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15 de octubre de 2019

Arqueología: el mapa de Nuzi (Ga-Sur)




El mapa más antiguo que se conoce es el denominado mapa de Nuzi (en la imagen), una pequeña tablilla de arcilla que fue hallada en las ruinas de una ciudad de nombre Ga-Sur, al norte de Babilonia. Ha sido fechada hacia 2500 a.e.c., si bien algunos autores creen que posiblemente pueda ser un milenio más antigua. El documento aquí representado tiene una finalidad administrativa pero también un evidente valor cartográfico, pues incluye una serie de anotaciones en escritura cuneiforme en las que se aprecia la atribución de parcelas de una particular superficie a varios propietarios específicos. El elemento central del mapa es un río, casi con total seguridad el Éufrates, cuyo sinuoso curso aparece flanqueado por un conjunto de montañas, representadas en forma de semicírculos apiñados. El curso fluvial es dibujado con líneas rectas, que se ensanchan en una especie de delta, y acaban desembocando en una gran masa de agua. Este documento cartográfico es el primero en el que hay constancia de la orientación. En el mapa se señalan los orientes principales por medio de referencias a los vientos característicos de la región, un recurso clásico en mapas posteriores.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, octubre, 2019.

6 de julio de 2018

Tabillas administrativas sumerias




En las imágenes se puede observar un par de tablillas administrativas sumerias, ambas de Uruk, cuya relevancia no debe pasar desapercibida. La primera (arriba), datada en 3300 a.e.c., registra una cierta cantidad de medidas de cebada que fueron recibidas durante más de dos años por un tal Kushim. Este Kushim, si no es el título genérico de un funcionario, pudiera ser el nombre propio de un individuo concreto y, por tanto, el primer nombre de persona conocido de la historia. No se olvide que los nombres aplicados a la historia humana previa son inventos modernos aplicados por paleoantropólogos o prehistoriadores. La segunda tablilla (abajo), fechada hacia 3100 a.e.c., habla de dos esclavos, En-pap y Sukkalgir, que son propiedad de un tal Gal-Sal. Lo que resulta revelador (no necesariamente sorprendente) es que los primeros nombres registrados en la historia pertenezcan a dos esclavos, un contable y un propietario de esclavos, y no a un sacrosanto sacerdote, un profeta, un elogiado poeta, un renombrado conquistador, un connotado guerrero, un rico comerciante o un magnánimo gobernante.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Julio del 2018.

28 de julio de 2017

Mitanni en la historia de la Edad del Bronce siria


Ilustración: Idrimi, rey de Alalah (actual Tell Atchana)


