31 de octubre de 2018

Fresco Naval de Akrotiri (isla de Tera)



En la imagen, un fresco con escena naval de la Casa Occidental del yacimiento de Akrotiri (Tera), datado hacia 1600 a.e.c. En esta magnífica obra se muestra figuración humana en un ambiente natural. Se trata de una suerte de paisaje nilótico en el que se observan diversos animales. Es más que probablemente que conformara un programa iconográfico. La presencia en el fresco de ciudades y de barcos decorados, acompañados de delfines, llevando guerreros como pasajeros, se puede considerar la manifestación visual más antigua del concepto de un viaje en el marco de un entorno de paisaje. Las diferentes perspectivas empleadas (visiones oblicuas y planas, elevaciones), permiten considerar la escena como una arcaica forma de mapa topográfico, que ayuda a retratar sitios sólo más o menos específicos. Uno de los más grandes inconvenientes en relación a la significación del fresco radica en la dificultad de garantizar la conexión con la cultura griega y en establecer si es aquí en donde comenzaron a formularse los fundamentos de la imaginación mítica que posteriormente los griegos manipularon. Estoy entre aquellos que apuntan la posibilidad de que la iconografía marina del fresco de Tera haya actuado como una escena heroica, tal vez épica (aunque sea difícilmente demostrable una vinculación con un género épico), y con probables conexiones poéticas. Si pudiera descartarse, por otra parte, que se deba ver aquí una referencia a la vida cotidiana o el reflejo de un acontecimiento histórico concreto. Si bien los lugares y las personas no son identificables, se manifiestan desde una visión mítica, poblada de héroes y comunicada por medio de convenciones pictóricas. Todo el conjunto, en consecuencia, pudo contener narrativas vinculadas entre sí, actuando como una especie de viaje por el Mediterráneo oriental, de un modo análogo al más tardío (y muy conocido) fresco romano denominado Paisajes Odiseicos, hallado en una morada del Esquilino de Roma. Los vínculos míticos parecieran encontrarse fuera de toda duda, sobre todo si se compara con los mitos asociados con los hiperbóreos.

Nota: se puede agrandar la imagen al abrirla y descargarla.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM. 

24 de octubre de 2018

Evolución del concepto de realeza en Mesopotamia


La idea del rey como buen administrador, gobernante justo y constructor de templos y obras de irrigación en las ciudades sumerias del Dinástico Arcaico se vio superada posteriormente por el concepto acadio del rey héroe-conquistador contrastado, sin ir más lejos, en Sargón y Naramsin. Se trata de reyes heroicos cuyas acciones se convirtieron en leyenda debido a sus grandes conquistas. Ahora, la ideología del dominio universal, fundamentada en el principio de que el reino propio constituye el centro del mundo y el resto es una periferia inferior, bárbara e inculta que puede y debe ser sometida, se abría paso mediante guerras de frontera, aunque no existían todavía los medios para articular de modo adecuado un estado territorial amplio y, por tal motivo, se preservaban las monarquías conquistadas.
Con la tercera dinastía de Ur se produjo una suerte de mescolanza sui géneris. Los reyes de Ur heredaron de los acadios la ampliación geográfica del horizonte político, además de la deificación ante los sometidos, pero el carácter heroico no fue asimilado, siendo sustituido por las “antiguas” tradiciones sumerias relativas a la justicia y la buena administración. El rey justo se encarnó de nuevo en Ur-Namu, o en Shulgi. Se trataba de grandes constructores de templos, como algo antes lo había sido Gudea. No obstante, los reyes de Ur mantuvieron el determinativo divino delante de sus nombres favoreciendo con ello sus aspiraciones de control político sobre las ciudades sometidas. Al igual que los grandes soberanos acadios utilizaron los títulos de rey de Sumer y Acad o el de rey de las Cuatro Regiones para expresar esa ideología del dominio universal.
Los soberanos posteriores (Isin, Larsa), en su mayoría amoritas, ejercieron una estricta continuidad respecto a sus predecesores neosumerios. Los procedimientos burocráticos y diplomáticos en el entorno de la realeza adquirieron especial protagonismo. Pero ello no significó, ni mucho menos, la renuncia a los procedimientos militares ni a las aspiraciones de un dominio universal (véase el asirio Shamshi Adad y su ostentoso título Rey de la Totalidad), sino la combinación de medios diplomáticos y políticos, junto a los militares, a gran escala. La situación política (fragmentación hasta el triunfo de Hammurabi) imponía un nuevo equilibrio y otra forma de hacer las cosas. Además, en el contexto social aumentaron las desigualdades y la presión sobre los más humildes, situando la figura del rey otra vez en primer plano como dispensador de justicia. Por la influencia amorita, que introdujo en Mesopotamia los ideales de la igualdad tribal, redefinidos en el ambiente cortesano urbano, el rey justo se asimila a la imagen del rey pastor que cuida de un “rebaño” humano al que vigila y protege. El rey es, por otra parte, esforzado y sabio (Hammurabi que, en cualquier caso, no renunció al carácter universal de su dominio).
En los inicios del segundo milenio una nueva transformación en la realeza afectó al “modelo” de rey en el Próximo Oriente Antiguo. El cambio fue consecuencia de la confluencia de dos factores. Uno de ellos propio de la política regional del período: división en grandes imperios y pequeños reinos y principados, con grandes cortes con relevantes reyes frente a pequeños palacios y soberanos vasallos, mientras que el otro procedente del ámbito social y palatino, caracterizado por un auge de una aristocracia militar, convertida en crucial soporte del poder real. El rey pasó, entonces, de ser jefe y representante de la comunidad ante las deidades, a configurarse en líder de una restringida élite poderosa, de protector de súbditos débiles y oprimidos a cómplice de los poderosos y los opresores, con los que convivía en su corte y combatía en su ejército. Se transfigura en el principal opresor.
En un contexto histórico de guerras sin fin (ahora especializadas) en las que se inmiscuyen grandes imperios como Egipto, Mitanni, Asiria y los Hititas, así como los pequeños reinos y principados tributarios suyos, otra vez obtiene primacía el carácter heroico regio, asociado con dotes de valentía, agresividad y fuerza. En un ambiente semejante el elemento principal será el de la fidelidad. Bien sea la fidelidad de un rey a otro, o bien aquella de funcionarios y militares hacia su soberano. La fidelidad, expresada por medio de un juramento ante los dioses, se nutría del proceder del monarca, cuyo súbditos eran ahora más reyes y príncipes sometidos y vasallos, que los habitantes de su propio país, convertidos en auténticos siervos.
El final de la Edad del Bronce conllevó una crisis del Estado palatino. Se destruyeron palacios, desaparecieron imperios y se produjo el resurgimiento de un elemento nómada pastoril, el de los arameos. En semejante ambiente emergió un novedoso modelo de rey, con fuerte influencia de procedencia tribal. Hablamos del rey juez, a la vez símbolo de la unidad nacional (nuevo ideal de procedencia tribal) y jefe del pueblo en armas, un modelo que contrasta con el tipo de reyes de períodos previos. Este tipo de realeza Igualitaria, con las reservas propias del término, se transforma finalmente, como en Israel, en una realeza (acorde con las tradiciones histórico-políticas del Próximo Oriente Antiguo), más jerarquizante. En cualquier caso, ciertos rasgos de arbitrariedad y opresión, típicos de la época precedente, desaparecieron, lo que produjo un rebrote de la imagen del rey justo y recto, preocupado por el bienestar de su pueblo, de sus súbditos.
El concepto de la realeza fenicia aparece ilustrado en ciertas inscripciones en las que el monarca es caracterizado como justo y virtuoso. En este caso, es muy probable que la reina no estuviese desprovista de facultades, pues podía actuar como regente y compartir las principales funciones sacerdotales. Con la expansión mediterránea, la realeza se vio en la obligación de ejercer sus funciones en un ambiente urbano en el que debía compartir su poder con una oligarquía, desapegada de los palacios y que obtenía su riqueza y gran influencia del comercio ultramarino. Esta oligarquía reemplazará a la realeza como forma de gobierno en las colonias fenicias por el Mediterráneo.
Entre los asirios, la autoridad real emanaba de la esfera divina. No obstante, siempre estuvo al amparo del poder de la nobleza palaciega y de las diferentes camarillas y sus intrigas. La realeza asiría, encarnada en el monarca absoluto, dirigía la producción agrícola e industrial, controlaba los negocios comerciales y llevaba a cabo obras públicas. Al inicial carácter nacionalista de la monarquía asiria se sumaría una babilonización del clero y de varios sectores de las clases dirigentes, así como la arameización de un importante sector de la población. El soberano asirio llega a ser un rey inaccesible que transmite terror a sus enemigos y rivales.
Aunque con un gran poder y con evidentes rasgos despóticos, el rey persa no era una divinidad, aunque por su mediación operaban los designios y poderes de Ahura Mazda para mantener el orden. Inaccesibles como los monarcas asirios, los reyes persas (aqueménidas) casi no eran visibles y estaban sometidos a un ceremonial complejo, rígido y fastuoso. Su gran misión era que la verdad se impusiese por doquier a lo largo y ancho de los territorios imperiales.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM, octubre 2018.

