27 de abril de 2006

Fuentes e Historiografía budista en español

Fuentes e historiografía budista en español
Prof. Julio López


Los estudios, monografías, indagaciones y trabajos sesudos y serios sobre budismo en español son, hoy en día, y cada vez más, relativamente numerosos y accesibles, aunque todavía representan una minoría significativa en relación a los de otros idiomas como el inglés o francés, en especial en lo referente a investigaciones más específicas que tengan como inicial motivación la historia y esencia de la doctrina budista. Mucho mayor es el desnivel si hablamos de autores españoles o hispanoamericanos frente a los investigadores ingleses, franceses, italianos o estadounidenses, aunque paulatinamente vemos, con renovadas esperanzas, como va aumentando la preocupación e interés por los estudios filosófico-religiosos orientales en el seno de la comunidad hispano-hablante y se van realizando notables esfuerzos editoriales que permitan el acceso a originales y traducciones de gran calidad en la mayoría de los casos. En este sentido, es necesario rescatar del anonimato la pionera labor en España del padre jesuita Jesús López-Gay, del también jesuita Joaquín Pérez-Remón, del sacerdote Raimundo Pannikar, de Gómez Bosque, Abraham Vélez o, más recientemente, de Francisco R. Adrados, cuya muy actual traducción y comentarios críticos a los edictos en roca de Asoka han sido motivo de una reciente reseña por nuestra parte en la revista Montalbán de la UCAB; así mismo, se debe recordar el desempeño en México de destacados profesores de El Colegio de México, con personalidades como Graciela de la Lama, y el ingente y magnífico trabajo de traducción de escritos mahayánicos y las profundas reflexiones sobre las filosofías y religiones indias en general de los argentinos Fernando Tola y Carmen Dragonetti, y en menor medida, la participación de Liliana G. Daris. En los años 80 y 90 han salido a la luz relevantes aportaciones de la mano de N. Mahatera y A. Solé-Leris, que han traducido y comentado algunos de los textos primordiales del Tripitaka, es decir, del Canon Pali, esencia del budismo hinayánico. En nuestro país, no debemos relegar al olvido la actividad que en la ULA de Mérida los profesores E. Capriles, Hernán Lucena e Ismael Cejas, en el seno del Centro de Estudios de África y Asia desempeñan con esmero y dedicación, promoviendo diferentes eventos y propiciando publicaciones esporádicas, como el significativo compendio titulado África y Asia: Diálogos en Venezuela, que salió a la luz en 1998. En íntima relación con las investigaciones andinas debemos mencionar, finalmente, al profesor y amigo Carlos Rocha, experto sanscritista de específica dedicación a la literatura védica.
Desde hace ya algunos años, algunas editoriales han rescatado antiguos y siempre fundamentales estudios de autores indios o de alguna de las regiones del subcontinente, como A.K. Coomaraswamy, Narada Thera o H. Saddhatissa, y también japoneses, como los muy conocidos D.T. Suzuki y D. Ikeda, así como otros trabajos más modernos, de investigadores anglófonos y francófonos, como es el caso de las obras de los investigadores y especialistas de más reciente traducción a nuestro idioma, A. Bareau, J. Boisselier, W. Stoddart, H.W. Schumann, Carter Scott y T. Lowenstein, entre otros. Desde esta perspectiva debemos congratularnos, especialistas o aficionados, ante la decidida opción de acercar el mundo del budismo en particular, y el pensamiento y mentalidad oriental, en general, indio, chino y japonés, al gran público y a los investigadores actuales a través de editoriales como la barcelonesa Paidós, en su sección Orientalia, la también catalana Kairós, las ediciones mallorquinas de Sophia Perennis, a cargo de J.J. de Olañeta, las del grupo Zeta, las ya clásicas de la editorial Mensajero, las novedosas de la madrileña Trotta, a través de la colección Pliegos de Oriente, las esporádicas de RBA, algunas recientes de la renovada Monte Ávila caraqueña y, principalmente, las de Edaf y Miraguano. A pesar de que, en ocasiones, se parte de trabajos historiográficos originales en inglés, francés o alemán, fruto de editoriales emblemáticas en el campo de estudio de la religiosidad occidental y oriental, como las francesas Gallimard, Presses Universitaires de France, la inglesa Thames & Hudson, la italiana Arnoldo Mondadori, o aquellas de las universidades inglesas y norteamericanas, en especial, Cambridge, Yale y Princeton, la reciente