18 de agosto de 2017

La historiografía helenizante en la etapa imperial romana

Durante un dilatado período de tiempo, de varios siglos de duración, existió un elevado número de historiadores que desarrollaron su quehacer histórico. Algunos lo hicieron con visiones universalistas, otros, se limitaron a su época; algunos más lo llevaron a cabo siguiendo una metodología analística, casi de crónica, mientras que otros, con resabios de categorización formal de los hechos acontecidos. La mayoría, en cualquier caso, inoculados de paideía helénica y pagana.
Lo cierto, no obstante, es que ciertos autores no encajan del todo bien en la esfera de la historiografía. Se trata aquellos que, muy probablemente, deberían ser estudiados en contextos diferentes al historiográfico. Así, por ejemplo, sería el caso de Ateneo y Estobeo (en un contexto filológico de la Antigüedad), o el del reconocido Pausanias (en el de la geografía y los periplos). Son varios los nombres que se pueden mencionar en tales casos. El macedónico Polieno, autor de Estratagemas, una obra que trata una serie de curiosidades militares, dedicadas a los emperadores Lucio Vero y Marco Aurelio, es uno de ellos. Análogo a Polieno es Onasandro, autor del tratado Estratégico en tiempos de Claudio, y Eliano[1] con sus Tácticas. Otro sería Flegón de Tralles, quien escribió una obra que lleva por título Sobre prodigios y hombres longevos.
Hubo una serie de autores que se dedicaron a recoger noticias de todo tipo y condición. Entre estos cabe mencionar a Ateneo de Naucratis, que compuso un Banquete de los sofistas, una obra de enorme utilidad filológica, y a Diógenes Laercio, con su conocida Colección de vidas y opiniones de filósofos, un trabajo que colma lagunas de ignorancia sobre la antigua filosofía griega. También debe mencionarse a Juan Estobeo, un autor del siglo V, que escribió una Antología, repleta de pasajes de poetas y prosistas. Finalmente, no se puede relegar al olvido a Pausanias, un periegeta, que elaboró magistralmente su Descripción de la Hélade. Pausanias, en última instancia, es importante porque describe lugares y monumentos, pero también porque aporta innumerables noticias sobre temas históricos y mitológicos.
La lista de los egregios representantes de la historiografía debe iniciarse con Apiano (siglos I-II), autor de una Historia Romana en veinticuatro libros. Fue procurador imperial (de Antonino Pío, Lucio Vero y Marco Aurelio). La propuesta de Apiano fue la de escribir una Historia romana desde los remotos y míticos comienzos, esto es, desde la llegada de Eneas a Italia. Se inserta, en consecuencia, en la esfera de los historiadores universalistas. Entre los libros IV y XII narra los hechos y las guerras de los romanos contra los pueblos extranjeros, en tanto que en los siguiente cinco libros habla sobre las Guerras Civiles (XIII-XVII)[2].
Roma constituye el centro de la estructuración histórica de Apiano. Roma provoca una proyección hacia afuera (dominación de pueblos), una realidad historiada en los libros étnicos y también hacia adentro, hacia sí misma, realidad reflejada en los cinco libros de las Guerras civiles, cuya dimensión política es relevante. Roma es, en consecuencia, el fundamento histórico y gráfico de la obra.
Apiano, en fin, es una fuente primordial para determinadas parcelas de la historia, como ocurre con los acontecimientos de la tercera Guerra Púnica, los sucesos que rodean las Guerras celtíbero-lusitanas,  o acerca de la fundación de localidades como Itálica.
Lucio Flavio Arriano, originario de Nicomedia, llegó a ser sacerdote de Deméter, gobernador de la provincia de Capadocia (entre 131 y 137) como legado de Augusto y arconte epónimo de Atenas a partir de 138[3]. El cargo de gobernador resultaría fundamental en la adquisición de una serie de conocimientos geográficos y militares luego plasmados en el Periplo del Ponto Euxino[4] y en una obre titulada Táctica. Arriano escribió libros de disertaciones o Diatribas y un Manual de la doctrina de Epicteto. Estas últimas obras mencionadas pudieron ser escritas alrededor del año 120. Otras obras relevantes fueron Cinegético y Anábasis de Alejandro (esta última con un apéndice que es Historia de India).
Resulta interesante comprobar que para sus contemporáneos Arriano fue considerado sobre todo un filósofo. Así lo etiqueta Lucio Gelio Menandro, en tanto que Luciano le considera discípulo de Epicteto. Debería tenerse en cuenta, tal vez, que su historiografía ofrecía, digamos, un tono epistemológico tal que pudiera ser expresado por un vocablo genérico próximo a “conocimiento”, más asociado a la filosofía.
Desde su obra Cinegético Arriano comienza a realizar sus trabajos más propiamente históricos. Entre los mismos se encuentra la Anábasis de Alejandro, un homenaje a Jenofonte, así como la Historia de Bitinia, en la que se narra la historia de su lugar de origen, desde los arcaicos comienzos hasta el fallecimiento de Nicomedes IV Filópator en 74 a.e.c. Finalmente, otras dos obras históricas de las que se tiene conocimiento son la Historia posterior a Alejandro, una historia de los diadocos, y la Historia de los partos, cuyo contenido histórico fueron las guerras llevadas a cabo por Trajano contra los partos.
Casio Dion Cocceyano (Dión Casio según el ordenamiento griego), fue natural de Nicea, en Bitinia. Fue hijo de un gobernador provincial, cónsul y senador (Casio Aproniano), y probablemente fue pariente de Dión Crisóstomo. Debió ser senador al final del reinado de Cómodo, hacia 190. Pertinax le designo pretor en 194, pero el cargo lo desempeñó durante el gobierno de Septimio Severo. En tiempos de Severo Alejandro gozó de grandes privilegios, pues fue  nombrado procónsul de África, hacia  223, y posteriormente administró como legado de Augusto, Dalmacia y Panonia Superior. En 229 es nombrado cónsul ordinario.
A pesar de su desempeño público, su vida transcurrió con sosiego y en un contexto de relaciones intelectuales, con un sofista tesalio de nombre Filisco, con Filóstrato y con el círculo filosófico de Julia Domna. Una vez apartado de los asuntos públicos, entrado el siglo III, se retiró a escribir. Ese será el período destacado en la elaboración de su obra histórica.
