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26 de agosto de 2020

Vídeos (E): Ciudades del mundo antiguo: una historia



Amigas, amigos, colegas, estudiantes, y todo aquel que quiera. Ya está disponible el quinto vídeo de la nueva serie en YouTube que he convenido en denominar Ciudades del mundo antiguo: una historia. Se trata, como ya había comentado en relación a los anteriores, de una necesariamente resumida valoración arqueológica, histórica (e historiográfica en ciertas ocasiones), de antiguas y reconocidas ciudades, muchas ya desaparecidas pero vigentes en su halo misterioso, y otras todavía habitadas en la actualidad. Arqueología, historia y hasta diplomacia. En esta ocasión, otras cuatro urbes, que estuvieron localizadas en el continente asiático: Susa, en Irán, Mohenjo Daro en Pakistán, Varanasi-Benarés en India y Hattusa en Anatolia (Turquía actual). Espero sea de agrado, interés, utilidad para alguien. Un cordial saludo. J.L.S.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP, agosto, 2020

18 de agosto de 2020

Vídeos (D): Ciudades del mundo antiguo: una historia

 

Amigos, amigas, colegas, compañeros, estudiantes, lectores todos. Disponible el cuarto vídeo de la serie Ciudades del mundo antiguo: una historia. En esta ocasión, cuatro “nuevas” ciudades del mundo antiguo, ubicadas en el continente africano, tres de ellas pertenecientes al Egipto de la antigüedad (Buto, Menfis, Tebas-Luxor) y la otra en el ámbito del Mediterráneo, Cartago (en el Túnez actual). Como es habitual, espero y deseo que pueda ser de alguna utilidad o interés, o bien un mero divertimento para comentar. Cualquier tipo de comentarios, críticos o no, preguntas o sugerencias, siempre serán bienvenidas (y contestadas en la medida de lo posible). Un saludo cordial. J.L.S.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP, agosto, 2020.


20 de mayo de 2020

Nuevo libro: Hablar, decir y contar. Historia y mitos para aprender. Enseñanzas desde la Antigüedad (2020)



Amigos y amigas: la presente obra recoge pequeños escritos centrados principal, pero no únicamente, en el complejo y simbólico mundo de los mitos. Estos escritos, hechos con la necesaria minuciosidad profesional, son breves historias contadas y ceñidas a realidades históricas. Los vericuetos de la mitología o las peripecias fácticas de la historia antigua, así como algunos cuentos y relatos, se entretejen y configuran una trama con héroes o superhéroes, personalidades míticas o antiguas divinidades. Las religiosidades, la muerte, la historia y los historiadores, cuentos que enseñan y moralizan, el mundo de las ideologías, además de la antigua literatura, la arqueología y la geografía de la historia antigua se reúnen en armonía en noventa y cuatro comprimidos en forma de reflexión, comentario o crítica, íntimamente asociados a la formación académica del autor. Reflexiones vertidas en contextos académicos o en encuentros algo menos formales.
A la venta ya en las principales librerías online para todo el mundo y dentro de poco en otras librerías. Si alguien desea la versión digital (la habrá en pdf y epub y será mucho más económica), tendrá que esperar algo más. Puede hacer llegar algún ejemplar gratuito al que lo desee, por privado. 
Saludo cordial, 

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, mayo, 2020

24 de febrero de 2020

La función de los animales en la mitología germánica




Imágenes, de arriba hacia abajo: el temible lobo Fenrir ilustrando un manuscrito islandés del siglo XVIII; una placa de casco, datado en la era Vendel (siglos VI-VIII), que presenta una figura armada que enfrenta a una sierpe. Pudiera ser Odín con sus cuervos.

Algunos animales, como el oso, el águila, el lobo o el cuervo, entre otros, desempeñaban un papel significativo en la concepción del mundo de varios pueblos germánicos. Su singularidad operaba en el marco simbólico y sobrenatural. Algunos de tales animales, realmente bestias, como el lobo o el cuervo, estaban íntimamente vinculados con dioses como Odín. El célebre furor guerrero de los berserker corría paralelo a la ferocidad que algunos de tales animales poseían en la concepción germánica. Se dice de estos guerreros que combatían como si fuesen rabiosos lobos, poseyendo la fuerza de osos o, incluso, de toros. De esta manera, se asociaba el ideal del guerrero con algunos de estos animales.
El guerrero aparece identificado con dos animales totémicos muy conocidos, el oso y el lobo, que encarnaban para estos guerreros la fylgja, espíritu que acompañaba y tutelaba a cada persona desde que nacía hasta su fallecimiento. Se trataba de una suerte de doble espiritual, que era capaz de transmitir las peculiaridades de estos animales a los combatientes. Tal simbiosis entre animal y guerrero pudo deberse a las creencias chamánicas.
Los osos y los lobos se caracterizan esencialmente por su fiereza, agresividad, resistencia y fuerza bruta, todas ellas consideradas cualidades vitales de un buen guerrero. A la par, eran animales totémicos. La veneración por el oso se constata en el hecho de que gran número de héroes portan nombres que refieren a este animal. Por su parte, el lobo posee algunas connotaciones negativas, como ocurre con los lobos hermanos Sköll y Hati, implacables perseguidores de la luna y el sol, con el famoso Fenrir, vástago de Loki y responsable directo del Ragnarök o con Garm (en sentido estricto un perro), que guarda las puertas de Hel, el infierno.
El lobo es sanguinario, resistente y pertinaz, a la par de astuto y paciente, que actúa en manada para maximizar su caza. Se le venera por su capacidad de hacer largos recorridos sin agotamiento aparente. Los lobos estuvieron muy relacionados con Odín, quien se acompañaba de un par (Freki y Geri). La simbología de este fiero cánido como animal guerrero fue muy empleada en el ámbito anglosajón, pues algunos soberanos se representaron entronizaron flanqueados por un par de lobos como encarnación simbólica de la realeza.
En la concepción cosmológica en la que destacan los ideales heroicos de la elite guerrera, la imagen de estos animales en las armas de los combatientes funcionaría como un poderoso amuleto que le facilitaría la protección y el favor de la deidad asociada al animal. Además, le permitiría a los guerreros mimetizarse con el animal en cuestión, adquiriendo así sus cualidades fundamentales, como la agilidad, la resistencia o la fuerza.
Al margen de lobos y osos, otros animales de batalla serían ciertas aves, concretamente el águila y el cuervo. La primera, es un símbolo de realeza y poderío, que los germanos habrían adoptado simbólicamente del mundo romano, donde su imagen era usada en los estandartes legionarios como una representación del dios Júpiter; la segunda, simboliza por el contrario la inteligencia y la astucia para sobrevivir ante las adversidades. Odín, como ocurría con los lobos, está asociado con los cuervos, hasta el punto de que siempre aparece acompañado de dos de ellos, Hugin (pensamiento) y Munin (memoria), los cuales le comentan al dios todas las cosas que son capaces de oír y ver. El nombre de ambos córvidos pudiera remitir a las prácticas chamánicas, pues el chamán entra en trance lanzando su pensamiento y su memoria hasta una esfera distinta de conocimiento.
Las siluetas de varios cuervos eran usados en los estandartes de los vikingos con la intención de infundir pavor a los enemigos. Además de con la guerra, los cuervos se vinculaban con la sangre ya derramada y la carroña. Su presencia atemorizaba en función de que podía tener un papel oracular, sirviendo para maldecir si era necesario.
Así pues, en consecuencia, animales como el lobo, el oso, las águilas y los cuervos, se consideraban bestias de Odín. Todos ellos podían glorificar al guerrero, el cual al matar a sus oponentes con sus armas, especialmente la espada y la lanza, les proporcionaba alimento. Animalizando a los guerreros también se les deshumanizaba, confiriéndoles un talante devastador y provocando en los demás un auténtico pavor.


Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, febrero, 2020.

26 de octubre de 2019

Vídeos (XVIII): El Reino Suevo de Galicia (411-585). Parte II



Segunda parte del documental El Reino Suevo de Galicia (411-585), que analiza, de la mano de un nutrido grupo de especialistas, el denominado período oscuro (hasta 550) y la final anexión visigoda. Es un capítulo que reflexiona, desde las fuentes escritas principales (en esta ocasión Martín de Dumio, el obispo de Braga, de origen panonio), y las piezas arqueológicas más destacadas halladas en el ámbito suevo, acerca del proceso de cristianización llevado a cabo sobre el paganismo anterior, haciendo hincapié en el priscilianismo y, por ende en la ortodoxia y heterodoxias cristianas. De forma análoga al primer capítulo, se hace especial referencia también al valor didáctico de una historia crítica que suele construirse más que narrarse.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, octubre, 2019.

21 de octubre de 2019

Vídeos (XVII): El Reino Suevo de Galicia (411-585). Parte I



Documental El Reino Suevo de Galicia (411-585), emitido en dos partes. En este trabajo, de la mano de un grupo de reconocidos expertos, se analiza la conformación, desarrollo y caída de este reino, que dominó la zona occidental peninsular. Este primer capítulo se desarrolla desde el 406, momento de entrada de los invasores germánicos en el limes romano, pasando por la creación en 411 de un reino independiente tras un presunto acuerdo con las autoridades romanas, hasta el fin del imperio romano occidental en 476. Todo ello, siguiendo las fuentes escritas primordiales, esencialmente Idacio, el obispo de Chaves, y arqueológicas, mostrando algunos objetos que fueron parte de la magna exposición sobre los suevos que se pudo visitar y disfrutar en la ciudad de Ourense (In tempore sueborum).

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, octubre 2019.

4 de junio de 2019

La entrada del budismo en el Tíbet imperial: el rol de China e India





Imágenes (de arriba hacia abajo): panorámica del Palacio de Yumbulakhang, en el valle del Yarlung, en Tsedang; vista de la estupa del Monasterio de Pelkhor Chode, en Gyantse y; Tonpa Shenrab sobre los discos de la luna y el sol, en una flor de loto.

