23 de abril de 2017

La prehistoria europea desde los nuevos estudios genéticos




IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: EL CRÁNEO DE VILLABRUNA, ITALIA; EL ESQUELETO DE LA BRAÑA 1 (LEÓN); Y LA MANDÍBULA DE LA DAMA ROJA, CUEVA DEL MIRÓN, CANTABRIA.
Los estudios genéticos llevados a cabo en los últimos tiempos han sido decisivos a la hora de aclarar el panorama de la prehistoria del continente europeo, particularmente la que corresponde al final del Paleolítico Superior, desde hace 45000 años hasta 13000. Los investigadores, específicamente genetistas, señalan la presencia de momentos poblacionales que reemplazan a otras poblaciones previas a través de migraciones que coinciden con cambios climáticos relevantes. Se establece que neandertales y sapiens se cruzaron de modo eficaz, tuvieron una descendencia fértil, si bien el porcentaje de ADN ha ido disminuyendo de forma gradual, revelando una determinada incompatibilidad evolutiva.
Los primeros sapiens llegaron a Europa hace 45 mil años, pero su huella genética no se encuentra ya en las poblaciones actuales. Las primeras poblaciones con las que persiste cierto parentesco son de hace 37000 años, y se identifican con la cultura lítica auriñaciense (que sustituyó a partir de hace unos 38000 años a la cultura Musteriense), cultura a la se asocian los ejemplos más arcaicos de arte (cueva de Chauvet y un instrumental óseo especializado (flautas)[1]. Era una época en la que seguían predominando las glaciaciones, lo cual debió suponer movimientos de población en dirección al sur o su desaparición definitiva.
Hacia 33 mil aparece otro grupo humano que reemplaza prácticamente por completo al anterior. Esta vez es vinculado con la cultura gravetiense, relacionada con las Venus paleolíticas realizadas en hueso y con los restos de pinturas de manos en negativo. Sin embargo, hace 20 mil o 19000 años reaparecen en el contexto continental algunos descendientes pertenecientes a la cultura auriñaciense. Es posible que sus antepasados hubiese migrado hacia refugios más cálidos en el sur de Europa, entre ellos la Península Ibérica, y que una vez pasados los rigores del frío de la última glaciación, sus descendientes se hubiesen expandido, de nuevo, hacia el norte del continente, recuperando algunos territorios y reemplazando a la población existente. Algunos restos humanos hallados en Cantabria parecen demostrar que los habitantes de esta región estaban emparentados con ellos.
Pero todavía habría habido otra oleada poblacional. Hace 14000 años, una población humana llegada desde el Próximo Oriente se despliega por el continente y se hace dominante, sustituyendo a buena parte (aunque probablemente no a toda) de las poblaciones anteriores. La identificación de esta nueva población se verificó a partir de los restos de un cazador-recolector hallado en Villabruna (Italia). Las marcas genéticas de esta última población se perpetuaron durante varios milenios, como parece demostrar el hallazgo de un cazador-recolector aparecido en el yacimiento de La Braña, en León, datado en 7000 a.e.c., que estaba emparentado con este grupo.
Un aspecto que ha resultado descollante para los investigadores es que los genes del individuo de La Braña muestran que su tez era oscura y, muy probablemente, sus ojos claros. Hasta la aparición de sus ancestros en Europa (14000 a.e.c.), se estima que todos los europeos tenían la piel oscura pero los ojos marrones. Los primeros individuos con genes de pieles más claras vivieron hace unos 13 mil años. Solamente con  la llegada de los primeros agricultores desde Oriente Medio, ya en el Neolítico, la tez blanca se hace más generalizada.


Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-Ugr. Abril, 2017


[1] El fósil humano de la cueva del Mirón, en Cantabria que ha sido nominado como la “Dama Roja”, pertenece al linaje de los primeros pobladores auriñacienses. Está emparentada con un individuo de la Cueva de Goyet, en Bélgica, fechado hace unos 35000 años.

12 de abril de 2017

Características esenciales de las religiones mistéricas en la antigua Roma


En la imagen, la diosa Isis. Museos Capitolinos, Roma.