La obra fundamental de Casio Dión se titula Historia romana. En ella se narra la realidad histórica que discurre desde la llegada de Eneas desde Troya a Italia, hasta el año 229, momento de su segundo consulado. Emplea un método (analítico) que ya era conocido, el de la recolección de notas, y luego una redacción esencialmente literaria, aunque con el matiz de que la selección puntual se hacía en el momento de la redacción. En cualquier caso, no fue un historiador que se dedicase a contrastar las fuentes de una forma objetiva.
Los primeros cincuenta libros, de un total de ochenta, abarcan la realidad histórica que va desde los Reyes hasta el final de la República, mientras que los restantes lo que acontece hasta el año 229. Hay en Casio una imitación de Tucídides pero también una relevancia dramática y de colorido emocional, enmarcadas en la historiografía trágica, de influencia retórica. No obstante, entiende que la historiografía debe evitar los detalles y trivialidades, en tanto que la naturaleza de la historia consiste en contrastar los hechos con principios racionales básicos, al modo de lo que haría Polibio.
Herodiano, del que se sabe bastante poco (tal vez sirio o anatólico de origen), escribió una Historia de Roma después de Marco Aurelio. La realidad que historia comprende el período temporal que discurre entre la muerte de Marco Aurelio y el inicio del gobierno de Gordiano III (238). La fecha de publicación de su  Historia debe fijarse hacia 250-253. Es bastante probable que Herodiano haya sido un esclavo o un liberto imperial, además de un funcionario de bajo rango de la administración pública.
La obra se divide en ocho libros, cada uno de ellos dedicado a uno o dos emperadores, desde Cómodo a Gordiano II[5]. Sin ninguna duda, la obra de Herodiano resulta imprescindible para conocer la realidad histórica de una sección relevante del siglo III. Su fuente indiscutible (salvo para unos pocos estudiosos, como Cassola o E. Hohl), más significativa fue Casio Dión.
Publio Herenio Dexipo y Eunapio de Sardes fueron otros dos historiadores de cierto renombre. El primero fue un ateniense que vivió hasta el último cuarto del siglo III. De la estirpe de los Cérices desempeñó oficios de renombre, entre ellos el de alto sacerdote, agonoteta y arconte epónimo. Focio le atribuye varias obras: Historia de los sucesos después de Alejandro, Abreviación Histórica y una Historia de los escitas[6]. La Historia de los Diádocos es únicamente un resumen de la obra de Arriano, mientras que Abreviación histórica corresponde a  la obra conocida como Crónica, su obra principal. El contenido de esta obra abarca desde los tiempos arcaicos hasta el reinado de Claudio.
Eunapio de Sardes, por su parte, escribió una obra de historia que es la continuación de la de Dexipo, abarcando desde el año 270 hasta 404, a comienzos del siglo V. Es una obra denominada Vidas de Filósofos y Sofistas. En Atenas, Eunapio fue discípulo del sofista Proheresio y posteriormente en Lidia le propondrían una cátedra de sofista. En Sardes se inició en la filosofía neoplatónica de Jámblico de la mano de Crisantio.
Su obra Vidas de Filósofos y Sofistas, escrita en 395 o algo después, es un homenaje a la cultura filosófica y literaria de la segunda mitad del siglo IV. Establece en ella la unidad de paideia griega y de religión pagana. Gracias a Focio su denominación usual como Crónica ha trascendido.
Según su propia concepción, la historia debe buscar un fin edificante y moralista (la paideia griega). La virtud y la sabiduría se hallan en los acontecimientos y en los propiciadores de tales hechos. Es por eso que su secuencia temporal es la secuencia biológica de los emperadores. El talante filosófico de Eunapio le conduce hacia los hechos sin ninguna fijación temporal, así como hacia el emperador Juliano, como convergencia histórica y representante máximo de la paideia griega aludida.
De la vida de Olimpiodoro también se conoce muy poco. Según los datos que aporta Focio (la obra de Olimpiodoro se conserva en los fragmentos de la Biblioteca de este autor), pudo haber nacido hacia 380, y haber desarrollado una actividad diplomática al servicio de Teodosio II en oriente, al que dedicó su historia. No obstante, es probable que también haya estado al servicio de Honorio, en occidente. Hay mayor seguridad en el hecho de que viajó mucho y que se movió en un círculo neoplatónico. Tal es así que Hierocles, neoplatónico y pagano, le dedicó una obra titulada Sobre la providencia y el destino. Viajó también a Egipto (de hecho se le atribuyen los fragmentos de una Blemmyomachia sobre un papiro), y estuvo en Roma, probablemente para la coronación de Valentiniano III.
Los fragmentos de la obra de Olimpiodoro se refieren al mundo occidental romano, y solamente se conocen gracias a una compilación realizada por Focio. También se puede deducir de las últimas secciones de la Historia Nueva de Zósimo. Su obra histórica puede ser datada, con relativa fiabilidad, a partir de 425 o 427.
Zósimo es un autor que se conoce, únicamente, por intermediación de Focio, quien le atribuye una obra de historia en seis libros (que pudo haber escrito después del año 425). Su historia haría un recorrido desde Augusto hasta el sitio de Roma por Alarico. Según Focio, Zósimo era un pagano culto que pudo haber vivido un tiempo en Constantinopla.
El título de la obra de Zósimo, según consta en el manuscrito Vaticanus Graecus 156, es el de Historia Nueva, aunque Focio habla de Nueva Edición. La amplitud de su contenido histórico es bastante variable, pues es muy extenso para el primer libro y verdaderamente escaso el del libro tercero, que casi únicamente contempla la figura de Juliano. También resulta muy desigual en relación a las esferas históricas de Oriente y Occidente, sin que exista equilibrio alguno. De los contenidos se destacan, sobremanera, algunos capítulos del libro segundo, en donde Zósimo vierte su acérrimo odio contra Constantino, ofreciendo una versión pagana de la conversión de aquel al cristianismo.
Por otra parte, finalmente, las fuentes de Zósimo fueron Eunapio y Olimpiodoro, entre otros autores posibles[7].

