20 de octubre de 2017

La prehistoria de la historiografía griega: génesis y desarrollo

Los testimonios de la gran poesía épica griega (Ilíada, Odisea), así como de la obra de Hesíodo, reflejaban la historia de los griegos en un contexto concreto de diversos valores e ideales que seguramente satisfacía, en un momento determinado, los elementos referenciales que el griego necesitaba para comprender las relaciones del ser humano con su entorno, con el mundo circundante. La interpretación racionalista del mito fue un modo de actuación primario de la historiografía (como lo fue también para la filosofía). No obstante, la historiografía griega recuperaría el carácter vívido de la poesía.
En el contexto socio-político del comienzo de la historiografía destaca la presencia de Mileto en la tradición, como también había ocurrido con la filosofía. En este puerto comercial, punto final de algunas rutas próximo-orientales, confluyeron varias circunstancias que propiciaron la historiografía.
Una de ellas es la profundización del espacio geográfico (en el contexto de la expansión colonial griega), cuyas primeras manifestaciones acontecen en las primeras observaciones y manifestaciones del mundo llevadas a cabo por los filósofos. Esto trae consigo el despertar de la conciencia sentida por los griegos de su propia identidad y de las diferencias culturales existentes entre los diversos pueblos. Por otra parte, se desarrolla la concepción de la noción de progreso. La adquisición por parte del ser humano de la conciencia de su efectividad y responsabilidad, proceso que se asocia con el nacimiento y desarrollo de la actividad política del ciudadano en la polis, desempeñó también un rol relevante en los orígenes de la historiografía. La toma de conciencia del carácter “temporal” de la existencia humana se lleva a cabo por mediación de la activa vida política.
Las perspectivas en cuanto a la concepción del espacio, el tiempo y el propio hombre se amplían en el contexto de un  notable cambio intelectual, cuyo exponente principal (desde la perspectiva de la historiografía) fue Anaximandro, autor de teorías que explicaban la formación física del Universo y el nacimiento y despliegue de la vida sobre la tierra[1]. La ambición intelectual de la historiografía griega está fuera de toda duda. Se manifiesta en una decidida voluntad de que narrar los hechos sirve para observar las leyes, más o menos fijas, que los rigen. El espíritu crítico, implícito desde el principio en la historiografía, pudo haber estado condicionado por la dificultad de los griegos de Asia Menor para mantener fija su cultura, en virtud de la confrontación a una multiplicidad de otras notablemente desarrolladas, o de optar por alguna otra.
Se suelen distinguir cinco tipos fundamentales de literatura histórica griega, ya conformados a fines del siglo V a.e.c. Se trata de la genealogía, la etnografía, la historia, la horografía y la cronología. La primera refiere e intenta sistematizar las tradiciones mítico-legendarias. La etnográfica afronta la descripción de territorios y poblaciones extranjeras. La histórica, por su parte, presenta los acontecimientos de los seres humanos. La horográfica ofrece una relación anual (al modo de la crónica) de la historia de una ciudad desde el momento de su fundación. La cronográfica muestra un sistema que permite ubicar acontecimientos que transcurrirían en distintas regiones del mundo.
No parece plausible pensar que la especulación genealógica y etiológica hayan originado la historiografía griega, si bien la literatura genealógica fue una forma de prosa literaria cultivada desde muy antiguo, como es el caso de la genealogía heroica de la Odisea, o la sistematización de Hesíodo de las distintas tradiciones genealógicas.
Los primeros ejemplos etnográficos cuentan con la particularidad de que presentan sin prejuicios las costumbres de otros pueblos. Tal interés estaba presente ya en la épica homérica y en la de viajes (Arimaspeas de Aristeas, por ejemplo). La Periegesis (luego Periplo), que supone una pormenorizada descripción, desempeñó un destacado papel en la génesis de la etnografía griega. En su forma literaria se enfocaba en la descripción de territorios y poblaciones a partir de las impresiones de un navegante (de cabotaje) que recorría las diferentes regiones costeras. Hacía una presentación de las costumbres más pintorescas y señalaba sus observaciones referidas al origen de cierto asentamiento o acerca de lo que éste significaba en el mito. En determinados casos registraba la distancia entre varios asentamientos. Es muy probable que no fuese infrecuente, por otro lado, que estos escritos contasen con un resumen de historia política en forma de una más o menos detallada relación de reyes o de dinastías. En este contexto se destaca el griego Escilax de Carianda, quien trabajó para el rey persa Darío, y que fue autor, también, de una biografía de Heraclides, autócrata de Milasa de Caria.
Los escritos en los que se refería año tras año la historia de una ciudad recibían el nombre de Horoi (Anales). La cronología de las historias locales, localizadas ya pleno el siglo V a.e.c., fue simultánea del desarrollo de la historia local gracias a una imperante mentalidad erudita.