Los pueblos de lengua hurrita, designados de este modo en las fuentes, formaron a fines del III milenio a.e.c. varias pequeñas principalidades en el norte y el oriente de Mesopotamia. Durante un tiempo, estuvieron sometidas al imperio acadio y a la III Dinastía de Ur, pero posteriormente, tras el colapso de ambos, su ambición creció y se hicieron agresivos, expandiéndose hacia el occidente a través del norte de Siria y en el sector oriental de la meseta anatólica.
Se enfrentaron con los hititas durante los reinados de Hattusili y Mursili, pero acabaron aceptando la soberanía de Yamhad sobre buena parte del norte de Siria. Muy probablemente establecieron relaciones diplomáticas con el reino de Yamhad.
La destrucción de Yamhad por parte del rey hitita Mursili provocó un vacío de poder en el norte de Siria que estos reinos agradecieron. Sobre todo, porque los hititas no pudieron continuar sus éxitos militares en esta zona, ya que Mursili fue asesinado no mucho después de las campañas contra Alepo y Babilonia, de manera que se instaló un período de inestabilidad dentro del territorio hitita que imposibilitaba su retorno a Siria durante un buen tiempo. Tal circunstancia facilitó que los hurritas consolidasen su presencia en la región.
De este modo, en torno al siglo XVI a.e.c., emergió una poderosa confederación de estados hurritas, el reino de Mitanni, que llegaría a ser el más fiero rival de los hititas por el control del norte de Siria y el oriente de Anatolia.  
Un nuevo contendiente en Siria sería Egipto, en concreto a partir de algunos reyes de la Dinastía XVIII.  El fundador de la dinastía, Ahmosis, había expulsado de Egipto a los soberanos foráneos de origen sirio-palestino conocidos como hicsos, provocando la huída hacia sus tierras e infringiéndoles en ellas algunas relevantes derrotas. Tiempo después, Tuthmosis I (1504-1492 a.e.c.) continuó estas empresas militares con campañas en los territorios del norte, lo que dio lugar a la conquista de Palestina y a la conducción de sus ejércitos hasta el Éufrates, en donde erigió una estela conmemorativa de su victoria. De esta forma, se estableció una contienda entre Egipto y Mitanni por el control de las tierras ubicadas entre el río y el Mediterráneo.
Sin embargo, el hijo y sucesor del faraón, Tutmosis II, no mostró interés en dar continuidad a las conquistas de su padre en la región sirio-palestina. Además, Hatshepsut (madrastra de Tutmosis III), solamente puso especial énfasis en el desarrollo comercial y en el establecimiento de vínculos mercantiles. En consecuencia, la acción militar en Siria se detuvo por irrelevante, abandonándose las conquistas previas de Tutmosis I. Esta medida, fruto del cambio de orientación de los intereses de Egipto proveyó la oportunidad deseada para que se llevar a cabo la primera expansión mayor del poder mitannio hacia el oeste, en específico en la segunda mitad del siglo XV a.e.c. bajo el reinado del rey Parrattarna.
Su primer objetivo era Alepo. Aunque el reino del que había sido capital, Yamhad, había desaparecido,  Alepo se había recuperado de su destrucción por parte hitita y se había restablecido bajo una nueva línea de reyes, de entre los cuales se conocen los nombres de algunos (Sarra-el, Abba-el e Ilim-ilimma). Además, también había establecido una nueva soberanía sobre un determinado número de estados próximos, entre ellos Amae, Niya y Mukish. Se temía, de parte mitannia, el surgimiento de un nuevo gran estado al norte de Siria cuya base fuese Alepo, lo cual era una amenaza mayor para las intenciones de Mitanni de expansionarse por Siria. Por consiguiente, Alepo tenía que ser conquistado.
El reclamo de Alepo por parte de Idrimi se condujo finalmente a través de una ruta diplomática con el rey mitannio Parrattarna, con el que acabaría sellando un compromiso en forma de tratado. Sería instalado como rey, pero como vasallo de Parratarna, y con autoridad únicamente en los sectores occidentales del antiguo reino de Alepo (Mukish, Niya y Amae). Por si fuera poco, su asiento estaría en Alalah, no en el núcleo de Alepo. Con ello, Parratarna garantizaría un virtual estatus autónomo del resto de los territorios que había antaño comprendido el reino de Alepo. De esta forma, Parrattarna afirmaba el control sobre la región.
Mitanni surgió como el dominador politico del norte de Siria y el sureste de Anatolia, un poder manifestado a través de una red de estados vasallos. En parte, este predominio fue debido a la debilidad hitita. Sin embargo, los acontecimientos en Egipto provocarían un nuevo giro en los acontecimientos. La muerte de Hatshepsut abrió una nueva fase en las ambiciones internacionales de Egipto. El corregente Tutmosis III se convirtió en faraón y decidió retomar las empresas imperiales egipcias. En Palestina y en Siria, infringiría una devastadora derrota a una coalición de fuerzas sirias en Megiddo, desde donde dirigiría, una vez más, sus tropas hacia el Éufrates, conquistando de tal modo, los territorios sometidos a Mitanni. Fue así como diversos reinos próximo-orientales empezaron a reconocer al faraón como su nuevo señor. Así, buscaron establecer relaciones diplomáticas con el faraón enviándole tributos y regalos. Asiria, Babilonia y los hititas estuvieron entre los interesados por organizar esas relaciones.