La religión digamos oficial nunca pudo satisfacer por entero los anhelos espirituales más íntimos del individuo, por lo que desde épocas bastante arcaicas, el ser humano se afanó en buscar otras manifestaciones religiosas, doctrinas y divinidades. En torno a las desdichas humanas y, especialmente en épocas difíciles, duras o convulsas, se buscó la presencia de dioses capaces, de interesarse por los asuntos humanos pero también de ser accesibles a los individuos en virtud de los méritos o esfuerzos personales. Eran divinidades que prometían y podían proporcionar una felicidad que compensara los sufrimientos mundanos.
Los cultos mistéricos son manifestaciones religiosas cuyas raíces se encuentran en  creencias espirituales muy antiguas que se asocian con el nacimiento, muerte y resurrección de la naturaleza. Las religiones mistéricas con ellos vinculados tuvieron su mayor difusión a partir del siglo IV a.e.c., en particular al final de la Guerra del Peloponeso. Alcanzaron su apogeo en época helenística, un tiempo de amplia difusión de creencias e ideologías, pero al tiempo, época difícil y confusa. Más tarde continuarían su andadura en época romana.
En tiempos de Alejandro Magno y de sus sucesores hubo contactos con otras culturas mediterráneas, un factor que provocó el conocimiento de distintas religiones, facilitándose con ello que deidades y doctrinas pudiesen identificarse entre sí. Un espíritu humano más libre, con capacidades e interés en conocer distintos cultos y dioses, pudo elegir entre ellos, tomarlos como personales y otorgarles un carácter salvífico. La complejidad y riqueza de la cultura helenística fue un legado heredado por Roma. Ciertos dioses antiguos (Asclepios, Ártemis o Deméter), así como algunos procedentes de Oriente, caso de Mitra, Cibeles, Isis, Osiris o Atis dieron lugar a ciertas asimilaciones y sincretismos.
En términos genéricos el procedimiento en los cultos mistéricos presentaba varios aspectos análogos. El mysthes (iniciado) era el que realizaba el acto del mystherion: de lo que no se ve, de lo oculto. Las ceremonias eran orgiásticas, en cuanto que los participantes realizaban un acto de agitación, de excitación. Las mismas eran dirigidas por el telestes o sacerdote. Había una serie de caracteres comunes que deben ser destacados. Uno de ellos era el secretismo. Aquellos que poseían los secretos del culto eran sabios sacerdotes o iniciados; otro es el carácter iniciático, lo cual implica un cambio motivado por la relación  con la divinidad. El iniciado adquiría una nueva condición espiritual por mediación de una experiencia personal y directa con lo sacro. Otro elemento esencial es el aspecto soteriológico, pues en términos generales se prometía una “salvación”; esto es, una nueva vida, además de definitiva, con posterioridad a la muerte física. La vida terrenal era solamente el tránsito hacia la espiritual, eterna, en donde la felicidad se alcanzaba al ver o compartir con la divinidad. Las dificultades terrenales que sufría el individuo era una condición de éxito. De ahí que los cultos tuvieran una especial aceptación por parte de las clases más bajas, más pobres y con menos que perder.
La iniciación mistérica era una decisión individual, voluntaria, libre. Era, en este sentido, muy diferente a la práctica de los cultos ciudadanos, caracterizados por su colectividad y obligatoriedad. Además, se acercaba a la inclusión total, al margen de la ciudadanía, pues se admitían mujeres, esclavos o extranjeros. Otro de los elementos clave era su irracionalidad. En tanto que el ideal griego, específicamente clásico, era la racionalidad, la perfección y la acción correcta, las religiones mistéricas propugnaban el éxtasis, la locura, el desenfreno, única manera de alcanzar la identificación y / o la unión con la divinidad. Finalmente, había en las religiones mistéricas un carácter agrario, propio de los dioses de estos cultos. Se preconiza morir para resucitar (Dionisos, Deméter, Osiris), en un nuevo y mejorado estatus.
En la antigüedad griega existían mitos que habían dado origen a ciertas doctrinas de salvación, sólo accesibles a los iniciados, caso del culto de Deméter y el de Diónisos. Sus rituales, las Tesmoforias y  las Antesterías, representaban el ciclo de la vida agraria, desde la muerte de la simiente hasta la renovación vegetal. Estas religiones acabaron asimilándose a la vida ciudadana. De hecho, en Atenas, tanto los misterios de Eleusis como los de Diónisos se integraron en el ámbito de las festividades públicas.
Alrededor del año 200 a.e.c. estos cultos mistéricos llegaron a Roma. Según Livio, los cultos dionisíacos fueron escasamente aceptados en un principio, porque eran exclusivos para las mujeres. Sin embargo, su popularidad creció, en especial desde el momento en que se incluyeron varones gracias a las innovaciones que introdujo una sacerdotisa de Campania, llamada Paculla Annia. Los cambios  consistían en celebrar el ritual del culto por la noche, de forma que acabarían convirtiéndose en cultos secretos y de masas.
Dionisos se presenta como  un dios liberador de las penas y las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades representan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido. A través del éxtasis y la unión con lo sacro se pretende alcanzar el consuelo necesario para sobrellevar los sufrimientos de esta vida. De ahí el gran éxito que obtuvo durante años.
Un rol destacado desempeñaron las deidades egipcias, en particular Osiris e Isis. Isis se convirtió, en época helenística y romana  en una gran diosa, identificándose con otras deidades como Juno, Deméter, la fenicia Astarté y Venus. Hermanas de Osiris eran Isis y Neftis (esposa de su hermano Set), el cual, envidioso de Osiris, le mató. Descuartizó el cuerpo y lo arrojó al Nilo en el interior de un cofre. Isis, su esposa, le buscó por todas partes[1]. Gracias a sus artes mágicas, consiguió devolverlo a la vida. Es por tal motivo que Osiris es el dios de los muertos, aunque también de la esperanza de vida (por eso se le representa con rostro de color verde). Finalmente, el hijo de ambos, Horus, derrotó a Set.
En época helenística y romana, el mito osiriano se identificó con otras divinidades, egipcias y griegas. Incluso se añadieron nuevas divinidades como Serapis y Harpócrates. En los cultos isiacos había procesiones musicales y desfiles de fieles y sacerdotes con la cabeza rapada, portando máscaras y sistros. Iban vestidos con faldellines egipcios. Isis en Roma llegó a convertirse en la deidad de la fertilidad y la fortuna. Sin embargo, sufrió algunas vicisitudes que es necesario destacar. En especial, hay que decir que fue combatida por la familia de Augusto en función de que se la identificaba popularmente con Cleopatra, conocida amante de Cesar y Marco Antonio. No obstante, posteriormente fue protegida por los emperadores de la dinastía de los antoninos. El culto acabaría desapareciendo en Roma tras la instauración del cristianismo.
Mitra era un dios auxiliar de Ahura Mazda, divinidad de la luz en permanente combate con las tinieblas que representa Ariman. Nacido de una roca, próxima a una fuente que simbolizaba la bóveda celeste (petra genetrix), lo hizo provisto de flechas y arco. En consecuencia, suele representársele como un rey persa con sus armas en una zona boscosa. En época romana hubo una asociación, una mezcla entre el dios y el sol, de tal modo que acabó convertido en una divinidad de la luz y la vida y, por tanto, de la justicia.
Su culto se relacionaba con el sacrificio del toro. El dios cargaba al animal sobre sus hombros y lo trasladaba a una caverna, en donde se le sacrificaba (Mitra Tauróctonos). A partir de la sangre del toro brotaban las nuevas espigas de trigo, algo que simboliza el surgimiento de la vida. El sol y Mitra bebían la sangre y comían la carne del toro sacrificado en un banquete sacro[2]. Al final de su vida terrenal, Mitra ascendía al cielo al lado del sol. En los mitreos se veneraba a los cuatro elementos que constituyen la naturaleza, el aire, el agua, la tierra y el fuego, a través de cuatro símbolos, el pájaro, la serpiente, el barco y el león. Según el mitraísmo, el alma caduca y requiere una redención.
Durante el desarrollo del Imperio romano, el culto a Mitra se oficializó como una religión mistérica. Se organizaba en sociedades secretas, únicamente masculinas, esotérico-iniciáticas. El culto fue muy popular entre los militares romanos, puesto que obligaba a los iniciados hacia la honestidad la pureza y el coraje.
La necesidad de unas pautas de conducta y de una ética específica estaba presente en doctrinas religiosas de relevante contenido mítico y filosófico, como el Orfismo y el Pitagorismo. En el orfismo, era Orfeo (músico y poeta de origen tracio, hijo de la musa Calíope y protegido del dios Apolo), quien se encargaba de la enseñanza que propugnaba esta corriente religiosa. En torno a los mitos de Orfeo, de poderosa carga simbólica, en especial el que narra su descenso al Hades en busca de Eurídice, se confeccionó una teología. Todas las personas surgían de las cenizas de los Titanes. El ser humano está formado por el cuerpo mortal y un alma inmortal, que proviene de la propia divinidad. En consecuencia, tras la muerte, la aspiración primordial era regresar a los orígenes divinos.
El pitagorismo, por su parte, fue una doctrina filosófico-religiosa cuya finalidad era la unión con la divinidad a través de un régimen vital y alimenticio que diríamos vegetariano. Se enseñaba a los iniciados una serie de principios matemáticos con los que interpretar matemáticamente la realidad. Se usaba, entonces, una explicación mística y simbólica de los números. La finalidad última era alcanzar la perfección armónica y proseguir hacia la astral isla de los bienaventurados.
En definitiva, una serie de elementos comunes caracterizan a estas religiones y a sus cultos. Procesiones, un renacer, la búsqueda de la luz, la íntima vinculación con la divinidad o el banquete sagrado son los más relevantes. Incluso existió un singular sincretismo entre las divinidades. Todas estas religiones buscaron un consuelo ante las circunstancias de este mundo, así como la posibilidad de conseguir la felicidad suprema a través de méritos personales, todo ello, no obstante, siguiendo a rajatabla un conjunto de normas éticas y morales.

Bibliografía básica

ALVAR, J., Los misterios. Religiones orientales en el Imperio romano, Barcelona, 2001.
CAMERON, A., The last pagans of Rome, Oxford University Press, 2011.
CAMPOS MÉNDEZ, I., Fuentes para el estudio del mitraismo, Córdoba, 2010.
CHINI, P., La religione. Vita e costumi dei romani antichi, 9. Roma, 1990.
SCHEID, J., La religión en Roma. Ed. Clásicas. Madrid, 1991.
TURCAN, R., Los cultos orientales en el Imperio romano, Madrid, 2001.
WARRIOR, V. M., Roman religion, The Focus classical Sources, Cambridge, 2002.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Abril del 2017



[1] Se trata de la búsqueda de la vida perdida, al igual que ocurre en el caso de Deméter con Perséfone, Orfeo con Eurídice o Diónisos con su madre Sémele.
[2] La sangre y la carne del animal eran portadores de la sustancia de la eternidad y de la redención. En consecuencia, los adeptos asistían al banquete rememorando el de Mitra y el sol, que con posterioridad ascendieron a los cielos. De tal manera, los iniciados tomaban su carne y su sangre o bien sus sustitutivos, pan y vino. A quienes participaban en el banquete se les prometía la inmortalidad. Es por este motivo por el que Tertuliano les acusará de realizar una patética imitación de la Eucaristía cristiana.

5 de abril de 2017

Publicación: revista Egiptología 2.0 (n° 7, abril), 2017


Acaba de salir el nuevo número de la revista Egiptología 2.0 (concretamente el 7), correspondiente al mes de abril de 2017. En la misma, que se puede descargar completa, y sin costo alguno, se encontrarán notables trabajos referidos a los animales sacros, al origen del poder político del faraón, acerca del dios Serapis y la Piedra Rosetta o sobre la génesis conformativa del Egipto de la antigüedad, entre otros varios igual de interesantes. En esta ocasión, la aportación que me corresponde se titula Los referentes geográficos en la mitología egipcia. Espero que estos artículos puedan ser de utilidad y del agrado de todos. J.L.S.

