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1 de junio de 2026

Arte, simbolismo y mito en el Paleolítico Superior




Imágenes, de arriba hacia abajo: el hombre pájaro de Lascaux, del Magdaleniense, concretamente entre 16000 y 15000 a.P.; el Chamán o Brujo de Les Trois-Frères, en fotografía de R. Bégouën dans Vialou, 1991; dibujo del Brujo realizado por Henri Breuil en 1922; y zambullida ritual, probablemente, de un ritual chamánico (entrada en trance o en el mundo de los espíritus) o de un rito de iniciación, en la Cueva de Los Casares.

Todavía algunos estudiosos advierten y defienden que los principios lunar y solar habrían sido los elementos que darían cuerpo a la religiosidad y al arte paleolíticos, cuya base sería, en consecuencia, un sistema de creencias de tipo naturalista y astral. Es un arte que posee un evidente sentido simbólico. Algunas parejas de animales, como caballo o toro / bisonte, serían el reflejo de la polaridad mítica esencial, centrada en la luna y el sol. Parecen existir evidencias de la existencia de seres superiores en el Paleolítico Superior, con un posible un corpus mítico con un determinado sentido que desconocemos, así como un conjunto de rituales y la factible presencia de chamanes o especialistas de lo sagrado. Sería todo ello, en consecuencia, un específico sistema explicativo de la realidad. Aspectos que influyen y afectan al comportamiento del ser humano, como el contraste entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, el sol y la luna o la mujer y el hombre, por tanto polaridades elementales que implica la unidad de los opuestos, se conciben como las determinantes para dar forma a la arcaica religiosidad del Paleolítico. Entidades sagradas celestes de aspecto zoomorfo serían de las que todo derivaría.

El folclore, la etnografía histórica, las religiosidades antiguas y hasta la iconografía comparada, se configuran como los recursos que permitirían un acercamiento reconstructivo del mundo del pensamiento prehistórico. Los temas y mitos identificados en el arte prehistórico sufrirían un proceso de transmisión cultural posterior, conformándose en esos prehistóricos tiempos como un sustrato esencial.

Uno de los rasgos más relevantes y significativos del Paleolítico Superior es la considerable proliferación en toda Europa de objetos decorativos y de adorno que pueden ser considerados como elementos de prestigio. Por otra parte, las representaciones artísticas, sobre todo pictóricas, están dedicadas a los animales de mediano y gran tamaño, aunque hubo en la dieta humana animales pequeños. La caza de algunos animales, que pudieron ser considerados sagrados, pudo estar asociada a valores de prestigio y ser controlada a través del ritual por ciertos clanes. Un aspecto del arte paleolítico y su simbolismo debió estar ligado al control que los grupos humanos establecían sobre los recursos animales por medio de acciones ceremoniales. La caza de animales tendría, así, un significado social y prestigioso. El arte rupestre también habría servido como una reclamación ritualizada del territorio y el espacio para determinados grupos humanos.

Parece legítimo pensar que la imaginería del arte paleolítico conectaría el mundo animal, fundamento de sus estrategias económicas y religiosas, con la ciclicidad natural. Además, tendría una función social, en tanto que numerosos útiles (pequeñas figurillas, propulsores, colgantes o bastones de mando), portan algún tipo de decoración, lo cual podría implicar funciones de prestigio.

La existencia y carácter simbólico de las cavernas, como posibles santuarios paleolíticos, así como algunas representaciones de personajes enmascarados, como hombres-pájaro, hombres-felino, o bien hombres-toro / bisonte, apunta hacia la presencia de chamanes o de jefes sagrados, suerte de especialistas en el ritual y la religiosidad. Tales chamanes puede que hayan sido los especialistas en las representaciones estéticas.

Los diversos enterramientos, la presencia de elementos de ostentación o de prestigio, la abundancia de cuevas o santuarios rupestres, los ejemplos de arte mueble, y los más que plausibles desplazamientos de materias primas, hablan de importantes redes de intercambio, de una coherente estructuración social, de una homogeneidad en las pautas culturales y de un organizado comportamiento simbólico.

En el Paleolítico Superior parecen posibles la existencia de rituales que consisten en cortar cabezas de animales y acumularlas con fines de culto. De hecho, se han hallado cráneos de oso y de otros animales dispuestos en nichos o en cistas de piedra, como es el caso del de Llonín, en Asturias, donde en niveles musterienses, aparecieron restos de cabra y de leopardo colocados dentro de una caja de lajas pétreas; el de la gruta de Drachenloch, en Suiza, donde se hallaron vestigios rituales ya del Paleolítico Medio, así como en la cueva de Regourdou, en las proximidades de Montignac, en la Dordoña, lugar en el que se constató la conexión entre una sepultura y testimonios de animales tal vez sacrificados, pertenecientes también al período del Paleolítico Superior. En este mismo lugar apareció una cavidad que contenía el cráneo y varios huesos fragmentados de osos.

Ya en los años treinta del pasado siglo XX, en la caverna de Hellmich se encontró, en un banco de arcilla, el cráneo fósil de un oso pardo y algunos huesos de oso de las cavernas junto a fragmentos de lascas de sílex auriñacienses; además, en los cuarenta del pasado siglo, cerca de la entrada de la gruta de Furtins, en Borgoña, aparecieron siete cráneos de osos cavernarios dispuestos de forma concéntrica. Otros ritos similares parecen constatarse en la cueva de Reyersdorf, en la región de Glatz, en Silesia, Alemania, con presencia de material auriñaciense. Allí se descubrieron varios cráneos de osos sobre un banco natural de roca.

