23 de abril de 2017

La prehistoria europea desde los nuevos estudios genéticos




IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: EL CRÁNEO DE VILLABRUNA, ITALIA; EL ESQUELETO DE LA BRAÑA 1 (LEÓN); Y LA MANDÍBULA DE LA DAMA ROJA, CUEVA DEL MIRÓN, CANTABRIA.
Los estudios genéticos llevados a cabo en los últimos tiempos han sido decisivos a la hora de aclarar el panorama de la prehistoria del continente europeo, particularmente la que corresponde al final del Paleolítico Superior, desde hace 45000 años hasta 13000. Los investigadores, específicamente genetistas, señalan la presencia de momentos poblacionales que reemplazan a otras poblaciones previas a través de migraciones que coinciden con cambios climáticos relevantes. Se establece que neandertales y sapiens se cruzaron de modo eficaz, tuvieron una descendencia fértil, si bien el porcentaje de ADN ha ido disminuyendo de forma gradual, revelando una determinada incompatibilidad evolutiva.
Los primeros sapiens llegaron a Europa hace 45 mil años, pero su huella genética no se encuentra ya en las poblaciones actuales. Las primeras poblaciones con las que persiste cierto parentesco son de hace 37000 años, y se identifican con la cultura lítica auriñaciense (que sustituyó a partir de hace unos 38000 años a la cultura Musteriense), cultura a la se asocian los ejemplos más arcaicos de arte (cueva de Chauvet y un instrumental óseo especializado (flautas)[1]. Era una época en la que seguían predominando las glaciaciones, lo cual debió suponer movimientos de población en dirección al sur o su desaparición definitiva.
Hacia 33 mil aparece otro grupo humano que reemplaza prácticamente por completo al anterior. Esta vez es vinculado con la cultura gravetiense, relacionada con las Venus paleolíticas realizadas en hueso y con los restos de pinturas de manos en negativo. Sin embargo, hace 20 mil o 19000 años reaparecen en el contexto continental algunos descendientes pertenecientes a la cultura auriñaciense. Es posible que sus antepasados hubiese migrado hacia refugios más cálidos en el sur de Europa, entre ellos la Península Ibérica, y que una vez pasados los rigores del frío de la última glaciación, sus descendientes se hubiesen expandido, de nuevo, hacia el norte del continente, recuperando algunos territorios y reemplazando a la población existente. Algunos restos humanos hallados en Cantabria parecen demostrar que los habitantes de esta región estaban emparentados con ellos.
Pero todavía habría habido otra oleada poblacional. Hace 14000 años, una población humana llegada desde el Próximo Oriente se despliega por el continente y se hace dominante, sustituyendo a buena parte (aunque probablemente no a toda) de las poblaciones anteriores. La identificación de esta nueva población se verificó a partir de los restos de un cazador-recolector hallado en Villabruna (Italia). Las marcas genéticas de esta última población se perpetuaron durante varios milenios, como parece demostrar el hallazgo de un cazador-recolector aparecido en el yacimiento de La Braña, en León, datado en 7000 a.e.c., que estaba emparentado con este grupo.
Un aspecto que ha resultado descollante para los investigadores es que los genes del individuo de La Braña muestran que su tez era oscura y, muy probablemente, sus ojos claros. Hasta la aparición de sus ancestros en Europa (14000 a.e.c.), se estima que todos los europeos tenían la piel oscura pero los ojos marrones. Los primeros individuos con genes de pieles más claras vivieron hace unos 13 mil años. Solamente con  la llegada de los primeros agricultores desde Oriente Medio, ya en el Neolítico, la tez blanca se hace más generalizada.


Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-Ugr. Abril, 2017


[1] El fósil humano de la cueva del Mirón, en Cantabria que ha sido nominado como la “Dama Roja”, pertenece al linaje de los primeros pobladores auriñacienses. Está emparentada con un individuo de la Cueva de Goyet, en Bélgica, fechado hace unos 35000 años.

12 de abril de 2017

Características esenciales de las religiones mistéricas en la antigua Roma


En la imagen, la diosa Isis. Museos Capitolinos, Roma.

