13 de mayo de 2021

Arqueología: diosa nabatea Hayyan y moneda de los Catuvellaunos



Un par de interesantes piezas atribuibles, una al mundo nabateo de Petra, y la otra al ámbito prerromano de Britania. La primera se trata de una escultura hallada en el templo nabateo de los Leones Alados, que conserva una inscripción que ha sido traducida como “diosa Hayyan; hija de Nybat”. Se cree que esta Hayyan sería la equivalente nabatea de Afrodita-Venus. Eran habituales estas representaciones divinas en bloques planos de piedra sacra, con rostros apenas esbozados, muy esquemáticos. 

La segunda es una espléndida moneda de los catuvellaunos, una de las varias tribus prerromanas célticas presentes en Britania, que muestra un jinete en el anverso y diversos motivos geométricos (círculos, medias lunas) en el reverso. Esta moneda, como otras, pudo ser acuñada en Camulodunum (la actual Colchester), a la sazón ciudad principal de la tribu de los trinovantes, lo que implicaría una expansión hacia el este de estos Catuvellaunos. Uno de los notables reyes de esta tribu, el reconocido Carataco, fue el que luchó denodadamente (véase Tácito y Dión Casio), como líder de la “resistencia” contra aquel gobernador romano de nombre Publio Ostorio Scapula en las montañas de Gales. Tan renombrado fue este personaje que el compositor británico Edward Elgar le convirtió en tema de una cantata a fines del siglo XIX, finalmente dedicada nada menos que a la reina Victoria.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, mayo, 2021.


4 de mayo de 2021

Origen, formación y consolidación del antiguo Estado de Yamato en Japón



Imágenes: mapa del área de Yamato y línea sucesoria imperial Yamato (desde el siglo I a.e.c. a finales del siglo IV).

A finales del siglo IV comenzaron a construirse grandes túmulos funerarios, denominados kofun. Estos túmulos, con sus abundantes y preciados bienes sepulcrales señalan que fue en esta época cuando surgió en la región de Yamato un poder central poderoso y próspero capaz de movilizar una gran cantidad de población a su servicio. El nuevo Estado unificador estaba encabezado por un rey, Ókimi, el principal jefe entre los jefes tribales (kimi). Sometiendo a los demás, el rey señalaba en cada kuni sometido un territorio bajo su dominio directo, otorgando objetos de bronce, espejos y espadas principalmente, que simbolizaban la subyugación pero también un reconocimiento del poder local.

En el siguiente siglo los reyes de Wa aparecen citados en las fuentes chinas. La Crónica de Song menciona cinco reyes de Wa que tributaron a la dinastía meridional de China. Se trata de San, Chin, Sai, Kó y Bu, quienes corresponderían a los monarcas que en la Crónica de Japón o Kojiki serían conocidos como los tennó Nintoku, Hanzei, Ninkyó, Ankó y Buretsu. Eran reconocidos como soberanos de Wa por medio del otorgamiento de un título militar (Pacificador) de un territorio, desde la óptica china, bárbaro, territorio que incluía regiones del sur de Corea.

En esta misma época, aparecen en la península de Corea, con notable influencia política y cultural de China, tres reinos, llamados, respectivamente, Paekche, Silla y Koguryó. El estado de Yamato mantenía contactos tanto con Silla como con Paekche, además de un grupo de reinos meridionales de menor tamaño que recibe el nombre de Kaya. Estos Estados coreanos se aliaban en ocasiones, pero otras veces luchaban entre sí, buscando apoyo de uno u otro reino chino, además de Wa. El rey de Wa contaba con Mimana, un pequeño territorio colonial en Kaya, bajo su control, como base de operaciones comerciales. Sería abandonada en 562 debido a las arremetidas de Silla.

Las continuas guerras en China y Corea causaron que muchos refugiados llegaran al archipiélago japonés. Algunos eran miembros de casas reinantes o incluso nobles protegidos por los reyes de Wa, si bien la mayoría era gente trabajadora que traía nuevas tecnologías en distintos oficios. Se asentaron en diferentes regiones como colonos agrícolas o formando comunidades de artesanos, con gremios que servirían al palacio real o a los jefes y clanes dominantes. Se trataba de herreros, tejedores, músicos o escribas. Este aporte de nuevos inmigrantes desde China y Corea fue esencial para desarrollo agrícola y artesanal además de serlo para el establecimiento de un marco institucional por parte del Estado de Yamato. Por supuesto, fueron el soberano y los nobles de la corte, formada por los clanes dominantes, los que dispusieron de tales novedosas tecnologías. No obstante, al tiempo repartían arados o telas de seda, cuya producción había sido estimulada con la intención de abonar tributos, a los jefes de los clanes subordinados como retribución por la lealtad mostrada en forma de tributación o servicios personales. Tal vez el principal aporte de estos inmigrantes a la consolidación del Estado haya sido la introducción de la escritura china, aunque también fueron de extrema relevancia artes de gobierno, como las leyes, los rituales o el propio marco institucional, factores que coadyuvaron al reforzamiento de la concentración de poder bajo la hegemonía de Yamato.

El gran monarca, a la vez jefe político y religioso, otorgaba kabane o títulos (kimi, omi, atae, muraji) a los jefes de clanes para así garantizar el poder e influencia de los mismos en un específico territorio, todo ello a cambio de la subordinación a su poder y del pago de tributos. Los jefes de los clanes más destacados, como Ótomo, Soga o Mononobe, así como ciertos nobles originarios del continente y Corea, como los Hata, constituían la corte del soberano, participando directamente en el gobierno, en tanto que los jefes de clanes menores y los inmigrantes desempeñaban funciones de gobierno diversas y ejercían oficios que beneficiaban a la corte, del tipo escribas, guardianes, músicos, danzantes para los rituales y ceremonias o los artesanos.

Los jefes de clanes de las regiones subyugadas eran responsables del gobierno local bajo cuyo dominio estaban las comunidades agrícolas sedentarias originariamente Yayoi, además de las colonias de inmigrantes. Existían esclavos domésticos, que procedían del botín de guerra, los castigos por fechorías o las deudas. Pertenecían a la corte del rey y a los jefes de los clanes principales. Esta primaria y más antigua organización del Estado Yamato, vagamente centralizada todavía, recibe el nombre de Régimen de Clanes y Títulos Shiseisei.

A la par que el gobierno de Yamato fortalecía su organización centralizadora, mantenía una constante conquista de poblaciones no sometidas, caso de los hayato, los kumaso y los emishi. La expansión del poder de Wa en Yamato requirió la adopción de una organización gubernamental compleja, además de una ideología que pudiese legitimar el poder central y el mantenimiento del orden. De este modo, se introdujeron varias artes auxiliares de gobierno, como el calendario, la adivinación, la astrología y, sobre todo, los mitos y crónicas. Todo ello se asentaba en corrientes filosóficas y religiosas originarias de China, taoísmo y confucianismo, así como de India, el budismo.

A lo largo del dilatado período en el que se produjo el surgimiento y la consolidación del Estado Yamato fueron muy frecuentes las guerras intestinas por las rivalidades entre los principales clanes, así como debido a las habituales rebeliones de los muchos poderes locales. Estos conflictos se asociaban con los nexos que uno u otro de tales clanes establecían, dentro del Estado Yamato, con uno u otro de los Estados coreanos.

La manera de garantizar la continuidad del régimen y la legitimidad de la autoridad de Yamato, era establecer una sucesión hereditaria, incluyendo las mujeres. En 592 accede al trono la monarca Suiko, bajo cuya iniciativa se organizaron medidas para alcanzar una mayor institucionalidad del gobierno. A través de las mismas se abonó el terreno para introducir de modo sistemático aspectos culturales de la civilización china a lo largo de la siguiente centuria. Se establecieron una docena de rangos de nobleza y se adoptó un Precepto Ético para ministros y funcionarios con la intención de procurar el buen gobierno, cimentado en la armonía y la bondad.