Conviene tener presente que hay un culto del oso entre los giliacos de Sajalín y los ainos de Yesso. La ceremonia de mayor relevancia del culto culminaba con el sacrificio de un oso durante la fiesta de invierno. Con ello, el animal se convertía en embajador ante el espíritu de la selva y de las montañas para, de esta manera, favorecer el éxito en la caza. Asimismo, deposiciones de huesos de mamut en campamentos del Paleolítico Superior de Ucrania (Eliseevitchi), parecen tener también una intención cultual. En el interior de un círculo formado por casi treinta cráneos de mamut se hallaron colmillos de mamuts jóvenes partidos, algunos con signos grabados, y debajo de todo, una estatuilla femenina.

La presencia de sepulturas en cavernas o bajo abrigos rocosos, constatables ya en el Paleolítico Medio y datados alrededor de 60000 A.P. (Shanidar, en Irak; Chapelle-aux-Saints, o el abrigo de La Ferrassie, ambos en la Dordoña francesa), supondría el presunto entendimiento de una conciencia del hecho de la muerte. Inhumaciones voluntarias, en diferentes posiciones, han sido constatadas en diversos yacimientos de Israel, como en Kebara; la gruta de Et-Tabun (con un esqueleto de mujer que yace de espaldas), la caverna de Skhül (en donde apareció la mandíbula de un jabalí entre los brazos de uno de los enterramientos); o la cueva de Qafzeh, en donde apareció un niño que sobre su pecho y manos había un hemicráneo de un cérvido.

Los ejemplos se pueden multiplicar. Así, en la gruta de Teshik-Tash, en Uzbekistán, se encontró bajo el estrato musteriense la tumba de un niño, alrededor de cuyo cráneo había una corona de cuernos de cabra montés; en la gruta de Kiik-Koba, Crimea, en la tumba de un hombre, los restos estaban orientados de oriente a occidente (¿el oeste como lugar de residencia de los fallecidos?) y había algunas lascas de sílex. En este caso, es factible pensar en un nexo simbólico entre la muerte y el curso del sol. Hay bastante evidencia de cuerpos de neandertales flexionados y, en ocasiones, con la cabeza apoyada sobre un brazo, una postura que pudiera sugerir algún tipo de relación con lo sagrado que remite a la esfera del mundo sobrenatural.

En el Paleolítico Superior los enterramientos se llevaron a cabo en lugares al aire libre, abrigos rocosos y cuevas, en áreas de habitación. Hay presencia de inhumaciones individuales, pero también dobles y unas pocas colectivas. Aquí ya hay una presencia abundante de ajuar personal del fallecido, como diversas herramientas de piedra, armas, objetos de arte mueble y adornos corporales (en forma de dientes de animales, conchas y figurillas zoomorfas).

Son relativamente abundantes los esqueletos recubiertos o depositados en capas de ocre (Kostienki, Oberkassel, La Madeleine, Chancelade, Grimaldi, y otros), lo que ha sido interpretado como una referencia a la sangre, entendida como savia de la vida. Si la idea subyacente fuese insuflar vida de nuevo en el difunto, se podría pensar en una presunta creencia en la vida tras la muerte. No son raras las inhumaciones rodeadas de hiladas de piedras o con alguna losa de piedra sobre el individuo, como ocurre, por ejemplo, en Predmost, Le-Roc-de-Sers, Grimaldi y Oberkassel. En la Europa oriental las losas de piedra se sustituyen por huesos de mamut (Pavlov, Dolní-Véstonice, donde se colocaron debajo de omóplatos pintados o grabados). Las tumbas, a veces, se cubren de un montículo o túmulo. Incluso hay casos (Kostienki), de una cámara o cripta con huesos de mamut.

Se han hallado fragmentos de grandes animales en las tumbas: cráneo de mamut (Klause, en Alemania; Brünn, en Moravia, o Solutré, en Francia); u omóplatos del mismo animal sobre los difuntos en Pavlov, Predmost o Unterwisternitz. Es posible que el mamut fuese considerado un espíritu protector, algo análogo al del elefante entre los pigmeos del África ecuatorial, que lo consideran una encarnación mítica de una divinidad superior. Parece muy factible que los restos de reno, buey, caballo, bisonte, mamut o de conchas, habituales en muchas tumbas paleolíticas, tuviesen una intencionalidad simbólica, específicamente de evocación de la noción de renacimiento espiritual tras el óbito.

Las sepulturas de Sungir, en donde aparecieron asociadas a las inhumaciones, dagas de marfil, bastones perforados de asta, un pendiente discoidal, brazaletes y anillos de marfil; de Saint Germain-la-Rivière; del enterramiento de Malt’a; del yacimiento de Kostienki y de Brno II (República Checa), en donde el inhumado estaba asociado con una estatuilla antropomorfa masculina, son ejemplos sobresalientes de posible presencia ritual con un presunto trasfondo de religiosidad.

Las manifestaciones artísticas en el Paleolítico Superior, a partir de 35000 A.P., supone una evidente manifestación de la conciencia y el pensamiento de los seres humanos. Los temas figurativos del arte paleolítico son homogéneos, destacando como grupos temáticos los ideomorfos, los zoomorfos y los antropomorfos. Además de la notable, y mayoritaria, presencia de animales, sobresalen las representaciones de figuras fantásticas o lo que podría catalogarse como monstruos, como ocurre en Les Trois-Frères, Pergouset o con el denominado unicornio de la cueva de Lascaux. Entre las más escasas representaciones humanas sobresalen las femeninas, en forma de vulva, en diversas cuevas como Lluera II, Blanchard, La Ferrassie, Commarque o Deux Ouvertures, pero también como imágenes grávidas de mujeres, habitualmente en estatuillas y bajorrelieves (como Laussel).