El uso del vocablo logógrafos se debe a Tucídides. Con el mismo se refiere a predecesores suyos, sin nombrarlos, que anteponen el favor del auditorio a la verdad. Tal vez usaba el término pensando en los autores de discursos, quienes no tenían reparos en sacrificar la veracidad en beneficio del éxito de sus alocuciones. La expresión referida a “historiadores” siempre fue peyorativa en la antigüedad. El término, que no debería usarse, al igual que el de jonios, implicaría la presencia de un grupo de historiadores que han empleado un mismo método o se han referido a una temática análoga. En tal sentido, es preferible rehuir la expresión, si bien puedan ser reconocidas ciertas características comunes, sobre todo la ordenación genealógica del conjunto, la mayor parte de las veces confuso y hasta contradictorio, de las tradiciones que les llegaban, así como la interpretación racionalista del mito.
La ordenación genealógica revela el innegable influjo de las obras cosmológicas y teogónicas precedentes, a pesar del rechazo que se les profesaba. Es bastante posible que estos historiadores, muchos de los cuales eran exiliados, hubieran viajado de una ciudad a otra para impartir conferencias y leer discursos. Si tal fuese el caso, no se podría pasar por alto el paralelo con los sofistas, con muchos de los cuales varios de estos historiadores comparten un cierto agnosticismo en relación a lo divino.
Los orígenes específicos de la actividad histórica griega se ubican en Mileto. El primero en ser mencionado es Cadmo, el autor de una Fundación de Mileto y de toda Jonia. Entre las primerísimas obras históricas helenas se cuentan las historias de Persia. En tal sentido, el primer autor conocido de un texto de tal temática y consideración sería Dionisio de Mileto. Dionisio pudo haber sido casi contemporáneo de Hecateo, y habría escrito sobre Persia en un par de obras, Pérsicas o Relatos de Persia y Sucesos posteriores a Darío.
Hecateo, por su parte, pertenecía a una antigua y bastante influyente familia de Mileto. Se sabe muy poco de su vida. Agatemero comenta de él que realizó muchos viajes. De hecho, parece que puede aseverarse que tuvo una estancia en Egipto y que, quizá, visitó también Fenicia y ciertos territorios del Mar Negro. No sería inapropiado suponer que el objetivo primordial de sus viajes hubiese sido el de documentarse para la composición de sus trabajos. Se le atribuyen dos, tituladas Genealogías y Contorno de la Tierra. Como no podría ser de otra manera, manifiesta una evidente voluntad de homogeneizar las tradiciones genealógicas contradictorias, y en llevar a cabo una racionalista interpretación del mito.
Hecateo racionalizó las leyendas. Al producirse la desmitologización de las leyendas griegas se desvaneció la diferenciación cualitativa entre las hazañas del pasado, antiguas, y aquellas recientes. Plasmar por escrito las más cercanas en  el tiempo facilitó el impulso clave para la conformación de la historiografía griega. Se sustituyeron los antiguos héroes por seres humanos históricos. Los logoi sobre personalidades relevantes, como  Creso o Giges, obtuvieron una significación análoga a los relativos a los personajes heroicos. Así, la historiografía, centrada en el deseo de conmemorar propio de la épica, ensalzó grandes hombres del mismo modo que la épica había hecho con las figuras de los héroes legendarios. Decisiva para la historiografía fue también la confrontación que este autor llevó a cabo de las tradiciones griegas con aquellas de otras culturas, con lo cual se superaba el límite del propio ámbito griego.
Janto fue un lidio helenizado originario de la localidad de Sardes, tal vez súbdito del imperio persa. Fue contemporáneo de Heródoto y autor de una obra acerca del origen y la historia de los lidios, Lydiaka (Relatos de Lidia), en la cual se centraba especialmente en la etapa legendaria y mucho menos en el período histórico de los Mermnadas[2]. Janto llegó a extenderse hasta asuntos de carácter geológico. Probablemente muy leído, escribió sobre la religión persa, aunque es complicado determinar si sus Magika o Relatos sobre los magos, eran una obra independiente o formaban parte de una mayor.
Caronte, natural de Lámpsaco, fue también contemporáneo de Heródoto. El léxico Suda le hace autor de una serie de escritos, que incluyen unos Relatos de Persia, si bien hay serias dudas al respecto. Con mayor seguridad, es el autor de los Horoi (Anales) de Lámpsaco, en principio una historia local, aunque es probable que su ámbito fuese mucho más amplio. Tal vez pudo haber sido una obra analística, ordenada a partir de los magistrados anuales de la ciudad, pero que, además de los acontecimientos locales, recogiese otros de interés histórico genérico.
Acusilao, por su parte, natural de la localidad de Argos, fue un historiador de mediado el siglo V a.e.c. que escribió en jonio. Se le atribuye un escrito que llevaría por nombre Genealogías, en la expondría, siguiendo la obra de Hesíodo (la obra empezaría con una cosmogonía y una teogonía), la tradiciones legendarias en prosa. Ferécides de Atenas comparte con su contemporáneo Acusilao el interés por el difícil mundo de las genealogías, pero sin las implicaciones filosóficas de aquel. A diferencia de otros, algo específico de su obra fue la ausencia de interpretación racionalista del mito, pues su principal motivación radicó en presentar la tradición de un modo amplio, sin mostrar preocupación alguna por la convencionalidad de la misma.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR, octubre de 2017.