15 de octubre de 2018

Hallazgos arqueológicos (V): Hombre-león de Stadel y hombre con cabeza de pájaro de Lascaux




En las siguientes líneas nos referiremos a dos notables hallazgos arqueológicos de extrema relevancia y de complicada interpretación. En una de las imágenes se observa la figura del hombre-león (o mujer), tallada en un colmillo de mamut, hallada en la cueva de Stadel, en Alemania. Pertenece al período Auriñaciense, del Paleolítico Superior, y se ha datado en torno a 32000 años antes del presente. El cuerpo es humano (al menos las extremidades inferiores) pero la cabeza es leonina. ¿Este es uno de los primeros vestigios casi indiscutibles de arte, y probablemente de religiosidad, así como de la capacidad de la mente humana de imaginar cosas que no existen realmente?. El aspecto híbrido zoomorfo, “totémico” o “animista”, en el vocabulario de cierta antropología, no se volverá a ver hasta los muy célebres ejemplares del antiguo Egipto. En la otra, una conocida pintura en Lascaux, datada entre 14000 y 15000 años antes del presente. ¿Qué es lo que se ve, exactamente, y cuál es su significado?. Un bisonte, herido de muerte por una lanza que lo atraviesa, parece estar perdiendo sus intestinos. El hombre con la cabeza de un pájaro y un pene erecto, a su izquierda, cayéndose ¿es abatido por el bisonte?; ¿es un cazador o un chamán, o ambas cosas?. Bajo el hombre hay otro pájaro. ¿Podría simbolizar el alma, liberada del cuerpo en el momento de la muerte?. Si eso fuese así, ¿la pintura no representaría algo más que un prosaico accidente de caza, tal vez el paso de este mundo al otro?. No tenemos manera de saber si alguna de tales especulaciones es cierta. Se asemeja a una suerte de test de Rorschach, que revela mucho acerca de las pre concepciones de los “eruditos” modernos, y realmente poco, o muy poco, acerca de las creencias de los antiguos cazadores de tiempos muy lejanos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-FEIAP-UM. Octubre 2018.


