25 de marzo de 2017

El extranjero en la iconografía del Egipto antiguo (I)



Imágenes: arriba, “los nueve arcos” y cautivos en el fondo de unas sandalias. Tumba de Tutankamón; abajo, un relieve de Ramsés II en una escena de la batalla de Qadesh, apresando por el cabello enemigos (un nubio, un libio y un asiático); Menfis.

El arte egipcio, producido por la elite letrada, entendía que el otro, dentro del propio Egipto, lo conformaban las mujeres, los siervos, los niños, artesanos y campesinos. Fuera de la tierra egipcia, lo eran los “foráneos”, los extranjeros, que diferían de los egipcios en el lenguaje, las costumbres, la vestimenta y las creencias. Durante los Reinos Antiguo y Medio, los contactos con los no egipcios se restringían a los residentes en áreas fronterizas y también a aquellos particularmente vinculados al comercio exterior y la diplomacia.
La subyugación de los extranjeros constituyó un tema muy común en el arte egipcio. La representación de no egipcios cubría grandes espacios en palacios y templos, aparecía sobre estatuas reales, elementos arquitectónicos, mobiliario y hasta sobre recipientes de cosméticos. Su preeminencia en el arte se debió al rol cosmológico que los extranjeros jugaban. Fueron vistos como la encarnación metafórica del caos indiferenciado de la no existencia, que antecedía a la creación y que después la rodeaba (incluso a veces penetrando en ella), amenazando el mundo ordenado de Egipto. Maat se concibió como la antítesis y el complemento del caos; un compuesto de justicia, orden, acción correcta, paz y tradición. Un mundo conocible nombrado y categorizado que podía ser mantenido por las acciones del faraón y de su gente. La caótica no existencia allende Egipto era, no obstante, un necesario componente de la vida egipcia, porque era la fuente de toda fertilidad y renovación, como lo había sido de la creación misma.
Los extranjeros fueron contemplados, de modo genérico, como una masa indiferenciada, amenazante, aunque no tanto por su capacidad de atacar como de sumergir y reabsorber las distinciones ordenadas. Por su localización exterior, su incontable número y su naturaleza intercambiable, los foráneos se asemejaban a las aves, peces y animales salvajes del desierto y de los pantanos egipcios, que también representaban la no existencia y tenían que ser sometidos y controlados para mantener Maat. Al igual que la subyugación de los extranjeros, la caza de animales, la captura de pájaros y la pesca de peces, fue un tema relevante en la iconografía egipcia. Los paralelos aclaran que el modo en que los egipcios representaban a los foráneos no implicaba odio xenofóbico ni temor. De hecho, los textos y las biografías de oficiales suelen mostrar a la elite egipcia interactuando pacíficamente con no egipcios, tanto dentro como fuera de Egipto.
La representación de los extranjeros estuvo cercanamente asociada a la representación de la realeza egipcia. Uno de los más corrientes contextos en los cuales los foráneos eran mostrados fue el de las escenas de golpes violentos, en las cuales el faraón mantenía sujeto del cabello a un cautivo arrodillado, mientras con su mano libre levantaba un arma preparada para ejecutarle. Su gran número, la idéntica apariencia y las poses análogas se asociaban al caos indiferenciado. La escena de golpear al enemigo pudo haber simbolizado la ejecución ceremonial de un cautivo extranjero o un ritual en el que un fragmento de escultura era “atacado”, en lugar de un enemigo vivo, como se sugiere de las esculturas decapitadas de cautivos atados encontradas en el complejo mortuorio de Pepi II. En cualquier caso, la escena llegó a ser un icono de la realeza.
El nombre del rey también podría representado golpeando extranjeros. Así, en el serej del rey Aha de la Dinastía I extiende sus brazos desde las esquinas para agarrar y golpear a su enemigo. El mismo recurso se observa en las bases de las estatuas en el primer patio de Medinet Habu, donde los halcones encima del serej de Ramsés III y sus cartuchos mantienen a sus cautivos con brazos humanos.
Un motivo regio vinculado fue la representación de extranjeros aplastados y pisoteados bajo los pies del faraón, quien debe ser mostrado en su forma humana o como humano con cabeza de halcón o de esfinge. De hecho, es probable que esta situación pudiera haber sido uno de los principales roles de la esfinge, pues vemos que ocurre en una escena en el templo mortuorio de Sahure, antes de la creación de la forma de la esfinge. El motivo, tal vez, es muy antiguo, del Período Predinástico. En la Paleta del Campo de Batalla un león pisotea cautivos caídos, mientras que en la Paleta del Toro, un enemigo caído es aplastado por un toro. Esto sería así si se entiende que leones y toros están ya simbolizando en este momento al gobernante.
Los extranjeros fueron también representados sobre las bases de las esculturas regias. El pisoteo del enemigo foráneo puede aparecer implicado  en representaciones tardías de extranjeros atados sobre las suelas superiores de las sandalias reales y en las cubiertas de los reposapiés del faraón, tal y como los preservados en la tumba de Tutankhamón, y también en los “senderos de cautivos” pintados en los suelos del palacio real de Amarna. Al igual que las escenas de golpear al enemigo, este motivo estuvo, salvo pocas excepciones, limitado a los contextos reales.
Una característica de la representación de extranjeros en el arte egipcio es su pasividad. Los “otros” egipcios (niños, mujeres, artesanos, campesinos), tendían a ser mostrados activos en escenas con hombres de la elite. Por su parte, los extranjeros, si no eran simplemente mostrados muertos debido a los temibles ataques del faraón, se representaban pasivos, permaneciendo de pie, arrodillados, levantando sus manos en sumisión o súplica, y caminando solamente si eran cogidos por sus ropas. La pasividad general de los extranjeros responde, probablemente, a la presencia del rey, quien activamente los sometía; su pasividad enfatizaba, así mismo, el tremendo esfuerzo necesario para crear Maat.
A pesar de su rol cosmológico de la no existencia indiferenciada, los foráneos fueron, normalmente, diferenciados en distintos grupos. El aprecio egipcio por la taxonomía y las oposiciones (o polaridades) dualísticas fueron un contrapeso significativo sobre la homogeneidad teorética de las gentes extranjeras. No se debe olvidar que el mundo organizado egipcio consistía en oposiciones entre el este y el oeste, la tierra cultivada y el desierto, el valle del Nilo al sur y el delta al norte. Se distinguían entre ellos y también se oponían. Muy habitualmente, los nubios del valle meridional del Nilo eran contrastados con los asiáticos[1] de las tierras septentrionales y orientales de más allá del Sinaí.
En los templos del Reino Nuevo los nubios eran mostrados, muy a menudo, sometidos por el rey llevando su corona blanca meridional, sobre el sector sur de los pilonos del templo. Por el contrario, los asiáticos aparecían subyugados por el faraón, con su corona roja del norte, en la zona septentrional de los pilonos. Un tercer grupo, menos comúnmente representado, tal vez porque no tenía un opuesto polarizante, fue el de los libios, habitantes del desierto y los oasis del occidente de Egipto. Los libios eran fueron a menudo sustituidos por los asiáticos, aunque también ocurrió que las tres etnicidades podían ser agrupadas como una tríada de pueblos foráneos, lo cual era muy apropiado porque los egipcios empleaban las tríadas para indicar multiplicidad. Los grupos genéricos se vieron aumentados por más específicas representaciones de agrupaciones de extranjeros en contextos históricos concretos, como pasaba con las gentes de Punt (relieves de Sahure y Hatshepsut), o los comerciantes levantinos (tumba de Khnumhotep II en Beni Hasan). Además, las escenas de hambrunas de Sahure y de la pirámide de Unas muestran poblaciones emancipadas que, ocasionalmente, han sido identificadas como beduinos del desierto.
Además de la dual y la triple división de los extranjeros genéricos y de las referencias históricas a grupos étnicos más específicos, los enemigos extranjeros fueron representados, desde los períodos más antiguos de la historia egipcia como un Grupo de Nueve Arcos. Parece probable que esos arcos, inicialmente, no representasen nueve grupos individuales de extranjeros. El número tres simboliza multiplicidad, y tres treses significa totalidad, de manera que agrupar nueve arcos representa a todos los enemigos del faraón y de Egipto.
Los cautivos pisoteados fueron, a menudo, representados sobre las caras de las basas de las estatuas. Sus superficies superiores mostraban habitualmente un grupo de nueve arcos bajo los pies del rey, una práctica que parece datar de la Dinastía III. Posteriormente,  los nueve arcos también se observan sobre sandalias, reposapiés y suelos pintados, algunas veces solos, y otras en combinación con los extranjeros que representaban. En las escenas de golpear con violencia el faraón puede mantener consigo un arco o el cautivo puede levantar un arco hacia el soberano, con su cuerda vuelta hacia él, en gesto de sumisión y de súplica. Esta arma básica n los conflictos armados implicaba que los cautivos se habían rebelado contra el faraón, violando, de este modo, Maat. Los extranjeros no son, así, meramente subyugados a causa de que eran foráneos, sino porque su sometimiento es un requisito necesario para restablecer Maat. El uso más antiguo de arcos para simbolizar enemigos se remonta a la cabeza de maza ceremonial del Rey Escorpión (Nagada III-Dinastía 0).
En el Reino Nuevo, momento en el que los nueve arcos empezaron a ser identificados con nueve particulares grupos étnicos, dos de esos grupos eran los egipcios del Alto y el Bajo Egipto, lo cual demuestra que el universo de “otros” peligroso no consistía únicamente de extranjeros, sino de una mezcla de foráneos que amenazaban el país, y de egipcios de ambas partes del mismo, quienes perturbaban el orden establecido violando las normas y las leyes. Unos y otros se colocaban al margen de la protección del estado y del faraón.
Los nueve arcos incluían los tres enemigos tradicionales, libios (thnw), nubios (jwntjw-ztj) y asiáticos (mntjw-nw-stt), mientras que los restantes cuatro son más complicados de identificar[2]. Se trata de hw-nbw, š3tjw, shtjw-jm y pdtjw-šw. Algunos investigadores (Wildung sobre todo), sugieren que serían los pueblos de las tierras mediterráneas, los nubios superiores, los moradores de los oasis y los nómadas del desierto oriental. Otros, por el contrario (O’Connor, Quirke), ofrecen unas identificaciones más tentadoras: pueblo de Hau-nebu;  pueblo de Shat; los habitantes de las tierras de los pantanos de Iamu; y el pueblo del arco (o de la pluma) de Shu. Durante el período grecorromano el señalamiento de egipcios del Alto país como “Orientales” y los del Bajo Egipto como “Sirios” en la lista de los nueve arcos en el templo de Edfu, parece sugerir que cuando Egipto estuvo gobernado por extranjeros, se sintió la necesidad de explicar el potencial escenario en el cual un rey no egipcio sometía a los egipcios. Tales egipcios fueron, claramente, vistos como alienados de la sociedad, como verdaderos “foráneos” por sus propios crímenes.
En el periodo arcaico (2950-2545 a.e.c.) y en el Reino Antiguo (2540-2120 a.e.c.), los extranjeros eran representados únicamente en contextos reales. Aunque existen tumbas decoradas de oficiales como las de Weni y Harkhuf, cuyos textos autobiográficos describen interacciones con los extranjeros, no hay representaciones de foráneos en esas tumbas. Los no egipcios también se encuentran enteramente ausentes de las tumbas elitescas de Elefantina, región fronteriza cuya elite estuvo muy a menudo inmiscuida en el comercio foráneo.
Durante la etapa de conflictos sociales del Primer Período Intermedio (2118-1980 a.e.c.), las gentes de etnicidades extranjeras comienzan a mostrarse en las capillas funerarias provinciales, usualmente en un contexto de actividad militar. En el Reino Medio (1980-1750 a.e.c.), las representaciones volvieron a ser infrecuentes en los contextos no regios. Algunas excepciones se encuentran en provincias, notablemente la tumba de Khnumhotep II en el cementerio de Beni Hasan, en donde se puede observar una procesión de comerciantes levantinos con los ojos pintados.
Una relevante excepción a la ausencia de foráneos en monumentos no regios en el Reino Antiguo y Medio es la representación de pastores beduinos conduciendo un toro. Desnudos o casi, y a menudo de una delgadez esquelética, esos aislados beduinos se observan en capillas funerarias de tumbas no reales de ambos períodos, tanto en la capital como en las provincias. Su apariencia sugiere que los beduinos no fueron vistos como un grupo extranjero durante esas épocas. Como las regiones de los oasis fueron habitados por beduinos desde tiempos remotos y gobernados por oficiales egipcios, es probable que tales habitantes fuesen considerados como un sub conjunto de la población egipcia. Nunca aparecen, de hecho, en escenas de golpes violentos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. 