[1] En lugar de sistematizar las tradiciones, la filosofía jonia ha sido relevante, precisamente, por lo contrario. La especulación filosófica prescindía en esencia de tales tradiciones y buscaba por otros derroteros la solución de los problemas que se planteaban. A pesar de ello, su influencia en la génesis de la historiografía es determinante.
[2] En la antigüedad, el empleo de temáticas orientales, desde la perspectiva griega, suele incluir de modo generalizado, aspectos extraordinarios. Desde este punto de vista Janto sería un antecesor de Ctesias. Es bastante probable que se haya documentado gracias a más que factibles viajes por Frigia o Armenia, y a partir de la investigación de tradiciones orales. Una característica propia de Janto es que abandona el jonio por el ático en sus escritos.

12 de octubre de 2017

Aproximación a la historia antigua de la península coreana



Imágenes: arriba, un retrato de Dangun, del siglo XIX; abajo, una perspectiva de la tumba en Manchuria del Rey Gwanggaeto (374-413).

Desde una perspectiva histórica, Corea ha sido siempre muy homogénea y uniforme, presentando muy escasas diferencias étnicas, raciales y lingüísticas. Desde tiempos prehistóricos, la unión como pueblo coreano se centró alrededor del sagrado cráter del Monte Paektu, todavía venerado en la actualidad tanto por coreanos como por los manchúes. Los primeros indicios de actividad humana datan de unos 500.000 años. En el Neolítico y en la Edad de Bronce se produjo una estrecha relación entre la cultura coreana y aquella de poblaciones vecinas del noreste de Asia. Este hecho es específicamente visible en las similitudes existentes en objetos de uso doméstico, como los cuencos de alfarería, puñales en forma de laúd  (del tipo de los empleados por los pueblos de las estepas), cinturones y diseños geométricos de origen siberiano,
Los distintos pueblos de los que hoy en día descienden los coreanos comenzaron a distinguirse de los demás asiáticos, especialmente de los chinos Han, arraigándose en un territorio cuya frontera terrestre natural con China se situó desde antiguo en los ríos Yalu y Tumen.
El origen de Corea se asocia históricamente con la creación del denominado reino antiguo de Choson, fundado hacia 2330 a.e.c. por la mítica figura de Dangún[1]. El estado, cuya capital se estableció en la actual capital de Corea del Norte, Pyongyang, se fundamentaba en la cultura del bronce y se organizaba como una federación de poblaciones. Apreciado como una figura legendaria, Dangún era considerado el nieto de los cielos. Su veneración llegó a ser tan relevante que en la actualidad todavía cuenta con un templo erigido en su honor en Pyongyang. Bajo su reinado, el antiguo reino de Choson desarrolló el cultivo del arroz y dio inicio a una cultura y una sociedad agraria.
Sin embargo, tras la muerte de Dangún, Choson se dividió y los distintos grupos de la región comenzaron a instalarse en varios asentamientos, originando de este modo diferentes ciudades-estado que lucharon entre sí por su supervivencia así como por su supremacía. Bajo una fuerte influencia de la cultura china, tres ciudades-estado consiguieron dominar el territorio peninsular propiciando el comienzo del periodo conocido como Los Tres Reinos de Corea; esto es, Koguryo, Paekche y Silla. Se trata de una época organizada según un sistema feudal y orientada por la religión y la cultura. Estos tres reinos estuvieron muy influenciados por la cultura china y japonesa, un factor que promovió la rápida expansión del budismo, el confucianismo e, incluso, el chamanismo.
La influencia China en la cultura coreana tiene una dilatada historia, que se hizo más evidente con la ocupación militar en 108 a.e.c. del noroeste de Corea por gentes del Imperio Han. Los chinos establecieron  bases militares en el territorio coreano, entre las que destaca Lo-Lang, cerca de la actual Pyong-yang. Desde esta base, se expandieron por la península coreana ciertas técnicas, como la fabricación de cerámica y la fundición de hierro. En el período de los Tres Reinos, se desarrolló una cultura centrada en la sociedad noble. En este período la actividad artística evolucionó en dos campos de expresión: la construcción y decoración de tumbas y el arte budista.
En un principio se destacó el reino de Koguryo[2], cuyas tropas derrotaron (612) a invasores chinos en la Batalla de Salsu. Sin embargo, unos años después, en 676, fue el reino de Silla[3] el que acabaría absorbiendo los reinos de Koguryo y Paekche, dando inicio a la denominada primera unificación de Corea.
De los Tres Reinos, fue Paekche el más activo en el despliegue hacia el exterior. A mediados del siglo IV, cuando la dinastía Dong-Jin de China se había debilitado, Paekche avanzó hacia Liaoxi y Shandong. También apuntó hacia ciertas provincias de Kyushu. En tal sentido, Paekche llegó a consolidar un gran radio de influencia, conectando China y Japón con la península coreana. Paekche envió a Japón monjes, arquitectos y constructores de templos, así como artesanos del arte budista.
Después de la unificación de los Tres Reinos, las relaciones entre Silla y la dinastía Tang china se estrecharon. El reino envió muchos estudiantes a la corte Tang con la misión de importar su cultura. En este período se difundió la tecnología en campos como la astronomía, la ciencia militar y la medicina.
Las luchas internas se mantuvieron un tiempo. Wang Geon, un general del reino de Silla, fundaría el reino de Koryo, nombre inspirado en el ya, en la época, desaparecido reino de Koguryo. De ese apelativo deriva el actual nombre del país. Después de un período de bonanza económica e intelectual, el reino de Koryo fue invadido en el siglo XIII por los mongoles descendientes de Gengis Khan. La identidad nacional no fue recuperada hasta 1392 a partir de la fundación del segundo reino de Choson[4]
Koryo mantuvo intercambios de misiones y comerciales con la dinastía Song. A China  fueron enviados estudiantes y monjes. Uichon, por ejemplo, estudió allí las doctrinas budistas y a su vuelta trajo consigo textos sagrados. Uitong se convirtió en el fundador de la secta budista Chontae-jong en China. Koryo exportó a Song oro, plata, ginseng, pinturas, lacas con incrustaciones de nácar, planchas con motivos florales, mientras que de Song importó seda, libros y medicinas. En el período de la dinastía Koryo, también gran número de comerciantes árabes trajeron mercurio, especias y corales, y Koryo envió, en correspondencia, oro y seda. Fueron abundantes, asimismo, los intercambios culturales.
En el período de la dinastía Koryo, el budismo experimentó un impulso decisivo bajo la protección del Estado y con el apoyo de la aristocracia.  Por su parte,  la arquitectura en madera coreana crea las primeras edificaciones de este tipo en la última etapa de la dinastía. Entre éstas son famosos los pabellones (Pabellón de Kungnak del templo Pongchong-sa en Andong, o el Pabellón Taeung del recinto sagrado Sudok-sa en Yesan).
El confucianismo acabaría convirtiéndose, no obstante, en la filosofía socio-estatal predominante, formando una elite intelectual que tendría el control de la sociedad. Además de la adopción del alfabeto coreano (Hangul), este reino estableció un sistema aristocrático coreano conocido con el nombre de yangban. El yangban dividía a la sociedad en diferentes estamentos según su riqueza y prestigio social. Se consideraban yangban a los que, además de contar con un ancestro yangban, aprobaban un examen organizado por el gobierno y demostraban capacidades intelectuales suficientes para dirigir las tierras. Esta  suerte de sociedad de castas derivada del neo confucianismo, establecía reglas precisas para tratar a las personas de rango superior, hecho que influye todavía hoy en la desigualdad social que sufren algunos coreanos, en particular las mujeres.
El orden social de esta época estaba dictado por la pureza de los yangban, educados, exentos de pagar impuestos y de prestar servicio militar. En definitiva, las influencias china y japonesa transformaron una sociedad inicialmente agrícola en otra de clases que apostaría por el ulterior desarrollo tecnológico e intelectual.

Referencias bibliográficas

León Manríquez, J.L. (Coord.), Historia mínima de Corea, CEAA, El Colegio de México, México, 2009
Nahm, A.C., Korea: A history of the Korean people, Hollym, edic. Seúl, 1996.
Tae-hung Ha, Guide to Korean Culture: National History and Cultural Features, Apa Productions Ltd., Hong Kong, 1981.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Octubre, 2017.



[1] Otros fundadores míticos de Corea fueron Hwanin y Hwanung. La historia de la fundación del reino antiguo de Choson se encuentra relatada  en el clásico Dongguk Tonggam.
[2] Los principales referentes arqueológicos de Koguryo (37 a.e.c.-668) son la tumba de Changgun-chong (la Tumba del General), Muyong-chong (el Mausoleo de los Danzantes y los Cazadores), Ssangyong-chong (el Sepulcro de Dobles Pilares) y Kangso-daemyo (la Gran Tumba).  A esta época corresponden  las más logradas estatuas budistas, como la figura dorada del Boddhisatva Maitreya sentado y la imagen de los Tres Budas de Mae, en Sosan.
[3] El dominio de Silla sobre Corea y Manchuria originó el Período de los Estados del Norte y el Sur.
[4] Es el reino más próspero de la historia de Corea. Se mantuvo activo hasta 1910.

2 de octubre de 2017

Entidades del Otro Mundo en la mitología japonesa





Imágenes (de arriba hacia abajo): grabado de Toriyama Sekien (siglo XVIII), que muestra un oni devorando un animal; ilustración perteneciente al Taketori Monogatari, en donde se observa el regreso de la princesa Kaguya a la Luna. Pintura de Tosa Horomichi (siglo XVII); la princesa Kaguya y la procesión de los Seres Celestiales. Pintura de Tosa Horomichi, siglo XVII y; Urashima Taro sobre una tortuga regresando, presuntamente, del Palacio del Rey Dragón. Pintura de Suzuki Harunobu (siglo XVIII), en clave satírica.