3 de octubre de 2018

El mundo antiguo de las Islas Británicas: celtas, romanos y anglosajones


Después que las tropas del imperio romano abandonasen las islas acompañando a Constantino III en 407, el territorio padeció acometidas y penetraciones constantes por parte de los pictos, desde Escocia, así como de los irlandeses. Como protección, es factible que los habitantes celta-romanos intentasen conseguir el apoyo como foederati de algunos grupos armados de germanos, sobre todo sajones, además de pequeños grupos de anglos y jutos. Todos ellos ya tendrían alguna presencia en las costas a través de periódicas razias desde las costas del mar del Norte. De tal situación resultaría el asentamiento de grupos germánicos, organizados a partir del ámbito de la soberanía señorial germánica, en ciertas localidades del noreste.
El hecho fundamental que marca indeleblemente la historia de la antigua Britania romana hasta mediados del siglo VI no es tanto el conflicto entre celto-romanos y sajones, sino la desaparición del poder centralizado. En lugar del mismo surgirían múltiples y pequeños reinos o principados, relacionados con un lugar fortificado y fundamentados en un grupo militar asociado a un linaje nobiliario. Un ejemplo representativo del estilo de vida y del poder de estos régulos (de origen germánico) es el célebre tesoro de Sutton Hoo (Suffolk), correspondiente a un enterramiento de un príncipe de Estanglia del siglo VI, que todavía era pagano. Gildas da a conocer el nombre de algunos de tales régulos, todos con nombre romano o céltico.
Así pues, se extendió en el centro y el oriente de la isla, una fragmentaria estructura política a base de pequeños reinos tribales que, por otra parte, siempre habían estado presentes al norte del muro de Adriano. En su seno vivirían gentes de habla céltica o germánica, pudiéndose dar alianzas militares entre unos y otros. En las tierras bajas de la isla, por su parte, continuarían viviendo grupos de la anterior población celto-romana, a pesar de su germanización lingüística desde mediado el siglo VI. De tal modo, grupos de hablantes celtas, de britones, habrían habitado en Devon, Cornualles y Gales. La continuidad de estos pequeños reinos dependía de la fortuna guerrera de sus mandatarios. Uno de esos reinos que acabó consolidado en tiempos posteriores, fue el de Wessex.
En consecuencia, las Islas Británicas de fines del siglo VI conformaban un mosaico de pequeños reinos contralados por una nobleza de señores de la guerra. En la más rica y sajonizada región meridional se consolidaría una primacía del Reino de Wessex, en tiempos de su rey Ceawlin, hacia 556-593.
A comienzos del siglo VII se pueden señalar dos unidades políticas poderosas, en principio sajonizadas, si bien en ambas con elementos poblacionales britano-romanos. Por un lado, el Reino de Kent, en el sudeste, con el rey Etelberto (565-616), y por el otro, el de Nortumbria, al norte, con el soberano Etelfrido (hacia 593-617), fruto de la fusión de los anteriores y más pequeños reinos de Bernicia y Deira. El de Kent protagonizaría un hecho crucial, como remarca la Historia eclesiástica de Beda el Venerable, la conversión al Catolicismo romano gracias a la misión enviada por el papa Gregorio el Grande en 597 y conducida por Agustín. La misión cristiana de Agustín debe explicarse por la más que probable continuidad de grupos cristianos celto-romanos en antiguos centros urbanos tardorromanos. Así, los diversos concilios de la Iglesia gala de los siglos V y VI (Tours Vannes, Orleans y París), atestiguan la existencia de obispados britones. En la corte de Kent ya debían existir previamente creyentes. Además de la acción de la misión romana, el cristianismo se impondría en las pequeñas cortes reales merced a misioneros irlandeses.
Tales influjos dominarían en Nortumbria desde el reinado de Oswaldo (633-642). Después del Sínodo de Whitby, en 664 se impondría en Nortumbria el influjo romano. En cualquier caso, básico para la difusión del cristianismo, en concreto en su vertiente romana, basada en fundar sedes episcopales, sería la continuidad de ciertos antiguos centros urbanos tardorromanos (en ese instante centros ceremoniales y administrativos), caso de York, Canterbury, Cirencester, Wroxeter y Carlisle. La cristianización de origen irlandés se orientó a la fundación de centros monásticos, como por ejemplo el de Lindisfarne en la Nortumbria de mediados del siglo VII.
Una vez que el poder de Kent se fue desvaneciendo, se estableció la hegemonía de Mercia e, incluso, la del Reino de Wessex. El reino de Mercia había sido el producto de la unión de principados de menor extensión. La primacía de Mercia sería en buena medida la obra del rey pagano Penda (626-655), que logró aliarse con príncipes galeses cristianos contra la amenaza que representaba la expansión meridional del soberano Edwin de Nortumbria (617-632). La cristianización de Mercia se produjo a mediados del siglo VII, gracias a los influjos irlandés y nortumbrio, estableciéndose en 653 un único obispado para todo el reino, fijado en Lichfild de la mano del obispo Chad. Desde ese momento, los lazos entre la Iglesia anglosajona y Roma se fortalecerían con la tradición de soberanos que renunciaban al trono para ingresar en un monasterio y peregrinar hasta la sede del Papa.
Los sucesores del rey Penda (Wulfhere y Etelredo), lograron consolidar y extender el poder de Mercia sobre los sajones y los anglos orientales, frente a Nortumbria, con la recuperación de Lindsey (Lincolnshire), y también frente al Reino de Kent, que fue saqueado en 676. La expansión de Mercia obligó a los reyes de Nortumbria a intentar expansionarse hacia el norte, sobre los pictos que hacían vida entre el muro de Adriano y el Firth of Forth. Esta aventura culminó trágicamente en la catástrofe de Nechtansmere, con la derrota y muerte del rey Ecgfrith. De esta manera, en las Islas Británicas el siglo VIII se abría con la superioridad del Reino de Mercia en toda la zona sur, oriental y central de la Gran Bretaña.
La isla de Irlanda, por su parte, no había sido conquistada por Roma, viviendo así con las mismas estructuras socio-políticas célticas de tiempos previos a los romanos. En tal sentido, la unidad política básica era el pueblo-tribu (túath), una pequeña comunidad de valle a cuyo frente se hallaba un rey, con funciones religiosas y militares, pues conducía a la guerra a los hombres libres y a los nobles con sus clientes.
Como consecuencia, el número de régulos era muy elevado, si bien con el paso del tiempo se llevaría a cabo una cierta concentración de poder que conllevaría el surgimiento de realezas regionales (ríruirego o rey de los altos nobles), asociadas a las que serían las clásicas provincias de la Irlanda medieval, Connacht, Ulster, Leinster y Munster. Este proceso de concentración de poder se incrementó en el siglo V, gracias a la propaganda de los reyes provinciales, que asociaban su hegemonía con unos supuestos orígenes míticos de sus dinastías. En cualquier caso, los pequeños régulos tribales subsistieron hasta bien entrado el siglo XI. Entre las monarquías provinciales destacó, desde mediados del siglo V la de los Uí Néill en el Ulster (centro ceremonial en Tara), mientras que en el sur sobresalió la dinastía de los Eóganachta.
El cristianismo, que penetró desde el sur, integraría a Irlanda en la comunidad de la Europa Occidental. En las zonas meridionales serían fundadas, desde 431, las primeras iglesias irlandesas por parte del misionero Paladio, tal vez procedente de Auxerre[1]. En cualquier caso, la decisiva cristianización irlandesa seria posterior, esencialmente a partir de principios del siglo VI, gracias a la fundación de monasterios desde el este al oeste, lo cual indica un origen gales. Sin duda, parte del éxito de tales monasterios residió en el patrocinio de los miembros de la nobleza. El prototipo sería Columbano el Viejo (Colum Cille), emparentado con los Uí Néill y con los soberanos de Leinster, quien fue el fundador del monasterio de Durrow y del de la isla de lona, este último base de la cristianización de los pictos.
Las fuentes escritas sobre los pictos y acerca de quienes le sustituirían en los territorios más septentrionales de las Islas Británicas, los escotos, provienen de los Anales irlandeses,  de mediados del siglo VIII, así como de la llamada Lista real picta, más tardía, de la décima centuria.
Los pictos, gentes que habitaban al norte del muro de Adriano, empezaron a ser mencionados en las fuentes romanas desde comienzos del siglo IV, debido a sus frecuentes incursiones de pillaje en la Britania romana, en ocasiones aliados con los escotos de Irlanda. Entre los pictos se dio un leve proceso de concentración del poder, tal y como se aprecia en la figura de un soberano de  mediado el siglo VI,  Bridei MacMaelcon, quien derrotó a los escotos y que probablemente favoreció la evangelización de su pueblo, recibiendo al monje irlandés San Columbano.
Ya desde principios del siglo VII, los pictos tuvieron que enfrentarse al expansionismo del reino sajón de Nortumbria. En 685 Ecgfrith, rey de Nortumbria, sufrió una derrota que permitió la reunificación e independencia del territorio picto bajo el rey Bridei MacBili. A partir de aquí, apenas nada más se sabe de los pictos hasta que fueron conquistados por Kenneth MacAlpin, rey de los escoceses, a mediados del siglo IX.
Las relaciones entre Irlanda y Escocia tuvieron profundas raíces, ya desde el lejano siglo III. A comienzos del siglo VI se testimonia el establecimiento de una dinastía irlandesa en lo que habría de ser la escocesa Dalriada. En este antiguo reino escoto, el cristianismo se constituyó en un elemento esencial, pues fue centro irradiador del monaquismo irlandés. La estructura aristocrática de tradición céltica instaurada, con la presencia de grupos tribales bajo el predominio de una familia con sus clientes asentada en un sitio fortificado o dun, explica el surgimiento de una fragmentación política ya en el siglo VII. Un nuevo impulso unificador corrió a cargo de Ferchar el Largo, aunque desde mediado el siglo VIII, y hasta el IX, Dalriada viviría bajo el control picto.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. FEIAP. UMH, Braga. Octubre, 2018.


[1] El tradicional y célebre patrono de la Iglesia irlandesa, San Patricio, habría realizado su misión en el norte, en el Ulster, con anterioridad a 460. Patricio, un britón nacido en una familia romanizada y que experimentó el cautiverio, actuaría inicialmente entre los inmigrantes britones en la isla, para ganarse después el apoyo incondicional de los reyes de Ulaid (el Ulster oriental), constituyéndose de esta forma en el primer obispo de Armagh.

28 de septiembre de 2018

Hallazgos arqueológicos (IV): estatuilla del tesoro de Macon



La estatuilla de la imagen fue encontrada en 1764 formando parte de un tesoro descubierto en Macon, al sureste de Francia. En el depósito se hallaron otras siete figuras que representaban deidades, platos de plata, diversas joyas de oro y casi treinta mil monedas de plata y oro. Probablemente el tesoro, escondido a mediados del siglo III, proceda de un santuario domestico; esto es, un lararium, de una gran villa. Las estatuillas pudieron servir como ornamento de mesa en festines suntuosos (recuérdese la descripción del festín de Trimalción, en Petronio, por ejemplo). La estatuilla de la foto, en plata dorada, hecha en la Galia mediado el siglo II, muestra a Fortuna (en la zona donde fue hallada pudo identificarse esta deidad con Tutela, diosa protectora local), que mantiene una patera (un plato de libación) en su mano derecha, mientras que en su mano izquierda porta una doble cornucopia, ambas coronadas con las cabezas de Diana y Apolo, respectivamente. A sus pies se puede observar la presencia de un pequeño altar. Sobre su cabeza, Fortuna lleva una corona amurallada (símbolo de protección de una ciudad, tal vez Massilia en este caso). A lo largo de sus alas se encuentran los bustos de Cástor y Pólux, hijos gemelos de Júpiter, cada uno de ellos con una estrella en su cabello. Más arriba, una suerte de yugo con siete bustos que representan las deidades de los días de la semana (Saturno, Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus). Fortuna, la versión romanizada de Tyche, fue, en el período helenístico, una deidad guardiana de muchas nuevas fundaciones urbanas. Los dioses de los días de la semana son también una innovación helenística, traída, eso sí, desde Babilonia. Tanto ellos, como los Dióscuros pueden conectarse, en fin, con el incremento de un interés en la astrología en la Galia durante el siglo II. Conviene recordar, finalmente, que Fortuna gozaba, desde muy antiguo, de gran predicamento en algunas ciudades del Lacio, como Praeneste y Antium, donde se convirtió en diosa poliada, como garante de la existencia de la ciudad. Fue una diosa primigenia, madre y a la vez hija de Júpiter, según la teología desarrollada en su santuario prenestíno. Fortuna era, de cualquier modo, multifacética, en tanto que a la vertiente política se añadían otras perspectivas que la presentaban como divinidad guerrera, curotrófica y del destino.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM, septiembre 2018.