En lo tocante a las representaciones masculinas, algunas corresponden a presuntos hechiceros o enmascarados, que poseen atributos zoomorfos, un factor que los ha puesto en relación con actos rituales. Algunos de los hombres con apariencia animal cuentan con cornamenta (de toro, ciervo, bisonte) o con una cabeza de pájaro. Incluso hay casos con presencia de colmillos de mamut y hasta rabo de bóvido (Magdaleniense de Las Caldas, en Asturias). En tal sentido debe traerse a colación el célebre marfil de Stadel con la imagen de un hombre-león, además de la losa de Espélugues, Lourdes, grabada con individuo con cornamenta de ciervo con barba y un rabo, o el bastón perforado de Teyjat que parece presentar una suerte de pequeños diablos.

El Brujo de Les Trois-Frères posee cabeza y patas de bisonte, y parece ejecutar una danza. Aparece provisto de arco siguiendo a una bestia con cuerpo de reno. El brujo de Les Trois- Frères tiene cuerpo humano de perfil y cabeza de ciervo, mientras en La Pasiega, en la Cantabria hispánica, se halla una figura análoga, un busto de fantasma tocado con una posible cornamenta de bisonte. Por su parte, el hombre de Gabillou va cubierto con cabeza de toro y una larga cola. En las famosas cuecas de Altamira y Lascaux existen, asimismo, antropomorfos con cabeza de ave.

Algunos figuras de hombres de Los Casares (Guadalajara), se muestran en escenas acuáticas. Sus cabezas se han identificado con batracios. Al tiempo, hay un conjunto de personajes con cabezas en forma de pico de tortuga. Algunas figuras han sido catalogadas como máscaras o como fantasmas, de sexo indeterminado, pero que son representaciones de rostros humanos.

Se habla del posible culto de una deidad femenina en el Paleolítico Superior, pero lo hace a partir de su presencia en culturas posteriores. Sería una divinidad dadora de vida pero a la vez portadora de la muerte; una diosa de la regeneración y la renovación. Las relaciones entre animales, bisonte, caballo, mamut, bóvido, felino, jabalí, por ejemplo, podrían ser una respuesta concreta a ciertos hechos míticos o, incluso, relatar el origen y la historia del grupo humano y sus relaciones con las diferentes especies animales. No sería descabellado pensar en que estaríamos ante una antigua metafísica en la que cada especie animal o humana tiene un lugar específico. Así, oposiciones y complementos podría estar en acción en las representaciones zoomorfas, en una presunta alusión a la fecundidad dentro de un marco concreto: las cuevas ornamentadas, que serían concebidas como auténticos santuarios.

Las figuraciones más antiguas de una presunta divinidad femenina datan del Auriñaciense. Al margen de las estatuillas conocidas como venus, se la puede distinguir bajo la forma de vulva generadora, como un triángulo o un óvalo, caso de las imágenes localizadas en los abrigos de La Ferrassie, Castanet o Blanchard. En ciertos yacimientos como Malt’a, Kostienki y Buret, se localizaron las estatuillas en el suelo de la choza, por tanto en un espacio doméstico de habitación, en las proximidades del hogar. Estas figuras podrían ser representaciones de diversas tipologías socio-religiosas, como sacerdotisas, Diosas Madres análogas a las conocidas en el Neolítico, figuras de antepasados o magas. Como diosas madre, serían algo semejante a las abuelas del grupo social, las deidades creadoras, de la fecundidad, de la vida y la muerte y protectoras de los animales. Entre los inuit actuales hay estatuillas femeninas, denominadas Schuli, que se conforman como el espíritu protector familiar, la madre arcaica o la figura primitiva del clan. La mujer podría haber sido en esos tiempos un símbolo de la inmortalidad.

La dualidad solar y lunar se puede inferir en el arte paleolítico. Es el caso paradigmático de la llamada venus de Laussel, que sostiene un cuerno en su mano derecha con trece marcas como símbolo lunar o como principio masculino en su aspecto fálico, mientras la izquierda la mantiene apoyada sobre el vientre, portando un disco, un símbolo solar, circular y femenino. Las figuras de Gagarino o de Savignano representarían algo similar, así como las figuras de Dolní Véstonice, en Moravia, esculturas gravetienses decoradas con líneas paralelas en marfil de mamut, representando una figura femenina esquematizada, con senos definidos sobre un cuerpo en columna como si fuese un apéndice fálico.

En su forma de madre de la naturaleza, la deidad paleolítica puede contar con las manifestaciones del sol y de la luna, atribuibles a los circulares senos de la misma. En la figura femenina del Magdaleniense, hecha de asta de reno, de Petersfels (Engen-Bittelbrunn, en Alemania), los dos círculos grabados a modo de senos aseguran su feminidad, aunque su mitad inferior es fálica. Cuando aparecen dos o tras figuras relacionadas, se podría inferir que las fases de la vida (tres) de la mujer se relacionan con los ciclos astrales. Al respecto, la mujer encapuchada de Bédeilhac, en Ariége, Francia, esculpida en un colmillo encorvado de aspecto fálico, podría corresponderse simbólicamente con el aspecto decreciente de la luna y con la vejez. Por su parte, en la cueva de Roc de Lalinde (Dordoña) aparecieron seis perfiles femeninos grabados del Magdaleniense. Los perfiles de dos féminas se disponen contrapuestos, al lado de un tercero en el centro de las dos siluetas, posible evocación de las fases lunares.