[1] El término asiático en egiptología designa una categoría omniabarcante en la cual los egipcios incluían habitantes del Levante y de Mesopotamia. No obstante, en virtud de su elasticidad, es probable que la palabra incluyera también pueblos de ciertas regiones del sur de Europa.
[2] En la tumba de Kheruef, en donde los nueve arcos se muestran sobre la base del trono del rey como ciudades capturadas, los cautivos asociados con esos cuatro pueblos son idénticos a aquellos cautivos vinculados con los asiáticos. El enemigo del Bajo Egipto es también mostrado como un asiático, pero con barba corta, mientras que el del Alto Egipto aparece como idéntico a los nubios. 

20 de marzo de 2017

El inicio de la “Historia”. Los orígenes jónicos

Fue en el ámbito territorial y cultural jónico en donde se produjeron las primeras reflexiones griegas acerca del pasado. Sus autores fueron mitógrafos y logógrafos, esto es, prosistas, que se destacaban de aquellos que escribían en verso.
Se puede decir que fueron los primeros cronistas locales. Se encargaban de exponer, en modo narrativo, las tradiciones de un pasado remoto, las míticas leyendas de los fundadores de los lugares o sus personajes más relevantes. Puede haber detrás de esto el deseo de buscar un sentido de identidad ciudadana y de identificación “patria”, sin que hubiese necesidad alguna de plantearse la diferencia entre los mitos y las “verdades” históricas o de elevar las tradiciones al estatuto de científicas.
Logógrafos y mitógrafos fueron los primeros que quisieron dejar testimonio de los orígenes de sus ciudades, poniendo los cimientos para que autores como Heródoto o Tucídides elaboraran una concepción histórica nueva. No se conocen muchos de estos logógrafos y mitógrafos. Se puede nombrar a Ferécides de Lesbos, Janto de Lidia, Carón de Lámpsaco, Helánico de Siracusa, Escilax de Carianda, Natíoco de Siracusa y Hecateo de Mileto. De entre ellos destacan sobremanera Escilax y, sobre todo, Hecateo. La obra de este último se encuentra en el límite entre la historia y la investigación filosófica, al enmarcarse en el racionalismo de la escuela jónica. Además de su Descripción de la Tierra, quizá su obra más destacada sea Genealogías, pues es un trabajo con cierta investigación crítica.
Con la justificación de relatar el conflicto militar entre Grecia y Persia, Heródoto (484-425 a.e.c.), entrelaza (en sus Historias en nueve libros y en dialecto jónico) una serie de narraciones sobre costumbres, episodios, acontecimientos, lugares y personajes relacionados con su temática central. En el fondo, Heródoto logra una descripción global del mundo de su época, y que llegó a conocer, bien a través de viajes o gracias a las relaciones que mantuvo con otras personas. Su obra carece de una organización coherente y metódica, pero no se le puede negar el mérito de ser un primer intento de realizar una historia global del mundo conocido. Sin embargo, en bastantes oportunidades se queda en una amplia descripción geográfica que enriquece con relatos y costumbres de diferentes lugares. Otro de sus méritos es la apertura hacia otras culturas (no griegas). Lo cual le permite comparar los aspectos socio-políticos de las mismas con aquellos propiamente griegos, como el Imperio frente a la ciudad-estado o el despotismo oriental frente a la ciudadanía helena.
Mientras el motivo de Heródoto fueron las Guerras Médicas, el de Tucídides (460-400 a.e.c.), fue la Guerra del Peloponeso, cuyo fin supuso, tras una generación, el colapso de Atenas. Al margen de la vida política ateniense, en la que estuvo activo, se dedicó a viajar y a escribir. Podría decirse que es un historiador, pues cuida el método y es puntilloso con la cronología. Precisa las causas, los períodos, las fechas; selecciona sus fuentes y la documentación que precisa, criticando la falta de tacto de quienes no se preocupan por documentarse. Existe un rigor metodológico. Y aunque no es riguroso en sentido estricto, intenta ser imparcial. Se centra en analizar las causas de los acontecimientos y es capaz de investigar los orígenes y las consecuencias que dichos acontecimientos pueden acarrear. Por todo ello, debe ser calificado como el primer investigador científico y crítico de la historia occidental.
El primer gran historiador del siglo IV a.e.c. fue Éforo, del que se dice que Isócrates le encomendó la tarea de preservar el pasado remoto de un modo adecuado. Muy influyente en Diodoro y Estrabón, quienes lo citan como una referencia, fue un narrador que se empeñó en hacer, en palabras de Polibio, una historia general del mundo griego, que daba inicio, como no podía ser de otro modo, en la caída de Troya. Jenofonte, por su parte, participó a fines del siglo V a.e.c., en la famosa expedición que, apoyada por Esparta, se encaminó hacia Asia Menor con la finalidad de apoyar a Ciro. Precisamente esta expedición y sus pormenores forman parte del tema de su Anábasis. Sin embargo, hay que decir que su obra histórica más relevante es Helénicas, una historia de Grecia en siete libros, que cubre, sin embargo, el breve período temporal que discurre desde 411 hasta 362 a.e.c., año en que se llevó a cabo la batalla de Mantinea. Aunque es un continuador de la obra de Tucídides, su método desentona, pues no hace una recopilación exhaustiva y sistemática de las fuentes de información.
Cicerón asignó el término moderno de la Historia de Grecia a Teopompo (el pasado a Éforo). Es autor de un par de historias, una de ellas continuación de Tucídides, la Helénica en doce libros, y la Filípica, una suerte de resumen de la política griega contemporánea, en nada menos que cincuenta y ocho libros. Se encomendó a los artificios de la retórica para asegurar un efecto de atracción sobre su público.
Timeo de Tauromenion, un severo crítico de Teopompo y de Éforo, se ocupó, durante buena parte de su vida en Atenas en la investigación de la antigüedad. Estableció en la historia el cómputo de las Olimpiadas, herramienta útil para los historiadores en relación a la cronología de la historia griega, si bien nunca fue un método adoptado para empleo común.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP. Granada. Marzo, 2017