No resulta fácil saber son seguridad el momento en que los tibetanos entraron en contacto con el budismo. La tradición y el marco legendario afirman que ocurrió en la época de Lha Totori, un gobernante de Yarlung en el sureste del Tíbet, en algún momento del siglo IV. Con independencia de la realidad de tal aseveración, no es implausible que ciertos elementos del budismo hubieran llegado a lo largo de este período de la prehistoria tibetana, puesto que la región estuvo siempre rodeada, desde antiguo, por territorios en los que el budismo, como sistema religioso y cultural, se había establecido desde una larga data; esto es, China al este, India y Nepal al sur; el mundo iranio preislámico en el occidente y los pequeños estados-oasis de la Ruta de la Seda al norte.
La historia tibetana inicia con el Tsempo (emperador), Songtsen Gampo, cuyo reinado se desarrolló entre 617 y 649, comenzando así la denominada por la tradición Dinastía de los Treinta Reyes. Fue el que unificó, política y militarmente, el entorno geográfico tibetano, conquistando incluso algunos territorios adyacentes. Además, fue el encargado de desarrollar el sistema de escritura, fundamentado en modelos indios. Contrajo matrimonio con una princesa china de nombre Wencheng, con la que se relaciona la instalación de una imagen de Śākyamuni Buddha, traída desde China, en Lhasa como parte de su dote. Se decía de esta escultura, conocida como Jowo (Señor), que había sido fabricada en India como un retrato auténtico del mismísimo Buda. Se convertiría en el objeto más sagrado del Tíbet, objeto de peregrinación. Algunas fuentes también comentan que el monarca se casó posteriormente con una princesa budista nepalesa, llamada Bhṛkuṭī. Una y otra habrían inspirado al emperador para que la corte abrazara esta religión india.
De este modo, Songtsen Gampo pudo llegar a ser relacionado, eventualmente, como una regia emanación tibetana del bodhisattva de la compasión universal (Avalokiteśvara-Chenrezi), a quien el Buda Śākyamuni habría confiado la ardua tarea de convertir Tíbet al budismo. A pesar de todo, sin embargo, parece bastante improbable que una fe extranjera progresar debidamente antes de que hubiera transcurrido, por lo menos, otro medio siglo más.
Fue bajo el reinado del soberano Tri Düsong, fallecido a comienzos del siglo VIII, el momento en el que se fundó un templo en la región de Ling, en la zona del Tíbet oriental, tal vez en conexión con las campañas militares que se llevaron a cabo en la región sureste del imperio tibetano contra el célebre reino budista de Nanzhao (en el actual Yunnan). Durante el reinado de su sucesor, Tri Detsuktsen (de 704 a 755), se constata una clara evidencia de renovados avances del budismo en la región de Tíbet central. En este caso, de nuevo como antaño, sería una princesa china la que jugaría un instrumental y decisivo papel en lo tocante al mantenimiento de la fe búdica.
Esta princesa, de nombre Jincheng, llegó a Tíbet hacia 710. Aparentemente entristecida por la ausencia de los ritos funerarios budistas en honor de los nobles fallecidos, se habría encargado de introducir en la región la costumbre china budista de recordar al muerto durante siete semanas de duelo. Tales prácticas promoverían las creencias inframundanas, ulteriormente elaboradas en el Libro Tibetano de los Muertos (Bardo Thodol) en el que se relata el tránsito entre la muerte y el renacimiento en un lapso de cuarenta y nueve días. La mencionada princesa habría invitado, asimismo, a una serie de monjes de Khotan al Tíbet central, que acabarían formando la primera comunidad monástica (saṅgha) en la región. No obstante, a la muerte de Jincheng en 739, se produjo una reacción anti budista que provocó la expulsión de los monjes extranjeros.   
Los últimos años del reinado de Tri Detsuktsen estuvieron signados por un delicado conflicto entre facciones nobiliarias que culminó en el asesinato del soberano. En el momento en que su hijo, apenas un niño, fue ubicado en el trono, en 755, las facciones hostiles al budismo se hicieron las dominantes en el ámbito cortesano. El tsempo Tri Songdetsen (742 a 802), llegaría a ser, sin embargo, el más relevante gobernante tibetano y un benefactor sin igual de la religiosidad budista. En algunos de sus edictos se recoge que durante su mandato la región sufrió diversas y muy severas epidemias que afectaron gravemente tanto a las personas como al ganado. Sin soluciones a tan graves males el rey decidió levantar la prohibición de la práctica de ritos budistas que se había proclamado desde el destronamiento de su padre. La situación empezó a mejorar con celeridad, lo cual propició que el monarca adoptase la fe búdica y emprendiese el estudio de sus enseñanzas. Fue así como se oficializó la conversión del soberano, hacia el año 762.
Precisamente sería Tri Songdetsen quien fundaría el primer monasterio budista (Samyé) en Tíbet, hacia el año 779, invitando al enseñante indio Śāntarakṣita para que ordenase, oficialmente, a los primeros monjes budistas tibetanos. En consecuencia, la comunidad monástica tibetana podría seguir el Vinaya de la orden india denominada Mūlasarvāstivāda, a la que el maestro Śāntarakṣita estaba fielmente adherido. Por otra parte, esto facilitó la traducción (por medio de específicos comités de traducción) de las escrituras canónicas budistas, una labor patrocinada en gran escala por la corte. Estos profesionales, en estrecha colaboración con eruditos budistas centro-asiáticos e indios, crearían un riguroso léxico sánscrito-tibetano como guía imprescindible de su trabajo. Como óptimo resultado de tan minucioso trabajo surgió un vocabulario filosófico y doctrinal en tibetano. Se compusieron manuales que introdujeron el novedoso vocabulario recientemente acuñado al lado de elementos del pensamiento budista. La paulatina configuración de la literatura canónica budista tibetana no se interrumpió con los sucesores de Tri Songdetsen, al menos hasta el colapso dinástico a mediados del siglo IX. Cientos de escritos religiosos y filosóficos budistas indios serían traducidos en ese período de tiempo.
