9 de diciembre de 2017

Iberos en la Península Ibérica: organización, economía y sociedad (II)



En las imágenes (arriba), la Dama de Baza, hallada en la necrópolis de Baza, Granada. Atribuida a los bastetanos, ha sido datada en el siglo IV a.e.c; y (abajo), tésera de hospitalidad celtíbera de Uxama (Osma), Soria. Hoy se exhibe en el Museo Numantino de Soria.

En términos muy generales se podría distinguir entre los iberos una aristocracia militar, el conjunto de la población libre, en esencia campesina, campesina y que sería el fundamento de los ejércitos y, tal vez, un grupo de esclavos[1]. Este es, en cualquier caso, un esquema genérico muy poco clarificador. La aristocracia basaría su prestigio en su rol militar, y en su riqueza económica, que provendría de la tierra y la ganadería entre los pueblos del interior, así como del comercio entre los costeros.
Además de una más que presumible atomización política, algo característico de las poblaciones iberas sería la mentalidad heroica y aristocrática, que busca esencialmente el prestigio personal por acometidas audaces que por empresas concienzudas y planificadas. Estos rasgos parecieran ser los que caracterizan la sociedad ibérica, pues en ella, a pesar de la consolidación de las urbes, los vínculos interpersonales, tanto de parentesco como de clientela, de seguro desempeñaron un papel relevante en la articulación social.
A la cabeza de la sociedad se encontraría una rica aristocracia, representada por los reges, principes, basileis y senatus, cuyo patrimonio procedería de la posesión de ganado y tierras, así como de la práctica de actividades mercantiles y la piratería. Luego, habría un extenso grupo de personal dependiente de esta aristocracia, dentro de la propia ciudad, que le ayudaría a cimentar su poder político y que, casi con seguridad, los acompañarían en el combate. Inmediatamente por debajo de ellos, se encontrarían los individuos (al modo de los que se pueden ver en grupos en ciertas cerámicas de Liria, con cota de mallas, lanzas y escudos), que pudieran configurar una suerte de falange que combatiría a las órdenes de los aristócratas.
Desde la perspectiva política, entre los iberos se alternaban la monarquía y las formas, digamos, republicanas. Se conocen relativamente bien algunas monarquías ibéricas, como es el caso de la de Indíbil y Mandonio sobre los ilergetes y otros grupos, como ausetanos y lacetanos. Según Polibio ambos son basileis, en tanto que según Livio, serían reguli y principes. Primero fueron aliados de los cartagineses, para posteriormente serlo de los romanos. En cualquier caso, la alianza de ambos reyes con los romanos fue inestable[2] y se sublevaron en determinadas ocasiones, particularmente con la intención de saquear.
La monarquía ilergete se extendía sobre un grupo de ciudades y populi, aunque no semeja ser igual a las monarquías turdetanas. Pareciera estar fundamentada en el ámbito militar que en cualquier otro factor, un hecho que recuerda más los caudillajes galos (incluyendo la dualidad regia del vergobret), que las monarquías ibéricas. Esta monarquía se constata con posterioridad a sus famosos reguli, cuando Catón reciba a Bilistages, rey ilergete.
Otra monarquía que se atestigua en las fuentes es la de los edetanos, entre los que destaca Edecón. Igualmente, primero aliada de los cartagineses, esta monarquía cambió su actitud y acabó pasándose a los romanos de Escipión una vez que cayó Cartago Nova.
Un rey también conocido es Amúsico, un régulo de los ausetanos partidario de los cartagineses. Muy a finales del siglo III a.e.c. hacia 205, los ausetanos aparecen ya bajo el mando de los reyes ilergetes Indíbil y Mandonio.
Las monarquías ibéricas parecen haber sido francamente inestables. El soberano viviría rodeado de familiares y de un grupo, más o menos numeroso, de clientes y amigos que lo acompañarían en las embajadas y también en las guerras. Esta familia real podía ser desalojada del poder o verse forzada a salir de la ciudad o poblado sobre el que reinaba. Su mantenimiento en el poder dependía mucho, muy probablemente, de su fortuna militar. Es posible, aunque no haya evidencias al respecto, la existencia de algunas reglas sucesorias. De hecho, quizás los matrimonios con algunas princesas les confiriesen un lugar preferente en la sucesión dinástica.
Ciertas comunidades ibéricas parecen haber estado gobernadas por consejos aristocráticos, presididos por magistrados. Parece haber sido el caso de los volcianos, que acogieron mensajeros romanos tras la caída de Sagunto. Los bargusios parece que tuvieron también un consejo análogo. Tales consejos estarían compuestos por aristócratas. En las regiones del interior, un tanto más autárquicas, harían las veces de verdaderos patres familiarum. En todo caso, la existencia de los consejos, con su portavoz al frente (el más anciano, por ello investido de autoridad y experiencia) no es incompatible con las monarquías militares. De hecho, el clima de guerras generalizado que implicó la conquista romana debió favorecer el desarrollo de tales monarquías de la mano de carismáticos líderes, especialmente duchos en la guerra.