y continuada proliferación de traducciones responde a una nueva e inusitada valoración por conocer profunda y profusamente la mentalidad de los habitantes de aquellas culturas que, desde los tiempos de los primeros sinólogos e indólogos, allá por el siglo XVIII, han despertado interés en los estudiosos occidentales. Quizá, hoy más que nunca, se siente la necesidad de recoger y entender, en todas sus dimensiones, los testimonios de unas culturas que siguen destilando rancio exotismo, pero desde una óptica no trivializada y en ocasiones vulgarizada, como la que en muchos casos se ha vertido en páginas de obras que reciben la común etiqueta de trabajos de auto-ayuda o de índole y orientación esotérica. En Latinoamérica, específicamente en Argentina y México, la labor desplegada en las universidades, con meritorias bibliotecas plenas de bibliografía y fuentes orientales, como la mexicana Daniel Cosío Villegas, y en el campo editorial (F.C.E., Emecé editores, por ejemplo), ha propiciado la consolidación de algunas de las revistas especializadas más importantes del mundo, como Estudios Orientales y Estudios de Asia y África, de El Colegio de México. En este mismo orden de cosas, el recurso de la red en Internet se ha convertido en una imperiosa necesidad, con la presencia digitalizada de trabajos esenciales y de artículos especializados, con una gran masa de información precisa y pormenorizada; es el caso de Internet Sacred Text Archives, para las fuentes clásicas, diversos centros de foros en español, revistas digitalizadas, como Philosophy East and West, y sites como aboutbuddha.org, buddhanet.net, baolin.org o buddhadharma.net. En lo que respecta, sin embargo, a los trabajos iconográficos, sobre arte y estética budista, es perentorio comentar la escasez de materiales en español e, incluso, en idiomas occidentales, básicamente inglés. En esta última lengua son muy sobresalientes, no obstante, los fascinantes, aunque antiguos, repertorios de Osvald Sirén, y los libros de R.E. Fisher, sobre arte y arquitectura búdica en Asia y Meher McArthur, acerca de los símbolos asociados a las representaciones budistas en India y Asia oriental. En nuestro idioma sólo contamos con las obras de síntesis de autoras como Carmen García-Ormaechea y con traducciones de clásicos como Roy C. Craven (Indian Art) o de trabajos específicos como el de J. Boisselier al respecto de los mudras o gestos simbólicos de las esculturas del Buda y los boddhisattvas, entendidos como un lenguaje codificado y estereotipado de comunicación con el fiel. En Internet no podemos dejar de hacer alusión a los muy destacables trabajos de investigación dependientes del Indira Gandhi Nacional Centre for the Arts, New Delhi, y a los artículos digitalizados de revistas de renombre, ya legendarias, como Art Journal, Ars Orientalis o Artibus Asiae.
El acercamiento de las fuentes al público hispano ha sido también notable en los últimos años, en algunos casos por medio de cuidadas ediciones bilingües, que se muestran como las más apropiadas, y en particular, a través de la serie temática de Edaf que, entre otros testimonios, recoge algunos de los textos y escrituras esenciales del budismo, desde el Anguttara Nikaya al Dhammapada, pasando por las antologías del Canon Pali, fundamento escrito primordial, desde el siglo I a.C., de toda la tradición oral que engloba el budismo hinayánico más primitivo. Del mismo modo, la colección de la editorial Miraguano, cuyo decidido impulso y esfuerzo por aproximar la literatura popular, los mitos, leyendas, tradiciones y cuentos de un conjunto de pueblos y etnias de rico acervo cultural, al público de habla hispana común y también al más especializado en los estudios antropológicos e históricos, es digno de mención y reconocimiento, ha dedicado algunas interesantes páginas, a través de las traducciones y análisis de Daniel de Palma, a sintetizar y glosar brevemente ciertas fuentes documentales y textos esenciales del budismo, específicamente el Majjhima Nikaya, el Digha Nikaya (que ya contaba con una muy loable traducción e interpretación de Carmen Dragonetti en Monte Ávila del año 1977) y los Jataka, éstos últimos, las fascinantes historias de los nacimientos previos del Buda histórico. A estas iniciativas debe unirse la traducción del Milindapanha, diálogo entre el rey greco-indio Milinda (Menandro en griego), y el moje budista Nagasena, en la colección Aurum de MRA editorial. Sólo restarían por verterse convenientemente