmortalidad, que posee la propia Reina Madre, también se menciona en Zhuangzi (莊子, en su capítulo Dazongshi, 大宗師).

Entre el siglo I a.e.c. y los comienzos de nuestra Era, la Reina Madre era considerada inmortal, como acontece en la rapsodia Daren fu (大人賦) de Sima Xiangru (司馬相如, 179-117 a.e.c.), donde se la describe como una persona de cabello blanquecino, o en la obra de Yang Xiong (揚雄, 53 a.e.c.-18 ), donde se la percibe como una especie de deidad de la inmortalidad. El Bowuzhi (博物志, de Jin Occidental, 西晉, entre 265 y 316), escrita por Zhang Hua (張華, siglo III), incluye una historia que tuvo lugar durante el reinado del emperador Wu (漢武帝, con reinado entre 141 y 87 a.e.c.) de la dinastía Han. El emperador estaba en busca de la inmortalidad cuando la Reina Madre envió una embajada para obsequiarle con ciervos blancos. El soberano ofreció un banquete y, en la noche del séptimo día del séptimo mes, la propia Reina Madre se presentó, acompañada de tres pájaros azules que la atendían. Sacó siete melocotones y le ofreció cinco al emperador. Él los comió y depositó las semillas ante sus rodillas, pues deseaba sembrarlas. Pero la Reina Madre le explicó que un melocotón tardaba tres mil años en crecer. Esta historia fue posteriormente adaptada en la colección Han Wudi neizhuan (漢武帝内傳) y ampliada con la descripción de cómo la Reina Madre enseñó al emperador Wu el camino para convertirse en inmortal.

El registro Shangqing yuanshi bianhua baozhen shangjing jiuling taimiao guishan xuanlu (上清元始變化寶真上經九靈太妙龜山玄籙) señala que su residencia era el Estanque de Jade (Yaochi, 瑶池) en la Colina de la Tortuga Occidental (Xigui zhi yue, 西龜之岳), en tanto que sus funciones consistían en llevar los registros de los inmortales que allí se encontraban y difundir la pureza de jade (yuqing, 玉清). Tres veces al mes ascendía al Cielo de la Pureza de Jade, celebraba banquetes en el monte Kunlun e instruía a los inmortales. Vestía una ornamentada túnica cortesana como símbolo de su función oficial en los cielos daoístas. Poseía una carroza púrpura tirada por fénix, y la atendían y custodiaban unas setecientas doncellas de jade (yunü, 玉女).

Esta notable figura mítica ha sido muy representada a lo largo de la historia, y no solamente en China, en relieves y pinturas al fresco de templos o de tumbas, y sobre porcelanas, sino también en pinturas japonesas o retratos vietnamitas. Así, ocurre en algunos relieves pétreos o de terracota del periodo Han, que la muestran sentada en su trono, rodeada de pájaros y flanqueada por personas híbridas, con colas parecidas a serpientes (muy probablemente los reconocibles en la mitología como Fu Xi, 伏羲 y Nü Wa, 女媧). En algunas representaciones se la ve al lado de un zorro de nueve colas (jiuwei hu, 九尾狐) y un dragón, además de un cuervo de tres patas (sanzu wu, 三足烏), que es el ave que transporta al sol) y un tigre. Incluso aparecen batracios, específicamente un sapo en movimiento (animal asociado a la luna en la historia de Chang E, 嫦娥). En los repertorios iconográficos posteriores se puede apreciar, por ejemplo en las pinturas murales, a la Reina Madre del Oeste como la deidad daoísta Madre Dorada entre multitud de divinidades e inmortales. Esta Madre Dorada lleva corona y su cabeza está rodeada por un halo (xiangguang, 項光).