La constitución saguntina se asemeja algo a la de las ciudades griegas. Se trata de una las primeras ciudades iberas en acuñar moneda, en tanto que su clase dirigente debió estar conformada por propietarios agrícolas y comerciantes. Cuando se produjo el ataque de Aníbal, Livio comenta acerca de la presencia de un senado y de un pretor en la ciudad[3]. Es factible pensar, en consecuencia, que la constitución saguntina era la propia de una república aristocrática (tal vez por influencia de Ampurias o de Marsella), o quizá como producto de la evolución de la sociedad local.
Alrededor de la fides se organizaban varias instituciones, como era el  caso del hospitium, la clientela y la devotio. Todas ellas jugaban un relevante papel en las relaciones socio-políticas en el mundo ibérico, lo mismo que en las de otros pueblos prerromanos. Estas instituciones poseían en la Península  ciertos diferentes matices a aquellos de las instituciones romanas. En la Península Ibérica se conoce, gracias a las fuentes epigráficas y literarias, la existencia de múltiples pactos de hospitalidad y clientela fundamentados en la fides (esto es, en la buena fe o la mutua confianza que debía presidir las relaciones entre personas y entre estados)  así como la presencia de una peculiar institución, los devotos o soldurios.
Las inscripciones, mayormente sobre bronce, que refieren pactos de hospitalidad y clientela, se conocen con el nombre de tesserae hospitales o tabulae hospitales. Abundan en la Península desde el siglo I a.e.c. y se continúan en las primeras centurias imperiales. Estos pactos de hospitalidad y clientela eran alianzas o tratados que vinculaban  dos partes: o bien dos personas o un par de comunidades, o bien un individuo y una comunidad. La diferencia entre hospitalidad y clientela, desde la perspectiva del derecho romano, era que el pacto de hospitalidad (hospitium), se contraía sobre un plano de igualdad para las dos partes, en tanto que la clientela suponía en sí misma una desigualdad, pues una parte tenía más poder que la otra. En la hospitalidad ambas partes se concedían derechos y deberes recíprocos, mientras que en la clientela, el sector poderoso, es decir, el patronus, poseía el derecho de obsequio y el deber de asistencia hacia la parte débil, el cliente, el cual, a su vez,  debía al patrono apoyo de todo tipo, militar, social o electoral.
El caso de fides más antiguo que se conoce en Hispania es el de los saguntinos. Al respecto, Livio menciona una fides socialis, que mantuvieron hasta su destrucción final.  Los reyes Indíbil y Mandonio tuvieron también, en principio y según Polibio, un pacto de fidelidad y clientela con Aníbal y los cartagineses, que posteriormente cambiaron por otro con el general romano Escipión. Una clase especial de clientela fue la militar, en función de la cual un patrono con mucho poder podía reclutar una tropa entre sus varios clientes. De hecho, los políticos de mayor importancia tuvieron clientelas en Hispania.
Una institución esencialmente hispana, y específicamente ibérica, fue la de los devotos (soldurios). Se trataba de un tipo especial de clientela, cuya sanción se llevaba a cabo por mediación de un juramento religioso por el cual los soldurios se comprometían a no sobrevivir a su jefe si este fallecía trabando combate. A cambio de semejante fidelidad extrema, los devotos participarían de modo preferencial en el botín así como en los honores que se derivasen de una victoria militar. La institución, por consiguiente, proporcionaba séquitos de íntima fidelidad hacia jefes y generales. Además de Sertorio, también Augusto, al principio de su mandato, empleó soldurios hispanos como guardia personal.
La devotio ibérica se diferenciaba de la romana de un modo patente. En el caso romano, el general de un ejército se consagraba a los dioses infernales para asegurar la victoria de su ejército a cambio de su propia vida, mientras que en el caso hispano, los soldados que se consagraban unían inextricablemente sus vidas a las de su comandante.
En relación a la religiosidad ibérica, aunque parece evidente una influencia de cultos fenicios y púnicos sobre la religión turdetana y bastetana, en la zona ibérica da la impresión que la influencia externa parece fundamentalmente griega. Estrabón, sin ir más lejos, señala que los iberos recibieron del mundo heleno el culto de la Ártemis efesia, con sus ritos propios. Por su parte, Plinio (Historia Natural, XVI, 215), afirma que en Sagunto existía un templo de Diana, cuyo culto habría sido importado por los colonizadores zacintios.
La evidencia arqueológica referida a los aspectos religiosos es, en cualquier caso, muy pobre. Entre los ejemplos más relevantes se encuentra una serie de thymiateria (quema perfumes) de terracota, de la zona de Alicante, que representan la cabeza de la diosa Deméter. No tienen restos de combustión, de tal manera que muy probablemente no se usaron para su específica función. Proceden de tumbas y también de contextos domésticos. No se puede atestiguar con ellos la existencia de un culto de Deméter. Ahora bien, su imagen pudo sufrir una reinterpretación por parte de la población indígena como diosa de la fecundidad y la abundancia agrícola, algo que justificaría su presencia en las viviendas, o también como deidad de ultratumba, lo que haría comprensible su hallazgo en sepulturas.