Enlace corto para la descarga: https://goo.gl/wsDO83

2 de abril de 2017

El extranjero en la iconografía del Egipto antiguo (II)



  
Imágenes: arriba, un relieve con cautivos nubios, en Abu Simbel; abajo, otro relieve, en esta ocasión, con un grupo de prisioneros libios. Templo de Medinet-Habu

Las antiguas representaciones de extranjeros son notables por su ausencia de distinciones físicas entre ellos y los egipcios en cuanto a los rasgos faciales. Ello se ve con claridad en los relieves. Los enemigos representados sobre la Paleta de Narmer tienen rostros muy similares, en forma y proporción, al del rey, si bien sus barbas son más profusas. En las representaciones tridimensionales de cautivos, como en las esculturas de prisioneros atados del complejo de Pepi II, los rasgos han sido descritos como propios de foráneos. Aunque las características notadas, como las largas narices y los ojos angulados, difieren de los rasgos de oficiales y faraones durante esos períodos, solamente se trata de rasgos menos idealizados. 
Las caras esculpidas de los cautivos no aparecen idealizadas. No existió, por tanto, la exageración de rasgos no egipcios, cercana  a la caricatura racial, que sí fue propia del Reino Nuevo.
Otra característica distintiva física principal de los no egipcios, su color de piel, no se atestigua antes de la Dinastía XI. Un fragmento de relieve, que se cree perteneció al templo mortuorio de Mentuhotep II, muestra como una hilera de cabezas de prisioneros, marcados como foráneos, presentan colores que alternan entre el amarillo (asiáticos) y negros (nubios). El color negro para los nubios también está atestiguado en los modelos de una tropa en madera de arqueros nubios de la tumba de Meskhti en Asyut, de comienzos del Reino Medio.
Las vestimentas, la forma de la barba y el estilo de los peinados de los extranjeros son distintivos, pero no dejan de ser más similares a los de los egipcios de lo que lo serán en períodos posteriores. Una sección de un registro en relieve del templo mortuorio de Sahure (Dinastía V), en Abu Sir, que muestra cautivos atados, ejemplifica el modo en el que los tres grupos étnicos más típicos (libios, nubios y asiáticos) son representados en este período.
En general, diversos elementos de la vestimenta libia eran paralelos a los más especializados, y a menudo reales, elementos de los ropajes egipcios. Por ejemplo, la vaina para el pene se conocía ya desde la iconografía del Predinástico Tardío, y continuó apareciendo en los dioses en el período arcaico; las bandas de cuentas que cruzan sobre el pecho eran, a menudo, llevadas por danzantes masculinos y femeninos durante el Reino Antiguo, así como por bailarines de los jubileos en períodos posteriores.
Los nubios eran distinguidos de los egipcios por su mayor variación en la altura y un color de la piel marrón oscuro, mientras que los egipcios se mostraban uniformes en su altura (tal vez una alusión al orden dentro de Egipto), y con un típico color de la piel marrón rojizo. Los faldellines nubios, por su parte, eran más cortos que los de los egipcios, y en ocasiones, rojos más que blancos.
Las representaciones de los asiáticos también parecen adquirir diferentes marcadores entre el Reino Antiguo y el Medio. En la tumba de Khnumhotep II, en Beni Hasan, de finales del Reino Medio, se puede ver una procesión de comerciantes que visitan Egipto. Los hombres llevan barbas más pobladas pero recortadas.
El principal identificador de enemigos foráneos durante los períodos más antiguos corresponde al contexto en el cual aparecen. Como los egipcios tuvieron menos contactos con foráneos que lo que acontecería posteriormente, y dado que muchos extranjeros lo eran de tierras cercanas a Egipto, o incluso de Egipto mismo, sus diferencias étnicas y fisiognómicas respecto a los egipcios fueron menos remarcables y, por tanto, menos enfatizables por los artistas locales. Los contextos en los cuales los extranjeros fueron representados durante los Reinos Antiguo y Medio, fueron menos estereotipados. Podrían ser mostrados arrodillados, con las manos levantadas en súplica, siendo tomados por el pelo cuando eran ejecutados en las escenas estándar de golpeo violento, aplastados por el faraón en sus forma humana o de esfinge, cruelmente atados, con sus manos detrás del cuerpo o sobre la cabeza, o conducidos tirando de ellos por sus ropajes para ser presentados ante el soberano o las deidades.
Las escenas que parecen mostrar un encuentro histórico preciso y específico, pueden representar extranjeros de etnicidades más concretas, probablemente traídos como bienes mercantiles.
Con la conquista de los Hicsos durante el comienzo del Segundo Período Intermedio (1759-1540 a.e.c.) y la consecuente expansión del poder egipcio por el occidente de Asia y Nubia, los egipcios se encontraron con extranjeros en un número y variedad mayor que en épocas previas.  Mientras los egipcios de períodos anteriores conocieron a los nubios de la Baja Nubia, a las gentes del Punt, o a los asiáticos de la región del Sinaí o del Levante, durante el Segundo Período Intermedio y el Reino Nuevo (1540-1077 a.e.c.) los ejércitos y los diplomáticos se encontraron de cara con poblaciones más exóticas, tanto más al sur de la Cuarta Catarata del Nilo, como en las grandes ciudades del Medio Oriente, caso de Babilonia, Washukkanni, Asur o Hattusas e, incluso, probablemente, también en las ciudades del Egeo como Cnosos y Micenas.
Los extranjeros viajaban a Egipto y se asentaban allí, de modo que los naturales sin duda tomaron nota de sus lenguajes, costumbres y vestimentas características. Como nuevos residentes en Egipto, en el momento en que eran representados en los monumentos solían distinguirse únicamente por sus nombres foráneos, aunque, ocasionalmente, se mostraban con relevantes marcadores étnicos. Si bien los extranjeros fueron claramente mejor conocidos y más distinguidos con seguridad en este período, las representaciones genéricas fueron creciendo de modo formular y estereotipado, representándose nubios, libios y asiáticos casi como caricaturas.
Como en los períodos más antiguos, los contextos reales genéricos en los que se incluían extranjeros eran las escenas de golpeo y aplastamiento, escenas de cautivos foráneos atados y conducidos tirando de sus ropajes, sobre todo sobre las bases de las estatuas regias. Tales representaciones de extranjeros prisioneros se constatan también sobre reposapiés de los faraones, suelas de las sandalias y suelos de los palacios.
En uno de los carros de la tumba de Tutankamón las imágenes de extranjeros sometidos y atados se encuentran sobre las superficies internas del carruaje, de tal modo que el cuerpo del soberano se inclinaba contra ellos cuando rodaba. El mensaje no era que los extranjeros fuesen pisoteados, subyugados y humillados, sino que se trataba de que fuese el faraón en persona quien los pisotease, sometiese y humillase. De un modo semejante, los brazos del trono de la tumba de Tutmosis IV mostraban una esfinge pisoteando sobre una cara y al faraón con el dios Thot y una diosa con cabeza de leona, Weret-Heka sobre la otra.