Las empresas asiáticas de Tutmosis no habían impuesto más que un temporal predominio sobre Mitanni, sin darle a Egipto un control permanente significativo sobre los estados sirio-palestinos conquistados. Además, la influencia egipcia en la región había declinado tras las campañas del faraón, a la par que la influencia mitannia había resurgido bajo la presencia de un nuevo mandatario, Saushtatar. La décimo séptima campaña de Tutmosis en Palestina y Siria, dirigida contra las ciudades de la Siria central, concretamente Kadesh y Tunip, que se habían rebelado, fue muy probablemente la última. Casi con seguridad, los rebeldes obtuvieron el apoyo mitannio.
Saushtatar  tenía otra preocupación en mente, en particular el posible resurgimiento asirio, cuyo territorio se encontraba al este de Mitanni. Si bien el antiguo Reino Asirio había finalizado por la intervención de Hammurabi hacia 1762 a.e.c., un estado asirio, de reducidas proporciones, aun subsistía, y podría llegar a ser una amenaza al territorio mitannio mientras Saushtatar estuviese ocupado operando en el occidente.
Para minimizar el riesgo asirio, el rey invade Asiria y saquea Asur, su capital tradicional. Asiria quedaba ahora absorbida dentro del reino de Mitanni como un estado vasallo de Saushtatar. Además, eso dejaba libre al rey mitannio para perseguir sus ambiciones territoriales en Siria.  Es bastante posible que en esa época  también Saushtatar entablara una alianza con el rey de Kadesh, sobre el Orontes, quien era reconocido como el señor del territorio sirio al sur de Alalah. Este acuerdo diplomático resultaría muy beneficioso pues las nuevamente adquiridas regiones de la Siria septentrional podrían estar en seria amenaza.   
Cruzando el Tauro, la fortuna de los hititas había tomado una dramática dirección (hacia mejor), con el ascenso al trono de Tudhaliya. Tudhaliya estableció primeramente su autoridad sobre la mayoría de la península de Anatolia, y tenía ahora la intención de restaurar el estatus de Hatti como el mayor poder en el mundo del Próximo Oriente de Asia.  Ello significaba, naturalmente, reasumir las campañas hititas en Siria.
Uno de los primeros objetivos de Tudhaliya era la ciudad de Alepo, cuyo gobernante local, ante la amenaza hitita, se encontraba atrapado en un dilema: si mantenía una alianza con Saushtatar, podría esperar represalias del ejército hitita, mientras que si hacía lo contrario, esperaría el mismo trato del rey mitannio. Finalmente, decidió que el mandatario hitita era el más fuerte y peligroso y, en consecuencia, trabó una alianza con él. Probablemente, el rey mitannio presionó para que la alianza se hiciese con Mitanni, porque lo cierto es que  a la llegada hitita, Tudhaliya devastó Alepo y mató al rey local.
Aunque no se sabe que sucedió con Saushtatar tras la campaña de Alepo, lo cierto es que Mitanni (Hanigalbat) continuó existiendo, si bien una parte importante de su territorio, particularmente el norte de Siria, fue tomado por los hititas. En cualquier circunstancia, una revigorizado Mitanni surgió de nuevo bajo el nuevo rey Artatama, sucesor (y probable hijo) de Saushtatar.
Uno de los principales objetivos de Artatama era reconquistar algunos de los territorios mitannios perdidos a manos hititas, y reclamar la soberanía sobre las tierras de  los anteriores súbditos del reino en Siria. Los problemas que experimentaban los hititas para mantener su autoridad sobre los súbditos anatólicos les distrajeron, durante un tiempo, de las nuevas amenazas de Mitanni, un factor que el rey Artatama pudo aprovechar en su beneficio. Sin embargo, el rey fue muy cuidadoso de no arriesgar al precipitarse a hacer algún movimiento sobre los estados norteños sirios. Un intento prematuro en tal dirección podría provocar el retorno de las fuerzas hititas a la región.
Además, también había que contar con otro actor habitual, Egipto. La influencia del país del Nilo sobre Siria y Palestina había declinado, ciertamente, desde los tiempos de las campañas de Tutmosis III, aunque Egipto todavía mantenía activos intereses en la región. Dicho interés estuvo detrás de un par de campañas del sucesor de Tutmosis, su hijo Amenhotep II, y animó las de su nieto Tutmosis IV. En cualquier caso, los intereses territoriales mitannios al occidente del Éufrates se focalizarían primeramente en los estados del norte de Siria, en tanto que la Siria y la Palestina central y meridional eran zonas remotas para Mitanni.
Por mediación de un tratado, Egipto permitía a Mitanni despacharse libremente en la Siria septentrional, lo cual debía satisfacer las ambiciones de ambos reinos y proveer los fundamentos de una alianza entre ellos contra un tercer poder, el de los hititas.
De este modo, se alcanzó un acuerdo entre Artatama y Tutmosis IV, de forma que se estableció una frontera entre sus territorios en Siria. El acuerdo cerraba la puerta de la región de Siria a los hititas. No obstante, los hititas estaban en este tiempo más preocupados de Anatolia que de la exclusión de Siria de su esfera de influencia.
Los levantamientos en Anatolia condujeron por esa época a una crisis que amenazaba la propia existencia de Hatti. Alrededor de la propia casa de los hititas, las fuerzas enemigas eran abundantes: los pueblos Gasga en el norte, Arzawa en el sur y sureste, los intrusos de las tierras de Isuwa y Azzi al este y noreste. El territorio madre de los hititas fue invadido y ocupado, e incluso Hattusa destruida. La familia real escapó y estableció una residencia temporal en Samutha, hacia el este. Desde este punto comenzaría la tarea de reganar las tierras a los enemigos, una operación de recuperación que resultaría exitosa, esencialmente gracias al príncipe hitita Suppiluliuma, el principal arquitecto de la restauración del reino.