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.



[1] Las obras de Claudio Eliano Sobre la naturaleza de los animales, una obra repleta de curiosidades, así como Historias varias, se toman, por el contrario, con una mayor seriedad historiográfica.
[2] En los libros XVIII al XXI Apiano referiría una historia de Egipto. Focio extiende las Guerras civiles hasta el libro XXI porque los protagonistas fueron romanos: Antonio, Cleopatra y Octavio.
[3] Arriano habría sido designado también, previamente, cónsul suffectus y procónsul de la Bética, en torno a 125.
[4] El Periplo del Ponto Euxino es una suerte de informe, dedicado a Adriano, inspirado  en Menipo de Pérgamo, concretamente en su obra Periplo del mar interior. Este escrito combina una faceta práctica y teórica, al igual que en la Alánica y el tratado Táctica. Este último recuerda pasajes de las Tácticas de Eliano Táctico (que a su vez deriva de Asclepiódoto, discípulo de Posidonio). Los expertos (E.L. Wheeler) han considerado muy probable que el tratado sea una composición para homenajear las vicennalia de Adriano.
[5] Solamente Septimio Severo cabalga dos libros. Además, Macrino es puente entre Caracalla y Heliogábalo.
[6] Esta Historia trataba de la invasión de los godos en el Imperio romano desde 238 hasta 274, el final del reinado de Aureliano.
[7] El pragmático Zósimo (según D.C. Scavone) señala que Heródoto inspiró su concepción  teológica de la historia, mientras que Polibio confirió autoridad a su intencionalidad histórica, ya que si bien este último historió el origen y ascenso del Imperio romano, Zósimo hizo lo propio con su decadencia.