Hubo también ahora una mayor cantidad de posibles escenas históricas que representasen extranjeros. Además de las escenas de expediciones de comercio (como aquellas al Punt, que son visibles en los relieves en el templo de Hatshepsut de Deir el-Bahari, o las escenas que muestran la presentación de tributos foráneos a Ajenatón), los artesanos ahora representaron batallas con presencia de extranjeros, un nuevo género escenográfico que aparentemente comenzó en época de Amosis, a juzgar por los fragmentos de relieves descubiertos no hace mucho en Abidos. Las múltiples representaciones de Ramsés II en la batalla de Qadesh y aquellas de las batallas contra los libios y los Pueblos del Mar modeladas sobre el templo de Ramsés III en Medinet Habu, representan grupos específicos, bien etiquetados, de extranjeros con vestimentas y apariencias distintivas. 
Al igual que las escenas semejantes del Reino Antiguo, esas escenas históricas no suponen, necesariamente, seguras representaciones de batallas reales o acerca de la apariencia verdadera de los combatientes extranjeros. Las formas más especializadas de extranjeros se ubicaban, ocasionalmente, en los contextos cosmológicos, como por ejemplo los variados Pueblos del Mar en las escenas más genéricas de Medinet Habu.
Una innovación del Reino Nuevo que comparte características con las escenas históricas y las representaciones más genéricas de foráneos es la presencia de listas geográficas de ciudades conquistadas, con sus nombres cercados por óvalos mostrando bordes almenados, y encimados con la cabeza y los brazos atados de un habitante extranjero. Algunas veces se les llama “óvalos de los cautivos”. Los nombres jeroglíficos escritos en esos óvalos dan la apariencia, muy probablemente falsa, de un hecho histórico, si bien los extranjeros atados tienden a ser fuertemente genéricos.
Otro significativo cambio en las representaciones del Reino Nuevo es la aparición de extranjeros en los contextos no reales, probablemente debido a la aparición del faraón en la decoración de tumbas no regias. A menudo el rey era mostrado entronizado en un kiosco canópico; tanto el trono como el kiosco estuvieron a menudo decorados con imágenes de extranjeros subyugados. Aparte de la representación del faraón, las tumbas no regias podían también contener imágenes adicionales de foráneos, mostrados, a menudo, caminando libremente, trayendo los productos de sus tierras hasta Egipto, bajo la supervisión del faraón y del propietario de la tumba, en escenas análogas a las históricas regias. Los egipcios podían ser mostrados controlando tales procesiones de foráneos, mientras que los extranjeros podían, algunas veces, ser representados atados o llevando esposas de madera. El propietario de la tumba nunca aparecía sometiéndoles, un rol que continuaba siendo una prerrogativa real.
La representación de las vestimentas de los extranjeros, así como de sus peinados, son bastante diferentes de aquellos que se podían ver en períodos anteriores. En las muestras del Reino Nuevo los extranjeros son distinguibles de los egipcios no sólo por sus rótulos y distintos ropajes étnicos y peinados, sino también por sus característicos rasgos faciales. Los libios siguen distinguiéndose por la mayor complejidad de sus vestimentas y peinados. A veces, no obstante, se les muestra llevando faldellines, vainas para el pene y bandas en la cintura. Pueden aparecer con largas fajas cruzadas y grandes collares en forma de Y. A menudo llevan túnicas de colores brillantes, modeladas en losanges y abiertas en el frente. Su piel es amarillo pálido y suele estar marcada con múltiples tatuajes en negro en las piernas y brazos. Los ojos suelen ser angulados y las narices largas y, a veces, ganchudas.
La representación estereotípica de los nubios ilustra la adopción por parte de este grupo de vestimentas egipcias del Reino Nuevo. Tales ropajes indican un estatus de elite cuando son llevados por egipcios. Usados por cautivos atados sugiere que esos prisioneros en las escenas genéricas representan la contrapartida de la elite del faraón en esa cultura extranjera, y no una soldadesca ordinaria.
Un elemento relevante en la vestimenta de los nubios es el cinturón y la faja, ambos conocidos ya desde las representaciones del Reino Medio, y que pueden aparecer pintados en rojo y con patrones de losanges negros. Son mostrados con piel muy oscura. En términos genéricos no llevan barba y suelen lucir pendientes de lazos de oro. Su cabello, a menudo tintado en rojo, puede ser más corto que en períodos anteriores y aparecer adornado con plumas. Se les representa con grandes y redondeados ojos, además de narices cortas.
Los asiáticos pueden ser mostrados llevando faldellines cortos, a menudo coloreados, modelados y ornamentados con franjas o borlas. En algunos casos (tumbas de Rekhmire y de Sobekhotep, de la Dinastía XVIII), se les puede ver con una larga túnica blanca. Son mostrados también a menudo con cabello largo y ondulado. Aunque ocasionalmente se les puede representar calvos, de modo habitual llevan barba, a veces larga y poblada. La nariz, larga o corta, es, a menudo, ganchuda.
Las mujeres son raramente representadas. En algunos casos excepcionales, sin embargo, como en la mencionada tumba de Rekhmire, las mujeres asiáticas llevan faldas ondulantes sobre el mismo tipo de túnica que usan los varones, y cargan niños en cestas sobre sus espaldas. Las mujeres de la elite Nubia en la tumba de Huy, por su parte, se muestran vestidas a la moda de las mujeres egipcias de alto rango de este período. Un particular e interesante desarrollo de fines de la Dinastía XVIII es la presencia de la escena femenina del golpeo violento. En ella, la reina es mostrada pisoteando mujeres extranjeras o aplastándolas, en la forma de esfinge[1]. Las mujeres nubias suelen llevar una falda larga, hasta los tobillos, y el pelo corto, mientras que las asiáticas, llevan el cabello largo, hasta la cintura.
Las representaciones del “otro” no egipcio en el arte son tanto regias como no reales, esquemáticas como realistas, históricas y genéricamente propagandísticas. Sin embargo, las alusiones textuales a los extranjeros tienden a ser casi uniformemente realistas, tanto si el propósito de los textos es para registrar eventos históricos como si se trata de literatura. Únicamente en las inscripciones reales, a menudo acompañadas de escenas de batalla propagandísticas, como en las lamentaciones, donde representan el desorden y la inversión de lo real, los extranjeros adquieren los estereotípicos y esquemáticos roles que se corresponden a las formas de las representaciones artísticas.
Las representaciones de los no egipcios en los contextos no reales tienden a ser positivos, focalizándose, en la literatura, sobre su papel de asistentes de los egipcios en el extranjero, y en el arte, en su capacidad de traer cosas maravillosas y exóticas hasta Egipto. En contraste, tanto en los textos reales como en las representaciones estéticas plásticas de esta naturaleza, son considerados como viles y desdichados oponentes cosmológicos, cuyo apaleamiento y subyugación es necesaria por parte del soberano para garantizar la estabilidad y resistencia de Egipto.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Abril, 2017