al español, de este modo, tres de las principales fuentes para conocer la vida legendaria del Buda: el Buddhavamsa, que relata la existencia de los 24 budas anteriores, el Lalitavistara, referido a la vida mítica del Iluminado, y el Buddhacharita de Ashvagosha, su biografía versificada, cuya traducción clásica, al inglés, se llevó a cabo a fines del siglo XIX por parte de E.B. Cowell, F. Max Müller y J. Takakusu. En detrimento de estas colecciones debe mencionarse, sin embargo, la escasez de aparato crítico en algunas secciones textuales, a pesar de las interesantes introducciones y prólogos realizadas por prestigiosos eruditos del pensamiento indio, como Ramiro Calle, Ana Agud o Francisco Rubio, o los comentarios del propio D. de Palma sobre el contexto socio-económico e histórico en el que se enmarcan los textos editados. Si obviamos, por un instante, estos aportes, la penetración profunda a las fuentes budistas todavía ha de hacerse mayormente en chino, sánscrito o japonés (a través del Taisho Daizokyo), o por medio de las grandes colecciones inglesas, francesas e italianas, fruto maduro del trabajo, a veces colectivo, y siempre minucioso, de autores hoy emblemáticos como T.W. Rhys Davids, James Legge o Max Müller, o los más recientes, A. Waley y T. de Bary, fundamentalmente, la londinense Pali Text Society y la colección Sacred Books of the East, editados en Oxford, la P. Pelliot Collection de la Bibliothèque Nationale en París, el Museo Guimet, también parisino, o los fondos del IsIAO (Istituto Italiano per L’Africa e L’Oriente) y las obras del Museo Nazionale d’Arte Orientale en la ciudad de Roma.
Algunos de los más recientes trabajos genéricos, biográficos y doctrinales, en nuestro idioma, sobre el discurrir histórico del budismo y su filosofía, presentan una organización clásica pero muy apropiada para propiciar la transmisión de la esencia búdica y abrir la perspectiva de enfoques posteriores más profundos por parte de los nuevos y más audaces investigadores. La obra de R. Panikkar, El silencio del Buda. Una introducción al ateísmo religioso, editorial RBA, de 1996, reeditada en 2002, P. Harvey, El Budismo, Cambridge University Press, y la de J. Boisselier, La sabiduría de Buda, ediciones Zeta, estas últimas de 1998, así como las de T. Lowenstein, El Despertar del Buda, Duncan Publishers, del 2001, W. Stoddart, El Budismo, Sophia Perennis, del año 2002 y H.W. Schumann, Buda, Ariel, también del 2002, nos servirán de marco de referencia, como útil guía en nuestras siguientes apreciaciones. En todas ellas, el recorrido se inicia con la vida y hazañas del Buda histórico, el Sakyamuni, y su particular renuncia a la vida mundana motivada por las visiones de aquella realidad que propicia la impermanencia de las cosas, la transitoriedad e insustancialidad, así como el condicionamiento causal de todo, y el sufrimiento en el mundo, y por añadidura, en el hombre: la enfermedad, la vejez o la muerte, y que le impulsan a seguir una vida de renuncia mundana a través de un sendero que le conduce a la única realidad suprema, el Nirvana, la Iluminación. Su Despertar a la sombra del árbol Bodhi, verdadera iniciación, genera una larga vida errante de maestría y enseñanza ético-moral que propicia en todo aquel que le escucha el nacimiento seguro de su propia senda tendente a la liberación. Desde la prédica inicial en Sarnath, y por medio de sus distinguidos discípulos, el Buda, ese símbolo de autocontrol mental y guía moral, especifica con claridad la metafísica esencial y relativamente sencilla de su doctrina aplicada sobre el ser humano: el mundo fenoménico es sufrimiento; éste tiene una causa, el deseo fruto de la ignorancia; existe un modo de superar y eliminar ese motivo a través de un sendero moral compuesto por ocho nobles preceptos que suponen un camino medio, equilibrado, entre los excesos y extremos que supone la vida relajada de goce extremo de los placeres y la dura existencia auto-mortificante de un ascetismo radical. Este planteamiento básico ha proporcionado el armazón necesario para considerar al budismo desde muchas ópticas: como una religión, una filosofía, pero, sobre todo, como una trocha vital, una opción propuesta y no impuesta que ayuda a extinguir el dolor, una especie de lógica curativa, de medicina vital, moralizante, simple y accesible a todos. Se concluye que el Buda no crea absolutamente nada, solamente enseña un camino que ya existía con mucha anterioridad a su predicación.