Desde esta perspectiva se puede señalar un relieve en piedra del periodo Han, que muestra a la Reina Madre sentada en su trono. Sobre su cabeza, un pájaro y de sus hombros emergen nubes. Está flanqueada por dos personas, cuyas colas, parecidas a serpientes, están retorcidas y terminan en dos pájaros, situados en los dos bordes inferiores de la imagen. Aparece escrito el nombre de la Reina Madre (a la derecha de su figura), en tanto que las otras dos deben de ser Fu Xi (伏羲) y Nü Wa (女媧). La pieza fue desenterrada en Liangcheng (兩城鎮), en Weishan (微山), Shandong, y se conserva hoy en el Museo de Weishan. Asimismo, destaca un relieve en ladrillo del periodo Han, con la Reina Madre sentada en su trono. A su derecha, un zorro de nueve colas (jiuwei hu, 九尾狐) y un dragón que se miran fijamente, y a su izquierda, un cuervo de tres patas (sanzu wu, 三足烏) y un tigre que también se observan. Justo delante de la Reina Madre, un sapo bailando (recuérdese la historia de Chang E 嫦娥), mientras que espectadores masculinos y femeninos (tal vez inmortales) están sentados a la derecha y a la izquierda de la escena. El relieve fue hallado en Xinlong (新龍鄉), en Xinjin (新津), Sichuan, y está conservado en el Museo Provincial de Sichuan.

Otras dos imágenes resultan destacables. Se trata de una vasija de sección cuadrangular ornada con personajes, entre los que destaca Xiwangmu, de la época de la dinastía Qing, del período Kangxi (1662-1722), hoy exhibida en el Museo Guimet de París; y una pintura mural del periodo Yuan en el Templo Yongle (永樂宮) en Ruicheng (芮城), Shanxi, donde se aprecia a la Reina Madre del Oeste como la deidad daoísta Madre Dorada entre multitud de dioses e inmortales. Se trata de una pintura de la pared interior oeste de la Sala de las Tres Purezas (Sanqinggong, 三清殿). La Madre Dorada lleva una corona y su cabeza está rodeada por un halo (xiangguang, 項光).

Al margen del daoísmo, tanto religioso como filosófico, la Reina Madre desempeñó un importante rol en la religión popular china. En tal sentido, se mencionan santuarios y templos dedicados a la deidad, en donde se le imploraba que trajera lluvia fertilizante o buenas cosechas. La historia de los banquetes, en específico el banquete del melocotón, sería adaptado a la literatura, apareciendo en novelas y en obras de teatro como Pantaohui (蟠桃會). Además, la historia también se refiere, por ejemplo, en la célebre novela romántica Xiyouji (西遊記) o Viaje al Oeste.

En la cultura contemporánea, Xiwangmu aparece en diversos ámbitos. Así, por ejemplo, es un personaje de Kitty's Big Trouble, de Carrie Vaughn, y aparece en varios de los juegos de Shin Megami Tensei. Además, Xiwangmu es el nombre de una ciudad del planeta T'ien Shan fundamentada en las religiones orientales que aparecen en el libro The Rise of Endymion, de Dan Simmons, parte de la serie Hyperion Cantos. El planeta es montañoso y, por lo tanto, es muy probable que reciba su nombre de los montes Tiān Shān (天山). Asimismo, la diosa aparece como uno de los héroes de Emperor: Rise of the Middle Kingdom. En el juego, impulsa la construcción de monumentos y tiene la habilidad de capturar animales en el mapa. En la serie dramática hongkonesa del año 2004, My Date with a Vampire III, Yaochi Shengmu es uno de los antagonistas del clan Pangu, mientras que en el juego Journey Renewed: Fate Fantasy, el evento llamado The Ancient Kunlun presenta a la Reina Madre del Oeste como un nuevo personaje estelar SSR (o personaje súper extraño).

Bibliografía esencial

Birrell, A., Chinese Mythology: An Introduction. Johns Hopkins University Press, Londres, 1993.

Cahill, S.E., "Performers and Female Taoist Adepts: Hsi Wang Mu as the Patron Deity of Women in Medieval China", Journal of the American Oriental Society, 106, 1986, pp. 155-168.

Cahill, S.E., Transcendence & divine passion: the Queen Mother of the West in medieval China, Stanford University Press, Stanford, CA, 1993.

Irwin, L., "Divinity and Salvation: The Great Goddesses of China", Asian Folklore Studies, 49, 1990, pp. 53-68.

Knauer, E. R., "The Queen Mother of the West: A Study of the Influence of Western Prototypes on the Iconography of the Taoist Deity", en Mair, V.H. (ed.), Contact and Exchange in the Ancient World, University of Hawaiʻi Press, Honolulu, 2006, pp. 62-115.