Si la diosa del Paleolítico se puede asociar al hogar nos podría indicar el arcaísmo de los mitos del fuego y la presencia de sus raíces en el Paleolítico. Y es que el fuego suele considerarse representativo del sol y ambos son dadores de vida, como sería la deidad madre paleolítica.

Ciertos esquemas figurativos en el arte paleolítico se han identificado con un árbol, presunto origen del mítico tema del árbol de la vida, o con una supuesta Diosa-árbol (El Parpalló, en Valencia; o cueva de La Mouthe, en Dordoña), que conllevaría la noción de tres esferas presentes en las posteriores mitologías. En este sentido, los conocidos monumentos en forma de torre ibéricos, ¿podrían aludir a una prehistórica deidad-árbol?.

La Diosa paleolítica encarna un ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento, como el de la naturaleza (ciclo estacional, por ejemplo), de ahí su factible asociación con la sierpe. Deidades posteriores en el tiempo relacionadas con los ofidios son abundantes (la Tabiti escita, la Coatlicue azteca o la diosa de las serpientes cretense). Conviene recordar que tanto aves como serpientes suelen conformar un binomio mítico estrechamente relacionado con los orígenes de la vida (puede ser el caso de la varilla grabada del Magdaleniense del yacimiento francés de La Madeleine).

Algunas escenas paleolíticas, como las del santuario de Laussel, parecen evocar la probable secuencia de un mito creacional. Aquí se muestra la figura de una Diosa con senos y un huevo bajo ella, o un vientre en forma de huevo1. Podría encontrarse aquí el misterio de la creación, concebido desde la Diosa autofecundante. De aquí procederían las parejas primordiales, cielo y tierra y posteriormente sol y luna, de las que procederá el primer antepasado y el resto de la existencia tal y como relatan gran número de mitos.

En el arte paleolítico se conocen varias figuras de la deidad femenina en actitud tumbada, como si fuese una parturienta, y asociada a animales. Podría tratarse de la deidad dando vida a los primeros seres. Un ejemplo notable es el de Angles-sur-l’Anglin, del Magdaleniense Medio. Aquí aparecen modelados en bajorrelieve tres torsos femeninos, con la presencia del ombligo, el triángulo púbico y la vulva indicados por incisión. Además de las tres figuras antropomorfas se identifican varias figuras animales.

Algunos de los animales más representados en la pintura parietal paleolítica, como los caballos y los bóvidos, pueden reflejar desde un punto de vista simbólico, la dualidad sol y luna o la de verano e invierno, conocida a través de los mitos. El caballo ha simbolizado al sol en diversas culturas, en tanto que el toro o el bisonte cuenta con el cuerno, un atributo distintivo de la deidad lunar.

En el arte del Paleolítico pueden haber existido referencias al mito del primer antepasado, como en el caso del bastón perforado de la Madeleine en el que se grabaron una serpiente, un antropomorfo y cabezas de caballo, o en el yacimiento de Le Portel, donde aparece un conjunto en el que se distingue un caballo, una vulva y un antropomorfo. En tal sentido, la unicón de los principios femeninos y masculinos pudiera estar latente en la cueva francesa de Tuc-d’Áudoubert, donde hay una cámara en la que se modelaron dos bisontes, en cuyas proximidades se encontraron huellas de pasos. Un bisonte macho monta a una hembra, tal vez una reproducción inicial de la unión conyugal divina. Asimismo, en el bajorrelieve de la Venus tumbada de la Magdeleine, la deidad se halla tumbada con un bisonte grabado a sus pies, lo que podría ser la reproducción del protomito de la creación de la divinidad masculina y la hierogamia sacra. El bisonte aquí sería el vástago y, al tiempo, pareja de la Diosa.

En la cueva de Los Casares parece reflejarse una escena de hierogamia, en tanto que una pareja humana, en unión sexual, se encuentra al lado de un mamut. El animal dirige la punta de uno de sus colmillos hacia el pubis femenino, por debajo del enorme falo del varón. Sería una presunta representación de un matrimonio sacro ritual.

Una organización dualista, asociada al totemismo y, por ende, al empleo de ciertos emblemas en forma animal como antepasados clánicos, bien conocida en las sociedades depredadoras de Australia y noroeste de América del Norte, podría ser, de alguna manera, una reminiscencia de una arcaica organización clánica dualista configurada en el Paleolítico Superior europeo, tal vez a partir de la pareja caballo o bisonte y toro. Tales animales se podrían considerar, en este sentido, los antepasados de presuntos clanes fundadores.

Ciertas escenas en las que algunos antropomorfos parecen nadar o bucear entremezclados con peces, halladas en la cueva de los Casares, en Guadalajara, España se han identificado como una probable alusión a un mito de origen y rituales de purificación. Este presumible mito se expresaría en una escena en la que intervienen varios animales y un par de antropomorfos. Se puede apreciar como en la sección superior parece haber animales terrestres estilizados (cabra y bucráneo), mientras a la izquierda de la escena se observa un antropomorfo pisciforme que saca su cabeza a través de la línea superficial de agua. Sus brazos, o aletas, parecen recibir a otro antropomorfo; en una posición inclinada como si fuese a realizar una inmersión, parece recibir del antropomorfo en forma de pez una suerte de rama de seis hojas alargadas. Estaríamos ante un plausible mito en el que el personaje pisciforme, algo semejante a un genio o deidad acuática, entrega al personaje que intenta sumergirse un elemento vegetal. Al acto asisten animales acuáticos (peces) y también terrestres, como la cabra y el toro. Además, parece haber presencia de elementos vulvares. ¿Una referencia a un mito de origen cósmico asociado con el agua?. Resulta probable. También podría ser un reflejo de un ritual de purificación y renacimiento en relación con la vulva y con la presencia del par toro y cabra. Algo análogo podría, tal vez, leerse en Laugerie-Basse, donde un antropomorfo, semejante a un pájaro, extiende su mano hacia un pez de grandes dimensiones.

