22 de junio de 2007

La locura en la antigüedad: Roma y Próximo Oriente

UNA APROXIMACIÓN A LA DEMENCIA EN LA ROMA Y EL ORIENTE ANTIGUO*

Prof. Dr. Julio López Saco

RESUMEN


Cicerón creía que las emociones irracionales eran desórdenes y no enfermedades en sentido estricto. Afirmaba que los romanos distinguían entre insania, como locura, y furor, en el sentido de delirio y frenesí. Para Aulo Celso existía un tipo de locura que provocaba fiebre aguda, que los griegos llamaban prenséis. Sin embargo, esta forma de locura era pasajera y contrastaba con un desarreglo mental continuo, proceso en el que la locura estaba ya establecida. Galeno, siguiendo la tradición griega, señalaba la bilis negra como la causante de fiebres, lepra, y una afección mental llamada melancolía por los helenos. En Roma, la legislación establecía que si un hombre estaba loco, la autoridad sobre su persona y bienes le correspondía a sus descendientes masculinos o a los componentes de su gens.
Una de las dolencias de etiología divina que aparecen en las tablillas cuneiformes es la epilepsia. Dos vocablos suelen aparecer juntos para designar esta perturbación: bêl ûri y antassubbû. En las psicopatologías babilónicas se destacaban dos rasgos: la brujería y la magia, además de ciertas maquinaciones humanas, como agentes provocadores de ilusiones de los estados psicóticos, y los dioses, el rey, o los funcionarios se presentaban como las “autoridades” que eran el objeto de los accesos perturbadores, así como de las acusaciones de los pacientes con problemas mentales. El Antiguo Testamento revela que para los hebreos y pueblos vecinos, los trastornos mentales eran provocados por fuerzas sobrenaturales o por la ira de la divinidad como castigo ante ofensas y sacrilegios humanos. Dos vocablos hebreos son relevantes en relación a la locura: shiggayon, que posee un matiz de conducta intensamente emocional, y meshugga, que suele aplicarse al hablar de los profetas y de sus acciones.


Palabras clave: locura, enfermedad, medicina, sociedad


AN APPROACH TO THE DEMENTIA IN ROME AND THE OLD EAST

ABSTRACT


Ciceron believed that the irrational emotions were you disorder and nondiseases in strict sense. It affirmed that the Romans distinguished between insania, like madness, and rage, in the sense of delirium and frenzy. For Aulo Celso existed a type of madness that caused acute fever, that the Greeks called phrenesis. Nevertheless, this form of madness was fleeting and contrasted with a continuous mental disorder, process in which madness already was established. Galen, following the Greek tradition, indicated the black bile like the cause of fevers, leprosy, and a mental affection called melancholy by the Greeks. In Rome, laws said that if a man were crazy, the authority on its person and goods him corresponded to its masculine descendants or the components of his gens.
One of the ailments of divine cause that appear in cuneiform small boards is the epilepsy. Two words usually appear together to designate this disturbance: bêl ûri and antassubbû. In babilonians psicopathologies two characteristics stood out: withcraft and the magic, in addition of certain human machinations, like provoking agents of illusions of the psicotics states, and the Gods, the king, or the civil employees appeared like the "authorities" that were the object of the disturbing accesses, like of the accusations of the patients with mental problems. The Old Testament reveals that for Hebrew and the neighboring towns, the mental upheavals were caused by supernatural forces or the wrath of the divinity like punishment before offenses and human sacrileges. Two Hebrew words are excellent in relation to madness: shiggayon, that have a shade of intensely emotional conduct, and meshugga, that usually is applied when speaking of the prophets and their actions.