En la década del 780 los ejércitos de Tri Songdetsen conquistaron Dunhuang, el centro más relevante del budismo chino, desde donde los maestros del Chan (Zen) introducirían a los tibetanos la idea de un inmediato e intuitivo despertar individual, sin necesidad de transitar innumerables vidas de reencarnación, tal y como defendía el budismo indio. Uno de esos enseñantes fue el maestro chino Moheyan, quien sería invitado al Tíbet central, en donde lograría gran predicamento y sería muy seguido, incluso por parte de los miembros de la familia real. La popularidad de sus enseñanzas propició una dilatada disputa entre aquellos partidarios de un repentino despertar (iluminación radical por mediación de la intuición mística) frente a una iluminación gradual (a través de un metódico análisis razonado).
Las fuentes más tradicionales cuentan que el primer debate sobre tales consideraciones se llevó a cabo en el monasterio de Samyé a fines del siglo VIII. Los que disputaron fueron Moheyan y un discípulo de Śāntarakṣita, el filósofo indio Kamalaśīla. Lo que sobrevive de las fuentes señala la clara tendencia a ridiculizar la perspectiva Chan. Si bien pudo haber muchos elementos inciertos, la tradición posterior revela que Moheyan fue tratado como un representante de una doctrina irracional (esa de la iluminación instantánea), en tanto que se saludó con agrado el énfasis de Kamalaśīla sobre el cultivo gradual y paulatino de las virtudes intelectuales así como de la moral del bodhisattva, aspectos que tendrían que configurar el paradigma que debía ser emulado por los budistas tibetanos. A pesar de ello, algunos elementos de las enseñanzas Chan permanecieron en Tíbet, manteniéndose el linaje chan en la región oriental hasta, por lo menos, el siglo XI.
Con los sucesores de Tri Songdetsen, Tri Desongtsen (804-815) y Tri Relpachen (815 a 838), los monasterios y escuelas budistas florecieron bajo el patrocinio real.  Sin embargo, en el reinado de Üdumtsen (entre 838 y 842), gobernante conocido como Lang Darma (joven buey o buey-dharma), el patrocinio real de los monasterios se redujo, muy probablemente debido al declive de las rentas estatales y no a una pérdida de prestigio del budismo. 
Historias posteriores contaban que este monarca era, en realidad, un devoto de la religión Bön[1] y que, en consecuencia, habría perseguido el budismo hasta que fue asesinado en 842 por un monje budista de nombre Lhalung Pelgyi Dorjé. Este Dorjé fue una figura histórica, si bien llegó a encarnar la personalidad de un héroe en una colorida leyenda que celebraba, justificándolo, el regicidio. Distinguido como un sacerdote Bönpo que, vestido con una túnica negra, buscaba bendecir al gobernante, se acercó al mandatario y le disparó una flecha con su arco ceremonial para, a continuación, escapar montado sobre un gran semental negro. Después de cometido el magnicidio, sus perseguidores no fueron capaces de encontrar jinete Bönpo alguno sobre una montura negra, sino que únicamente lograron ver a un monje budista sobre un caballo blanco. Lhalung Pelgi Dorjé había, astutamente, pintado su vestimenta, llevando su túnica del revés.
Se ha dicho que la fundación del monasterio de Samyé tuvo la decisiva participación de  Padmasambhava, un renombrado y muy reputado adepto tántrico de Oḍḍiyāna, en la región noroeste de India, quien habría sido requerido para sosegar las divinidades, demonios y espíritus hostiles del Tíbet con la intención de su lealtad al budismo.  
Con independencia del papel que haya podido desempeñar en esa época, Padmasambhava llegaría a ser específico objeto de devoción, hasta el punto de ser deificado con la denominación de Precioso Gurú (Guru Rinpoché) del pueblo tibetano. En conjunción, el rey Tri Songdetsen, el monje Śāntarakṣita y el célebre adepto budista Padmasambhava, serían reverenciados como la trinidad de la conversión tibetana. En tal sentido, representarían los tres elementos constitutivos principales del mundo budista tibetano; esto es, el regio patrón laico, el adepto tántrico y el monje ordenado.
El colapso final del imperio tibetano siguió muy pronto tras el fallecimiento del mencionado Üdumtsen. Los dominios de sus sucesores se fueron reduciendo gradualmente a un grupo de pequeños reinos. Tíbet permaneció, de esta manera, sin una autoridad central durante la siguiente centuria. Si bien mucha de la actividad institucional budista se detuvo al finalizar el patrocinio imperial, ciertas tradiciones de estudio y de prácticas rituales lograron sobrevivir. Algunas tradiciones esotéricas tántricas parece ser que florecieron tras la caída del imperio, especialmente en el entorno de Dunhuang en el siglo X. Bien es cierto que el budismo monástico prácticamente desapareció del Tíbet central, conservándose únicamente en las regiones orientales, en las actuales provincias chinas de Gansu y Qinghai. De hecho, fue aquí donde (desde mediado el siglo X), un joven Bönpo  conocido como Lachen Gongpa Rapsel (Gran Lama de Espíritu Claro) se convirtió al budismo y recibió su ordenación. Tanto él como algunos de sus discípulos ordenarían posteriormente a muchas personas del Tíbet central y occidental, propiciando un movimiento renacentista monástico que recibiría la denominación de “tardía promulgación de la enseñanza” o tenpa chidar.  
Se podría decir que hubo dos desarrollos contemporáneos con el declinar del monasticismo budista que adquirieron gran relevancia. Por un lado, la emergencia de la religión Bön; por la otra, y de modo simultáneo, la aparición y consolidación de una distintiva forma de budismo esotérico, ulteriormente conocido como Nyingmapa; es decir, la tradición antigua.
El budismo, en general, proveyó al imperio tibetano con los medios simbólicos con los que simbolizarse a sí mismo  como la encarnación mundana de un ordenamiento espiritual y político universal,  una suerte de cosmocracia en la cual el Tsempo sería comprendido (y así asumido), como la propia representación terrenal del Buda. Tal íntima asociación se haría tangible a través de la identificación del Tsempo con el Buda Cósmico de la Luminosidad Radiante, Vairocana, cuyo icono se reproducirían extensamente a lo largo y ancho de los dominios imperiales.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, junio, 2019.