21 de septiembre de 2018

Los Shardana en imágenes



En la imagen se observa, a la izquierda, una figura con barba, considerada un dios, de Enkomi, Chipre, datada en el siglo XII a.e.c. Se muestra armada con escudo redondo y lanza. Lleva un faldellín, tal vez grebas y un casco con cuernos “shardana” (aunque también podría ser ugarítico). Está sobre lo que se denomina un lingote de pellejo de buey. Además de un guerrero parece ser un dios de los trabajadores del metal, cuyos talleres se encontraron en las proximidades de los templos de Kition. A la derecha, otra figura (pero cuatro siglos más reciente), de un guerrero de Sulcis, en Cerdeña. Es uno de los numerosos ejemplos de figuras con escudos redondos, cascos con cuernos, lanzas y a veces, espadas o arcos. Esta, además, porta grebas y armadura. ¿Estaríamos aquí ante un vínculo con los “shardana”?. Diría que sí. Los “shardana” se conocen en las fuentes como “atacantes” (en esa masa informe de Pueblos del Mar), que luego se reconvierten en mercenarios y tropas de guarniciones egipcias. Se destacaban como espléndidos guerreros con escudo y espada. Probablemente procedían del norte de Siria. Tras el ataque al Egipto de Ramsés III permanecieron un tiempo en Chipre. Desde allí, al menos una parte, se trasladaron a la isla de Cerdeña (que inspira su nombre desde el siglo IX a.e.c.) poco después de 1186 a.e.c., quizá en forma de varias expediciones más o menos numerosas. Además, por otra parte, Cerdeña se conocía desde antiguo como una isla rica en cobre y, por consiguiente, pudo estar involucrada en el comercio de lingotes de piel de buey. El evidente parecido, tanto en las vestimentas como en el armamento, entre los atacantes representados en Medinet Habu y los bronces de dioses y guerreros sardos del siglo VIII a.e.c. no debe pasar, creo, desapercibido.

Prof. Dr. Julio López Saco. 
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. UM. Septiembre, 2018


17 de septiembre de 2018

El “reino” de Yam y su relación con el Egipto antiguo


En una inscripción biográfica en la tumba de Herkhuf (Dinastía VI) gobernador de Elefantina se relatan varias expediciones a un territorio denominado Yam, de donde volvió con una serie de regalos suntuosos y exóticos.  Trajo consigo pieles de leopardo, marfiles, plumas de avestruz, ébano, huevos, entre otros productos. Probablemente las expediciones fueron llevadas a cabo con el deseo de explorar la región. En consecuencia, se estableció una ruta caravanera. Sin embargo, no mucho después las noticias sobre Yam desaparecieron de los textos. En un principio se pensó que podría tratarse de una leyenda. Sin embargo, los expertos han debatido mucho en relación a su ubicación, llegándose a un acurdo mayoritario que emplazaba este reino en Nubia, en las cercanías de Kerma.
En las montañas de Uwienate, en el desierto líbico, famosas por contener grabados neolíticos y pinturas rupestres se descubrió una inscripción faraónica que resultó ser de Montuhotep, a quien dos personas traían productos de sus respectivos territorios. Uno de ellos trae consigo un órix y procede de Tekhbeten, mientras que el otro, tal vez porte incienso, y procede del país de Yam. Esta inscripción se convirtió en referente fundamental para localizar la posición de Yam, relevante para determinar hasta qué zona del interior de África penetraron los egipcios de la antigüedad, y para evaluar la fuerza y la superficie de los territorios nubios durante el Reino Antiguo.
En su autobiografía Herkhuf menciona las localidades de Setju, Uauat e Irtjet (tal vez pequeños asentamientos), que algunos ubican al norte de Nubia, con lo cual Yam estaría en la zona meridional. Otros investigadores, por el contrario, creen que Yam se encontraba todavía más al sur, cerca de la quinta catarata, lo que implicaría que Uauat abarcase toda la zona de la Baja Nubia. Si los territorios eran más grandes de lo que se pensaba, era probable que supusiesen una amenaza cierta para el sur de Egipto. Yam no se incluía entre los territorios “amigos”. Se le asimiló a otros territorios nubios en algunos textos de execración que se escribieron sobre figurillas de prisioneros y que se depositaron en cementerios para prevenir (o impedir) mágicamente, ataques sobre Egipto.
Con el descubrimiento de Uwienate, y si se entiende que la inscripción marca el territorio, el panorama sería diferente, pues estamos hablando de una zona muy al oeste de Abu Simbel. Una serie de hallazgos previos podrían evidenciar que es esta la región de Yam.
Por un lado la ruta de Abu Ballas (Colina de la Cerámica), en donde aparecieron casi trescientas vasijas, tal vez punto de paso en época faraónica para desplazarse hasta Gilf el Kebir, Uwienate o incluso más al oeste. En el camino se constatan cerámicas que abarcan desde la VI Dinastía hasta la época romana. Estaríamos hablando de una ruta para atravesar el desierto. Por otro lado, la Montaña de Agua de Djedefre y el Biar Jaqub (un oasis, con diez pozos de agua), un par de días de Dakhla. En el primero se encuentran los cartuchos de Keops y de Djedefre, su hijo, además de un texto en el que se narran las expediciones de la IV Dinastía hasta estas regiones para producir un polvo denominado mefat. Los egipcios sabían, en consecuencia, cruzar el desierto, en específico empelando caravanas de asnos, aprovisionándose de agua en los pozos de Biar Jaqub.
En relación a los presentes que trajo Herkhuf desde las tierras de Yam, un par de ellos desencajan con la zona de la montaña de Uwienate. Se trata de los bumeranes y de las panteras. Sin embargo, en pinturas prehistóricas de la región se pueden observar estos felinos. Además, los habitantes de Yam pudieron intercambiar con pueblos de los alrededores marfil y pieles de leopardo. En términos generales, las menciones de toros y otros animales en el texto de Herkhuf cuentan con sus paralelismos en los diferentes grabados de Uwienate.
También se ha escrito mucho acerca de la desaparición de Yam en las fuentes antiguas. Se ha argumentado, al respecto, el hecho de que el reino estaba bastante apartado de la proliferación de otros mercados y por tanto, podría no compensar realizar un viaje que se presume complicado, por estar muy alejado (en dirección oeste) del Nilo. Así mismo se ha dicho que la zona pudo haberse convertido en un área inaccesible para los egipcios debido a lo duro del viaje. Tal vez los cambios climáticos hicieran la zona más seca e imposibilitaran las caravanas de burros si no había suficiente suministro de agua.
Es probable, en fin, que Uwienate pudiera suministrar alimentos a colectivos pequeños durante cierto limitado tiempo, sobre todo si en esas épocas la zona era algo más húmeda. En cualquier caso, parece claro que los antiguos egipcios usaban la ruta con interés comercial y que Yam pudo encontrarse en las llanuras y wadis de la montaña de Uwienate, y no en Nubia, cono hasta hace poco se pensaba.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.