Si bien a lo largo de la historia japonesa se ha mantenido la creencia en la presencia y acciones de los espíritus, sean los de los fallecidos o aquellos propios de los objetos, en la mitología, tal y como ha sido sistematizada por la tradición sintoísta no perduran gran cantidad de seres fantásticos. Además, su personalidad resulta muy difusa, sobre todo en relación a las deidades superiores. No obstante, también gran número de divinidades solamente son nombres, en tanto que otras varias son adoradas en forma de ancestros clánicos.
Buena parte de sus leyendas se han considerado como reales acontecimientos históricos ocurridos en un pasado remoto, de modo que no muchas han sobrevivido como aspectos de la imaginación poética. Esta racionalización historicista tiene su causa en la compilación de los primeros relatos sintoístas, llevada a cabo al modo de una narrativa histórica por influencia china. De hecho, la pretensión era equipararse a la historia china de la antigüedad, entendida como auténtica.
Muchos mitos, entonces, fueron considerados como sucesos históricos, al modo de las maneras racionalizadoras, gracias al confucianismo, de las historias oficiales chinas.
No obstante, existieron seres fantásticos en las antiguas tradiciones japonesas, presentes en la literatura y en la tradición oral, cuyo origen bebió, en buena medida, de fuentes indias y chinas. Las historias indias, a través del marco budista, llegarían al archipiélago japonés a través de traducciones realizadas en China. Las chinas, por su parte, derivaban de fuentes literarias daoístas. En cualquier caso, existieron historias de seres fantásticos en la tradición autóctona.
Uno de los grupos nativos son las denominadas doncellas-hadas. Una de estas hadas-doncella indígena de Japón es Ko-no-hana-sakuya-hime; esto es, la Dama que hace florecer los árboles. Se trata del hada de las flores del cerezo[1]. Se la representa volando y haciendo florecer los cerezos, soplando sobre ellos. Se casó con un nieto de Amaterasu. Otro ejemplo significativo es el de la doncella-cisne, una doncella celestial (noble y pura) emplumada, o vestida con un traje con plumas, cuya historia idealizada se denomina El vestido de plumas, una obra común del teatro No. En la versión idealizada del drama teatral se representa a la doncella como a una de las hadas que aguarda al príncipe celestial que vive en el palacio Luna, una idea tomada de una leyenda budista sobre la Luna.
Una muy conocida historia de un hada-doncella que desciende al mundo terrenal es la de La Dama que resplandece (Kaguya-hime). Una de las versiones más extendidas menciona a un anciano que habitaba en Suruga, en donde se erige el Monte Fuji. Este hombre cultivaba bambúes. Una primavera encontró en el bosquecillo de bambúes a una niña que dijo llamarse Kaguya-hime. El anciano la cogió y la crió al lado de su esposa. Ya una joven adulta, su belleza era famosa, hasta el punto de que fue llamada a la corte imperial y allí se convirtió en la princesa consorte del Emperador. Pero después de siete años y un día la princesa anunció que no era humana y que su tiempo en la esfera mundana había concluido, de forma que debía regresar a su hogar celestial. Desapareció de la vista del Emperador, pero antes de partir le dejó un espejo, en el que podría ver su imagen. El soberano la echó tanto de menos que decidió seguirla al Cielo. Escaló hasta la cumbre del Fuji con el espejo en la mano, pero en la cima no vio rastro alguno de la doncella ni tampoco pudo ascender más hacia los cielos. Debido a su pasión surgió una llama de su pecho y se incendió el espejo. El humo ascendió hacia el cielo, y desde aquel momento sigue ascendiendo desde la cumbre del monte.
Otra versión célebre es la conocida como El plantador de bambúes. Según la misma, el anciano encontró a la niña dentro de un tallo de bambú. Cuando creció, muchos hombres notables la pretendieron en matrimonio, pero ella solicitó a sus pretendientes que realizaran una proeza prometiendo casarse con el que lograse llevarla a cabo. Sin embargo, todos fracasaron. El Emperador reinante, al conocer la hermosura de la joven, la llamó a palacio, pero ella se negó a ir. El Emperador tuvo que consolarse con algunos poemas que le había enviado. Al final, se entera que la doncella era de origen celestial y que tenía que regresar al palacio de su padre en la Luna. A sabiendas de esto, el soberano, deseando retener a la doncella, envió un ejército para que la custodiasen. En la noche, apareció un banco de nubes en el cielo, pero los soldados no pudieron moverse. La doncella fue conducida hasta su morada por su padre, el Rey de la Luna. En cualquier caso, dejó un cofre con medicinas y con una misiva dirigida al emperador. Tras la desaparición, el mandatario envió sus hombres con el cofre a la cumbre del Monte Fuji, en donde  quemaron las medicinas. Por tal motivo, desde entonces humea el volcán.
En el folclore japonés, también existen doncellas de las profundidades del mar que, en ocasiones, se convierten en la esposas de algún mortal. Habitualmente, el hombre acaba descendiendo a la mansión de su esposa. En cualquier caso, el hada y su amante están condenados a separarse, debido a la añoranza del hada por haber dejado atrás su elemento natural[2].La idea subyacente de un mundo que se encuentra más allá del nuestro, encima o debajo, surgió de las enseñanzas budista y daoísta.
Una de las narraciones más relevantes sobre doncellas del mar es la del pescador Urashima (Urashima Taro), llamada El Hijo de la Isla de Arena. Las versiones más arcaicas de esta historia se encuentran en crónicas sintoístas y en una antología del siglo VIII. La estancia de Urashima en el mundo del más allá duró siete siglos y su regreso se considera un hecho histórico. El relato se puso en relación, posteriormente, con la tradición budista del Palacio del Dragón (Ryu-gu). De hecho, a la doncella de la historia se la denomina Oto-hime, hija menor del Rey Dragón. Otra historia análoga relativa a la hija del Soberano del Mar (en realidad una mujer-dragón) se atribuye a la abuela del legendario fundador del Imperio japonés.
En relación a este tipo de entidades fantásticas sobrenaturales las influencias budistas fueron relevantes, especialmente en dos categorías. Una de ellas es la de las Devatas (Tennyo, Tennin, es decir, las doncellas celestiales), que se movilizan por los cielos, mientras que la otra es la de las Nagas (Ryujin o espíritus dragones), que moran en las profundidades marinas. La literatura china daoísta introdujo el Xien (Sennin), Hombres de las Montañas, que son seres celestiales, la mayoría de origen humano pero con poderes mágicos, y que viven existencias inmortales. Pueden ser tanto hombres como mujeres, jóvenes o ancianos, con aspecto desaliñado o de facciones armoniosas. Todos se nutren con alimentos ambrosíacos y llevan una vida independiente.
En India, los Devatas son diosas, si bien también pueden ser genios hembra de árboles, fuentes y manantiales. En el folclore budista algunos de estos seres aparecen  personificados, y otros sobreviven como abstracciones. El Tennyo japonés, que surge de ellas, se desplaza por el cielo, y suele ir ataviado con velos que flotan pero sin alas. Tocan música y esparcen flores por el aire. Su presencia se percibe, precisamente, por sus melodías y por su aroma  celestial. Habitualmente, aparecen en nubes iridiscentes y descienden hacia las colinas, iluminando los bosques en las horas del crepúsculo. Tienen la misión de custodiar a los piadosos budistas.