Key words: madness, illness, medicine, society


1. Roma

Una buena parte de las concepciones acerca de la locura que eran válidas en el seno del pensamiento griego, perviven y se consolidan en el mundo romano, si bien surgen en éste algunos nuevos modos de comprender los fenómenos de las perturbaciones mentales, tal y como aparece reflejado en la obra de algunos oradores y médicos romanos. Este factor indica que, desde el punto de vista formal y estructural, un acercamiento paralelo a las insanias en Roma y en Grecia es posible, aunque es necesario precisar ciertos matices diferenciadores observables entre ambos focos culturales[1]. En cualquier caso, no debemos olvidar que en el siglo I a.C. los romanos ocuparon Egipto, tras anexionarse Grecia y los demás territorios del Mediterráneo oriental, en donde se había extendido la cultura helenística. La medicina romana, en particular, tenía un nivel bastante primitivo, de ahí que la griega se impusiera y los galenos romanos fueran, en buena parte deudores de los griegos. La medicina helenística fue introducida en Roma por médicos helenos que, en un principio, fueron hasta la Ciudad Eterna como esclavos, y luego ya como hombres libres en busca de mejores ganancias y de una oportunidad en la vida. Es justamente por este hecho que algunos autores no se atreven a hablar propiamente de “medicina romana”, porque hasta fines de la antigüedad casi todos los galenos continuaron siendo de procedencia helénica, y el griego permaneció como la lengua franca primordial de la ciencia en general y de la medicina en particular[2].
Los griegos definieron, en opinión de Cicerón, ciertas emociones irracionales con el término pathê ( sufrimiento, desgracia o infortunio[3] ). El orador cree que tales emociones, sin embargo, son desórdenes, pertubationes, y no enfermedades ( morbi ). En este sentido, el vocablo erróneo, nomen insaniae, significa enfermedad, en concreto enfermedad de la mente, una condición de falta de salud del alma que los filósofos helenos bautizaron equivocadamente[4]. Cicerón afirma que los romanos distinguen, en buena medida, entre insania, como locura o desequilibrio mental, y furor, en el sentido de delirio y frenesí. El primer término, en relación con stultitia, necedad, pero también locura, es el más generalizado. Identifica el antiguo cónsul y orador lo que los romanos llaman frenesí y delirio con aquello que los griegos definieron con la palabra melancholia ( quam nos furorem, melancholia illi vocant[5] ), y no puede reconocer que la mente esté influenciada por la bilis negra, ya que lo está, en muchas más ocasiones, por el tremendo poder de la ira, el temor o la pena, en el sentido en el que se habla del “frenesí” de un Atamante, Orestes o Ayax. Desde su punto de vista, por consiguiente, al lado de una racionalización fenomenológica, existe una matización y una distinción de comportamientos y estados de la mente.
Las versadas opiniones de los médicos, desde Celso a Celio Aureliano, parecen acercarse a las consideraciones griegas más clásicas. Los médicos romanos carecían, en buena medida, de independencia, ya que en su gran mayoría eran esclavos o, a lo sumo, libertos. Pertenecían al grupo de gentes de baja extracción social, incluso aunque fuesen jurídicamente libres. Sólo unos pocos elegidos pudieron llegar a integrarse en un estrato social superior, casi siempre a través de una bien ganada fama intelectual y científica. En palabras de Aulo Cornelio Celso existe un tipo de locura que provoca fiebre aguda, que los griegos llamaron phrenêsis. A causa de dicha calentura se producía un desmesurado delirio. Sin embargo, esta forma de locura era pasajera y, por consiguiente, fácilmente contrastable en relación a un desorden o desarreglo mental continuo ( continua dementia ), proceso en el que la locura estaba ya completamente establecida. Celso afirma la existencia de varias clases de manía, ya que entre las personas locas las hay melancólicas o divertidas y alegres[6]. Uno de esos tipos de locura es la depresión, tristitia, causada directamente por la bilis negra, y cuyo tratamiento llega ser, en ocasiones, verdaderamente brutal: a los pacientes se les obliga a pasar hambre y deben ser encadenados y vapuleados físicamente, en especial si se muestran violentos[7]. Hombres y mujeres locos suelen ser víctimas de fantasmas que los engañan, imagines, alucinaciones visuales, que no son fruto de su mente; sin embargo, en algunos otros casos de locura, la mente está defectuosa, por eso el individuo pierde la razón ( animo desipiunt ).
