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9 de diciembre de 2020

Arte del occidente periférico de Mesopotamia (Mediterráneo oriental) III: arte de Palestina



Imágenes: arriba, dibujo con la reconstrucción del Templo de Salomón, hacia 950 a.e.c.; abajo, figura de marfil de Beer-Sheba, hacia 3000 a.e.c. Museo de Jerusalén. 

Palestina ha sido siempre una zona de paso. El territorio de Palestina ha sido ocupado por poblaciones diferentes, cananeos, amorreos, hebreos y filisteos, y ha desarrollado una cultura y una civilización que ha recibido las influencias siria, egea, egipcia, helenística y romana. Durante el III milenio no existió unidad política ni étnica en la región. Una serie de varios pequeños estados cayeron bajo la influencia de cananeos y amorreos, impregnando la cultura del Bronce Antiguo. Más tarde, los hebreos, llegados en el siglo XIX a.e.c. conquistan paulatinamente Canaán. Serán seguidos por los filisteos y entre ambos pondrán fin a la historia cananea en la zona. Con la monarquía los hebreos crearon un reino bastante fuerte, aunque la falta de unidad de sus tribus acabaría provocando la ruptura en dos pequeños reinos, Israel y Judá, que cayeron en manos asirias y neobabilonias, respectivamente. Tras el cautiverio (siglo VI a.e.c.) dependieron de los persas hasta el sometimiento macedonio, momento en el que los asmoneos se sublevaron contra los seléucidas, obteniendo cierta autonomía, que duró poco tiempo, hasta el siglo I a.e.c., cuando Palestina se convirtió en un estado vasallo del Roma.

Las primeras edificaciones reconocibles pertenecen al Bronce Medio, entre 2100 y 1550 a.e.c. Se trata de construcciones para el culto y lugares de inhumación, en el interior o cerca de las ciudades, que se protegían con murallas, puertas y torres. Se destacan localidades como Gezer, Siquem, Hazor, Jericó o Meggido. Los lugares de culto, de estructura rectangular, solían tener pequeñas habitaciones internas y externas. Los ejemplos más notables son Ta’anak, Meggido y Tell el-Addjul. En esta época muchos enterramientos se hacían en grutas o en tumbas colectivas que se excavaban en la roca, y que llegaban a formar panteones familiares. No obstante, también existieron enterramientos infantiles en los subsuelos de las viviendas.

Durante el Bronce Reciente, ya entre 1550 y 1200 a.e.c., los edificios religiosos fueron erigidos tanto en el interior como el exterior de las ciudades, habitualmente en una zona alta. Son de planta rectangular y con un vestíbulo. En ellos han surgido estelas sacras plantadas en el suelo (massebhoth), cerámicas, vasos para libaciones, bancos corridos, altares y estatuillas femeninas de Astarté. En Hazor destaca el Templo del Estrato 1b, mientras que en Lachis el Templo del Foso, con una antecámara, una sala y un par de estancias. Entre sus restos se encontró una estatuilla del dios Reshef. El Templo de planta rectangular (en los estratos VIII y VIIA, de Meggido, un templo próximo a la puerta de la ciudad en Beisán y el templo-fortaleza de la acrópolis de Siquem, completan la presencia de este tipo de edificaciones. Entre los edificios civiles destacan las residencias reales y el palacio de Tell el-Addjul.

La llegada de hebreos y filisteos, hacia 1250 a.e.c., supuso la desaparición de las ciudades cananeas. No obstante, los hebreos aceptaron lo cananeo, si bien otorgándole impronta fenicia. El rey Saúl construyó en Gabba un palacio fortificado, mientras que David fortificó Jerusalén, donde Salomón erigiría su famoso palacio, que constaría (según la Biblia) de la Casa del bosque del Líbano, en forma de sala hipóstila, un vestíbulo de espera precedido de pórtico columnado, el Salón del trono y los apartamentos del rey y la reina.

En cualquier caso, la construcción más notable fue el Templo de Yahvé, cuya estructura estaba formada por tres secciones, ulam-vestíbulo, hekal-santo y debir-sancta santórum. Este último espacio estaba reservado únicamente al sacerdote. Según la tradición en esta construcción se guardaría el Arca de la Alianza. En el patio que antecedía al templo se encontraba el famoso altar de los holocaustos y el mar de bronce, recipiente específico para las purificaciones rituales. En Meggido sobresale una residencia provincial que tenía un patio central sobre el cual se abría una edificación de doble piso terminado en una torre. En esta suerte de palacio se encuentran las denominadas Cuadras de Salomón.

En la época helenística (siglos IV a I a.e.c.), no hay muchos monumentos. Se pueden mencionar el Mausoleo de Tobías, el Templo de Araq el-Emir y la Torre Hananeel. El período de Herodes, entre 37 y 4 a.e.c. fue de frenética actividad constructiva, en Cesarea, Jerusalén, Jericó, destacando los palacios erigidos en Masada y aquellos de la fortaleza de Herodium.

En la escultura y el relieve se pueden destacar, en la etapa cananea del Bronce Medio y Reciente, los idolillos o figurillas de arcilla con la presencia de Astarté o la dea nutrix (Abu Ghoch), las cabezas masculinas y femeninas para ser empleadas como amuletos y algunas estatuillas de basalto o de caliza, entre las que destaca la de Hazor, una figura de tipo funerario que representa a un rey divinizado, o tal vez a una deidad astral, que está sentada en un trono, con una copa en la mano y poniendo sus manos sobre las rodillas. Además, destacan las placas de arcilla ovaladas de Tell Beit Mirsim, con imágenes de Astarté de frente y desnuda, con sus brazos levantados y llevando sierpes o tallos de lirio en sus manos. Por otra parte, también son reseñables las figurillas en metal, como el dios armado de pie de Meggido, recubierto de oro, y el bronce que representa al dios Reshef de Lachis, lo mismo que los leones de basalto. En el período israelita apenas destacan unas pocas estatuillas de terracota de Gezer, con Astarté como modelo, ya que el Dodecálogo de Siquem prohibía imágenes de seres vivos con el objetivo de rendirles culto.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP, diciembre, 2020.

21 de septiembre de 2018

Los Shardana en imágenes



En la imagen se observa, a la izquierda, una figura con barba, considerada un dios, de Enkomi, Chipre, datada en el siglo XII a.e.c. Se muestra armada con escudo redondo y lanza. Lleva un faldellín, tal vez grebas y un casco con cuernos “shardana” (aunque también podría ser ugarítico). Está sobre lo que se denomina un lingote de pellejo de buey. Además de un guerrero parece ser un dios de los trabajadores del metal, cuyos talleres se encontraron en las proximidades de los templos de Kition. A la derecha, otra figura (pero cuatro siglos más reciente), de un guerrero de Sulcis, en Cerdeña. Es uno de los numerosos ejemplos de figuras con escudos redondos, cascos con cuernos, lanzas y a veces, espadas o arcos. Esta, además, porta grebas y armadura. ¿Estaríamos aquí ante un vínculo con los “shardana”?. Diría que sí. Los “shardana” se conocen en las fuentes como “atacantes” (en esa masa informe de Pueblos del Mar), que luego se reconvierten en mercenarios y tropas de guarniciones egipcias. Se destacaban como espléndidos guerreros con escudo y espada. Probablemente procedían del norte de Siria. Tras el ataque al Egipto de Ramsés III permanecieron un tiempo en Chipre. Desde allí, al menos una parte, se trasladaron a la isla de Cerdeña (que inspira su nombre desde el siglo IX a.e.c.) poco después de 1186 a.e.c., quizá en forma de varias expediciones más o menos numerosas. Además, por otra parte, Cerdeña se conocía desde antiguo como una isla rica en cobre y, por consiguiente, pudo estar involucrada en el comercio de lingotes de piel de buey. El evidente parecido, tanto en las vestimentas como en el armamento, entre los atacantes representados en Medinet Habu y los bronces de dioses y guerreros sardos del siglo VIII a.e.c. no debe pasar, creo, desapercibido.

Prof. Dr. Julio López Saco. 
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. UM. Septiembre, 2018


19 de julio de 2018

Hallazgos arqueológicos: Shubayqa (Jordania)


Estructura de Shubayqa 1, Jordania.