En ocasiones, habitan en bosques floridos, haciendo las veces de hadas-flores, y pueden mostrarse como mujeres, de las que se cuentan sus romances con los hombres. Están representados en esculturas, en pinturas o en paneles decorados de los templos budistas; pero también son tema frecuente de poemas y cuentos. Incluso algunos son adorados en pequeños santuarios campestres. De vez en cuando se han identificado con deidades sintoístas.
El Naga indio vive en el mar y posee un cuerpo como el de una sierpe. Sin embargo, en algunos textos budistas se afirma que ciertas tribus Naga habitan entre montañas, si bien siempre son guardianas de las aguas. En las leyendas japonesas del dios del Mar la criatura Ryujin, deidad-Dragón, fue amalgamada con la figura del dios. Como padre de la Señora con Abundancia de Joyas, solía identificarse con Sagara, un rey Naga hindú.
Los Ryujins habitaban en el mar, en palacios de coral y cristal. Desde este palacio gobierna Ryu-wo, el Rey Dragón, que posee cuerpo de ser humano pero lleva una serpiente en su corona y sus servidores son animales marinos (peces, serpientes, y diversos monstruos). El Rey Dragón, sin embargo, es un ser sabio y noble, dispuesto a custodiar al budismo y a los fieles budistas. Pero, en ocasiones, su benevolencia se ve frenada por necias o maliciosas conductas de sus vasallos y súbditos. Por tal motivo, el mundo de los dragones se encuentra, a veces, enzarzado en conflicto con los reyes celestiales. Se pensaba que las tribus de reyes-dragones tenían a su cargo la lluvia y la tempestad.
En numerosas historias se afirmaba que los sabios sacerdotes budistas podían controlar a los monstruos marinos y lograr que lloviese en períodos de sequía. De un modo semejante, también se aludía a peregrinos y misioneros budistas que navegaban entre  China y Japón, que eran capaces de ordenar a los dragones que aquietasen el mar embravecido.
La figura más relevante de este tipo en el folclore japonés es la hija del Rey Dragón. Su nombre en japonés es Benten (Sarasvati india). Es guardiana de la música y los discursos públicos, y espléndida dadora de riquezas. Se la representa como una diosa india, con vestidos de manga larga y una joya en su corona. Puede aparecerse en persona a un músico célebre, y otras veces se muestra en respuesta a una plegaria budista en la que se solicita riqueza. Incluso puede manifestarse bajo la forma de una mujer de gran belleza que enamora a los humanos.
Sus apariciones de entre las olas marinas se han representado en la pintura. Gracias a estar asociada con el instrumento biwa (vina en sánscrito), una suerte de banjo, se la vincula con las Musas. Posteriormente, se la consideró una de las siete divinidades que traían la buena suerte.
En muchas de sus leyendas locales mencionan sus santuarios. Uno de los principales es el de Itskushima o Miyajima, isla del Templo. Otro lugar célebre por la veneración de Benten es Chikubu-shi-ma en el lago Biwa. Un santuario también de gran prestigio dedicado a Benten se encuentra en E-no-shima, la isla de la Pintura, en las proximidades de Kamakura.
La creencia en tribus de serpientes marinas es muy común y, por consiguiente, abundan los relatos sobre ellas y las misteriosas aguas en las que habitan. Con mucha frecuencia, se las vincula con las tempestades (que el Rey Dragón puede calmar o provocar), así como con las extrañas luces que se observan en el mar. Las luces se denominan Ryu-to (linternas del dragón), y suelen manifestarse en noches de fiesta en determinados santuarios costeros.
Por otra parte, los flujos y reflujos de las mareas se atribuyen al poder de las hadas marinas, las cuales atesoran un joyero de cristal con el que pueden elevar o descender el nivel del mar.
Otra habitante del mar, es Ningyo, la mujer-pescadora, un híbrido con cabeza de mujer de larga cabellera, y cuerpo de pez. Esta suerte de sirena suele mostrarse a los seres humanos para aconsejarles o advertirles. Sus lágrimas son perlas. Acerca de ella se cree que la mujer que coma de su carne logrará juventud y hermosura perpetuas.
Una criatura semejante a un ser feérico de origen marino es el Shojo. Si bien no pertenece estrictamente hablando al mar se piensa que llegó a Japón por medio del agua. Se ha dicho que, probablemente, se trate de una personificación idealizada del simio orangután.
El Shojo es un ser feliz, cuyo mayor placer es la bebida. Es por eso que se le considera el genio del sake. Su rostro es rojizo o escarlata, y su aspecto es siempre juvenil. Lleva un cabello muy largo, que le cuelga casi hasta los pies. Viste con ropas de colores llamativos (rojo y oro), y suele danzar con cierto aire lujurioso.
La imaginación popular japonesa le confirió nuevos elementos al Sennin, el Hombre de la Montaña, hombre ideal del misticismo daoísta[3]. Estos seres son capaces de proezas sobrenaturales de diferente rango y magnitud, pues pueden caminar sobre el agua, volar, cambiar la forma de los objetos o invocar animales fantásticos. Disfrutan de una vida inmortal y serena. Se suele decir que habitan en medio de montañas o en islas, además de en el cielo.
El más conocido de los Sennin es Tobo-saku, Principal Hombre Oriental, junto con Weiwobo, Reina Madre Occidental. El primero es un anciano cuya inmortalidad se simboliza en un melocotón que sostiene en su mano. Representa la renaciente vitalidad primaveral. La Reina Madre, por su parte, vive en una meseta próxima al Cielo. Se trata de una dama de juventud eterna que siempre está rodeada de jóvenes hadas.
Los Sennin están asociados con animales o plantas, que simbolizan cualidades particulares. Un ejemplo notable es el de Rafu-sen, el genio femenino de las flores del ciruelo, flor de los poetas, representante de la primavera, el puro aroma puro y la belleza. Otro es el de Kinko Sennin, Hombre Alto con Arpa, que cabalga sobre una grulla blanca volando por el aire tañendo un instrumento musical. Kiku-jido, por su parte, es el genio de la flor del crisantemo, mientras que Gama Sennin, o Maestro Sapo, puede producir sapos y cabalga sobre uno de ellos.
Además de estos Sennin, existen otros propiamente locales. El más conocido es En-no-Ozuna (Gyoja, o Amo Asceta). Gyoja representa  la mítica figura de un célebre asceta de las montañas del  siglo VIII. Su imagen, sentado en una silla y con un bastón en su mano, puede observarse en gran cantidad de cavernas.
Desde el punto de vista popular se cree que los Sennin pueden perder sus poderes sobrenaturales si ceden a las tentaciones humanas. Este fue el caso de Ikkaku Sennin (Unicornio), quien combatió con la tribu del Dragón, encerrándolos a todos en una cueva. Pero como resultado de su acción nunca más llovió, porque la lluvia estaba bajo el control de los Dragones, de manera que la tierra padeció una dilatada sequía.
El rey de la tierra, Benares, se enteró de la causa de la calamidad e ideó una estratagema para tentar al Sennin y liberar a los Dragones. El rey envió una bella mujer a la montaña donde moraba el Unicornio. El Sennin quedó prendado de la hermosura de la dama y no tuvo inconveniente en beber el vino que le había ofrecido. Cuando el Sennin se embriagó perdió sus poderes y los Dragones pudieron salir de su encierro. Otro de los Sennin que pierden poderes, por deslumbrarse ante una mujer, es Kumé-no-Sennin.
Los Hombres de las Montañas, al margen de su autosuficiencia, conformaban una sociedad, una comunidad. Realizaban asambleas  en un lugar llamado Senkyo, reino de los Sennin, una comarca ubicada entre montañas. En ellas intercambiaban opiniones, tocaban música, componían poemas y meditaban. Dicho reino ideal venía a ser el paraíso de los daoístas.
