21 de septiembre de 2026

Mitos de origen de los escitas y de los germanos


Imágenes: arriba, un carcaj de oro de un guerrero, de la necrópolis ucraniana de Chertomlyk. Presenta escenas mitológicas de influencia griega. Hoy en el Museo del Hermitage; abajo, un pectoral de oro con casi cien figuras. En la parte inferior, se observan grifos atacando caballos. Fue creado por maestros griegos de Atenas o Panticapea, y se data en el siglo IV a.e.c.

Los bárbaros, desde la óptica de los antiguos griegos, se hallaban al norte, en Tracia y en Macedonia, además de las estepas septentrionales y en regiones más marginales (los hiperbóreos). En las llanuras del Ponto, es decir en los alrededores del mar Negro, los escitas, una de las culturas de los caballos, emparentados con las amazonas y los persas, eran uno de los pueblos más bárbaros, puesto que representaban todo lo que se estimaba en la Hélade, la areté, la autoctonía, el lógos o la polis. El escita es símbolo de la completa alteridad, ajena a cualquier paideia. En la literatura romántica escita implicaba carencia de refinamiento, carácter obtuso e inferioridad.

Heródoto mencionaba varias naciones escitas, como aucatas, boristenitas, calípidas, parálatas y trespis, entre otras muchas. Pronto se concibió como un lugar común. El propio historiador de Halicarnaso recoge una tríada de mitos de origen de los escitas. El primero de ellas señala que el primer poblador del país llevó por nombre Targitao, vástago de una ninfa del río Borístenes (el Dniéster), y Zeus. Sus tres hijos fueron Arpoxais, de los que descenderían trespis y catiarios; Colaxais, del que procederían los parálatas, y Lipoxais, del que proceden los aucatas. Del cielo cayeron cuatro objetos dorados, un yugo, un arado, una copa y un hacha. Al acercarse el hermano mayor y el segundo en orden, los objetos ardían. Solamente cuando se aproximó el más joven, el oro se apagó, y de ahí que se le cediese a él todo el poder. El segundo de los mitos de origen es considerado por el propio Heródoto como una invención de los griegos del Ponto Euxino. Se decía que cuando Heracles conducía las vacas de Gerión perdió algunos animales. Heracles, en su busca, llegó hasta Hilea, donde en el interior de una cueva halló una sierpe, en concreto un ser híbrido zoomorfo, mitad mujer y mitad ofidio. Con ella el héroe griego tuvo tres hijos varones, cuyos nombres fueron Agatirso, el mayor, Gelono, el segundo, y Escita, el más joven. Su madre le dijo que cuando crecieran convirtiera en natural de ese territorio al que fuese capaz de tender un arco (un motivo que puede tener su precedente en la Odisea). El que logró superar esta suerte de prueba fue Escita, de forma que fue el que se quedó con aquella tierra. Así, todos los soberanos escitas descenderían de este Escita, hijo del gran héroe panhelénico Heracles.

La imagen de la reina-sierpe, Mixoparthenos, corresponde a la mitología irania. Su efigie ha sido hallada ornamentando arneses de caballos en algunas inhumaciones escitas. Se convirtió en la divinidad protectora en las colonias griegas del Ponto, en donde las guarniciones las formaban mercenarios esteparios y los mercaderes eran griegos. Suele representarse como una mujer con una doble cola serpentiforme en lugar de piernas. Antes de las fundaciones griegas en las costas ucranianas y en Crimea, ya era venerada por las poblaciones nómadas. Con posterioridad, acabaría convirtiéndose en una deidad mayor de los sármatas del Bósforo y de la conocida ciudad de Panticapea, ubicada en las orillas del mar de Azov.

El tercero de los relatos de origen asociado a los escitas narra que los escitas, que habitaban en Asia, serían expulsados de su territorio por otro pueblo nómada, específicamente los maságetas. En consecuencia, cruzaron el río Araxes en dirección al país que ocupaban los cimerios. Los cimerios, a sabiendas de la cercanía de los escitas, se dividieron en dos bandos; uno de ellos con la pretensión de abandonar sus propios territorios sin entablar combate; el otro, partidario de oponer una decidida resistencia a este componente invasor. Los partidarios de esta postura defensiva eran los miembros de la nobleza guerrera y los reyes, en tanto que la población común prefería escapar. Ambos bandos se enzarzaron en una contienda, y los sobrevivientes se fueron del país. De esta manera, los escitas acabarían instalándose en esos territorios ahora abandonados.

En este último mito se aprecia un elemento comunal con un motivo migratorio contradictorio, mientras que en los dos anteriores, sobre todo en el de la deidad-sierpe de Hilea, con su cola serpentiforme y su talante de genio femenino, apuntan a un proceso de autoctonía. Cabe suponer, de hecho, que los escitas se considerasen a sí mismos como autóctonos.

Lo cierto es que a partir del siglo III a.e.c. los escitas comenzaron a ser desplazados de la estepa de la actual Ucrania por los sármatas, un pueblo emparentado con los partos de la meseta de Irán, aunque muy probablemente se tratase de una tribu escita con dialecto iranio dedicados a la práctica guerrera. No obstante, se suele identificar a los sármatas con los saurómatas que señalan los griegos, descendientes de las amazonas y de los escitas.

Por su parte, la alusión más clara a los mitos de origen de los germanos se halla en Tácito (Germania, 2, 5). Aquí se afirma que los germanos consideraban descender de una deidad o un héroe de nombre Tuisto, nacido de la propia tierra. Tenía un hijo, llamado Manno, que sería el que originaría al grupo étnico, pues de sus tres vástagos procederían las ramas germánicas: los herminones, los ingevones, cercanos al mar, y los istevones, que ocuparían la mayor parte del territorio.

Bibliografía esencial

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Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AHEC-AVECH-ICA-AEEAO, septiembre, 2026.

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