11 de agosto de 2017

Fuentes para el estudio del helenismo

Los comienzos del helenismo se sitúan en el momento de esplendor del reino de Macedonia y en la participación activa de Alejandro Magno. Su final, de modo general, se ubica en el momento de la incorporación efectiva a Roma. Sin embargo, no es un momento fácil de precisar, pues Macedonia, como Grecia y Pérgamo, no entran en la órbita romana hasta pasada la mitad del siglo II a.e.c., mientras que la región asiática occidental lo hace a principios del siglo I a.e.c. y Egipto a finales de dicha centuria. Además, este límite final lo es únicamente desde la perspectiva política, pero no cultural, en tanto que Roma absorberá elementos relevantes del helenismo.
El helenismo fue algo más que una simple civilización mixta greco-oriental. Al margen de que esta época fue la más cosmopolita de la historia de Grecia, lo que hubo, en realidad, fue una determinada helenización sobre poblaciones, hecho que no impidió que estas mantuvieran, en esencia, sus características propias. La lengua que se impuso, por ejemplo, como común a todo el Oriente helenistico fue el griego koiné de fundamento jónico y ático, que acabará siendo la lengua internacional.
Desde una perspectiva económica fue un mundo unido, en el que se incorporaban a los circuitos comerciales regiones hasta ese momento marginales, junto a otras muy ricas que tenían una dilatada tradición comercial y de intercambios, particularmente Egipto, Siria y las costas de Palestina.
Una característica esencial será la presencia de la monarquía, otra vez, en la historia griega. Es una reaparición, en virtud de que se la había conocido en la época micénica y en la denominada edad oscura. Sin embargo, en este momento histórico no dejaba de ser algo lejano. Además, se trataba de una institución de escasa consideración como forma de gobierno pues se entendía más propia de bárbaros que de helenos.
Esta nueva monarquía, por otro lado, no entroncaba con una tradición anterior, ni había evolucionado desde la polis, sino que era fruto de la expansión militar de Macedonia. En Macedonia la monarquía era una institución activa, que continuaba una tradición, si bien el soberano no dejaba de ser un primus inter pares.
En Oriente, por el contrario, el rey tendrá un carácter absoluto, lo cual enlazaba con previas tradiciones locales. Incluso en Egipto se identificaba la figura regia con el mismo Estado detentando todo el poder. Este tipo de monarquía oriental entraba, sin duda, mucho más en conflicto con la mentalidad griega.
Una de las novedades más significativas será el carácter divino de la monarquía helenística. Se hizo costumbre divinizar a los monarcas al morir, habitualmente por parte de  sus sucesores, del mismo modo como se había hecho con Alejandro Magno, pero aun en vida. Por tal motivo, los reyes  contaban con sacerdotes que cuidaban de su culto personal. A algunos se les llegó a divinizar en vida, caso de Demetrio Poliorcetes. Esta divinización afectará también a ciertos miembros de la familia real, particularmente esposas o hermanas. El monarca helenístico será, al tiempo, y en consecuencia, el principal exponente religioso.
Esta costumbre helenística, como algunas otras más, pasará al mundo romano, en donde se establecerá con firmeza desde el primer emperador.
El rey helenístico propiciará que las ciudades le rindan culto, como lo hacían a los fundadores o a aquellas personalidades principales que habían tenido un papel relevante en ellas.  Ahora privaba el culto a 1a personalidad sobre lo colectivo, ya que era una persona concreta la que había ejercido su poder benéfico sobre la ciudad en un momento específico.
Como la mayoría de los súbditos no serán greco-macedonios, la administración requerirá ejércitos permanentes de mercenarios (difusores de la cultura y la lengua griegas), mayormente greco-macedonios, que ocuparán siempre los puestos de más alto rango.
El rey helenístico estará rodeado de consejeros y ayudantes, denominados hetairoi, es decir, amigos. Eran escogidos en persona por el soberano, y su rol principal era el de hacer las veces de ministros. En consecuencia, eran personas fieles y la mayoría de las veces muy capacitadas. Estos elegidos eran, en una amplia mayoría, griegos.
La elección por parte del monarca de su sucesor se hacía siguiendo la tradición macedonia. Habitualmente solía ser siempre el heredero natural, específicamente el varón primogénito, un factor que enlaza con las tradiciones monárquicas orientales.
Las mujeres, como reinas y como esposas, desplegaron un relevante papel. La consorte no era necesariamente de sangre regia, y su elección podía ser variable. Podía intervenir en la política de un modo activo. Los Seléucidas asociaron a sus esposas al trono, portando el título oficial de “hermanas del rey”.
En definitiva, la corona poseía un gran patrimonio territorial lo cual convertía al rey en el principal, y mayor, terrateniente del reino.
Otro rasgo novedoso en el helenismo es el que supone la aparición de grandes ciudades (Alejandría, Antioquía). Muy monumentalizadas, con diversas y variadas construcciones, estaban bien amuralladas. Su población era, en esencia, griega o greco-macedonia y, desde luego, griegas eran siempre las autoridades ciudadanas, entre las que había comerciantes y banqueros. A estas ciudades fueron trasplantadas las formas de gobierno propias de la polis y sus aspectos de paidea, concretados en el gimnasio, lugar en el que se impartía a los jóvenes una educación filosófica y musical.
Aunque se desarrollaron con regímenes monárquicos, muchas de estas grandes ciudades conservaron amplias dosis de decisión en su ámbito, probablemente un recuerdo del ideal de la polis. Estas aglomeraciones fueron en todo momento reacias a aceptar no griegos entre sus ciudadanos, lo cual acaba constituyendo un sólido baluarte de la cultura helénica en Oriente. Los rectores ciudadanos serán ahora ricos comerciantes, perdiéndose por tanto el clásico concepto de que la política había de ser atendida por la ciudadanía al completo.  