El famoso médico Galeno, por su parte, señalaba a la bilis negra como la causante de las fiebres, la lepra, algún tipo de ictericia y, fundamentalmente, de una afección mental llamada melancolía[8] por los griegos. En su opinión esta sustancia o humor, era detectable en la sangre cuando el bazo se debilitaba. Pero no estaba tan seguro cuando afirmaba que el aumento y endurecimiento del órgano era un efecto de la bilis negra, puesto que en esta condición el bazo no podía absorber la bilis y ésta decoloreaba el cuerpo y la sangre, causando un “bajón de espíritu” y, por lo tanto, graves disturbios psíquicos[9].
El médico más importante de la baja antigüedad latina, Celio Aureliano, distinguía, con cierta nitidez, la phrenitis de la manía. La primera se manifestaba siempre con síntomas febriles, mientras que con la segunda, sin fiebre, se suponía la pérdida de la razón, lo que comúnmente se llamaba insania ( quam vulgo insaniam vocant[10] ). De cierta analogía con la locura y la phrenitis es la melancolía, si bien ésta no es para Aureliano una forma de manía. En definitiva, entonces, la locura es definida, en oposición a la phrenitis, como un daño crónico de la razón, perturbación que en algunos casos provoca violencia pero que en otros se manifiesta de modo pacífico.
La legislación romana en relación al demente posee ciertos rasgos de semejanza con la legislación griega. En el derecho griego, específicamente en la legislación ateniense, las disposiciones legislativas referentes al demente en relación a la sociedad en la que habita son francamente escasas. Tales leyes se dirigían a la protección de la propiedad y a garantizar que el loco no dañase a otros miembros de la comunidad. En términos generales, se incapacitaba legalmente al enfermo mental y se le reducían sus derechos. No se juzgaba y condenaba el hecho de estar loco, pero la condición, el estado de perturbación limitaba los derechos[11]. En Roma, La Ley de las XII Tablas establecía que si un hombre estaba loco la autoridad sobre su persona y bienes muebles le correspondía a sus descendientes masculinos o, en su defecto, a los componentes de su gens. Un curator se hacía cargo de la propiedad del alienado ( furiosus ). Como no existía un procedimiento establecido por el cual declarar a alguien demente, era la familia o la gens quien lo hacía. Nunca se reguló por ley el momento preciso en el que una persona podía considerarse que estaba loca, ni siquiera atendiendo al punto de vista médico. En un principio, la tutela del enfermo mental correspondía a la gens, cura furiosi, pero más tarde el individuo enfermo pasaba a ser custodiado por la autoridad de sus agnates, que controlaban directamente su persona y propiedades. Cuando no existían agnates u otros individuos pertenecientes a la gens que pudieran actuar como tutores, algunos magistrados, generalmente el pretor o un gobernador provincial, nombraban un tutor legítimo ( curator legitimus ). La función de este tutor de centraba en la protección del incapacitado contra las consecuencias, más o menos incontrolables, de su enfermedad y la administración de sus propiedades. El enajenado mental, en cualquier caso, no tenía capacidad alguna de ejecutar acciones legales, con o sin tutor, y sólo si se curaba y recobraba por completo su lucidez, recuperaba también sus capacidades legales. Los delitos cometidos por un loco, especialmente el robo o el asesinato, no se juzgaban como infracciones y, por lo tanto, no tenían que pagar daños y perjuicios o multas. En resumidas cuentas, la protección legal del desequilibrado era bastante limitada, ya que los juristas no se preocupaban en particular de señalar la naturaleza y causa de la locura, sino que únicamente establecían el hecho de la incapacidad mental, que podía ser observada como un atenuante de primer orden, y sus consecuencias al desempeñar cualquier acto jurídico.

