Mostrando entradas con la etiqueta Mediterráneo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mediterráneo. Mostrar todas las entradas

30 de julio de 2026

Historia, arqueología y mito de la colonia griega de Síbaris


Imágenes, arriba: moneda incusa sibarita, datada en torno a 550-500 a.e.c.; abajo, un aríbalo corintio con escena de hoplitas. Hallado en el santuario de Timpone della Motta, se data entre 600 y 575 a.e.c.

Esta histórica ciudad, en la actual región italiana de Calabria, que la tradición señala como destruida por una inundación a causa del estilo de vida disipada de sus habitantes, ha estado inmersa en historias de lujuria y decadencia, siendo célebres sus habitantes por su supuesta aversión al trabajo y su gusto por la molicie. Esta colonia, Sýbaris (Σύβαρις), una de las más destacadas de la Magna Grecia, fue fundada por los aqueos del norte del Peloponeso, concretamente de Acaya y la Argólida, a fines del siglo VIII a.e.c. La fecha tradicional es 720, aunque es bastante probable que fuese más tarde.

Existen algunas referencias mitológicas asociadas directamente con la ciudad. Se decía que un monstruo llamado Síbaris aterrorizaba Delfos desde una gruta del monte Cirfis. El joven Alcioneo fue el héroe elegido para sacrificarlo, aunque fue finalmente Euríbato quien se ofreció en su lugar. Euríbato sacó al monstruo de la gruta, lo estrelló contra una roca y acabó con su vida. En el lugar donde cayó moribundo surgió una fuente llamada Síbaris, siendo el sitio donde se fundaría la ciudad en su honor.

En relación con el lujo y la desmesura, hay una leyenda que cuenta que los sibaritas prohibieron los gallos (por su canto matutino), y expulsaron a herreros, carpinteros y escultores de la ciudad para no perturbar la tranquilidad y la vida de lujo. Los dioses olímpicos condenarían, finalmente, a Síbaris a su desaparición por no saber manejar su extrema riqueza y el lujo. Incluso el oráculo de Delfos, por mandato de Apolo, habría profetizado su destrucción por diversos sacrilegios cometidos.

La fuente más antigua que proporciona alguna información sobre la colonia es Heródoto, quien describe la ciudad tanto antes como después de su caída ante Crotona. Antíoco, un historiador de Siracusa, también arroja relevante información sobre el asentamiento. Si bien su obra se perdió, Tucídides recoge sus anotaciones mencionando, en su Guerra del Peloponeso, a Thurii, la comunidad que sucedió a Síbaris. Por su parte, Timeo de Tauromenio, historiador del período helenístico es, con bastante probabilidad, la fuente de muchas de las historias acerca de la lujuria sibarita, si bien su obra fue criticada por Polibio debido a su presunta ausencia de veracidad.

En el siglo I a.e.c., Diodoro Sículo, refiere la historia que cuenta Timeo, en tanto que Estrabón, en la misma época, es la única fuente que refiere el final de la colonia debido a una inundación provocada por el río Crathis. Claudio Eliano, el retórico, profesor y compilador de historias e anécdotas, a comienzos del siglo III, también menciona la caída se Síbaris, aunque sin aportar detalles de la misma. Ateneo, finalmente, es la única fuente que menciona un mítico sangriento final de la ciudad. El fin de Síbaris no es mencionado ni en Polieno ni en Frontino, ambos expertos en estratagemas militares.

Se decía que Síbaris, hacia 550 a.e.c. se había convertido en una comunidad muy rica, gracias a sus campos cultivados de cebada, olivos y vides, si bien es probable que, asimismo, comerciara con los etruscos y con localidades de la costa occidental de Anatolia, como Mileto. Esa riqueza adquiriría la etiqueta de legendaria. Vecinos cercanos a la colonia eran Heraclea Siris y Crotona, ejerciendo esta última un rol destacable en el futuro de Síbaris. En torno a 520, la familia de la elite gobernante sibarita perdió el control de la comunidad a manos de Telis, quien establecería una tiranía hasta 511, cuando el tirano y sus seguidores huyeron, como exiliados, a Crotona. Los ciudadanos de esta localidad aprobaron en asamblea apoyar a los exiliados, de forma que ambas comunidades comenzaron sus preparativos de guerra.