Unas migas de pan datadas hace 12400 antes de nuestro presente fueron halladas por un multidisciplinar equipo de arqueólogos de la Universidad de Copenhague en los hogares del lugar Shubayqa 1, uno de los yacimientos más antiguos de la cultura de cazadores-recolectores denominada natufiense, presente en Oriente Próximo, desde el norte de Irak hasta la península del Sinaí, en Egipto. Los natufienses poseían perros domesticados y habían abandonado la vida estrictamente nómada. Contaban con piedras, morteros y una industria lítica útil para hacer pan. El descubrimiento, del que formaron parte investigadoras españolas, se produjo en el llamado Desierto Negro, en el nordeste de Jordania. En un hogar fueron hallados miles de restos orgánicos de origen vegetal. La mayoría pertenecían a un tubérculo acuático, pero en menor cantidad también se identificaron semillas de avena, cebada y un trigo silvestre. Lo que más llamó la atención fueron varios pequeños trozos chamuscados. La datación por radiocarbono considera este pan como el más antiguo de los encontrados. Hasta este nuevo hallazgo,  el honor recaía en un pan (de unos 9000 años de antigüedad) encontrado en Çatalhöyük, yacimiento de la meseta de Konya, en Turquía.
El pan es un alimento que exige un proceso intensivo en mano de obra que incluye el descascarillado, moler los cereales, el amasado y el horneado final. Si esto se hacía, como parece ser, antes de los métodos agrícolas, debe sugerirse que se consideraba algo especial. Es posible que el deseo de esta comida contribuyera a la decisión de empezar a cultivar cereales. En esa época no existían todavía hornos de pan, pero se sabe que muchos nómadas del desierto hacen pan poniendo la masa sobre brasas, tapándola con cenizas. Es posible, por tanto, que cocinaran el pan sobre una piedra plana previamente precalentada. Se podría colegir que el pan se inventó antes que el trigo cultivado, unos cuatro milenios antes de  la emergencia de la vida agrícola neolítica.
El estudio en el que se recogen estos datos y los subsiguientes análisis fue publicado hace unos días en Proceedings of the National Academy of Sciences. Habría que preguntarse, finalmente, si la elaboración de pan con cereales silvestres pudo alentar, de algún modo, la “revolución” agrícola.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. 

30 de agosto de 2017

Fenicia: el auge de las ciudades y el proceso colonizador





Imágenes, de arriba hacia abajo: un mapa que muestra el inicial proceso expansivo fenicia en el Mediterráneo Oriental, sobre todo en Chipre; restos del Templo de los Obeliscos en Biblos; una vista de las ruinas de la ciudad de Tiro, en Líbano y; un dracma fenicio de Arados, del siglo II a.e.c. en el que se observa una abeja con monograma en el anverso y un venado con palmera en el reverso, acompañado de la leyenda en griego alusiva a la ciudad.

Las ciudades fenicias, antiguas urbes marítimas cananeas de la franja central de la costa oriental del Mediterráneo, fueron continuadoras, durante la Edad de Hierro, de sus predecesoras de la Edad del Bronce, si bien el pasado sistema palacial alrededor del cual giraba la organización socio-económica, había declinado.
Con posterioridad a las invasiones de los Pueblos del Mar algunos de estos núcleos urbanos, no tan afectados como otros (Ugarit o Alalah, por ejemplo) por las destrucciones, empezaron a deplegar una importante actividad político-económica regional sin sufrir las interferencias de las potencias circundantes, pues habían desaparecido, estaban en franca decadencia o estaban pasando por un proceso de reestructuración.
Las ciudades de la costa fenicia que remplazan desde la Edad del Hierro a los centros cananeos del Bronce serán Sidón, Tiro y Arvad. El declive de Biblos, motivado tal vez por la desaparición de sus bosques, de gran relevancia en su economía, sería compensado por el apogeo de Sidón durante los siglos XII y XI a.e.c., transformándose en la ciudad de mayor importancia de Fenicia. Sidón fue capaz de emprender la reconstrucción y la repoblación de Tiro (parcialmente afectada), y desarrollar una significativa actividad mercantil debido a que representaba la salida natural para los productos procedentes de la zona de Damasco.
Sidón, que había sido el principal centro del comercio fenicio1, será sustituida, desde el siglo X a.e.c., durante el reinado de Hiram I, por Tiro. Desde ese instante, Tiro se convertirá en la más activa metrópoli fenicia, encabezando la colonización de la isla de Chipre y configurando la formación de empresas comerciales por todo el Mediterráneo y el Mar Rojo.
Los dos estados más poderosos de la región en esa época, Israel y la fenicia Tiro, establecieron una alianza de largo alcance. Tiro proporcionaba ayuda material y técnica útil para la erección del templo y el palacio de Jerusalén, además de cobertura marítima a las actividades del rey Salomón en el Mar Rojo, todo ello a cambio de metales como la plata, productos agrícolas y un acceso privilegiado a las rutas interiores en dirección a Mesopotamia, Siria y Arabia.
Tiro se convirtió en la más importante potencia comercial en todo el Mediterráneo oriental desde el siglo X al VII a.e.c., lo cual conllevó una hegemonía de su corte. Así se entiende que el rey Hiram ordenase una expedición hacia Chipre para exigir el pago de tributo, o que el rey Ithobaal I llegase a conformar un reino tiro-sidonio y promoviese su expansión por un sector del territorio de Biblos. Todo ello sin menosprecio de la alianza con Israel, que trajo como consecuencia un aumento de las influencias culturales fenicias en ciudades como Meggido o Hazor, y en regiones como Samaria.
El siglo IX es testigo de una colonización fenicia, promovida por los tirios, tanto del norte de Siria como de la región de Cilicia (Tarsos), en la actual Turquía, con la finalidad de controlar el acceso a los yacimientos de metales del sudeste de Anatolia. A través de un complejo entramado de factorías comerciales, con escalas en las costas chipriotas y el litoral del sureste de Anatolia, los fenicios de la ciudad de Tiro se adueñan de las actividades mercantiles, que incluyen metales y esclavos2. El predominio se extiende al Tauro y el Éufrates, con rutas que facilitan la penetración en el mar Egeo.
La prosperidad comercial fenicia estaba íntimamente asociada al estatus y poder de sus ciudades, en las que se había producido una constante aumento demográfico y una disminución de la producción agraria.
Las migraciones e invasiones de fines de la Edad del Bronce habían provocado que las ciudades fenicias perdiesen el dominio de territorios en el interior y el sur, poblados por tal motivo por filisteos, arameos y hebreos. Sus áreas de explotación agrícola se vieron reducidas a la región de la costa central, que sufrieron una fuerte intensificación requerida por el crecimiento demográfico. Además, el sobrepastoreo, imperante en virtud tanto de las condiciones del relieve como de las demarcaciones territoriales y políticas de las ciudades-estado autónomas, se convierte en limitantes también de la producción agrícola. A todo ello, por si fuera poco, se unía la deforestación de los montes del Líbano, reductos de las tan apreciadas maderas durante la Edad del Bronce, lo cual ocasionaba una continuada degradación de los suelos y propiciaba el aumento de la aridez del clima.
Como consecuencia de todo esto, durante el siglo X las ciudades fenicias se mostraban incapaces de asegurar el abastecimiento de alimentos que necesitaban sus cada vez más amplias poblaciones. En contrapartida, y como paliativo, los fenicios crearon y sistematizaron una gran producción especializada de manufacturas elaboradas, como marfiles, objetos de vidrio, tallas de madera, y piezas de orfebrería, con la que afrontar los intercambios de productos agrícolas que requerían.
La búsqueda de materias primas impulsó la ampliación de los horizontes mercantiles estimulando, de paso, un proceso expansivo comercial por el Mediterráneo y convirtiendo a los fenicios en verdaderos agentes de difusión e intercambio cultural.
El comercio a larga distancia posibilitaba transferir excedentes de una sociedad a otra. En casos, la transferencia puede llegar a ser el fundamento de la riqueza y el poder de la clase dirigente de tal sociedad.
Precisamente este era el caso de las ciudades de Fenicia, ubicadas en medio ambientes difíciles para obtener el excedente que garantice la estabilidad de los sistemas tributarios de los palacios. Tal dificultad propiciaba esporádicos retrocesos de las áreas urbanas y de aquellas sometidas a la explotación agraria. A principios del primer milenio a.e.c. es verificable una metamorfosis en lo relativo a los contenidos y la extensión de la actividad mercantil que los fenicios llevaban a cabo tradicionalmente.
Paulatinamente, las riquezas naturales y los bienes suntuosos se sustituyen por manufacturas de todo tipo, en tanto que los horizontes mercantiles se amplían sobremanera. Y ello ocurre debido a los problemas para adquirir los excedentes antedichos por mor de condicionantes adversos, de tipo demográfico (crecimiento y concentración poblacional), ecológico (deforestación y degradación de los suelos), social (mayor ciudadanía libre), económico (crisis del sistema de tributos) y político (paulatina pérdida del poder despótico monárquico).
En tal sentido, las causas del movimiento comercial y colonizador fenicio responden al hecho de que había aumentado en el seno de la sociedad fenicia la proporción de personas que vivían del excedente transferido a través del comercio, y no a la presión militar y tributaria proveniente de Asiria, como se ha creído durante décadas. La presión asiria, sin duda existente, sería un elemento más, pero no el más relevante. De hecho, tanto es así que la expansión fenicia por el Mediterráneo, que no es posterior a la novena centuria a.e.c., no coincidió con la época de mayor actividad militar y política asiria.
El conocimiento astrológico y las innovaciones técnicas relativas a la fabricación de embarcaciones y las labores de navegación, posibilitaron que los fenicios se aventuraran por el Mediterráneo en su búsqueda de materias primas y riquezas que requería su actividad comercial. La expansión marítima fenicia sería de mayor extensión y calado que la micénica3. En el occidente del Mediterráneo los fenicios accederían a riquezas mineras en Tartessos, al estaño de las islas Casitérides, al oro y al marfil africano. El periplo se realizaría avanzando de isla en isla, desde Chipre hasta Rodas y Creta (que facilitaban el acceso al continente), para desde allí alcanzar con facilidad las islas del Mediterráneo central, en particular Malta, Sicilia y Lampedusa, frente a la costa norteafricana. Desde esas zonas hasta Cerdeña y, finalmente, hasta las Baleares, sobre todo Ibiza, desde donde se alcanzaba el litoral meridional de la Península Ibérica así como las costas del norte de África. Todos estos fueron espacios colonizados por los fenicios.
Las tradiciones que recopilaron los escritores grecolatinos, así como ciertas referencias en los mitos griegos parecen corroborar el inicio de la expansión colonizadora fenicia en los siglos X y IX a.e.c., aunque la documentación arqueológica no puede demostrar la presencia colonizadora hasta comienzos del VIII. La falta de coincidencia entre las fuentes escritas y las arqueológicas puede explicarse por la existencia de una etapa pre colonizadora cuyas señas de identidad serían un mayor conocimiento geográfico, la realización de viajes muy esporádicos y la creación de pequeños santuarios, verdaderos núcleos a partir de los cuales se articularía, organizativamente hablando, el entramado colonial posterior.
El debilitamiento del sistema de la economía palacial facilitó la aparición en las ciudades fenicias de grupos de iniciativa privada que dinamizaron las actividades mercantiles. A pesar de ello, algunos templos, en concreto los dedicados a Melkart, en la ciudad de Tiro, siguieron desempeñando una función relevante. Como los antiguos karu asirios, eran útiles en la organización y protección del comercio. Es por tal motivo que la más arcaica expansión marítima fenicia se encuentra jalonada por la presencia, en etapas tempranas, y en lugares como Tasos o Gadir, de santuarios. Esa primera fase expansionista parece que no fue obra de una única metrópolis, aunque sería Sidón la ciudad que desempeñaría el rol más destacado. Sin embargo, a partir del siglo X a.e.c. Tiro iría sustituyendo la previa primacía de los sidonios al frente de las expediciones marítimo-comerciales.
En definitiva, la expansión colonizadora y mercantil fenicia por el Mediterráneo, que supuso una organización comercial a gran escala, transformó a sus ciudades, en específico a Tiro, a pesar de sus reducidos territorios y de su muy escaso poderío militar, en centros económicos y políticos de primera magnitud.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.