12 de marzo de 2017

Aspectos fundamentales de la prehistoria de India: de los orígenes a los asentamientos proto urbanos del Neolítico






Imágenes (de arriba hacia abajo): un busto femenino en miniatura, hecho en terracota, de Mergahr; una vista del MR3 de Mehrgarh, con diferentes niveles de ocupación; y un sector ritual del yacimiento de Kalibangan, con drenajes en piedra.

El Homo erectus, muy probablemente, se movilizó desde África hacia el sur de Asia a través de Asia occidental, hace unos 500000 años. El Homo sapiens, por su parte, llegó mucho más tarde al subcontinente utilizando dos caminos principales y en dos épocas distintas. Una de ellas fue la ruta tradicional a través de Asia occidental, hace unos 30000 años; la otra, la que permitió la llegada de otro grupo un tiempo antes, en torno a unos cincuenta mil años, desde las costas del sur de India mientras los homininos seguían su viaje hacia las islas Andaman, Indonesia y Australia. En tal sentido, y en el contexto indio y del sur de Asia, podría decirse que la edad de piedra y, por tanto, el Paleolítico, comenzaría aquí hace quinientos mil años, dilatándose hasta el III Milenio a.e.c. cuando ya existe constancia arqueológica de objetos de cobre pertenecientes a la cultura harappense.  No obstante, los restos más antiguos del género homo encontrados en el subcontinente, que corresponden al Hombre de Narmada, tienen una cronología en torno a 250000 años, en tanto que los más antiguos homo sapiens, hallados en Sri Lanka, se datan en 34000 años.
Los dos útiles predominantes durante el desarrollo del Paleolítico Inferior fueron pequeñas herramientas y, sobre todo, las hachas de mano. Grandes depósitos de pequeños útiles y choppers fueron descubiertos en el valle del río Soan, en Pakistán. Las acumulaciones allí encontradas, así como otras en sitios cercanos, han originado la denominación de Cultura Soan. Las hachas de mano descubiertas en Chennai, ya en la segunda mitad del siglo XIX, se conocen como la Cultura Madrasiana. Desde el Paleolítico Medio existen evidencias de herramientas en forma de hojuelas, núcleos, raspadores y buriles; a pesar de las variaciones regionales, todas estas piezas constituyen una cultura conocida como Cultura Nevasan, cuyo nombre procede del sitio Nevasa en el valle del río Godavari en el Decán.
Una muy remota evidencia que puede ayudar a la reconstrucción de la arcaica vida social durante el Paleolítico Superior en el subcontinente lo constituye la presencia de pinturas en cuevas, concretamente en Bhimbetka, en las bancadas del río Narmada en la India central. En ellas se representan escenas de caza vinculadas con símbolos de fertilidad.  
La transición del Paleolítico al Mesolítico testifica la emergencia de un Nuevo tipo de útil de piedra, el microlito. El conjunto habitual de microlitos incluye triángulos, trapecios, crecientes y puntas de flecha, todas ellas herramientas o armas de gran efectividad. La producción de microlitos dependía de la disponibilidad de piedras que podían ser fácilmente trabajadas, como el cuarzo y diversos tipos de calcedonia. La más antigua evidencia de esos microlitos en el sur de Asia se encuentra en sitios de Sri Lanka, que se datan en torno a 26000 años. Los microlitos de los yacimientos en el territorio continental indio, Bagor, en Rajasthan, Langnaj en Gujarat, Sarai Nahar Rai, Mahadaha y Damdama en la llanura del Ganges, además de Adamgarh, Bhimbetka y Ghagharia en la India central central, se fechan en una época más reciente a esos veintiséis mil años.
Los microlitos fueron unas herramientas funcionalmente más útiles que las de mayor tamaño, porque podían ser enmangadas para formar muchas otras herramientas, como cuchillos. Gracias a su presencia se puede detectar un cambio de hábitat, de los sitios cercanos a los ríos a las colinas y zonas boscosas. Una movilidad estacional se ha registrado en relación al movimiento de personas entre las llanuras del Ganges y las escarpaduras Vindhya en la India central. Los animales se mueven, en general, durante el invierno desde las llanuras a las colinas, en tanto que la población les sigue y se refugia en cavernas. El movimiento inverso se produce durante la estación cálida, cuando la gente aumenta su capacidad de subsistencia gracias a la recolección de plantas en las llanuras.
El hallazgo de numerosos molinos de mano y anillos de piedra en diferentes yacimientos atestigua una primitiva forma de cultivo. Es muy probable que los anillos pétreos fueran usados como pesos. Además, también se han encontrado huesos de ovejas, cabras y vacas en las áreas de habitación, un claro indicador de la domesticación de animales. Huesos de otros animales, como ciervos, jabalíes y avestruces también son frecuentes entre los restos adyacentes a los sitios habitados. Los lugares de enterramiento contienen restos esqueléticos y bienes funerarios como los propios microlitos, caparazones o pendientes de marfil. Todo ello sugiere la posible creencia en el Más Allá, en la otra vida o en alguna forma particular de conciencia.  Algunos sitios de enterramiento estuvieron en basureros, como los ejemplificados en Sri Lanka. Del mismo modo, notables ejemplos de arte parietal en el que se representan cuerpos de animales y figuras humanas, han sido descubiertos en diferentes lugares del paisaje indio, en cavernas en zonas tan apartadas entre sí como Kerala y Cachemira.
En el contexto del sur de Asia e India, la evidencia arqueológica de neolitización data de 11000 a.e.c., si bien la evidencia de agricultura y domesticación de animales se fecha desde 7000 hasta 1000 a.e.c. dependiendo de los lugares. Hasta el día de hoy se cree que los primeros agricultores del sur de Asia se focalizaron en Beluchistán y que debieron haber procedido de Mesopotamia y de la región del, Creciente Fértil.
Se pueden establecer cuatro concentraciones de yacimientos neolíticos en India, que permiten identificar las similitudes y disimilitudes regionales. La primera de tales concentraciones se halla en Beluchistán, en las cercanías del río Bolan, cerca del paso que une las tierras altas con las llanuras del río Indo. La presencia de restos de estructuras elaboradas con adobe, de semillas de cebada y trigo y de huesos de cabras, vacas y ovejas, proveen la evidencia más clara del desarrollo de la agricultura y de las comunidades pastoriles en esta región del subcontinente. El lugar principal aquí fue, sin duda, el sitio de Mehrgarh, cuyos estratos más antiguos han sido datados en 7000 a.e.c. Otros sitios asociados a esta región son el de Kili Gul Mohammad y el de Rana Ghundai.
La segunda agrupación de yacimientos se encuentra en Cachemira y los valles del Swat, en Pakistán actual. Hay evidencia, en sitios como Gufkral y Burzahom de asentamientos neolíticos de agricultores. En ellos han aparecido objetos de distinto tipo, cerámica y restos de fauna doméstica. Además, también se han encontrado peculiares fosos en forma de campana. Se ha sugerido que estos pozos habrían servido como lugares subterráneos de morada para seres humanos o como sitios de acumulación de inhumaciones. En tal sentido, se ha pensado que las gentes que los usaron habrían estado vinculadas con las comunidades neolíticas de Asia central, que utilizaba pozos semejantes.  No obstante, también es probable que hayan sido una suerte se silos para el grano o grandes refugios.
Una tercera zona de concentración de yacimientos se localiza en una gran área que cubre la cuenca del Ganges y casi todo el oriente de India. En esta amplia zona algunos de los restos son yacimientos pre agrícolas, lo cual indica una continuidad con el Mesolítico. En otros lugares, sin embargo, caso de  Chopani Mando, Chirand, Mahagara y Koldihawa, existe evidencia de cultivo y de domesticación de animales ya desde el IV milenio a.e.c. Así mismo, aquí se han encontrado restos de granos de arroz. No está claro si esos granos se deben a cultivos indígenas o si el arroz entró en el subcontinente desde Asia oriental y del sudeste en algún momento durante el II milenio a.e.c.
La cuarta concentración regional de yacimientos neolíticos ocurre en el sur de India. En esta región se encontraron, en sitios como Utnur, grandes montículos de ceniza, muy probablemente restos de empalizadas dentro de las cuales se encontraba el ganado vacuno en cierta estación del año y era domesticado. Estos depósitos de cenizas pudieron ser el resultado de la cremación de diferentes empalizadas. En varios asentamientos al aire libre del sur de India la presencia de útiles como hachas de piedra pulimentada y hojas de piedra entre restos de legumbres, tubérculos y mijo provee una evidencia de una distinta cultura agro pastoral regional.
Tuvieron que pasar algunos milenios después del 7000 a.e.c. antes de que los cazadores-recolectores llegasen a ser figuras marginales en el territorio indio. Durante largo tiempo los agricultores y los cazadores-recolectores mantuvieron estrechos contactos, a causa de que aquellos necesitaban también los bosques y aprovisionarse de miel. Cuando la agricultura comenzó a incluir el cultivo de la tierra y la alimentación de animales domésticos, los cultivadores colaboraron estacionalmente con los pastores semi nómadas. Después de las cosechas, los pastores traían sus vacas, ovejas y cabras para alimentarse de los rastrojos, en tanto que los excrementos de los animales ayudaban a fertilizar la tierra. Además, ambos grupos, materialmente se beneficiaban del intercambio de cereales, leche, carne y pieles de animales. Con el tiempo, se intercambiaron también artefactos y productos fabricados no por campesinos ni pastores, sino por artesanos. Sería un intercambio facilitado ya por comerciantes.
Sin duda los agricultores disfrutaron de un mayor nivel de prosperidad. Los restos de vasijas, caparazones y piezas de orfebrería descubiertos en Beluchistán y en la cuenca del Indo, las primeras áreas agrícolas del sur de Asia, testifican una diversidad presente, al menos, desde el VI milenio a.e.c. Los conceptos de identidad, etnicidad y de pertenencia a los antepasados llegan a ser significativos en el contexto de las comunidades agrícolas. Asimismo, el desarrollo del liderazgo hereditario también empieza a acontecer en este estado de evolución cultural y técnico.  La complejidad social se hace marcada cuando comienza la búsqueda de estatus entre familias particulares dentro de la comunidad. Los restos de bienes funerarios son un indicador de esta particular tendencia.
La complejidad social asociada con las comunidades agrarias trajo consigo también el conflicto, la guerra, cuyo contencioso principal fue la tierra y su posesión. Los vestigios de cercados defensivos o de esqueletos pertenecientes a cuerpos empalados y con armas son claros indicadores de conflictos violentos.  
La transformación de las comunidades de agricultores neolíticas en asentamientos proto urbanos se produjo esencialmente en el noroeste, en la región del Indo. Conforma la primera y más arcaica fase de la civilización de Harappa, denominada Era de Regionalización[1]. Un número importante de sitios en el área progresaron desde un estado neolítico de existencia a otro con un estilo de vida cultural urbano  propio de la Edad del Bronce o el Calcolítico. Esta transición de lo rural a lo urbano se verifica en Beluchistán, en sitios como Mehrgarh, Kili Gul Mohammad, Rana Ghundai y Balakot, el Sind (en yacimientos como Amri y Kot Diji), las planicies del Punjab occidental (el propio sitio de Harappa), el valle del Gomal, con Rehman Dheri, y el valle de Ghaggar-Hakra, (con lugares clave como Kalibangan), hoy en los modernos estados indios de Rajasthan y Haryana.  
Este incipiente urbanismo se comprueba a tenor de los tamaños de los asentamientos, los restos de fundamentos de viviendas, de la longitud de las calles y de la variada tipología  de las manufacturas cerámicas, además de la presencia de herramientas y valiosos bienes funerarios. Los asentamientos a menudo se encuentran cerca de tierra fértil y a lo largo de importantes rutas comerciales.  
En Amri, un yacimiento ubicado al sur de Mohenjo Daro, se distinguen, según los arqueólogos, cuatro períodos. El Período I (3500-3000 a.e.c.), corresponde a la fase más antigua, conocida como Cultura Amri. En esta fase se encuentran viviendas rectangulares de piso hundido, así como vasijas de terracota roja, además de algunas herramientas de piedra. El segundo período se desarrolla entre 3000 y 2700 a.e.c., mientras que en el III es cuando Amri forma parte ya de la Civilización del Indo, presentando grandes casas de adobe.
Kot Diji, en el Sind, conoció el desarrolló, entre 3200 y 2600 a.e.c., de una industria cerámica mayor, un estilo cerámico que se encuentra en sitios como Rehman Dheri o Kalibangan. Se trata de una cerámica roja con motivos decorativos en forma de escamas de pez u hojas de ficus religiosa. Además, han aparecido figuras de vacas y diversos objetos de hueso o caparazón. En Kot Diji hubo un complejo fortificado con una ciudadela, además de una ciudad baja.
Kalibangan, en Rajasthan estuvo ubicada en las bancadas del hoy seco río  Ghaggar-Hakra. Durante su fase Antigua, entre 3000  y 2700 a.e.c., se constata la presencia de una fortificación de ladrillo además de casas con tres y cuatro habitaciones.  También se han hallado hojas de calcedonia, de cornalina y fayenza, cerámica con varios diseños y piezas de plata y oro.
El yacimiento de Mehrgarh, en  Beluchistán es el más perfecto ejemplo de un sitio que vincula la sociedad neolítica con la cultura de Harappa en su etapa de madurez.  El sitio se encontraba en el sistema de drenaje del Indo y, por tanto, se trataba de un yacimiento muy apto para el desarrollo agrícola. Por otra parte, Mehrgarh estuvo estratégicamente ubicado en la ruta histórica que unía el valle del Indo con la meseta iraní, vinculando de tal modo  el Asia central con la región occidental. De los seis montículos en los que consiste el yacimiento, los arqueólogos han denominado el más antiguo como MR3. Aquí descubrieron evidencias de una continuada ocupación humana desde 7000 hasta 4700 a.e.c. Con posterioridad al Período I, hubo otros seis, con un desarrollo cronológico que llega hasta 2300 a.e.c.
Finalmente, en este yacimiento se han recuperado semillas de algodón, lo que ha motivado a los especialistas a preguntarse si pudo existir aquí el primer centro de manufactura de este producto en la zona del Indo.  

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Marzo, 2017



[1] Entre 7000 y 4500 a.e.c. debería llamarse Fase Beluchistán, a causa de la relevancia del yacimiento de Mehrgarh; entre 4500 y 3500 podría considerarse una Fase de Transición, mientras que desde 3500 a 2600 a.e.c. podría entonces recibir el nombre de Fase Antigua de Harappa o, según el historiador J. Shaffer, Era de Regionalización.  

1 de marzo de 2017

Los rasgos unificadores del Neolítico y Calcolítico en el Oriente de la antigüedad


En la imagen, un par de terracotas en forma de figuras humanas femeninas, procedentes de Ur y Eridu. Periodo de El Obeid II, hacia 4500a.e.c.