Las deidades o inmortales, consideradas genios patronos de la fortuna y de la longevidad  conformaban las Siete Deidades de la Buena Suerte (Sichi Fukujin). Estos dioses eran los siguientes. Ebisu, en origen un aborto de primitivas deidades, era como un pez gelatinoso; Daikoku, Gran Deidad Negra, era una modificación del indio Mahakala combinado con el japonés O-kuni-nushi. Se trataba de un ser humano de tez oscura, fuerte y sonriente. Solía llevar un saco al hombro y un martillo en la mano derecha. Se asociaba con la rata; Bishamon, el Vaisravana budista, era el guardián del norte. Asociado con el ciempiés, era un dador de riquezas; Benten, un hada, era la patrona de la belleza femenina. Se vinculaba con la serpiente blanca; Fuku-roku-ju, un genio de la fortuna y la longevidad, había sido en realidad un antiguo sabio daoísta. No obstante, se dice de él que es una encarnación de las estrellas del polo sur. Va acompañado de una grulla blanca, que simboliza la longevidad; Ju-rojin, Anciano de la Longevidad, es también un inmortal daoísta, patrón de la larga vida. Un ciervo pardo es su animal y; Hotei, el que ama a los niños, un monje gordo que se piensa que vivía en China en épocas pretéritas. Se trataba de la encarnación de la alegría y el regocijo en su máxima expresión.
Los espíritus malignos de la arcaica mitología nativa japonesa son muy vagos y bastante sombríos, apenas poco más que nombres concretos. La mayoría de los demonios y seres fantasmales del folclore japonés son de procedencia foránea. Entre dichas criaturas se suelen distinguir, de un modo un tanto convencional, fantasmas simples o formas deterioradas de almas humanas errabundas, demonios, esto es, seres de origen infernal, imaginados con la finalidad de castigar a los malvados, pero en casos convertidos en entidades caprichosas, arteras, cómicas y traviesas, y los Tengu, vampiros aéreos, parecidos a espíritus furiosos.
El oni, diablo, se puede referir a un gigante devorador, a un ogro, a un vampiro e, incluso, a un travieso duende. De modo genérico, no obstante, el oni es un diablo terrible y muy poco agraciado que, desde las regiones infernales, viene en busca de pecadores para llevarlos consigo, o para castigar en vida, aterrorizándolos, a los malvados y crueles. ¨Puede cambiar su forma corporal y el color de su piel. Posee cuernos   y, a menudo, un tercer ojo en la frente. Su vestimenta es escasa y agreste, pues consiste en un taparrabos de piel de tigre.
Puede andar por tierra o volar, y se suele aparecer en una carreta envuelta en llamas para apoderarse del alma de una mala persona que está a punto de fallecer. Los tormentos infernales a los que somete a las almas están claramente enraizados en la mitología budista.
Sin embargo, a pesar de su terrorífico aspecto, el oni del folclore japonés puede llegar a convertirse en un personaje cómico. Tiene una especial predilección por entrometerse en los asuntos humanos, pero muchas veces es burlado con ciertos hechizos y encantamientos.
Una contrapartida de los diablos japoneses es el Shoki, que parece haber surgido de la figura de un oficial cortesano chino, que vivió en el siglo VIII, y que acabó suicidándose debido a sus fracasos como funcionario. Sin embargo, tras su muerte, el emperador le honró y Shoki decidió proteger el palacio imperial contra demonios de toda condición. Se le representa como un gigante, vestido a la usanza oficial china, y portando una corona y una espada en su mano. Siempre con barba poblada, se puede observar su cólera en sus brillantes ojos.
Los gakis son los fantasmas hambrientos, que padecen hambre y de sed continuas. De hecho, delante de ellos los alimentos o bebidas desaparecen quemadas. Estos fantasmas aparecen bien descritos en los libros budistas. No obstante, en el folclore popular japonés son seres infelices, que se ven demacrados y con el vientre hinchado. El vientre voluminoso y una boca ancha reflejan un hambre permanente, de tal modo que es frecuente verles agrupados en lugares en los que hay residuos de bebidas o alimentos. Suele haber bastantes referencias a estas criaturas en los proverbios.
Los shuras, o Espíritus Enfurecidos, habitan en el cielo, en donde se reúnen para pelear entre sí en pequeños grupos. Tienen el aspecto propio de los guerreros, en virtud de que son reencarnaciones de guerreros muertos en combate. Estos seres, eternamente enfurecidos, encarnan el odio y la venganza. Con cierta frecuencia, a estos shuras se les confunde con unas criaturas, tal vez de origen chino, que son una suerte de ogros voladores que reciben el nombre de tengu en la antigua tradición japonesa.
Existen dos tipos de tengu, los principales, jefes, y aquellos que son subordinados o servidores. El jefe tengu utiliza un ropaje rojo y una pequeña corona, y lleva en su mano diestra un abanico hecho de plumas. De expresión iracunda y amenazadora, tiene una nariz prominente, tal vez símbolo de orgullo. Los tengus inferiores están sometidos a un jefe al deben servirle. Su boca se asemeja al pico de un pájaro y su cuerpo posee unas pequeñas alas. Se congregan, como las aves, en bandadas en una enorme criptomeria (una conífera semejante al ciprés) cerca de la residencia del jefe. Desde el árbol vuelan para ejecutar las órdenes de su amo. Por tal motivo se les denomina Koppa Tengu (tengus de reparto). Los tengus son reencarnaciones de aquellos de espíritu arrogante, vengativo, altivo y orgulloso, sobre todo de sacerdotes y de guerreros fallecidos en una contienda.  
Aliados de tengus y onis son los genios del viento y el trueno, rai-jin y fu-jin, respectivamente.  El espíritu del trueno es rojo y el del viento azul. El rai-jin lleva unos pequeños tambores en la espalda, mientras que el fu-jin un saco, del que salen rachas de viento, desde una suave brisa a un vehemente huracán.
Algunos seres fantasmales originalmente japoneses son bastante tardíos. Es el caso de Yuki-onne, la mujer-nieve, una joven de tez blanca, esbelta, atractiva y gentil, o el de Myojo-tenshi, Ángel de la Estrella de la Mañana, que es un joven atractivo, que va vestido como un príncipe. Se aparece a hombres sabios y virtuosos y muy frecuentemente hace de guía de los monjes itinerantes.
En el folclore japonés abundan los cuentos sobre espíritus de bosques, de lagos y fuentes. Los espíritus de los bosques y de las montañas suelen ser criaturas fantasmales, de ambos sexos en tanto que los de las aguas son animales que habitan ese medio, sobre todo peces, serpientes y tortugas. Uno de los genios de la montaña es Yama-uba, Mujer-Montaña. Aunque a veces adopta un aspecto aterrador, en términos genéricos se la representa como una mujer joven de gran belleza, que está casada con un guerrero. Tiene un hijo, de nombre Kintaro (Kintoki). Se trata de un hijo de la naturaleza, robusto, valeroso, que juega con los animales salvajes.
Uno de los cuentos referentes a los espíritus femeninos de las montañas más conocido es el de Morniji-gari. En él se cuenta que un día de otoño, un guerrero subió a una montaña para disfrutar de las hojas de un arce. Cuando entró en el bosque encontró una serie de damas que festejaban. El guerrero se les unió, sintiéndose divertido. Pero mientras disfrutaba con la música y la cerveza de arroz que una de las jóvenes le proporcionaba vio cómo ésta se transformaba en un terrible demonio que, de inmediato, amenazó la vida del confiado guerrero. Éste consiguió despertar del hechizo que lo tenía obnubilado y logró escapar de aquel espíritu traicionero.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV. FEIAP, Granada. Octubre, 2017.