1 Hasta tal punto su prestigio fue mayúsculo que en los poemas homéricos sidonio era sinónimo de fenicio.
2 El comercio fenicio aparece atestiguado en toda la región gracias a inscripciones que confirman el empleo del fenicio como lengua oficial y que reflejan invocaciones a Melkart, principal dios tirio, por parte de mandatarios de reinos arameos y neohititas del norte de Siria y Cilicia.

3 Los contactos previos con los micénicos habían proporcionado a los fenicios algunas noticias relativas a la presencia de tierras allende los mares. Ambas civilizaciones mantuvieron cercanas relaciones a lo largo del Bronce Tardío, tal y como se evidencia por la presencia de cerámica egea en ciertos yacimientos en todo el litoral cananeo-fenicio, desde Ugarit o Biblos hasta Lakish y Gezer.

28 de abril de 2017

Arameos: caracteres esenciales

En el marco de los paradigmas de las oleadas migratorias semitas, los arameos fueron comparados a los amorritas, cuya presencia histórica es muy anterior, así como a los árabes, cuya actividad histórica es, por el contrario, muy posterior. Entre todos ellos habrían existido continuidades tipológicas y lingüísticas. Se ha hablado de flujos migratorios continuos desde las regiones desérticas hacia las tierras de cultivo y una evidente contraposición entre estas poblaciones y las cananeas sedentarias. Pero la diferencia entre arameos y cananeos es más de carácter social y no tanto de época de llegada de los primeros. Aunque los arameos proceden del elemento nómada, presente en la región desde la época del Bronce Tardío, estuvieron en contacto con los sedentarios. A partir del siglo XII a.e.c. los arameos se mezclan con los campesinos asentados y son en parte asimilados, en esencial por los cananeos, con los que existe un emparentamiento lingüístico. Las diferencias entre el arameo y el cananeo no son un indicador de la aparición de nuevos grupos, sino de una progresiva diferenciación.
Las tribus que en el Bronce Tardío se encargaban del pastoreo seminómada (los suteos en Siria y los Akhlamu en la  Alta Mesopotamia), se pueden considerar los antecedentes de los arameos. Sin embargo, entre estos pueblos de los siglos XIV y XIII a.e.c. y los arameos, de los siglos XI y X, existieron muchas diferencias. Ahora, en la alta Mesopotamia, en los montes y mesetas semiáridas se producen asentamientos de arameos en la Edad del Hierro, una sedentarización en toda regla. La crisis de los imperios regionales confiere a los arameos, además, una libertad de acción inusitada. El grupo pastoral ahora ya  no es marginal. Por otro lado, las rutas comerciales y su orientación sitúan a las ciudades-estado arameas de Siria en el eje del sistema comercial próximo-oriental. En el centro y sur de Mesopotamia hay una mayor separación entre desierto y valles de regadío, la urbanización está más arraigada y el poder político es más fuerte. Las tribus arameas aparecen separadas y el proceso de sedentarización aquí es parcial. En vez de estados con su correspondiente ciudad lo que ocurre es que subsisten las tribus (utuayu, laqe, gambulu, pukudu y los caldeos de la Baja Mesopotamia).
En las zonas de lengua cananea el elemento arameo es una evolución local, con continuidades lingüísticas y fáciles asimilaciones recíprocas entre campesinos y nómadas en entidades nacionales más o menos homogéneas, pero en las regiones donde el elemento arameo se sobrepone a poblaciones distintas, hurritas en el Alto Tigris, asirios en el Éufrates Medio, babilonios en el centro y sur mesopotámicos y neohititas en el norte de Siria, solamente existe una yuxtaposición de componentes locales y arameos. Eso sí, los nómadas ya non marginales, pues el elemento tribal forma una elite sociopolítica y militar.
El modelo gentilicio es la forma del estado territorial, en tanto que la comunidad de descendencia, de sangre, bien expresada en los aspectos religiosos y de la lengua, se convierten en los auténticos criterios de pertenencia. En la formación estatal gobiernan  los miembros de la estirpe dominante, antiguos jefes de tribu. El rey es flanqueado por los jefes de otras grandes familias o clanes tribales. Se mantienen, desde la óptica ideológica, las formas paternalistas (de origen nómada). Es la figura del rey como padre, dotado de justicia.
Aparte de las inscripciones de algunos reyes locales, las fuentes principales que permiten conocer el desempeño histórico de los reinos arameos son indirectas, el Antiguo Testamento para los territorios del sur, y las inscripciones asirias para los del norte. La mayoría de noticias se refieren a los estados meridionales y se centran en las guerras con Israel.
En el centro y el sur de Mesopotamia, en territorio asirio, las tribus arameas lograron diferenciarse de las poblaciones agrícolas y urbanas de lengua acadia, y lograron mantener por un mayor tiempo su organización tribal y su desvinculación con los grandes centros de poder. Los arameos, de procedencia occidental en Mesopotamia, se propagaron en la dirección noroeste-sureste, al igual que antaño había ocurrido con los amorritas, porque era la zona de pastos y la ruta de trashumancia principales entre el desierto y el piedemonte anatólico e iraní. El centro del territorio arameo se encontrará en el desierto del norte de Siria, desde donde llevarán a cabo incursiones esporádicas en las tierras agrícolas, muy cercanas a las grandes urbes. En los siglos IX y VIII varias tribus arameas están presentes en la propia Babilonia. De hecho, en los textos asirios de Tiglatpileser III se mencionan hasta cuarenta tribus, todas ellas pequeñas, con jefes gentilicios denominados nasiku. Poseen una economía agropastoral. Algunas de estas tribus, como los utu, se especializan en aportar tropas mercenarias.
Los textos llaman suteos a los arameos (cuando es una designación que en el I Milenio se refiere a nómadas). Así nombrados aparecen, por ejemplo, en el Poema de Erra, un texto que refleja el clima de inseguridad que crean las incursiones nómadas (algunas de arameos) en territorio babilonio.
Las tribus caldeas del sur de Mesopotamia se relacionan con los arameos, aunque las fuentes babilonias nunca los confunden, sino que únicamente los yuxtaponen como entidades étnico-geográficas similares, pero diferentes. Los caldeos llegan a Mesopotamia con posterioridad a los arameos, y no antes del mediado el siglo IX a.e.c. Son grupos tribales de mayores dimensiones que los arameos.
Desde una perspectiva lingüística, el ámbito siropalestino y mesopotámico acabará por ser arameo. La lengua se convertirá en lengua imperial oficial. De hecho, los documentos arameos llegarán a lugares dispares como Anatolia, Egipto, Arabia, Irán y hasta la frontera de India. Entre el II y el I Milenio a.e.c. se crea una franja lingüística aramea en el interior de Siria y en el norte de Palestina, eso sí, dividida en variedades locales. Posteriormente se produce un avance de las tribus arameas en la Alta Siria, Alta Mesopotamia y Mesopotamia meridional y central, que hace retroceder el elemento neohitita, a las lenguas habladas hurritas y suplanta al babilonio, respectivamente. Con las deportaciones imperiales y los trasvases de población se produce una fusión de los antiguos habitantes con los recién llegados, lo que favorecerá, finalmente, al grupo más numeroso de los deportados, que es el arameo.
El arameo convertido en lengua hablada de la mayoría de la población de Mesopotamia y de Siria-Palestina, será adoptado oficialmente por el reino babilonio y por el persa. En la etapa neobabilonia el arameo se ubicará, al lado del acadio, en los registros administrativos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP, Granada. Abril, 2017