Otro buen ejemplo (Serreta de Alcoy) es un grupo en arcilla roja que pudiera representar a una diosa sentada en un trono y amamantando a un par de criaturas. Aparece rodeada de otras figuras, entre ellas un ave y un flautista. Gracias a la presencia de esta imagen, así como a la famosa Dama de Elche, se puede inferir la creencia de los iberos en una divinidad nutricia de la fecundidad, incluso de las cosechas, y en otra que sería una suerte de señora de los muertos. Esta última podría ser, incluso, un aspecto distinto de la misma diosa.
Algunas cerámicas ibéricas llevan pintadas la imagen de una figura femenina que surge de una flor y se vincula a un ave. Del mismo modo, existen ejemplos de otras en las que se observa un individuo masculino que se asocia a una hoja en forma de corazón y a un lobo o, en su defecto, un animal carnívoro[4]. Ambas figuras pueden aparecer aladas o no. La figura del lobo parece vincularse en el mundo ibérico a la idea de muerte y el Más Allá, un factor que coincide con su condición de principal depredador en la región mediterránea.
Se conoce, así mismo, por manifestaciones de época romana, el culto a un dios de los montes que, ulteriormente, se identificó el Júpiter romano. El Montgo, por ejemplo, situado cerca de Ampurias, deriva su nombre de un Mons Iovis.
Una diferencia básica en relación a la zona meridional peninsular radica en que en la zona ibérica no parecen existir santuarios rurales tan propios del sur. Se conoce la existencia de algunos santuarios “urbanos”, en coincidencia con las noticias literarias que mencionan templos dentro de las ciudades ibéricas.
El ritual o modo funerario principal en el mundo ibérico es el de la incineración. La cremación del cadáver suele hacerse en un ustrinum, junto el ajuar. Las cenizas se depositan en una urna cerámica que luego se coloca en la tumba. La forma, las dimensiones y, sobre todo, el aspecto de las tumbas varían en función de la importancia social y económica del difunto.
Las principales son las principescas, cubiertas con un monumento del tipo de los pilares, coronados en ocasiones por esculturas de esfinges, toros y leones. También son relevantes las tumbas de guerreros, en las que aparecen armas, específicamente falcatas, umbos de escudos y puñales. En las tumbas de mujeres, así mismo, se depositan espejos, ungüentarios, vasos de perfumes y demás objetos de tocador.
Por otra parte, es habitual la presencia de pebeteros o de quema perfumes en las tumbas, así como de jarros rituales de bronce. Dichos objetos ofrecen una cierta idea de unos posibles rituales, probablemente de purificación. De las célebres esculturas ibéricas, como la Dama de Baza o la Dama de Elche, cuyo contexto funerario es totalmente seguro, parece deducirse que en el mundo ibérico se creía en una deidad de los muertos, al estilo de la Perséfone griega, quizás protectora de almas y señora del inframundo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV. FEIAP-UGR. Diciembre, 2017.



[1] Está bien documentado el empleo de esclavos en las minas de Cartago Nova. De aquí se infiere su uso también en las explotaciones agrícolas. Sin embargo, la presencia de población esclava parece asociada a la esfera económica cartaginesa y, por lo tanto, no sería necesariamente tan característico de la economía indígena.
[2] El pacto (fides) contraído con Escipión era de tipo personal. En consecuencia, los reyes ilergetes lo habrían considerado disuelto con el  presunto fallecimiento del general romano.
[3] El senado seria un órgano timocrático compuesto por los propietarios agrícolas de mayor renombre y por mercaderes. El pretor, por su parte, pudiera ser un magistrado electivo que presidiría el senado y haría ejecutar sus resoluciones.
[4] En dos pateras de Tivissa (en Tarragona) el umbo central se muestra decorado con la cabeza de un lobo en relieve. Una de ellas muestra, además, una profusa decoración interna con la presencia de un personaje sentado en un trono, unas figuras aladas que sacrifican un ciervo y un animal carnívoro que ataca a su presa, entre otras varias. Podría interpretarse que tales objetos rituales se habrían empleado en un determinado ritual funerario.

2 de diciembre de 2017

Iberos en la Península Ibérica: organización, economía y sociedad (I)




En la imagen, un vaso ibérico pintado de los puñales (antenas atrofiadas o empuñaduras de frontón) y las granadas (arborícolas de seis frutos). Tumba 400, Cigarralejo. Siglos IV-III a.e.c.

En el término Iberia persiste un concepto étnico-cultural pero también geográfico. En las fuentes griegas Iberia es la Península Ibérica. Aunque en Polibio el término se refiere a la zona mediterránea, con la conquista romana las fuentes griegas extienden su denominación a todo el territorio peninsular. En sentido restringido, el vocablo iberos se aplica a las poblaciones peninsulares que se ubicaron en la costa levantina. Así son citados, como una etnia propia, en Avieno (Ora maritima). Por su parte, Hecateo, en el siglo V a.e.c. habla de los  esdetes (edetanos) y los ilaraugates (ilergetes o ilergavones), mientras que Éforo, un siglo después, también los diferencia como pueblo, distinguiéndolos de los celtas, y otorgándoles un  sentido cultural.