10 de septiembre de 2018

Hallazgos arqueológicos (III): sítulas de La Certosa y Benvenuto



La cultura Atestina (en su horizonte cultural Este III), en la Italia septentrional, mantuvo la cultura local pero también acusó el impacto orientalizante, que recibió tamizado desde Etruria, desarrollándose en unos objetos peculiares, situlae. Las sítulas, cubos o calderos de carácter funerario ritual hechos en bronce, son fruto de una tradición de obras en bronce batido. El influjo orientalizante se constata en la decoración de estos recipientes, con motivos decorativos zoomorfos y también humanos. Uno de los ejemplares más antiguos del norte de Italia procede de Benvenuto (el de la derecha en la imagen), presentando motivos geométricos que recuerdan la artesanía del metal durante los Campos de Urnas, si bien la decoración figurativa apreciable, formando escenas de banquetes, hileras de seres míticos y procesiones de guerreros, distribuidos en bandas, denota los rasgos orientalizantes. Es un panorama decorativo que refiere una escenografía propia de los modos sociales de los aristócratas o príncipes de la época. Los ejemplos que se muestran son, uno de la necrópolis de La Certosa, y el otro de la tumba de Benvenuto, ambos datados hacia 500 a.e.c.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Septiembre, 2018.

4 de septiembre de 2018

El fenómeno del Megalitismo al final del Neolítico







Imágenes (de arriba hacia abajo): mapa que muestra la presencia de monumentos megalíticos; conjunto megalítico de Knowth; algunas losas con grabados de Newgrange; dibujo en el que se aprecia la reconstrucción del túmulo de West Kennet, en el complejo ritual de Avebury y; una panorámica de la entrada al dolmen de Gavrinis.