[1] En el trono de la Reina Tiye, en la cámara funeraria de Kheruef, la reina se muestra como una esfinge pisoteando mujeres sobre el reposabrazos de su trono, mientras que una mujer nubia y otra asiática son llevadas atadas en los soportes del trono. 

25 de marzo de 2017

El extranjero en la iconografía del Egipto antiguo (I)



Imágenes: arriba, “los nueve arcos” y cautivos en el fondo de unas sandalias. Tumba de Tutankamón; abajo, un relieve de Ramsés II en una escena de la batalla de Qadesh, apresando por el cabello enemigos (un nubio, un libio y un asiático); Menfis.

El arte egipcio, producido por la elite letrada, entendía que el otro, dentro del propio Egipto, lo conformaban las mujeres, los siervos, los niños, artesanos y campesinos. Fuera de la tierra egipcia, lo eran los “foráneos”, los extranjeros, que diferían de los egipcios en el lenguaje, las costumbres, la vestimenta y las creencias. Durante los Reinos Antiguo y Medio, los contactos con los no egipcios se restringían a los residentes en áreas fronterizas y también a aquellos particularmente vinculados al comercio exterior y la diplomacia.
La subyugación de los extranjeros constituyó un tema muy común en el arte egipcio. La representación de no egipcios cubría grandes espacios en palacios y templos, aparecía sobre estatuas reales, elementos arquitectónicos, mobiliario y hasta sobre recipientes de cosméticos. Su preeminencia en el arte se debió al rol cosmológico que los extranjeros jugaban. Fueron vistos como la encarnación metafórica del caos indiferenciado de la no existencia, que antecedía a la creación y que después la rodeaba (incluso a veces penetrando en ella), amenazando el mundo ordenado de Egipto. Maat se concibió como la antítesis y el complemento del caos; un compuesto de justicia, orden, acción correcta, paz y tradición. Un mundo conocible nombrado y categorizado que podía ser mantenido por las acciones del faraón y de su gente. La caótica no existencia allende Egipto era, no obstante, un necesario componente de la vida egipcia, porque era la fuente de toda fertilidad y renovación, como lo había sido de la creación misma.
Los extranjeros fueron contemplados, de modo genérico, como una masa indiferenciada, amenazante, aunque no tanto por su capacidad de atacar como de sumergir y reabsorber las distinciones ordenadas. Por su localización exterior, su incontable número y su naturaleza intercambiable, los foráneos se asemejaban a las aves, peces y animales salvajes del desierto y de los pantanos egipcios, que también representaban la no existencia y tenían que ser sometidos y controlados para mantener Maat. Al igual que la subyugación de los extranjeros, la caza de animales, la captura de pájaros y la pesca de peces, fue un tema relevante en la iconografía egipcia. Los paralelos aclaran que el modo en que los egipcios representaban a los foráneos no implicaba odio xenofóbico ni temor. De hecho, los textos y las biografías de oficiales suelen mostrar a la elite egipcia interactuando pacíficamente con no egipcios, tanto dentro como fuera de Egipto.
La representación de los extranjeros estuvo cercanamente asociada a la representación de la realeza egipcia. Uno de los más corrientes contextos en los cuales los foráneos eran mostrados fue el de las escenas de golpes violentos, en las cuales el faraón mantenía sujeto del cabello a un cautivo arrodillado, mientras con su mano libre levantaba un arma preparada para ejecutarle. Su gran número, la idéntica apariencia y las poses análogas se asociaban al caos indiferenciado. La escena de golpear al enemigo pudo haber simbolizado la ejecución ceremonial de un cautivo extranjero o un ritual en el que un fragmento de escultura era “atacado”, en lugar de un enemigo vivo, como se sugiere de las esculturas decapitadas de cautivos atados encontradas en el complejo mortuorio de Pepi II. En cualquier caso, la escena llegó a ser un icono de la realeza.
El nombre del rey también podría representado golpeando extranjeros. Así, en el serej del rey Aha de la Dinastía I extiende sus brazos desde las esquinas para agarrar y golpear a su enemigo. El mismo recurso se observa en las bases de las estatuas en el primer patio de Medinet Habu, donde los halcones encima del serej de Ramsés III y sus cartuchos mantienen a sus cautivos con brazos humanos.
Un motivo regio vinculado fue la representación de extranjeros aplastados y pisoteados bajo los pies del faraón, quien debe ser mostrado en su forma humana o como humano con cabeza de halcón o de esfinge. De hecho, es probable que esta situación pudiera haber sido uno de los principales roles de la esfinge, pues vemos que ocurre en una escena en el templo mortuorio de Sahure, antes de la creación de la forma de la esfinge. El motivo, tal vez, es muy antiguo, del Período Predinástico. En la Paleta del Campo de Batalla un león pisotea cautivos caídos, mientras que en la Paleta del Toro, un enemigo caído es aplastado por un toro. Esto sería así si se entiende que leones y toros están ya simbolizando en este momento al gobernante.
Los extranjeros fueron también representados sobre las bases de las esculturas regias. El pisoteo del enemigo foráneo puede aparecer implicado  en representaciones tardías de extranjeros atados sobre las suelas superiores de las sandalias reales y en las cubiertas de los reposapiés del faraón, tal y como los preservados en la tumba de Tutankhamón, y también en los “senderos de cautivos” pintados en los suelos del palacio real de Amarna. Al igual que las escenas de golpear al enemigo, este motivo estuvo, salvo pocas excepciones, limitado a los contextos reales.
Una característica de la representación de extranjeros en el arte egipcio es su pasividad. Los “otros” egipcios (niños, mujeres, artesanos, campesinos), tendían a ser mostrados activos en escenas con hombres de la elite. Por su parte, los extranjeros, si no eran simplemente mostrados muertos debido a los temibles ataques del faraón, se representaban pasivos, permaneciendo de pie, arrodillados, levantando sus manos en sumisión o súplica, y caminando solamente si eran cogidos por sus ropas. La pasividad general de los extranjeros responde, probablemente, a la presencia del rey, quien activamente los sometía; su pasividad enfatizaba, así mismo, el tremendo esfuerzo necesario para crear Maat.
A pesar de su rol cosmológico de la no existencia indiferenciada, los foráneos fueron, normalmente, diferenciados en distintos grupos. El aprecio egipcio por la taxonomía y las oposiciones (o polaridades) dualísticas fueron un contrapeso significativo sobre la homogeneidad teorética de las gentes extranjeras. No se debe olvidar que el mundo organizado egipcio consistía en oposiciones entre el este y el oeste, la tierra cultivada y el desierto, el valle del Nilo al sur y el delta al norte. Se distinguían entre ellos y también se oponían. Muy habitualmente, los nubios del valle meridional del Nilo eran contrastados con los asiáticos[1] de las tierras septentrionales y orientales de más allá del Sinaí.
En los templos del Reino Nuevo los nubios eran mostrados, muy a menudo, sometidos por el rey llevando su corona blanca meridional, sobre el sector sur de los pilonos del templo. Por el contrario, los asiáticos aparecían subyugados por el faraón, con su corona roja del norte, en la zona septentrional de los pilonos. Un tercer grupo, menos comúnmente representado, tal vez porque no tenía un opuesto polarizante, fue el de los libios, habitantes del desierto y los oasis del occidente de Egipto. Los libios eran fueron a menudo sustituidos por los asiáticos, aunque también ocurrió que las tres etnicidades podían ser agrupadas como una tríada de pueblos foráneos, lo cual era muy apropiado porque los egipcios empleaban las tríadas para indicar multiplicidad. Los grupos genéricos se vieron aumentados por más específicas representaciones de agrupaciones de extranjeros en contextos históricos concretos, como pasaba con las gentes de Punt (relieves de Sahure y Hatshepsut), o los comerciantes levantinos (tumba de Khnumhotep II en Beni Hasan). Además, las escenas de hambrunas de Sahure y de la pirámide de Unas muestran poblaciones emancipadas que, ocasionalmente, han sido identificadas como beduinos del desierto.
Además de la dual y la triple división de los extranjeros genéricos y de las referencias históricas a grupos étnicos más específicos, los enemigos extranjeros fueron representados, desde los períodos más antiguos de la historia egipcia como un Grupo de Nueve Arcos. Parece probable que esos arcos, inicialmente, no representasen nueve grupos individuales de extranjeros. El número tres simboliza multiplicidad, y tres treses significa totalidad, de manera que agrupar nueve arcos representa a todos los enemigos del faraón y de Egipto.
Los cautivos pisoteados fueron, a menudo, representados sobre las caras de las basas de las estatuas. Sus superficies superiores mostraban habitualmente un grupo de nueve arcos bajo los pies del rey, una práctica que parece datar de la Dinastía III. Posteriormente,  los nueve arcos también se observan sobre sandalias, reposapiés y suelos pintados, algunas veces solos, y otras en combinación con los extranjeros que representaban. En las escenas de golpear con violencia el faraón puede mantener consigo un arco o el cautivo puede levantar un arco hacia el soberano, con su cuerda vuelta hacia él, en gesto de sumisión y de súplica. Esta arma básica n los conflictos armados implicaba que los cautivos se habían rebelado contra el faraón, violando, de este modo, Maat. Los extranjeros no son, así, meramente subyugados a causa de que eran foráneos, sino porque su sometimiento es un requisito necesario para restablecer Maat. El uso más antiguo de arcos para simbolizar enemigos se remonta a la cabeza de maza ceremonial del Rey Escorpión (Nagada III-Dinastía 0).
En el Reino Nuevo, momento en el que los nueve arcos empezaron a ser identificados con nueve particulares grupos étnicos, dos de esos grupos eran los egipcios del Alto y el Bajo Egipto, lo cual demuestra que el universo de “otros” peligroso no consistía únicamente de extranjeros, sino de una mezcla de foráneos que amenazaban el país, y de egipcios de ambas partes del mismo, quienes perturbaban el orden establecido violando las normas y las leyes. Unos y otros se colocaban al margen de la protección del estado y del faraón.
Los nueve arcos incluían los tres enemigos tradicionales, libios (thnw), nubios (jwntjw-ztj) y asiáticos (mntjw-nw-stt), mientras que los restantes cuatro son más complicados de identificar[2]. Se trata de hw-nbw, š3tjw, shtjw-jm y pdtjw-šw. Algunos investigadores (Wildung sobre todo), sugieren que serían los pueblos de las tierras mediterráneas, los nubios superiores, los moradores de los oasis y los nómadas del desierto oriental. Otros, por el contrario (O’Connor, Quirke), ofrecen unas identificaciones más tentadoras: pueblo de Hau-nebu;  pueblo de Shat; los habitantes de las tierras de los pantanos de Iamu; y el pueblo del arco (o de la pluma) de Shu. Durante el período grecorromano el señalamiento de egipcios del Alto país como “Orientales” y los del Bajo Egipto como “Sirios” en la lista de los nueve arcos en el templo de Edfu, parece sugerir que cuando Egipto estuvo gobernado por extranjeros, se sintió la necesidad de explicar el potencial escenario en el cual un rey no egipcio sometía a los egipcios. Tales egipcios fueron, claramente, vistos como alienados de la sociedad, como verdaderos “foráneos” por sus propios crímenes.
En el periodo arcaico (2950-2545 a.e.c.) y en el Reino Antiguo (2540-2120 a.e.c.), los extranjeros eran representados únicamente en contextos reales. Aunque existen tumbas decoradas de oficiales como las de Weni y Harkhuf, cuyos textos autobiográficos describen interacciones con los extranjeros, no hay representaciones de foráneos en esas tumbas. Los no egipcios también se encuentran enteramente ausentes de las tumbas elitescas de Elefantina, región fronteriza cuya elite estuvo muy a menudo inmiscuida en el comercio foráneo.
Durante la etapa de conflictos sociales del Primer Período Intermedio (2118-1980 a.e.c.), las gentes de etnicidades extranjeras comienzan a mostrarse en las capillas funerarias provinciales, usualmente en un contexto de actividad militar. En el Reino Medio (1980-1750 a.e.c.), las representaciones volvieron a ser infrecuentes en los contextos no regios. Algunas excepciones se encuentran en provincias, notablemente la tumba de Khnumhotep II en el cementerio de Beni Hasan, en donde se puede observar una procesión de comerciantes levantinos con los ojos pintados.
Una relevante excepción a la ausencia de foráneos en monumentos no regios en el Reino Antiguo y Medio es la representación de pastores beduinos conduciendo un toro. Desnudos o casi, y a menudo de una delgadez esquelética, esos aislados beduinos se observan en capillas funerarias de tumbas no reales de ambos períodos, tanto en la capital como en las provincias. Su apariencia sugiere que los beduinos no fueron vistos como un grupo extranjero durante esas épocas. Como las regiones de los oasis fueron habitados por beduinos desde tiempos remotos y gobernados por oficiales egipcios, es probable que tales habitantes fuesen considerados como un sub conjunto de la población egipcia. Nunca aparecen, de hecho, en escenas de golpes violentos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. 