Mientras, a fines del siglo VI, en China se restablece el Imperio de la mano de los dinastas Sui. El príncipe Shótoku envió, en 607, una misión para entablar relaciones oficiales con Sui. La misión diplomática fue encabezada por Onono Imoko, e incluía estudiantes y monjes, que a su vuelta vendrían empapados de conocimientos sobre las instituciones, el modo de enseñar y las artes. Shótoku se dirigió al emperador de Sui en términos igualitarios, pero según la filosofía política china, el Mandato del Cielo únicamente puede recaer en una persona (no puede haber dos Hijos del Cielo). En vista de ese inconveniente, en Japón se adoptó el título de Emperador del Cielo (tennó), pronunciado sumeragi. Desde ese momento, se emplearon los caracteres nippon (Sol saliente) para designar la denominación del país, conocido hasta ese instante y según la costumbre, como Wa.

Al fallecer Shótoku, el clan Soga acrecentó su influencia política en el gobierno, pero los opositores a Soga se unificaron alrededor del príncipe Nakano-óe y Nakatomi-no-Ka-matari (luego Fujiwara-no-Kamatari), quienes matarían a los líderes del clan Soga, declarando en 645, el inicio de una nueva política, que adoptaba de forma sistemática elementos de la cultura china. Nakano-óe (sumeragi o tennó Tenji) establecerá los cuatro principios de la Renovación, el establecimiento del dominio público sobre la tierra y la población con la consiguiente abolición del dominio privado por los clanes poderosos y el linaje real; la organización del gobierno central y local siguiendo el modelo chino adaptado ya en Corea; un sistema de asignación de la tierra a la población según edad, sexo y estatus y; un sistema de tributación en especie y servicio personal a la población según sexo y edad.

El tennó Tenji fortalecerá el Estado a través de un código, llamado Omirei. Además registrará a toda la población. A su muerte en 672, hubo un conflicto por la sucesión entre sus dos vástagos, el príncipe Ótomo y el príncipe Oama. Este último ocupó el trono, pasando a llamarse, en la crónica oficial, tennó Tenmu. Su política tendió hacia la consolidación del régimen centralizado al estilo de los Tang en China. Crea el Código de Asuka-Kiyomihara, base del posterior Código Taihó de 701. Ahora, el Emperador del Cielo gobernaba directamente tomando decisiones políticas y militares en audiencias, además de presidir las ceremonias y ritos, que servían para certificar la unificación y la supremacía de su clan.

A partir de Tenmu y su sucesora, su viuda Jitó, se avanzó en la institucionalización del Estado al establecerse un gobierno central y local con un fuerte soporte burocrático. El país abarcaba gran parte del archipiélago japonés, aunque ajenos al proceso de integración del Estado centralizado, quedaron el norte de Honshü, Hokkaidó y las islas Ryükyü. El territorio unificado se dividió en seis regiones y Kinai, la región central donde se ubicaría la capital según el ideal chino (en Heijó). Cada región se dividió en provincias (kuni), cada provincia, en condados, cada condado, en comunidades y, finalmente, cada comunidad, en ko, unidades domésticas básicas.

En fin, en el proceso de consolidación del Estado centralizado, además de la influencia de la filosofía política china (el legalismo) y la ideología social del confucianismo, el budismo  también desplegó un rol crucial en virtud de su carácter universalista y transcendental, sobre todo el de la corriente Mahayana.

La crónicas oficiales, la Crónica antigua (Kojiki), escrita en japonés, en 712, siguiendo la narración de Hieda no Are, así como la Crónica de Japón (Nihonshoki), en chino (720), a partir del modelo chino de crónicas dinásticas, tuvieron como referencia las crónicas anteriores de monarcas y jefes de los kuni más fuertes. A ellas se suma, asimismo, un registro descriptivo de cada provincia (Fudoki). A través de la oficialidad de las crónicas y los registros descriptivos, el gobierno del tennó unificó la visión histórica alrededor del origen mítico del gobernante y la genealogía de los clanes. Todo ello se hizo con el claro objetivo de legitimar, justificándolo, el poder y el ordenamiento existente. Los mitos recogidos en Kojiki apuntan que la Gran Diosa que Ilumina al Cielo (Amaterasu) descendió para gobernar las islas japonesas, fundándose así el linaje de la monarquía japonesa de los tennó. Una vez que esto ocurre, el Kojiki pasa de la Edad de los dioses a la de los Hombres divinos. Aun mitológica y no histórica, se comienzan a reflejar ciertos hechos históricos reales. La historia de la pacificación de las arañas de tierra por Jinmu, primer tennó mitológico, parece recrear el proceso de conquista de las tribus locales por el poder emergente de Yamato.

A partir de la práctica establecida por el rey de Yamato, el tennó conservó las funciones religiosas tradicionales, relacionadas a la ritualidad agrícola anual. La principal diferencia entre el régimen de tennó y el sistema imperial chino se halla en la concepción mágico-religiosa del poder regio. Mientras el emperador chino es un mortal virtuoso que recibe el Mandato del Cielo para poder gobernar, el tennó es el sumo sacerdote que preside los ritos del Estado además de la encarnación del espíritu ancestral de los tennó. Finalmente, el culto a los dioses múltiples (kami), fue institucionalizado y jerarquizado, integrándose al sintoísmo, sistema cultual oficial comandado por la deidad solar Amaterasu-ómikami, considerada, desde entonces, el ancestro mitológico del linaje del tennó, del emperador.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, mayo, 2021.


27 de abril de 2021

Ciudades del mundo antiguo V: urbes del Mediterráneo y clásicas grecorromanas




Imágenes, de arriba hacia abajo: panorámica de Pompeya, con el Vesubio al fondo; panorámica de las ruinas romanas de Cartago; frescos con delfines en el palacio de Cnosos y; vista aérea de los restos del palacio de Cnosos en Creta.

En esta última sección, la quinta, se tratarán ciudades relevantes del ambiente del Mediterráneo, relacionadas con culturas destacadas (Minoica, Etrusca, Cartaginesa), así como aquellas clásicas romanas y griegas. Es el caso específico de Palmira, Pompeya, Roma, Caere, Cartago, Cnosos, Atenas y Corinto.

Palmira, en árabe Tadmur (urbe que repele), fue una antigua ciudad aramea en Siria, nacida en torno a un oasis, a poco más de doscientos kilómetros de la capital Damasco. Se la denomina Ciudad de los árboles del dátil. Con presencia poblacional desde el V milenio, Palmira se convertirá en centro estratégico y comercial en virtud de su ubicación en la Ruta de la Seda (unía India y Persia con los puertos del Mediterráneo occidental). Como lugar de parada de las caravanas adquirió la denominación de Novia del Desierto. Llegó a ser la capital de un reino de poca duración en época de la reina Zenobia, en el siglo III. Pasó a ser colonia romana para caer posteriormente en el olvido hasta el siglo XVII, cuando poblaciones nómadas la reutilizaron para sus cabalgaduras.

El tetrapylon, el templo del dios Bel (dios solar), el ágora, la gran columnata, el teatro, el templo Nebo y el valle de las tumbas, en las afueras de la ciudad, que servía como necrópolis, serían sus vestigios más impresionantes. Algunos, por desgracia, como el templo de Bel o el arco del triunfo, destruidos por la intolerancia del llamado Estado Islámico (Daesh). Su primera mención se encuentra en las tablillas del archivo de Mari que datan del II milenio. También aparece mencionada como ciudad fortificada en la Biblia hebrea, en el Talmud y la Midrash. Incluso Flavio Josefo atribuye su fundación al rey Salomón. Bajo el control seléucida en el siglo IV a.e.c., la urbe aparece como una ciudad independiente. Palmira sería ya parte de una provincia romana, la de Siria, desde Tiberio (14-37), siendo renombrada por Adriano como Palmira Hadriana en el siglo II. Zenobia se rebelaría contra la autoridad  romana, haciendo algunas conquistas y encabezando un efímero reino. Tuvo que ser Aureliano en el último cuarto del siglo III quien restaurase el control romano. Se establecieron en ella legionarios y Diocleciano la amuralló ante la amenaza de los persas sasánidas. Ya en el siglo VII fue conquistada por los árabes.