Las primeras experimentaciones técnicas referidas a la producción de alimentos se llevaron a cabo en los bordes externos del famoso Creciente Fértil (Palestina, piedemonte de los Zagros y los montes Tauro y Khuzistán). La franja levantina y del piedemonte resultaron lugares adecuados para la explosión neolítica por la presencia de nichos estables, desde un punto de vista ecológico, además de protegidos, en las llanuras y las cuencas intermontanas. Además, en esta zona se facilitan los contactos entre ecosistemas diferentes y, por tanto,  es muy enriquecedora la alternancia de animales y recursos vegetales. Son regiones con lluvias suficientes, con bosques bajos, y con una importante presencia de leguminosas, gramíneas, ovejas y cabras en estado salvaje, fundamento de la neolitización.
Entre 15000 y 10000 a.e.c., el período Epipaleolítico, se define como un período de caza selectiva y de recolección intensificada. La caza se centra en especies pequeñas (a diferencia de lo que ocurría en el Paleolítico), como cabras, ovejas y gacelas y, además, se empiezan a seleccionar los animales y a controlar los rebaños, aunque todavía no hayan sido domesticados[1]. Se especializa la recolección de gramíneas y legumbres, lo cual conlleva una involuntaria selección y difusión. La movilidad  se estructura en función de los recursos explotables, un factor que puede inducir al sedentarismo. El gran utillaje lítico del Paleolítico se hace microlítico geométrico, con funciones especializadas. Ya se encuentran los primeros morteros. El hábitat sigue siendo en cavernas, en donde se asientan comunidades de unos cuarenta individuos. Las primeras culturas de esta fase son Kebara, en Palestina, y Zarzi en el Kurdistán de Irak.
Entre 10000 y 7500, se establece un período de producción incipiente. Algunos rumiantes, cabras y ovejas en concreto, inician una relación simbiótica con el ser humano y son domesticados. Comienza a darse un empleo sistemático de productos animales como la lana y la leche. Los rebaños, probablemente ya propiedad de grupos humanos, son conducidos a los lugares estacionales de pasto. La continuada recolección de gramíneas y leguminosas silvestres (escanda, cebada, carraón) y la concentración de semillas en los núcleos humanos debieron conducir a las primeras experimentaciones de cultivo, delimitando parcelas al abrigo de los rumiantes. Estaríamos en algo semejante a un cultivo de plantas silvestres. Ahora, en esta fase, las comunidades construyen casas redondas semienterradas. Desde la óptica arqueológica se distinguen campamentos base permanentes a cuyo alrededor se pudieron dar los primeros cultivos, así como campamentos de caza estacionales. Los primeros silos, así como las primeras tumbas, individuales y, quizá, familiares, son constatables. Se podría inferir que la presencia de rebaños y tierras implican arcaicos conceptos de propiedad e, incluso, de transmisión por herencia. Esta fase la representa el Natufiense (en Palestina y en Siria), el Neolítico Acerámico A, así como yacimientos como Zawi Chemi y Shanidar, en el piedemonte iraní, Ganjdareh, en Luristán, Bus Mordeh en Khuzistán y Kamir Shahir en el Kurdistán. A pesar de ciertas diferencias regionales, el material lítico consiste, en general, en microlitos geométricos especializados, como hojas de hoces o puntas de flecha, arpones de hueso y anzuelos. En un principio del período, los grupos dependen todavía de la caza especializada y de la recolección intensiva, peor ya en el Neolítico Acerámico A de Siria-Palestina, existen indicios constatados de cultivo, especialmente en Mureybet y Jericó.
A partir de 7500 y hasta 6000 a.e.c., hubo un neolítico pleno, con comunidades sedentarias de aldea de más de doscientos o trescientos individuos, y en los que se constata la presencia de casas cuadrangulares de adobe y el cultivo de gramíneas y leguminosas así como la cría de ovejas, cerdos, cabras, y más tarde, de bovinos., Culturas de este tipo se desarrollan en Siria-Palestina con el Neolítico Acerámico B, en el piedemonte de los montes Tauro, como el caso de Cayonu o Cafer Hüyük, en el Kurdistán (Yarmo), en Khuzistán (Ali Kosh) o en Luristán (Tepe Guran). La presencia de la casa cuadrangular es relevante porque posee un significado social, ya que permite ampliaciones y establecer agregados en torno a pun patio, tejidos reticulados y grandes edificios con basamentos pétreos. La cooperación interfamiliar es muy probable. Las primeras expresiones ideológicas de la estructura patriarcal son ahora posibles. Esta situación no excluye la presencia de grupos tecnológicamente menos avanzados, como es el caso de los yacimientos en el desierto de Judea o el desierto del Neguev, auténticos campamentos de cazadores.
Se evidencian también contactos interregionales gracias a la difusión de materias primas como la obsidiana, desde Armenia y Anatolia, o de conchas marinas desde el Golfo Pérsico y el Mar Rojo.
Entre 6000 y 4500 a.e.c. surgen una serie de culturas plenamente neolíticas, muchas de las cuales se desplazan a las meseta iraní y anatólica y a las llanuras mesopotámicas, de espacios muy amplios. El riego de cultivos, por canalización y drenaje en cuenca fluvial o por oasis (Eridu, Jericó) se hace muy común. La dieta de gramíneas (trigo, cebada) se complementa con legumbres, mientras que algunas plantas, como el lino, se aprovechan industrialmente. La recolección de frutos silvestres no se abandona. La ganadería aporta trabajo, con burros y bóvidos, carne y leche, además de fibras textiles (cabras y ovejas). No obstante, perduran las actividades de caza, como en el caso de los onagros y las gacelas, así como la pesca en agua dulce, en ríos y pantanos. La documentación de los tejidos (pesas de telar, improntas cerámicas), cubrirían las necesidades de vestir y reemplazarían las anteriores pieles de animales, más propias del Paleolítico. La cerámica se usa en el consumo de alimentos, muchos de ellos hervidos o cocidos, así como en el almacenaje de líquidos.
Algunos autores (O. Aurenche; S.K. Kozlowski), establecen tres grandes momentos en la formación de las peculiaridades del estadio neolítico entre el 12000 y el 5500 a.e.c.: uno germinal, otro que ahonda en las raíces diseminadas por la región, y un tercero final que percibe la eclosión de las definitorias formas neolíticas y su asentamiento definitivo. En la fase germinal se distinguen tres grandes conjuntos culturales en áreas diferentes, el Natufiense levantino, el Zarziense de los Zagros y el Trialetiense de los valles altos de los grandes ríos mesopotámicos. Para esta fase se han puesto en tela de juicio los términos y periodizaciones ya clásicos, de connotaciones socio-económicas, acuñados a partir de las excavaciones de K. Kenyon en Jericó y de las definiciones de G. Childe, que acabaron por establecer las diferencias entre neolítico pre-cerámico y cerámico. El modelo de R.J. Braidwood también está sujeto a revisión y se encuentra en declive. Proponía la eclosión precoz del neolítico en los montes Zagros, donde creía se daban las condiciones necesarias para el nacimiento de la agricultura, elemento definitorio del proceso, el piedemonte y los valles interiores. Desde ahí habría habido una difusión hacia el sur mesopotámico.