14 de febrero de 2017

Sociedad y cultura en las ciudades chinas en el período de los Reinos Combatientes (484-221 a.e.c.)



Imagen: una torre Que en la muralla de Chang'an, pintada en la tumba del Príncipe Yide. Mural del siglo VIII, de Li Chongrun.

Las ciudades chinas fueron los lugares en donde la gente podía modelar sus visiones de la sociedad ideal y el cosmos. Como lugares mayores de poder político los centros urbanos proveyeron un espacio de reunión de los gobernantes y los administradores sobre los que dispensaban su autoridad. Las ciudades fueron puntos focales de circulación y de intercambio.
Con anterioridad al período de los Estados Combatientes las ciudades chinas fueron entidades cultuales y políticas habitadas por la nobleza y sus seguidores. En su mayoría fueron centros de linajes, con una población de unos pocos miles de personas y una simple muralla. Tras el colapso del poder real Zhou, la mayoría de esos centros cultuales llegaron a convertirse en ciudades-estado gobernadas por una casa ducal, con sus seguidores nobles quienes controlaban las poblaciones súbditas de los alrededores más próximos. Paulatinamente, esas ciudades-estado se incorporaron en mayores territorios, sobre todo desde el siglo V a.e.c.
El número y la complejidad de las ciudades se incrementaron durante el período de los Estados Combatientes, con una población urbana y una producción artesanal en alza. Las murallas defensivas de las ciudades se agrandaron y se construyeron amurallamientos secundarios dentro de la urbe para separar los distritos ceremonial y político del comercial y residencial.
La separación física de la actividad política de la vida diaria supone un momento crucial en la historia urbana de China cuando durante el período de los Reinos Combatientes se incorporan las ciudades a una gran red administrativa y se reemplaza la nobleza local. Las ciudades fueron, física y políticamente dividas, con una parte del emplazamiento dedicado a las artesanías y el comercio, mientras que otro sector se vinculaba con la autoridad política.
Esos dos reinos urbanos coexistían en un grado de mutua sospecha. Una sospecha que sería articulada en leyes que localizaban a los mercaderes en determinados registros y los desplazaban, así como a sus descendientes, del desempeño de cargos oficiales, de llevar ropajes de seda, cabalgar en caballos o de ser propietarios de tierras. La creciente división entre mercaderes y oficiales, ambos de los cuales eran habitantes urbanos, reemplazaba la antigua división entre moradores urbanos y pobladores del rural. La división física, y legal, correspondía a un nuevo modelo social propuesto por los filósofos de la época, según el cual los agentes del gobernante poseían una categoría ocupacional que los distinguía de todas las otras formas de trabajo a través del cultivo de la mente, liberándose de la esclavitud hacia los objetos construidos, o intercambiados, por los demás.
La evidencia arqueológica de tal división y la preeminencia de los distritos políticos de las ciudades se encuentra en algunas tumbas de época Han oriental, en las que se pueden observar ciudades pintadas retratadas como urbes duales, con dos cinturones de murallas, una para la población general y la otra para las construcciones gubernamentales. Muchas edificaciones de los distritos de gobierno aparecen etiquetados para así poder explicar su identidad o función. El elemento primordial era la zona palacial, con sus funciones de estado propias de la elite política.  
En las ciudades de la época de los Reinos Combatientes aparecen nuevos elementos arquitectónicos que enfatizan el poder del gobernante en función de su peso y verticalidad. Es el caso concreto de puertas, torres, terrazas y una serie de edificios elevados que refrendaban la visión poderosa del soberano, sugiriendo sus vínculos más con los espíritus y fuerzas divinas que con los fantasmas ancestrales. Las torres de las puertas (que) en las murallas de las ciudades se elaboraban en función de destacar la autoridad del rey[1]. En los textos rituales y en la poesía Han se asegura que únicamente el Hijo del Cielo disfrutaba del honor de conferir nombre a una puerta flanqueada por torres.
Las terrazas con plataformas también se construyeron con la finalidad de intimidar a los visitantes foráneos y para demostrar la riqueza de su propietario y la gran extensión de su mirada. Algunos bronces del período representan montículos flaqueados por escaleras y encimados con grandes plataformas de madera en donde se celebraban las ceremonias. Estas terrazas podían también conformar el núcleo de una estructura arquitectónica compuesta de una serie de habitaciones y corredores construidos alrededor de un montículo de tierra para dar la impresión de múltiples pisos. Así las estructuras parecerían levantarse sobre el cielo. Un ejemplo conocido al respecto es el Palacio de las Torres de la Puerta Ji en la capital imperial Qin.
Las construcciones torreadas simbolizaban el poder de observación del soberano, pero a la vez eran herramientas de invisibilidad. Demostraban la habilidad del rey para estudiar las actividades de su pueblo y la de sus enemigos sin que fuese observado. La imagen del gobernante como un ojo invisible que todo lo ve es la forma tangible de una idea expresada en textos filosóficos como el Dao de jing o el Han Fei Zi, según la cual el sabio gobernante debe permanecer escondido e incognoscible. Uno de los maestros consejeros, avezado en artes esotéricas, del Primer Emperador, señala que el soberano debería moverse en secreto para así evitar los malos espíritus, a la par que nunca debería permitir que los demás supiesen en dónde se encontraba. Como los espíritus aéreos y celestes se pueden aproximar a través del ascenso físico, el mandatario debe vivir en torres y desplazarse sobre caminos elevados para encontrarse con ellos y alcanzar la inmortalidad. En tal sentido, el Primer Emperador construyó caminos elevados y senderos en las murallas que le permitiese conectar las múltiples dependencias de su palacio y sus torres.  
En época Han, proteger al emperador de la mirada del pueblo e, incluso, de los cortesanos, llegó a ser un principio del poder político imperial. A lo largo de toda la historia imperial china el gobernante estuvo “secuestrado” detrás de una serie de muros. Poder verle era un privilegio hasta para sus oficiales. Estar en su presencia era el más elevado de los honores. A diferencia de lo que acontecía en Roma o en India, en donde el gobernante se mostraba así mismo a su pueblo, recibía peticiones y dispensaba públicamente justicia como una ceremonia de realeza, el gobernante en China derivaba su alto estatus de estar oculto y ser invisible.
De las áreas residenciales, de comercio y manufacturas de las ciudades chinas de la antigüedad se sabe bastante menos. Las zonas residenciales de las capitales Han estuvieron divididas por vías de comunicación de la red mayor y, además subdivididas en parcelas bajo un administrador gubernamental y de un grupo de influyentes vecinos. Este era un método de controlar a la población. Las vías principales estaban alineadas con las viviendas de los nobles y ricos, mientras que los estrechos paseos, en forma de callejuelas, estaban habitados por la gente más pobre. Eran estrechas callejuelas, incapaces de acomodar el paso de un carruaje, en tanto que las casas eran miserables. Sus habitantes se describen como derrochadores de clase baja, adictos al alcohol y a la jarana, escritores y criminales. Mientras, en los grandes bulevares se encontraban los altos oficiales, vestidos con lujosos ropajes y sus gorros cortesanos.
El centro del distrito residencial era el mercado. Los mercados y las vecindades próximas eran el sitio principal para la actividad de mercaderes y artesanos, aunque también se constituía como el lugar del poder de gobierno dentro de la ciudad exterior. Replicaba, en una escala reducida, la división existente entre el gobierno y el pueblo que definía la ciudad dual. La torre de varios pisos servía como un símbolo vertical y lugar de autoridad, al igual que los palacios.  No obstante, el mercado permaneció como un lugar de reuniones populares y como un espacio para llevar a cabo actividades que desafiaban el orden preestablecido.
La más visible expresión del control gubernamental era la torre de múltiples pisos que resguardaba a los oficiales a cargo del mercado. Ellos eran los responsables de garantizar que los bienes que se vendiesen en el mercado fuesen de suficiente calidad y que los precios estuviesen acordes con los estándares impuestos. Los oficiales también vendían mercancías gubernamentales o productos de los talleres del gobierno. La torre poseía un estandarte y un tambor en la cámara superior con la finalidad de abrir y cerrar el mercado. Las torres en los mercados de Chang’an son descritas en poemas de época Han Oriental con una altura de cinco pisos.