Mori, Masako, "Quest for the Archetypal Image of Xi Wang Mu: A Mythological Study of the Mother Goddess in Ancient China", Orient, 26, 1990, pp. 1-26.

Paper, J., "The Persistence of Female Deities in Patriarchal China", Journal of Feminist Studies in Religion, 6, 1990, pp. 25-40.

Qing Xitai (ed.), Zhongguo daojiao, 中國道教, Zhishi chubanshe, Shanghai, 1994. Yaoting, Chen, "The Queen Mother of the West", Taoist Culture and Information Centre, 2001 (www.eng.taoism.org.hk/daoist-beliefs/immortals&immortalism/pg2-4-9.htm ).

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AVECH-AHEC-AEEAO-ICA, agosto, 2026.

26 de junio de 2026

Pintura funeraria: tumba de Stallia

En la tumba de Stallia, en Capua, en la Campania italiana, se puede apreciar esta singular pintura funeraria que preserva una escena que parece suspendida entre el mundo de los vivos y el reino de los muertos. Hades en persona ofrece la bienvenida al difunto, en un encuentro que llega a convertirse en una representación del destino, de un pasaje a otra esfera y de un umbral.

Fechada entre los siglos II y I a.e.c., este enterramiento anuncia uno de los temas más profundos de la imaginación antigua, el viaje al más allá a través del sepulcro. La figura divina, ubicada cerca de un carro, se muestra como el gobernador del Hades, del mundo subterráneo, pero también como una presencia receptora, que reconoce e introduce al occiso en una nueva dimensión. En frente de él, un hombre se acerca con un simple y solemne gesto, casi como un agradecimiento o tal vez a modo de ofrenda, estableciéndose un instante de contacto entre lo divino y lo humano.

Esta pintura, intensa y esencial, habla del concepto de la muerte no como un fin mudo y definitivo, sino como un tránsito regulado por imágenes, figuras de protección y rituales. Líneas, colores y gestos se convierten en recuerdos; lo que permanece no es el nombre del fallecido, sino la representación de su entrada en otro universo.

Debe recordarse que Capua fue uno de los centros prerromanos y romanos más relevantes de Italia, un lugar que ejerció de crisol de las culturas latina, griega, etrusca y osca. La producción funeraria que aquí se halla, testifica un rico mundo de intercambios, creencias y complejos lenguajes figurativos, en los que las pinturas funerarias en las tumbas cumplían la tarea de acompañar al difunto y hacer visible la relación entre la vida, el recuerdo, la memoria y la otra vida. En esas imágenes el mito es mucho más que un mero embellecimiento decorativo, convirtiéndose en el relato del destino humano, en una herramienta ritual y en un puente entre la comunidad de los vivos y el invisible reino de los muertos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AEEAO-AVECH-ICA-AHEC, junio, 2026. 

25 de mayo de 2026

El imaginario religioso romano y sus nociones primordiales


Imágenes: arriba, altar de mármol dedicado a los dioses Marte y Venus, datado hacia 124. Posteriormente, se utilizó como pedestal para una estatua del dios Silvano. Los relieves narran la fundación de Roma con las figuras de Rómulo y Remo; abajo, escena de sacrificio al dios Marte. Se trata de la suovetaurilia, en la que se sacrificaba un cerdo (sus), una oveja (ovis) y un toro (taurus). Hacia 50 a.e.c. Museo del Louvre, París.

La religión romana porta un sentido práctico y utilitario, de ahí su permeabilidad al recibimiento y adopción de prácticas y cultos foráneos (a través del rito de la evocatio), aunque siempre garantizando la inalterabilidad de la cohesión socio-política. Los romanos se servían de la religión como medio de satisfacer sus necesidades. Con la esperanza de obtener, como recompensa, algo a cambio, se cumplían las obligaciones religiosas, dedicadas a una serie de deidades que requerían atención y devoción de parte de los fieles. La religión y el poder político van en Roma de la mano: los sacerdocios no son más que escalas en la carrera de un magistrado, en tanto que los gobernantes se implicaban en los asuntos religiosos de manera formal.