Pompeya fue una célebre antigua ciudad, sita en Campania, en Italia. Su origen se remonta a una pequeña comunidad de cazadores y pescadores oscos, que se puede datar en el siglo VIII a.e.c., y que recibiría influencias de griegos, etruscos, samnitas y romanos. Los oscos fueron un pueblo itálico emparentado con los latinos. Entre 524 y 475 estuvo en manos etruscas, y a partir de mediado el siglo V a.e.c. la ciudad estuvo bajo la influencia de Capua y los griegos de Cumas. Un siglo después, está presente la influencia samnita.

El dominio samnita, pueblo prerromano de lengua osca, dejó una impronta en la ciudad, en forma de trazado de calles y en la construcción de sus murallas. Desde fines del siglo IV Pompeya parece aliarse a Roma (está con ella en la tercera Guerra Samnita). Incluso durante la segunda Guerra Púnica (218-202 a.e.c.), momento en que Campania se subleva contra los romanos, se mantiene fiel a Roma. Unos años después de la Guerra de los Aliados en torno al 90 a.e.c., Lucio Cornelio Sila instalará en ella veteranos de sus campañas sirias como colonos, otorgándole a la ciudad el estatus de colonia (Colonia Cornelia Veneria Pompeiorum). Contaría en tal sentido, con instituciones autónomas similares a las de Roma. Estamos en este momento ante una sociedad estamental, en la que la elección de los magistrados se basaba en la riqueza y el rango del candidato, vinculado a su origen familiar y a su prestigio social. Pompeya acabará siendo, por tanto, lugar privilegiado de descanso de los aristócratas romanos, su lugar residencial de recreo.

En los años previos a la famosa erupción del Vesubio (en el 79) Pompeya era una ciudad rica (de unos 20000 habitantes), con predominio de haciendas o villae rusticae que producían aceite, trigo y vino, mientras que en el centro de la urbe había talleres de cerámica, fábricas de salazones y manufacturas de tejidos. Sería el clasicismo y la moda del imperio los que impulsarían las investigaciones a fines del siglo XVIII e inicios del XIX sobre la soterrada (como Estabia y Herculano) Pompeya. Las primeras excavaciones se preocupaban básicamente por exponer las estructuras arquitectónicas, sobre todo viviendas, tiendas y templos.

Después de la incorporación de Nápoles al unificado reino de Italia, a fines del siglo XIX, las principales excavaciones fueron llevadas a cabo por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, quien dividiría Pompeya en nueve regiones, las cuales se subdividían a su vez en ínsulas (equivalía aproximadamente a una manzana) y en umbrales o puertas. Sería en la época del fascismo italiano cuando Matteo Della Corte o Amedeo Maiuri promuevan el culto a una Pompeya erudita, que identificaban con el nuevo orden del régimen, convirtiéndola en una gloria nacional.

Roma fue la capital de un Estado imperial durante siglos, siendo denominada Ciudad Eterna o la Urbs. La mitología romana asocia el origen de Roma con el troyano Eneas, quien fundaría Lavinium. Posteriormente su hijo haría lo propio con Alba Longa, de cuya familia real descenderían Rómulo y Remo. Sería fundada por estos hermanos gemelos, quienes habrían establecido un nuevo asentamiento junto al río Tíber. Rómulo sería el encargado, con un arado, de comenzar a cavar el pomerium, el foso circular que fijaría el límite sagrado de la nueva ciudad. Para poblar la ciudad Rómulo aceptó poblaciones de las ciudades vecinas, de procedencia latina. Pero como Roma estaba formada por varones, buscaron el modo de obtener mujeres. Así se pensó en las hijas de los sabinos, que habitaban la colina del Quirinal. Fueron raptadas, y por tal motivo sabinos y latinos se enfrentaron en el campo de batalla. Con esta leyenda se argumentaba que ciudad había nacido de la unión de dos pueblos, latinos y sabinos, a los que se sumaría un tercer elemento, los etruscos de la Toscana y el Lacio.

Roma fue en origen un pequeño grupo de núcleos que acabaron por formar una ciudad-estado tras la dominación etrusca y luego un Estado territorial. Desde una perspectiva arqueológica fue fundada a partir de la instalación de tribus latinas en las siete colinas, asentadas en forma de pequeñas aldeas que se fusionarían en torno a los siglos X al VIII a.e.c. Al certificarse la unión se fortificó el recinto con una muralla, comenzando la primera fase de la ciudad (Roma Quadrata), en el siglo VIII, llamada así por su división en cuatro regiones, en principio desde la época de Servio Tulio. Ya en una segunda fase la ciudad se expande por el Capitolino, construyéndose el Foro y la Cloaca Máxima. A fines de la sexta centuria se edifica el templo de Júpiter Capitolino, y en la siguiente el de Saturno, además de las principales vías (Flaminia, Appia, o Latina).

Ya con Augusto, a comienzos de, Principado, la ciudad se dividiría en 14 regiones. La ciudad pudo contar con una población de unos 200.000 habitantes en el siglo I a.e.c., en tanto que entre los siglos II y III un millón o millón y medio. Desde la fundación de la ciudad por Rómulo (753 a.e.c. según la tradición), hasta el advenimiento de la República (509 a.e.c.), Roma será gobernada por siete reyes, no todos históricos, y de estirpe sabina y etrusca. Uno de ellos, Tarquinio Prisco, sería el encargado de convertir Roma en una ciudad, con calles bien trazadas y barrios delimitados, mientras que Servio Tulio se encargaría de la construcción de la primera muralla de Roma y reorganizaría el orden político de la urbs.

Tras la expulsión de los reyes se instaura la República, recayendo el poder en Roma sobre los patricios, que formaban el Senado y eran elegidos por los ciudadanos para los cargos públicos. El gobierno lo ejercían dos cónsules, que se renovaban de año en año. Durante siglo y medio los latinos mantuvieron continuos enfrentamientos con Roma, conocidos como Guerras Latinas. Luego vendrían otros conflictos, como las Guerras Samnitas. Con las Guerras Púnicas, enfrentándose a Cartago, Roma acabará imponiendo su presencia, tras superar la amenaza de Aníbal, en todo el ámbito Mediterráneo. Roma, así, se hace dueña absoluta del Mediterráneo occidental, con lo que comienza la época de las grandes conquistas y la colonización de territorios ya dominados, como la Península Ibérica, el sur de la Galia o el Norte de África.

El contacto con el ámbito griego propició la fascinación romana por el arte, la filosofía y la propia lengua griega, concebida para razonar. Los nobles comenzaron a copiar las esculturas griegas, enviaron a sus hijos a aprender griego o a deleitarse con la música y la poesía llegadas de Oriente. Los más conservadores, aseguraban que ello sería el fin del espíritu romano, pues las costumbres griegas conducirían a la ciudad, después de tanto esfuerzo, a la molicie y la decadencia. Sin embargo, tras asimilar la cultura griega, Roma comenzó a dominar también  a través de la fuerza de su civilización, sembrando así las semillas de la cultura occidental. Tras la crisis del siglo I a.e.c. y el colapso de la República, se impone el principado de Augusto y nace el imperio. La paz pública y la bonanza económica, hicieron del reinado de Augusto la época más brillante de la cultura romana, con la presencia de figuras como Virgilio, Ovidio o Tito Livio. Todo en la ciudad proclamaba el nacimiento de una era de paz y prosperidad, la gloria del Imperio y la llegada al Mediterráneo de la famosa Pax Romana.