Una segunda manifestación del poder del gobierno en los mercados fue la imposición de una cuadrícula como la de los distritos residenciales. El azulejo de una tumba que representa el mercado de Chengdu muestra un perfecto cuadrado con una puerta en cada lado y dos calles mayores trazadas entre las puertas en un simple modelo en cruz. La torre de dos pisos se encuentra exactamente en el centro. La imagen muestra el mercado como una reducida versión del ideal canónico de una ciudad capital[2], tal y como es descrito en los Registros para el Escrutinio de las Artesanías (Kao gong ji), un texto del período de los Estados Combatientes sobre la construcción.  
Cada uno de los cuatro cuadrantes del mercado es dividido por filas de edificaciones de un solo piso. Presumiblemente, contenían tiendas agrupadas en función del producto. Las más importantes tiendas se alineaban en torno a las vías principales. Esta cuadrícula de tiendas en el mercado figura en la poesía y en textos del período, que enfatizan la regularidad de las líneas de tiendas como una evidencia de la grandeza imperial y el ordenamiento social.
Las excavaciones arqueológicas y los textos recientemente descubiertos han provisto adicional evidencia en relación a los mercados de la capital Han. Chang’an tuvo dos mercados, uno oriental y otro occidental, ambos rodeados de murallas. El occidental fue, a la par, un centro manufacturero mayor, con un horno que producía figuras humanas en terracota para los enterramientos imperiales, una ceca, una fundición de hierro y hasta un taller privado que fabricaba figurillas de caballos, personas y aves.  
Los mercados de la capital solían separarse en nueve sectores, divididos por líneas regulares como estipulaba la ley Qin. Todos los vendedores de una particular categoría de bienes se localizaban juntos, y cada línea de tiendas estaba bajo la supervisión de un mercader mayor. Los comerciantes eran divididos en grupos de cinco hombres de mutua responsabilidad legal que se observaban unos a otros y denunciaban cualquier mal comportamiento.
El mercado también fue empleado para los castigos públicos, tanto torturas como ejecuciones. Las cabezas, o los cuerpos enteros de los criminales eran expuestos ahí con mucha frecuencia. Algunos pasajes en el Li ji y en los Métodos del Comandante (Sima fa), un tratado militar del período de los Reinos Combatientes, emparejaba el mercado con la corte, ambos como sitios de castigo y recompensa.
En el mercado se desplegaba, no obstante, una menos violenta autoridad, si bien las representaciones políticas buscaban una más extensa audiencia. Como lugar donde la gente podía reunirse legalmente en gran número, el mercado fue el sitio privilegiado para comunicar mensajes de parte de los mandatarios al pueblo, bien fuesen por medio de gestos y palabras, textos, dinero o cuerpos desmembrados. Como lugar de grupos de ricos mercaderes y de espectáculos públicos, el mercado no estaba por entero bajo el control del gobierno. Actividades no sancionadas tomaban cuerpo aquí, asociadas con los comerciantes: espadachines errantes con sus bandas de seguidores, maestros de las artes ocultas vinculados con los cultos chamánicos y adivinadores. Cada uno de tales grupos desafiaba, a su manera, al estado.
La ostentosa riqueza de los mercaderes tentaba a los oficiales a corromperse y a los campesinos a llevar una vida de tasas, cargas y servicios al estado. La tensión entre el orden de los comerciantes, definido por la riqueza, y el orden oficial, definido, a su vez, por el rango, se construía en la estructura dual de las ciudades y era exacerbado por las leyes que apartaban a los comerciantes y sus descendientes del desempeño de cargos públicos oficiales.
Sin embargo, la riqueza mercantil desafió la eficacia de las leyes. Mientras en teoría nadie quedaba exento de los castigos, era común que los hijos de las ricas familias nunca muriesen en el mercado; es decir, fuesen públicamente ejecutados. El mercado era temido por los seguidores del estado porque era un lugar en donde ciertas personas podían ganar un poder y un estatus que no era recompensado por el gobierno, y donde el poder y la riqueza violaban rutinariamente las regulaciones suntuarias. Incluso se podría decir que el mercado era el lugar donde la riqueza misma era un elemento de manipulación en detrimento de la ley criminal y de la administración del gobierno.
La mayoría de los espectáculos comunes en los mercados era la partida o llegada de gente eminente en bellos carros y con vestimentas llamativas. Menos frecuente eran las representaciones de los pretendientes políticos que buscaban atención. La violencia y la criminalidad en los mercados se asociaban con carniceros, espadachines y auténticos gánsteres (you xia), hombres provistos de una ética de venganza, de infidelidad a los juramentos y devotos de la muerte. Estos personajes actuaban como bandidos, secuestradores, ladrones de tumbas y asesinos, y no como mercaderes. Los gánsteres formaban asociaciones de asesinos profesionales que intimidaban o sobornaban a la oficialidad. Algunos memoriales de época Han Oriental los describen como creadores de una suerte de ley privada fundamentada en la venganza, que amenazaba con suplantar los códigos legales del estado. Los grupos de jóvenes malvados conformaban una especie de extensa categoría social. Los jóvenes asistían o emulaban a los criminales en sus actividades ilegales. A veces, bandas de jóvenes actuaban como cómplices de algún príncipe imperial rebelde alzado que asesinaban y robaban por deporte. Los denominados empleados crueles, usados por el estado para destruir  a las poderosas familias locales eran, en ocasiones, reclutados entre esas bandas o bien entre personas que trabajaban con ellas. Muchos jóvenes rebeldes eran enviados en las expediciones a Asia Central con la intención de alejarlos de la ciudad. En tiempos de paz muchos de esos jóvenes malvados eran retratados como derrochadores sin ocupaciones propias, y que pasaban su tiempo en el mercado organizando luchas de gallos o cazando perros. En época de desorden, sin embargo, esas bandas urbanas formaban una reserva de reclutas con la intención de cumplir venganzas o sofocar rebeliones. Las biografías de muchos líderes que se alzaron contra el poder Qin muestran que sus seguidores eran reclutados entre tales jóvenes.
Los elementos sociales que se reunían en el mercado y desafiaban la autoridad del estado comprendían los maestros de las técnicas esotéricas, adivinadores y doctores chamanes. Todos ellos eran acusados de acudir a los poderes sobrenaturales con el fin de estafar a la población campesina. Como la adivinación, la medicina y las prácticas religiosas con ellas asociadas eran una fuente de riqueza, estos grupos eran denunciados como desorientadores de la gente joven, a la que apartaban de las ocupaciones apropiadas por perseguir sus poco respetables fines. Algunos ejemplos de tales polémicas aparecen en el Discurso sobre la Sal y el Hierro, del siglo I a.e.c. (Yan tie lun), un plausible registro sobre los debates en torno a los monopolios estatales. Además, en los Discursos de un Hombre Oculto (Qian fu lun), un conjunto de ensayos recogidos en época de Han Oriental por Wang Fu, se hacen acusaciones similares, esta vez focalizados en el rol de las mujeres como seguidoras de chamanes. Se argumenta que las mismas curan enfermedades apelando a espíritus, un método por el cual los chamanes estafan a la gente y atraen seguidores. En los mercados pululaban también prostitutas y mendigos.
La partición física de la ciudades en el período de los Estados Combatientes condujo a una permanente división, legal y social, que dejaría la ciudad imperial china dividida para siempre dentro de sí misma. En el período imperial arcaico el estado formaba una red jerárquica de ciudades-palacio con sus tierras agrícolas alrededor. Las ciudades exteriores servían de residencia, de talleres y mercados, necesarios para la producción y el intercambio de bienes, pero en la práctica fiscal, y en la ideología, no dejaban de ser marginales y potencialmente amenazadoras para el estado.
A pesar de los intentos de imponer el orden a través de cuadrículas en las calles y los mercados, las poblaciones de las ciudades exteriores permanecían extrañas a los modelos ideales del gobierno de servicio y jerarquía. Aunque constituyesen una población lícita, mercaderes y artesanos amenazaban al estado creando jerarquías alternativas fundamentadas en la riqueza, lo cual atraía a la población rural más miserable que abandonaba su trabajo e intentaba buscar riqueza en la ciudad. Los mercados atraían población marginal a las urbes en busca de fortunas a través de ocupaciones ilícitas. Etiquetadas como perezosas y malvadas, esas personas sobrevivían por medio de actividades o negocios no registrados, de la criminalidad, las artes mánticas y la prostitución. Ayudaban, así, a crear una distintiva cultura urbana que permanecía al margen del campo de fuerza del estado.  