Con Suppiluliuma los hititas volvieron a estar en la cumbre del poder militar y  político de la época. El rey lograría la destrucción del reino de Mitanni y remplazar su señorío sobre las posesiones sirias. El rey hitita contaría en esta empresa de control de Mitanni con la circunstancia de la muerte del rey Artatama que fue, finalmente, sustituido por Tushratta, uno de sus nietos, aunque discutido por otro pretendiente que, al parecer, contaba con el apoyo de la población. Esta incertidumbre fue bien explotada por el rey hitita.
Suppiluliuma  condujo una expedición que cruzó el Éufrates hasta la tierra de Isuwa, que permanecía entre el territorio hitita y el mitanio.  Formalmente sujeto al territorio de Hatti, Isuwa no se alinearía con Mitanni.  En la directa confrontación con Tushratta, de acuerdo a una carta de este rey al faraón Amenhotep III, fue Mitanni el que obtuvo la victoria. 
Para garantizar la derrota de Mitanni y la destrucción de su imperio, Suppiluliuma necesitaba emplear un conjunto de estrategias que incluían la fuerza militar pero también la habilidad política.
Adoptando la premisa de “divide y vencerás” buscó la manera de aislar a Tushratta de sus principales soportes por medio de una serie de alianzas diplomáticas. Entre las mismas incluyó un tratado con el pretendiente al trono mitannio, Artatama en el cual, presumiblemente, el soberano hitita reconocería a Artatama como el legítimo rey de Mitanni si le prestaba ayuda o, al menos, tomaba una postura benevolentemente neutral en el conflicto con Tushratta. Por otro lado, el rey hitita deseaba mantener al margen de la guerra al faraón, para lo cual dejó claro que no quería conflicto alguno con Egipto, ni tenía intención de extender las operaciones militares contra Mitanni en los territorios faraónicos al sur de Siria y Palestina.  En esa época, el trono egipcio estaba ocupado por Amenhotep IV, el “rey hereje”. Suppiluliuma se obligó a que las relaciones con el faraón fuesen de lo más cálidas y cooperativas.
El rey hitita llevaría a cabo una campaña de un año de duración contra  Mitanni y sus súbditos en Siria. Se la conoce como la Gran Guerra Siria  (hacia1340 a.e.c.). Los dos objetivos principales en esta campaña eran la destrucción del corazón de Mitanni, en el norte de Mesopotamia, y la conquista de los estados en Siria que habían sido o súbditos o aliados de Mitanni.
Un estado de gran relevancia que Suppiluliuma ganaría, eventualmente, por medio de la diplomacia más que por la fuerza, sería el reino de Ugarit, localizado en el noroeste de Siria. Ugarit nunca había sido un reino que destacase por su poder militar, sino por sus riquezas y ubicación estratégica, motivos por los cuales atraía los intereses de las grandes poderes de ese tiempo.
Ugarit había permanecido independiente de alguna de esas fuerzas. Su rey Ammishtamru se encontró en una encrucijada cuando Mitanni y los hititas entraron en conflicto. Si se asociaba con Mitanni en la guerra, y Suppiluliuma conseguía vencer y tomar las tierras del norte, su reino sería, casi con seguridad, tomado por los hititas. Por el contrario, si se arrojaba a los brazos de Suppiluliuma, y Tushratta lograba expulsar a los hititas fuera de Siria, las represalias de Mitanni vendrían con total certeza. La neutralidad también podría ser arriesgada, pues daría la impresión de que Ugarit podría ser atacado en cualquier momento sin grandes excusas y sin que nadie acudiera en su auxilio. La única vía admisible para el rey de Ugarit fue aliarse con el faraón egipcio, hecho que acabaría siendo un astuto movimiento, pues Mitanni, muy improbablemente, arriesgaría su alianza con Egipto atacando Ugarit, del mismo modo que  Suppiluliuma no desearía entorpecer las cordiales relaciones con Egipto establecidas en su alianza previa.
De este modo, Ammishtamru se sintió a salvo al distanciarse tanto de Mitanni como al rechazar los pretendidos avances de Suppiluliuma. Pero a la muerte del rey de Ugarit, el soberano hitita convenció a su hijo y sucesor Niqmaddu II, a través de una misiva. Sus vecinos, los soberanos de  Mukish y Nuhashshi, ambos aliados de Mitanni, atacaron sus tierras y le sometieron a un castigo, antes de que el rey hitita tuviese la oportunidad de responder a su solicitud de ayuda. Cuando Suppiluliuma respondió logró retirar a los intrusos hasta sus propios territorios y restauró a Niqmaddu lo que le habían sustraído.  
La estrategia de Suppiluliuma en esta Gran Guerra fue, en principio, cruzar el Éufrates y golpear al corazón medular del poder de Mitanni, ocupando con ello el territorio nuclear de Tushratta antes de que el adversario tuviese tiempo de organizar una defensa adecuada.  Casi todo le salió a pedir de boca. Washshuganni, la capital de Mitanni cayó y fue devastada. Sin embargo, el rey mitannio logró evadirse y llevar con él algunas tropas.
El rey hitita también impuso su autoridad sobre todos los reinos locales formalmente sometidos a Mitanni, desde el río Éufrates hasta el Mediterráneo. Así, conquistó  Mukish, Niya, Alepo, Qatna, Arahtu y Nuhashshi, además de las regiones meridionales hasta la frontera de Damasco, donde comenzaba el terreno egipcio.