La mentalidad religiosa romana parte del entendimiento de diversos conceptos. Marco Tulio Cicerón relacionaba la palabra religio con el verbo relegere o religere, cuyo significado es recoger y acopiar y, por extensión, reanudar lo referido al culto divino. Esta interpretación hace de religio un vocablo propio del ámbito jurídico que persevera en el carácter lícito y justo de la relación existente entre el ser humano y la divinidad. Por su parte, Lactancio (entre 241 y 320), Mauro Servio Honorato, de los siglos IV y V, y san Agustin de Hipona (354-430), derivaban el concepto de religare, cuyo significado es vincular, relacionar o asociar, insistiendo, de lo que se colige la relevancia de los vínculos que unen al humano con las deidades. Otras interpretaciones, hoy superadas por la crítica, relacionaban el vocablo con el verbo relinquere, abandonar, apartar y dejar de lado, en función de la idea de que las cosas sagradas estaban alejadas del ámbito de la actuación humana.

En la antigua Roma, religio implicaba el sentimiento que provoca la existencia de un orden sobrenatural, ante el cual, por temor y reverencia, los romanos trataban de actuar de forma escrupulosa llevando a cabo las obligaciones imprescindibles que les permitieran congraciarse con la divinidad. El término religio acoge un buen número de elementos semánticos, con nociones que van desde la reverencia venerable y el vínculo con las deidades, hasta el temor respetuoso y el deber de obligación en cumplir los deberes necesarios. Además, supone culto, escrúpulo y creencia.

Relacionado con religio, y con el lexema -leg, están lo términos diligentia y su contrario neglegentia, que significan, tener especial cuidado en las obligaciones contraídas con los dioses y, al contrario, descuido, dejadez y hasta desprecio hacia esas deidades. El homo religiosus, temeroso de lo divino, debe cumplir las prácticas que la sociedad entiende claves en la relación con lo numinoso.

La manifestación externa esencial de la religio era el cultus. Una palabra que deriva del verbo colo, velar por alguien, cultivar, y que agrupaba el conjunto de prácticas y obligaciones religiosas necesarias. El culto a las divinidades ha de llevarse a cabo mediante las prácticas adivinatorias, las plegarias, promesas, la acción de gracias, las ofrendas o los sacrificios.

Los romanos diferenciaban entre religio y superstitio. Superstición no implicaba solamente un temor a lo desconocido o un exceso de reverencia, sino una actividad sin reglamentación, una creencia sin motivo, una practica infundamentada. Incluso suponía una suerte de adhesión a las innovaciones foráneas. La religio se consideraba auténtica y verdadera, mientras que la superstitio se estimaba como vana, sin sentido y vacía (inanis), morbosa o enfermiza y también insensata. Solía vincularse a la mentalidad propia del vulgus, así como a la impiedad de carácter religioso.

Cicerón distinguía superstitio de religio, entendiendo que la primera es una suerte de temor infundado hacia los dioses, en tanto que la segunda, corresponde a un piadoso culto a las deidades. Isidoro de Sevilla (siglos VI-VII), en su obra Etimologias (1, 8) advertía que la superstitio es una superflua observancia del culto, allende lo establecido por los antepasados. Existe una implícita idea, por tanto, de rechazo hacia una práctica sin fundamento, inocua y, en todo punto opuesta a la tradición romana. En consecuencia, desde la perspectiva romana, supertitio era un término para referirse a las religiones que se alejaban de la mentalidad religiosa tradicional. Este concepto fue vinculado a los cultos orientales que no se habían introducido oficialmente y que la opinión pública, por tanto, censuraba.

Algunas de las nociones clave del universo religioso romano contienen significados y sentidos amplios, en ocasiones contradictorios. Un ejemplo notable a este respecto es la palabra sacer, perteneciente a los dioses. La actuación de las deidades provoca a la vez temor y veneración, de ahí que sacer también designase a aquella persona u objeto que, al ser tocada por la divinidad, resultaba contaminada o a la persona o cosa que, al adquirir una mancha, podía, a su vez, ensuciar a quien la tocase. Tal duplicidad implicará que sacer tenga, a la par, una acepción positiva como sacro, inviolable, escogido o consagrado a la deidad, y otra negativa, al entenderse como maldecido, sucio, execrable o poseído por la divinidad.