El megalitismo es un término empleado para referirse a las construcciones que usan grandes piedras. En prehistoria se asocia a la primera arquitectura monumental que se conoce, que surge en el Neolítico en el área atlántica europea, y que se prorrogará hasta el Calcolítico. En ciertas zonas sus últimas manifestaciones coinciden con las primeras comunidades metalúrgicas. Desde Escandinavia (Suecia, Dinamarca), pasando por los Países Bajos, Gran Bretaña y Francia, y hasta la Península Ibérica, la costumbre será la de inhumar a los fallecidos colectivamente en construcciones de piedra de gran tamaño, en sepulcros megalíticos. Algunas edificaciones tendrán una tipología ritual determinada, habitualmente desconocida, y no solamente funeraria.
El megalitismo se documenta en el Mediterráneo oriental, en el Egeo, durante el fin del Neolítico y la Edad del Bronce, aunque como se verá después, el fenómeno debe circunscribirse la fachada atlántica. Megalitismo, así, refiere también un territorio con un sustrato cultural común de carácter epipaleolítico, el cual recibe un estímulo externo en forma de economía productora, que coadyuva por tanto el surgimiento del fenómeno. Los sepulcros de carácter colectivo son invención de comunidades epipaleolíticas atlánticas del tipo Obaniense escocés, concheros del Tajo en Portugal o Tardenoisiense en la Bretaña. En tal sentido, el megalito es un fósil guía de las primeras culturas neolíticas atlánticas, en las que el sustrato indígena epipaleolítico es esencial. Esto significa que el megalitismo es una situación circunstancial común a poblaciones diferentes, a grupos cultural distintos en una época concreta, y no una edad, ni una época ni una cultura en sentido estricto. Las construcciones, tanto las atlánticas como las del Mediterráneo, son un  reflejo de nuevas concepciones religiosas y de los nuevos cultos relacionados con nuevas jerarquías de los grupos del período final del neolítico, con sociedades de mayor complejidad. Es muy probable que los enfrentamientos estratégicos entre comunidades o luchas por los recursos más básicos se viesen reflejados en estas construcciones megalíticas, que actuarían en consecuencia como indicadores de la propiedad de territorio frente a otros grupos.
Desde hace tiempo se planteó en los círculos académicos el origen del megalitismo. La perspectiva difusionista, aceptada hasta no hace mucho, señalaba que la génesis habría estado en el Mediterráneo oriental (Palestina, Siria, Egeo). Los tholoi micénicos serían los precedentes de ciertas tipologías funerarias de la Europa del Atlántico. En el proceso expansivo del nuevo ritual funerario habrían tenido un crucial papel los prospectores de metales a inicios del Calcolítico. Las dataciones por medios científicos, sobre todo con C14, de las construcciones de la Bretaña, de la Península Ibérica y de las Islas Británicas, muestran su mayor antigüedad en relación a las del Mediterráneo oriental. En la fachada atlántica, los ejemplos más antiguos se datan entre 4800 y 4500 a.e.c., mientras que en el Egeo no son anteriores al III Milenio. Así pues, el fenómeno, de sustrato indígena, surgió en la fachada atlántica, de manera que su extensión se produjo en dirección oeste-este. No obstante, existió un movimiento en sentido contrario, si bien más tardío, como se deduce de la presencia de objetos del Egeo en la Península Ibérica.
La existencia de enterramientos colectivos muy difundidos prueba que en la mayoría de Europa se produjo un cambio en el rito funerario, tal vez relacionado con transformaciones en el aspecto espiritual y, por descontado, en el político y social. En Malta, al igual que en la Cultura de Ozieri (Cerdeña, del IV milenio a.e.c.), fueron habituales los hipogeos funerarios y los templos megalíticos (Hagar Qim, Hal Saflieni, Ta’Hagrat, Mnandra), al menos hasta el 2000. En el sudeste de la Península Ibérica, a fines del V milenio antes, por tanto, de la Cultura de los Millares, existieron construcciones de círculos pétreos de función funeraria (Loma de la Atalaya), con ajuares que mostraron hachas pulimentadas, cerámicas finas y microlitos geométricos. Con posterioridad se vieron influenciados por aspectos del Mediterráneo oriental, apareciendo ya ídolos de piedra y hueso.
En las Islas Británicas destacan los megalitos irlandeses de la península de Knocknarea. Sobresale entre ellos el dolmen de Carrowmore, datado en 4700 a.e.c. Los asentamientos y ajuares, que contienen concheros, de mejillones y ostras,  así como dientes de cachalote, se vinculan con pobladores mesolíticos que apenas inician la cría de ganado. Se han constatado aquí prácticas antropofágicas. En Irlanda también es significativo el grupo de megalitos de Boyne, en donde destacan los dólmenes de Knowth y Newgrange, de fines del IV milenio. En este último abundan menhires y losas con grabados (presencia de espigas, espirales y zigzags). En Inglaterra, donde los megalitos más antiguos datan de 3900 a.e.c., además de tumbas con cámara, destacan los long barrows, largos túmulos que eran enterramientos colectivos flanqueados por fosos. Abundan en la región sureste de Wessex. Sobresale el de West Kennet, en el complejo megalítico de Avebury. En el sur de Escocia también existen long barrows. El foco megalítico más antiguo es el de Clyde-Carlington, si bien al norte del canal de Caledonia se aprecia una nueva  tradición megalítica que presenta sepulcros de corredor (Maes Howe).
En el III milenio a.e.c. aparecen en las Islas Británicas los henges. Uno de los mayores es el gran complejo ritual de Avebury, en Wiltshire, datado en 3000 a.e.c. Presenta un  foso, rodeado en el exterior por un muro y en el interior por menhires, además de cuatro entradas perpendiculares. En el interior, presenta dos círculos de menhires. Se hallaron allí multitud de hachas de piedra pulimentada. Dentro de Avebury se encuentra el montículo de Silbury Hill. Otro henge destacado es Durrington Walls (2600 a.e.c.), que muestra seis círculos concéntricos de postes que debieron soportar un techo hecho en madera. La presencia de restos domésticos es un indicio claro de que el recinto estuvo permanentemente ocupado. En tal sentido se cree que el henge pudo estar asociado a una suerte de residencia señorial. Stonehenge, en Wiltshire, es el henge más célebre y más estudiado del mundo. Sus fases primarias de construcción de han fechado en 3200 a.e.c. Los menhires se han datado entre 2500 y 2300, y en torno a ellos se estableció el doble círculo de monolitos pétreos. A la última fase constructiva, dentro de la Cultura de Wessex, en el Bronce antiguo, pertenece el semicírculo de los trilitos o menhires entrelazados por grandes dinteles. Parece probable que Stonehenge haya sido un lugar de culto al sol.
En Bretaña y Normandía se encuentran los sepulcros de corredor más antiguos de Francia, datables en el V milenio a.e.c. Algunos conforman complejos tumulares llamados cairn (túmulos pétreos con diez o más dólmenes de corredor, con cámaras de planta circular o poligonal). En Poitou-Charente y en el  túmulo de Bernet, en Aquitania se documentan varios enterramientos colectivos. En la necrópolis de Bougon (Poitou-Charente), se han recuperado dos centenas de esqueletos en cinco cairns con dólmenes de corredor. No obstante, el foco megalítico principal es Bretaña (isla de Guennoc, sepulcros de Kerkado y de Barnenez, en torno a 4800-4600 a.e.c.). Barnenez, que se utilizó hasta la Edad del Bronce, presenta arcaicos ajuares de la Cultura Chassey, a base de puntas de flecha de sílex, hachas de piedra pulida y algunas cerámicas.
En relación a los cairns, se constata la presencia de muchos menhires, tanto aislados (Gigante de Manio, Locmariaquer), en alineamientos (Carnac, sobre todo Kermario y Le Ménec) o en crómlech en las cercanías de la bahía de Morbihan. En el IV milenio las plantas de los dólmenes de corredor bajo cairns se hacen más sofisticadas, con compartimentaciones internas y cámaras más grandes. Uno de los más destacables es el cairn de Gavrinis. Aquí, las losas verticales que configuran las paredes del corredor aparecen decoradas con grabados que representan figuras, como cruces, yugos, escudos, sierpes, hachas y diversas formas geométricas (espirales, arcos).
Ya a partir del 3500 a.e.c. surgen largos dólmenes de galerías cubiertos por túmulos, presentes no solamente en Bretaña o Normandía, sino más al sur y al norte, lo que supone un enlace con el megalitismo de los Pirineos occidentales y el nórdico. En el sudeste de Francia se generalizan los hipogeos usados como osarios colectivos (Fontvieille, de planta cruciforme, o Aude), que seguirán siendo empleados a lo largo del Calcolítico, en torno al 2100 a.e.c.
En los alrededores del Mar Báltico, sobre todo Países Bajos y la Escandinavia meridional, se destacó otro gran foco megalítico en el que sobresalen sepulcros de corredor y galerías cubiertas (Stävie en Suecia; Funen y Zealand en Dinamarca), cuyas dataciones no sobrepasan el 3500 a.e.c. Se mantendrán activo hasta el Bronce Antiguo. No obstante, más antiguas son algunas tumbas megalíticas pero no colectivas, llamadas langdysser, túmulos largos delimitados con grandes bloques en cuyo interior hay cistas.
En la Península Ibérica, por su parte, el foco más arcaico se ubica en la fachada atlántica portuguesa, en donde hay presencia de dólmenes de una antigüedad semejante a la de los bretones, en torno a 4700-4600 a.e.c. Son cistas megalíticas cubiertas por túmulos con enterramientos individuales o para pocas personas. En ellos, los ajuares estaban formados por microlitos geométricos epipaleolíticos, almagra y cerámicas lisas. Se destaca el anta 10 de Herdade das Areias y Marco Branco. En varios yacimientos, como los mencionados y algunos más (Gorginos 2, Palhota, Orca dos Castenairos), aparecieron unas placas de pizarra perforadas y decoradas. Ebel III milenio se alargan los pasillos de tal manera que se conforman espectaculares sepulcros de corredor, sobre todo en el Alentejo. Es aquí donde aparece, en los ajuares, el llamado ídolo-placa alentejano, un ídolo rectangular de pizarra decorado con incisiones geométricas en damero o retícula. Algunas de estas piezas planas presentan una modificación con la que presumiblemente se quería figurar una cabeza esquemática. En el Anta Grande de Olival da Pega se encontró un ajuar de más de una cincuentena de estos ídolos-placa. Otro ejemplo destacado del megalitismo portugués es el crómlech dos Almendres, cerca de Évora. Su última fase corresponde al Calcolítico, con presencia de tumbas en forma de tholoi y cavernas artificiales.
En las regiones de Cantabria y Galicia aparecen túmulos, algo más reducidos que los portugueses, datados en el último tercio del V milenio, y que contienen una serie de dólmenes de cámara poligonal (Chan da Cruz, del 4300 a.e.c.). En el siguiente milenio aumenta la diversidad formal, así como el tamaño de las cámaras, apareciendo los primeros dólmenes de corredor (Dombate). De hecho, desde 3600 a.e.c. únicamente aparecen dólmenes de corredor y durante el III milenio los ajuares ya muestran elementos campaniformes.
Cada uno de los grupos megalíticos atlánticos es fruto de una concreta cultura regional, con sus particularidades arquitectónicas y funcionales. No obstante, existieron vínculos entre los centros. Desde el Mesolítico hubo una cierta uniformidad en lo tocante a la cultura material y los elementos de subsistencia, centrados en las actividades orientadas al mar, en tanto que al comienzo del Neolítico comienza a darse un énfasis a las actividades interiores, sobre todo a la ganadería.
La mayoría de los monumentos megalíticos desempeñaron una función religiosa funeraria, de tal manera que pueden concebirse como centros de culto, sitios sacros o santuarios. La aparición de las inhumaciones colectivas así como los motivos iconográficos presentes en los megalitos, transmiten una más que probable evolución de la mentalidad espiritual y, por tanto, sugieren la aparición de una nueva concepción religiosa. El valor social y simbólico de los monumentos megalíticos debió ser relevante, aunque no se pueda especificar cualitativamente.
Muchos estudiosos han tratado de averiguar cómo se produjo el surgimiento del mundo megalítico. Según el célebre erudito C. Renfrew, los megalitos manifestarían un comportamiento asociado a las preocupaciones territoriales de parte de sociedades segmentadas (grupos independientes y autosuficientes sin subordinación a una entidad mayor que los controle económica y políticamente) por mor de presiones demográficas sobre esos territorios. En consecuencia, además del papel funerario y cultual, los monumentos servirían para delimitar el espacio de cada grupo independiente. El centro territorial del grupo sería el relevante, siendo su uso funerario o como lugar de ceremonias o de festividades. Por tanto, el megalito cumpliría la función de centro territorial, convirtiéndose en la referencia fija de tales grupos, con hábitats de escasa entidad, de una vida relativamente nómada y de poblamientos dispersos, con una agricultura itinerante y una ganadería no estabulada. En el III milenio, en el Calcolítico, se constata un aumento de la sedentarización, lo que puede asociarse al paulatino declive del fenómeno. Otros autores (R. Chapman), siguen la teorización de Renfrew, si bien apuntando que el fenómeno se vincularía a un proceso de presión en relación a la ocupación de las mejores tierras. Así en las zonas atlánticas, la presión sobre los recursos económicos pudo ser consecuencia de la aparición de nuevos intereses, lo que conllevaría nuevas exigencias territoriales.
Las tumbas colectivas pudieron ejercer el rol de elemento aglutinador y a la vez redistribuidor entre los grupos que los erigirían, lo cual supondría la posibilidad de estrechar lazos de solidaridad (algo que iría de la mano con su función de marcadores territoriales). Estaríamos, entonces, otorgándoles el papel de reorganizadores sociales, con capacidad de formar equipos que trabajasen en tareas determinadas del ciclo agrícola, estableciéndose cada equipo como un auténtico “linaje”. Su funcionamiento sería como mecanismo integrador y organizador del grupo de parentesco gracias a las reuniones en el complejo ritual funerario. Es por eso que es factible que en muchos casos los poblados podrían estar cerca de los propios monumentos (la presencia de útiles líticos y cerámicas apuntan hacia esta dirección).
Algunas otras teorías han querido ver en los monumentos megalíticos la plasmación práctica de los desacuerdos internos de una sociedad que está dejando de ser igualitaria, momento que correspondería, precisamente, al neolítico, cuya economía de producción daría pie a importantes desigualdades sociales. Siguiendo esta línea argumental, los monumentos megalíticos se originarían alrededor de un culto a los antepasados de parte de las familias con mayores recursos. De esta manera, las primeras tumbas megalíticas, precisamente individuales como las de la fachada portuguesa, se ajustarían a los representantes fundadores de los clanes familiares de mayor repercusión. Las colectivas intentarían ser el aporte de los grupos menos favorecidos para equipararse y combatir la diferenciación y desigualdad social.
Con la expansión de la metalurgia, que trajo consigo cambios sociales e ideológicos, dejaron de construirse monumentos megalíticos. Sería en torno a 2500 a.e.c. se ha dicho que los nuevos modelos de sociedad jerarquizada, sociedades jefatura, primarían lo individual sobre lo colectivo, de forma que los enterramientos grupales megalíticos perderían su sentido. Dicho de otra manera: el carácter ideológico del megalitismo habría tocado a su fin.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR, Septiembre, 2018