Esta región evoluciona culturalmente en los siglos VI y V a.e.c. En estas épocas se constata un fuerte aumento demográfico que conlleva la aparición de ciudades de tramas urbanas complicadas. Este hecho trae consigo una jerarquización del territorio en núcleos poblacionales principales y otros secundarios, el desarrollo de manufacturas, especialmente a partir de la metalurgia del hierro, así como de cerámica con decoración en bandas, semicírculos concéntricos y hasta composiciones figurativas; y también el empleo de una escritura, atestiguada arqueológicamente en documentos contables, inscripciones funerarias y cartas diversas.
En semejante desarrollo es capital la influencia de los pueblos colonizadores mediterráneos, específicamente los griegos, sobre las poblaciones autóctonas. Estas poblaciones eran una continuidad, sin aparente interrupción, del poblamiento de la Edad del Bronce; esto es, del segundo milenio a.e.c.
Un factor relevante es que entre la cultura material y el léxico (toponimia y onomástica) de esta zona existieron elementos indoeuropeos. Esto se debió, muy probablemente a la difusión, primero, de la Cultura de los Campos de urnas en la región catalana y aragonesa (siglos XI-IX a.e.c.), y de la cultura de los Campos de Túmulos (Aragón y Navarra), durante los siglos VIII y VII a.e.c., después. La presencia de estas culturas supone la llegada a la Península Ibérica de poblaciones de centro Europa. Su no permanencia en la región pudo deberse a que estos grupos no fueron lo suficientemente abundantes para la implantación de su lengua y cultura y, por consiguiente, serían absorbidos por el substrato lingüístico y étnico de la Edad del Bronce, o también pudo deberse a una poderosa expansión de la lengua y cultura ibéricas a partir del siglo V a.e.c. por la zona. Tal expansión, tal vez, habría sido la de las elites desde sus territorios originales en el oriente de la península hacia Cataluña y el sur de Francia.
Según refieren autores antiguos (Estrabón, en su Geografía, III, 1.6-7), no había una uniformidad cultural entre los iberos, y su fraccionamiento político era muy evidente. Este comentario parece corroborarse  en la existencia de dos lenguas y un par de sistemas de escrituras distintas en el área ibérica (como mínimo). Se trata del  ibérico meridional (Murcia y Alicante), y el septentrional (Aragón y Cataluña). Incluso dentro de cada una de estos grupos hubo diferencias internas. Es por tal motivo que hoy los especialistas (M. Salinas de Frías) hablan de “Complejo Ibérico”.
Las fuentes antiguas facilitan una enumeración bastante discordante de pueblos en estas regiones ibéricas. Es casi seguro que, con el paso del tiempo, hubo movimientos poblacionales y fusiones de unos pueblos con otros. Además, naturalmente, no todos coexistieron en el mismo tiempo. Lo más seguro que puede referirse en la actualidad, es señalar la situación de los pueblos ibéricos existentes en los siglos III y II a.e.c. En la zona costera estarían ubicados los contestanos, edetanos, ilergavones, cesetanos, layetanos  (lacetanos) e indigetes; en el interior, los beribraces, los ilergetes y los ausetanos, mientras que, finalmente, otro grupo sería el de los pueblos pirenaicos de los olositanos y castellanos, ceretanos, bargusios y bergistanos, andosinos y arenosios.
Las referencias a los contestanos son  bastante tardías. La más antigua hace alusión  a los preparativos de Sertorio, en 76 a.e.c., para  enfrentar la llegada de Pompeyo. Plinio, por su parte, ubica la Contestania en la costa, al norte de la Bastetania. En su interior menciona a Cartago Nova, Ilici (Elche), Lucentum (tal vez Alicante). Las referencias de Ptolomeo coinciden en lo esencial con Plinio. Habría que situar a los contestanos, en consecuencia, en la costa sudeste, entre Cartagena y el río Júcar. Desde los bárquidas cartagineses será cuando los contestanos formen su identidad propia, caracterizada por una poderosa iberización.
Hecateo menciona a los esdetes, habitualmente identificados con los edetanos. Estrabón, por su parte, los sitúa entre Cartago Nova y el Ebro, mientras que Plinio establece el río Júcar como el límite entre Contestania y Edetania, en cuya costa ubica la colonia de Valentia, Sagunto y el río Turia. Ptolomeo, finalmente, coincide con Plinio en el límite sur de Edetania, pero considera Valentia contestana. Hace llegar la Edetania por el interior hasta Caesaraugusta. En el actual estado de conocimientos se puede identificar el emplazamiento de la antigua Edeta en el cerro de San Miguel de Liria, con presencia de un oppidum ibérico de extrema relevancia. Ciudades destacas serian, entonces, Sagunto (de nombre ibérico Arse) y Valencia.
Es Plinio quien sitúa a los ilergavones entre el rio Udiva (el Mijares actual) y el Ebro, al norte del cual habitarían los cesetanos. Livio  corrobora los datos de Plinio y aquellos de Ptolomeo cuando afirma que Asdrúbal (en 217 a.e.c.), cruzó al norte del Ebro y allí instaló su campamento en territorio ilergavon. Cesar (en De Bello Gallico) cita a los ilergavonenses entre los pueblos del norte del Ebro que se le asociaron. Entre las ciudades identificadas de este pueblo se encuentra Dertosa (Tortosa), probablemente la que Livio denomina Hibera.