Una de las escenas en cavidades paleolíticas que más se repiten es la del toro o bisonte que se enfrenta a un antropomorfo, un tema que se identifica en las mitologías históricas posteriores. En una muy conocida escena de la cueva de Lascaux, se ve a un bisonte, destripado por una lanza que le ha traspasado saliéndole a través de su órgano sexual; está de pie ante un hombre tumbado, quizá en trance chamánico. Éste lleva una máscara de pájaro, tiene su falo erecto y señala al bisonte atravesado. A su lado vara con la imagen de un pájaro. Detrás del presunto chamán tumbado hay un rinoceronte que se aleja. El antropomorfo lleva una máscara de pájaro y sus manos son como de pájaro en lugar de humanas. Esta podría ser una mítica escena chamánica, en la que el hombre se hallaría en trance ante un bisonte sacrificado, mientras su alma viaja por el más allá, en tanto que el ave sobre la pértiga sería su espíritu protector.

Existen variantes de estas representaciones con humanos enfrentados a animales, como es el caso del oso en lugar del bisonte o del toro, como ocurre con la placa de la cueva de Péchialet, en la Dordoña, en la que dos humanos se enfrentan a un plantígrado.

En el Paleolítico Superior europeo, el organigrama religioso podría tener su vértice, en definitiva, en una supuesta adoración dirigida a una deidad Madre, creadora, con varias formas, origen de la vida y de la muerte, de la que todo procede, al lado de sus dos emanaciones principales, tal vez el sol y la luna, plasmados simbólicamente en forma animal, en las parejas caballo-bóvido, cérvido-cáprido o caballo y mamut.

Bibliografía básica

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1 Se puede señalar que en el Paleolítico Superior la caverna se concibe como un espacio sacro empleado para llevar a cabo ceremonias religiosas y estéticas. Se ha asimilado la cueva al cuerpo de la Diosa y a su vagina (humedad, oscuridad), de forma que la caverna sería la deidad, su vientre y también su morada.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, junio, 2026.

16 de junio de 2025

Prehistoria e historia antigua del Sudeste de Asia






Imágenes, de arriba hacia abajo: tambor de la cultura Dong Son, datado en torno a 600 a.e.c., de Vietnam. Museo Guimet de París; ejemplares cerámicos de la cultura Buni, en la costa occidental de Java (400 a.e.c a 100). Museo Nacional de Indonesia, Jakarta; Buda coronado en Abhaya Mudra (postura de disipación del temor), y con la rueda de la Ley en las palmas de las manos. Jemer, en el estilo de Angkor Wat; relieves en el templo de Bayon, Angkor Thom, Camboya; escultura en piedra de Buda en Dhyana Mudra, meditando bajo el árbol Bodhi entre dos estupas, Tailandia; y mapa de las rutas de expansión del hinduismo desde India hasta el sudeste de Asia.

Desde una perspectiva geográfica, se pueden identificar dos sub regiones distintas en el sudeste de Asia. De una parte, el sudeste asiático continental (o Indochina), y de la otra el sudeste asiático marítimo (o insular). El continental comprende Camboya, Laos, Myanmar (antigua Birmania), Malasia peninsular, Tailandia y Vietnam, mientras que el sudeste asiático marítimo comprende Brunei, las islas Cocos (Keeling), la isla Christmas, Malasia oriental, Timor Oriental, Indonesia, Filipinas y Singapur. Existen numerosas designaciones históricas antiguas desde la óptica asiática para la región, aunque ninguna es geográficamente consistente entre sí. Los nombres que hacen referencia al sudeste asiático incluyen Suvarnabhumi o Sovannah Phoum (Tierra Dorada) y Suvarnadvipa (Islas Doradas), en la tradición india, las Tierras bajo los Vientos, en Arabia y Persia, Nanyang (Mares del Sur) para los chinos y Nanyo en Japón. El mapa mundial del siglo II creado por Ptolomeo de Alejandría nombra a la Península Malaya como Avrea Chersonesvs, (Península Dorada).

El término moderno de Sudeste de Asia fue empleado por primera vez en 1839 por el pastor estadounidense Howard Malcolm en su libro Viajes por el sudeste de Asia. Malcolm solo incluyó la sección continental, excluyendo la sección marítima en su definición. El vocablo se usó oficialmente para designar el área de operación (el Comando del Sudeste Asiático, SEAC) para las fuerzas angloamericanas en el Teatro del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, desde 1941 hasta 1945.