Tras las dinastías de emperadores Julio-Claudios, Flavios, Antoninos (algunos de los cuales configuran la edad de oro imperial, como Trajano, Adriano o Marco Aurelio) y los Severos, Roma entra en una crisis, en el siglo III, que será a la postre definitiva, derivando en el Dominado (fines del siglo III y todo el IV). Constantino, quien declararía la libertad de cultos, convertiría Constantinopla en capital imperial. De forma que Roma pierde prestigio. A comienzos del siglo V, los godos invaden Italia y obligan a los emperadores a trasladarse a Rávena. En 410, las tropas de Alarico asaltan Roma y, de un modo más simbólico que real, ponen fin a toda una época.

Caere, Agilla en griego (Heródoto, por ejemplo), también en etrusco Cisra, fue una famosa y antigua ciudad comercial de la Etruria, ubicada a menos de cincuenta kilómetros de Roma y que en la actualidad se corresponde con Cerveteri. Sus antiguos dominios limitaban con otros conocidos asentamientos, Veyes y Tarquinia.

Sus orígenes están envueltos en la bruma del mito, pues según recogen algunas fuentes (Virgilio, Dioniso de Halicarnaso) habría sido una ciudad sícula (o de los tirrenios no griegos, y probablemente etruscos) conquistada por los pelasgos, grupos de población griegos que se desplazarían desde Tesalia. La ciudad etrusca se fundaría, probablemente, sobre un asentamiento previo, datado en el período villanoviano, hacia el siglo IX a.e.c. Durante los dos siguientes siglos se verifica arqueológicamente la presencia de una rica aristocracia, cuyos miembros se inhumarían en tumbas de cámara. En el siglo VII a.e.c. llegan a Caere ceramistas griegos, probablemente eubeos o corintios. En la siguiente centuria, los comerciantes jonios importan, además de productos, estilos artísticos y costumbres orientales. Es la época en que las familias aristocráticas ceretanas, que inician su expansión en el mar, se alían con los cartagineses para detener la actividad griega. El resultado es la famosa Batalla de Alalia contra los focenses (hacia 540 a.e.c.).

En la época de los reyes romanos, Caere estuvo en conflictos con Tarquinio el Viejo. Muerto el rey la ciudad se alió con Veyes y Tarquinia en contra de Servio Tulio. Caere y Roma estuvieron asociadas por un tratado de hospitalidad después de que se refugiasen en Caere sacerdotes y vestales romanos, con multitud de objetos sacros, tras la invasión gala de 390-387 a.e.c. A pesar de tal alianza, en el momento en que Caere fue favorable a Tarquinia en la guerra de ésta contra Roma, los romanos intervinieron y Caere acabó sometida, recibiendo sus habitantes la ciudadanía romana. Ya a partir del siglo IV a.e.c. Caere se convertiría en un más bien pequeño municipio romano. Muchos siglos después, en el IV de nuestra era llegó a ser sede de un obispado, subsistiendo hasta el siglo XIII, cuando la población, por las incursiones sarracenas, debió trasladarse a un nuevo emplazamiento siendo abandonado el antiguo, conocido desde entonces como Caere Vetus (Cerveteri).

Cartago, en fenicio, Qart Hadasht (o nueva ciudad), fue una antigua colonia fenicia de la ciudad-estado de Tiro, hoy en el actual Túnez. El mito convierte a la princesa fenicia Elisa (Dido) en su fundadora hacia el siglo IX a.C., quien recibiría a Eneas y sus refugiados de Troya. La historia trágica de amor entre Eneas y Dido (que entre otros narra Justino con variantes), daría pie a la configuración de la enemistad entre Cartago y Roma, a partir del momento en que Eneas huye de Cartago para cumplir su destino en Italia y Dido se suicida. Al margen de la leyenda, es sabido que desde el II milenio, gentes de Sidón y de Tiro, ante la amenaza de los asirios y su imperialismo expansivo, se embarcan hacia el occidente del Mediterráneo.

La arqueología, apoyada en autores como Eudoxo de Cnido, Apiano o Filisto de Siracusa, desvela el establecimiento colonial en época de la guerra troyana, hacia 1200 a.e.c., aunque habría que retrasar la fundación hasta el siglo IX, pues una inscripción del rey asirio Salmanasar III la fecha en torno a 820 a.e.c. A la llegada de los colonos tirios se encontrarían con un asentamiento indígena en la denominada colina de Byrsa, cuyos habitantes vivían en cabañas de planta ovalada. La colonia surgió como una cultura mestiza.

En la Cartago arcaica existió un urbanismo temprano en torno a calles y plazas, así como varios puertos, además de espacios sacros como el tofet (santuario que honraba a Tanit y Baal, a los cuales se le sacrificaban personas), y las murallas. La posterior creación de una gran armada puso las bases del tan cacareado imperialismo cartaginés desde el siglo V a.e.c., que motivaría su encuentro (y sus desencuentros) con Roma. Cartago no sería una simple fundación comercial, sino que se buscó controlar el territorio adyacente, lo cual dio como resultado la creación de Cartago como una entidad urbana de carácter estatal y vocación mercantil, capaz de dominar sobre Mauritania y Numidia.

Con la caída de Tiro a manos caldeas, Cartago fue independiente, estableciendo un estado poderoso que rivalizaría con las ciudades-estado griegas de Sicilia y con la Roma republicana. Con Roma se enzarzaría, a partir del siglo III a.e.c., en las Guerras púnicas, tres en total, en pugna por el control del mediterráneo occidental. Acabaría derrotada, y la ciudad devastada por Escipión Emiliano en 146 a.e.c. Posteriomente, Augusto fundó en Cartago una colonia romana (Colonia Iulia Concordia Carthago), convirtiéndose en la capital de la provincia romana de África y en surtidora de trigo a todo el imperio a través de su famoso puerto. En esta época, la urbe llegó a tener cerca de medio millón de habitantes. A comienzos del siglo V cae en manos vándalas y luego estuvo bajo el poder de Bizancio hasta comienzo del siglo VIII.

Cnosos, también conocida como Cerato, según Estrabón, fue la ciudad principal y núcleo fundamental de la civilización minoica cretense, situado a muy pocos kilómetros de Heraclión. Sus orígenes se hallan anclados en el Neolítico, desde el VI milenio a.e.c., siendo su época del mayor florecimiento durante el Minoico Medio, momento en el que se desarrolla el sistema de escritura Lineal A.

La tradición mitológica cuenta que el rey Minos fundó tres ciudades en Creta, una de ellas Cnosos, en donde estaba el Laberinto construido por Dédalo para encerrar al Minotauro. En el Catálogo de las Naves de la Ilíada Cnosos es nombrada como una de las localidades cretenses a cuyo mando estaba Idomeneo, uno de los aqueos coaligados en contra de Troya. Hacia 1900 a.e.c., durante el Bronce Antiguo, se estructura en Cnosos un imponente complejo palacial que confiere a la ciudad un enorme prestigio. Destruido el complejo por un terremoto un par de siglos después, se erigió de nuevo. Este palacio, como el de Festo, será sede de un poder cuya cabeza es un soberano que une en su persona poderes políticos y religiosos.

Este complejo palacial cretense refleja la transformación de una cultura agropastoral en una suerte de talasocracia, de dominio comercial marítimo regulador de los intercambios con Egipto o los reinos del Próximo y el Medio Oriente. Se trata de un palacio-ciudad, con presencia de muchos espacios que se aglomeran en torno a un patio, con usos políticos, residenciales, religiosos o económicos. A las funciones residenciales, administrativas, comerciales y productivas se suman explanadas con escalinatas, tal vez lugares para celebrar espectáculos o ceremonias públicas. Los soberanos de Cnosos alcanzarían su mayor poder hacia 1600 a.e.c. Tras el dominio micénico de Creta y el paso de la Edad Oscura, momento en que penetrarían los dorios, Cnosos siguió siendo un núcleo de intercambio mercantil con localidades orientales.