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Febrero, 2017




[1] La altura de las torres debía corresponderse con el rango del ocupante del palacio. Las torres que flanquean puertas se hacían necesarias porque distinguían al superior del inferior. Puertas con sus torres llegan a ser un prominente símbolo de autoridad, más incluso que la propia muralla que rodea el recinto urbano. 
[2] Las transmisiones del Maestro Zuo (Zuo zhuan) definen la capital como una ciudad con un templo ancestral, en tanto que el diccionario Han Explicando las Palabras (Shi ming), señala que la capital es el asiento del emperador. La capital imperial era una creación política y de ahí que se insista en su artificialidad. Las murallas, puertas y el cuadriculado de las calles marcaban la imposición humana sobre el mundo natural. Representan la jerarquía y el control sobre una población potencialmente ingobernable o sin normas. Como creación de una dinastía, colapsaba cuando la casa gobernante que la había creado declinaba. Era, entonces, artificial y evanescente. Se trata de una temporalidad que se manifiesta en las construcciones de madera. Las antiguas capitales chinas eran quemadas y devastadas cuando una nueva dinastía tomaba el control. Así, Xianyang fue destruida por Xiang Yu; Luoyang por Dong Zhuo al final de Han Oriental, y Chang’an fue devastada por la guerra civil que estalló al final del período Han Occidental.

21 de octubre de 2016

Los acadios de Sargón y Naramsin


En la imagen, una tablilla neobabilonia autobiográfica de Sargón de Acad.

La conquista efectuada por los reyes acadios supone la ruptura con el período dinástico temprano sumerio. Es la primera vez que toda Mesopotamia se une bajo el poder de un único soberano. Este paso del poder sumerio a otro semita no implicó la inexistencia de una cierta continuidad entre los soberanos acadios  y sus antecesores sumerios. En términos generales los nombres sumerios son más numerosos en el sur, mientras que los acadios lo son en el norte. No obstante siempre hay excepciones. El nombre de la reina Puabi, que fue enterrada en el Cementerio Real de Ur parece acadio, y no sumerio, mientras que los reyes originarios de Kish poseían nombres tanto sumerios como acadios. Enbi-Ishtar es acadio pero Mebagaresi es sumerio. Es probable, entonces, que hubiese un cierto bilingüismo.
El primero soberano de la dinastía de Acad (Agadé) se llamaba Sharrun-kin (Sharken), conservado en fuentes bíblicas como Sargón. Su nombre acadio significa rey legítimo o verdadero, un indicio claro de que se trataría de un usurpador. La Lista de Reyes Sumerios señalaba que su padre había sido un cultivador de dátiles, que había fundado Agadé, convirtiéndose en rey, y había gobernado durante más de cincuenta años. Una inscripción en el monumento del Templo de Enlil, en la ciudad de Nippur, no menciona sus ancestros. Se refieren a él como Rey de Agadé, Rey de la Tierra y Rey de Kish[1]. En la misma se relata cómo gracias a la ayuda de las deidades había triunfado en la batalla contra Uruk, capturando a su rey Lugalzagesi. En este sentido, Sargón habría conquistado los territorios pertenecientes a Umma, Lagash y Ur. En otra inscripción, que ha llegado hasta nosotros a través de una copia babilónica antigua, se mencionan las relaciones del rey con las semi míticas comarcas de Makkan, Dilmun y Meluhha (Omán, Bahrein y el Indo, respectivamente). Se conoce que Sargón veneraba al dios Dagan, quien le había facilitado el control de las tierras altas (Siria occidental), además de Ebla, Mari y Yarmuti, y hasta el Bosque de Cedros, en la costa mediterránea.
Conquistó Puruskhana, en la meseta de Anatolia, y también atacó y conquistó Marhashi y Elam, en las regiones montañosas de Irán, así como Dilmun. Sargón proclamó a una hija, concretamente Enheduanna, como gran sacerdotisa de Nanna, la diosa lunar de Ur. Los reyes posteriores mantuvieron esta costumbre de encomendar a sus descendientes hembras el cargo de gran sacerdotisa de Ur, costumbre que se mantuvo inalterada hasta Nabónido, ya en el siglo VI a.e.c.
Sargón fue sucedido por su hijo, de nombre Rimush. Puso fin a varias sublevaciones en Sumer y en el mismo Akkad, y vuelve a tomar Elam y Marhashi. En las inscripciones se afirma que dominaba el Mar Superior, el Inferior y las regiones de montaña. Rimush es sucedido por su hermano Manishtushu (“el que está con él”), probable alusión al carácter de hermano gemelo de Rimush. La Lista de los Reyes Sumerios, no obstante, le menciona como el hermano mayor. Fue un rey que se jactó de conquistar Serihum y Ansan. El domino acadio, probablemente, se extendía hasta Susa.
Las más de tres décadas de reinado del hijo de Manishtushu, Naramsin, marcan de manera indeleble el período cumbre del imperio acadio. Además de extender sus dominios, como los reyes previos, se empeñó en modificar la naturaleza de la monarquía en el instante en que se erige él mismo como dios, en lugar de reinar como representante de las divinidades. Decidió auto proclamarse “rey de las cuatro regiones” y “rey del universo”. En las inscripciones se afirma que destruyó la ciudad de Ebla. Cerca de Nínive, la parte inferior de una estatua de cobre llevaba una inscripción del rey en la que se afirmaba su victoria en varias batallas.
El monumento más renombrado relativo a Naramsin es su Estela de la Victoria que fue encontrada en Susa. Al igual que el Código de Hammurabi y la Estela de Sargón, esta pieza fue llevada a Susa por los elamitas como parte de un botín. En ella se documenta la victoria del soberano sobre Satuni, el rey de la tribu de los Lullubi, grupo que habitaba en el centro occidente de Irán. La estela plasma los acontecimientos históricos de un modo novedoso. En lugar de los frisos del Protodinástico y de las Estelas de Sargón y de Eannatum, ahora la composición es única y coherente. La figura central del relieve, con un arco, un hacha y tocado con astas, al modo de los dioses mesopotámicos, es Naramsin. La escena se recorta sobre una región de montaña y de bosques, estableciéndose así un paisaje de fondo.
Naramsin, al igual que su abuelo Sargón, fueron convertidos en temática habitual de relatos posteriores. Fue descrito como una figura trágica, víctima de la soberbia, que propició rebeliones, la invasión de tribus orientales y la propia destrucción de Agadé. En la etapa del sucesor de Naramsin, Sar-kali-sarri, el reino estuvo sometido a la presión de los amorritas por el occidente, y los gutis en las zonas montañosas orientales. Los últimos dos reyes de Agadé fueron Dudu y Su-durul. En su época, el reino se circunscribía esencialmente a la región que rodea Agadé y las llanuras del Diyala. Varias ciudades-estado, entre ellas la siempre proclive Lagash, habían ya obtenido su independencia.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. UGR-FEIAP.