El segundo período, se llama proto neolítico a partir de la presencia de varias culturas diferenciadas e identificadas en función del nombre de los yacimientos o de sus rasgos particulares, como el caso del Khiamiense y el Sultaniense del Levante meridional. Si la secuencia levantina da lugar al Khiamiense, que precede al Sultaniense, Aswadiense y Mureybetiense, en los valles altos el Trialetiense es reemplazado por la industria de Çayönü, y en los Zagros y Jezirah el Zarziense da pie al Mlefatiense y el Nemrikiense. Es en la etapa denominada de eclosión cuando una serie de cambios morfológicos cuantificables entre vestigios animales y vegetales, datables entre el 8300 y 8000 a.n.E., permiten definir en su sentido amplio la domesticación. Acompañando a estas modificaciones se evidencian grandes mutaciones en el ámbito simbólico a partir del tamaño de las representaciones zoomórficas y antropomórficas.
Las actividades productivas se llevan a cabo en viviendas cuadrangulares, como ya se ha señalado, en las que se han hallado silos escavados, alacenas, hornos, hogares, o zonas para la matanza y despiece de ganado y para la actividad textil. No obstante, los tipos de vivienda varían, desde el conjunto que se centra en un patio, hasta el retículo aglomerado de unidades celulares. Hay asentamientos en aldeas abiertas, aldeas alveolares compactas (lo que supone que los accesos son por los tejados) y aldeas con murallas. Generalmente, con independencia de la tipología, suelen ser pequeñas y estar diseminadas. No se constatan diferencias de rango a partir de los ajuares de las sepulturas.
La posible religiosidad presenta un aspecto funerario y otro ritual (asociado con la fertilidad, tanto animal y humana como vegetal). Hay una ausencia de personalidades divinas individualizadas. La estructura social parece componerse de familias nucleares reunidas, entre las que pudiera haber habido vínculos, familias extensas y comunidades gentilicias[2]. No se constata especialización profesional.
Aunque la dimensión productiva fue esencialmente local, pudieron existir agregados culturales regionales y relaciones comerciales a larga distancia, en esencia de materiales preciosos o suntuarios para la época, como fue el caso de la obsidiana, las conchas marinas o ciertos metales. Estos intercambios son, en realidad, trueques. Se pudo dar una difusión de aldea a aldea o bien a través de viajeros que conectan el lugar de origen con aquel de destino.
La primera cultura cerámica mesopotámica es la de Umm Dabaghiya (datada entre 6000 y 5500 a.e.c.). Se trata de un asentamiento con viviendas rectangulares de varias estancias con almacenes adosados. La base económica es la caza del onagro y de la gacela. Entre 5500 y 4500 a.e.c. se desarrollaron tres culturas fundamentales: Hassuna, Samarra y Halaf. Más que sucesivas son culturas con etapas de contemporaneidad con una distribución básicamente geográfica, siendo Halaf la más septentrional y Samarra la más meridional. La cultura que sucede a la de Umm Dabaghiya es Hassuna. Su despliegue, entre 5500 y 5000 es contemporánea de la primera fase de Samarra y de Halaf (esta última la absorberá en sus fases media y tardía). Las casas siguen siendo rectangulares con varias habitaciones y almacenes. La cultura de Samarra presenta tres fases (antigua, 5600-5400, atestiguada en Samarra y Tell es-Sawwan; intermedia, 5400-5000, palpable en Tell Shemshara, Choga Mami, Baghuz; y tardía, 5000-4800, atestiguada únicamente en Choga Mami). La cultura de Halaf, tras su fase antigua (5600-5300 a.e.c.), localizada en Arpachiya, en Asiria, se propaga por la Alta Mesopotamia y hasta la costa mediterránea. La economía aquí se fundamenta en la cebada de secano y en la cría de ovejas y cabras.
El desarrollo cultural de la Baja Mesopotamia es diferente. Antes de los drenajes y las obras de irrigación la zona era pantanosa. Allí surgirá, casi improvisadamente, la cultura de Eridu. Ello significa que su proceso de formación se desconoce o estuvo radicado en los márgenes geográficos, quizá en el Khuzistán. Un desarrollo de Eridu es la cultura de Hajji Muhammad (en las proximidades de Uruk), que se propaga hasta Kish y más allá del río Tigris, hasta Choga Mami y los centros del Khuzistán (en su fase de Khazineh). Esta es la unidad cultural que en la geografía histórica comprenderá lo que será Sumer, Elam y Acadia. También es el punto de partida de la cultura de El Obeid, con la cual el sur mesopotámico se pondrá a la vanguardia técnica y organizativa de todo el Próximo Oriente. Con el inicio de El Obeid principia la fase calcolítica. Culturas posteriores y marginales destacadas ahora son la cultura de Khirokitia en Chipre, sin cerámica y con viviendas circulares, y las de Tepe Giyan y Dalma Tepe, en los montes Zagros.
La fase cultural de El Obeid abarca una fase antigua, clásica, entre 4500 y 4000 a.e.c., y otra tardía (4000-3500 a.e.c.)[3]. Los centros más importantes serán Eridu, Ur, Ras el-Amiya y Tell Madhur. La agricultura, la ganadería caprina, ovina y de bóvidos, además de la arboricultura y la horticultura (de cebollas y demás legumbres), serán los fundamentos básicos de la economía. En ciertas poblaciones la dieta se completa con el pescado.
Después de los pequeños templos embrionarios de Eridu, se constatan templos mayores en El Obeid clásico, que servirán para centralizar, urbanísticamente, el asentamiento así como la organización del poder político y económico. Ahora son relevantes los ajuares funerarios, que ya reflejan diferencias crecientes en lo relativo al nivel económico de los difuntos. Este hecho deja entrever la existencia de una sociedad que se empieza a estratificar económica y funcionalmente. Algunas producciones se hacen en serie (hoces de terracota), indicio de artesanos profesionales dedicados a tiempo completo. Se introduce también el trono manual para la fabricación cerámica, un proceso que, en cualquier caso, culmina en el período sucesivo, el de Uruk Antiguo.
Los agregados socioeconómicos y políticos son mucho más complejos ahora que la aldea neolítica. Este hecho tiene su origen en la ampliación de la producción agrícola de llanura gracias a la irrigación extensiva y a la introducción del arado tirado por animales. Todo ello conlleva una especialización funcional, profesional así como una estratificación progresiva de la sociedad de las comunidades.
Centros septentrionales que suceden a la cultura Halaf tardía serán Tepe Gawra, Nínive y Tell Arpachiya, además de Tell Brak. Las culturas con cerámicas de tipo El Obeid se difunden hasta la alta Siria (Ras Shamra), al sureste de Anatolia (Mersin), a Irán (Siyalk II-III; Tepe Hissar I). En los centros El Obeid típicos, la metalurgia del cobre está mal documentada, aunque sin duda alcanzó niveles técnicos significativos, siendo usada para la fabricación de utensilios, objetos decorativos y armas. El calcolítico tardío del este de Anatolia y el Gasuliense de Palestina (entre 3700 y 3300 a.e.c.) sirve de punto final al período El Obeid Tardío, y de comienzo a la fase de Uruk Antiguo en la Baja Mesopotamia. Aunque entre El Obeid Tardío y Uruk Antiguo no hay ruptura, sí existe un cambio en los tipos cerámicos. El yacimiento guía de la fase de Uruk Antiguo es el propio Uruk, que sucede a Eridu tanto desde la óptica arqueológica como en la realidad histórica, además de (en el norte), la continuidad de Tepe Gawra. La exportación de los elementos típicos de la cultura de Uruk hacia la periferia mesopotámica ocurre en la fase Tardía.
En esta etapa de Uruk el papel que desempeña el templo corresponde a nuevas formas de religiosidad. Ahora el carácter comunitario de los edificios de culto y la presencia de varios templos en un mismo núcleo urbano son indicadores de la aparición de verdaderas personalidades divinas. La relación entre éstas y las propias comunidades contará a partir de ahora con una clase sacerdotal que dirigirá coordinadamente los comportamientos económicos, y también políticos, de todo el cuerpo social.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Marzo de 2017