La religión digamos oficial nunca pudo satisfacer por entero los anhelos espirituales más íntimos del individuo, por lo que desde épocas bastante arcaicas, el ser humano se afanó en buscar otras manifestaciones religiosas, doctrinas y divinidades. En torno a las desdichas humanas y, especialmente en épocas difíciles, duras o convulsas, se buscó la presencia de dioses capaces, de interesarse por los asuntos humanos pero también de ser accesibles a los individuos en virtud de los méritos o esfuerzos personales. Eran divinidades que prometían y podían proporcionar una felicidad que compensara los sufrimientos mundanos.
Los cultos mistéricos son manifestaciones religiosas cuyas raíces se encuentran en  creencias espirituales muy antiguas que se asocian con el nacimiento, muerte y resurrección de la naturaleza. Las religiones mistéricas con ellos vinculados tuvieron su mayor difusión a partir del siglo IV a.e.c., en particular al final de la Guerra del Peloponeso. Alcanzaron su apogeo en época helenística, un tiempo de amplia difusión de creencias e ideologías, pero al tiempo, época difícil y confusa. Más tarde continuarían su andadura en época romana.
En tiempos de Alejandro Magno y de sus sucesores hubo contactos con otras culturas mediterráneas, un factor que provocó el conocimiento de distintas religiones, facilitándose con ello que deidades y doctrinas pudiesen identificarse entre sí. Un espíritu humano más libre, con capacidades e interés en conocer distintos cultos y dioses, pudo elegir entre ellos, tomarlos como personales y otorgarles un carácter salvífico. La complejidad y riqueza de la cultura helenística fue un legado heredado por Roma. Ciertos dioses antiguos (Asclepios, Ártemis o Deméter), así como algunos procedentes de Oriente, caso de Mitra, Cibeles, Isis, Osiris o Atis dieron lugar a ciertas asimilaciones y sincretismos.
En términos genéricos el procedimiento en los cultos mistéricos presentaba varios aspectos análogos. El mysthes (iniciado) era el que realizaba el acto del mystherion: de lo que no se ve, de lo oculto. Las ceremonias eran orgiásticas, en cuanto que los participantes realizaban un acto de agitación, de excitación. Las mismas eran dirigidas por el telestes o sacerdote. Había una serie de caracteres comunes que deben ser destacados. Uno de ellos era el secretismo. Aquellos que poseían los secretos del culto eran sabios sacerdotes o iniciados; otro es el carácter iniciático, lo cual implica un cambio motivado por la relación  con la divinidad. El iniciado adquiría una nueva condición espiritual por mediación de una experiencia personal y directa con lo sacro. Otro elemento esencial es el aspecto soteriológico, pues en términos generales se prometía una “salvación”; esto es, una nueva vida, además de definitiva, con posterioridad a la muerte física. La vida terrenal era solamente el tránsito hacia la espiritual, eterna, en donde la felicidad se alcanzaba al ver o compartir con la divinidad. Las dificultades terrenales que sufría el individuo era una condición de éxito. De ahí que los cultos tuvieran una especial aceptación por parte de las clases más bajas, más pobres y con menos que perder.
La iniciación mistérica era una decisión individual, voluntaria, libre. Era, en este sentido, muy diferente a la práctica de los cultos ciudadanos, caracterizados por su colectividad y obligatoriedad. Además, se acercaba a la inclusión total, al margen de la ciudadanía, pues se admitían mujeres, esclavos o extranjeros. Otro de los elementos clave era su irracionalidad. En tanto que el ideal griego, específicamente clásico, era la racionalidad, la perfección y la acción correcta, las religiones mistéricas propugnaban el éxtasis, la locura, el desenfreno, única manera de alcanzar la identificación y / o la unión con la divinidad. Finalmente, había en las religiones mistéricas un carácter agrario, propio de los dioses de estos cultos. Se preconiza morir para resucitar (Dionisos, Deméter, Osiris), en un nuevo y mejorado estatus.
En la antigüedad griega existían mitos que habían dado origen a ciertas doctrinas de salvación, sólo accesibles a los iniciados, caso del culto de Deméter y el de Diónisos. Sus rituales, las Tesmoforias y  las Antesterías, representaban el ciclo de la vida agraria, desde la muerte de la simiente hasta la renovación vegetal. Estas religiones acabaron asimilándose a la vida ciudadana. De hecho, en Atenas, tanto los misterios de Eleusis como los de Diónisos se integraron en el ámbito de las festividades públicas.
Alrededor del año 200 a.e.c. estos cultos mistéricos llegaron a Roma. Según Livio, los cultos dionisíacos fueron escasamente aceptados en un principio, porque eran exclusivos para las mujeres. Sin embargo, su popularidad creció, en especial desde el momento en que se incluyeron varones gracias a las innovaciones que introdujo una sacerdotisa de Campania, llamada Paculla Annia. Los cambios  consistían en celebrar el ritual del culto por la noche, de forma que acabarían convirtiéndose en cultos secretos y de masas.