La conformación de la comunidad monástica, samgha, con sus teóricos rectos preceptos limitantes, en muchas ocasiones incumplidos, y el señalamiento de las diferencias surgidas entre las dos grandes corrientes budistas, Hinayana y Mahayana, continúan la vía abierta previamente. El budismo primitivo, Hinayana, hoy conservado en su vertiente Theravada en el sudeste asiático, parte del principio según el cual sólo el sabio-monje puede alcanzar la liberación, en tanto el laico únicamente puede aspirar, según sus acciones y méritos, a mejores renacimientos futuros. Este ideal del arhat, limitado al ámbito monástico y, por ende, rígido y hasta exclusivista, fue criticado y superado por la versión universalista, compasiva y trascendentalista del desarrollo mahayánico, vivenciado a través del altruista bodhisattva que ayuda a los demás a seguir el camino de la Ultima Realidad. El shunyata (vacío), o insustancialidad mundana, es la verdad suprema que sólo se percibe intuitivamente, y por ello, se muestra superior a la vida mundana fenoménica, simplemente aparente e ilusoria. La nueva visión compasiva y mística del Gran Vehículo, necesaria para impulsar la expansión budista por Asia central y el extremo-oriente del continente, captará la esencia de los distintos Budas como divinidades y propiciará la imagen antropomorfa del Iluminado como un requisito primordial a la hora de propagar la nueva fe entre culturas completamente disímiles a la del brahmanismo del subcontinente, de donde procede el budismo, y entre grupos iletrados incapaces de entender la doctrina, y la lengua en la que ésta se expresa, o limitados en la profunda comprensión de las abstractas verdades filosóficas planteadas por la fe del Tathagata.
Salvo el trabajo de J. Boisselier, entregado exclusivamente a la vida y prédica del Buda y a la configuración de las diferentes escuelas budistas por mediación de los concilios celebrados en la antigüedad, y el de H.W. Schumann, una biografía con la novedosa particularidad de hacer un enfático tratamiento arqueológico de los lugares asociados a la vida y viajes de enseñanza y adoctrinamiento del Buda y del medio ambiente que debió conocer durante su vida biológica, los demás títulos presentan apartados referidos a una de las características más notables de la doctrina del Iluminado: su exilio indio y la expansión por toda Asia centro-oriental. Además, las obras de P. Harvey y T. Lowenstein, culminan con una visión del budismo en la actualidad, tanto en occidente como en oriente, haciendo especial hincapié en la creciente tendencia de muchos occidentales de optar por la espiritualidad búdica y su tolerante método, pleno de características no impositivas ni exclusivistas, como un ofrecimiento indirecto para el desahogo de las fuertes tensiones psico-sociales presentes en aquellas sociedades industrializadas o post-industriales, altamente secularizadas, fuertemente competitivas y que parecen transitar hacia un mundo cada vez más deshumanizado y carente de estímulos.
A través de la famosa Ruta de la Seda, desde Asia central hasta China y desde ahí a Japón, y el enlace marítimo meridional hacia el sudeste de Asia, el budismo se abrió camino desde el siglo I hacia nuevos territorios y culturas extrañas, adquiriendo la madurez necesaria para convertirse, de ahí en adelante, en una religión y una cultura universal panasiática. En China, Corea y Japón, el desarrollo mahayánico, flexible, ecuménico y adaptativo, da lugar a budismos propios entre los que el Zen es el más destacado, conocido y aplicado. La particularidad de un budismo errante asevera el carácter misionero de la doctrina que, aunque tendente a la disgregación pero sin perder nunca la unidad de los preceptos básicos, crea y desarrolla diversidad de mensajes dependiendo de las particularidades locales, las culturas regionales y las diferentes épocas históricas. Con el tiempo, su capacidad adaptativo-camaleónica, la ausencia de rigidez dogmática y la creación de numerosos desarrollos particulares y teologías cada vez más complejas y dispares entre sí en el seno de las escuelas y agrupaciones monásticas, adaptables y adaptados a sensibilidades diferentes en distintos pueblos, convierten al budismo en una religión exitosa y altamente competitiva, especialmente durante el primer milenio de nuestra era, capaz de influir y modificar algunas de las cualidades culturales con las que se encuentra en su peregrinar, especialmente en China y Japón.