[1] La tradición Bön afirma que en un pasado ancestral existieron tres hermanos, llamados Salba, Dagpa y Shepa, quienes estudiaron las doctrinas en el cielo (Sirdpa Yesang). A finalizar sus estudios empezaron a actuar como guías de la humanidad en tres edades sucesivas, en el pasado, en el presente y el futuro. Salba cambió su nombre por el de Tonpa Shenrab, convirtiéndose en el maestro y guía de la edad presente del mundo. Descendió de los reinos celestiales y se manifestó en el monte Meru con dos discípulos, Mal y Yulo. En ese instante, nació como príncipe (hijo del rey Gyal Tokar y la reina Zanga Ringum), en el palacio al sur del monte Yungdrung Gutseg, en el octavo día del primer mes del primer año del ratón de madera macho (correspondería a 1857 a.e.c.). La leyenda Bön, por otra parte, señala la presencia de la tierra de Olmo Lungring, que contiene un tercio del mundo existente. Se ubica en el occidente de Tibet. En su centro se levanta el monte Yungdrung Gutseg, “pirámide de nueve esvásticas“, que simboliza los nueve caminos de Bön. De la base de la montaña fluyen cuatro ríos en dirección a los cuatro orientes. La montaña está rodeada de templos, bosques y ciudades. Este conjunto de palacios, ríos y zonas boscosas, junto con el Monte Yungdrung Gutseg en el centro, conforma la región interna de Olmo Lungring. La intermedia presenta doce ciudades, cuatro de las cuales se sitúan en las cuatro direcciones cardinales. Las regiones están rodeadas por un océano y una cordillera.

6 de mayo de 2019

Figurillas-ídolos figurativos de Perdigões (Portugal)






Estos denominados “ídolos” de Perdigões (sur de Portugal), conforman cerca de veinte pequeñas estatuillas zoomorfas y antropomorfas hechas en marfil, cuya datación se establece entre los estadios culturales del Neolítico y la Edad del Bronce. El contexto de su hallazgo parece implicar que pudieron tener una función funeraria, pues fueron hallados en un contexto de deposición de restos de cremaciones humanas. El relevante hecho de que hayan sido elaboradas en un material como el marfil parece demostrar que a mediados del III Milenio a.e.c. ya existían rutas comerciales de productos exóticos que se conectaban con la Península Ibérica. Entre las diferentes piezas destaca un báculo, interpretado como una suerte de bastón ultramundano, un diminuto elefante, un ave y un significativo conjunto de ídolos antropomorfos muy estilizados. La figurilla del elefante muestra que tales piezas probablemente fueron, al igual que la materia prima, de importación.
Los ídolos antropomórficos podrían suponer una representación simbólica relacionada con la aparición de elites, lo cual es un indicio de jerarquización. También es posible que estos ídolos o rostros prehistóricos se relacionasen con la representación de ancestros colectivos. En algunos de los ejemplos presentan líneas en zigzag, que pueden interpretase como tatuajes. En otros casos, mantienen un objeto, de difícil interpretación. Unos pocos indican el sexo. Como en el caso de las figuras en hueso o cerámica de contextos neolíticos y calcolíticos del sur de España, en general se trata de representaciones naturalistas del cuerpo humano, en el que destacan unos grandes ojos.
Un aspecto que pudiera tener especial valor es el de su pose. La postura de las figuras es formal, con los brazos cerca del torso o sobre el abdomen, y con las piernas bastante juntas. No se sugiere movimiento ni posiciones relajadas. Su postura parece que sigue un patrón canónico. Estos cuerpos pueden haber sido medios para construir una ideológica realidad de similitud a la que las personas responderían restringiendo la diversidad. Podrían estar subrayando una nueva realidad; una versión de la realidad sugerida y aceptada como alternativa no real, como parece inferirse de las posturas, los gestos y la ausencia de movimiento. La pose estricta, rígida y normalizada pudo contribuir a una específica apropiación de prácticas sociales y expresiones de autoridad en un escenario concreto. Las proporciones corporales no siempre fueron respetadas.
Es el caso específico de las cabezas, muy alargadas, en cuerpos bien proporcionados. Su carácter no fragmentado puede ser una referencia a la necesidad de la integridad del cuerpo como requisito imprescindible para llevar a cabo una activa función social, siendo esto una metáfora de durabilidad y estabilidad, a diferencia de la figuración fragmentada de muchas otras figurillas del Neolítica europeo, cuya fracturación simbolizaría la materialidad transformable y efímera.
En el tránsito del Neolítico al Bronce, que supone la emergencia de un nuevo orden social e ideológico, la aparición de representaciones realistas del cuerpo humano en posturas canónicas, pudo ser debida a la necesidad de reproducir afirmaciones ideológicas de probable naturaleza socio-política (el tono realista incrementa la sensación de poderío). Combinando naturalismo con posturas emblemáticas se establecería, en consecuencia, un canal comunicativo de probables significados convencionales. Serían, pues, representaciones que materializarían un conjunto de prácticas normalizadas que crearían determinadas referencias de comportamiento.


Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, mayo, 2019.