El laurus o laurel es sagrado (sacer) porque es un árbol consagrado a Apolo, en tanto que el rayo que cae sobre una persona, que se considera fulminado por Júpiter en virtud de que es su atributo, es sacer también pero en un sentido negativo, porque esa persona no podía ser tocada ni siquiera inhumada, siendo actos que se consideraban impíos.

La polisemia del vocablo fides es asimismo sorprendente. Fides era considerada una de las principales virtudes del romano. En su origen, y en un sentido religioso, implicaba la capacidad de creer y de permitir ser persuadido, si bien en un entorno jurídico, se entendía como el compromiso adquirido a través de la palabra ofrecida, y ello suponía credibilidad, lealtad y confianza, poseer buena fe y ser garante. Fides se empleaba como fórmula de juramento, aunque todavía hoy en día la palabra fe supone la confianza que alguien merece. Fidelis, en este sentido, designaba a la persona en quien se confiaba, y únicamente con el cristianismo adquirió el sentido de aquel que es un creyente que pertenece a una comunidad de fieles.

La pietas, por su parte, conlleva el sentimiento por el cual se reconocen y se deben cumplir los deberes que el ser humano tiene hacia lo que estima y respeta, como pueden ser los padres, la patria y también los dioses. Ser pius significaba originalmente ser virtuoso, respetuoso e integro, y, en consecuencia, comportarse con rectitud. Asociado al ambiente religioso, el significado de pietas adquiere una acepción por la cual designa la actitud moral de devoción que se ha de tener hacia las cosas sacras.

Pietas es una virtud devocional, que implica cumplir los deberes hacia las divinidades pero también hacia la patria, en tanto que Concordia es pacto, convenio y conformidad, sobre todo después de un conflicto. Es la armonía entre el pueblo romano, y entre Roma y otras naciones. En algunas monedas romanas, como un denario fechado hacia 48 a.e.c., de Décimo Iunius Brutus Albinus (85-43 a.e.c.), en el que aparece Pietas en el anverso, puede existir una asociación de este término con los símbolos de Felicitas (en tanto que prosperidad social) y la mencionada Concordia, lo cual es un reflejo de la propaganda cesariana de moderación y reconciliación durante la Guerra Civil de la segunda mitad del siglo I antes de la Era.

Hay que pensar que la tendencia de los romanos a concretar el universo abstracto, provocó que habitualmente éstos confirieran una forma humana a las virtudes y a los valores religiosos. El propio Cicerón entiende un ejercicio necesario divinizar las virtudes, si bien se opone a personificar los vicios en imágenes1. Así, en su obra De las Leyes (2, 29) advierte del craso error que fue erigir un altar dedicado a la Fiebre en el Palatino y otro dedicado a la Mala Fortuna ubicado en el Esquilino.

La noción de numen es de vital relevancia en la esfera religiosa de los romanos. Se trata de una fuerza de origen sobrenatural que preside algún tipo de actividad o una realidad específica de la vida. En sus orígenes era una presencia que se invoca y que no tiene forma definida, aunque su potencia y eficacia eran decisivas. Los numina son un reflejo de la mentalidad religiosa de civilizaciones ágrafas, que sienten que en todo y en cualquier sitio se encuentra la impronta de lo divino y de lo misterioso. Esta peculiar mentalidad implica la carencia de una linea bien establecida que separe mundo natural de mundo sobrenatural. De esta manera, para los romanos, los numina son manifestaciones de la presencia sobrenatural en el marco de la vida cotidiana, y que se pueden invocar con la finalidad de satisfacer las necesidades propias de la existencia humana.

La presencia de los numina se deja sentir, por lo tanto, en cualquier esfera de la vida privada y pública. Un buen número de prácticas religiosas romanas tuvieron un origen agrícola. Así, los campesinos romanos invocaban al numen correspondiente cuando llevaban a cabo las labores rutinarias del campo. Por ejemplo, Veruactor ayudaba a barbechar, mientras que Redarator era invocado cuando se labraba el campo por segunda vez, en tanto que una vez labrada la tierra y era el momento de sembrar, se concebía necesaria la intercesión de Sator. Será gracias, en especial, a la influencia del antropomorfismo de las deidades griegas, como muchos numina se personificaron, convirtiéndose, en ciertos casos, en algunos dioses o diosas relevantes del panteón romano.