Las fuerzas de Crotona arrasaron a los sibaritas, quienes fueron masacrados en retribución, como relata una historia posterior, por el asesinato de treinta embajadores que Crotona había enviado a Síbaris con la intención de favorecer una posible paz. Los cadáveres, para mayor deshonra, fueron dejados sin enterrar. El ejército de Crotona puso sitio a Síbaris, momento en el que los sibaritas se rebelaron en contra de Telis, quien acabaría refugiándose en un templo de Hera. Sin embargo, fue perseguido y asesinado en su interior, un sacrilegio que motivó la ira de unos dioses ya muy enojados por la muerte de los heraldos. Es este el instante en el que, según Ateneo, la cabeza de la estatua de la diosa se encara hacia la entrada del santuario y comienza a manar sangre desde las fuentes de la ciudad. Un final melodramático que puede ser una versión elaborada a partir de otra historia que afirmaba que los sitiadores habían desviado el curso del río Crathis para anegar la ciudad.

Para 510 a.e.c., sin embargo, Síbaris sigue existiendo. Diodoro Sículo menciona otro conflicto con Crotona en 476, en tanto que en 450 se refiere la llegada a Síbaris de nuevos colonos, probablemente debido a las disputas por los límites territoriales con Taras (Tarento). Serán los atenienses los encargados de canalizar esta suerte de misión de rescate de Síbaris, a buen seguro, para colmar parte de sus propias ambiciones imperialistas. Los recién llegados expulsaron a los anteriores ciudadanos renombrando la ciudad como Thurii. Esta comunidad de Síbaris-Thurii proporcionaría un puerto para la flota y el ejército de Atenas, como refuerzo para aquellos atenienses que, en 413, estaban asediando Siracusa. Diodoro menciona que en 390 a.e.c., Síbaris fue derrocada por los Lucanos, siendo la ciudad ocupada por los Brutii (rebeldes), un pueblo itálico osco-umbro que procede de los propios Lucanos, hacia 355. Desde ese momento, y hasta 340, la localidad recibió mercenarios corintios como aliados.

Bajo el control romano, la ciudad siguió en su proceso de declive. En 193 a.e.c., los romanos enviaron nuevos colonos y renombraron la ciudad ahora como Copia, en honor a la diosa romana de la abundancia, tal vez como reflejo de la riqueza agraria de la ciudad.

Síbaris es famosa por su inusitada riqueza. En la antigüedad circulaban historias, probablemente originadas en la del escritor siciliano Timeo y que sobrevivieron en Los sabios del banquete o Los deipnosofistas de Ateneo de Náucratis, sobre ropas caras, ricos banquetes y un estilo de vida en general lujoso.

Sin embargo, lo cierto es que no existen restos de grandes templos en la ciudad, lo que sugeriría, realmente, una modesta comunidad, si bien fuera de los muros del núcleo urbano hubo algunos santuarios de relevancia, como el hallado en Timpone della Motta. ¿Pudieron los templos de Síbaris haber sido destruidos por las aguas de la inundación provocada por las fuerzas de Crotona cuando desviaron el curso del río Crathis?. Tal vez, aunque resulta poco probable. Es verdad, asimismo, que las monedas de alta calidad, son un buen indicador de un estándar de vida relativamente alto en una comunidad y, de hecho, Síbaris, como otras ciudades de la Magna Grecia, no tardó mucho en producirlas aprovechando, quizás, las rentas que provenían del comercio con ciudades de Asia Menor. Las monedas sibaritas, incusas, son estampadas, con la presencia de un toro, lo que podría reflejar su riqueza basada en la tierra.