Plinio cita la Cossetania al norte del Ebro, con su ciudad principal Tarraco. Gracias a algunas monedas con letras indígenas se conoce nombre ibérico de la ciudad, Cese y, por consiguiente, el de la región y el del pueblo debían ser los de cesetania y cesetanos. Cese es, quizá, la Cissa que mencionan Polibio y Livio.
Los textos clásicos mencionan dos pueblos, layetanos y lacetanos. Su diferenciación es una cuestión difícil y espinosa. Estrabón menciona dos pueblos diferentes, leetanos y lartolaietanos, en la costa. Plinio, por su parte, señala a los leetanos en la costa y a los lacetanos en el interior, al lado de los ausetanos. La existencia de laietanos aparece testimoniada en monedas con el epígrafe laiescen. Según refiere Ptolomeo, sus ciudades principales serian Baetulo (Badalona), Barcino (Barcelona) y Blanda (Blanes). Los lacetanos se ubicarían hacia el interior. De los núcleos urbanos que les asigna Ptolomeo se identifican Bacasis (Manresa), Stelsis (Solsona) y Aeso (Isona), entre otras.
Los indigetes son mencionados en el periplo de la Ora marítima. Avieno los describe como feroces y habilidosos en la caza. Estrabón, que señala que estaban divididos en cuatro grupos, los ubica entre el Ebro y los Pirineos. Plinio coincide con dichas apreciaciones. El etnónimo se encuentra atestiguado en monedas ibéricas con la leyenda Untikesken.
Entre los indigetes es en donde se establecieron las colonias griegas de Ampurias y Rosas. Aunque Tito Livio comenta que Ampurias poseía una estructura doble, una ciudad griega y otra ibérica, separadas por una muralla, no existe evidencia arqueológica alguna de esto. Lo que, probablemente, si pudiera ser es que lo descrito por Livio corresponda al par (tal vez sociedad comercial) Ampurias-Ullastret (la Cipsela de Avieno), siendo esta última una ciudad ibera situada en las proximidades de la colonia griega.
Los ilergetes son uno de los pueblos ibéricos interiores del que más se conoce. Ello se debe a la oposición que llevaron a cabo frente a los romanos, y a favor de los cartagineses, en el principio de la conquista. Han trascendido dos de sus jefes, Indíbil y Mandonio. El nombre que los identifica presenta un elemento Iler- que aparece así mismo en el de los ilergavones y en el de su principal ciudad, Ilerda.
Polibio y Livio citan a los ilergetes como el primer pueblo sometido por Aníbal después de cruzar el Ebro. Cneo Escipión, desde Ampurias, sometió a los ilergetes y luego a los ausetanos. Finalmente invernó en Tarraco. Así,  en el momento de la conquista romana, los ilergetes parecen un pueblo poderoso que estaría asentado al norte del Ebro.
Estrabón  les atribuye también la ciudad de Osca (Huesca), capital de Sertorio (en las monedas ibéricas aparece como Bolsean). Ptolomeo también les atribuye  las ciudades mencionadas, además de otras que llevan por nombre Bergidum y Bargusia (quizá Berga y Bargus, urbes epónimas de bergistanos y bargusios)[1].
Los ausetanos aparecen en varias fuentes como aliados de los ilergetes. Parece evidente su relación (salvo que sean los mismos), con los ausoceretes que menciona la Ora marítima. Estos pueblos fueron, según cuenta Livio, dominados por Aníbal en 209 a.e.c. junto con los bargusios, ilergetes, y lacetanos. El propio Livio menciona a su princeps Amusico, y los ubica en las cercanías del río Ebro y de los lacetanos. Su ciudad capital sería Ausa (Vich). Según Ptolomeo, no obstante, también serán ausetanas Gerunda (Gerona) y Aequae Calidae, tal vez Caldas de Montbuy.
La presencia de los Sedetanos (distintos de los edetanos) se supuso (G. Fatás) a  partir de la mención de Plinio, que habla, sin motivo de duda, de una regio Sedetania. En modo semejante, Livio les atribuye un ager Sedetanus, localizado en la vecindad de pueblos como los suesetanos e ilergetes. Además, un factor decisivo fue el hallazgo de una ceca de nombre sedeisken. En los sedetanos debe observarse un pueblo ibérico que estaría emplazado en el valle medio del Ebro, con su ciudad principal ubicada en Salduie (la antecedente de Caesaraugusta).
Diversas fuentes aluden a un conjunto de pueblos pirenaicos cuya relevancia y personalidad grupal son muy escasas. Se trata de los arenosios y andosinos, ceretanos, castellanos y olositanos. Los ceretanos, tal vez los más relevantes, son divididos (por parte de Plinio) en augustanos y julianos. La capital de estos últimos sería Iulia Libica. Estarían ubicados en una región no de habla ibérica sino vasco-aquitana. Por su parte, el pueblo pirenaico de los bargusios o bergistanos es situado, en Livio y Polibio, entre los Pirineos y el Ebro. Según Livio, además, habrían sido los primeros aliados de los romanos en Hispania.