Los numina relacionados con los elementos primordiales de la naturaleza fueron evolucionando con el tiempo, en un proceso de antropomorfización. Así, Saturno era, en origen, uno de los numina invocados en la época de la siembra, pues Saturnus deriva del verbo sero, sembrar. Además, el dios Iuppiter, con anterioridad a ser el padre de los dioses, era un numen asociado con la luz y la bóveda celestial; o bien Terminus, una entidad de menor categoría, fue en tiempos arcaicos, un hito sacro que fijaba los limites, considerados inviolables, de un territorio.

La cantidad de numina presentes en el mundo romano es elevada porque la divinidad para los romanos se manifestaba en todos los lugares y cada actividad de la vida privada o publica se efectuaba teniendo presente la protección y la vigilancia de una fuerza concreta. Este hecho relevante, unido a una escrupulosidad casi supersticiosa, hizo imprescindible sistematizar las denominaciones de los numina, así como todas sus atribuciones. Este es el motivo que se encuentra detrás de los indigitamenta, un vocablo que alude a las listas elaboradas por los pontifices, en las que figuraban los nombres de todos los numina, de todas las fuerzas divinas seguidas de sus respectivas funciones. Además, en esas listas se anotaban, asimismo, las invocaciones necesarias para que las demandas fueran escuchadas por las entidades.

El número de las fuerzas divinas o numina, fue aumentando progresivamente por necesidad. No hubo reparo, en consecuencia, a la introducción de dioses extranjeros que pudieran cubrir nuevas necesidades, a las que las divinidades tradicionales no podían responder. En este sentido, hubo en el marco de la religión romana un triple proceso, de asimilación, sincretismo y la célebre interpretatio.

La asimilación es el proceso a través del que algunas características de divinidades foráneas se atribuyen a deidades ya existentes en el mundo romano. Con ellas, las romanas aumentan su esfera de competencias. Un ejemplo sería la asimilación de Venus con la deidad etrusca Apru y la griega Afrodita. El sincretismo, por su parte, implica un paso más en el proceso de asimilación, aunque la adopción de nuevas características y atribuciones modifica a la divinidad autóctona hasta convertirla en una nueva entidad ya híbrida con su genuina iconografía. Este fenómeno es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con los cultos a divinidades orientales que se fusionaron con deidades romanas en época imperial.

Interpretatio, que supone una traducción, designa, en la esfera religiosa, un proceso por el que se otorga a una específica divinidad foránea el nombre de una romana con la que comparte características, ámbitos de actuación, funciones y atribuciones. En este aspecto, Tácito menciona a Mercurio, cuando se refiere a Woutan-Odin o a Hércules, al señalar al dios germánico Donar-Thor. La interpretatio es una suerte de koine entre pueblos diversos, que intenta ser un factor de cohesión socio-religiosa, cultural y política.

Otra de las expresiones de mayor relevancia en el ámbito religioso romano es el de pax deorum, una expresión que asume la noción de la necesaria concordia con los dioses, el equilibrio entre las fuerzas divinas y humanas, así como el respeto y la actitud correcta hacia la divinidad por medio del cumplimiento pormenorizado y sistemático de las prácticas religiosas. Con el estricto seguimiento del deber religioso se obtenía como correspondencia una cuidadosa actitud de parte de la divinidad. La deidad, satisfecha con la piedad humana sentía la obligación de velar por el bienestar tanto material como espiritual de la comunidad.

La visión providencialista de las relaciones entre el ámbito de lo natural y la esfera sobrenatural fue habitual en la noción del desarrollo histórico romano. La suerte del imperio se consideró siempre estrechamente asociada a una favorable y benevolente actitud de las divinidades. De hecho, esta humilde relación que los romanos entendían que habían acordado con las deidades a las que se sometían, era la garantía de permanencia en el tiempo de la urbe y del imperio. Estaríamos así ante el origen del mito de la Roma aeterna.

La ruptura de la paz con los dioses, motivada por el abandono de los deberes religiosos, podía provocar desgracias individuales y grupales, sociales. Si se desatendían los deberes religiosos, las desgracias fracturaban el desarrollo normal de la vida cotidiana, tanto privada como pública.