Poco después de caer bajo el domino romano, a partir del siglo I a.e.c., Augusto funda una colonia en Cnosos, cuya nueva denominación sería Colonia Iulia Nobilis Cnossus. En la etapa bizantina, Cnosos sería sede de un obispado. Después de ser conquistada la isla por los árabes Cnosos perdió relevancia, importancia que fue obteniendo la actual Heraclión. Las primeras excavaciones en la localidad se realizaron en el último cuarto del siglo XIX por parte del cónsul de España y arqueólogo solamente aficionado, Minos Kalokairinós. A principios del siglo XX sería ya Arthur Evans el encargado de excavar el yacimiento, del cual proceden, además de renombradas estancias y estructuras (el gran palacio, casa de los frescos, la mansión real o la casa de los huéspedes), casi 3000 tablillas escritas en un sistema de escritura silábico denominado lineal B, precedente del griego antiguo.

Atenas, la actual capital de Grecia, se encuentra ubicada en una península rocosa en la región del Ática, en la que existen tres llanuras de importancia, Eleusis, Maratón y la propia Atenas, ésta última conectada con el mar a través del puerto del Pireo. El nombre de la ciudad deriva de la diosa Atenea, quien habría competido con Posidón por ser su deidad políada. Una versión mítica muy difundida señalaría a Egeo como su primer rey, padre del gran héroe Teseo. El sitio, particularmente la Acrópolis, ha estado habitado desde el IV milenio hasta el momento actual.

Hacia 1400 a.e.c., Atenas es un asentamiento micénico. Unos siglos después, Atenas destaca como núcleo comercial gracias a la fortaleza de la Acrópolis y a su acceso al mar, estando en este sentido a la par de la Cnosos cretense o el yacimiento de Lefkandi en Eubea. Los mitos cuentan que Atenas habría estado controlada por reyes, miembros de una aristocracia terrateniente conocida como Eupátridas, quienes gobernaban desde el Areópago a través de Arcontes, hasta el siglo IX a.e.c. Cuatro tribus se repartirían la región. En esta época, gracias al proceso del sinecismo, varias localidades entraron en dependencia de Atenas, factor que la convirtió en un Estado.

El malestar social acuciante en el siglo VII trajo consigo la aparición de Dracón y luego de Solón, cuyas reformas, que limitaban el poder de los Eupátridas, pusieron los cimientos de la futura democracia ateniense, previo paso de la tiranía de Pisístrato y sus hijos. Clístenes sería el precursor de la democracia, estableciendo 10 tribus, divididas en tres trittyes y cada una de éstas con uno o más demos.

Tras ser la ciudad capturada y saqueada por los persas, los atenienses (liderados por Temístocles), con sus aliados, vencerían a los invasores, primero en Salamina y luego en Platea. La victoria le permitió a la ciudad reunir buena parte del Egeo en la Liga de Delos, alianza dominada por los atenienses, lo que será el preludio de la guerra civil entre poleis, conocida como Guerra del Peloponeso. En los inicios de esta guerra, a fines del siglo V a.e.c., la ciudad contaría, entre metecos (extranjeros residentes), ciudadanos y esclavos, con unas 400.000 almas. Esta época, y hasta la conquista de la ciudad por Macedonia, Atenas fue el centro neurálgico de la cultura (arte, filosofía, literatura), con la presencia de personalidades como Eurípides, Platón, Hipócrates, Fidias o Heródoto, además de un estadista como Pericles. Atenas fue también una potencia colonizadora a través de las cleruquías (tierras cedidas a ciudadanos empobrecidos), lo cual se tradujo en un imperio colonial.

Bajo el control de Roma, Atenas siguió siendo una ciudad libre respetada y muy reputada, siendo un centro de aprendizaje y filosofía durante el gobierno romano. Algunos emperadores, como Adriano, la embellecieron con un gimnasio, santuarios, una biblioteca, un puente y un acueducto. Ya a mediados del siglo III la ciudad fue saqueada por los Hérulos, siendo posteriormente refortificada pero ya en una pequeña escala, y devastada por Alarico a fines del IV. Atenas se limitaría a una reducida zona fortificada, mínima fracción de la antigua ciudad. En cualquier caso, los logros atenienses, como los de Roma, forman parte indeleble de la civilización occidental.

Corinto fue una antigua ciudad-estado griega de estratégica posición, en el estrecho que une el Peloponeso con la Grecia del continente. Según la mitología griega sería fundada por Sísifo con el nombre de Éfira. Es mencionada ya en Homero como una de las ciudades que bajo el mando de Agamenón luchan en Troya.

Desde fines del siglo XIX, las investigaciones arqueológicas de Corinto fueron conducidas por la Escuela Americana de Estudios Clásicos en Atenas. Destacan entre sus restos el Diolkos, la fuente Priene, el templo E, las columnas del templo de Apolo, el templo de Asclepio y el ágora romana. En el siglo V a.e.c. la ciudad pudo tener una población aproximada de unos 70000 habitantes.  La zona de Corinto ha estado habitada desde el neolítico. El istmo estuvo poblado en época micénica. En tablillas del lineal B aparece el topónimo Ko-ri-to, si bien se constata en el palacio de Pilos, lo cual ha puesto en duda su relación con la ciudad. La tradición señala que a la llegada de los dorios se enfrentaron contra los eolios y los jonios que habitaban la zona. Los dorios acabarían reinando en Corinto.

En Corinto fueron decisivos los dorios Baquíadas, familia que gobernaría la ciudad en el período arcaico (siglos VIII y VII a.e.c.), una etapa de expansión cultural corintia, verificada sobre todo en la cerámica, el comercio marítimo, la organización de juegos rituales (Ístmicos) y el empleo de monedas. En esta época Corinto es ya un Estado unificado, capaz de fundar varias colonias, como la famosa Siracusa o Ambracia. A mediados de la séptima centuria antes de Cristo la familia de los Baquíadas fueron expulsados por el tirano Cípselo, posteriormente sustituido por Periandro. Un tiempo después, los espartanos instituirían un gobierno aristocrático, de modo que Corinto sería un aliado permanente de la confederación lacedemonia.

Corinto tuvo en rol destacado en el estallido de la Guerra del Peloponeso a causa de su enemistad con Atenas con motivo de la ayuda que ésta le proporcionó a Córcira, antigua colonia corintia. La hegemonía espartana fue opresiva, de forma que los corintios, con los argivos, atenienses y beocios configuraron una coalición que enfrentó al imperialismo espartano en la Guerra de Corinto (principios del siglo IV a.e.c.). Con la Paz del Rey o de Antálcidas, en 386 a.e.c., los exiliados corintios, filoespartanos, procuraron ser fieles a Esparta. En 338 a.e.c. la ciudad es conquistada por Filipo II de Macedonia, convirtiéndola en el centro de la Liga de Corinto. La ciudad fue ocupada un siglo después por Antígono III Dosón, hasta que fue declarada ciudad libre por los romanos y unida a la Liga Aquea. El cónsul Lucio Mumio fue el encargado de destruir la ciudad (en 146 a.e.c.) siendo su territorio convertido en agger publicus.

No obstante, en 46 a.e.c., Julio César reconstruyó la ciudad enviando una colonia de veteranos y hombres libres, adquiriendo la denominación de Colonia Julia Corintia. En la nueva Corinto Pablo de Tarso fundaría un grupo cristiano. Sería ya la capital de la provincia romana de Acaya durante todo el Imperio romano. Finalmente, fue saqueada por los hérulos en el siglo III, a fines del siglo IV por los visigodos de Alarico I, mientras que en el VI un terremoto la destruyó y en el VIII fue conquistada por eslavos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.   