Parece probable que Síbaris haya sido una localidad donde el comercio y la agricultura proporcionaron un estilo de vida razonablemente acomodada para sus ciudadanos. No obstante, resulta difícil saber por qué motivos la ciudad fue elegida como imagen o epítome de la lujuria. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA, julio, 2026.

 

9 de enero de 2024

El nombre de la Península Ibérica en la antigüedad. Un acercamiento


En la imagen que acompaña las siguientes líneas, se aprecia el reverso de un conocido denario en plata acuñado por el emperador Adriano en homenaje a su provincia de procedencia, Hispania, aquí representada personificada como una mujer reclinada portando una rama de olivo en su mano derecha. A sus pies, se observa lo que parece ser un conejo. La rama de olivo alude a la propia región, como es sabido, célebre por la excelente y abundante producción de aceite de oliva, mientras que el pequeño roedor sentado a sus pies es también una referencia a la abundancia de estos animales en la Península Ibérica, hasta el extremo de que el poeta latino Cayo Valerio Catulo (siglo I a.e.c.), la llegó a denominar como Iberia conejil (aunque probablemente fuesen damanes, unos ungulados arcaicos cuyos principales parientes cercanos vivos son los manatíes y los proboscídeos). Otros autores clásicos señalan asimismo esta circunstancia, como Tito Livio, César, Cicerón, Plinio el Viejo o Catón.

El nombre de España mismo podría proceder, según la estimación de algunos especialistas, del término fenicio i-span (Sphan), tierra, costa o región de conejos en la interpretación romana. No obstante, en el siglo XVIII se entendía este vocablo fenicio como “norte”. También resultaría factible, pero en la actualidad muy discutible, la evolución, por mutación de fonemas, a partir de la denominación griega Hesperia (occidente, poniente, de ahí las Hespérides, mélides, ninfas arbóreas, cuyo jardín estaría, según Estrabón, en Tartessos, al suroeste de la península), que los helenos otorgaban a Italia y España. Otros nombres descriptivos ofrecidos por las fuentes clásicas fueron, entre otros, Sicania, Iberia (término geográfico, en Estrabón, a partir de Asclepíades y en coincidencia con Avieno, aunque con procedencia distinta para Justino); y Ophiusa (por los griegos, tierra o terreno de sierpes).

Hispania, palabra usada desde principios del siglo II a.e.c., sería equivalente a Iberia, tal y como aparece en los Annales de Ennio. La teoría más aceptada hoy por la crítica es la propuesta por ciertos investigadores expertos en filología semítica del CSIC, quienes advirtieron no hace mucho de que el término spy es batir metales desde la perspectiva fenicia, de donde saldría territorio en donde se forjan metales. Señalan, además, que el conejo era un animal desconocido para los fenicios.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2024.


20 de enero de 2022

Hibridismo en los mitos. Significación y simbolismo



Imágenes (de arriba hacia abajo): la etrusca quimera de Arezzo, hecha en bronce. Museo Arqueológico de Florencia; mosaico de suelo con figuración (esfinges, grifos, leones y una nereida sobre una criatura marina) y decoración geométrica. Casa de los Mosaicos, Eretria, datado en el siglo IV a.e.c.

Los híbridos, de aspecto en ocasiones monstruoso, son seres míticos, propios de los ámbitos liminales, característicamente ambiguos. Con doble o triple naturaleza, son la esencia de la metamorfosis, la transformación[1]. Son los pobladores, y a la par los delimitadores, de un espacio simbólico, aquella de la eschatiá, la frontera, de lo antisocial e inesperado, así como de las fuerzas que disgregan; por lo tanto, de la muerte. Habitan esas regiones limítrofes en las que los humanos entran en contacto con las deidades, siendo, en tal sentido, manifestaciones de lo divino y metáfora del inmenso poder de las divinidades. Tales regiones limítrofes son espacios antihumanos, configuradoras de la geografía propia de la alteridad, que consiste en paisajes montañosos, agrestes, incivilizados, islas de los confines mundanos, abismos del mar, reinos intermedios y un espacio radical de la muerte, simbolizada por el intrincado laberinto. Como seres liminales comunican esferas extremas de la experiencia, circulando de un mundo a otro en forma de démones intermediarios. En este orden de cosas, protegen las tumbas y facilitan el no siempre fácil ni cómodo, tránsito hacia el más allá.