En relación a las fuentes para el estudio histórico del período, se puede señalar que los textos, la mayoría de las veces en forma de resúmenes y compendios, son breves, incompletos y, en bastantes ocasiones, contradictorios. Una de las obras más resaltantes es la de Justino (historiador, tal vez del siglo II), concretamente las Historiae Philippicae que ha transmitido un resumen de una de las obras más significativas, ahora perdida, de Trogo Pompeyo (siglo I), que trataba básicamente de la historia de Macedonia en tiempos del rey Filipo II. Los libros XI a XLIV abarcaban de hecho, un dilatado espacio de la historia de Oriente y de Occidente hasta la época de Augusto.
Aunque hubo pocos, los escritos de algunos otros historiadores fueron importantes. Es el caso de Filocoros de Atenas que proporcionaba detalladas informaciones de su ciudad, y de Jerónimo de Cardia (siglo III a.e.c.)[1], que trató en su obra de los sucesos posteriores al fallecimiento de Alejandro Magno.
Polibio ofrece noticias más o menos importantes sobre el mundo helenístico, algo que se podría esperar al explicar la conquista del mundo griego por parte de Roma. El inconveniente es que su interés se centra en los acontecimientos acaecidos a partir de 220 a.e.c. Otra fuente relevante es Diodoro de Sicilia, quien transmite noticias hoy perdidas de otros autores antiguos en su Biblioteca histórica. Los libros XVIII a XX son los que se centran en época helenística. Su relato es de extremo  interés en lo que concierne a los Diadocos.
Plutarco, por su parte, autor de las célebres Vidas paralelas,  vivió entre otros lugares, en Egipto y Asia Menor. En tal sentido,  incluye entre sus biografiados varias personalidades de la época helenística, caso de Eumenes, Pirro, Demetrio Poliorcetes o Arato, además de personalidades destacadas en la incorporación del mundo griego a Roma, como Flaminino y Paulo Emilio, que ya representan el verdadero final del mundo helenístico independiente.
Flavio Josefo, historiador judío del siglo I, compuso su Bellum Iudaicum tras la caída de Jerusalén en 70. En esta obra refiere los acontecimientos ocurridos desde dos siglos antes del suceso señalado. No se debe olvidar que Judea conformaba una región destacada del reino de los Seléucidas. El macedonio Polieno es el autor de Estratagemas, centrada en tiempos de los emperadores Marco Aurelio y Vero, pero en la obra refiere diversos reyes y singulares personajes helenísticos, si bien su gran deficiencia radica en la ausencia de datos cronológicos.
En cuanto a la literatura científica, sin separación de la filosófica o de las ciencias naturales, se puede señalar que aporta datos en esta etapa muy superiores a las de tiempos anteriores si bien su aplicación práctica no fue relevante. En cualquier caso, se deben destacar a Aristarco de Samos, quien sostuvo que la Tierra y otros planetas giraban alrededor del Sol con otros planetas, a Heraclides del Ponto que afirmaba que giraba sobre su propio eje, o a Eratóstenes de Cirene, empeñado en defender que los mares constituían uno solo. Además, no se puede olvidar a Tolomeo, cuya actividad fue desarrollada en Alejandría en época imperial romana. Proporciona algunos datos sobre las ciudades, si bien en una etapa posterior al período helenístico.
La epigrafía, por su parte, conservada en los diversos reinos es esencialmente griega.  Corresponde a documentos, principalmente abundantes en las ciudades, vertidos en inscripciones honorarias y conmemorativas.
En la época helenística, sin embargo, no se habían generalizado las inscripciones funerarias que son las indicadas para estudiar los aspectos fundamentales de una sociedad concreta.
La papirología se circunscribe esencialmente a Egipto. Los papiros aparecen sobre todo en griego, pero también en arameo y demótico. Son relevantes porque ofrecen documentación privada. En su mayor parte procedían del Alto Egipto, una región básicamente agrícola y bastante alejada de Alejandría. De hecho, los hallazgos de papiros en el Bajo Egipto son realmente excepcionales.
En los papiros se conservaban además de documentos contemporáneos, copias de textos literarios griegos, algunos de extrema relevancia, y por descontado obras de autores reconocidos de las épocas previas, arcaica, clásica, además de la helenística. Por su relevancia hay que mencionar los hallazgos de Oxirrinco, en El Fayum. Aquí, entre unos tres mil papiros se encontraron poemas de Baquílides y Safo,  comedias de Menandro y La constitución de los atenienses de Aristóteles.
La mayoría de los papiros egipcios, no obstante, son cartas particulares, textos legales, contratos y textos fiscales. No existe una documentación histórica propiamente dicha.
Otro tipo de documentación extraordinaria del Egipto Tolemaico son los múltiples ostraka. El término se aplica a fragmentos de caliza con esbozos de pinturas, si bien la mayoría corresponde a pedazos de cerámica rota con escritura. Ofrecen inestimables datos acerca de la vida cotidiana de grupos sociales muy humildes, de recursos limitados. No obstante, siempre se trataba de griegos o de macedonios, no de pobladores indígenas.
Las fuentes arqueológicas son bastante abundantes, en especial las grandes ciudades y sus conjuntos monumentales. Muchas de ellas eran de nuevo cuño, pero otras antiguas, que ahora se revitalizan, caso de Éfeso o de Pella, la capital macedonia. La planificación urbanística provoca que en todas predomine la planta hipodámica, de calles rectas paralelas de norte a sur y también paralelas de este a oeste. Uno de los mejores ejemplos al respecto es Priene, situada en Asia Menor. Otro caso paradigmático es Delos. Pero, asimismo, serán una novedad las ciudades periféricas, no estrictamente griegas, que acabaron helenizándose, como fue el caso de la célebre ciudad nabatea de Petra.
Específicamente en Egipto se desplegó una etapa de intensa actividad en la construcción templaria, en particular en el Alto Egipto lejos, por tanto, de Alejandría. Del mismo modo, fue una buena época, además de para el urbanismo y la arquitectura, para la escultura y los mosaicos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB.FEIAP-UGR. Agosto, 2017.