Depuso a cada gobernante y los desterró, con sus familias, a Hattusa. Fue una campaña muy exitosa, pero todavía restaba pos ser sometido un poder mayor mitannio al occidente del Éufrates, la ciudad de Carchemish. Acabó resistiendo más de una década, tras un prolongado sitio, llevado a cabo hacia 1327 a.e.c. Finalmente, Tushratta fue ejecutado. Entre sus asesinos estuvo su propio hijo, Shattiwaza.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. 

2 de enero de 2016

El reino de los casitas en Babilonia: orígenes y cultura

Kudurru de Melishipak I (1186-1182 a.e.c.), hallada en Susa. Presenta símbolos divinos en la parte superior. Museo del Louvre, París.

Según consta en la Lista de los Reyes Babilonios gobernaron la ciudad de Babilonia treinta y seis reyes casitas durante un período de casi seiscientos años. Si se compara con la Lista de los Reyes Asirios se puede concluir que la dinastía casita finaliza en torno a 1155 a.e.c. Los primeros soberanos debieron haber sido, en consecuencia, contemporáneos se Samsu-iluna (1749-1711 a.e.c.). Es probable, en cualquier caso, que los antiguos reyes casitas de la mencionada lista babilonia fuesen antepasados que no reinaron o que, en su defecto, lo pudieran haber hecho en algún otro sitio.
El origen de los casitas es muy poco claro. Se les menciona por vez primera durante el reinado de Samsu-iluna. Antaño se creyó que se trataba de bárbaros incivilizados que habrían penetrado en Mesopotamia desde alguna de las regiones montañosas de Irán. Actualmente, por el contrario, se sugiere una migración pacífica desde alguna región no conocida. Los hechos que acontecieron tras la caída de Babilonia ante el poderío hitita hacia 1595 a.e.c. permanecen en el anonimato, pero parece bastante probable que desde fines del siglo XV y hasta el XII a.e.c., los reyes de Babilonia fueran casitas. Los textos encontrados en Tell Muhammad y Sippar, pertenecientes al período antiguo babilónico, identifican a los casitas con trabajadores agrícolas en su mayoría.
De la lengua casita se desconoce, así mismo, casi todo. Solamente existe la referencia de una lista de vocabulario casita-babilonio con unas pocas palabras, diecinueve nombres casitas con sus respectivos equivalentes babilonios y ciertos nombres propios. Además, algunas palabras sueltas, esencialmente términos técnicos, se pueden observar en textos acadios. Más seguro es que los casitas adoptasen el modo de vida babilonio. El período casita representaría, en consecuencia, la continuación de la antigua cultura babilónica[1]. De hecho, restauraron muchos templos de los arcaicos dioses de Mesopotamia (un factor que no implica que careciesen de los suyos propios[2]).
En la dinastía casita, la tercera de Babilonia, se constata que la familia reinante poseía nombres casitas, pero es improbable que los casitas formaran parte activa de una elite administrativa o que representaran una amplia capa de población. Los centros casitas por antonomasia eran Babilonia y la zona en torno al río Diyala, en la región occidental de Irán. Más hacia el norte de estos territorios la población era eminentemente hurrita en su gran mayoría. Los casitas se organizaron en tribus que, a su vez, se agrupaban en casas, que podían llevar el nombre de un ancestro epónimo (Karziabku, sin ir más lejos). Estas casas se fundamentaban en las relaciones de parentesco sanguíneo por el lado masculino y, por tanto, estaban dirigidas por un bel biti o señor de la casa. Se puede decir que no estaban muy integrados en la sociedad babilónica. Prácticamente nada se sabe de cómo eran las relaciones entre esas casas y la familia en el poder.
El primero de los reyes casitas conocido a través de las inscripciones fue Karaindash (hacia 1420 a.e.c.), quien fue el responsable de la construcción de un templo dedicado a Inanna en Uruk. Mantuvo correspondencia con el faraón, como también hicieron sus sucesores Kadashman-Enlil I y Burnaburiash II (entre 1360-1333 a.e.c.). Las principales preocupaciones de estos monarcas fueron la concertación de matrimonios y la política del intercambio de regalos. Tras el deceso de Burniburiash, su hijo y, por tanto, sucesor, no logró apoderarse del trono porque fue asesinado. Sin embargo, el soberano asirio, a la sazón Ashur-uballit I intervino decisivamente para instalar en el trono de Babilonia a Kurigalzu II[3] (1332-1308 a.e.c.). Este rey llevó a cabo reconstrucciones de templos en Ur, Isin y Uruk y es, probablemente[4], el responsable de erigir el templo y el palacio de Dur-Kurigalzu, donde todavía se conservan las ruinas de un zigurat y del palacio, de más de nueve hectáreas y con varios bloques de patios. Kurigalzu II se destacó, asimismo, como estratega militar. Algunas crónicas señalan que derrotó a los elamitas y a los mismísimos asirios. Tal es así, que en Susa se han hallado inscripciones que le mencionan.
El momento clásico del poder casita se puede ubicar en el período de tiempo (más o menos un siglo) que transcurren entre el reinado de Kurigalzu II y Kashtiliash IV (1232-1224 a.e.c.). En Nippur salieron a la luz varios miles de tablillas, la mayoría documentos económicos, que corresponden a este período, y que están fechadas según el año de reinado del soberano, no con el nombre del año. Los casitas normativizaron los textos sumerios y acadios. La literatura tradicional fue copiada, precisamente, en este período. Por otra parte, fueron los casitas los que introdujeron un tipo de documento novedoso, el kudurru, para conmemorar las cesiones de tierras. Solía ser un monumento en piedra labrada de aproximadamente un metro de largo, con ilustraciones simbólicas de las deidades que testifican las transacciones. Aunque los más antiguos ejemplos se datan en el siglo XIV a.e.c., su frecuencia es notable en los siguientes siglos, XIII y XII.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV. FEIAP. 2 de enero del 2016