Durante el Paleolítico, la región estaba ya habitada por Homo erectus desde hace 1,5 millones de años, durante el Pleistoceno Medio. Distintos grupos de Homo sapiens, ancestros de las poblaciones del este de Eurasia, así como poblaciones del sur de Eurasia, relacionadas con Papúa, llegaron a la zona entre 70000 y 50000 A.P. Estos inmigrantes pudieron haberse fusionado y reproducido, hasta cierto punto, con los miembros de la población arcaica de Homo erectus, tal y como sugieren los descubrimientos de fósiles en la cueva Tam Pa Ling. Análisis de datos de conjuntos de herramientas de piedra y descubrimientos de fósiles de Indonesia, el sur de China, Filipinas, Sri Lanka y, más recientemente, Camboya y Malasia, ha posibilitado el establecimiento de rutas migratorias de Homo erectus, con episodios de presencia desde hace 120000 años. No obstante, ciertos y relevantes hallazgos aislados son mucho más antiguos, datándose en hace 1,8 millones de años. El Hombre de Java (Homo erectus erectus) y el Homo floresiensis atestiguan una presencia regional sostenida así como un aislamiento durante el tiempo suficiente para generar una notable diversificación de las características específicas de la especie. En las cuevas de Borneo se ha descubierto arte rupestre o parietal de hace 40000 años, siendo actualmente uno de los más antiguos del mundo.

Homo floresiensis vivió en el área hasta hace al menos 50000 años, después de lo cual se extinguió. Durante gran parte de ese tiempo, las islas actuales del oeste de Indonesia se unieron en una sola masa de tierra conocida como Sundaland debido a niveles más bajos del mar.

Los restos antiguos de cazadores-recolectores en el sudeste marítimo de Asia, como el caso de un ejemplar de cazador-recolector del Holoceno de Sulawesi del Sur, muestran una ascendencia tanto del linaje del sur de Eurasia (representado por papúes y aborígenes australianos) como del linaje de Eurasia oriental, representado por asiáticos orientales. Este individuo cazador-recolector tenía aproximadamente en torno al 50% de ascendencia basal-oriental asiática, siendo ubicado entre los asiáticos orientales modernos y los papúes de Oceanía. Se ha concluido que la ascendencia relacionada con el este asiático se expandió desde el sudeste continental hasta el sudeste asiático marítimo mucho antes de lo que se sugería con anterioridad, ya hacia 25000 A.P., mucho antes de la expansión de los grupos austroasiáticos y austronesios.

Recientemente se descubrió que la ascendencia distintiva de Eurasia oriental se originó en el sudeste asiático continental en torno a 50000 A.P., y se expandió a través de múltiples oleadas de migración hacia el sur y el norte, respectivamente. El flujo genético de la ascendencia de Eurasia oriental hacia el sudeste marítimo de Asia y Oceanía podría estimarse en 25000 (si bien posiblemente antes desde el 50000 A.P). Las poblaciones pre neolíticas del sur de Eurasia del sudeste asiático marítimo fueron reemplazadas en gran medida por la expansión de varias poblaciones del este de Eurasia, comenzando alrededor del 25000 desde el sudeste asiático continental. El sudeste asiático estaba, con seguridad, dominado por ascendencia relacionada con el este de Asia hace 15000 años, antes de la expansión de los pueblos austroasiáticos y austronesios.

Las caídas del océano de hasta 120 metros por debajo del nivel actual durante los períodos glaciales del Pleistoceno revelaron las vastas tierras bajas conocidas como Sundaland, lo que permitió a las poblaciones de cazadores-recolectores acceder libremente al sudeste asiático insular a través de extensos corredores terrestres. La presencia humana moderna en la cueva de Niah, en el este de Malasia, se remonta a 40000 años antes del presente, aunque la documentación arqueológica del período de asentamiento temprano sugiere únicamente breves fases de ocupación. Sin embargo, investigadores y estudiosos como Charles Higham argumentan que, a pesar de los períodos glaciales, los humanos modernos pudieron cruzar la barrera del mar más allá de Java y Timor, quienes hace unos 45000 años dejaron huellas en el valle de Ivane, al este de Nueva Guinea, a una altitud de 2000 metros, explotando productos como ñame y pandanos, cazando y fabricando herramientas de piedra entre hace 49000 y 43000 años.

La vivienda más antigua fue descubierta en Filipinas. Se encuentra en las cuevas de Tabon y se remonta a aproximadamente 50000 años A.P. Los artículos encontrados allí, como tinajas funerarias, loza, adornos de jade y diversas joyas, herramientas de piedra, huesos de animales y fósiles humanos, datan de hace 47000 años antes del presente. Los restos humanos desenterrados tienen, por su parte, aproximadamente 24000 años.

Se pueden discernir signos de una tradición temprana Hoabinhiana, nombre otorgado a una industria y continuidad cultural de herramientas de piedra y artefactos de adoquín en escamas que aparece alrededor de 10000 A.P. en cuevas y refugios rocosos, descritos por primera vez en Hòa Bình, Vietnam. Más tarde también se han documentado en Terengganu, Malasia, Sumatra, Tailandia, Laos, Myanmar, Camboya y Yunnan, en el sur de China. La investigación enfatiza variaciones considerables en la calidad y naturaleza de estos artefactos, influenciadas por las condiciones ambientales específicas de la región y la proximidad y el acceso a los recursos locales. No obstante, es notable que la cultura Hoabinhiana represente los primeros entierros rituales verificados en el sudeste asiático.

El Neolítico, por su parte, se caracterizó por la presencia de varias migraciones hacia el continente y las islas del sudeste asiático desde el sur de China por parte de hablantes de austronesio, austroasiático, kra-dai y hmong-mien. El evento de migración más extendido fue la expansión austronesia, que comenzó alrededor del 5500 a.e.c. desde Taiwán y la costa sur de China. Debido a la temprana invención de los botes estabilizadores oceánicos y de los catamaranes de viaje, los austronesios colonizaron con celeridad las islas del sudeste asiático, antes de extenderse más hacia Micronesia, Melanesia, Polinesia, Madagascar y las Comoras. Dominaron las tierras bajas y las costas de la isla del sudeste asiático, vinculándose en relaciones de parentesco con los pueblos indígenas Negrito y Papua en diversos grados, dando lugar a los isleños modernos del sudeste asiático, micronesios, polinesios, melanesios y malgaches.