Se puede hablar de dos tipos de hibridación. La primera es la biológica, a través de la yuxtaposición o mezcla de elementos anatómicos de distintas especies animales, lo cual incluye al ser humano. Puede predominar el aspecto zoomorfo en seres constituidos por elementos humanos y animales, como las esfinges, o también estar equilibrados los propios de animales en aquellos  formados con partes propiamente animalescas, caso de los leones alados o los famosos grifos. Los seres híbridos en los que predomina el aspecto antropomorfo suelen representar deidades (piénsese en la diosas aladas, sin ir más lejos, cuyo carácter psicopompo es particularmente efectivo). La segunda es la cultural, no específica, que se obtiene de la mezcla de distintos componentes culturales, entre los que destacan los aspectos del salvajismo y la domesticación.

El híbrido pertenece al origen, a la metamorfosis original de la que los seres míticos emergen. En la mitología griega, por ejemplo, los híbridos poblaban los abismos marinos al inicio de los tiempos, previo al surgimiento de los dioses olímpicos. Originariamente la naturaleza es fluida, de forma que los límites entre entidades y cosas permanecen en confusión, en tanto que materia y espacio pertenecen a un todo, resultando ser una mezcla amalgamada[2].

Muchas son las funciones que pueden desempeñar[3]. Actúan como mensajeros, guardianes protectores, servidores y acompañantes, ejerciendo el rol fundamental de comunicar la esfera humana y divina. Aunque adversarios del héroe, pueden llegar a ser sus aliados, puesto que son seres dotados de capacidades proféticas y saberes inmemoriales[4], conocedores de invisibles caminos, además de guardianes de secretos ocultos al ser humano. Su naturaleza pervertida y salvaje pervierte el comportamiento humano, seduciendo con un erotismo que también es poder fecundador y engendrador de una nueva existencia. En un especial sentido, expresan la ruptura, fruto de la subversión, que proponen los dioses al ser humano para propiciar su acceso al ámbito de la vida eterna.

El héroe tiene el deber de eliminar aquello no domesticado, salvaje, lo que se halla al margen de la polis para así, ganarse su lugar en la ciudad y garantizar, de paso, la continuidad de la misma

Se trata de entidades que, perteneciendo a una geografía liminal y a un tiempo distinto, habitan la historia narrada, viviendo en los numerosos relatos de inquietos viajeros, geógrafos, etnógrafos y logógrafos, en esa literatura de maravillas, paradoxográfica, tan adecuada a los banquetes. Ya se ha dicho que el ser híbrido sirve como indicador de los confines del mundo conocido y, por ende, controlado. Anclados en la mentalidad griega, funcionaban en la estructura constructiva de su pensamiento sobre el mundo. Dicho de otro modo: eran imprescindibles para su composición del espacio (más amplio que el nuestro), que incluía el allende.

Estos seres y entidades de semántica y naturaleza proteiforme hacen las veces de polivalentes signos que se muestran integrados, como necesarios, en el sistema de pensamiento del arcaísmo griego. Seres ctónicos, telúricos, ancestrales y primigenios, están vinculados a las fuerzas fecundadoras naturales. Gracias a su presencia y acción se nos presentan dos mundos, el primigenio y el humano, siendo el primero anterior al humano, en el que estos seres híbridos personifican y simbolizan las fuerzas ocultas y descontroladas de la naturaleza, propias de dicha esfera. En consecuencia, el híbrido se integra en el discurso de valores y creencias propio de las sociedades aristocráticas arcaicas del mundo griego antiguo[5]. Dicho con otras palabras, seres míticos como las Harpías, Medusa, Cerbero, Quimera, Tifón, Equidna o los centauros y tritones, han servido para pensar y representar el mundo y, por consiguiente, para entender su complejo funcionamiento.