Bibliografía referencial

Barandiarán, B. & Martín, B. & del Rincón, M.A. & Maya, J.L., Prehistoria de la Península Ibérica, Barcelona, 1998
Binant, P., La Préhistoire de la Mort. Les premiéres Sépultures en Europe, Errance, París, 1991
Briard, J., Les Mégalithes de l’Europae Atlantique. Architecture et art funéraire (5000-2000 avant J.-C.), Errance, París, 1996
Cauwe, N., L’Héritage des chasseurs-cuilleurs dans le Nord-Ouest de l’Europe (10000-3000 avant notre ére), París, 2001
Delibes de Castro, G., El Megalitismo Ibérico, Historia 16, Madrid, 1986
Gallay, A., Les Sociétés Mégalitiques. Pouvoir des Hommes, Mémoire des Morts, Presses Polytechniques et Universitaires Romandres, PPUR, Lausanne, 2006
Masset, C., Les dolmens. Sociétés néolithiques et practiques funéraires, París, 1993
Renfrew, C., The Megalithic Monuments of Western Europe, Thames & Hudson, Londres,  1983
VV.AA., Prehistoria II. Las sociedades metalúrgicas, edit. Universitaria Ramón Areces-UNED, Madrid, 2011

24 de agosto de 2018

Libro de Julio López Saco



Amigos: disponible ya el libro más peculiar que he escrito. Su título es El oráculo del hedonista. Escritos de añoranza para combatir la fiebre, C. Silva edit., IBMS, Beau Bassin, 2018 (649 pp.). Es este un libro curioso, pues aúna pensamientos, investigaciones y opiniones. Estas últimas, sobre diversos aspectos, entre los que sobresale la realidad venezolana y asuntos concretos de la española. Un ejercicio esencialmente reflexivo y crítico en modo de post que en algún momento tuvieron vida y alcance en las redes sociales, en Facebook, a lo largo de los últimos seis años. Elementos de la cultura, la política, la historia, la mitología y los avatares de nuestra sociedad son los grandes protagonistas. En versión digital, PDF, se puede encontrar en Scribd. Saludos cordiales. J.L.S.

19 de agosto de 2018

El Neolítico en África





Imágenes (de arriba hacia abajo): una posible escena de combate. Pinturas de Tassili, Argelia; una serie de fragmentos de huevos de avestruz con decoración; y una gubia del yacimiento de Shaheinab.