El elemento predominante principal de la economía ibérica es el significativo desarrollo agrícola,  que tuvo que ser el fundamento del despliegue demográfico observable tras la proliferación de poblados a partir del siglo V a.e.c. y su transformación en verdaderas ciudades. Esta actividad se completaba con la ganadería (ovejas, cabras y cerdos).
Se trata, en cualquier caso, de rasgos bastante generalizadores, en virtud de que en la gran extensión geográfica que ocupaban los pueblos iberos, habría regiones diferentes y, por tanto, diferencias, menores o mayores, entre la economía de unos pueblos y otros. Tales diferencias estarían condicionadas por la diversa orografía y la distinta fertilidad de las tierras, o por la posición de algunas poblaciones respecto al mar y a las colonias fenicias, griegas y cartaginesas.
Muy predominante en todo el mundo ibérico fue la agricultura de secano, llevada a cabo esencialmente por pequeños propietarios en explotaciones familiares. No obstante, al lado de esta agricultura de secano debió de haber existido también una agricultura de huerta y de regadío. Las especies cultivadas principales eran el olivo, el cereal y la vid, de los que se han hallado algunas semillas. Se cultivaban, del mismo modo, legumbres y frutales.
Por otra parte, actividades como la apicultura, la caza y la pesca, fueron relevantes. La apicultura se conoce en Levante desde el Eneolítico, tal y como atestiguan ciertas pinturas prehistóricas. En consecuencia, pudo  seguir practicándose, lo cual parece corroborarse por el descubrimiento de colmenas cerámicas en territorio edetano. La caza y la pesca, por su parte, serian actividades que podrían señalarse como complementarias.
Pudieron existir algunos cultivos especializados (lino), pues los tejidos de Saitabi (Játiva) y los de la zona de Tarragona fueron prestigiosos en época romana. La viticultura y la oleicultura han dejado, asimismo, testimonios arqueológicos.
Manufacturas cruciales en el mundo ibérico fueron las propias de la alfarería y los productos metalúrgicos. La cerámica ibérica característica es una cerámica a torno, de color ocre y con unos ornamentos realizados con pintura roja. El torno de alfarero debieron de recibirlo los iberos de las colonias costeras, griegas y fenicias. La excavación de talleres asociados a los hornos facilitar inferir que los alfareros no estaban especializados, de manera que  un mismo productor proporcionaba a toda la región los productos cerámicos que requiriese. En algunos casos, además, se debió de trabajar por encargo.
Una de las características peculiares de la cultura ibérica es la generalización de la metalurgia del hierro. En el registro arqueológico, de necrópolis y de poblados, abundan los objetos de este metal, tanto en forma de armas como de objetos cotidianos o útiles de labranza. Entre las armas se destaca la presencia de falcatas, puñales y espadas. No obstante, el bronce siguió empleándose, en específico para fabricar calderos, trípodes o escudos.
La arqueología parece mostrar la existencia de la propiedad privada familiar. En los poblados predominaba la pequeña explotación familiar. En las ciudades, por el contrario, se especula con la posibilidad de que hubiese habido grandes propiedades agrarias en el entorno rural, propiedad de la aristocracia local. La vida cotidiana de esta aristocracia se repartiría entre las fincas en el campo y la ciudad, sede de los templos y otras edificaciones públicas, en donde ejercerían su actividad política. Si bien no se puede descartar la presencia de esclavos en las grandes extensiones, lo cierto es que serían los pequeños productores libres el fundamento reclutable de los ejércitos ibéricos. Es el caso de las figuras representadas en las cerámicas como tropas de infantería o de los individuos armados de espada y escudo ligero, al modo de peltastas, que se observan en los bronces ibéricos.
El extenso territorio de las poblaciones ibéricas estaba surcado por dos grandes vías de comunicación. Por un lado la terrestre vía Heraklea, que bordeaba la costa desde el sur de Galia hasta el Levante, Cartagena y el curso alto del Guadalquivir. Por el otro, se encontraba la vía fluvial del valle del Ebro y sus afluentes[2]. El río Ebro fue una valiosa fuente de navegación comercial y de “iberización”, por tratarse de una inmejorable vía de penetración cultural desde la costa al interior.
El comercio de metales y de minerales debió ser realizado a mediana escala. El comercio externo, por su parte, estuvo fuertemente mediatizado por las colonias griegas, cartaginesas y fenicias. Es factible que antes de la conquista romana se exportasen aceite, textiles, vino y cereales. Sin embargo, lo que se conoce mucho mejor son los productos de importación que traían los colonizadores. Se trataba, en esencia, de objetos suntuarios, particularmente, perfumes, joyas y, sobre todo, cerámica griega, específicamente cerámica ática de figuras rojas. Durante dos siglos (V y IV a.e.c.) estas piezas inundan los territorios del sudeste, Andalucía y la zona de la costa catalana.