[1] La mayoría de las inscripciones en las que aparecen los reyes casitas están escritas en sumerio, mientras que los contratos y cartas en babilonio. Unos pocos reyes casitas del período final tuvieron nombres babilonios.
[2] Es el caso de Shimaliya y Shuqamuna, protectores de la familia real. Se trata de unas deidades que figuran, además, en la literatura de Ugarit. Otros dioses casitas fueron Mirizir, Sah, deidad solar, Shuriash, Shipak, dios lunar, Maruttash, vinculado con la guerra y Harbe, la divinidad principal del panteón y que también estuvo presente entre los hurritas.
[3] El rey asirio tenía claros intereses pues había casado su hija con el monarca casita.
[4] Existen ciertas dudas razonables sobre si fue este rey o Kurigalzu I el que llevó a cabo estas construcciones.

1 de febrero de 2015

Los reinos arameos: de Siria a Mesopotamia

Estatua de tradición siria y mesopotámica de un rey del reino arameo de Sam’al.

Los arameos, cuya historia es nómada por excelencia, conformaban un conjunto de tribus semíticas que desde la región de Aram (un término de origen hurrita), una zona ubicada en la orilla oeste del Éufrates, se expandieron por Siria, Mesopotamia, Elam e, incluso, Asia menor, siguiendo las corrientes migratorias de fines del siglo XII a.e.c. El término Aram aparece citado por vez primera en un texto acadio de Naram-Sin (2260-2224 a.e.c.), en el que el rey acadio anuncia su victoria sobre un señor de Aram y de Am. Sin embargo, parece que este Aram no tiene relación con los arameos. En cierta documentación de Mari y Ugarit, del II milenio a.e.c., aparece el vocablo Aramu como nombre propio y como gentilicio. En una lista geográfica de tiempos del faraón egipcio Amenofis III se menciona un país de Aram.
El origen de los arameos pudiera hallarse en el desierto sirio y arábigo. Las primeras referencias claras a ellos se observan en la época del, rey asirio Tiglatpileser I (entre 1115 y 1077 a.e.c.). Los arameos, finalmente asentados lograron, en parte gracias a las actividades comerciales de las gentes de Palestina y el interior de Siria, establecer unidades geopolíticas independientes, pequeños estados autónomos medianamente centralizados.
El principal reino arameo en Siria fue Aram Soba, fundado a finales del siglo XI a.e.c., que estuvo articulado por la presencia de diversas ciudades, como Betah o Damasco, que tenían sus propios reyezuelos, pero que reconocían formalmente, la supremacía de un tal Hadad Ezer. Damasco, por ejemplo, estableció su propia dinastía de la mano de Rezón (965-926 a.e.c.), el hijo de un general de Hadad, en una época coetánea a la del reinado de Salomón. En este sentido, Damasco era un reino arameo independiente (llamado en los textos cuneiformes Sha-imeru-shu), que entró en contacto militar con los israelitas en diversas ocasiones. El reino, con Ben-Hadad I (880-865 a.e.c.) se convirtió en la potencia primordial de toda Siria. De hecho, aliado con doce reyes de Siria y Palestina, este soberano logró vencer a los poderosos asirios de Salmanasar III en el país de Hamat. Tuvo que ser el asirio Tiglatpileser III quien, en 732 a.e.c., tomase el reino y deportase a su población.
Otro de los reinos arameos en la zona fue Hamat, en las márgenes del río Orontes, en el centro de Siria. La realeza de este reino, no obstante, padeció una ocupación hitita. Entre sus reyes, destacó Urhilinas (Irkhuleni, entre 860 y 830 a.e.c.), uno de los participantes de la coalición contra los asirios de Salmanasar III, su hijo Uratamis, y el rey Eni-i-lu, quien reinó entre 750 y 730 a.e.c. Sería el asirio Sargón II quien, finalmente, conquistaría este reino, instalando colonos asirios en la región y poniendo a un militar como gobernador de la nueva provincia asiria.