El carácter universalista y la condición de religión mayor al lado del cristianismo, islamismo e hinduismo, han conducido al budismo hacia valoraciones comparativas con otras doctrinas, particularmente el cristianismo, destacándose paralelos interesantes e ideas y nociones casi comunes o, al menos, semejantes, que merecen, sin ninguna duda, estudios mucho más complejos que los sugeridos por H. von Glasenapp, en su obra clásica titulada El Budismo: una religión sin Dios, editada por primera vez en español por Seix Barral en 1974 (sobre la que también hemos hecho una breve reseña en Montalbán), el propio W. Stoddart o, ya hace unos años, por el prestigioso Roger Rivière, en obras como El pensamiento filosófico de Asia, de mediados de los años sesenta del siglo pasado. En este sentido, el trabajo, siempre cargado de erudición, del mencionado R.Panikkar, ofrece una inteligente visión del carácter salvador y liberador de budismo y cristianismo a través de la teología asociada a sus entidades primordiales, Buda y Cristo, respectivamente, que sigue siendo una referencia óptima para todo aquel que pretenda transitar por los intrincados vericuetos místico-filosóficos que presenta la doctrina búdica. Interrogantes sugerentes en torno a por qué el budismo no se expandió de un modo tan efectivo y exitoso hacia occidente cuando la reacción ortodoxa del brahmanismo hinduista y la presencia de los primeros enclaves islámicos obligaron a un definitivo exilio de la doctrina de su lugar de nacimiento, en relación a qué papel pudo desempeñar Persia como muro de contención ideológico y orográfico en un pretendido avance, o sobre qué grado de competencia ejerció la figura de Cristo a la del Buda que la pudiese opacar, permanecen, todavía en la actualidad, en un mar de dudas y, por ese motivo, deben abrir variadas expectativas sobre estudios específicos de gran calado en un corto plazo.
De una forma general, los trabajos historiográficos reseñados culminan su andadura con un necesario y siempre orientativo glosario de términos que ayude al lector interesado a manejar un lenguaje específico y al profesional versado a constatar la riqueza semántica del sánscrito y su profunda capacidad de abstracción frente a escrituras y lenguaje más concretos como el caso del chino. La mayoría de los autores refieren los vocablos en sánscrito y pali, casi indistintamente, o señalan su correlación con otros lenguajes asiáticos, preferentemente, el japonés, el chino y el tibetano, y salvo casos específicos (P. Harvey), se entiende la necesidad de prescindir de la acentuación diacrítica y de los retroflexos para beneficiar la lectura y su comprensión, aun a pesar de cierta irreverencia a la hora de limitar la pronunciación exacta según las taxativas normas de la más estricta investigación indológica. Al mismo tiempo, los términos en chino son empleados siguiendo las dos principales fórmulas de romanización y transliteración que ya hemos mencionado, Wade-Giles, el más antiguo y ya hoy usado con menos profusión, y Pinyin, el método oficial del gobierno chino. En cualquier caso, no resulta difícil aquilatar las ligeras diferencias en las grafías que presentan ambos sistemas, y siempre es útil presentar la traducción china por cuanto su canon textual se conserva francamente bien, como ocurre con la compilación tibetana (kangyur y tengyur). Además, hoy es esencial y francamente imprescindible para comprender el budismo en Asia oriental e, incluso, algunos elementos del budismo indio y centro-asiático, los preciosos y complejos relatos de peregrinos chinos famosos, como Faxian o Xuanzang. Afortunadamente, contamos en español con un magnífico diccionario moderno chino-español, fruto original del trabajo erudito de lexicógrafos chinos y sinólogos jesuitas como los Padres Ignacio Arrizabalaga, Miguel Otegui y Carmelo Elorduy, entre otros, allá por los años cincuenta. Estos esfuerzos son, por descontado, el fundamento del Diccionario español de la lengua china, en progreso indetenible desde 1972.
Debemos ser conscientes, por la tanto, y ya para terminar, de que, aunque hay una tradición de estudios budistas en español ciertamente consistente, todavía resta mucho camino por recorrer en referencia a la profundidad y el rigor de las investigaciones budistas en nuestra lengua, sobre todo, en relación directa con el trabajo desempeñado en otros países occidentales, especialmente europeos, como Francia, Gran Bretaña y Alemania, todos ellos de una muy arraigada tradición en los estudios de la cultura oriental india referidos a la lengua (sánscrito), la poesía védica, la historia o la religión en general, ya desde el siglo XVIII, y cuyas indagaciones y trabajos en sus respectivas lenguas nativas aventajan, en número, aunque no siempre necesariamente en calidad, a las existentes en nuestro rico idioma. Creemos, por consiguiente, que es tiempo de intentar nivelar esa tendencia desde cualquier rincón, académico o investigador, de nuestro mundo hispanoamericano, pues tenemos el talento necesario para afrontar con garantías semejante reto.