24 de agosto de 2018

Libro de Julio López Saco



Amigos: disponible ya el libro más peculiar que he escrito. Su título es El oráculo del hedonista. Escritos de añoranza para combatir la fiebre, C. Silva edit., IBMS, Beau Bassin, 2018 (649 pp.). Es este un libro curioso, pues aúna pensamientos, investigaciones y opiniones. Estas últimas, sobre diversos aspectos, entre los que sobresale la realidad venezolana y asuntos concretos de la española. Un ejercicio esencialmente reflexivo y crítico en modo de post que en algún momento tuvieron vida y alcance en las redes sociales, en Facebook, a lo largo de los últimos seis años. Elementos de la cultura, la política, la historia, la mitología y los avatares de nuestra sociedad son los grandes protagonistas. En versión digital, PDF, se puede encontrar en Scribd. Saludos cordiales. J.L.S.

8 de junio de 2018

La antigua literatura sapiencial hebrea


Los libros que en la Biblia hebrea suelen considerarse sapienciales son Proverbios, Eclesiastés o Qohélet y Job. A estos habría que añadir Eclesiástico, conocido como Ben Sira, y Sabiduría, que nos han llegado en griego (y están entre los libros deuterocanónicos).
La sabiduría posee, en este contexto, dos elementos cruciales, el conocimiento (que permite sacar conclusiones y aplicarlas) y la experiencia (que hace percibir un orden que subyace a las realidades). Con ellos la tendencia es alcanzar el arte de transitar por la vida con éxito.
El conocimiento y la experiencia tienen como objeto y campo de observación el funcionamiento de la realidad en cualquier aspecto: la naturaleza, el ser humano en sí y en sus relaciones sociales además de sus relaciones con Dios. La finalidad es una vida dichosa, fecunda, plena. En este sentido, la sabiduría roza la ética.
La búsqueda, práctica y enseñanza de la sabiduría, implica una triple confianza: la confianza en la realidad cósmica y humana, que no es opaca, se deja conocer (no esconde sus secretos) y está ordenada; la confianza en el ser humano y en sus capacidades para observar, investigar, reflexionar y conocer el orden que atraviesa la realidad, lo cual permite amoldarse a él y vivir con seguridad, evitando sucumbir en el caos siempre amenazante; y la confianza en lo divino, creador de todo lo que existe (con su ordenamiento) y conservador de tal creación.
Así, para conseguir sabiduría, es imprescindible partir de una actitud correcta respecto a Dios. El principio de la sabiduría, el temor de Dios, supone ser obediente a su voluntad, respetarle y reverenciarle. Se trata, entonces, de tener una actitud correcta hacia Dios, basada en el respeto,  la obediencia y la adhesión fiel. Tener éxito y ser feliz dependerá de que se esté en buena relación con Dios, se encuentre su orden y haya acomodo a él. Eso es sabiduría.
El fundamento de las ideas sapienciales es el humanismo, la alegría por el orden mundano, la emoción ante el misterio de la vida, la fe en Dios y un afán en la búsqueda de la sabiduría, que es búsqueda de la felicidad. Sabiduría es, en consecuencia, al mismo tiempo esfuerzo del hombre y regalo divino y, por tanto, está hecha de razón y fe.
La sabiduría tradicional es consciente, no obstante, de los límites en el saber humano. En consecuencia,  reacciona aceptando que el hombre no lo sabe todo. Pero esos casos en que falla lo humano no son muestra de la incapacidad del ser humano, sino de la soberanía divina que todo dispone. Así, en el marco de una perspectiva teológica (Proverbios, Eclesiático), se acaba identificando la sabiduría con la Ley.
El significado de sabiduría es amplio. Abarca habilidad, destreza, astucia, experiencia, saber, inteligencia, observación y búsqueda del éxito. Es decir, saber hacer y saber vivir. Es sabio es aquel que atina con el momento y el método más adecuado. Son sabios, por tanto, aquellos que ejercen sus actividades con habilidad y pericia. Sin embargo, se considerará a los ancianos como los sabios por antonomasia, tanto por experiencia como por prudencia.
El vocablo sabio adquirió el significado de escriba, del profesional del arte de leer y escribir. Se refiere, entonces, a hombres expertos en la administración y la cultura profana y religiosa que estaban vinculados al palacio o el templo; esto es, la elite ilustrada. Sin embargo, el primer ámbito sapiencial fue la familia, el núcleo básico del pueblo llano. Ahí será en donde se cultive la tradición sapiencial transmitida de forma oral a modo de refranes y proverbios. De hecho, en las secciones más antiguas de Proverbios hay escasas referencias a la corte o a los círculos ilustrados. Tal es así que algunos de sus dichos delatan su origen campesino.
Con el advenimiento de la monarquía, este saber popular empieza a ser tratado académicamente. Surgen los proverbios cultos y empiezan a ponerse por escrito. Nace de este modo la actividad sapiencial profesional, de carácter escolar y didascálico.
La sabiduría culta recibe influencias (Egipto, Mesopotamia), tanto en contenido como en las formas literarias a través de los escribas cortesanos. Es el caso de la Enseñanza de Amenemope o de la Instrucción de Dwa Jeti, en el caso egipcio, así como de  Diálogo de un hombre con su Dios (cercano al Libro de Job) y de Consejos de sabiduría (próximo a los proverbios bíblicos), en el caso de Mesopotamia.
El género literario sapiencial es en esencia el proverbio (mashal) que, en realidad, hace alusión al proverbio popular y culto, a la pequeña instrucción sapiencial, las comparaciones y enigmas, fábulas, alegorías, el poema didáctico, la  literatura onomástica, himnos y oraciones. El proverbio, sea popular o culto, es la forma simple de este género literario. En él se condensa una experiencia aquilatada en forma poética que avisa el modo de afrontar circunstancias variadas de la vida. Habitualmente emplea imágenes que impactan al que lo escucha haciendo cómoda su memorización. En términos generales, ni impone, ni prohíbe, ni siquiera aconseja. En su forma indicativa es afín a los refranes y, por tanto, el oyente debe extraer sus conclusiones prácticas.
El proverbio podía transformarse en una pequeña instrucción sapiencial, que constaba de varios versos, en general en forma imperativa (un mandato o una prohibición), en los que un maestro (el padre o una persona mayor) se dirige a un joven exhortándolo a tener una cierta conducta. Se suelen incluir los motivos para disponer de determinada conducta y, en ocasiones, se muestra una suerte de moraleja al respecto de las consecuencias de obrar según lo aconsejado o no[1].
El enigma, por su parte, plantea al oyente o al lector un desafío con la intención de provocar reflexión, y una vez obtenida respuesta poder adoptar un comportamiento apropiado.
El poema didáctico se distingue de la instrucción porque no está dirigido, de modo directo, a los oyentes o alumnos, sino que el maestro reflexiona para sí mismo sobre algún tema, religioso o profano. Los sabios utilizaron también en sus escritos el discurso sapiencial, en el que quien habla es la Sabiduría personificada.
Entre los libros sapienciales se destacan, sobremanera, El libro de los Proverbios, El libro de Job y El libro del Eclesiastés o Qohélet. El libro de los Proverbios es la primera obra sapiencial de la Biblia, semejante a un refranero. Algunos ellos pertenecen a una época oral, popular, representando un estadio de sabiduría del pueblo. Otros, por su parte, son más académicos. En realidad, está formado por una serie de colecciones de autores diversos, aunadas por un autor, un compilador o un redactor final.
El título original es Proverbios de Salomón. Se observa aquí el fenómeno de la pseudonimia, procedimiento practicado en la antigüedad que  atribuía a un personaje célebre la autoría de un libro para prestigiarlo. Salomón era famoso, precisamente, por su sabiduría. Con su nombre se prestigiaron también obras sapienciales como Eclesiastés y el deuterocanónico Sabiduría. Del mismo modo, bajo el mismo principio, David fue considerado el autor de la poesía religiosa (Salmos), en tanto que Moisés de la legislación (Torá).
Encontramos en este libro instrucciones sapienciales, discursos (Doña Sabiduría o Doña Locura), escenas que ilustran comportamientos (holgazán, prostituta), además de preguntas retóricas. Todo ello esbozado desde una perspectiva religiosa.
El libro de Job es una obra anónima y compuesta. Su datación se encuadra entre el siglo V y el III a.e.c., si bien el texto aparece completamente terminado alrededor de 200 a.e.c. Es un libro que compendia varios géneros, poema didáctico, epopeya, el diálogo, la disputa sapiencial, la lamentación y el drama. Es un rasgo muy notable la distribución, y abundancia, de los nombres divinos (Yahvé, El, Eloah, Shadday, Elohim).
Job es, en el fondo, un libro sapiencial que presenta antecedentes en las sabidurías de Mesopotamia e, incluso, de Egipto. Es el caso de El hombre y su dios,  un escrito en lengua sumeria de alrededor de 2000 a.e.c.; Ludlul bel nemequi (Alabaré al Señor de la sabiduría), un documento en babilónico antiguo, cuyo origen parece encontrarse en la época casita; y el poema acróstico Diálogo de un hombre con su amigo (Teodicea babilónica), escrito en lengua neobabilónica, entre 1000 y 800 a.e.c.
El libro, en fin, es una obra de ficción. Job es un caso, eso sí, límite,  con el cual se puede estudiar un determinado problema que, desde luego, es real.
El libro del Eclesiastés se titula Discurso de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. Aunque no se conoce el autor, probablemente fue un acomodado judío culto de Jerusalén, que ejerció su magisterio públicamente. La composición del texto debió ser en el siglo III a.e.c., en la Palestina tolemaica.
El libro no posee un género literario específico expositivo. Se le ha calificado como testamento real, diatriba, colección de sentencias y reflexiones (meditación, pensamientos). Se encuentran  en el libro del Eclesiastés observaciones, proverbios, instrucciones y consejos, además de lamentaciones, bendiciones, alegorías y parábolas. La obra se puede considerar un monólogo o un soliloquio, en tanto que autor usa las opiniones de los demás para discutirlas o rectificarlas si es necesario.
Ha sido comparado con la literatura cínica y pesimista de Egipto y de Mesopotamia. En el caso egipcio con la Instrucción de Ptahhotep, las Quejas del campesino elocuente, la Canción del arpista y la Disputa sobre el suicidio; en tanto que en el de Mesopotamia se le ha puesto a la par con Diálogo del pesimismo. Incluso ha habido paralelos con cierta lírica griega arcaica, en específico la obra de Teognis.
El posicionamiento de Qohélet es, en fin, personal, se desliga de la tradición y tiene pretensiones globales; esto es, intenta erigirse encima de las experiencias con la finalidad de hallar un juicio de conjunto sobre la realidad y la vida.