[1] Jerónimo fue un soldado y también un político, a las órdenes de Filipo, Alejandro, Antífono I, Demetrio Poliorcetes y Antígono Gónatas.

3 de agosto de 2017

Héroes, demonios y monstruos de la mitología persa




Imágenes, de arriba hacia abajo: una esfinge en oro, Persépolis; una figura, tal vez de un rey, tumbado en lo que parece un banquete, en un vaso de plata parto. Siglos II-III y; el grifo Simorg, una mezcla de pájaro y perro o león, en un plato de plata dorada. Período Sasánida, siglos VII-VIII.

Ciertos héroes míticos que aparecen reflejados en el Avesta y en otros textos zoroástricos que son posteriores debieron tener su origen en las etapas pre zoroástricas, cuyas tradiciones serían ulteriormente incorporadas al Avesta en los Yast. De hecho, es en el Zamyad Yast en donde se describen los héroes arcaicos por primera vez, héroes que posteriormente reaparecerán en el Libro de Los Reyes (Shahnama) de Firdusí.
El primer hombre, llamado Gayomart, esto es “de vida mortal”, es una figura mítica creada desde la tierra, descrita como muy brillante, tanto como el Sol. Aunque perece ante el Espíritu del Mal, el Sol purifica su esperma tras su fallecimiento. Años después, su simiente se convierte en un ruibarbo del cual nacen los primeros hombre y mujer mortales.
Los reyes mitológicos iranios empiezan su andadura con la dinastía Paradata, que vienen a ser los Pisdadíes del Shahnama. Su primer rey se llama Haoshanha (el Hushang del Shahnama). En el Aban Yast del Avesta solicita la ayuda de una diosa de las aguas (Sura Anahita) para vencer a los espíritus del mal y a los demonios. Su sucesor será Takhma Urupi, el Tahmuras del Libro de Los Reyes, quien reina sobre los demonios, los malos espíritus y los siete países. El héroe más renombrado y de mayor prestigio en toda la mitología irania será Yima o Jamshid en el Shahnama, cuya pertenencia a la tradición indo-irania es clara. Su equivalente hindú es el Yama védico, quien se convierte en rey de los muertos. El Yima avéstico es, en el Vendidad, “el buen pastor”, “el justo”, una personalidad de muy alto rango en la tierra mítica de Ayrianeum Vaejah (Eranvej), el centro del mundo para los iranios más antiguos y, por tanto, la patria tradicional (Jorezm). Se le señala como el rey que posibilitó la extensión del imperio por el mundo entero, un mundo bueno por antonomasia.
Yima agranda el mundo un par de veces, pero acaba diciendo una mentira y, por tanto, pecando, lo que provoca que pierda la Gracia Divina (en forma de pájaro). Cuando nace Zoroastro aparece como Rey del Paraíso. En el Vendidad (siglos II y III) forma parte de una epopeya semejante a la historia mesopotámica del diluvio, y no se hace mención a su pecado. En esta versión avéstica, reina durante un milenio, tiempo tras el cual los dioses anuncian un período de grandes fríos y le advierten que debe cuidarse de un hombre y de una mujer. Las leyendas zoroástricas posteriores le conceden, no obstante, la inmortalidad, aunque en la tradición popular persa y en la epopeya de Firdusí, peca y muere.
Un personaje de nombre Thraetaona es mencionado en el Avesta y en el Bundahish, en donde se dice que lucha contra un dragón denominado Azi-Dahaka y lo mantiene cautivo en un monte llamado Demavent hasta el fin del mundo. En esta pugna disfruta de la ayuda de la mencionada diosa del agua, a quien promete sacrificar bueyes, caballos y corderos. Thraetaona también puede curar enfermedades (según el Farvardin Yast), como las fiebres y la sarna. En consecuencia, su valía como guerrero se complementa con sus aptitudes médicas.
Por su parte, Garshasp (Keresaspa) es un miembro de la familia de Sam en el Avesta. En el Shahnama, Sam es el abuelo del gran Rustam, aunque no es segura la conexión entre el héroe avéstico y el Sam de el Libro de Los Reyes. Keresaspa (en Yast, 13) es señalado como una personalidad corpulenta, de gran fuerza, y que mantiene consigo una maza. Por lo tanto, es el indicado para luchar contra dragones y las fuerzas del mal. Uno de sus encuentros más notables es el que le enfrenta a Sruvara, un ser cornudo de gran poderío.
La dinastía mítica de los Paradata es sucedida por los reyes Kavi (en el Shahnama, los Kiyanios). Entre estos se encuentra nada menos que Kavi Vishtapa (Kay Gushtasp) protector de Zoroastro, y Kavi Haosravah (Kay Cosrroes en el Libro de Los Reyes). Estos venerables reyes poseen, en el Avesta, la Gloria Divina. En la búsqueda de la misma se enfrentan a Franrasyán, que proviene de Turán (noreste de Irán) que en el Avesta es una de las cinco divisiones de los iranios[1]. La pugna de Franrasyán por arrebatar la Gloria Divina a los mandatarios iranios se narra en el Zamyad Yast. Además de rival de los reyes iranios, este personaje es un símbolo del mal, pues intenta derrocar el poder regio para obtener la Gloria Divina. En consecuencia, puede ser equiparado a un demonio. Al final, Franrasyán es vencido por Kavi Haosravah, en venganza por el asesinato de su padre Siyavarshán (el Siyavush del Shahnama, y uno de sus principales protagonistas).
Es también en el Avesta, además de en textos religiosos como el Bundahish, en donde se hacen descripciones de diversas criaturas fabulosas y demonios que poblaban el mundo de la mentalidad de los antiguos iranios. En el mundo iranio más arcaico es común la presencia de dos tipos de espíritus maléficos, los que agreden a los seres humanos físicamente, y los que permanecen pululando alrededor de la gente, a la espera de dañar a alguien, o a algún animal e, incluso, de estropear las cosechas.
Los seres maléficos reciben, de modo genérico, el nombre de yazata. No obstante, el término también alude a los adversarios (brujos, magos) de estas entidades, capaces de hacerles frente y con poder para combatir el mal. Los demonios, llevan el nombre de divs, palabra que se vincula con daeva, que refiere una deidad falsa. Los genios femeninos malignos se nombraban pairike. Su actividad era especialmente nocturna y se asemejaban a las brujas. Se disfrazaban o adoptaban formas variadas, como la de una rata o una estrella, pero podían mostrarse como hermosas mujeres con la intención de seducir a los hombres para provocarles algún mal.
El más malvado de los demonios era un espíritu femenino de nombre Nasu. En las tradiciones zoroástricas se manifiesta en forma de mosca de variados colores que proviene del norte, que se considera que es el lugar de donde procede todo el mal. Es uno de los espíritus femeninos maléficos que se conocen con el nombre de druges, una palabra posteriormente asociada a la mentira.
Una de las criaturas fabulosas más renombradas en los textos zoroástricos es un pájaro legendario denominado Saena, o Senmurv en pahleví, un enorme grifo que se posa en la cumbre del Árbol de de Todas las Semillas y al batir sus gigantescas alas esparce las semillas, luego transportadas por los elementos (lluvia, viento) por toda la tierra. Leyendas más tardías señalan que el pájaro cría a los jóvenes. Habitualmente se le relaciona con el posterior Simorg, aunque su vínculo no es seguro. No obstante, en el Libro de Los Reyes un gran pájaro mítico similar, con extraordinarios poderes, desempeña un rol destacado en la leyenda de Zal y su hijo Rustam.
El Árbol de Todas las Semillas se ubica en el medio del gran mar Vourukasha, donde es protegido por un pez, el Kara, que nada constantemente a su alrededor manteniéndolo siempre alejado de criaturas malévolas, en particular de la rana, que gustaría deleitarse royendo las raíces del árbol. El asno justo es otra criatura mítica cuya labor principal es también proteger el gran árbol. Se trata de una criatura marina de cuerpo de color blanco y con un cuerno dorado sobre su cabeza, y que posee, además, nueve bocas, seis ojos y únicamente tres patas.
En el Avesta se mencionan otros grandes pájaros. Es el caso de Karshiptar, de veloz vuelo, del que se dice que es el encargado de divulgar la palabra de Zoroastro, o el del búho Ashozushta, que menciona determinadas palabras sacras con las que asusta y espanta a los demonios malignos. El pájaro Chamrush, por su parte se entretiene destrozando con su fuerte pico a todo aquel que no sea iranio.
Otra serie de criaturas malignas y muy dañinas, como los demonios, y que eran una amenaza para personas, animales, cosechas y plantas de todo tipo, eran las llamadas Kharafstra. Estas criaturas eran ratas, lagartos, ranas, insectos (avispas, hormigas), arácnidos, tortugas y animales de rapiña. Monstruos fabulosos que adoptaban forma de sierpes o dragones, asociados con los gatos y otros felinos, que eran muy impopulares, eran los azi. El más célebre era el mencionado Azi-Dahaka, un monstruo de tres cabezas que devoraba seres humanos. Es, sin duda, el mismo monstruo que el Zahhak del Shahnama de Firdusí. Es, según el Avesta, el drug con más poder creado por Angra Mainyu contra el mundo de la materia, especializado en la destrucción de los buenos principios.
Azi-Dahaka desea apoderarse de la Gloria Divina, para lo cual solicita ayuda a Ardvi Sura Anahita, diosa del agua. El monstruo sufre el inconveniente de que no puede derrotar al dios del fuego (Atar), quien logra poner a salvo la Gloria Divina trasladándola al mar Vourukasha. Es vencido, como ya se dijo, por Thraetaona, y puesto cautivo hasta el fin del mundo. Sin embargo, escapa, aunque finalmente Keresaspa lo mata.
Otro azi o dragón importante es Azi-Sruvara, un dragón verde cornudo que se complace en devorar caballos y seres humanos. Gandareva, que aterroriza al mar, y Snavidhka, que desea usar los espíritus, buenos y del mal, para tirar de su carro, son otros dos azi de consideración. A ellos debe sumarse Kamak, un pájaro maligno, que es, como las restantes criaturas fabulosas, dañinas y perjudiciales (además de enemigas), para el ser humano, si bien suelen caer derrotadas a manos de los héroes. Se trata, en fin, de una lucha (héroe-monstruo; bien-mal), que es el eje primordial de la religión zoroástrica.