Las relaciones comerciales con los griegos peninsulares fueron muy significativas. Hasta tal punto fue así que la impronta griega es perfectamente apreciable en elementos específicos de la cultura ibérica, como la cerámica, la escultura o las armas. A pesar de la desconfianza que Livio señala como rasgo en las relaciones comerciales entre griegos e iberos, de algunos hallazgos arqueológicos parece inferirse que en las mismas empresas comerciales estaban asociados griegos, iberos y, en casos, algunos foráneos, tal vez etruscos.
Un aspecto esencial de la economía ibérica es la aparición de la moneda, concretamente a partir de mediado el siglo III a.e.c. En ello tiene mucho que ver la influencia griega, además de la púnica. Las colonias griegas de Ampurias y Rosas emitían moneda desde el siglo V a.e.c. Estas piezas, como también otras monedas de ciudades griegas de Jonia, Sicilia y el sur de Italia, probablemente fruto de intercambios comerciales o como paga de los mercenarios ibéricos alistados en los ejércitos cartagineses y griegos de Sicilia (siglos V y IV a.e.c.), circulaban entre los iberos.
Será en los territorios de mayor contacto con las colonias griegas en donde surjan las primeras acuñaciones ibéricas. Estas primeras piezas corresponden a las ciudades de Kese (Tarragona), Arse (Sagunto), Kastilo (Castulo) y Saitabi (Játiva). Las emisiones son unos pocos años anteriores a la Segunda Guerra Púnica y, por consiguiente, se relacionarían con las obligaciones militares de las ciudades iberas con sus aliados cartagineses o griegos.
En el área de influencia griega (Levante, Cataluña y valle del Ebro) se acuña moneda de plata, en tanto que en Andalucía, una zona púnica, lo que se acuña es moneda de bronce. La falta de emisiones de plata en la región que será posteriormente la Hispania Ulterior parece haber sido consecuencia de la política fiscal romana. Se cree que, desde el momento del comienzo de la actividad de Catón en la Península, hacia 195 a.e.c., se les prohibió a las ciudades de la Ulterior acuñar monedas de plata. En esa región, por lo tanto, la moneda que va a circular es la de plata y la de bronce romanas, además de la acuñación de bronce local. La Citerior, por el contrario tiende, a partir de la fecha señalada, a una uniformidad de sus emisiones, que se extienden al interior catalán y al valle del Ebro. Aparecerán, de esta manera, los denarios ibéricos de plata, caracterizados por presentar una cabeza masculina en el anverso y un jinete (con lanza o con palmas y garfios) en el reverso. A esto se suma que se va a generalizar el empleo de la escritura ibérica levantina para redactar las leyendas de las monedas.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Diciembre, 2017


[1] Bergistanos y bargusios parecen poseer nombres indoeuropeos, lo cual es evidente en el topónimo Bergidum. Tal circunstancia, y el que Osea en fuentes como Plinio, se atribuya a los suessetanos, al frente de cuyo ejército estaba (en Livio) Indíbil, propician la visión de los ilergetes como un pueblo ibérico poderoso que, a fines del siglo III a.e.c., estaría expandiendo su hegemonía sobre otros pueblos. La región del poblamiento ilergete es el territorio que registra la entrada de la cultura de los Campos de Túmulos durante los siglos IX y VIII a.e.c., que representan la llegada de gentes indoeuropeas con una economía en esencia ganadera. A partir del VI a.e.c. comienzan a llegar a la zona influencias desde la costa mediterránea, donde se configura la cultura ibérica, que se podría vincular con la configuración del pueblo ilergete, caracterizado por una economía agraria y una monarquía de tipo militar. Se podría interpretar que bergistanos, bargusios y probablemente suessetanos serian gentes indoeuropeas, asociadas con los Campos de Túmulos, sobre los que se imponen, desde la quinta centuria a.e.c., los ilergetes iberos.
[2] Los valles de los ríos mediterráneos, caso del Júcar, el Llobregat y el Turia fueron también importantes vías naturales de comunicación hacia el interior.

25 de noviembre de 2017

Fuentes de la antigua mitología china



Los mitos chinos más antiguos nos han llegado por escrito. No obstante, ese detalle no implica que no hubieran existido mitos orales. Incluso se ha especulado al respecto de cómo habrían sido dichos mitos en el contexto de la oralidad. En tal sentido, es probable que los mitos de época Shang narrasen las aventuras de determinados héroes fundadores de clanes, de las grandes dinastías, lo cual supondría la irremisible pérdida de los mitos que relatarían la fundación de otros clanes que nunca llegaron a convertirse en dinastías históricas o en relevantes familias. Estos héroes habrían tenido, inicialmente, formas zoomórficas, como fue el caso de Nüwa y Fuxi, ambos en forma de serpiente, Yu el Grande, que habría sido un dragón, luego humanizado, o de Gun, que fue un gran oso.
Por otra parte, también hay que destacar que China no produjo ninguna mitología, entendiendo por tal un sistema de mitos, hasta la época dinástica Han (Han Anterior), por tanto, hasta el siglo I a.e.c., momento en el que los letrados confucianos, en función de concretos ideales políticos, produjeron una mitología, totalmente historizada y racionalizada.