Bibliografía referencial


Alonso Schökel, L., Manual de poética hebrea, edit. Cristiandad, Madrid, 1987
García Cordero, M., Biblia y legado del antiguo Oriente, B.A.C., Madrid, 1977
Lévêque, J., Sabidurías del antiguo Egipto, EVD, Estella, 1984
_________., Sabidurías de Mesopotamia, EVD, Estella, 1996
Morla, V., Literatura sapiencial y otros escritos, EVD, Estella, 1994
Vílchez, J., Sabiduría y sabios en Israel, EVD, Estella, 1995
Von Rad, G., La sabiduría en Israel. Los sapienciales. Lo sapiencial, edic. Fax, Madrid, 1973.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR, junio, 2018.


[1] También existieron proverbios numéricos, emparentados con el enigma y con la enseñanza, así como el proverbio comparativo, en el que se busca similitud entre dos miembros, para describir alguna situación, o también para sopesar o aprobar una conducta sobre alguna otra.

10 de abril de 2018

Componentes espacio-temporales de los dioses en la antigua Roma (I)


Los dioses romanos, conceptualizados como seres humanos, tenían un lugar en el mundo terrenal, en el cual se movían con bastante libertad.  En este sentido, como todas las deidades romanas podían ser invocadas, tal invocación suponía una cierta proximidad espacial al que invoca. Los dioses mayores se conceptualizaron conectados a lugares específicos, habitualmente señalados con un altar, un santuario o un templo; es decir,  a través de formas arquitectónicas. Como en el caso de los griegos, los dioses romanos vivían en el mundo en un contexto civil, interactuando con los seres humanos.
El conjunto de dioses funcionales, conceptualizados sobre la fase de sus funciones, raramente recibieron un reconocimiento oficial en la topografía urbana (foco espacial), ni tampoco en el calendario (focalización temporal). No fueron, asimismo, caracterizados por rituales particulares o por una específica iconografía. Algo semejante ocurrió con las deidades antiguas, mantenidas vivas gracias a la tradición de los pontífices, como fue el caso de Falacer.
Sin embargo, en ocasiones, la esfera de competencias de una determinada divinidad pudo haber determinado la elección de una localización concreta. Un ejemplo destacado es la ubicación fuera del pomerium de los dioses de la salud, como el caso de Apolo, en el Campo de Marte o Esculapio en la isla del Tíber, un hecho que pudo haber sido interpretado como un intento de alejar de la antigua ciudad las enfermedades, asociadas con tales dioses. Ambos dioses vinculados con los aspectos curativos fueron situados no solamente al margen del pomerium, sino próximos entre sí.
Por otra parte, la estatua de culto de un dios específico, es decir, el foco iconográfico de un culto particular, se vinculaba también de modo directo con el foco espacial de tal deidad.   
El más relevante dios de la vida pública romana  con el paso del tiempo fue, sin duda, Júpiter. Al ser conceptualizada la forma divina se hizo vinculándola localmente a un número de lugares de la ciudad. El foco especial más destacado del culto del dios fue el área del templo sobre el Capitolio, una zona alrededor de la cual surgió un centro económico y político hacia el siglo VII a.e.c. Como no podía ser de otra manera, la deidad que encarnase la idea de esta estructura urbana centralizada tenía que ser colocada en su centro.
La tríada capitolina también acabaría siendo instalada en el Quirinal (Capitolium Vetus), un hecho que fue dictado por las condiciones políticas. Del mismo modo, dobles del templo Capitolino de Iuppiter Optimus Maximus fueron establecidos en los lugares de mercado de las colonias romanas. La ubicación en el centro político de las ciudades era, evidentemente, un mecanismo de propaganda política.
El espacio también fue un concepto constituyente de los dioses no oficiales y sus cultos, como ocurrió en el caso de Baco a principios del siglo II a.e.c. La colina del Aventino fue la que se conectó de modo particular con el culto del dios, tal vez originalmente como un vástago no oficial del culto de Liber, quien fue adorada como parte de la tríada del Aventino desde, por lo menos, los inicios del siglo V a.e.c. Además, fue en la vecindad del Aventino y, por lo tanto, allende el pomerium, en donde se estableció  la cueva de Stimula (Semele), con un santuario (sacrarium) dedicado a ella, a su hijo o, incluso, a ambos.  El culto de Semele sería concebido como el otro, el “lado oscuro” de la tríada del Aventino.
Las deidades importadas por Roma siguieron el mismo patrón de los dioses tradicionales. La mayoría fueron asociadas a áreas especialmente establecidas. Así, por ejemplo, el primer foco especial del culto de la Isis egipcia fue situado en la colina Capitolina. De hecho, la evidencia epigráfica, que data de la mitad del siglo I a.e.c., atestigua la existencia de sacerdotes se Isis Capitolina.  
En lo tocante a la adoración imperial, existen diferencias relevantes. La aparición de la figura del emperador en varios establecimientos espaciales fue modelada a partir de esa de los dioses tradicionales. Mientras el emperador vivía existía una focalización indirecta de su divinidad, verificada en la ausencia de templos, pero al morir, se erigía un templo en su nombre.  Una focalización espacial indirecta puede ilustrarse en la adoración de Augusto en los cruces de caminos. Hacia el 7 a.e.c. Augusto reorganizó el mapa administrativo de Roma, dividiéndola en cuatro regiones y doscientas sesenta y cinco distritos residenciales (vici). En cada uno de estos el emperador estableció uno o varios santuarios (compita), en los que los Lares de la casa imperial, los Lares Augusti, eran adorados y reverenciados.  A hacer esto Augusto modificó el antiguo culto de los Lares Compitales, tradicionalmente adorados en los cruces de caminos, y que tenían su propio festival, los Lararia o Compitalia.  
En virtud de la presencia de numerosos distritos y de que en cada uno pudiera erigirse más de un simple santuario, muy probablemente, los Lares de Augusto estuvieron presentes, desde ese momento en adelante,  en el nuevo contexto divino a lo largo y ancho de Roma. Sin embargo, paulatinamente, Augusto y sus sucesores, aunque siguieron siendo afables con tal asimilación, fueron inclinándose hacia una identificación directa con lo divino en Roma durante su tiempo de vida. En este orden de cosas, Augusto dedicó un templo a Apolo en las cercanías de su residencia en el Palatino en 28 a.e.c., una localización que conducía, de modo automático, a la asimilación conceptual del princeps al dios que había elegido como deidad tutelar.
No resulta extraño que el templo operase como un punto focal de la propaganda augústea, tanto culturalmente, con una biblioteca de autores grecorromanos vinculada a él, y políticamente, con las reuniones senatoriales allí celebradas, como religiosamente, con los Libros Sibilinos guardados en su interior. Vívía, por consiguiente, cerca de su deidad tutelar, llevando a cabo un proceso de asimilación más que de identificación (al contrario de lo que había ocurrido con César aun durante su vida).
Después de su fallecimiento, fue honrado con la erección de dos santuarios mayores en Roma. Le fue consagrado un sacrarium en el Palatino en los años treinta de la primera centuria de nuestra era, más tarde transformado en templo en época de Claudio. A ello hay que sumarle el templo del Divus Augustus, aprobado por el Senado en el año 14 a partir del precedente del del Divus Iulius, e inaugurado en el 37 bajo el mandato de Calígula.
Una vez que un lugar se consagraba a una divinidad normalmente permanecía en su posesión de manera exclusiva. Sin embargo, existieron excepciones. En los inicios de la República, no obstante, los marcos espaciales de los dioses no fueron siempre irrevocablemente fijados. Un foco espacial preexistente podría ser “limpiado” de una divinidad, que sería relegada a otro sitio (exauguratio). Un ejemplo sintomático ocurrió cuando el templo Capitolino fue construido, pues un buen número de dioses fue relegado. Aun así, Iuventus, Terminus (algunas fuentes hablan también de Marte y, quizá, Summanus, resistieron y fueron integrados en el nuevo santuario de Júpiter.
En ciertas condiciones, un dios podría traspasar su territorio consagrado a otro. Esto ocurrió, por ejemplo, con la construcción del Templo B (de la Fortuna huiusce diei), erigido al final del siglo II a.e.c. en la misma área del Templo C (de Iuturna), levantado a mediados del siglo anterior, en la región sacra del Largo Argentina. Por otra parte, Cneo Flavio dedicó un templo de la Concordia in area Vulcani, a fines del siglo IV a.e.c.