Prof. Dr. Julio López saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Agosto, 2017.



[1] Turán, según varias leyendas, derivaría de Tur, el hijo de Thraetaona. Según el Libro de Los Reyes, el rey Thraetaona (Fariydún), dividió su reino entre sus tres hijos, Salm, Iraj y Tur (en el Bundahish son nombrados Tug, Airik y Salm). Iraj (Irán) recibiría la mayor porción; Salm el occidente y Tur la región oriental. Con la aparición en escena de las tribus turcas ubicadas al oriente del Mar Caspio se establece un malentendido, de modo que la Turán del Avesta y su rey Franrasyán se identifican como turcos.

28 de julio de 2017

Mitanni en la historia de la Edad del Bronce siria


Ilustración: Idrimi, rey de Alalah (actual Tell Atchana)


Los pueblos de lengua hurrita, designados de este modo en las fuentes, formaron a fines del III milenio a.e.c. varias pequeñas principalidades en el norte y el oriente de Mesopotamia. Durante un tiempo, estuvieron sometidas al imperio acadio y a la III Dinastía de Ur, pero posteriormente, tras el colapso de ambos, su ambición creció y se hicieron agresivos, expandiéndose hacia el occidente a través del norte de Siria y en el sector oriental de la meseta anatólica.
Se enfrentaron con los hititas durante los reinados de Hattusili y Mursili, pero acabaron aceptando la soberanía de Yamhad sobre buena parte del norte de Siria. Muy probablemente establecieron relaciones diplomáticas con el reino de Yamhad.
La destrucción de Yamhad por parte del rey hitita Mursili provocó un vacío de poder en el norte de Siria que estos reinos agradecieron. Sobre todo, porque los hititas no pudieron continuar sus éxitos militares en esta zona, ya que Mursili fue asesinado no mucho después de las campañas contra Alepo y Babilonia, de manera que se instaló un período de inestabilidad dentro del territorio hitita que imposibilitaba su retorno a Siria durante un buen tiempo. Tal circunstancia facilitó que los hurritas consolidasen su presencia en la región.
De este modo, en torno al siglo XVI a.e.c., emergió una poderosa confederación de estados hurritas, el reino de Mitanni, que llegaría a ser el más fiero rival de los hititas por el control del norte de Siria y el oriente de Anatolia.  
Un nuevo contendiente en Siria sería Egipto, en concreto a partir de algunos reyes de la Dinastía XVIII.  El fundador de la dinastía, Ahmosis, había expulsado de Egipto a los soberanos foráneos de origen sirio-palestino conocidos como hicsos, provocando la huída hacia sus tierras e infringiéndoles en ellas algunas relevantes derrotas. Tiempo después, Tuthmosis I (1504-1492 a.e.c.) continuó estas empresas militares con campañas en los territorios del norte, lo que dio lugar a la conquista de Palestina y a la conducción de sus ejércitos hasta el Éufrates, en donde erigió una estela conmemorativa de su victoria. De esta forma, se estableció una contienda entre Egipto y Mitanni por el control de las tierras ubicadas entre el río y el Mediterráneo.
Sin embargo, el hijo y sucesor del faraón, Tutmosis II, no mostró interés en dar continuidad a las conquistas de su padre en la región sirio-palestina. Además, Hatshepsut (madrastra de Tutmosis III), solamente puso especial énfasis en el desarrollo comercial y en el establecimiento de vínculos mercantiles. En consecuencia, la acción militar en Siria se detuvo por irrelevante, abandonándose las conquistas previas de Tutmosis I. Esta medida, fruto del cambio de orientación de los intereses de Egipto proveyó la oportunidad deseada para que se llevar a cabo la primera expansión mayor del poder mitannio hacia el oeste, en específico en la segunda mitad del siglo XV a.e.c. bajo el reinado del rey Parrattarna.
Su primer objetivo era Alepo. Aunque el reino del que había sido capital, Yamhad, había desaparecido,  Alepo se había recuperado de su destrucción por parte hitita y se había restablecido bajo una nueva línea de reyes, de entre los cuales se conocen los nombres de algunos (Sarra-el, Abba-el e Ilim-ilimma). Además, también había establecido una nueva soberanía sobre un determinado número de estados próximos, entre ellos Amae, Niya y Mukish. Se temía, de parte mitannia, el surgimiento de un nuevo gran estado al norte de Siria cuya base fuese Alepo, lo cual era una amenaza mayor para las intenciones de Mitanni de expansionarse por Siria. Por consiguiente, Alepo tenía que ser conquistado.
El reclamo de Alepo por parte de Idrimi se condujo finalmente a través de una ruta diplomática con el rey mitannio Parrattarna, con el que acabaría sellando un compromiso en forma de tratado. Sería instalado como rey, pero como vasallo de Parratarna, y con autoridad únicamente en los sectores occidentales del antiguo reino de Alepo (Mukish, Niya y Amae). Por si fuera poco, su asiento estaría en Alalah, no en el núcleo de Alepo. Con ello, Parratarna garantizaría un virtual estatus autónomo del resto de los territorios que había antaño comprendido el reino de Alepo. De esta forma, Parrattarna afirmaba el control sobre la región.
Mitanni surgió como el dominador politico del norte de Siria y el sureste de Anatolia, un poder manifestado a través de una red de estados vasallos. En parte, este predominio fue debido a la debilidad hitita. Sin embargo, los acontecimientos en Egipto provocarían un nuevo giro en los acontecimientos. La muerte de Hatshepsut abrió una nueva fase en las ambiciones internacionales de Egipto. El corregente Tutmosis III se convirtió en faraón y decidió retomar las empresas imperiales egipcias. En Palestina y en Siria, infringiría una devastadora derrota a una coalición de fuerzas sirias en Megiddo, desde donde dirigiría, una vez más, sus tropas hacia el Éufrates, conquistando de tal modo, los territorios sometidos a Mitanni. Fue así como diversos reinos próximo-orientales empezaron a reconocer al faraón como su nuevo señor. Así, buscaron establecer relaciones diplomáticas con el faraón enviándole tributos y regalos. Asiria, Babilonia y los hititas estuvieron entre los interesados por organizar esas relaciones.
Las empresas asiáticas de Tutmosis no habían impuesto más que un temporal predominio sobre Mitanni, sin darle a Egipto un control permanente significativo sobre los estados sirio-palestinos conquistados. Además, la influencia egipcia en la región había declinado tras las campañas del faraón, a la par que la influencia mitannia había resurgido bajo la presencia de un nuevo mandatario, Saushtatar. La décimo séptima campaña de Tutmosis en Palestina y Siria, dirigida contra las ciudades de la Siria central, concretamente Kadesh y Tunip, que se habían rebelado, fue muy probablemente la última. Casi con seguridad, los rebeldes obtuvieron el apoyo mitannio.
Saushtatar  tenía otra preocupación en mente, en particular el posible resurgimiento asirio, cuyo territorio se encontraba al este de Mitanni. Si bien el antiguo Reino Asirio había finalizado por la intervención de Hammurabi hacia 1762 a.e.c., un estado asirio, de reducidas proporciones, aun subsistía, y podría llegar a ser una amenaza al territorio mitannio mientras Saushtatar estuviese ocupado operando en el occidente.
Para minimizar el riesgo asirio, el rey invade Asiria y saquea Asur, su capital tradicional. Asiria quedaba ahora absorbida dentro del reino de Mitanni como un estado vasallo de Saushtatar. Además, eso dejaba libre al rey mitannio para perseguir sus ambiciones territoriales en Siria.  Es bastante posible que en esa época  también Saushtatar entablara una alianza con el rey de Kadesh, sobre el Orontes, quien era reconocido como el señor del territorio sirio al sur de Alalah. Este acuerdo diplomático resultaría muy beneficioso pues las nuevamente adquiridas regiones de la Siria septentrional podrían estar en seria amenaza.   
Cruzando el Tauro, la fortuna de los hititas había tomado una dramática dirección (hacia mejor), con el ascenso al trono de Tudhaliya. Tudhaliya estableció primeramente su autoridad sobre la mayoría de la península de Anatolia, y tenía ahora la intención de restaurar el estatus de Hatti como el mayor poder en el mundo del Próximo Oriente de Asia.  Ello significaba, naturalmente, reasumir las campañas hititas en Siria.
Uno de los primeros objetivos de Tudhaliya era la ciudad de Alepo, cuyo gobernante local, ante la amenaza hitita, se encontraba atrapado en un dilema: si mantenía una alianza con Saushtatar, podría esperar represalias del ejército hitita, mientras que si hacía lo contrario, esperaría el mismo trato del rey mitannio. Finalmente, decidió que el mandatario hitita era el más fuerte y peligroso y, en consecuencia, trabó una alianza con él. Probablemente, el rey mitannio presionó para que la alianza se hiciese con Mitanni, porque lo cierto es que  a la llegada hitita, Tudhaliya devastó Alepo y mató al rey local.