El hibridismo zoomorfo en particular, conforma elementos que el pensamiento necesita para poblar los múltiples territorios marginales, aquellos del ritual y la muerte. Debe apuntarse que en el período del Paleolítico el ser humano vivía indiferenciado de los animales y éstos se representaban como personas, con características humanas. En tal sentido, ambas categorías, animal y humana, no se concebían como distintas, de forma que la vida de presas y cazadores configuraba un fluido continuo. Será en el proteico imaginario prehistórico en el que los teriántropos arraiguen, siendo comunes las representaciones de hombres-animales. De ahí su prolífica presencia en mitos egipcios, por ejemplo[6]. Con posterioridad, ya en el Neolítico, el ser humano entiende ya al animal como una realidad externa y no como una parte constitutiva de él mismo. Sin embargo, permanecerán en latencia, en estados alterados de conciencia, hombres, concretamente chamanes, que podrán en sus astrales viajes, transformarse en animales.

Así pues, mediante estos míticos seres fabulosos nos ubicamos en un espacio y un tiempo mitológico, evocando un mundo sobrenatural, un específico ordenamiento fuera del tiempo y el espacio humanos, con el contrasta pero al que le resulta necesario apelar para entender su posición en el mundo. Estos seres fantásticos son los protagonistas principales de escenas simbólicas y, probablemente, los evocadores esenciales de leyendas que refieren mitos de los orígenes. Toda la serie de bestias híbridas se integran  en un diálogo con lo infinito, pues actúan como mediadores de humanos y divinidades. Mortales o inmortales, en grupo o individuales, su pertenencia a ambientes liminales provoca su asociación a ritos iniciáticos y de paso, así como su vinculación a las historias heroicas, representando el poder y la memoria.

En la esencia de estas criaturas míticas encontramos esbozado lo exótico, lo extraordinario y lo monstruoso. Lo exótico se remarca en el sentido psicológico, indicando lo no familiar y lo lejano; lo extraordinario, contrario a lo cotidiano, implica el carácter de excepcionalidad y, por consiguiente, el mundo de lo sobrenatural, ya que su fantástica naturaleza es el referente del viaje inframundano, más allá de la esfera de la realidad. Finalmente, lo monstruoso es el símbolo de la imaginación, lo inexplicable y lo fantástico. En tanto que criaturas mixtas, ficticias, son creaciones simbólicas en las que se fusionan múltiples y diversas naturalezas. En sí mismas, creadas con fines apotropaicos y mágicos, implican la suma de fascinación, miedo a lo que no se conoce y curiosidad ante lo desconocido.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.



[1] Su doble, triple e incluso múltiple naturaleza, implica una ambigüedad peligrosa, en tanto que nos encontramos ante dispares naturalezas que pueden bien compenetrarse o bien diferir, lo cual puede provocar un mundo de opuestas tensiones dinámicas, de luchas por imponer su específico criterio.

[2] Los espacios y tiempos alejados de nuestra experiencia aparecen habitualmente poblados de monstruos y seres híbridos.

[3]  La hibridación y, con ella, la monstruosidad, no radica únicamente en un tamaño desproporcional o una forma especial, pues la hibridación es no solamente física sino también funcional. 

[4] La hibridación tornada en sabiduría es una sabiduría acumulada que procede de un doble ámbito  diverso de percepción, de experiencia, sumadas y potenciadas en un ser mixto. Tal capacidad de sabiduría, de ostentar ancestrales secretos, es una capacidad de la que el héroe (en buena medida su némesis) puede valerse para, paradójicamente, eliminar a estos seres híbridos.