El proceso de Neolitización en el continente africano no ha sido un proceso de segundo orden. Hay que tener en cuenta que un buen número de cultivos, entre ellos el ñame, el cacahuete, el sorgo, algunas variantes de mijo o la espadaña son originarios de África.
El proceso comenzó en la región del noroeste del continente, en unas fechas que oscilan entre 7000 y 5000 a.e.c., llegando a su fin en una época tan tardía como el siglo I en la zona meridional. Los dos elementos clave de la neolitización africana son, por un lado, la llegada de gentes al valle del Nilo y, por el otro, la evolución autóctona de ciertos grupos mesolíticos en las zonas interiores del Sáhara y el Magreb.
El norte del continente, de clima mediterráneo, presentaba condiciones aptas para el cultivo de cereales, esencialmente cebada y trigo. Los yacimientos más antiguos se encuentran en el Sáhara y el valle del río Nilo. Hacia el VI milenio, los grupos mesolíticos prepastoriles del área desarrollaron una economía productiva que daría lugar a grupos culturales diferentes en lo que hoy es Sudán y Egipto, la amplia región del Magreb y el Sáhara.
En el valle del Nilo, gentes provenientes del exterior desarrollarán las culturas de Shaheinab (Jartúm) y de Fayum.
El neolítico de Jartúm, en el valle medio del Nilo, se data entre 4900 y 3800 a.e.c. Se relaciona con una tradición mesolítica local así como con el Sáhara. Los yacimientos más relevantes son Jartúm, Shaheinab, Geili y Kadero. La economía de esta cultura se centra en la caza y la pesca, en la recolección, sobre todo de sorgo, y en la ganadería de bóvidos, ovejas y cabras. Existen yacimientos pequeños, cercanos al Nilo, en los que han aparecido arpones y microlitos y que, por tanto, estarían dedicados a la pesca, así como otros mayores, más alejados del río, con presencia de cerámica y morteros. Es posible que esta particularidad responda a una ocupación cíclica. Ciertos indicios apuntan a una estratificación social. Se trata de algunas inhumaciones en Kadero, en donde ricos ajuares, con amazonita sahariana, cerámicas de lujo, mazas y conchas provenientes del Mar Rojo, apuntan hacia esa dirección.
La cultura material, por su parte, está conformada por la presencia de morteros, arpones de hueso, cerámica impresa, incisa, fina y bruñida, anzuelos confeccionados en concha, microlitos geométricos y gubias pétreas pulimentadas. En el yacimiento de Jebel Tomat, en el centro de Sudán, así como en el sitio de Dhar Tichitt, localizado en la actual Mauritania, es donde se han hallado los primeros restos de especies cultivadas. Al final del Neolítico la proporción de los yacimientos disminuye, quizá como consecuencia de una economía ganadera y comercial que suponga el abandono de la agricultura. En cualquier caso, en la necrópolis de El Kadada (Sudán) así como en la de Kadruka (Nubia septentrional), datadas entre 2800 y 2300 a.e.c., existen ricos ajuares en tumbas agrupadas alrededor de una más antigua y suntuosa que se ubica en las zonas más elevadas.
En Merimda y el Fayum (hacia 4450 a.e.c.), se encuentran las primeras culturas neolíticas del norte del continente, que presentan influencias de la región levantina del Próximo Oriente de Asia, de donde procederían útiles en piedra pulimentada, puntas de flecha, la agricultura del trigo, el lino y la cebada, la ganadería de cabras y ovejas, así como, muy probablemente, el hilado y el tejido, así como del Sáhara, lugar de procedencia de las hachas pulimentadas, ciertas decoraciones cerámicas y las cuentas de cáscara de avestruz y de amazonita del Tibesti. En el oasis de El Fayum se descubrieron grandes asentamientos (con poblaciones que rondarían las dos centenas de personas), en los que se encuentran cabañas de madera con hogares internos, además de silos concentrados (tal vez comunales), fechados hacia 3800 a.e.c. La base económica sería mixta, a base de caza y pesca (que incluiría hipopótamos), la ganadería, centrada en la cría de cerdos, ovejas, cabras y bóvidos, y la agricultura de cebada y trigo.
La cultura material consiste en la presencia de hoces en piedra con mangos de madera o de hueso, puntas de flecha bifaciales, hachas, molinos de piedra, cerámica bruñida y lisa así como punzones y arpones de hueso. La cultura abarcaría dos fases: una, de 4450 a 3550 a.e.c., en la que se presentan claras afinidades con el Próximo Oriente y se caracteriza por los útiles bifaciales y una industria de lascas; y la otra, de 3450 a 2850 a.e.c., con una industria microlaminar de la que podrían ser responsables grupos humanos llegados del Sahara oriental.
En el gran yacimiento de Merimda Beni Salama (3950-3450 a.e.c.), que pudo contener casi dos millares de personas, las primeras viviendas fueron hechas de madera (luego de adobe), presentando una planta ovalada, semiexcavada. Entre las casas se ubicaban sepulturas sin ajuar, sobre todo de mujeres e infantes. Alguas zonas son de trilla, con jarras con función de silos en los suelos de las viviendas. Aparecieron algunas figurillas humanas, de factura bastante tosca. En sus fases finales parece que hubo una cierta diferenciación social, pues algunas casas de un tamaño distinto, con graneros en su interior, pudieran ser un posible indicio de propiedad privada.
La primera colonización sahariana postglaciar se produjo hacia el IX milenio, tal y como constatan yacimientos con microlitos así como la presencia de campamentos temporales de recolectores (gramíneas) que provienen de la costa mediterránea, y cazadores locales. Se emplean anzuelos hechos en concha y arpones óseos. Ya hacia el séptimo milenio se elabora cerámica decorada con espina de barbo, una cerámica que se difundirá hacia el valle del Rift y el Nilo, así como hacia occidente, el río Níger, gracias a los pastores nómadas.
Únicamente a mediados del I milenio a.e.c. aparecen comunidades agrícolas, dando comienzo la expansión bantú hacia el sur y el centro del continente. Los indicios apuntan al cultivo de mijo y sorgo, además de la domesticación de bovinos.
En esta región hay tres grupos de Neolítico. El primero de ellos, el Mediterráneo, en la costa del Magreb; el segundo aquel de tradición industrial Capsiense, en las zonas interiores del Magreb; y el tercero, el Tenereense en el Sáhara central. Los tres poseen en común una economía pastoril, cerámicas incisas y un utillaje pétreo análogo. Del neolítico Mediterráneo destaca el yacimiento de la cueva de Oued Guettara, datada hacia 4900 a.e.c., así como el llamado cementerio de los escargots. Estos sitios encajan con aquellos de la costa opuesta del mar Mediterráneo, de donde procederían, como el caso de Curriachiagu, en Córcega, Cueva de los Murciélagos, en Córdoba, o Chateneuf-les-Martigues, en la Provenza francesa. La relación marítima con la zona europea de la costa mediterránea se verifica por los hallazgos de obsidiana de Lípari y Pantelleria en yacimientos de Argelia y Túnez, así como en la presencia de cerámica cardial en el norte de Marruecos (Gar Cahal, Cueva de Achakar, por ejemplo).
El Neolítico de tradición Capsiense se definió a partir del sitio de Redeyef (Túnez). La facies propiamente neolítica de la región capsiense corresponde a Jebel Bou, en Argelia, con presencia de morteros y útiles en hueso. La cultura material incluye agujas de coser en hueso, puntas de flecha bifaciales, recipientes de cáscara de huevo de avestruz y, sobre todo, ejemplos de arte mueble en forma de grabados de animales y cuentas de collar confeccionadas con caparazones de tortuga. La cerámica es bastante escasa.
El Tenereense (Ténére, y macizo de Air, Sáhara central, al norte de Níger, aunque se extiende al sur de Argelia, como Tassili, y a Chad), se fecha entre 3850 y 2450 a.e.c. Su presencia es clara en los yacimientos de Adrar Bous. En la cultura material destaca la presencia de herramientas en jade verde y sílex, sobre todo puntas de flecha bifaciales triangulares, así como microlitos geométricos, raspadores, raederas y cuchillos. Además se han hallado azuelas y hachas, en tanto que la cerámica presenta decoración impresa e incisa. El arte rupestre y mueble es muy notable, destacando las famosas figuras antropomorfas y zoomorfas de Tassili.
En el África oriental el Neolítico parece originarse a partir de los contactos con grupos de pastores migrantes que se dirigen hacia el sur escapando de la desecación sahariana. En esta amplia región el Neolítico se data entre 4000 y 1300 a.e.c., destacando el complejo cultural llamado Neolítico Pastoral (Kenia y norte de Tanzania).
En el norte del África Oriental fue Etiopía la clave en la difusión de la agricultura. En esta área se cultivaron, hasta la actualidad, especies de origen asiático, en tanto que la ganadería de bóvidos, en torno al lago Besaka, se constata ya en el IV milenio. Los vestigios agrícolas más arcaicos corresponden a los hallazgos de la Cueva de Lalibea, en especial guisantes y cebada. En las proximidades del célebre lago Turkana, yacimientos de grupos mesolíticos aparecen asociados con los ejemplos más antiguos de ganado doméstico.
En los sitios del Neolítico Pastoral hay restos de ganado, tanto ovejas y cabras como vacas, si bien en una proporción inferior a los vestigios de especies animales salvajes, básicamente ñúes y gacelas, un dato que hace factible pensar que la cría de ganado pudo ser un complemento. No hay pruebas de cultivo de plantas, si bien se puede pensar que recolectarían especies silvestres, pues se encontraron morteros. En las tierras altas de Uganda, Kenia y Etiopía se cultivaron plantas zonales, del tipo del nug y del plátano africano. En las zonas selváticas se repite el fenómeno, pero con la palma aceitera y tubérculos como el ñame. La cerámica está también presente.
Existen en la zona yacimientos con presencia, normalmente en inhumaciones, de útiles líticos (en obsidiana), hojas, lascas y cerámica, además de recipientes pétreos, sobre todo cuencos. Estos útiles han dado lugar a la denominación de grupos, entre los que sobresale el llamado Cultura de las vasijas de piedra.
Aunque en el África Occidental solamente se han podido documentar animales domesticados a mediado del III milenio, y de plantas no antes de 1200 a.e.c., la presencia en esta región de hachas, azadas, microlitos y cerámica fechables entre 5000 y 4000 a.e.c., levantan serias sospechas acerca de la época de inicio aquí del neolítico. La primera cultura neolítica conocida fue la de Kintampo, hacia 1600 a.e.c., que se desarrolló en lo que hoy es Ghana, Togo y Costa de Marfil, esencialmente presente en abrigos rocosos.
Los indicios de sedentarización en pequeños asentamientos se obtienen de la abundante cerámica y de las herramientas líticas, sobre todo puntas de flecha (Ntesero), las hachas pulimentadas, quizá empleadas para talar bosques, morteros y brazaletes de piedra. Existen, por otro lado, restos de actividad ganadera de cabras, vacas y ovejas y agrícola de palma, guisantes y ñame. Muy probablemente estas gentes recolectasen sorgo y mijo. En Duadi Tilemsi (río Níger) y en Kintampo (Ghana, cuyas fases finales se documentan hacia 1050), se han hallado restos de bóvidos domesticados datados en torno al 2000 a.e.c. la presencia de materias primas es un indicador de un intercambio comercial a larga distancia. Lo mismo podría decirse al respecto de la presencia de figurillas zoomorfas hechas en arcilla.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.