[1] La Goset o Danza de los Cinco Tactos se atribuye desde antiguo a las hadas de las flores de cerezo. Cuando el emperador Temmu (siglo VIII), tocaba el Koto en el palacio de Yoshino, en un paraje de cerezos floridos, surgieron en el cielo cinco hadas tañendo sus instrumentos en armonía con la música del emperador. Las hadas bailaron la danza de los cinco tactos. Con el tiempo,  tanto la melodía como la danza conformarían una de las festividades que se observaban después de cada coronación imperial.
[2] Existen diferencias entre las doncellas celestiales y las marinas en cuanto a los motivos de su regreso. Cuando la doncella-hada baja del Cielo, su vuelta es motivada a que finaliza su tiempo en la Tierra, en tanto que cuando un esposo humano ha descendido al mar, la separación es consecuencia de la ruptura de una promesa dada. La permanencia del esposo en el reino ideal le parece corta, aunque cuando regresa se da cuenta de que en realidad ha sido muy larga. Su vivienda terrestre ha desaparecido y sus parientes han fallecido. Se trata del contraste entre la existencia evanescente de la humanidad y una duración que nunca termina de la vida idealizada y eterna.
[3] Este mito pudo originarse en la China del siglo IV, una época de desintegración socio-política en la que algunos decidieron retirarse del mundo. Posteriormente serían idealizados y se les confundiría con seres sobrenaturales. Su estilo de vida de meditación y reclusión se haría muy popular en Japón. 