[5] Muchos seres híbridos tienen como función legitimar las aristocracias, de ahí que tales seres monstruosos, divinos, semi divinos, no se suelan encontrar habitualmente en ambientes cotidianos o domésticos.

[6]  En el antiguo Egipto una deidad podía representarse de manera antropomorfa, con cuerpo humano y cabeza de animal, o con la completa apariencia de un animal. Si por un lado, los rasgos humanos hacían accesible la divinidad, las formas animalescas probablemente servirían para transmitir un carácter insondable, misterioso; en esencia, un poder natural. Tal sincretismo se encuentra detrás de la actitud egipcia de  asimilar creencias y concepciones distintas que están en contradicción. 

10 de enero de 2022

Peculiaridades militares de Cartago


Imagen: elefantes de guerra atacando la formación romana durante la célebre batalla de Zama. Ilustración de Cornelis Cort, en 1567.

El ejército púnico, siempre pendiente de la extensión de los territorios que de Cartago dependían, precisaba la combinación de un poderoso contingente terrestre con una amplia flota que fuese capaz de asegurar las rutas mercantiles y de comunicación entre las islas de Sicilia y Cerdeña,  el norte de África y la península Ibérica. A pesar de los enfrentamientos sostenidos contra Siracusa en los siglos V y IV a.e.c., Cartago fue incapaz de organizar un ejército permanente convenientemente entrenado y dotado de una idiosincrasia propia así como de un sistema de mando adecuado que le facilitara definir un modelo de combate estricto. Las derrotas ante Marco Régulo en África al comienzo de la Primera Guerra Púnica, provocaron el rechazo a los generales cartagineses, de manera que se entregó el mando a un foráneo, al lacedemonio Jantipo.

Los gastos necesarios para sufragar la flota y un ejército compuesto básicamente por mercenarios provocarán una enorme carga en las finanzas de Cartago, un hecho que habría de condicionar ciertas decisiones políticas en el siglo III, como aquella de no abonar las soldadas a los mercenarios del ejército de Amílcar repatriado desde Sicilia al culminar la Primera Guerra Púnica, ocasionando una sublevación entre 240 y 238 a.e.c. dirigida por Mathos, o como el caso de la conquista bárquida de la península Ibérica a partir de 238. Con la intención de dominar las explotaciones mineras del sudeste.

La falange, que estaba formada por los ciudadanos de Cartago, conformaría el núcleo del ejército a lo largo del siglo IV a.e.c. Se trataba de un cuerpo de elite que nunca combatía fuera del territorio africano. Se ubicaba en el centro de la formación del ejército, detrás de los célebres elefantes, siendo protegido en los flancos por los auxiliares mercenarios y la caballería. El máximo de la recluta cartaginesa se ha fijado en casi veinticinco mil infantes, unos cuatro mil jinetes y algo más de trescientos elefantes. A ello habría que añadir muy probablemente, un gran contingente de tropas auxiliares mercenarias, formadas por libios, iberos y númidas, según señala Plutarco. Se puede afirmar que el núcleo principal de las tropas de infantería cartaginesas lo conformaban los mercenarios. Eran captados por reclutadores a lo largo y ancho del Mediterráneo. En las guerras efectuadas por Cartago, combatieron desde Africa a Italia, por salario y botín, al servicio de la metrópoli púnica, griegos de poleis distintas, lacedemonios, baleares, galos, iberos, númidas africanos y celtiberos.

Empleaban como panoplia un yelmo tracio con crinera metálica, aunque también pudieron emplear cascos de bronce cónicos sin visera. Además, empleaban una coraza metálica de hierro, luego  sustituida, ya en el siglo III, por las cotas de malla itálicas, además de grebas de bronce. Otras armas de los mercenarios eran el escudo circular cóncavo de tipo griego, la lanza corta o la jabalina (longche).

Los ciudadanos configuraron parte esencial de la caballería púnica, diferenciada de los jinetes númidas y libios. Armados de forma análoga a la infantería, constituían una caballería pesada que se reclutaba entre la nobleza, siendo  equipada a su costa. En numerosas ocasiones formaron la guardia personal de los jefes del ejército.