En la zona del alto Jordán se formaron los pequeños reinos de Ma’akah, Gheshur y Bet-Rekhob. El primero de ellos, ubicado en el sur del Líbano, se sabe que se sometió al poder de Damasco y luego pasó a formar parte de Asiria a fines del siglo VIII a.e.c. Los Ammon (los Bit-Ammani de las fuentes de los asirios), establecieron su capital, en torno al curso superior del río Yabbok, en Rabbah, la actual Amman, capital de Jordania. Tas fieras luchas contra Israel, cayeron en manos del rey David. Sus reyes, desde Ba’sa hasta Amni-nadbi, fueron tributarios de los asirios. En Aleppo (Khalpu), antiguo centro amorreo del norte de Siria, se formó, en el siglo IX a.e.c., un reino arameo denominado Bit-Agusi, comandado por un soberano de nombre Gusi. Hacia finales del siglo IX a.e.c., con el rey Atashumki, el reino dirigió una coalición anatólico-aramea contra el asirio Adad-nirari III, a quien no pudo vencer, pero salió ganando algunos territorios. En 754 a.e.c. Asiria pacta un tratado de alianza con Bit-Agusi para afrontar el inconveniente con el reino de Urartu. No obstante, Tiglatpileser III acabaría conquistando el reino, provocando su desaparición en 740. Otro pequeño reino arameo en la región fue Katak.
Desde el siglo X a.e.c., los arameos llegaron al sureste de Asia menor, en torno a los montes Tauro, instalándose en territorio luvita. Allí fundan un reino denominado Sam’al o Bit-Gabbar, primeramente mencionado en los anales del rey asirio Salmanasar III. El asirio derrota al rey Khayanu de este reino en 858 a.e.c., y le somete al pago de tributo anual. De los diez reyes del reino de Sam’al el más renombrado fue Kilamuwa (fines del siglo IX a.e.c.), quien vence a los danuna con apoyo asirio. Al morir Bar-rakib, a fines del siglo VIII a.e.c., el reino fue incorporado a Asiria como una provincia más, de la mano de Salmanasar V.
Las fuentes avisan que hacia 1100 a.e.c. había gentes arameas en el norte de Mesopotamia y en el Éufrates medio, en donde se constata la presencia de los reinos Bit-Adini, Bit-Zamani, Bit-Bakhiani, Tilabri y Sarugi. De ellos, quizá Bit-Adini haya sido el más famoso. Con capital en Tell Barsip desde 970 a.e.c., estuvo enfrascado siempre en luchas contra los asirios. Estos destruyeron algunas de sus ciudades y deportaron a sus habitantes. La conquista definitiva le corresponde a Salmanasar III, quien conquista la capital en 856. El reino de Bit-Bakhiani aparece mencionado por primera vez en un texto de Adad-nirari II (911-891 a.e.c.). Assurnasirpal II, en expedición contra Karkemish, atraviesa su territorio y recibe del reino tributo y tropas. La capital, Guzana, fue destruida por Tiglatpileser III en 730, en un momento en que reinaba un tal Kapara. En el alto Tigris había otros principados arameos, como Nasibina, Mamblu, Bit- Zamani y Gidara, de la tribu temanaia. En el Éufrates medio, por su parte, destacó Bit-Khalupe y Sukhi, asociado a otro principado, el de Khindanu. Todos ellos eran tributarios asiduos de los asirios, hasta el sometimiento total durante el reinado de Tiglatpileser III.
La base social aramea fue la familia patriarcal. El conjunto de familias y clanes conformaban la tribu, asociadas entre sí a través de leyes comunales. El control lo tendría un Consejo de Ancianos, uno de los cuales era un jefe (nasiku) temporal. La comunidad de sangre o descendencia eran los criterios de legitimidad[1]. La estructuración de la población se haría, genéricamente hablando, entre nobles y campesinos (señores y pueblo). Sobre ellas gobernaba un jefe (antiguo jefe tribal), y sobre los jefes un rey (mlk), que se haría con el tiempo hereditario, poseedor del poder militar, judicial y económico.
La economía se fundamentaba en la ganadería ovina, vacuna y caprina, en una suerte de pastoreo semi nómada. Sedentarizados, también practicaron la agricultura y la actividad mercantil, comerciando en caravanas con metales, como hierro, cobre o estaño, y con madera, granos y textiles. Coincidieron entre los arameos la propiedad comunal, en los pastos, la privada de armas u objetos suntuosos, y la familiar, en algunas tierras, animales y sus propias tiendas.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. Febrero 2015.