Dionisos se presenta como  un dios liberador de las penas y las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades representan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido. A través del éxtasis y la unión con lo sacro se pretende alcanzar el consuelo necesario para sobrellevar los sufrimientos de esta vida. De ahí el gran éxito que obtuvo durante años.
Un rol destacado desempeñaron las deidades egipcias, en particular Osiris e Isis. Isis se convirtió, en época helenística y romana  en una gran diosa, identificándose con otras deidades como Juno, Deméter, la fenicia Astarté y Venus. Hermanas de Osiris eran Isis y Neftis (esposa de su hermano Set), el cual, envidioso de Osiris, le mató. Descuartizó el cuerpo y lo arrojó al Nilo en el interior de un cofre. Isis, su esposa, le buscó por todas partes[1]. Gracias a sus artes mágicas, consiguió devolverlo a la vida. Es por tal motivo que Osiris es el dios de los muertos, aunque también de la esperanza de vida (por eso se le representa con rostro de color verde). Finalmente, el hijo de ambos, Horus, derrotó a Set.
En época helenística y romana, el mito osiriano se identificó con otras divinidades, egipcias y griegas. Incluso se añadieron nuevas divinidades como Serapis y Harpócrates. En los cultos isiacos había procesiones musicales y desfiles de fieles y sacerdotes con la cabeza rapada, portando máscaras y sistros. Iban vestidos con faldellines egipcios. Isis en Roma llegó a convertirse en la deidad de la fertilidad y la fortuna. Sin embargo, sufrió algunas vicisitudes que es necesario destacar. En especial, hay que decir que fue combatida por la familia de Augusto en función de que se la identificaba popularmente con Cleopatra, conocida amante de Cesar y Marco Antonio. No obstante, posteriormente fue protegida por los emperadores de la dinastía de los antoninos. El culto acabaría desapareciendo en Roma tras la instauración del cristianismo.
Mitra era un dios auxiliar de Ahura Mazda, divinidad de la luz en permanente combate con las tinieblas que representa Ariman. Nacido de una roca, próxima a una fuente que simbolizaba la bóveda celeste (petra genetrix), lo hizo provisto de flechas y arco. En consecuencia, suele representársele como un rey persa con sus armas en una zona boscosa. En época romana hubo una asociación, una mezcla entre el dios y el sol, de tal modo que acabó convertido en una divinidad de la luz y la vida y, por tanto, de la justicia.
Su culto se relacionaba con el sacrificio del toro. El dios cargaba al animal sobre sus hombros y lo trasladaba a una caverna, en donde se le sacrificaba (Mitra Tauróctonos). A partir de la sangre del toro brotaban las nuevas espigas de trigo, algo que simboliza el surgimiento de la vida. El sol y Mitra bebían la sangre y comían la carne del toro sacrificado en un banquete sacro[2]. Al final de su vida terrenal, Mitra ascendía al cielo al lado del sol. En los mitreos se veneraba a los cuatro elementos que constituyen la naturaleza, el aire, el agua, la tierra y el fuego, a través de cuatro símbolos, el pájaro, la serpiente, el barco y el león. Según el mitraísmo, el alma caduca y requiere una redención.
Durante el desarrollo del Imperio romano, el culto a Mitra se oficializó como una religión mistérica. Se organizaba en sociedades secretas, únicamente masculinas, esotérico-iniciáticas. El culto fue muy popular entre los militares romanos, puesto que obligaba a los iniciados hacia la honestidad la pureza y el coraje.
La necesidad de unas pautas de conducta y de una ética específica estaba presente en doctrinas religiosas de relevante contenido mítico y filosófico, como el Orfismo y el Pitagorismo. En el orfismo, era Orfeo (músico y poeta de origen tracio, hijo de la musa Calíope y protegido del dios Apolo), quien se encargaba de la enseñanza que propugnaba esta corriente religiosa. En torno a los mitos de Orfeo, de poderosa carga simbólica, en especial el que narra su descenso al Hades en busca de Eurídice, se confeccionó una teología. Todas las personas surgían de las cenizas de los Titanes. El ser humano está formado por el cuerpo mortal y un alma inmortal, que proviene de la propia divinidad. En consecuencia, tras la muerte, la aspiración primordial era regresar a los orígenes divinos.
El pitagorismo, por su parte, fue una doctrina filosófico-religiosa cuya finalidad era la unión con la divinidad a través de un régimen vital y alimenticio que diríamos vegetariano. Se enseñaba a los iniciados una serie de principios matemáticos con los que interpretar matemáticamente la realidad. Se usaba, entonces, una explicación mística y simbólica de los números. La finalidad última era alcanzar la perfección armónica y proseguir hacia la astral isla de los bienaventurados.
En definitiva, una serie de elementos comunes caracterizan a estas religiones y a sus cultos. Procesiones, un renacer, la búsqueda de la luz, la íntima vinculación con la divinidad o el banquete sagrado son los más relevantes. Incluso existió un singular sincretismo entre las divinidades. Todas estas religiones buscaron un consuelo ante las circunstancias de este mundo, así como la posibilidad de conseguir la felicidad suprema a través de méritos personales, todo ello, no obstante, siguiendo a rajatabla un conjunto de normas éticas y morales.