[1] El término asiático en egiptología designa una categoría omniabarcante en la cual los egipcios incluían habitantes del Levante y de Mesopotamia. No obstante, en virtud de su elasticidad, es probable que la palabra incluyera también pueblos de ciertas regiones del sur de Europa.
[2] En la tumba de Kheruef, en donde los nueve arcos se muestran sobre la base del trono del rey como ciudades capturadas, los cautivos asociados con esos cuatro pueblos son idénticos a aquellos cautivos vinculados con los asiáticos. El enemigo del Bajo Egipto es también mostrado como un asiático, pero con barba corta, mientras que el del Alto Egipto aparece como idéntico a los nubios. 

20 de marzo de 2017

El inicio de la “Historia”. Los orígenes jónicos

Fue en el ámbito territorial y cultural jónico en donde se produjeron las primeras reflexiones griegas acerca del pasado. Sus autores fueron mitógrafos y logógrafos, esto es, prosistas, que se destacaban de aquellos que escribían en verso.
Se puede decir que fueron los primeros cronistas locales. Se encargaban de exponer, en modo narrativo, las tradiciones de un pasado remoto, las míticas leyendas de los fundadores de los lugares o sus personajes más relevantes. Puede haber detrás de esto el deseo de buscar un sentido de identidad ciudadana y de identificación “patria”, sin que hubiese necesidad alguna de plantearse la diferencia entre los mitos y las “verdades” históricas o de elevar las tradiciones al estatuto de científicas.
Logógrafos y mitógrafos fueron los primeros que quisieron dejar testimonio de los orígenes de sus ciudades, poniendo los cimientos para que autores como Heródoto o Tucídides elaboraran una concepción histórica nueva. No se conocen muchos de estos logógrafos y mitógrafos. Se puede nombrar a Ferécides de Lesbos, Janto de Lidia, Carón de Lámpsaco, Helánico de Siracusa, Escilax de Carianda, Natíoco de Siracusa y Hecateo de Mileto. De entre ellos destacan sobremanera Escilax y, sobre todo, Hecateo. La obra de este último se encuentra en el límite entre la historia y la investigación filosófica, al enmarcarse en el racionalismo de la escuela jónica. Además de su Descripción de la Tierra, quizá su obra más destacada sea Genealogías, pues es un trabajo con cierta investigación crítica.
Con la justificación de relatar el conflicto militar entre Grecia y Persia, Heródoto (484-425 a.e.c.), entrelaza (en sus Historias en nueve libros y en dialecto jónico) una serie de narraciones sobre costumbres, episodios, acontecimientos, lugares y personajes relacionados con su temática central. En el fondo, Heródoto logra una descripción global del mundo de su época, y que llegó a conocer, bien a través de viajes o gracias a las relaciones que mantuvo con otras personas. Su obra carece de una organización coherente y metódica, pero no se le puede negar el mérito de ser un primer intento de realizar una historia global del mundo conocido. Sin embargo, en bastantes oportunidades se queda en una amplia descripción geográfica que enriquece con relatos y costumbres de diferentes lugares. Otro de sus méritos es la apertura hacia otras culturas (no griegas). Lo cual le permite comparar los aspectos socio-políticos de las mismas con aquellos propiamente griegos, como el Imperio frente a la ciudad-estado o el despotismo oriental frente a la ciudadanía helena.
Mientras el motivo de Heródoto fueron las Guerras Médicas, el de Tucídides (460-400 a.e.c.), fue la Guerra del Peloponeso, cuyo fin supuso, tras una generación, el colapso de Atenas. Al margen de la vida política ateniense, en la que estuvo activo, se dedicó a viajar y a escribir. Podría decirse que es un historiador, pues cuida el método y es puntilloso con la cronología. Precisa las causas, los períodos, las fechas; selecciona sus fuentes y la documentación que precisa, criticando la falta de tacto de quienes no se preocupan por documentarse. Existe un rigor metodológico. Y aunque no es riguroso en sentido estricto, intenta ser imparcial. Se centra en analizar las causas de los acontecimientos y es capaz de investigar los orígenes y las consecuencias que dichos acontecimientos pueden acarrear. Por todo ello, debe ser calificado como el primer investigador científico y crítico de la historia occidental.
El primer gran historiador del siglo IV a.e.c. fue Éforo, del que se dice que Isócrates le encomendó la tarea de preservar el pasado remoto de un modo adecuado. Muy influyente en Diodoro y Estrabón, quienes lo citan como una referencia, fue un narrador que se empeñó en hacer, en palabras de Polibio, una historia general del mundo griego, que daba inicio, como no podía ser de otro modo, en la caída de Troya. Jenofonte, por su parte, participó a fines del siglo V a.e.c., en la famosa expedición que, apoyada por Esparta, se encaminó hacia Asia Menor con la finalidad de apoyar a Ciro. Precisamente esta expedición y sus pormenores forman parte del tema de su Anábasis. Sin embargo, hay que decir que su obra histórica más relevante es Helénicas, una historia de Grecia en siete libros, que cubre, sin embargo, el breve período temporal que discurre desde 411 hasta 362 a.e.c., año en que se llevó a cabo la batalla de Mantinea. Aunque es un continuador de la obra de Tucídides, su método desentona, pues no hace una recopilación exhaustiva y sistemática de las fuentes de información.
Cicerón asignó el término moderno de la Historia de Grecia a Teopompo (el pasado a Éforo). Es autor de un par de historias, una de ellas continuación de Tucídides, la Helénica en doce libros, y la Filípica, una suerte de resumen de la política griega contemporánea, en nada menos que cincuenta y ocho libros. Se encomendó a los artificios de la retórica para asegurar un efecto de atracción sobre su público.
Timeo de Tauromenion, un severo crítico de Teopompo y de Éforo, se ocupó, durante buena parte de su vida en Atenas en la investigación de la antigüedad. Estableció en la historia el cómputo de las Olimpiadas, herramienta útil para los historiadores en relación a la cronología de la historia griega, si bien nunca fue un método adoptado para empleo común.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP. Granada. Marzo, 2017