[1] Un animal domesticado hacia el 10000 a.e.c. fue el perro, si bien no como fuente alimenticia, sino como animal de caza y para guarda de rebaños.
[2] No existen edificaciones públicas en forma de templos o almacenes comunes que exterioricen la unidad comunitaria. Los primeros santuarios extra familiares se observan en la Eridu de la Baja Mesopotamia.
[3] El calcolítico mesopotámico de El Obeid concuerda con el de Susiana C, Mehmed, Susa A y Bayat en el Khuzistán; con Amuq D y E en Siria, y con Mersin 16 y 15 en Anatolia, en un horizonte cronológico que discurre entre 4500 y 3500 a.e.c.

21 de febrero de 2017

Sistemas mortuorios en el Japón arcaico: Jomon y Yayoi


En la imagen, la tumba Tukamawari, en la que se señala la localización de figuras en terracota Haniwa. Prefectura de Gunma.

Desde el periodo Jomon Medio los muertos son enterrados en una posición flexionada. La mayoría de las cabezas apuntaban hacia el este, como se puede comprobar en el montículo de caparazones de Yoshigo. El depósito de los muertos, de algún modo junto a los vivos pero a la vez también separados (en función del concepto de cementerio), comienza a ser evidente en el Jomon Tardío. Los bienes en las tumbas no estuvieron muy presentes en las prácticas mortuorias, si bien en un pequeño número, aunque incrementado en los enterramientos tardíos, existieron ciertos ornamentos corporales y vestimentas, un hecho que es reflejo de la presencia de individuos socialmente más prominentes dentro del grupo. Se trata, principalmente, de brazaletes y pendientes femeninos, sobre todo en las inhumaciones en las regiones costeras.
Muchos sistemas de enterramiento prevalecieron en la etapa Yayoi. Los ataúdes de madera fueron bastante empleados en el norte de Kyushu en el período Medio Yayoi, luego reemplazados por jarras de enterramiento en el período Tardío. Aquí se encuentra el enlace con los enterramientos en ataúdes de las tumbas-montículo más antiguas. El uso tradicional de la madera de tejo para estos ataúdes se racionalizó en la historia mítica de Susano-o, quien lamentando la ausencia de oro y plata entendió como opciones válidas los recursos naturales. De este modo, arrancó cabellos de su cabeza y de su cuerpo con la intención de producir árboles, como el ciprés para palacios y santuarios o el tejo para los ataúdes. La historia viene a ser una explicación de las prácticas que se llevaban a cabo en época de Yayoi Tardío.
Las inhumaciones en ataúdes Yayoi incluyeron el método de aglutinar un mínimo de seis tableros[1]. Aunque este método se abandonó alrededor de comienzos del período Medio, la costumbre se propagó por el Mar Interior siguiendo ruta hacia Okayama, Hyògo y Osaka, lugares en donde la costumbre perduró hasta el Yayoi Tardío[2].
Existieron también grupos ocupacionales de cantantes y danzantes profesionales, conocidos como asobi-be. De ocho a diez días se requerían para los obsequios funerarios. Los enterramientos secundarios desde el Jomon Tardío, práctica continuada, o renovada, por las gentes yayoi, sugieren que para estas personas la muerte y la separación del espíritu del cuerpo no fue una consecuencia inmediata. La separación podía suspenderse, y si se producía, incluso revertirse, si se llevaban a cabo las ceremonias adecuadas con las que se solicitaba el regreso del espíritu. Tanto las fuentes escritas como las prácticas posteriores indican que una choza especial (moya), se construía con este propósito. Con el tiempo, la práctica se ritualizó llegando a convertirse en la costumbre mogari (período para llamar de vuelta al alma del difunto). Las Reformas Taika, tiempo después (en 645), prohibió la construcción de chozas, salvo para la realza. Para la familia gobernante, para unos pocos miembros de la aristocracia y, posiblemente, para algunos más, hasta que la capital Fujiwara se estableció en 694, el intervalo que se establecía entre el deceso y el enterramiento era de varios meses, incluso ocasionalmente, de años.
La elite construía sus propias tumbas durante su época vital. En el Kojiki se menciona la muerte de Ame-nowaka-hiko, la deidad-príncipe mensajera, que había fallecido a consecuencia de una flecha retornada, o de una arrojada por una deidad contrariada, que había empleado para disparar a un faisán. El clamor de su esposa fue oído en el cielo y la familia del muerto pudo construir una choza, de modo que estuvieron ocho días con sus ocho noches llorando y cantando una serie de cánticos.
Al igual que la metalurgia o el arroz algunos métodos de enterramiento fueron traídos con la llegada de personas en las primeras décadas del período Yayoi y, por tanto, preceden el período de Himiko. Los dólmenes, tumbas en cistas y enterramientos en tarros cerámicos se han atribuido, habitualmente, a inmigrantes, si bien las inhumaciones en vasijas se conocían en Japón desde el período de Jomon Medio, empezando en las áreas tierra adentro. Esta práctica fue empleada en Corea, de modo que pudo ser entonces una práctica derivada en Japón; aunque tampoco se puede desechar lo contrario, que pudieron ser los japoneses los que habrían introducido este tipo de enterramiento en Corea.
El norte de China contó con enterramientos en vasijas desde la época prehistórica y hasta la etapa Han, si bien esta práctica de cuidar al muerto fue tan común y natural en áreas de avanzada producción cerámica que hasta que se consigan datos fiables de datación tipológica de la cerámica y haya condiciones de campo comparables que puedan coordinarse, estas cuestiones al respecto no podrán ser respondidas con total seguridad. 
Los dólmenes yayoi no son muy abundantes y no tienen el tamaño de los prototipos coreanos. A diferencia de sus homólogos coreanos, que pueden tener solamente cistas y  un modesto número de bienes funerarios, los japoneses pueden tener tanto cistas como vasijas. Primeramente, los dólmenes fueron construidos en Fukuoka, si bien un grupo de los mismos fueron también establecidos en Nagasaki, Saga, Kumamoto y Oita, en donde se cree que marcaban las tumbas en los lugares en los que se habían asentado inmigrantes. Probablemente, condiciones sociales fueron las causantes del declive de los dólmenes, como se atestigua por la presencia de tumbas de cámaras de piedra posteriores.
El mejor ejemplo de enterramiento en cistas (paneles pétreos que forman una suerte de ataúd) se encuentra en el cementerio de Doigahama, en donde los muertos fueron enterrados con un alto contenido de caparazón pulverizado. Aquí la mayoría de los esqueletos tenían sus cabezas hacia oriente, y se encontraban en posición extendida o flexionada. La mayoría de niños se encontraba en la parte central del cementerio. Las cistas para enterramientos colectivos se fueron agrandando paulatinamente con el propósito de inhumar varios cuerpos. Algunas decoraciones en jaspe y caparazón fueron empleados como ornamentos corporales o, incluso, como vestimenta.
Los varones adultos recibieron un trato preferente, incluso con la presencia de algunas mujeres a sus pies. También ciertos individuos están próximos a las cistas, con cuyos ocupantes pudieron haber tenido alguna relación de parentesco. Desde tiempos históricos es conocida la costumbre en algunas villas de pescadores del occidente de Japón de inhumar a los “de fuera”, que se habían casado en el seno de la comunidad, al margen del centro del cementerio,
La inhumación de hombres juntos es una curiosa práctica porque  existió un tabú acerca del enterramiento conjunto que se mantuvo en tiempos históricos, En el Nihon Shoki se cuenta una historia del tiempo de Jingu al respecto que podría ser explicativa. Los cielos se habían oscurecido durante varios días y la gente se preguntaba por la causa de tal fenómeno. Dos sacerdotes (hafuri) de santuarios separados, que fueran en vida buenos amigos, fueron enterrados juntos. Se investigó la tumba y se verificó el hecho, de manera que se volvieron a inhumar los individuos, ahora en ataúdes separados, lo que provocó que la condición de azunai (desastre o falta de sol) desapareciera. En Doigahama el parentesco de los fallecidos pudo favorecer el agrandamiento de cistas para recibir diversos enterramientos, en lugar de confeccionar otras individuales.
En el norte de Kyushu se enterró a los muertos de todas las maneras conocidas en esas épocas de la antigüedad japonesa: en ataúdes de madera, en cistas, dólmenes (en el período Yayoi Antiguo), en cistas y tarros de inhumación en el período Medio, y en fosas o en ocasionales ataúdes de madera, en el período Tardío.
Cuando grupos de migrantes y sus descendientes se asentaron, la cultura en el período Yayoi Medio prosperó. Se incrementaron los sitios en número y tamaño, en tanto que las posesiones personales empezaron a localizarse cada vez más con el muerto. Este fue el caso, principalmente, del norte de Kyushu.