Bibliografía básica

ALVAR, J., Los misterios. Religiones orientales en el Imperio romano, Barcelona, 2001.
CAMERON, A., The last pagans of Rome, Oxford University Press, 2011.
CAMPOS MÉNDEZ, I., Fuentes para el estudio del mitraismo, Córdoba, 2010.
CHINI, P., La religione. Vita e costumi dei romani antichi, 9. Roma, 1990.
SCHEID, J., La religión en Roma. Ed. Clásicas. Madrid, 1991.
TURCAN, R., Los cultos orientales en el Imperio romano, Madrid, 2001.
WARRIOR, V. M., Roman religion, The Focus classical Sources, Cambridge, 2002.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Abril del 2017



[1] Se trata de la búsqueda de la vida perdida, al igual que ocurre en el caso de Deméter con Perséfone, Orfeo con Eurídice o Diónisos con su madre Sémele.
[2] La sangre y la carne del animal eran portadores de la sustancia de la eternidad y de la redención. En consecuencia, los adeptos asistían al banquete rememorando el de Mitra y el sol, que con posterioridad ascendieron a los cielos. De tal manera, los iniciados tomaban su carne y su sangre o bien sus sustitutivos, pan y vino. A quienes participaban en el banquete se les prometía la inmortalidad. Es por este motivo por el que Tertuliano les acusará de realizar una patética imitación de la Eucaristía cristiana.

5 de abril de 2017

Publicación: revista Egiptología 2.0 (n° 7, abril), 2017


Acaba de salir el nuevo número de la revista Egiptología 2.0 (concretamente el 7), correspondiente al mes de abril de 2017. En la misma, que se puede descargar completa, y sin costo alguno, se encontrarán notables trabajos referidos a los animales sacros, al origen del poder político del faraón, acerca del dios Serapis y la Piedra Rosetta o sobre la génesis conformativa del Egipto de la antigüedad, entre otros varios igual de interesantes. En esta ocasión, la aportación que me corresponde se titula Los referentes geográficos en la mitología egipcia. Espero que estos artículos puedan ser de utilidad y del agrado de todos. J.L.S.

Enlace corto para la descarga: https://goo.gl/wsDO83

2 de abril de 2017

El extranjero en la iconografía del Egipto antiguo (II)



  
Imágenes: arriba, un relieve con cautivos nubios, en Abu Simbel; abajo, otro relieve, en esta ocasión, con un grupo de prisioneros libios. Templo de Medinet-Habu