La mayoría de los mitos de la China antigua que han sobrevivido los conocemos por fuentes escritas (unos pocos también por fuentes arqueológicas e iconográficas). Las fuentes más arcaicas corresponden a textos que fueron elaborados entre la época de la dinastía Zhou Oriental y el inicio del primer imperio (Qin), entre los siglos VII y III a.e.c. Muchos de los títulos se enmarcan en los clásicos de la filosofía, de la historia y de la poesía. Es el caso particular del Libro de Mencio, de Analectas, del Libro del maestro Han Fei, del Libro del Maestro Mo, Libro del Maestro Zhuang, Libro del Maestro Huainan, Libro del Tao  y los Anales del Caballero Lü (entre los filosóficos); de la Crónica de los Estados, Los Comentarios de Zuo y el Libro de los Documentos, entre los históricos; y de los Cantos del Reino de Chu y del Libro de los Cantos entre los poéticos. Aunque los mitos aparecen en todas estas obras, no se conoce ninguna de esta época, al menos hasta la fecha, que se haya dedicado exclusivamente a la recopilación de mitos.
Otro grupo de fuentes de mitos se encuadra cronológicamente entre fines de la dinastía Han Anterior y el final de la Han Posterior (siglos I a.e.c. a I de nuestra era). De esta etapa mitopoética despuntan títulos como las Memorias Históricas de Sima Qian (146-86 a.e.c.); Los debates en el Salón del Tigre Blanco, compilado por Ban Gu (mediado el siglo I a.e.c.); Las Refutaciones de la opinión común, de Wang Chong (mediado el siglo I); El Libro del Maestro Lie, Libro de los Ríos y Los registros históricos de Tai el anciano sobre los rituales.
No obstante, hay también un par de textos, con una enorme cantidad de textos mitológicos, que deben añadirse a los mencionados. Se trata de Los viajes de Mu, Hijo del Cielo, una narración en prosa que puede datarse en el siglo IV a.e.c., y el célebre, y anónimo, Libro de los montes y los mares, cuya composición final puede ubicarse a comienzos de la dinastía Han Posterior.
Entre el año 100 y el 600 contamos con un conjunto de obras tardías en las que se incluyen analogías, enciclopedias, textos exegéticos escritos por eruditos sobre los clásicos, historias regionales, relatos de casos extraordinarios, tratados geográficos y una serie de obras misceláneas redactadas en prosa. Los títulos más renombrados serían Relación de las cosas del mundo, de Zhang Hua, del siglo III, e Investigaciones en el mundo de los espíritus y las deidades, obra de Gan Bao, del siglo IV.
En términos generales, los autores de estos mitos escritos son los autores de los clásicos de la historia y el pensamiento, poetas, eruditos que realizan exégesis a los clásicos y los autores de un género prosístico que suele denominarse relatos de sucesos extraordinarios. Los primeros, autores de las grandes obras del pensamiento y la historia, no suelen singularizarse, pues lo habitual es que esas obras hayan sido escritas por varios. El mismo fenómeno ocurre en los libros de poemas, tal vez en donde mayor cantidad de mitos podemos hallar (como en los Cantos de Chu y en el Libro de los Cantos). Sin embargo, el texto más relevante tal vez sea La antología literaria, una compilación que fue realizada bajo los auspicios del príncipe Xiao Tong (siglo VI).
Los eruditos empezaron a proliferar durante la dinastía Han, época en la que hubo una constante y muy concienzuda actividad de recopilación, anotación y reedición de los textos de la dinastía Zhou. Tal labor exegética y explicativa conllevó la proliferación de notas y textos paralelos que se adjuntaban y complementaban a los originales. Con el tiempo, estos comentarios acabaron por adquirir su propia relevancia. Es gracias a estas glosas, escolios y notas que poseemos varias versiones de un mitologema. Entre el grupo de eruditos son, sin duda, los más renombrados Wang Yi (siglos I-II); Zheng Yuan y Ying Shao, ambos del siglo II; Gao You (entre la segunda y tercera centuria), y Guo Pu (siglos III y IV).
Entre los autores de los relatos de hechos extraordinarios, cabe destacar fundamentalmente a Gan Bao (siglo IV), autor de Investigaciones en el mundo de los espíritus y las deidades. Estos autores solían obtener los datos con los que elaboraban sus textos tanto de obras del pasado como de narraciones de la tradición oral.
Todos estos autores que han legado mitos por escrito han sido muy diversos tanto en un sentido cronológico como en otro ideológico. Dentro de las perspectivas ideológicas, los hubo de talante confuciano, pensamiento taoísta y legista, de afán histórico y, lo que es más relevante, de estimación por lo mitológico.
En época Han los mitos fueron uniformados, uniformizados, sistematizados y, en manos de los letrados, evemerizados, racionalizados e historizados. Los letrados confucianos forzaron en gran medida los mitos para que pudiesen encajar en un esquema falsamente histórico en relación a la actividad civilizadora de los famosos reyes sabios de la antigüedad. Es decir, que han forzado a los mitos para que puedan encajar (y justificar) con su pensamiento histórico y político. 

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.