Las conductas negligentes que conducen al quebrantamiento de la pax deorum provocan un miasma, palabra griega que implica suciedad, mancha. Refiere la infección que provocan los cadáveres de animales muertos o la materia orgánica en descomposición. Se trata de un efluvio nocivo que conlleva enfermedades, algunas epidémicas. El término fue adoptado en el ámbito religioso romano para describir un estado de impureza debido al desprecio del culto de los dioses por los humanos.

El vocablo sacrificium literalmente significa la realización de algo sacro. Se concreta en una tipología de ofrenda que supone el deceso de un ser vivo, sobre todo, bueyes, ovejas, cerdos, caballos y vacas. Para los romanos, el sacrificio era el acto ritual que más satisfacía a las deidades, en tanto que la sangre de las víctimas renovaba la energía divina y hacía al dios más grande. Una de las fórmulas que se utilizaba en el sacrificio era la expresión macte, seas engrandecido. El término se vincula con el lexema mttk-, grande, y con el verbo mactare, inmolar o sacrificar, de donde, pudiera derivar el verbo matar.

En el sacrificio, que se realizaba capite velato, el sacerdote alzaba hacia el cielo una bandeja de madera con mola salsa, una suerte de harina mezclada con sal que, dice la tradición, elaboraban las vestales. Esta mola salsa se vertía sobre el animal. Es así como inmolare originalmente significaba, salpicar con mola salsa, si bien ulteriormente designó la acción completa de matar a la víctima.

El sacrificio era un acto religioso al que no cualquiera podía asistir. En este sentido, las mujeres, los esclavos y los extranjeros, por ejemplo, estaban excluidos muchos de ellos. Hacía falta una vestimenta apropiada, una limpieza del cuerpo y una pureza anímica de parte de los asistentes. En un banquete de carácter sacro, la epulatio, los asistentes comían la carne de las víctimas sacrificadas. Los banquetes conocidos como Iectisternia y sellisternia, suponían la participación de las divinidades.

Los primeros eran ceremonias públicas que consistían en la celebración de un banquete en el que participaba el pueblo romano y al cual eran invitados diversos dioses, que asistían representados por sus estatuas. Los segundos, por su parte, son banquetes con presencia divina, aunque las deidades acudían sentados en sellae, o sillas. La entidad divina era llamado a participar en el banquete, representado por una estatua o también simbolizado por uno de sus atributos. Tales actos rituales conformaban una de las primordiales manifestaciones de la pax deorum en la medida en que favorecían la concordia y el entendimiento entre humanos y deidades. No obstante, ya a fines de la República, estos banquetes se hicieron excepcionales.

Bibliografía básica

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1 Los valores o virtudes públicas más queridos de la romanidad, eran aquellos que los diferenciaban de otros pueblos dándoles una supremacía, y justificando su poder expansivo (de ahí la Providentia, como la habilidad de la sociedad romana de sobrevivir a desafíos y manifestar un gran destino). Se basaban en la mentalidad del campesino-soldado, que suponía perseverancia en el trabajo inevitable y rutinario del campo; el esfuerzo y la tenacidad; el conocimiento nacido de la experiencia, y no el especulativo; la piedad y la solicitud humilde para pedir el auxilio de los dioses; es decir, el reconocimiento de estar vinculado y subordinado a algo superior (ser pío); la honradez, la frugalidad, la previsión y la paciencia, además del valor, la independencia y la sencillez frugal (Frugalitas, templanza); y la obediencia y el sacrificio. Otras virtudes relevantes son Gravitas (seriedad de lo que uno es y hace, responsabilidad y determinación en el empeño), Severitas (severidad con uno mismo, virtudes morales que los romanos consideraban que los habían hecho grandes a ellos y a su ciudad), y Clementia (disposición a ceder en los propios derechos, suerte de gentileza). Con el crecimiento de los dominios de Roma los valores de la República empiezan a verse trastocados, producto de las relaciones de los romanos con otros pueblos. La riqueza y el poder cambian la sensibilidad romana, a lo que reacciona Cicerón o Séneca.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AVECH-AHEC-ICA-UFM, mayo, 2026.