2. Medio Oriente

Las tablillas de escritura cuneiforme del área mesopotámica se dividen, en atención a las enfermedades, en tres grandes grupos: los textos de carácter terapéutico, aquellos otros llamados “síntomas” ( sakîkû ), referidos a la prognosis y diagnosis, y, finalmente, los presagios fisiognómicos y de nacimiento, en donde se pueden observar ciertos detalles o señales, más o menos evidentes, de desórdenes mentales incurables o congénitos. Una de las dolencias consideradas de etiología divina que mejor reflejadas aparecen en las tablillas cuneiformes es la epilepsia[12], el morbo sacro. Hay dos vocablos que suelen aparecer juntos para designar esta singular perturbación: bêl ûri y antassubbû. El primero de ellos indica un ataque epiléptico menor, fruto del cual los ojos del paciente son trastocados y movidos hacia arriba por el demonio Bêl Ûri, cuya traducción podría ser “Señor del Tejado”. Por su parte, la palabra antasubbû indica un ataque epiléptico de mayor envergadura, que suele describirse señalando al paciente caído en el suelo, girando la cabeza hacia todos los lados, con los puños apretados ( en una actitud de rabia contenida ), los dedos doblados por la tensión, los ojos desviados y echando saliva por las comisuras de la boca. Tras tan vehemente comportamiento se sigue un período de apnea o pérdida momentánea de la respiración[13].
Algunas ilusiones psíquicas son señaladas en un tratado denominado é-gal-tu-ra, término sumerio que literalmente significa “entrar en el palacio”. Se puede intuir, en función de las palabras en él empleadas, la presencia de estados mentales desfavorables, pues esta obra señala algunos términos literales vinculados a ciertos pacientes perturbados que creen que son, o han sido, objeto de una conspiración. Un texto babilónico, por su parte, narra los síntomas de un hombre que padece continuos y severos ataques epilépticos y que parece sufrir fuertes perturbaciones mentales. En este caso en particular, podría diagnosticarse, con relativa facilidad, un síndrome de ilusiones ( mullâte ) y una clara enfermedad mental acompañada de pérdida de interés[14].
De forma genérica, pueden extraerse dos rasgos primordiales dentro de las psicopatologías babilónicas: en primer lugar, la brujería, el hechizo y la magia, con preferencia en relación a ciertos dioses, además de ciertas maquinaciones humanas, son los agentes provocadores de muchas de las ilusiones e ideas de estados psicóticos; en segundo término, el dios o diosa, el rey, los superiores ( funcionarios de la corte ), y los mayores, se presentan como las “autoridades” que son el objeto preferente de los arranques y accesos perturbadores, así como, al mismo tiempo, de las acusaciones de los pacientes con severos problemas mentales[15].
La lectura del Antiguo Testamento revela que para los hebreos y pueblos vecinos, muy influenciados por la arcaica sabiduría de la antiguas culturas mesopotámicas, los trastornos mentales eran provocados por fuerzas sobrenaturales, espíritus ( ruach ), o por la ira de alguna divinidad como castigo ante las ofensas y sacrilegios humanos[16].El pensamiento popular creía que las anomalías mentales se debían a la acción de alguna fuerza sobrenatural o a la participación de algún ser que entraba en el cuerpo humano, o producía su efecto desde fuera. La idea de que el hombre está rodeado de fuerzas desconocidas e invisibles que le afectan para bien o para mal, es muy antigua. Tales fuerzas se materializan como seres reales, espíritus y demonios[17]. Entre los israelitas, aquellos que no obedecían los mandatos y preceptos de dios y violaban impunemente sus órdenes, eran amenazados con severos castigos, entre los que se encontraba la “maldición” de la locura. Moisés, por ejemplo, advierte que si alguien no obedece la voz de Yahvéh, acabará herido de locura, de ceguera y de delirio[18]. Por su parte, David le pregunta a Dios porque puso la locura en el mundo y, a continuación, describe un demente[19]. En el Talmud, los desórdenes de comportamiento se debían, del mismo modo, a la posesión por espíritus malignos. La enfermedad mental de Saúl proviene directamente de Dios a través de un espíritu, fuerza o influencia sobrenatural que actúa sobre el hombre. En este caso, la única diferencia respecto al “Espíritu del Señor” era, explícitamente, su maldad. Recordemos que el rey de Israel era considerado elegido de Dios, depositario de la gracia divina, aquel al que por medio del rito de unción llegaba el Espíritu Santo. El soberano debía someterse continuamente a la voluntad divina, pues si se rebelaba contra sus mandaros anulaba el nombramiento y apartaba de sí su favor, exponiéndose, por consiguiente, a su cólera. Es, justamente, por este motivo, por el que Saúl es enloquecido[20].