Kinki, en el corazón de la región Kansai, desarrolló su propia historia acerca de los sistemas mortuorios. Hacia el Yayoi Medio la tendencia fue los llamados enterramientos en fosos de forma cuadrada (hòkei-shûkòbo). En ellos, una trinchera central es rodeada por otras cuatro, formando una ordenada formación cuadrada. La central, diseñada, en la mayoría de los casos, para contener un ataúd de madera, debe suponerse que se empleó como el destino final de descanso del más importante individuo del grupo de esa generación. Hoy ya no hay restos humanos y casi no hay objetos tampoco. Los enterramientos en vasijas para niños fueron depositados, a veces, en las zanjas.
Los cuatro lados de las zanjas eran suficientemente largos como para contener múltiples inhumaciones. Contempladas como un grupo, el arreglo de cinco trincheras se asemeja a lo que podría ser un ideal y simétrico tamaño apropiado para toda una familia. Este “plan” incluía la reserva de un terreno para una cierta unidad poblacional y denota, además, un respeto jerárquico. 
En el sitio clásico de Hirabaru, en la prefectura de Fukuoka, aparecieron unos cuarenta espejos. Sumado a ello, la presencia de rosarios y espadas han sugerido que las tumbas son Yayoi y las regalías, que reaparecen en Kansai también, ilustran la conquista por parte de las jefaturas de Kyushu de Kinki y el establecimiento allí de Yamatai.
Física y psicológicamente estos enterramientos en fosas de forma cuadrada estuvieron aparte de las áreas residenciales. La exclusividad de este tipo de enteramiento recuerda los cementerios erigidos en los sitios de batalla. El número de inhumaciones es demasiado alto para corresponderse a la elite de la comunidad, y demasiado escaso para reflejar todos sus habitantes. Las inhumaciones en fosas de forma cuadrada pueden representar más que rangos individuales la presencia de una clase social o agrupación superior. Las teorías al respecto, incluyen la unidad familiar más pequeña, asociaciones de trabajadores agrícolas o grupos corporativos que reivindican su herencia territorial[3].
En los enterramientos secundarios el fallecido era inhumado y posteriormente exhumado. Se seleccionaban ciertos huesos y se enterraban en vasijas, mientras que el resto eran cremados. En ocasiones, el cadáver era diseccionado tras el deceso con el fin de separar la carne de los huesos, de manera de seleccionar aquellos huesos que se iban a cremar, mientras el resto se enteraban en una vasija. Se explica este último procedimiento señalando que se haría para prevenir el retorno del espíritu, pues la gente viva temía ser poseída por los espíritus de los fallecidos. Los enterramientos primarios yayoi se podían efectuar en hoyos, pero en los secundarios los restos se depositaban en vasijas. Diversas de estas vasijas con restos podían, no obstante, ubicarse juntas en un hueco más grande.
Entre una y diez vasijas arracimadas se encuentran en Izuruhara, prefectura de Sano, Tochigi. Izuruhara contaba con treinta y siete hoyos de enterramiento. Uno de ellos tenía diez postes organizados en un anillo parcial, quizá dejando espacio para más. Además, apartado de las demás vasijas había una con una cara en relieve, quizá perteneciente al patriarca o a cierto miembro prominente de la familia. Los enterramientos múltiples en vasijas cerámicas en hoyos suscitan tantos cuestionamientos como las inhumaciones en zanjas de forma cuadrada. La comunidad debió mantener un lugar específico, subterráneo o de otro tipo, para la descomposición de los cadáveres. Después de un cierto tiempo tras el fallecimiento, el cadáver era exhumado, se limpiaban los huesos, se rompían y, quizá, algunos se quemaban. Estos enterramientos podrían ser reconocibles como propios de alguien de alto estatus, si bien se ha reivindicado la presencia de una sociedad igualitaria en Honshu oriental a causa de la general ausencia de bienes funerarios y de enterramientos diferenciados.
En el sitio de Oki II, en Fujioka, se recuperaron huesos para su limpieza, así como algunos dientes que fueron perforados para ser llevados por los parientes de su antiguo propietario. Los huesos fueron entonces enterrados en una vasija en el hoyo principal y solamente algunos fragmentos excedentes fueron cremados. Algunos huesos de animales fueron añadidos, quizá como ofrendas y, eventualmente, algunos de los dientes en posesión de los parientes regresaban al foso principal. Con los dientes perforados se confeccionaban amuletos especiales. Los dientes y huesos de cerdos sacrificados se han reportado en diferentes yacimientos, especialmente en el sitio Shimogòri-kuwanae, en la prefectura de Òita. Se han encontrado, así mismo, mandíbulas inferiores perforadas y colgadas o empaladas en postes, un ritual bastante extendido.  
Este sistema de enterramiento secundario fue superado en época de Yayoi Medio por los recintos de fosos con forma cuadrada, en el que el estatus estaba ya previamente fijado antes del fallecimiento. No obstante, el sistema de inhumación secundario nunca desapareció hasta el siglo VII, después de la construcción de la capital Fujiwara, cuando la experiencia resultante de la presencia de cadáveres en el mismo ámbito de la vida de la ciudad se hizo intolerable.  
Los enterramientos secundarios son evidentes en algunos de los restos humanos preservados en las tumbas de montículo, como los de la tumba Fujinoki, cerca de Hòryû-ji, en la prefectura de Nara. La pintura roja, todavía empleada sobre los huesos, tiene sus antecedentes en el período Jomon. El Nihon shoki ilustra cómo el proceso de inhumación secundario se formalizó dentro del período mogari. La muerte, mogari, y los enterramientos de los gobernantes después de Sujin (230-258), quien abrió el período Kofun, están bien documentados. La práctica mogari estaba en pleno funcionamiento cuando se construyeron las primeras tumbas en montículos.
El procedimiento del entierro secundario incluía el pensamiento de que la muerte no es un evento repentino sino todo un proceso. Los huesos eran considerados indestructibles y representaban la permanencia del espíritu que continuará su actividad en otra existencia. Debe asegurarse su comodidad por parte de los sobrevivientes, porque en caso contrario les causarán a estos daños y tormentos. Desde la tónica daoísta estas acciones suponían una llamada de regreso al alma, una idea inseparable del esfuerzo daoísta de prolongar la vida a toda costa.
Otro método de inhumación yayoi, limitado a la región San’in en Honshu, y eventualmente concentrado en el área de Izumo, se conoce con el término de montículo de tumba con cuatro esquinas en proyección (yosumi tosshutsugata funkyûbo). Estos sepulcros son montículos cuadrados o rectangulares, bajos y con laterales en pendiente. En la cima, a menudo cerca del medio, se encuentran uno o más hoyos muy cuidadosamente escavados, con dos escalones, que resultan ser los receptáculos para guardar los restos de los líderes y de los parientes cercanos. En estas tumbas se ha encontrado abundante cerámica ceremonial. La cerámica del tipo Shònai, del área Makimuku en la prefectura de Nara, y del norte de Kyushu y el sur de Corea, ha sido hallada en otros sitios en Shimane, que cubría las antiguas provincias de Izumo, Iwami y Oki. El tipo de tumba con proyecciones en las esquinas llegó a ser un consistente tipo en uso al final del período Yayoi Tardío. No obstante Las mismas fueron eliminadas al comienzo del período Kofun a favor de tumbas en montículo cuadradas de dos simples escalones.
Desde el reinado de Suiko (593-628) comenzó la práctica de localizar el cadáver dentro del complejo del palacio. Los cambios mayores en las prácticas mortuorias tuvieron lugar en dos aspectos principales: por una parte, la dilatación del período del mogari[4], un hecho que no significa que su duración tenga que ver con la necesidad de finalizar la construcción de la tumba y, por el otro, la reducción de las tumbas a sepulcros más simples. A estos cambios contribuyó el budismo.
Durante el periodo Kofun  en la región de Izumo se construyeron tumbas en forma de ojo de cerradura, con montículos redondeados. Las artesanías y los bienes funerarios empezaron a ser abundantes. Desde el período Kofun Medio se hizo preeminente la demanda de rosarios tubulares (kudatama) y joyas curvas conocidas como magatama.  El jaspe de Izumo comenzó a ser muy apreciado como ofrenda funeraria en las tumbas Yamato más antiguas. Particularmente valiosos fueron los brazaletes en forma de azada (kuwagata-ishi), copias de los brazaletes de caparazón yayoi, además de los de forma de rueda,  sharinseki, y de anillo (ishikushiro). En la tumba  Shimanoyama, en Kawanishi-chò, collares, brazaletes y diversos rosarios tubulares son frecuentes, lo cual sugiere que  Shimanoyama fue la tumba de un chamán femenino. Además, aparecieron tres espejos cerca de la cabeza, y no se encontraron espadas de hierro.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV. FEIAP-Granada.