 

20 de abril de 2021

Mosaico de Low Ham: Eneas en Cartago


En este mosaico del siglo IV, ubicado en la villa romana de Low Ham, en el condado de Somerset, en el Reino Unido, se recrea el mito de la llegada, vía marítima, de Eneas y los refugiados de Troya a Cartago, donde serán recibidos con júbilo por la reina Dido. En el mito es la princesa fenicia Elisa (Dido) la fundadora, hacia el siglo IX a.e.c., de la ciudad de Cartago. La trágica historia de amor entre Eneas y Dido, que entre otros autores narra Justino con algunas variantes, dará pie a la configuración de la trabada enemistad entre Cartago y Roma, en especial a partir del momento en que Eneas huye de Cartago para cumplir su fundador destino en Italia, provocando el suicidio de Dido.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.

13 de abril de 2021

Arcaicas contribuciones a la cultura japonesa: Jômon


Imágenes: arriba, figura Dogu Jômon, datada entre 1000 y 400 a.e.c., conservada en el Musée Guimet de París; abajo, grupo de edificaciones reconstruidas en el yacimiento Jômon de Sannai Maruyama.

La cultura Jômon, datada entre 13000 y 2800 a.e.c., es una arcaica cultura de Japón (nombre que parece provenir del término malayo jepang, que escucharían mercaderes portugueses en el siglo XVI y lo trasladarían a Europa), que suele dividirse en distintas etapas (Inicial, Temprana, Media, Tardía y Final). Esta cultura Jômon y sus portadores pudieron contribuir a la conformación de la idiosincrasia cultural esencial del pueblo japonés, palpable en la actualidad a pesar de las decisivas influencias externas posteriores, sobre todo de China. De la misma sobresale su legado en la formación de la tradición más rebuscada de la estética japonesa. Con Jômon se sentaron las bases poblacionales y varios elementos clave de la cultura popular, sobre todo lo relativo a las creencias mágico-religiosas.

En cualquier caso, como no fue una cultura monolítica, en función de una pluralidad en sus orígenes, recibió influencias externas a lo largo de su desenvolvimiento, hecho reflejado en la formación de diversas áreas culturales. En tal sentido, en la etapa de transición a la época Yayoi, se distinguían dos regiones divididas en el centro de Honshü, la del suroeste y la del noreste. Si bien son dudosas las razones que motivaron esta división geocultural, la línea divisoria coincide con la establecida por la dialectología y los análisis del folclore, las creencias y las tradiciones populares, así como de la estructura social (tipo de familia y de comunidades).

Uno de los referentes esenciales de la cultura se encuentra en el sitio arqueológico de Sannaimaruyama, un asentamiento humano de la época Jômon Temprana (hacia 3500 a.e.c.), que perduró hasta el final de la fase Jômon Media. En su período de esplendor el lugar alcanzó una población de medio millar de habitantes. El poblado mostraba una planificación, pues había un área habitacional con chozas semi subterráneas, una zona con edificaciones para procesar alimentos y almacenarlos (graneros), además de un par de áreas de inhumaciones bien diferenciadas en relación a la ocupación de las personas en el seno de la comunidad. Además, se distingue un espacio en donde se ubica una casona de casi treinta metros de largo, al margen de una zona para el depósito de los escombros, en donde la tierra con cerámicas de desecho, huesos, cáscaras, restos de alimento vegetal y conchas son claramente visibles.

El descubrimiento de una notable cantidad de figurillas en barro, muchas femeninas y con forma de cruz, al lado de entierros con presencia de diversos artículos funerarios, caso de vasijas o joyas de jade, constata la existencia de una práctica mágico-religiosa. Por otra parte, se sabe que los habitantes de Sannaimaruyama intercambiaban productos con los de otras regiones más lejanas, tal y como se infiere de la presencia de jade de Itoigawa o de alquitrán de Akita.

La cultura Yayoi, con la introducción del cultivo del arroz, es crucial en la configuración de la cultura y lengua japonesas. No obstante, aunque la ritualidad agrícola asociada con el cultivo del arroz es esencial en la cultura popular, en un buen número de las regiones del país, el empleo ritual de tubérculos, mijo, el castaño u otros cereales relacionados con la práctica agrícola arcaica Jômon, remarca la persistencia paralela de la tradición agrícola previa a la época Yayoi, por lo tanto Jômon. Por otro lado, la llegada de la cultura Yayoi nunca tuvo presencia en la septentrional isla de Hokkaido, en donde la cultura Jômon siguió su específico desarrollo sobre el fundamento de una economía de recolección, caza y pesca, si bien con el complemento de la agricultura, para configurar la cultura Satsumon, considerada uno de los precedentes de la célebre cultura Ainu.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.

 

5 de abril de 2021

Ciudades del mundo antiguo (IV): urbes de Pakístán-India, China y Sudamérica andina





Imágenes (de arriba hacia abajo): panorámica de los restos de Mohenjo-Daro (Pakistán); sello cerámico con el llamado protoshiva, hallado en Mohenjo-Daro, cultura del Indo; vista de la enorme fosa número 1 del mausoleo del Primer Emperador, con los famosos guerreros de terracota, Xian, China y; vista de la ciudadela de Caral, valle del Supe, Perú, la ciudad más antigua del continente americano.  

En esta heterogénea cuarta entrega se analizará el devenir histórico de Mohenjo Daro y Varanasi, en Pakistán e India, Chang’an-Xi’an y Luoyang en China, además de la notable Caral Supe en el antiguo Perú.

Mohenjo Daro, cuyo topónimo traduce “montículo de la muerte”, es una ciudad del valle del Indo, en Pakistán, una de las principales urbes, al lado de Harappa o Dholavira, de la Cultura del Indo, civilización de carácter agrícola y urbano, cuyo florecimiento se produjo en el III milenio a.e.c. Su apogeo se ubica entre 2600 y 1900 a.e.c., momento en que la ciudad pudo albergar unas treinta mil personas en más de 200 hectáreas. Su estratégica ubicación la hacía dominadora de las grandes rutas de comercio así como de las zonas más fértiles del valle del Indo.

Las excavaciones en 1922 dirigidas por el británico John Marshall, quien trabajó con el estadounidense experto en Mesopotamia, Ernest MacKay, sacarían a la luz los vestigios de la ciudad, aunque desde el siglo XIX el Servicio Arqueológico de India ya conocía algunos restos (los de Harappa) con los que se presumía la presencia de una gran cultura en la región. Los hallazgos más antiguos encontrados procedían del Calcolítico, en la transición del Neolítico a la Edad del Bronce. Más tarde sería el británico Sir Mortimer Wheeler quien seguiría con la exploración arqueológica del lugar.

La ciudad tuvo una amplia zona de influencia. En ella habitó una sociedad urbana en la que dominaba una burguesía de mercaderes y artesanos. Destacó sobremanera por su ingeniería (baños, alcantarillados, canalizaciones de aguas) y su planificación urbana, que organizaba la ciudad en dos zonas, una elevada, la de la ciudadela, centro administrativo y tal vez religioso (donde se encuentran los recintos conocidos como Grandes Baños y la Casa de los Sacerdotes) y la zona baja, con barrios artesanales (con talleres de metalurgia y alfarería), almacenes, graneros y los sectores residenciales, con casas organizadas en torno a un patio o varios, abiertos. Las calles principales van de norte a sur en paralelo. Estuvo, además, amurallada, con defensas hechas de ladrillo cocido. Los hallazgos arqueológicos de la ciudad han deparado la presencia de una serie de sellos cerámicos con motivos animales, antropomorfos y signos escritos, así como figurillas cerámicas y en metal, como la muy conocida bailarina de bronce. En torno a 1700 o 1500 a.e.c. la ciudad, como la propia Cultura del Indo, entraría en decadencia interna, lo cual, en conexión con la presumible llegada de poblaciones arias de carácter guerrero, como expresa el Rig Veda, confirmaría el final de la civilización.