12 de marzo de 2017

Aspectos fundamentales de la prehistoria de India: de los orígenes a los asentamientos proto urbanos del Neolítico






Imágenes (de arriba hacia abajo): un busto femenino en miniatura, hecho en terracota, de Mergahr; una vista del MR3 de Mehrgarh, con diferentes niveles de ocupación; y un sector ritual del yacimiento de Kalibangan, con drenajes en piedra.

El Homo erectus, muy probablemente, se movilizó desde África hacia el sur de Asia a través de Asia occidental, hace unos 500000 años. El Homo sapiens, por su parte, llegó mucho más tarde al subcontinente utilizando dos caminos principales y en dos épocas distintas. Una de ellas fue la ruta tradicional a través de Asia occidental, hace unos 30000 años; la otra, la que permitió la llegada de otro grupo un tiempo antes, en torno a unos cincuenta mil años, desde las costas del sur de India mientras los homininos seguían su viaje hacia las islas Andaman, Indonesia y Australia. En tal sentido, y en el contexto indio y del sur de Asia, podría decirse que la edad de piedra y, por tanto, el Paleolítico, comenzaría aquí hace quinientos mil años, dilatándose hasta el III Milenio a.e.c. cuando ya existe constancia arqueológica de objetos de cobre pertenecientes a la cultura harappense.  No obstante, los restos más antiguos del género homo encontrados en el subcontinente, que corresponden al Hombre de Narmada, tienen una cronología en torno a 250000 años, en tanto que los más antiguos homo sapiens, hallados en Sri Lanka, se datan en 34000 años.
Los dos útiles predominantes durante el desarrollo del Paleolítico Inferior fueron pequeñas herramientas y, sobre todo, las hachas de mano. Grandes depósitos de pequeños útiles y choppers fueron descubiertos en el valle del río Soan, en Pakistán. Las acumulaciones allí encontradas, así como otras en sitios cercanos, han originado la denominación de Cultura Soan. Las hachas de mano descubiertas en Chennai, ya en la segunda mitad del siglo XIX, se conocen como la Cultura Madrasiana. Desde el Paleolítico Medio existen evidencias de herramientas en forma de hojuelas, núcleos, raspadores y buriles; a pesar de las variaciones regionales, todas estas piezas constituyen una cultura conocida como Cultura Nevasan, cuyo nombre procede del sitio Nevasa en el valle del río Godavari en el Decán.
Una muy remota evidencia que puede ayudar a la reconstrucción de la arcaica vida social durante el Paleolítico Superior en el subcontinente lo constituye la presencia de pinturas en cuevas, concretamente en Bhimbetka, en las bancadas del río Narmada en la India central. En ellas se representan escenas de caza vinculadas con símbolos de fertilidad.  
La transición del Paleolítico al Mesolítico testifica la emergencia de un Nuevo tipo de útil de piedra, el microlito. El conjunto habitual de microlitos incluye triángulos, trapecios, crecientes y puntas de flecha, todas ellas herramientas o armas de gran efectividad. La producción de microlitos dependía de la disponibilidad de piedras que podían ser fácilmente trabajadas, como el cuarzo y diversos tipos de calcedonia. La más antigua evidencia de esos microlitos en el sur de Asia se encuentra en sitios de Sri Lanka, que se datan en torno a 26000 años. Los microlitos de los yacimientos en el territorio continental indio, Bagor, en Rajasthan, Langnaj en Gujarat, Sarai Nahar Rai, Mahadaha y Damdama en la llanura del Ganges, además de Adamgarh, Bhimbetka y Ghagharia en la India central central, se fechan en una época más reciente a esos veintiséis mil años.
Los microlitos fueron unas herramientas funcionalmente más útiles que las de mayor tamaño, porque podían ser enmangadas para formar muchas otras herramientas, como cuchillos. Gracias a su presencia se puede detectar un cambio de hábitat, de los sitios cercanos a los ríos a las colinas y zonas boscosas. Una movilidad estacional se ha registrado en relación al movimiento de personas entre las llanuras del Ganges y las escarpaduras Vindhya en la India central. Los animales se mueven, en general, durante el invierno desde las llanuras a las colinas, en tanto que la población les sigue y se refugia en cavernas. El movimiento inverso se produce durante la estación cálida, cuando la gente aumenta su capacidad de subsistencia gracias a la recolección de plantas en las llanuras.
El hallazgo de numerosos molinos de mano y anillos de piedra en diferentes yacimientos atestigua una primitiva forma de cultivo. Es muy probable que los anillos pétreos fueran usados como pesos. Además, también se han encontrado huesos de ovejas, cabras y vacas en las áreas de habitación, un claro indicador de la domesticación de animales. Huesos de otros animales, como ciervos, jabalíes y avestruces también son frecuentes entre los restos adyacentes a los sitios habitados. Los lugares de enterramiento contienen restos esqueléticos y bienes funerarios como los propios microlitos, caparazones o pendientes de marfil. Todo ello sugiere la posible creencia en el Más Allá, en la otra vida o en alguna forma particular de conciencia.  Algunos sitios de enterramiento estuvieron en basureros, como los ejemplificados en Sri Lanka. Del mismo modo, notables ejemplos de arte parietal en el que se representan cuerpos de animales y figuras humanas, han sido descubiertos en diferentes lugares del paisaje indio, en cavernas en zonas tan apartadas entre sí como Kerala y Cachemira.
En el contexto del sur de Asia e India, la evidencia arqueológica de neolitización data de 11000 a.e.c., si bien la evidencia de agricultura y domesticación de animales se fecha desde 7000 hasta 1000 a.e.c. dependiendo de los lugares. Hasta el día de hoy se cree que los primeros agricultores del sur de Asia se focalizaron en Beluchistán y que debieron haber procedido de Mesopotamia y de la región del, Creciente Fértil.
Se pueden establecer cuatro concentraciones de yacimientos neolíticos en India, que permiten identificar las similitudes y disimilitudes regionales. La primera de tales concentraciones se halla en Beluchistán, en las cercanías del río Bolan, cerca del paso que une las tierras altas con las llanuras del río Indo. La presencia de restos de estructuras elaboradas con adobe, de semillas de cebada y trigo y de huesos de cabras, vacas y ovejas, proveen la evidencia más clara del desarrollo de la agricultura y de las comunidades pastoriles en esta región del subcontinente. El lugar principal aquí fue, sin duda, el sitio de Mehrgarh, cuyos estratos más antiguos han sido datados en 7000 a.e.c. Otros sitios asociados a esta región son el de Kili Gul Mohammad y el de Rana Ghundai.
La segunda agrupación de yacimientos se encuentra en Cachemira y los valles del Swat, en Pakistán actual. Hay evidencia, en sitios como Gufkral y Burzahom de asentamientos neolíticos de agricultores. En ellos han aparecido objetos de distinto tipo, cerámica y restos de fauna doméstica. Además, también se han encontrado peculiares fosos en forma de campana. Se ha sugerido que estos pozos habrían servido como lugares subterráneos de morada para seres humanos o como sitios de acumulación de inhumaciones. En tal sentido, se ha pensado que las gentes que los usaron habrían estado vinculadas con las comunidades neolíticas de Asia central, que utilizaba pozos semejantes.  No obstante, también es probable que hayan sido una suerte se silos para el grano o grandes refugios.