[1] La inhumación en un simple ataúd de madera, cubierto por un montículo de tierra, describe el estilo que se materializó en la región de Yamato alrededor de la época de la muerte de la reina Himiko (175-248).
[2] En cualquier caso, los enterramientos del período Yayoi fueron, como veremos más abajo, muy variados: en dolmen (Satodabaru, Nagasaki); en cistas (Òtomo, Saga); doble enterramiento en vasijas (Yoshinogari, Saga); en ataúdes de madera (Yasumi, Osaka); en forma de trincheras cuadradas (Saikachido, Yokohama, Kanagawa); enterramientos secundarios en hoyos (Izuruhara, Tochigi).
[3] En el Shinsen shòjiroku (Nueva Compilación del Registro de Familias), del siglo IX, se establecen las distinciones de linaje reconocidas que venían de épocas pretéritas. Las familias todavía estaban separadas en tres grupos, kòbetsu, shinbetsu y shoban, o banbetsu; aquellos que descendían de los emperadores, los que descendían de las deidades del cielo y la tierra y los que lo hacían de los inmigrantes. Se podría sugerir que los enterramientos en fosos de forma cuadrada fueron los del tercer grupo, que habían encontrado su exclusividad al ser políticamente útiles, lo cual les permitiría mantener un alto estatus social. 
[4] El período mogari fue, en principio, instaurado para seleccionar el sucesor del gobernante y conducir las ceremonias de acceso al trono. Estaba presidido por un conjunto selecto de mujeres (la esposa del chamán, la esposa y la madre del fallecido), quienes se abocaban a proteger el mitama, esto es, el poder del gobernante muerto, que tenía que ser transferido al sucesor en la línea hereditaria