[1] Hay que apuntar que varias tradiciones y leyendas bastante posteriores, atribuyeron a Sargón el dominio del mundo por completo (de levante a poniente). Sin embargo, algunos de tales relatos parecen glorificar, tal vez, a Sargón II de Asiria (721-705 a.e.c.), quien adoptaría el nombre del primer Sargón.

4 de julio de 2016

La presencia griega en Chipre, Siria y el Levante en la antigüedad



Imágenes: (arriba) bandeja de plata chipro-fenicia de Amathus. Se observan divinidades egiptizantes, esfinges y el asedio de una ciudad. La pieza se data entre 750 y 600 a.e.c. Museo Británico; (abajo) enocoe ateniense para el mercado chipriota con escena mitológica. Datado hacia mediado el siglo VI a.e.c. También ubicado en el British Museum.


La actividad griega en Chipre comenzó durante la Edad el Hierro, si bien no se ha descartado un plausible contacto desde la Edad del Bronce. Se ha sugerido que un asador en bronce, inscrito con un nombre personal griego, Opheltas, y datado en el siglo XI a.e.c., encontrado en la necrópolis de Skales en Palepafos, es una evidencia de la presencia de hablantes griegos en la isla desde el comienzo de la Edad de Hierro. Se ha discutido si durante el desarrollo de la isla entre los siglos XI y VIII a.e.c. los colonos del Egeo permanecieron allí culturalmente diferenciados o si se desarrolló una identidad híbrida. De lo que no hay duda es que para el siglo VIII a.e.c. Chipre era una isla de habla, primordialmente, griega. No obstante, el lenguaje usado continuó siendo fenicio y eteochipriota hasta que Chipre estuvo bajo la influencia helenística de Alejandro Mano y Ptolomeo I a fines del siglo IV a.e.c., momento en el que ya el griego era la única lengua en la isla.
Durante el período arcaico, Chipre estuvo dividida en una serie de reinos. Textos neoasirios de época del reinado de Sargón II, a fines del siglo VIII a.e.c., atestiguan la presencia de siete reinos independientes que ofrecieron su sumisión al rey de Asiria hacia 707 a.e.c. En tiempo de Asarhadón (681–669 a.e.c.), se nombran diez reinos y un determinado número de reyes con nombres griegos.
Los griegos consideraron Chipre como un lugar foráneo, en la periferia del mundo oriental, o como parte integrante de éste, que mantenía sus propios y peculiares rasgos y costumbres. Pero a pesar de que nunca fue una parte formal del mundo heleno, Chipre mantuvo cercanos vínculos culturales con Grecia, tanto a través del lenguaje como de las creencias religiosas.
Tales vínculos fueron, incluso extrapolados por mediación de la fundación tardía de mitos que reivindicaban cercanas asociaciones a Grecia. Es así que se mantuvo que Afrodita hubiese nacido del mar cerca de Pafos (Hes., Teog., 190-210), si bien la diosa tuvo su propia prehistoria chipriota.
Durante la segunda mitad del siglo VI a.e.c., Chipre fue conquistada, según narra Heródoto, por el faraón egipcio, a la sazón Amasis, aunque poco tiempo después cae en manos de los persas. De acuerdo al mismo historiador de Halicarnaso (V, 105-115), los chipriotas participaron en la Revuelta Jonia contra la soberanía persa a comienzos del siglo V a.e.c., pero permanecieron bajo el control persa. Se sabe muy poco de la subsiguiente historia de la isla hasta que cayó en manos de Alejandro y sus generales a gines del siglo IV, con la excepción del período de Evágoras I de Salamis (411-374 a.e.c.), cuyo liderazgo fue pregonado, e idealizado, por Isócrates.
Durante el primer milenio a.e.c. Chipre mantuvo cercanos contactos culturales y comerciales con Grecia  y con otras regiones del Mediterráneo. La cerámica griega fue importada a Chipre desde la Edad del Bronce y durante la del Hierro, en especial desde Eubea. Jarras globulares y platos, otras piezas con decoración negra sobre rojo y vasijas con forma de ave, fueron producidas en Chipre. El denominado aríbalo espagueti, un pequeño frasco de perfume de los siglos VIII y VII a.e.c. estuvo muy distribuido en el occidente y se ha encontrado en abundancia en Rodas (probablemente producido por fenicios chipriotas). La forma se origina del repertorio fenicio de pequeños frascos, en tanto que la decoración es específicamente chipriota en su estilo. 
Los ceramistas eubeos produjeron platos semicirculares, una forma nada popular en Grecia, pero muy apreciada en Chipre y en el Próximo Oriente. Probablemente fueron elaboradas pensando en el mercado chipriota. Desde el siglo VII a.e.c. numerosas importaciones desde varios centros de producción en la costa de Anatolia aparecen en centros mayores de Chipre. Los estilos de cerámica griega comienzan a dominar el ámbito pictórico chipriota.
Desde el final del siglo VI a.e.c. Chipre estuvo importando regularmente vasijas de figuras negras y rojas desde Atenas. Varios enocoes globulares de cuello largo, modelados siguiendo las formas chipriotas fueron encontrados en lugares como Marion y Amathus. En este período pueden identificarse rutas comerciales. Un conjunto de cerámica ática de Sición tiene notables similitudes con otras piezas contemporáneas de Al Mina, un centro mercantil mayor de la época, lo cual implicaría una posible ruta desde Atenas a Sición vía Al Mina.
Durante este tiempo comienzan a verse en Chipre otros materiales de influencia cultural griega, especialmente de la Grecia oriental. Es el caso de los capiteles jónicos y de estatuas de korai, sobre todo las de Salamina, que son cercanas en su estilo a los tipos greco-orientales. Los propios escultores chipriotas produjeron, a su vez, trabajos para la clientela de la Grecia oriental, quien dedicaba esos objetos fabricados por los chipriotas en sus santuarios marítimos. Artesanos foráneos estuvieron, asimismo, trabajando en Chipre, como el caso de los escultores eginetas.
En la glíptica, los chipriotas complementaron su propia producción con importaciones provenientes de la Grecia oriental. Incluso expandieron sus repertorios con tipos que imitaban los estilos greco-orientales. Los vínculos con las ciudades-estado de la Grecia oriental se vieron facilitados por la incorporación de la isla al imperio persa. A pesar de la conquista militar persa hubo intercambios, sobre todo de terracotas o estatuaria en metal, de manufactura chipriota que era transportada a Asia Menor, Fenicia y Egipto. 
Por su parte, la moneda fue introducida en Chipre por Evelton de Salamina (560-525 a.e.c.) durante la segunda mitad del siglo VI a.e.c. De tal modo, rápidamente otros reinos comenzaron a acuñar sus propias monedas. En el corpus numismático chipriota se observa el uso del silabario griego en las leyendas monetales.
La actividad griega en Siria y el Levante pudiera trazarse, de modo tentativo, desde el siglo XI a.e.c. En las siguientes dos centurias se observa un incremento en la cantidad de cerámica griega, mayormente de Eubea, aunque también de las Cícladas, Ática y, tal vez, Argos, en tanto que figurillas de terracota, trabajos en metal y marfiles tallados próximo-orientales empiezan a circular en Grecia. Además de este ámbito comercial, de las fuentes literarias se deduce que durante este tiempo algunos griegos se emplearon como mercenarios en los ejércitos orientales, así como artesanos y consejeros letrados patrocinados por algunos reyes orientales. Por medio de todas esas interacciones los griegos adoptarían estilos y motivos artísticos próximo-orientales y egipcios en sus repertorios. 
Los pintores de vasos atenienses del siglo VIII a.e.c. empezaron a representar animales próximo-orientales, el motivo del árbol de la vida y escenas de banquetes con tañedores de lira sobre vasijas de uso funerario. No se debe olvidar que los griegos aprendieron el alfabeto de los fenicios durante esta época, e integraron ideas y prácticas orientales en sus propias observancias y creencias religiosas. Los artesanos corintios, inspirados por el trabajo sobre metal y las artesanías minuciosamente modeladas, en especial marfiles y estelas de piedra, popularizaron en Grecia unas formas cerámicas en miniatura y una decoración cerámica incisa durante el siglo VII a.e.c.