Los oficiales superiores, surgidos entre las familias principales de la nobleza agraria o  bien ciudadana cartaginesa, configuraron una elite vinculada por lazos de parentesco, algo que les garantizaba el acceso al mando de las tropas. Sin embargo, su estatus no siempre les protegió de las consecuencias de sus equivocaciones, pues era común la ejecución de los mandos militares acusados de incompetentes, sobre todo crucificados. En ciertos casos, como los Barca en la península Ibérica en la segunda mitad del siglo III, el comando supremo del ejército permanecía siempre en una misma familia.

Durante los períodos de paz, se ignora la estructura de mando ni cómo se adaptaba ésta al comenzar las hostilidades. Polibio parece señalar  la existencia de un par de generales o mandos supremos en el ejército cartaginés; uno de ellos permanecería inicialmente en Africa con las tropas de reserva, mientras que el otro combatiría, con los mercenarios y el apoyo de la flota.

Poco se sabe acerca de los cargos del cuerpo de oficiales. Destaca, siempre según Polibio, el de boetarco (un jefe de tropas auxiliares). En cualquier caso, debe suponerse que los mercenarios contarían con sus sistemas propios de mando, que garantizasen la cohesión de las tropas.

Parte crucial de la caballería cartaginesa la conformaban los jinetes númidas, quienes cumplían misiones de enlace, exploración y persecución de las tropas vencidas con la intención de ampliar el número de bajas.  También eran empleados como cebo en las emboscadas debido a su gran movilidad y rapidez para replegarse. Como arma defensiva  usaban un escudo circular, mientras que jabalinas para atacar, vistiendo habitualmente una túnica corta. No obstante, los jinetes que Cartago alistaba en el norte de África podían ser asimismo, gétulos o libios. Ya en el siglo IV a.e.c., la caballería cartaginesa empleaba además los carros de guerra arrastrados por un tiro de cuatro caballos, que seguía el modelo asirio.

Introducidos en Occidente por Alejando Magno, los elefantes se constituyeron como un arma habitual en las guerras de las centurias III y II a.e.c., empleándose como fórmula para imponerse a las disciplinadas formaciones de infantería pesadamente armadas. El problema era que Cartago no podía abastecerse de forma continua de paquidermos indios, de forma que obtenía los africanos en la región del Sahara, aunque eran más pequeños que los asiáticos.

Las primeras batallas en el Mediterráneo central en las que se utilizaron elefantes fueron las campañas de Pirro en Sicilia y el sur de la península Itálica, creando terror entre las legiones romanas que no sabían enfrentarlos. Según los textos clásicos los elefantes se empleaban utilizando su fuerza y masa corporal con la intención de hundir las líneas y pisotear las tropas. No se menciona la existencia de torres de madera sobre el lomo de los animales desde las que combatirían piqueros y arqueros. Sin embargo, en ciertas terracotas y vasijas pintadas se representan torres de madera que habrían sido usadas por Pirro y los reyes seléucidas. Roma, tras haber sufrido a los elefantes como arma de guerra los introdujo en su ejército, empleándolos sobre todo en la península Ibérica durante las Guerras Celtibéricas.

Sin duda, el ideal fundamental tanto de Cartago como de las ciudades de la Magna Grecia consistía en repetir la falange macedónica, cuya organización se conoce gracias a las descripciones de  Asclepiodoro y Polibio. Esta formación fue considerada en el mundo griego un invencible sistema de combate hasta las derrotas de Cinoscéfalos y Pidna (168 a.e.c.) ante las flexibles legiones romanas.

Los soldados cartagineses aportaron influjos mediterráneos, que convivirán, mezclándose, con aquellos autóctonas, a su vez influidos por los galos. Fue el singular caso de la  adaptación de las espadas de La Tène que darán como resultado el gladius hispaniense.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.