Las antiguas representaciones de extranjeros son notables por su ausencia de distinciones físicas entre ellos y los egipcios en cuanto a los rasgos faciales. Ello se ve con claridad en los relieves. Los enemigos representados sobre la Paleta de Narmer tienen rostros muy similares, en forma y proporción, al del rey, si bien sus barbas son más profusas. En las representaciones tridimensionales de cautivos, como en las esculturas de prisioneros atados del complejo de Pepi II, los rasgos han sido descritos como propios de foráneos. Aunque las características notadas, como las largas narices y los ojos angulados, difieren de los rasgos de oficiales y faraones durante esos períodos, solamente se trata de rasgos menos idealizados. 
Las caras esculpidas de los cautivos no aparecen idealizadas. No existió, por tanto, la exageración de rasgos no egipcios, cercana  a la caricatura racial, que sí fue propia del Reino Nuevo.
Otra característica distintiva física principal de los no egipcios, su color de piel, no se atestigua antes de la Dinastía XI. Un fragmento de relieve, que se cree perteneció al templo mortuorio de Mentuhotep II, muestra como una hilera de cabezas de prisioneros, marcados como foráneos, presentan colores que alternan entre el amarillo (asiáticos) y negros (nubios). El color negro para los nubios también está atestiguado en los modelos de una tropa en madera de arqueros nubios de la tumba de Meskhti en Asyut, de comienzos del Reino Medio.
Las vestimentas, la forma de la barba y el estilo de los peinados de los extranjeros son distintivos, pero no dejan de ser más similares a los de los egipcios de lo que lo serán en períodos posteriores. Una sección de un registro en relieve del templo mortuorio de Sahure (Dinastía V), en Abu Sir, que muestra cautivos atados, ejemplifica el modo en el que los tres grupos étnicos más típicos (libios, nubios y asiáticos) son representados en este período.
En general, diversos elementos de la vestimenta libia eran paralelos a los más especializados, y a menudo reales, elementos de los ropajes egipcios. Por ejemplo, la vaina para el pene se conocía ya desde la iconografía del Predinástico Tardío, y continuó apareciendo en los dioses en el período arcaico; las bandas de cuentas que cruzan sobre el pecho eran, a menudo, llevadas por danzantes masculinos y femeninos durante el Reino Antiguo, así como por bailarines de los jubileos en períodos posteriores.
Los nubios eran distinguidos de los egipcios por su mayor variación en la altura y un color de la piel marrón oscuro, mientras que los egipcios se mostraban uniformes en su altura (tal vez una alusión al orden dentro de Egipto), y con un típico color de la piel marrón rojizo. Los faldellines nubios, por su parte, eran más cortos que los de los egipcios, y en ocasiones, rojos más que blancos.
Las representaciones de los asiáticos también parecen adquirir diferentes marcadores entre el Reino Antiguo y el Medio. En la tumba de Khnumhotep II, en Beni Hasan, de finales del Reino Medio, se puede ver una procesión de comerciantes que visitan Egipto. Los hombres llevan barbas más pobladas pero recortadas.
El principal identificador de enemigos foráneos durante los períodos más antiguos corresponde al contexto en el cual aparecen. Como los egipcios tuvieron menos contactos con foráneos que lo que acontecería posteriormente, y dado que muchos extranjeros lo eran de tierras cercanas a Egipto, o incluso de Egipto mismo, sus diferencias étnicas y fisiognómicas respecto a los egipcios fueron menos remarcables y, por tanto, menos enfatizables por los artistas locales. Los contextos en los cuales los extranjeros fueron representados durante los Reinos Antiguo y Medio, fueron menos estereotipados. Podrían ser mostrados arrodillados, con las manos levantadas en súplica, siendo tomados por el pelo cuando eran ejecutados en las escenas estándar de golpeo violento, aplastados por el faraón en sus forma humana o de esfinge, cruelmente atados, con sus manos detrás del cuerpo o sobre la cabeza, o conducidos tirando de ellos por sus ropajes para ser presentados ante el soberano o las deidades.
Las escenas que parecen mostrar un encuentro histórico preciso y específico, pueden representar extranjeros de etnicidades más concretas, probablemente traídos como bienes mercantiles.
Con la conquista de los Hicsos durante el comienzo del Segundo Período Intermedio (1759-1540 a.e.c.) y la consecuente expansión del poder egipcio por el occidente de Asia y Nubia, los egipcios se encontraron con extranjeros en un número y variedad mayor que en épocas previas.  Mientras los egipcios de períodos anteriores conocieron a los nubios de la Baja Nubia, a las gentes del Punt, o a los asiáticos de la región del Sinaí o del Levante, durante el Segundo Período Intermedio y el Reino Nuevo (1540-1077 a.e.c.) los ejércitos y los diplomáticos se encontraron de cara con poblaciones más exóticas, tanto más al sur de la Cuarta Catarata del Nilo, como en las grandes ciudades del Medio Oriente, caso de Babilonia, Washukkanni, Asur o Hattusas e, incluso, probablemente, también en las ciudades del Egeo como Cnosos y Micenas.