Las descripciones de enfermedades mentales en el Nuevo Testamento son muy breves, y suelen señalar, sobre todo, la magnitud del milagro de su curación. Las posesiones por demonios y espíritus malignos también son las causas frecuentes de enfermedad, en especial de insania[21]. El propio Jesucristo llevó a cabo numerosas curaciones expulsando este tipo de entidades[22]. Esta serie de notas testifica, por lo tanto, que la religión popular israelita consideraba de suma importancia la posesión por espíritus extraños, una creencia que se testimonia habitualmente en Egipto, Babilonia y Asiria[23].
Una de las palabras más empleadas para designar la locura era shiggayon. Este vocablo porta un matiz de sobreexcitación o conducta intensamente emocional. Algunas veces, sin embargo, no significa exactamente demencia, aunque generalmente se use para designar una forma de expresión impulsiva. Otro término hebreo para definir el trastorno mental era meshugga, que suele aplicarse al hablar de los profetas y de sus acciones. No podemos olvidar que la relación entre profecía y locura siempre ha sido significativa. Los profetas, a semejanza de los locos, actuaban de modo extraño e inspiraban respeto y miedo. La profecía era una actividad chamanística llevada a cabo por individuos dotados de cualidades psicológicas especiales, poseedores de una energía interna que podían comunicar a los demás. El profeta era, de este modo, una suerte de oráculo viviente que acabaría reemplazando los oráculos inanimados de la adivinación por el azar y el presagio[24]. En el Próximo Oriente, por lo tanto, el criterio para definir la enfermedad mental era la manifestación de una conducta impulsiva, desordenada e irracional, en realidad no desemejante a la concepción griega y romana.
Al igual que las concepciones grecorromanas, los israelitas consideraban el morbo psíquico como un asunto esencialmente privado, excepto en aquellos caso en los que había implicaciones relacionadas con la seguridad pública o algún tipo de problema legal. Aquellos perturbados que no se manifestaban violentamente, andaban sueltos y vagaban por las calles de pueblos y aldeas, y los niños y vagabundos solían tirarles piedras, quizás buscando con ello algún efecto apotropaico. La costumbre de permitir a los desequilibrados deambular por las calles sólo ocurría en el seno de las clases más humildes y entre los que no tenían familia, ya que los que pertenecían a casas nobles y acomodadas eran confiados al cuidado de un servidor personal o confinados en el interior de la casa. Únicamente la posibilidad del contacto físico contaminante provocaba el encierro y el consiguiente control del loco.
El Mishna o derecho oral, empleaba la palabra shoteh para denominar a los enfermos mentales en general, incluyendo en el mismo grupo a dementes y retrasados mentales. Una persona perturbada psíquicamente, era considerada privada de juicio e intelectualmente incompetente, de ahí su catalogación al lado de sordomudos y menores de edad, por ejemplo[25]. Según el Talmud, los infractores de la ley y los asesinos también eran considerados perturbados, y lo mismo ocurría con aquellos hombres entregados a los excesos sexuales, con las mujeres adúlteras o con los idólatras. Se solía juzgar la conducta de los dementes en relación al comportamiento de la mayoría de las personas a las que la comunidad creían normales. De esta manera, aparecía definida, como ocurría en el ámbito griego, la locura desde un punto de vista social, ya que se proponía que las personas que difiriesen del comportamiento normal, especialmente aquellas que vagaran sin rumbo por al noche, pernoctaran en un cementerio o rompiesen sus ropas, estarían trastornadas, y manifestarían, por lo tanto, claros síntomas de locura[26]. Este modo de conceptualizar la demencia es la que se le aplicaría a Isaías, que anduvo desnudo y descalzo por las calles de Jerusalén durante más de tres años[27]. En todos estos casos, la principal cura de la locura residiría en la expulsión del mal, del daimon de la locura si la persona estaba poseída, por medio de terapias como la música, catarsis médico-religiosas para lavar impurezas, el aspecto mágico de la palabra ( el incantum latino y el exorcismus ), las raíces de plantas o por la mediación de curanderos y hechiceros, prácticamente, por lo tanto, de modo análogo a lo que solía acontecer en el ámbito de la antigüedad grecolatina.