La ola de migración austroasiática centrada en los mon y los jemeres, que se originan, a su vez, en el noreste de la India, llegan alrededor del año 5000 a.e.c. y se identifican con el asentamiento en las amplias llanuras aluviales ribereñas de Myammar, Indochina y Malasia.

Las primeras sociedades agrícolas en la región corresponden a una suerte de principados territoriales, tanto en el sudeste asiático insular como continental, que han sido caracterizados como reinos agrarios que, alrededor del 500 a.e.c., habían desarrollado una economía centrada en el cultivo excedente y el comercio costero moderado de productos naturales domésticos. Diversos estados de la zona malaya-indonesia compartían estas características con entidades políticas indochinas como las ciudades-estado de Pyu, en el valle del río Irrawaddy, Van Lang, en el delta del río Rojo y Funan alrededor del bajo Mekong. Văn Lang, fundada en el siglo VII a.e.c. perduró hasta 258 a.e.c. bajo el gobierno de la dinastía Hồng Bàng, como parte de la cultura Đông Sơn, que sostuvo una población densa y organizada, capaz de producir una elaborada industria de la Edad del Bronce.

El cultivo intensivo de arroz húmedo en un clima realmente ideal, permitió a estas comunidades agrícolas producir un excedente de cosecha regular, que fue utilizado por la élite gobernante para reunir, comandar y pagar la fuerza laboral necesaria para llevar a cabo proyectos públicos de construcción y mantenimiento, como es el caso de fortificaciones y canales.

Aunque el cultivo de mijo y arroz se introdujo en torno a 2000 a.e.c., la caza y la recolección siguieron siendo un aspecto relevante del suministro de alimentos, en especial en las zonas boscosas y montañosas del interior. Un buen número de comunidades tribales de los colonos aborígenes australo-melanesios continuaron con un estilo de vida de sustento mixto hasta bien entrado el período moderno. Muchas áreas en el sudeste asiático participaron, además, en la Ruta Marítima de Jade, una diversificada red comercial orientada en el mar, que funcionó durante tres milenios, específicamente entre 2000 a.e.c. y 1000.

La producción de cobre y bronce más antigua conocida en el sudeste asiático se encontró en el sitio de Ban Chiang, en el noreste de Tailandia y entre la cultura Phung Nguyen, del norte de Vietnam, datadas alrededor de 2000 a.e.c.

La cultura Dong Son estableció una tradición de producción de bronce y la fabricación de objetos de bronce y hierro cada vez más refinados, como hachas, hoces y arados, así como flechas y puntas de lanza encastradas además de pequeños artículos ornamentales. Hacia la mitad del primer milenio a.e.c., se produjeron tambores de bronce grandes, de gran calidad y y minuciosamente decorados. Es una industria de procesamiento de metales sofisticada, desarrollada localmente, sin ninguna influencia china o india.

Por su parte, entre 1000 a.e.c. y 100, la cultura Sa Huỳnh floreció a lo largo de la costa centro y sur de Vietnam. Se han descubierto entierros de vasijas cerámicas, que incluían ajuar funerario, en varios lugares a lo largo de todo el territorio. En la costa o en las proximidades de ríos, se depositaron aretes hechos de jade, artículos de vidrio y objetos de metal entre voluminosas tinajas de terracota de paredes delgadas, ollas ornamentadas y coloreadas.

La cultura Buni es la denominación de otro de los primeros centros independientes de producción de cerámica refinada bien documentado, a partir de la presencia de obsequios funerarios, depositados entre 400 a.e.c. y 100, sobre todo en lugares en la costa noroeste de Java. Los objetos y artefactos de esta tradición son conocidos por su originalidad y su notable calidad en las decoraciones incisas y geométricas.

La primera y genuina red comercial marítima en el Océano Índico fue la red austronesia de los pueblos austronesios de la isla del sudeste asiático, quienes construyeron los primeros barcos oceánicos. Organizaron rutas comerciales con el sur de la India y Sri Lanka ya en 1500 a.e.c., dando paso a un intercambio de cultura material (catamaranes, botes con balancines, botes de tablones cosidos) y cultivos (plátanos, cocos, caña de azúcar y sándalo). Además conectaron las culturas materiales de India y China. Conformaban la mayor parte del componente del Océano Índico de la red de comercio de especias. Los indonesios, en particular, comerciaban especias, como la canela y la casia, con África Oriental utilizando catamaranes y botes estabilizadores y navegando con la ayuda de los vientos del oeste. Esta red comercial se expandió para llegar hasta África y la Península Arábiga, lo que dio como resultado la colonización austronesia de Madagascar en la primera mitad del primer milenio. La red comercial también incluía rutas comerciales más pequeñas dentro de la islas del sudeste asiático.

En el este de Austronesia, existían asimismo varias redes comerciales marítimas tradicionales. Entre ellas estaba la antigua red de comercio Lapita de la isla Melanesia, el ciclo comercial de Hiri, el intercambio de la costa de Sepik y el anillo de Kula de Papúa Nueva Guinea, los viajes comerciales en Micronesia, entre las Islas Marianas y las Islas Carolinas (y tal vez también Nueva Guinea y Filipinas), y las extendidas redes de comercio entre las islas de Polinesia.