Los extranjeros viajaban a Egipto y se asentaban allí, de modo que los naturales sin duda tomaron nota de sus lenguajes, costumbres y vestimentas características. Como nuevos residentes en Egipto, en el momento en que eran representados en los monumentos solían distinguirse únicamente por sus nombres foráneos, aunque, ocasionalmente, se mostraban con relevantes marcadores étnicos. Si bien los extranjeros fueron claramente mejor conocidos y más distinguidos con seguridad en este período, las representaciones genéricas fueron creciendo de modo formular y estereotipado, representándose nubios, libios y asiáticos casi como caricaturas.
Como en los períodos más antiguos, los contextos reales genéricos en los que se incluían extranjeros eran las escenas de golpeo y aplastamiento, escenas de cautivos foráneos atados y conducidos tirando de sus ropajes, sobre todo sobre las bases de las estatuas regias. Tales representaciones de extranjeros prisioneros se constatan también sobre reposapiés de los faraones, suelas de las sandalias y suelos de los palacios.
En uno de los carros de la tumba de Tutankamón las imágenes de extranjeros sometidos y atados se encuentran sobre las superficies internas del carruaje, de tal modo que el cuerpo del soberano se inclinaba contra ellos cuando rodaba. El mensaje no era que los extranjeros fuesen pisoteados, subyugados y humillados, sino que se trataba de que fuese el faraón en persona quien los pisotease, sometiese y humillase. De un modo semejante, los brazos del trono de la tumba de Tutmosis IV mostraban una esfinge pisoteando sobre una cara y al faraón con el dios Thot y una diosa con cabeza de leona, Weret-Heka sobre la otra.
Hubo también ahora una mayor cantidad de posibles escenas históricas que representasen extranjeros. Además de las escenas de expediciones de comercio (como aquellas al Punt, que son visibles en los relieves en el templo de Hatshepsut de Deir el-Bahari, o las escenas que muestran la presentación de tributos foráneos a Ajenatón), los artesanos ahora representaron batallas con presencia de extranjeros, un nuevo género escenográfico que aparentemente comenzó en época de Amosis, a juzgar por los fragmentos de relieves descubiertos no hace mucho en Abidos. Las múltiples representaciones de Ramsés II en la batalla de Qadesh y aquellas de las batallas contra los libios y los Pueblos del Mar modeladas sobre el templo de Ramsés III en Medinet Habu, representan grupos específicos, bien etiquetados, de extranjeros con vestimentas y apariencias distintivas. 
Al igual que las escenas semejantes del Reino Antiguo, esas escenas históricas no suponen, necesariamente, seguras representaciones de batallas reales o acerca de la apariencia verdadera de los combatientes extranjeros. Las formas más especializadas de extranjeros se ubicaban, ocasionalmente, en los contextos cosmológicos, como por ejemplo los variados Pueblos del Mar en las escenas más genéricas de Medinet Habu.
Una innovación del Reino Nuevo que comparte características con las escenas históricas y las representaciones más genéricas de foráneos es la presencia de listas geográficas de ciudades conquistadas, con sus nombres cercados por óvalos mostrando bordes almenados, y encimados con la cabeza y los brazos atados de un habitante extranjero. Algunas veces se les llama “óvalos de los cautivos”. Los nombres jeroglíficos escritos en esos óvalos dan la apariencia, muy probablemente falsa, de un hecho histórico, si bien los extranjeros atados tienden a ser fuertemente genéricos.
Otro significativo cambio en las representaciones del Reino Nuevo es la aparición de extranjeros en los contextos no reales, probablemente debido a la aparición del faraón en la decoración de tumbas no regias. A menudo el rey era mostrado entronizado en un kiosco canópico; tanto el trono como el kiosco estuvieron a menudo decorados con imágenes de extranjeros subyugados. Aparte de la representación del faraón, las tumbas no regias podían también contener imágenes adicionales de foráneos, mostrados, a menudo, caminando libremente, trayendo los productos de sus tierras hasta Egipto, bajo la supervisión del faraón y del propietario de la tumba, en escenas análogas a las históricas regias. Los egipcios podían ser mostrados controlando tales procesiones de foráneos, mientras que los extranjeros podían, algunas veces, ser representados atados o llevando esposas de madera. El propietario de la tumba nunca aparecía sometiéndoles, un rol que continuaba siendo una prerrogativa real.