Aunque no se sabe que sucedió con Saushtatar tras la campaña de Alepo, lo cierto es que Mitanni (Hanigalbat) continuó existiendo, si bien una parte importante de su territorio, particularmente el norte de Siria, fue tomado por los hititas. En cualquier circunstancia, una revigorizado Mitanni surgió de nuevo bajo el nuevo rey Artatama, sucesor (y probable hijo) de Saushtatar.
Uno de los principales objetivos de Artatama era reconquistar algunos de los territorios mitannios perdidos a manos hititas, y reclamar la soberanía sobre las tierras de  los anteriores súbditos del reino en Siria. Los problemas que experimentaban los hititas para mantener su autoridad sobre los súbditos anatólicos les distrajeron, durante un tiempo, de las nuevas amenazas de Mitanni, un factor que el rey Artatama pudo aprovechar en su beneficio. Sin embargo, el rey fue muy cuidadoso de no arriesgar al precipitarse a hacer algún movimiento sobre los estados norteños sirios. Un intento prematuro en tal dirección podría provocar el retorno de las fuerzas hititas a la región.
Además, también había que contar con otro actor habitual, Egipto. La influencia del país del Nilo sobre Siria y Palestina había declinado, ciertamente, desde los tiempos de las campañas de Tutmosis III, aunque Egipto todavía mantenía activos intereses en la región. Dicho interés estuvo detrás de un par de campañas del sucesor de Tutmosis, su hijo Amenhotep II, y animó las de su nieto Tutmosis IV. En cualquier caso, los intereses territoriales mitannios al occidente del Éufrates se focalizarían primeramente en los estados del norte de Siria, en tanto que la Siria y la Palestina central y meridional eran zonas remotas para Mitanni.
Por mediación de un tratado, Egipto permitía a Mitanni despacharse libremente en la Siria septentrional, lo cual debía satisfacer las ambiciones de ambos reinos y proveer los fundamentos de una alianza entre ellos contra un tercer poder, el de los hititas.
De este modo, se alcanzó un acuerdo entre Artatama y Tutmosis IV, de forma que se estableció una frontera entre sus territorios en Siria. El acuerdo cerraba la puerta de la región de Siria a los hititas. No obstante, los hititas estaban en este tiempo más preocupados de Anatolia que de la exclusión de Siria de su esfera de influencia.
Los levantamientos en Anatolia condujeron por esa época a una crisis que amenazaba la propia existencia de Hatti. Alrededor de la propia casa de los hititas, las fuerzas enemigas eran abundantes: los pueblos Gasga en el norte, Arzawa en el sur y sureste, los intrusos de las tierras de Isuwa y Azzi al este y noreste. El territorio madre de los hititas fue invadido y ocupado, e incluso Hattusa destruida. La familia real escapó y estableció una residencia temporal en Samutha, hacia el este. Desde este punto comenzaría la tarea de reganar las tierras a los enemigos, una operación de recuperación que resultaría exitosa, esencialmente gracias al príncipe hitita Suppiluliuma, el principal arquitecto de la restauración del reino.
Con Suppiluliuma los hititas volvieron a estar en la cumbre del poder militar y  político de la época. El rey lograría la destrucción del reino de Mitanni y remplazar su señorío sobre las posesiones sirias. El rey hitita contaría en esta empresa de control de Mitanni con la circunstancia de la muerte del rey Artatama que fue, finalmente, sustituido por Tushratta, uno de sus nietos, aunque discutido por otro pretendiente que, al parecer, contaba con el apoyo de la población. Esta incertidumbre fue bien explotada por el rey hitita.
Suppiluliuma  condujo una expedición que cruzó el Éufrates hasta la tierra de Isuwa, que permanecía entre el territorio hitita y el mitanio.  Formalmente sujeto al territorio de Hatti, Isuwa no se alinearía con Mitanni.  En la directa confrontación con Tushratta, de acuerdo a una carta de este rey al faraón Amenhotep III, fue Mitanni el que obtuvo la victoria. 
Para garantizar la derrota de Mitanni y la destrucción de su imperio, Suppiluliuma necesitaba emplear un conjunto de estrategias que incluían la fuerza militar pero también la habilidad política.
Adoptando la premisa de “divide y vencerás” buscó la manera de aislar a Tushratta de sus principales soportes por medio de una serie de alianzas diplomáticas. Entre las mismas incluyó un tratado con el pretendiente al trono mitannio, Artatama en el cual, presumiblemente, el soberano hitita reconocería a Artatama como el legítimo rey de Mitanni si le prestaba ayuda o, al menos, tomaba una postura benevolentemente neutral en el conflicto con Tushratta. Por otro lado, el rey hitita deseaba mantener al margen de la guerra al faraón, para lo cual dejó claro que no quería conflicto alguno con Egipto, ni tenía intención de extender las operaciones militares contra Mitanni en los territorios faraónicos al sur de Siria y Palestina.  En esa época, el trono egipcio estaba ocupado por Amenhotep IV, el “rey hereje”. Suppiluliuma se obligó a que las relaciones con el faraón fuesen de lo más cálidas y cooperativas.
El rey hitita llevaría a cabo una campaña de un año de duración contra  Mitanni y sus súbditos en Siria. Se la conoce como la Gran Guerra Siria  (hacia1340 a.e.c.). Los dos objetivos principales en esta campaña eran la destrucción del corazón de Mitanni, en el norte de Mesopotamia, y la conquista de los estados en Siria que habían sido o súbditos o aliados de Mitanni.
Un estado de gran relevancia que Suppiluliuma ganaría, eventualmente, por medio de la diplomacia más que por la fuerza, sería el reino de Ugarit, localizado en el noroeste de Siria. Ugarit nunca había sido un reino que destacase por su poder militar, sino por sus riquezas y ubicación estratégica, motivos por los cuales atraía los intereses de las grandes poderes de ese tiempo.
Ugarit había permanecido independiente de alguna de esas fuerzas. Su rey Ammishtamru se encontró en una encrucijada cuando Mitanni y los hititas entraron en conflicto. Si se asociaba con Mitanni en la guerra, y Suppiluliuma conseguía vencer y tomar las tierras del norte, su reino sería, casi con seguridad, tomado por los hititas. Por el contrario, si se arrojaba a los brazos de Suppiluliuma, y Tushratta lograba expulsar a los hititas fuera de Siria, las represalias de Mitanni vendrían con total certeza. La neutralidad también podría ser arriesgada, pues daría la impresión de que Ugarit podría ser atacado en cualquier momento sin grandes excusas y sin que nadie acudiera en su auxilio. La única vía admisible para el rey de Ugarit fue aliarse con el faraón egipcio, hecho que acabaría siendo un astuto movimiento, pues Mitanni, muy improbablemente, arriesgaría su alianza con Egipto atacando Ugarit, del mismo modo que  Suppiluliuma no desearía entorpecer las cordiales relaciones con Egipto establecidas en su alianza previa.
De este modo, Ammishtamru se sintió a salvo al distanciarse tanto de Mitanni como al rechazar los pretendidos avances de Suppiluliuma. Pero a la muerte del rey de Ugarit, el soberano hitita convenció a su hijo y sucesor Niqmaddu II, a través de una misiva. Sus vecinos, los soberanos de  Mukish y Nuhashshi, ambos aliados de Mitanni, atacaron sus tierras y le sometieron a un castigo, antes de que el rey hitita tuviese la oportunidad de responder a su solicitud de ayuda. Cuando Suppiluliuma respondió logró retirar a los intrusos hasta sus propios territorios y restauró a Niqmaddu lo que le habían sustraído.  
La estrategia de Suppiluliuma en esta Gran Guerra fue, en principio, cruzar el Éufrates y golpear al corazón medular del poder de Mitanni, ocupando con ello el territorio nuclear de Tushratta antes de que el adversario tuviese tiempo de organizar una defensa adecuada.  Casi todo le salió a pedir de boca. Washshuganni, la capital de Mitanni cayó y fue devastada. Sin embargo, el rey mitannio logró evadirse y llevar con él algunas tropas.
El rey hitita también impuso su autoridad sobre todos los reinos locales formalmente sometidos a Mitanni, desde el río Éufrates hasta el Mediterráneo. Así, conquistó  Mukish, Niya, Alepo, Qatna, Arahtu y Nuhashshi, además de las regiones meridionales hasta la frontera de Damasco, donde comenzaba el terreno egipcio.

Depuso a cada gobernante y los desterró, con sus familias, a Hattusa. Fue una campaña muy exitosa, pero todavía restaba pos ser sometido un poder mayor mitannio al occidente del Éufrates, la ciudad de Carchemish. Acabó resistiendo más de una década, tras un prolongado sitio, llevado a cabo hacia 1327 a.e.c. Finalmente, Tushratta fue ejecutado. Entre sus asesinos estuvo su propio hijo, Shattiwaza.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.