Aunque los griegos no establecieron colonias en las costas del Mediterráneo oriental, la arqueología indica que desde el siglo VIII a.e.c. Grecia estuvo inmiscuida directamente en el Próximo Oriente a través de un comercio regular, una actividad focalizada sobre la línea costera nororiental del Mediterráneo. Restos del Geométrico Tardío han sido hallados en sitios costeros como Kinet Höyuk, Tarso y, sobre todo, Al Mina, un lugar que sirvió como puente para que las piezas llegasen a asentamientos a lo largo del Orontes y a poblaciones al norte de Siria[1]. Tipos similares se han encontrado, aunque más esporádicamente, a lo largo de la costa levantina, en sitios como Ras el Bassit, Ras Ibn Hani, Tabbat al Hamman, los puertos fenicios de Tiro y Sidón, y en asentamientos del interior como Samaria y Megiddo, además de las capitales de los filisteos, Tel Miqne-Ekron y Asquelón. 
Siguiendo la costa desde Al Mina se encuentra Ras el Bassit, un asentamiento que, en origen, se identificó como una colonia griega de Posidonia, a pesar de que la evidencia arqueológica para sustanciar que el sitio fue una colonia griega es mínima. Allí aparecieron un par de vasos inscritos con nombres jonios, lo cual puede evidenciar no más que la presencia de comerciantes jonios en el lugar. No obstante, las inscripciones pudieran presagiar el influjo de un sustancial corpus de cerámica griega durante el siglo VI a.e.c., el cual reflejaría una abundancia de importaciones griegas desde un cúmulo de localidades no atestiguadas localmente, como pudieran ser Clazómene, Atenas, Quíos y Mileto. Una construcción de este período se identificó como una vivienda de un mercader. Este hecho ha permitido sugerir que Ras el Bassit contó con un enoikismos griego, o asentamiento de griegos, entre otros grupos, durante la sexta centuria antes de la era.
También se ha sugerido la presencia de residentes griegos en Tell Sukas. Una habitación rectangular de un templo con un altar y un receptáculo para ubicar una estatua cultual en madera, construido dentro de un temenos vallado, se ha datado en el siglo VII a.e.c. La versión del siglo VI de la edificación, en forma tripartita, contenía unos restos inscritos con la expresión halios emi, lo que sugirió que el templo había sido dedicado por esta época a Helios.  Durante esa misma centuria, algunos azulejos de techo en terracota, descubiertos en cementerios y quizá usados para cubrir tumbas, no desentona con ciertas prácticas asociadas con costumbres funerarias griegas. Sin embargo, ni el templo ni los enterramientos pueden considerarse, con firmeza, una evidencia de presencia de griegos. Lo más probable es que el templo fuese un santuario fenicio a Rashaph, a quien los griegos asociaron con Helios-Apolo, y al que hacían dedicaciones ocasionales.
La variedad y la naturaleza de los bienes griegos, así como las inscripciones en los asentamientos sirios y en el Levante, sugieren que hacia el siglo VII a.e.c. estas comunidades eran asentamientos culturalmente mixtos que daban la bienvenida a comerciantes y artesanos de todas partes del Mediterráneo. En este tiempo, el comercio cerámico se desarrolló particularmente con la Grecia oriental, en concreto a través de la circulación de ciertos tipos de copas jonias, enocoes del Estilo del Macho Cabrío Salvaje, ánforas para el transporte y vasijas para cocinar. El intercambio comercial entre el Mediterráneo oriental y Corinto fu secundario. Los artesanos del Próximo Oriente fueron bien recibidos, muy especialmente, en los asentamientos griegos de Asia Menor, en los que existe evidencia de artesanos joyeros del norte de Siria así como ceramistas fenicios y chipriotas.
Ya se dijo anteriormente que algunos griegos trabajaron como mercenarios en el Mediterráneo oriental, pagados por dinastas próximo-orientales y egipcios. Entre los siglos X y VII a.e.c. la costa oriental del Mediterráneo fue cayendo, de modo gradual, bajo el control de los neoasirios y neobabilonios. Las referencias literarias indican que los griegos participaron en la revuelta cilicia contra el rey asirio Senaquerib entre 705 y 696 a.e.c., y que los griegos sirvieron, así mismo, en el ejército de Babilonia. La evidencia arqueológica, sin embargo, es escasa. Se pueden mencionar, la greba y un escudo de finales del siglo VII hallados en Carkemish, y una representación pictórica sobre una vasija de plata hallada en Amathus, en Chipre.
En cualquier caso, el descubrimiento de cerámicas griegas de cocina en diversos asentamientos próximo-orientales ha sido interpretado como la evidencia de la presencia de mercenarios griegos en la región (es el caso, por ejemplo, de Tel Kabri and Meşad Hashavyahu).  Del mismo modo, también se ha postulado Al Mina como un lugar en el que hubo una comunidad de mercenarios griegos.
El declive del Reino Neoasirio permitió el dominio neobabilonio de la costa del Mediterráneo Oriental, aunque por un corto período de tiempo, entre los siglos VII y VI a.e.c. Ahora se observa una completa ausencia de material griego en la región meridional del Levante, y no será hasta finales de la sexta centuria, con el comienzo de la dominación persa del litoral oriental, cuando se reasuman los contactos greco-levantinos. Inicialmente, el influjo de objetos griegos viene condicionado por la presencia de cerámicas de Quíos y Samos, en particular, ánforas, aunque muy rápidamente se ven sustituidas, ya en el siglo V a.e.c. por vasos atenienses, que dominarán el mercado de vasijas suntuosas. También se aprecian objetos coroplásticos en terracota, ejemplos de estatuaria e, incluso, moneda ática.
En ese mismo siglo, el papel de Al Mina como el lugar de transferencia entre la costa y el interior, concretamente hacia el sector nororiental del Mediterráneo, se consolida. Ahora, se constata la presencia de grandes construcciones que pudieron servir de almacenes, en tanto que es la cerámica ática la que mayormente pasa a través del puerto, si bien las piezas de la Grecia oriental, específicamente de Mileto y áreas adyacentes, continúan vendiéndose en los mercados.
Durante la mitad del siglo V a.e.c. la cerámica de figuras rojas sustituye la de figuras negras. El repentino cese de las importaciones de vasijas áticas en el siglo IV a.e.c. se debe, sin duda alguna, a las dificultades económicas que en este momento sufre Atenas, aunque también refleja los cambios de gusto locales motivados, tal vez, por la política económica ptolemaica. La distribución en otros sitios del litoral levantino sugiere que los mercaderes empezaron a  usar una ruta comercial que se desplazaba de norte a sur.
En el siglo IV a.e.c., sin embargo, existen algunas evidencias de griegos trabajando en el Mediterráneo oriental. Los reyes de Sidón emplearon griegos en la elaboración de sarcófagos figurados, mientras que muchas narraciones literarias señalan el empleo de mercenarios griegos durante el período de predominio persa en la región.



[1] El sitio de Al Mina, fue para algunos autores (J. Boardman) un emporion fundado por griegos de Eubea durante el siglo VIII a.e.c. Su interpretación se fundamentó en la observación de que la cerámica griega parece haber sido usada casi de modo exclusivo durante el estrato de ocupación más antiguo del sitio (datado por el conjunto cerámico a mediados del siglo VIII a.e.c.). No obstante, un factor complejo en Al Mina resulta de la constatación de que en los estratos subsiguientes de ocupación aparece cerámica chipriota y fenicia, que suele datarse en la segunda mitad del siglo IX a.e.c.