Varanasi, en sánscrito, Banaras en urdu, antigua Benarés, es una antigua ciudad india ubicada en la región de Uttar Pradesh, a orillas del Ganges. Centro religioso, económico y artístico, hoy es una urbe de algo más de un millón de habitantes. Es la capital sacra y espiritual de India, sobre todo del hinduismo y el jainismo, aunque fue cuna del budismo, pues la tradición señala que fue aquí donde el Buda dio su primer sermón, presumiblemente en el siglo VI a.e.c. Se la considera, según la tradición, fundada por los dioses, de ahí que los devotos de Siva acuden a ella en peregrinación con el deseo, si fuese el caso de morir y ser incinerado en ella, en las márgenes del Ganges. Y es que el que fallezca en Kashi-Varanasi, podrá liberarse de la cadena samsárica de las reencarnaciones.

La cosmología consideraba Varanasi como un lugar central de la tierra. Los primeros asentamientos humanos en la zona se han datado en el siglo IX a.e.c. gracias a los descubrimientos cerámicos. Su primera mención textual es, por el contrario, tardía: del siglo III a.e.c. en las epopeyas Mahabharata y Ramayana. En los primeros siglos de nuestra era, algunos textos, como el Skanda purana, uno de los 18 textos religiosos y míticos hindúes, escritos, según la tradición por el sabio Vyasa, señala numerosas leyendas en las que el dios Siva funda la ciudad. La urbe sería visitada por el monje budista Xuanzang en el siglo VII, que buscaba reliquias y textos budistas en India, y quien destacó el carácter comercial de la ciudad, gracias a sus telas, perfumes y artesanía en marfil. Siglos después Varanasi caería en las manos mogolas de Aurangzeb. Antiguas fortalezas y palacios, además de innumerables templos, son los vestigios actuales que recuerdan la antigüedad y relevancia histórica de esta ciudad del norte de India.

Chang’an-Xi’an fue una de las capitales de la antigua dinastía Han en China (206 a.e.c. a 220), conocida inicialmente como Chang’an. Hay registros de presencia de población asentada ya en el neolítico. La historia de Xi'an se inicia hace unos tres milenios, cuando la dinastía Zhou Occidental fundó su capital en Haojing, la que sería la Xi'an de hoy. En 221 a.e.c. el denominado primer emperador Qin shihuang, unificó China, estableciendo su capital en Xiangyang, al norte de Xi'an. Después de la dinastía Qin (221-206 a.e.c.), los dinastas Han tomaron el poder. Los gobernantes de Han también centraron su gobierno en Xi'an. Fue la capital de la dinastía hasta el primer cuarto del siglo I, cuando fue sustituida por la localidad de Luoyang.

Desde ese momento, como capital occidental, pasó a llamarse Xijing. Después de unos siglos de poca relevancia, a finales del siglo VI, la dinastía Sui reunifica China y restablece la capitalidad aquí. Llega a ser una de las ciudades más extensas e influyentes del mundo, un hecho que se ve favorecido al convertirse la ciudad en el extremo más oriental de la Ruta de la Seda. Después de ser destruida en el siglo X, bajo el reinado de la dinastía de Ming la ciudad recibe el nombre actual de Xian, cuyo significado vendría a ser Paz Occidental. Además de la fastuosa Pagoda del Ganso Salvaje, Xi’an destaca por un descubrimiento histórico memorable, pues en 1974 salieron a la luz los Guerreros de Terracota, pertenecientes a la tumba del primer emperador chino, Qin Shi Huangdi, y que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Luoyang fue una antigua ciudad capital china, fue descubierta por la arqueología en la década de 1950 gracias a las excavaciones para reconstruir la ciudad, así como a los trabajos de regadío y formación de terrazas agrícolas en los campos de la región. La ciudad arrojó más de sesenta yacimientos y casi mil tumbas. Existe evidencia de que hacia el V milenio la zona estaba muy poblada. Destaca en ella el yacimiento neolítico (descubierto en 1921) al oeste de Luoyang, de nombre Yangshao, ubicado en la llanura del río Amarillo.

Los restos arqueológicos de Luoyang están emplazados en un lugar estratégico, rodeados por colinas en tres de sus lados y se encuentran limitados por cuatro ríos. Se han hallado restos de la dinastía Shang, de la Edad del Bronce (1700-1080 a.e.c.), si bien el principal hallazgo fue la ciudad amurallada de la época dinástica Zhou de hacia el 900 a.e.c. Luoyang fue capital a partir de 771 a.e.c.

La tradición afirma que Confucio estudió en ella y que LaoZi estuvo encargado de sus archivos. Bajo el emperador Qin y los primeros Han, la capital volvería a Xi’an, aunque no mucho tiempo después (entre el 25 y 220), la misma dinastía Han se vería obligada a retirarse a Luoyang, construyendo su ciudad al este del denominado Templo del Caballo Blanco. La ciudad sería sede de una gran biblioteca y de la Universidad Imperial. Tras la caída de los Han, Luoyang se mantuvo como capital de varias dinastías, y como centro de la vida cultural china. Con los invasores del norte, los Toba Wei, Luoyang fue escogida como capital, porque se la tomaba por el centro del mundo.

A mediados del siglo VI, bajo el mando de un emperador Wei, Luoyang fue abandonada y sus gentes obligadas a trasladarse a Yeh. Luoyang permaneció en ruinas hasta que, bajo la dinastía Sui, fue reconstruida siguiendo un trazado cuadriculado a ambos lados del río Luo. La nueva ciudad se convirtió en el centro comercial más destacado de China, con una población de casi un millón de habitantes. Bajo los Tang, Luoyang pasó a ser la segunda capital del imperio, pero con el declive de la dinastía perdió definitivamente su importancia; la capital se trasladó a Kaifeng y el poder se fue concentrando en el sur.

Caral fue la ciudad capital de una civilización desarrollada en territorio peruano, en el valle del Supe, cuyos restos apenas empezaron a aflorar a mediados de los años 90 del pasado siglo (gracias a Ruth Shady), aunque se conocía el sitio desde fines de los cuarenta gracias al aventurero Paul Kosok y el arqueólogo Richard Schaedel. El yacimiento, con una arquitectura monumental, cuenta con casi setenta hectáreas de extensión  y es el referente de la considerada civilización más antigua de América.

Los primeros asentamientos, de agricultores y pescadores, se documentan entre 3000 y 2700 a.e.c., aunque la ciudad de Caral comenzó a construirse entre 2650 y 2550 a.e.c. En el yacimiento han sido descubiertas plazas circulares semi hundidas, plataformas escalonadas, varias pirámides con escalera y altares con hogares centrales y puertas de jambas dobles, hechas en madera y piedra, en un recinto no amurallado. El recinto pudo tener una función ceremonial y administrativa, aunque también pudo ser la cabeza económica de una región más amplia, al intercambiar productos agrícolas con la pesca efectuada en los núcleos costeros.

Un fuerte cambio climático parece estar detrás de su declive, pues dilatadas sequías y lluvias torrenciales habrían sido las causantes del abandono de los núcleos urbanos como el de Caral, ya hacia 1800 a.e.c., momento en que se entierran sus edificaciones. La ciudad estuvo en contacto con la ciudad de Áspero, probablemente su subordinada ciudad pesquera. La ciudad estuvo dividida en una zona nuclear, con más de una treintena de estructuras públicas y conjuntos residenciales (viviendas con talleres), y otra zona periférica, con presencia de grupos de viviendas formando pequeños islotes. La ciudad puedo llegar a albergar entre 1500 y 3000 personas en sus siete u ocho siglos de existencia.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.

30 de marzo de 2021

Ilirios: Indoeuropeos en conflicto




Imágenes (de arriba hacia abajo): plato balcánico con la presencia de guerreros ilirios con panoplia del tipo hoplita; moneda iliria datada entre 190 y 175 a.e.c., con jinete y escudo redondo y; casco en bronce del tipo ilirio, datado en el siglo VI a.e.c.