[1] En conjunción con la independencia y autonomía propia de cada reino arameo, se mantuvo siempre una relación estrecha, sobre todo en los conflictos contra el enemigo común, Asiria. Este vínculo se oficiaba en coaliciones basadas en tratados de asistencia militar, como las que dirigió, por ejemplo, Damasco.

6 de mayo de 2014

El Dinástico Arcaico en la antigua Mesopotamia

Estela en alabastro de U-umgal. Período dinástico arcaico, en torno a 2900-2700 a.C.

Este período, que abarca cronológicamente desde 2800 a 2340 a.n.E. (momento de conformación del reino acadio por Sargón), se caracteriza por el desarrollo de las ciudades en la Mesopotamia meridional. La Lista Real sumeria menciona que tras el diluvio la realeza, en sí misma un don celestial, se establece en la ciudad de Kish. Algunos historiadores son de la opinión de que hubo una anfictionía de ciudades (koiné) sumerias centralizadas en torno a Nippur, un centro eminentemente más religioso que político. El nombre de Sumer, Kenger, es una denominación, precisamente, de la región de Nippur, ciudad que nunca fue capital de estado o sede de la realeza, sino un prestigioso centro religioso. Otros estudiosos, por el contrario, creen que al comienzo del período del Dinástico Arcaico el país de Sumer estuvo unificado en torno a la autoridad de Kish. De hecho, el título “rey de Kish” acabará siendo una referencia de la soberanía sobre Sumer y Acadia.
El período se puede definir, en cualquier caso, a partir de la presencia de un régimen político concreto, el de las ciudades-estado, siempre celosas de su independencia y continuamente en conflicto entre sí. Se conoce la historia de alguna de ellas, como Uruk, cuyos reyes portaban el título de en y se desempeñaban como sacerdotes de la diosa Inanna. Varias epopeyas asocian al trono de Uruk a un personaje semi heroico denominado Enmerkar, y a su sucesor Lugalbanda, aunque su monarca más renombrado fue el héroe legendario Gilgamesh. De Kish se conoce el nombre de su antiguo rey Mebaragesi, quien según la Lista Real encabezó una campaña contra Elam, y de Ur un rey llamado Mesanepada, que porta el título mencionado de “rey de Kish”.
A partir de 2550 a.n.E. las guerras contra Elam son habituales y constantes, aunque también otros conflictos, de carácter fronterizo, se destacan ahora, particularmente, el que opone Uruk contra Ur y el que enfrenta a Umma con Lagash. El soberano de Ur, Enshakushana se apodera de Uruk, e inaugura una doble realeza en ambas ciudades, que se extenderá hasta la época de Sargón. También Kish y Nippur pudieron estar sometidas ahora a Ur. Un tiempo después, no obstante, Lugalkisalsi será derrotado por el monarca de Umma Lugalzagesi.
La dinastía de Lagash es fundada en 2550 a.n.E. por Urnanshe, aunque el apogeo dinástico acontece con su sucesor Eanatum. Es al mando de este rey cuando Lagash somete al ejército de Umma y obliga a esta ciudad a ceder varios territorios. Al tiempo, también se apodera de Kish y se atribuye el prestigioso título que ya hemos mencionado. Sin embargo, bajo el siguiente rey de Lagash Umma se subleva, aunque el nuevo rey de Lagash, Entemena, logra estabilizar la situación creada, en torno a 2430 a.n.E. Además, para garantizar la defensa de la ciudad firma un pacto de alianza con Uruk. Tras Entemena empieza, sin embargo, el declive de Lagash. Le sucede un usurpador (Urukagina=Uruinimgina), pero acaba siendo expulsado por el rey de Umma, Lugalzagesi (que ataca Ur y Uruk, apoderándose de la doble realeza), aunque el usurpador logra mantenerse estableciendo una nueva capital en Girsu. Lugalzagesi, tras apoderarse de Ur y Uruk, establece en esta última la capital, y obliga su reconocimiento como rey por parte de los sacerdotes de Nippur. Reúne, así, bajo su poder y autoridad, todo el país de Sumer.
Hacia el final del período vemos que ninguna ciudad se impone a las demás de forma duradera, pues están de continuo en conflicto unas con otras. Aunque existen alianzas, no dejan de ser habitualmente efímeras.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCv-UCAB, Caracas