22 de septiembre de 2017

Entidades sobrenaturales de la religión popular en China





Imágenes, de arriba hacia abajo: caja de laca con ocho luohan o inmortales daoístas reunidos en un bosque. Siglo XVIII; Guanyu, antiguo general Han, convertido en dios protector, acompañado por dos de sus capitanes; inmortal daoísta sobre una tortuga. Nanyang-Xijiao; y pintura que muestra al Emperador de Jade y los Reyes Celestiales. Tinta sobre seda.

La religión popular china consiste en la creencia en una multitud de seres divinos, así como en la práctica de ceremonias y rituales que permitan estar en consonancia con ellos. Las entidades divinas pueden dividirse en dioses naturales, ancestros y deidades que derivan de algunos ancestros, y fantasmas y demonios. 
Los dioses naturales, son divinidades del Cielo y la Tierra, de ríos y lagos, montañas y campos, planetas y estrellas, lluvia y viento, o rayo y trueno, entre otros aspectos. Se conciben como seres semi antropomórficos o semi bestiales (como las deidades asociadas al agua, que se perciben habitualmente con forma de dragón), y se piensa que están organizadas en un sistema jerárquico de mando, con el Cielo en la cumbre y otros varios dioses a su servicio. En tal sentido, por ejemplo, las deidades de las cinco montañas sacras dominan sobre aquellas de cumbres bajas.
El impacto de estos dioses naturales sobre la vida humana es grande. Determinan la fertilidad de la tierra, las precipitaciones o el acontecer de los desastres, como terremotos o inundaciones, pero también la armonía de la sociedad y la selección del gobernante. Son propiciados a través de los regulares sacrificios estacionales que se ofrecen en altares naturales especiales. Son observados por todos, tanto por el rey y la nobleza como por parte de la población campesina común. Cielo y Tierra deben ser adorados particularmente por el rey o el emperador, mientras que los varios dioses de las montañas, campos y cursos de agua, lo deben ser por la gente local.   
A este panteón natural básico, los cosmólogos de la época Han añadieron diversas otras figuras, entre las cuales destacan, principalmente, los Cinco Emperadores (wudi), como representantes de los poderes cósmicos de las Cinco Fases. Cada uno era adorado en su correspondiente estación y con su particular color, número o tono musical. Ellos establecen una deidad central conocida como la Gran Unidad (Taiyi), con la intención, precisamente, de mantener una posición central. El Gran Uno fue cercanamente asociado con Dao, que se convirtió en deidad en la etapa dinástica Han, siendo adorado en la figura de un Laozi santificado, equipado con poderes cósmicos y sobrenaturales. Hubo, asimismo, una tendencia en la religión popular (y en la oficial) a añadir representaciones con forma humana de abstracciones de entidades cósmicas al panteón básico de los dioses basados en la naturaleza.
El segundo grupo principal de deidades fueron los ancestros, definidos como parientes muertos recientemente en la línea masculina familiar, que eran usualmente venerados hasta por cinco generaciones. Su adoración fue especialmente prominente en la época Shang, cuyas gentes creían que la mayoría de los sucesos vitales eran causados por la buena voluntad o las maldiciones de un antepasado. Su calendario (en semanas de diez días) se establecía en función de ellos, de modo que se pudieran llevar a cabo sacrificios regulares en honor de todos. Desde el período de los Estados Combatientes, la existencia de los antepasados ha sido entendida en dos partes, como almas hun y po, que se separarían en el momento de la muerte y tomarían diversos caminos. La parte hun o espiritual se movería hacia un cielo ancestral, y se podría acceder a ella a través de la adoración de las tablillas de los ancestros en la casa. Por su parte, la parte material (po), quedaba en la tumba, en donde debía ser cumplimentada con un contrato legal que la asociaba a la tierra de la sepultura, al igual que con bienes y el cuidado preventivo necesario para evitar que regresase en la manera de un fantasma.
Se creía que los ancestros eran más o menos conscientes y “conocían” los asuntos de sus descendientes. Requerían complementos regulares de alimentos, incienso, vino y encantamientos. En contrapartida, retornaban buena fortuna y proveían protección. La relación es, por tanto, estrictamente recíproca. Los desastres o las enfermedades, se atribuían, muy a menudo, a la negativa de satisfacer los deberes ancestrales.   
Algunos antepasados acabaron siendo considerados meritorios y muy benéficos para la sociedad, de tal modo que se creyó necesario que no se limitasen a servir a una determinada familia. Por medio del consenso popular, y gracias a ratificaciones en largos procesos de reconocimiento, tales ancestros eran convertidos en deidades populares que servían a una específica comunidad, o crecían hasta llegar a ser deidades nacionales. Ejemplos notables muy conocidos son el del dios de la ciudad de Shanghai, un meritorio oficial local que vivió en el siglo XIV, y que fue promovido a sus sobrenatural posición por petición popular, o el dios de la riqueza, Guandi, en origen un militar, en concreto un general, quien vivió en el siglo III. Fue adorado, en principio, localmente y luego nacionalmente, hasta el punto de que sus templos están diseminados por las principales ciudades chinas. 
Los dioses populares que crecieron a partir de los ancestros también se establecieron en jerarquías organizadas, dividiéndose, no obstante, en departamentos separados, todos ellos bajo la supervisión y control del Emperador de Jade (Yuhuang), la personificación del Cielo. Uno de esos departamentos relevantes es el llamado Departamento del Destino, gestionado por el gobernante del Destino (Siming), una deidad que fue primero documentada en el siglo IV a.e.c. y que todavía en la actualidad es relevante. Un comportamiento apropiado en la tierra y una regular adoración de estas divinidades aseguraba la buena fortuna y la prosperidad, incluso a las generaciones venideras.   
Los fantasmas y demonios, definidos para la mayoría como muertos infelices o descontentos, suelen ser entidades que fueron personas fallecidas y que han regresado buscando venganza. Otros fantasmas y demonios son, por el contrario, ancestros que han sido negados por parte de sus familiares y están hambrientos y, por tanto, se encuentran en busca de sostenimiento. Incluso algunos pueden ser animales mutantes, criaturas que alguna vez ganaron el poder de cambiar de forma y causar problemas e inconvenientes de diferente consideración.
Al tratar con este tipo de entidades la gente toma sus precauciones más básicas, como es el caso de colgar ramitas para espantar demonios (especialmente de madera de melocotonero), ubicar talismanes sobre las puertas de las casas, recitar encantamientos contra los fantasmas cada vez que entran en un área desconocida e, incluso, llevar a cabo una ritual de adivinación. No obstante, una vez que un demonio se ha dado a conocer, deben tomarse otra serie de medidas más activas, como arrojarle una zapatilla, mantener cerca de él un espejo, que revela su verdadera y repugnante forma, o llamarle por su nombre. En algunas ocasiones, se hacen necesarios ritos de exorcismos o ritos chamánicos en los que los demonios son invocados e identificados para ser convenientemente expulsados y desterrados.
Las comunidades daoístas antiguas participaron de esta cultura popular y adoptaron sus rasgos clave. Sin embargo, también añadieron un diferente tipo de deidades al panteón, no basadas ni en la naturaleza ni en personas fallecidas. Este tipo de divinidades está representado por los inmortales, quienes fueron originalmente humanos pero cuya metamorfosis en seres espirituales no incluyó la separación de dos almas y, por consiguiente, no tuvieron una muerte como comúnmente se entiende. Entre las divinidades se incluyeron personificaciones de fuerzas cósmicas mayores, como Laojun (Señor Lao), personificaciones del Dao, la Reina Madre de Occidente  (Xiwangmu), representante del yin cósmico y reina de los inmortales, y el Señor Rey del Oriente, símbolo del yang cósmico. Todos ellos se consideraron seres de elevada pureza y fueron, de tal manera, superiores a los dioses derivados de gente fallecida.
Por otra parte, los daoístas antiguos rechazaron también los trances chamánicos, los sacrificios sanguinolentos y los rituales orgiásticos de fertilidad, remplanzándolos por comunicaciones escritas a los dioses. Expresaban sus oraciones y deseos en peticiones, memoranda y anuncios, estableciendo así una línea formal de comunicación con el otro mundo. Para ello el maestro hacía las veces de oficial ultramundano y, en consecuencia, portaba sellos y poderes que le permitían la comunicación con la esfera divina. 

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Septiembre del 2017.