Incluso era posible una completa abolición de un foco especial, aunque era muy raro, salvo que el culto fuera oficialmente abolido, como fue el caso concreto de las Bacchanalia. Cicerón llegó a ver la demolición del santuario de Libertas en 57 a.e.c. El edificio había sido erigido en recintos privados por Clodio el año anterior y, además, se había consagrado violando una lay pontifical. El templo de Pietas, dedicado a la diosa personificada al comienzo del siglo II a.e.c. fue derruido cuando en 44 a.e.c. un teatro (luego el Teatro de Marcelo), fue erigido en el, mismo lugar. En cualquier caso, la gran mayoría de los lugares espaciales de los cultos romanos fueron innegablemente estables y relativamente exclusivos, lo que implica que hay una interacción entre el marco funcional y el foco espacial.
Pueden distinguirse tres categorías en relación a las deidades romanas y sus ámbitos espaciales. En primer lugar, dioses con lugares funcionales vinculados pero adorados en distintos santuarios; en segundo término, deidades con lugares funcionales asociados pero adorados en distintas cella dentro del mismo santuario o (pasando por encima de la disciplina augural), en la misma cella pero en la forma de diferentes estatuas cultuales; en tercer lugar, dioses con lugares funcionales vinculados que emergieron de tal modo que fueron adorados como una simple deidad en la forma de una simple estatua cultual más que como distintas deidades.
En relación a la primera categoría  se puede citar el santuario de Carmenta, diosa de la fertilidad y el nacimiento, que estuvo situado en la proximidad del templo de Mater Matuta, deidad de las matronas. Ambas edificaciones se encontraban localizadas a los pies del Capitolio, y es muy probable que los dos templos se complementasen uno al otro en términos rituales.
En lo tocante a la segunda categoría, dioses diferentes con focos funcionales asociados pero guarecidos en la misma cella o templo, se pueden hallar muchos más ejemplos. En estos casos, la relación funcional a menudo se expresa a través de vínculos ficticios de parentesco divino, adoptados y modelados a partir de conceptos griegos. Un caso paradigmático es el de la Tríada Capitolina. La combinación Júpiter-Juno estuvo influenciada por las focalizaciones funcionales de la pareja griega Zeus-Hera. Minerva, por su parte, la Atenea Polias, hija de Júpiter y protectora (según el mito griego) de las ciudades, se une a este grupo de dioses tutelares por parentesco[1]. La tríada, por lo tanto, estuvo motivada por la interacción de los focos funcionales de los dioses helenos.
Un episodio especial de grupos divinos fundamentados en la complementariedad de los focos funcionales, y cuyas estatuas cultuales se reunieron cerca unas de otras, fue el de aquellas deidades acompañadas por las denominadas consortes divinas. Hubo una complementariedad expresada a través de vínculos sexuales, subsumida, en ocasiones, bajo el culto de una deidad auxiliar del sexo contrario, que era, normalmente, adorada como “consorte”.
No fue inusual que tales consortes acabasen adquiriendo una considerable independencia con el paso del tiempo. Un ejemplo destacado fue el de Sarapis, cuya popularidad se incrementó tras el ascenso de su más famosa contrapartida femenina, Isis, en el siglo I, de la que llegó a ser su pareja consolidada desde el siglo II en adelante.  Algo semejante aconteció con Atis, consorte de la Magna Mater, cuyo culto unido data del período republicano, si bien se hizo célebre a partir de la primera centuria en adelante.
Otro caso peculiar de la influencia de la complementariedad funcional fue la conceptualización espacial unida de los emperadores divinizados.  Hasta el final del siglo II, la divinidad del emperador fallecido se señalaba por un templo, pero cuando el número de Divi se incrementó y el espacio urbano disponible disminuyó drásticamente, hubo necesidad de restringir el número de lugares del culto imperial. En consecuencia, las estatuas de culto de los Divi fueron cada vez más asiduamente localizadas en lugares varios templa, aedes, porticus, de anteriores emperadores divinizados, como los del Divus Augustus en el Palatino o el Divus Titus en el Campo de Marte.
Acerca de la tercera categoría, que supone el surgimiento de focos espaciales, conceptuales y funcionales de dos deidades, se puede destacar el caso de Semo Sancus Dius Fidius. El último es un nombre divino compuesto que representaba originalmente dos deidades independientes Semo Sancus y Dius Fidius (a veces como Deus en algunas inscripciones). Un templo sobre el Quirinal fue inicialmente dedicado a Dius Fidius al principio del siglo V a.e.c. Fue construido por Tarquinio el Soberbio, y consagrado por Espurio Postumio en 466 a.e.c.  La transferencia de Sancus desde el territorio de los Sabinos hasta Roma se asoció, tradicionalmente, al célebre rey sabino Tito Tacio.
Otro caso de asimilación divina análoga pudo haber sido el de  Iuppiter Feretrius. Si ese fue el caso, sería un paralelo también del Iuppiter Summanus.
Las sinagogas de atestiguan en Roma al menos desde el siglo I. No obstante, el foco especial del culto judío era el templo de Jerusalén, con su ritualidad propia. Pero cuando el templo fue destruido por los romanos en 70, muchas de sus funciones y liturgia fueron transferidas a las sinagogas en  la diáspora. La adoración del dios judío llegó a ser, en consecuencia,  focalizado no en el espacio sino en el ritual. Como resultado de tal desfocalización espacial del culto del dios judío se produjo una estandarización de la liturgia sinagogal.
Con la destrucción del templo en Jerusalén también el culto cristiano perdería su foco espacial. Minucio Félix  y Justino, comentan al respecto que, en todo caso, un edificio no puede contener a Dios, y que  no puede estar constreñido por un lugar en concreto. El cristianismo romano fue, entonces, deliberadamente elusivo en términos de espacio. Esto hizo al culto cristiano virtualmente inmune a cualquier tipo de interferencia y, a la vez, propició su flexibilidad, pudiendo ser difundido sin invertir grandes capitales. Tal vez  la única posible excepción haya sido la tumba de Pedro, bajo la basílica que lleva su nombre, y en donde es probable que hubiera habido algún tipo de veneración durante el siglo II.
El dios cristiano fue, en sus inicios, adorado en establecimientos exclusivamente privados, en lugares temporalmente empleados para llevar a cabo determinadas observancias religiosas, como pudieron ser edificaciones para varias finalidades e, incluso, cementerios. Los primeros ejemplos de edificaciones diseñadas para un uso religioso permanente se datan a mediados del siglo III, y no se ubicaron en Roma, sino en la zona oriental del imperio, como los conocidos casos de Dura Europos o Edesa. 
La espacialización sistemática del cristianismo fue inventada por el emperador Constantino, quien adoptó la práctica pagana de atribuir un espacio específico al concepto divino, aplicándolo al nuevo dios, y no únicamente por cuestiones de piedad popular. De hecho, la primera iglesia oficial romana fue la Basilica Constantiniana, de comienzos del siglo IV. Además de la creación de un espacio urbano especifico para el nuevo culto, Constantino estableció una nueva tipología arquitectónica como marca del espacio, la basílica. Comenzaba de esta manera la espacialización a gran escala del dios cristiano.
El cristianismo ha sido conceptualmente hablando, al menos en el principio, indiferente al espacio, debido al monoteísmo y a la falta de recursos económicos. No era deseable, ni lógico, que una presencia y un poder universal de un único dios tuviesen una única y específica unidad espacial para su adoración.
En definitiva, el paganismo se caracterizó por una regular atribución de un espacio concreto a las entidades divinas. En términos de formas arquitectónicas, tal espacio no difería en esencia, de una deidad a otra (salvando casos singulares, como el de las cavernas de Mitra). Los constituyentes habituales del espacio divino eran un altar y un templo, además de accesorios secundarios asociados a la naturaleza del dios individual, como la estatua cultual y su específica iconografía, o los hogares de los templos dedicados a Vesta. El mecanismo normal de expresión de la gradación de relevancia dentro de la jerarquía de varias divinidades no era la forma de la arquitectura, sino el tamaño de la edificación, el material usado en la construcción o la ejecución técnica de los marcadores espaciales.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR, abril, 2018


[1] De acuerdo a la Disciplina Etrusca, para que las ciudades pudiesen ser legalmente fundadas (iustas urbes) debían poseer tres calles, tres puertas y tres templos.  En cualquier caso, tal proyección de condiciones no es segura. La Tríada es mencionada, asimismo, por Pausanias (X, 5,2) en un santuario provincial en Focis.