Desde mediado el primer milenio antes de la Era, el comercio terrestre y marítimo en expansión de Asia había propiciado una interacción socioeconómica y había estimulado la cultura y la difusión de creencias, principalmente hindúes, en el seno de la cosmología regional del sudeste asiático. La expansión comercial de la Edad del Hierro provocó una remodelación geo estratégica regional. El sudeste asiático estaba ahora situado en el área central de convergencia de las rutas comerciales marítimas de la India y el este de Asia, por tanto en la base del crecimiento económico y cultural. Los mencionados reinos indianizados, término acuñado por George Coedès, principados del sudeste asiático, habían establecido una prolongada interacción e incorporado aspectos centrales de las instituciones indias, como el arte de gobernar, la religiosidad, la escritura, la epigrafía, la administración, o la arquitectura.

Los primeros reinos hindúes habían surgido en Sumatra y Java, seguidos por estados del continente como Funan y Champa. La adopción selectiva de elementos de la civilización india y su adecuada adaptación , estimularon el surgimiento de estados centralizados y el desarrollo de sociedades fuertemente organizadas. Los ambiciosos líderes locales entendieron los beneficios del culto hindú. Gobernar de acuerdo con los principios morales universales representados en el concepto de devaraja resultaba ser más atractivo que el concepto chino de intermediarios.

Todavía hoy en día se debate si la influencia india fue propiciada por comerciantes indios o por los brahmanes, o si los propios comerciantes marinos del sudeste asiático desempeñaron un rol central en llevar las concepciones indias al sudeste. Se debate también la profundidad de la influencia de las tradiciones En unos casos se ha enfatizado una completa indianización del sudeste asiático, mientras que en otros se estima que fue limitada y que afectó únicamente a una pequeña parte de la élite. Lo cierto, en cualquier caso, es que numerosas comunidades costeras en el sudeste asiático marítimo adoptaron elementos culturales y religiosos hindúes y budistas de India, desarrollando complejas políticas gobernadas por dinastías nativas.

Los primeros contactos comerciales atestiguados entre el sudeste asiático y China se fechan en la época de la dinastía china Shang, momento en que conchas de cauri servían como moneda. Diversos productos naturales, como los caparazones de tortuga, el marfil, las perlas, el cuerno de rinoceronte y las plumas de aves llegaron a asimismo a Luoyang, capital de la dinastía Zhou desde mediado el siglo XI hasta 771 a.e.c. Se ha supuesto que la mayor parte de este intercambio tuvo lugar en rutas terrestres y únicamente un pequeño porcentaje se envió en embarcaciones costeras tripuladas por comerciantes malayos y yue. Las conquistas militares durante la dinastía Han llevarían, por su parte, a varios pueblos extranjeros dentro del imperio chino.

Entre el siglo II a.e.c. y el XV, floreció la Ruta Marítima de la Seda, conectando China, el sudeste asiático, el subcontinente indio, la península arábiga, Somalia y todo el trayecto hasta Egipto y, finalmente, Europa. Esta Ruta Marítima de la Seda fue establecida y operada esencialmente por marineros austronesios en el sudeste asiático, así como por comerciantes persas y árabes en el Mar Arábigo. La Ruta se desarrolló a partir de las previas redes de comercio de especias austronesias de los isleños del sudeste asiático con Sri Lanka y el sur de la India (establecidas entre 1000 y 600 a.e.c.), así como del comercio de artefactos propios de la industria del jade en el Mar de China Meridional, hacia 500 a.e.c. Durante mucho tiempo, las talasocracias austronesias controlaron el flujo de la Ruta Marítima de la Seda, especialmente las entidades políticas alrededor del Estrecho de Malaca y Bangka, la península malaya y el delta del Mekong. La ruta influyó en la expansión temprana del hinduismo y el budismo hacia el este. Posteriormente, a partir de la dinastía Song, China construyó sus propias flotas, participando directamente en la ruta comercial hasta el colapso de la dinastía Qing.

Los gobernantes locales, al principio, se beneficiaron de la introducción del hinduismo porque mejoraba enormemente la legitimidad de su reinado. El proceso de difusión religiosa hindú tal vez deba atribuirse a iniciativas de jefes locales. Por su parte, las enseñanzas budistas, que llegaron casi simultáneamente al sudeste asiático, llegaron a ser más atractivas para las demandas de la población en general, en tanto que abordan asuntos humanos concretos. El emperador Asoka iniciaría los proyectos misioneros con la intención de enviar monjes, diplomáticos y peregrinos capacitados al extranjero para propagar el budismo, incluyendo un considerable corpus de tradiciones orales, literatura e iconografía.

Entre los siglos V y XIII, el budismo floreció en el sudeste asiático. En el siglo VIII, el reino budista de Srivijaya emergió como una potencia comercial en el sudeste asiático marítimo central y, hacia el mismo período, la dinastía Shailendra de Java promovió el arte budista, que encontró su expresión más sobresaliente en la fastuosa estupa de Borobudur. Las ideas del budismo Mahayana indio, pues el budismo Theravada original ya había sido reemplazado en India, se afianzaron en el sudeste asiático. Sin embargo, una forma pura de las enseñanzas del budismo Theravada se conservaría en Sri Lanka desde el siglo III. Serían precisamente peregrinos y monjes errantes de Sri Lanka los que introducirían el budismo Theravada en el Imperio Birmano, en el Reino siamés de Sukhothai, en Laos, así como en Vietnam y el sudeste asiático insular.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AHEC-UFM, junio, 2025.