La representación de las vestimentas de los extranjeros, así como de sus peinados, son bastante diferentes de aquellos que se podían ver en períodos anteriores. En las muestras del Reino Nuevo los extranjeros son distinguibles de los egipcios no sólo por sus rótulos y distintos ropajes étnicos y peinados, sino también por sus característicos rasgos faciales. Los libios siguen distinguiéndose por la mayor complejidad de sus vestimentas y peinados. A veces, no obstante, se les muestra llevando faldellines, vainas para el pene y bandas en la cintura. Pueden aparecer con largas fajas cruzadas y grandes collares en forma de Y. A menudo llevan túnicas de colores brillantes, modeladas en losanges y abiertas en el frente. Su piel es amarillo pálido y suele estar marcada con múltiples tatuajes en negro en las piernas y brazos. Los ojos suelen ser angulados y las narices largas y, a veces, ganchudas.
La representación estereotípica de los nubios ilustra la adopción por parte de este grupo de vestimentas egipcias del Reino Nuevo. Tales ropajes indican un estatus de elite cuando son llevados por egipcios. Usados por cautivos atados sugiere que esos prisioneros en las escenas genéricas representan la contrapartida de la elite del faraón en esa cultura extranjera, y no una soldadesca ordinaria.
Un elemento relevante en la vestimenta de los nubios es el cinturón y la faja, ambos conocidos ya desde las representaciones del Reino Medio, y que pueden aparecer pintados en rojo y con patrones de losanges negros. Son mostrados con piel muy oscura. En términos genéricos no llevan barba y suelen lucir pendientes de lazos de oro. Su cabello, a menudo tintado en rojo, puede ser más corto que en períodos anteriores y aparecer adornado con plumas. Se les representa con grandes y redondeados ojos, además de narices cortas.
Los asiáticos pueden ser mostrados llevando faldellines cortos, a menudo coloreados, modelados y ornamentados con franjas o borlas. En algunos casos (tumbas de Rekhmire y de Sobekhotep, de la Dinastía XVIII), se les puede ver con una larga túnica blanca. Son mostrados también a menudo con cabello largo y ondulado. Aunque ocasionalmente se les puede representar calvos, de modo habitual llevan barba, a veces larga y poblada. La nariz, larga o corta, es, a menudo, ganchuda.
Las mujeres son raramente representadas. En algunos casos excepcionales, sin embargo, como en la mencionada tumba de Rekhmire, las mujeres asiáticas llevan faldas ondulantes sobre el mismo tipo de túnica que usan los varones, y cargan niños en cestas sobre sus espaldas. Las mujeres de la elite Nubia en la tumba de Huy, por su parte, se muestran vestidas a la moda de las mujeres egipcias de alto rango de este período. Un particular e interesante desarrollo de fines de la Dinastía XVIII es la presencia de la escena femenina del golpeo violento. En ella, la reina es mostrada pisoteando mujeres extranjeras o aplastándolas, en la forma de esfinge[1]. Las mujeres nubias suelen llevar una falda larga, hasta los tobillos, y el pelo corto, mientras que las asiáticas, llevan el cabello largo, hasta la cintura.
Las representaciones del “otro” no egipcio en el arte son tanto regias como no reales, esquemáticas como realistas, históricas y genéricamente propagandísticas. Sin embargo, las alusiones textuales a los extranjeros tienden a ser casi uniformemente realistas, tanto si el propósito de los textos es para registrar eventos históricos como si se trata de literatura. Únicamente en las inscripciones reales, a menudo acompañadas de escenas de batalla propagandísticas, como en las lamentaciones, donde representan el desorden y la inversión de lo real, los extranjeros adquieren los estereotípicos y esquemáticos roles que se corresponden a las formas de las representaciones artísticas.
Las representaciones de los no egipcios en los contextos no reales tienden a ser positivos, focalizándose, en la literatura, sobre su papel de asistentes de los egipcios en el extranjero, y en el arte, en su capacidad de traer cosas maravillosas y exóticas hasta Egipto. En contraste, tanto en los textos reales como en las representaciones estéticas plásticas de esta naturaleza, son considerados como viles y desdichados oponentes cosmológicos, cuyo apaleamiento y subyugación es necesaria por parte del soberano para garantizar la estabilidad y resistencia de Egipto.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Abril, 2017




[1] En el trono de la Reina Tiye, en la cámara funeraria de Kheruef, la reina se muestra como una esfinge pisoteando mujeres sobre el reposabrazos de su trono, mientras que una mujer nubia y otra asiática son llevadas atadas en los soportes del trono.