Una tercera zona de concentración de yacimientos se localiza en una gran área que cubre la cuenca del Ganges y casi todo el oriente de India. En esta amplia zona algunos de los restos son yacimientos pre agrícolas, lo cual indica una continuidad con el Mesolítico. En otros lugares, sin embargo, caso de  Chopani Mando, Chirand, Mahagara y Koldihawa, existe evidencia de cultivo y de domesticación de animales ya desde el IV milenio a.e.c. Así mismo, aquí se han encontrado restos de granos de arroz. No está claro si esos granos se deben a cultivos indígenas o si el arroz entró en el subcontinente desde Asia oriental y del sudeste en algún momento durante el II milenio a.e.c.
La cuarta concentración regional de yacimientos neolíticos ocurre en el sur de India. En esta región se encontraron, en sitios como Utnur, grandes montículos de ceniza, muy probablemente restos de empalizadas dentro de las cuales se encontraba el ganado vacuno en cierta estación del año y era domesticado. Estos depósitos de cenizas pudieron ser el resultado de la cremación de diferentes empalizadas. En varios asentamientos al aire libre del sur de India la presencia de útiles como hachas de piedra pulimentada y hojas de piedra entre restos de legumbres, tubérculos y mijo provee una evidencia de una distinta cultura agro pastoral regional.
Tuvieron que pasar algunos milenios después del 7000 a.e.c. antes de que los cazadores-recolectores llegasen a ser figuras marginales en el territorio indio. Durante largo tiempo los agricultores y los cazadores-recolectores mantuvieron estrechos contactos, a causa de que aquellos necesitaban también los bosques y aprovisionarse de miel. Cuando la agricultura comenzó a incluir el cultivo de la tierra y la alimentación de animales domésticos, los cultivadores colaboraron estacionalmente con los pastores semi nómadas. Después de las cosechas, los pastores traían sus vacas, ovejas y cabras para alimentarse de los rastrojos, en tanto que los excrementos de los animales ayudaban a fertilizar la tierra. Además, ambos grupos, materialmente se beneficiaban del intercambio de cereales, leche, carne y pieles de animales. Con el tiempo, se intercambiaron también artefactos y productos fabricados no por campesinos ni pastores, sino por artesanos. Sería un intercambio facilitado ya por comerciantes.
Sin duda los agricultores disfrutaron de un mayor nivel de prosperidad. Los restos de vasijas, caparazones y piezas de orfebrería descubiertos en Beluchistán y en la cuenca del Indo, las primeras áreas agrícolas del sur de Asia, testifican una diversidad presente, al menos, desde el VI milenio a.e.c. Los conceptos de identidad, etnicidad y de pertenencia a los antepasados llegan a ser significativos en el contexto de las comunidades agrícolas. Asimismo, el desarrollo del liderazgo hereditario también empieza a acontecer en este estado de evolución cultural y técnico.  La complejidad social se hace marcada cuando comienza la búsqueda de estatus entre familias particulares dentro de la comunidad. Los restos de bienes funerarios son un indicador de esta particular tendencia.
La complejidad social asociada con las comunidades agrarias trajo consigo también el conflicto, la guerra, cuyo contencioso principal fue la tierra y su posesión. Los vestigios de cercados defensivos o de esqueletos pertenecientes a cuerpos empalados y con armas son claros indicadores de conflictos violentos.  
La transformación de las comunidades de agricultores neolíticas en asentamientos proto urbanos se produjo esencialmente en el noroeste, en la región del Indo. Conforma la primera y más arcaica fase de la civilización de Harappa, denominada Era de Regionalización[1]. Un número importante de sitios en el área progresaron desde un estado neolítico de existencia a otro con un estilo de vida cultural urbano  propio de la Edad del Bronce o el Calcolítico. Esta transición de lo rural a lo urbano se verifica en Beluchistán, en sitios como Mehrgarh, Kili Gul Mohammad, Rana Ghundai y Balakot, el Sind (en yacimientos como Amri y Kot Diji), las planicies del Punjab occidental (el propio sitio de Harappa), el valle del Gomal, con Rehman Dheri, y el valle de Ghaggar-Hakra, (con lugares clave como Kalibangan), hoy en los modernos estados indios de Rajasthan y Haryana.  
Este incipiente urbanismo se comprueba a tenor de los tamaños de los asentamientos, los restos de fundamentos de viviendas, de la longitud de las calles y de la variada tipología  de las manufacturas cerámicas, además de la presencia de herramientas y valiosos bienes funerarios. Los asentamientos a menudo se encuentran cerca de tierra fértil y a lo largo de importantes rutas comerciales.  
En Amri, un yacimiento ubicado al sur de Mohenjo Daro, se distinguen, según los arqueólogos, cuatro períodos. El Período I (3500-3000 a.e.c.), corresponde a la fase más antigua, conocida como Cultura Amri. En esta fase se encuentran viviendas rectangulares de piso hundido, así como vasijas de terracota roja, además de algunas herramientas de piedra. El segundo período se desarrolla entre 3000 y 2700 a.e.c., mientras que en el III es cuando Amri forma parte ya de la Civilización del Indo, presentando grandes casas de adobe.
Kot Diji, en el Sind, conoció el desarrolló, entre 3200 y 2600 a.e.c., de una industria cerámica mayor, un estilo cerámico que se encuentra en sitios como Rehman Dheri o Kalibangan. Se trata de una cerámica roja con motivos decorativos en forma de escamas de pez u hojas de ficus religiosa. Además, han aparecido figuras de vacas y diversos objetos de hueso o caparazón. En Kot Diji hubo un complejo fortificado con una ciudadela, además de una ciudad baja.
Kalibangan, en Rajasthan estuvo ubicada en las bancadas del hoy seco río  Ghaggar-Hakra. Durante su fase Antigua, entre 3000  y 2700 a.e.c., se constata la presencia de una fortificación de ladrillo además de casas con tres y cuatro habitaciones.  También se han hallado hojas de calcedonia, de cornalina y fayenza, cerámica con varios diseños y piezas de plata y oro.
El yacimiento de Mehrgarh, en  Beluchistán es el más perfecto ejemplo de un sitio que vincula la sociedad neolítica con la cultura de Harappa en su etapa de madurez.  El sitio se encontraba en el sistema de drenaje del Indo y, por tanto, se trataba de un yacimiento muy apto para el desarrollo agrícola. Por otra parte, Mehrgarh estuvo estratégicamente ubicado en la ruta histórica que unía el valle del Indo con la meseta iraní, vinculando de tal modo  el Asia central con la región occidental. De los seis montículos en los que consiste el yacimiento, los arqueólogos han denominado el más antiguo como MR3. Aquí descubrieron evidencias de una continuada ocupación humana desde 7000 hasta 4700 a.e.c. Con posterioridad al Período I, hubo otros seis, con un desarrollo cronológico que llega hasta 2300 a.e.c.
Finalmente, en este yacimiento se han recuperado semillas de algodón, lo que ha motivado a los especialistas a preguntarse si pudo existir aquí el primer centro de manufactura de este producto en la zona del Indo.  

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Marzo, 2017



[1] Entre 7000 y 4500 a.e.c. debería llamarse Fase Beluchistán, a causa de la relevancia del yacimiento de Mehrgarh; entre 4500 y 3500 podría considerarse una Fase de Transición, mientras que desde 3500 a 2600 a.e.c. podría entonces recibir el nombre de Fase Antigua de Harappa o, según el historiador J. Shaffer, Era de Regionalización.