IMÁGENES: UN FRAGMENTO DEL PAPIRO DE ANI; Y OTRO
FRAGMENTO DEL LIBRO DE LOS MUERTOS, EN DONDE SE OBSERVA A OSIRIS EN EL TRONO,
THOT ESCRIBIENDO, EL DIOS ANUBIS, MAAT Y LOS CUARENTA Y DOS JUECES.
En la antigüedad egipcia del Reino Nuevo los difuntos
iniciaban un viaje al Más Allá en el que debían sortear una serie de peligrosas
pruebas y obstáculos varios. Para superar con éxito tales pruebas requerían
fórmulas mágicas. Muchas de ellas fueron recogidas en papiros confeccionados en
los talleres templarios, un conjunto de textos que reciben el nombre común de
Libro de los Muertos, si bien los propios egipcios lo denominaban Libro del Renacimiento
o también de la Salida a la Luz del Día.
Como la muerte se consideraba un trance inevitable que
daba acceso a otra vida en la que se podía disfrutar de los campos de Osiris,
un paraíso que constaba con dos regiones, el Campo de los Juncos y el Campo de
las Ofrendas, los papiros del Libro de los Muertos se conformaron como una guía
que el difunto debía tener presente para afrontar su “viaje” al Más Allá. Se
relatan las pruebas a las que hay que hacer frente (en las que el muerto era
acompañado y protegido por Anubis) y las distintas transformaciones que el alma
sufre en el camino. El difunto transita por diversas estancias y recintos
protegidos por guardias que debe superar. Es preguntado por el nombre de cada cancerbero, que debe conocer al completo.
El Libro tuvo una dilatada tradición literaria
funeraria en Egipto. Los textos, inscritos en sudarios y en sarcófagos, toman
forma a partir de 1630 a.e.c. Posteriormente, se añaden capítulos, como el del
pesaje del corazón en la balanza de maat
(principios del siglo XV a.e.c.), y a partir de 1300 a.e.c. las viñetas
pintadas adquieren mayor relevancia que el texto escrito. Las versiones en
hierático empiezan a confeccionarse desde 1060 y hasta mediado el siglo VII
a.e.c., y solamente desde esta última fecha se hace muy popular la denominada
Recensión saíta. Desde el siglo I a.e.c. el Libro de los Muertos no se usa más.
Los primeros escritos eran exclusivos de los soberanos (los Textos de las
Pirámides, sobre todo en las Dinastías V y VI, como en la Pirámide de Unas o en
las de las esposas de Pepi I, en Saqqara). En el Reino Medio los textos se
difundieron entre el común de la población. Ahora, los antiguos Textos de las
Pirámides son modificados y simplificados para pasar a ser inscritos en el
interior de sarcófagos de madera (Textos de los Sarcófagos). Estos últimos, en
la Dinastía XVIII se amplían y se adaptan para formar lo que hoy se conoce como
Libro de los Muertos. En el Reino Nuevo los textos se reunían en rollos de
papiro y se ubicaban en la cámara funeraria del difunto[1].
Los rollos podían ser adquiridos en vida, y por ello propiciaron un lucrativo
negocio en los propios templos.
Según se relata en el Libro de los Muertos el difunto
inicia su proceloso viaje con la ceremonia de la Apertura de la Boca
(devolución de los sentidos al ka o
fuerza vital). A bordo de la barca de Re, el difunto (convertido en cocodrilo y
serpiente) se enfrenta en su travesía a seres monstruosos, en especial la
sierpe Apep (Apofis), que trata de impedir el avance de la barca y,
simbólicamente, el nuevo amanecer (Khepri), destruyendo a maat, el orden, y provocando el caos. Vencida la serpiente, con
ayuda del gato, un símbolo solar, la meta es el reino de Osiris. Para entrar en
este reino el difunto debe vencer en el juego del senet, que representa el juicio de Osiris. En la Sala del Juicio
(de la Doble Verdad), el muerto realizaba las llamadas Confesiones Negativas,
negando (ante 42 jueces) haber acometido cualquier acción indebida o injusta en
vida. Luego Anubis pesaba el corazón, que determinaba si el alma merecía o no
salvarse. Thot anota el resultado. Si se salvaba continuaba el viaje hacia las
mismas puertas del Más Allá, custodiadas por guardianes que solicitaban el
recitado de fórmulas mágicas[2].
En el transcurso del viaje el difunto se encuentra con un lago de fuego que
protegen babuinos y cuatro lámparas encendidas. Son los que se encargan de
permitir el paso al alma del fallecido.
Una vez que atraviese las puertas del Más Allá, el
difunto ingresa en los campos de Iaru,
un paraíso eterno de tierra fértil en el que el difunto no tenía que trabajar
(lo hacían los ushebtis). Aquí, el ka del difunto disfrutará de cebada y
otros granos. En este lugar el difunto honrará a Sokar Osiris.
El Libro de los Muertos finaliza con una serie de
invocaciones necesarias a diversos dioses, Isis, Neftis, Hathor o la diosa
hipopótamo Opet.
Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV-FEIAP.
[1] El
manuscrito del Libro de los Muertos más relevante y más conocido es el Papiro
de Ani, datado en 1240 a.e.c., en época de la XIX Dinastía y hoy en resguardo
en el British Museum de Londres. Su propietario, Ani, fue un escriba real. Tras
la fórmula expresa para hacer descender la momia del fallecido a la Duat, se entonaba un himno a Re y el
muerto comenzaba su largo y difícil camino hacia la eternidad atravesando el
inframundo en la barca solar. Comparecía ante el tribunal de Osiris y el alma
era juzgada en la escena de la psicostasia o pesaje del corazón. Una sentencia
adversa suponía que el monstruo Ammit se comía el corazón; en caso contrario,
la eternidad en los campos de Iaru
estaba asegurada.
[2] En los
portales de la casa de Osiris en el Campo de los Juncos cada uno de ellos está
custodiado por un guardián. El difunto recita ante cada uno una fórmula
correcta para poder traspasar el umbral, que incluye el nombre del pregonero,
del guardia y de la propia puerta. Si lo dice bien, pasa como un ser puro; en
caso contrario el guardia acuchilla el alma del difunto.
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