¿Hubo una original tribu iliria?. Si se estima afirmativamente el interrogante, los griegos habrían contactado con un relativamente pequeño grupo ilirio ubicado en el norte del Épiro, si bien muy pronto se aplicó tal denominación a una población de mayor calado estacionada en el occidente de Macedonia y al sur del río Danubio. Estos ilirios hablaban una lengua indoeuropea, hecho que sugiere que procedieron de algún lugar del noreste, acompañando a otros migrantes prehistóricos que hablaban el mismo lenguaje.  

Sin embargo, la continuidad de su cerámica desde las épocas más arcaicas hasta la Edad del Hierro, parece sugerir que se estaría delante de una población autóctona. En cualquier caso, existe la posibilidad de que oleadas de invasores o migrantes indoeuropeos trajesen consigo cambios en la lengua mientras la mayoría de la población original permanecía en su lugar originario (al modo de lo acontecido con los invasores normandos sobre el inglés). A la compleja situación etnográfica en Iliria ha de sumarse, además, que la arqueología señala que hubo un influjo de pueblos en la segunda Edad del Hierro que introdujeron elementos célticos propios de la cultura de Hallstatt[1]. Así pues, estaríamos en presencia de diferentes tribus con distintos dialectos que compartirían aspectos de una común cultura, a pesar de que las fuentes clásicas los muestran como una unidad.

La mitología griega acude, una vez más, en nuestro auxilio, pues indica que el nombre de Iliria procede de un hijo de Cadmo, el fundador de Tebas. El niño habría nacido mientras su padre estaba combatiendo las tribus del noroeste. Más tarde se convertiría en soberano. No obstante, en otras versiones se afirma que lo más probable es que los ilirios fuesen hijos del cíclope Polifemo, lo cual les conectaría con el ámbito agreste, salvaje e incivilizado[2]. De este modo se explicaría cómo los griegos y macedonios usaban la palabra ilirio en combinación con aquella referente a problema, pirata, incursión o ataque, además de preguntarse acerca del modo útil que debería emplearse para disminuir los hábitos predatorios de estas gentes.

Una de las tribus ilirias recibió el apelativo de Liburni, un pueblo marítimo que habitaba lo que hoy es la costa de Croacia, con fama de ser avezados piratas y hábiles comerciantes. Los griegos utilizaron, no sin ironía, la palabra libyrnis para referirse a una ágil y muy veloz galera, capaz de esconderse con garantías en la escarpada “costa iliria”. Esos navíos sembraban el terror en el mar Adriático a todo aquel que se aventurase en algún periplo entre Grecia e Italia. Los botes liburnios todavía llegaron a ser usados por el ejército romano, tal y como aparece reflejado en los relieves de la Columna Trajana. Fueron empleados, en consecuencia, en las guerras contra los Dacios.

Lo que estos Liburni tuvieron en común, no obstante, con otras tribus ilirias, es motivo de denso y acalorado debate. De hecho, un pueblo ilirio llamado los dálmatas habitaba en las cercanías de esos Liburni, si bien tenían una cultura de base pastoril. Mientras los Liburni eran, entonces, sofisticados comerciantes, los Dálmatas se nos aparecen como gentes que viven en cuevas o chozas centradas en su actividad como pastores.

En sus repetidos asaltos contra griegos y macedonios, los ilirios colaboraban, en muchas oportunidades, con otro pueblo relacionado con ellos, llamado Dardani en las fuentes clásicas. Además, más al norte, también otro pueblo estuvo afiliado con los ilirios. Se trata de los Panonios quienes, como los otros pueblos ilirios, eran iletrados y por ellos apenas han dejado vestigios en el registro arqueológico. Tales improntas revelan apenas que eran una cultura simple (como, se supone, la mayoría de los ilirios), que combinaba en sus quehaceres cotidianos la agricultura con los asaltos en busca de botines. Vivían en tribus y en bandas de base familiar, siendo enterrados juntos en grupo. Los guerreros se inhumaban con sus armas. Sin duda, estuvieron más expuestos a los influjos culturales célticos que los ilirios de la costa.

En la época romana los ilirios actuaron ya como una unidad. De hecho, hacia mediado el siglo III a.e.c., un tal Agron, líder ilirio en la región de la actual Montenegro, habría hecho confluir varias tribus ilirias en un reino común. Ahora aliados con los macedonios (y no como rivales), participarían en un ataque macedonio al suroeste de Grecia. La viuda de Agron, de nombre Teuta, expandiría las razzias marítimas ilirias hasta lugares como la antigua Corcira (Corfú), demostrando con ello ciertas posibles aspiraciones de dominio, en tanto que siempre se había creído que la isla había pertenecido a “Iliria” hasta la llegada de los colonos griegos.

Desde aquí podían amenazar el comercio marítimo, algo que la potencia romana no consentiría. Así, en 229 a.e.c. los romanos organizaron una primera expedición militar al oriente de la península itálica contra los ilirios, la primera de varias, que acabaron por ser conocidas con el nombre de Guerras Ilirias. Aun tras la conquista romana de Macedonia, Grecia y Asia Menor, los romanos seguían enfrentados a los ilirios. Las dificultades del terreno y el factor, no de escasa relevancia, de la descentralización de las tribus ilirias hacían complicada la conquista por parte romana, en especial porque los ilirios combatían con un sistema de guerrillas.

En el año 6 se produjo una poderosa rebelión contra Roma, en virtud de que Dálmatas, Panonios, Liburni, y otras tribus menos renombradas, como los Breuci (la tribu dirigida por Bato el Breuciano), los Pirustas de Dalmacia y los Iapodes (llamados también Carni, una tribu céltica), hicieron causa común frente al romano. Casi cuatro años le llevó a Tiberio sofocar la rebelión. La región se convirtió en la provincia romana de Iliria, posteriormente dividida en las de Pannonia y Dalmatia. Los ilirios acabarían, por tanto, muy romanizados, hasta el punto que cuando Roma estuvo en serio peligro de caer en las redes de los continuados asaltos bárbaros, varios de los llamados emperadores ilirios (de Panonia sobre todo), lograron estabilizar el imperio. Se trata de emperadores del talante de Decio, Claudio Gótico, Aureliano y el gran Diocleciano. Significativamente, tras la caída de Roma fue otro ilirio (Justiniano I, en el siglo VI), quien tomó las riendas del imperio Bizantino. Destruidos finalmente por jinetes eslavos, desaparecen de la historia hacia el siglo VII.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, marzo, 2021.



[1]La  filiación étnica de los ilirios es muy dudosa. No hay claridad al respecto de que fuesen una continuidad de la llamada Cultura de Lusacia. Resulta más complicado definir una unidad étnica iliria en la época de la Cultura de Urnas. Probablemente los ilirios corresponden a una etapa de pueblos danubianos de la Edad de Bronce, período paralelo al de las poblaciones de los túmulos y tal vez de los lusacianos, cuyas relaciones mutuas habían ocurrido antes de la expansión de la mencionada Cultura de las Urnas.

[2] Muchas han sido las fuentes clásicas que han dejado su impronta acerca de los ilirios, como es el caso de Cicerón, Diodoro, Apiano, Heródoto, Justino, Plutarco, Estrabón o Polibio. La gran mayoría intentaron explicar su origen basándose en la mitología griega y en su participación en los hechos históricos de mayor relevancia. Apiano menciona el origen mítico de los pueblos ilirios en el seno de la mitología, diciendo que el fruto de la unión de Polifemo y Galatea fueron Galas, Celtus e Illyrius, dioses epónimos (y origen, por tanto) de Galos, Celtas e Ilirios, respectivamente. Las primeras menciones de los ilirios históricos aparecen en fuentes griegas. Tal vez fue Escilax de Carianda, célebre por su periplo por el Índico y el Golfo Pérsico, quien recopiló las primeras descripciones en el Periplo del Pseudo-Escilax.