Caracas, Mayo del 2007

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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* Este trabajo ha sido publicado en la revista Praesentia, de estudios clásicos, de la Universidad de Los Andes (ULA).

[1] Un acercamiento a las perturbaciones mentales en la Grecia antigua fue el objeto de nuestra contribución titulada ”As perturbacións psicosomáticas na antigüedades clásica: a loucura e o seu vencellamento co asesinato e o suicidio” ( en gallego ), publicada en Historia Nova I, Universidad de Santiago de Compostela, ( 1993 ), pp. 77-127. Toca el turno ahora, por consiguiente, del ámbito romano y oriental, aunque sin alejarnos nunca de un marco griego de referencia.
[2] Es probable que esta opinión sea un tanto exagerada. Véase al respecto LÓPEZ PIÑERO, J.M., La Medicina en la Antigüedad, Madrid, edit. Hist. 16, 1985, pp-18-19 y ss., y el antiguo, pero aun muy sólido trabajo de CLIFFORD, A.T., Greek Medicine in Rome, Londres, Clarendon Press, 1921, en especial, pp. 45-60 y ss. Acerca de la cultura helenística es recomendable PIÑERO SÁENZ, A., La civilización helenística, Madrid, Akal, 1989, en especial, pp. 40-41, y ELVIRA, M.A., La cultura helenística, Madrid, edit. Hist. 16, 1985, en concreto, pp. 19-20, donde se hace un breve repaso a la escuela médica de Alejandría.
[3] El suicidio sería el principal elemento intensificador del pathos / pathêma dramático griego.
[4] Cic. Tusculan., III, 7-8
[5] Cic. Tusculan., III, 10-11
[6] Cel. De Med., III, 18, 1-3
[7] Cel. De Med., III, 18, 17
[8] El término se aplica a las personas de temperamento difícil y bilioso. La palabra melancholikos se refiere a personajes impulsivos ( Plat. Rep., 573c; Arist., Étic. a Nicóm., 1152a, 19 ). Otra de las formas de manifestarse este mal era la excesiva tendencia a mantener relaciones sexuales ( Plat., Tim., 86c-d; Arist., Probl., XXX ). Véase al respecto, por ejemplo, GARCÍA QUINTELA, M.V., “Familia y Locura en el derecho ateniense”, Gallaecia, nº 12, ( 1991 ), pp. 293-315, en especial, p. 310.
[9] Sobre esto puede revisarse PHILLIPS, E.D., Greek Medicine, Londres, edit. Thames & Hudson, 1973, en concreto, pp. 172-181; SCARBOROUGH, J., Roman Medicine, Londres, edit. Prentice Hall Series,1969, p. 122 y ss; BALLESTER, L.G., Galeno, Madrid, edit. Alianza, 1972, pp. 15-16 y ss., Moss, G.C., “Mental disorder in Antiquity”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in Antiquity, Londres, edit. Thames & Hudson, 1967, pp. 709-733, en especial, p. 715 y ss., y LÓPEZ SACO, J., “La idea grecorromana de locura: una visión filológico-literaria”, Quincunce, nº 9, año II, ( 2004 ), UCAB, pp. 32-44, en especial pp. 39-40.
[10] Cel. Aur., Sobre las Enf. Agud., I, 5
[11] Debido a los cambios constitucionales llevados a cabo por los Treinta Tiranos, el marco jurídico de la locura será, de ahí en adelante, privado. En Platón ( Ley., IX, 864d; 853d-857b ) la locura será un atenuante de los delitos político-religiosos. Por descontado, los perturbados no se podían casar, en disposición semejante a la de la ley judía y romana. No olvidemos, en definitiva, que al loco no se le juzga por estarlo, sino que se juzgan sus actos cometidos bajo el específico estado demencial. Sobre la actividad social en referencia al perturbado psíquico es interesante ROSEN, G., Locura y Sociedad. Sociología histórica de la enfermedad mental, Madrid, edit. Cátedra, 1974, en especial, pp. 93-165.
[12] La epilepsia es fruto de un desequilibrio humoral, concretamente bilioso, una enfermedad que, por definición, es sagrada ( peri hierês nousou, morbus sacer, lues deifica ). El término hace referencia explícita a la suspensión, la interrupción o la detención ( Arist. Probl., 866b, 14; Hip. Aphorismoi, 322 ), a la reprensión, la censura violenta ( Isócr. VIII, 61; Plut., II, 35d ) y, finalmente, a un acceso epiléptico ( Hip. De Morb. Sac., 10; Arist. Probl., 960a, 18 ). Solía decirse que la enfermedad era enviada por una divinidad o que alguien caía enfermo porque había cometido previamente una falta contra Selene ( Plat. Tim., 85a-b ). Así pues, por su naturaleza dramática y, en muchas ocasiones, catastrófica, se la consideraba un morbo enviado por los dioses. Sus síntomas respondían a la generalidad de las perturbaciones mentales: espuma por la boca, alucinaciones olfativas y auditivas, ilusiones, espasmos, ojos girando en las órbitas, todo ello acompañado de una conducta “extraña”, esencialmente vergonzosa. Al respecto puede verse, SIMON, B., Razón y Locura en la antigua Grecia, Madrid, edit. Akal, 1984, en especial el capítulo IV, pp. 263-355; FERNÁNDEZ, L., Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico, Madrid, edit. Alianza, 1969, p. 310 y ss; PHILLIPS, E.D., Greek…Op.cit., pp. 38-138; BISCHLER, W., “L’épilepsie chez les anciens”, Scientia, XLIX, ( 1955 ), pp. 295-301; PIGEAUD, J., Folie et cures de la folie chez les médicins de l’antiquité greco-romaine. La manie, París, edit. Hachette, 1987, en concreto el capítulo III, pp. 47-51 y ss., y del mismo autor, La Maladie de L’Ame. Étude sur la relation de l’âme et du corps dans la tradition médico-philosophique antique, París, edit. Hachette, 1981, en concreto, pp. 32-47. Además puede verse, en relación a los significados del término, LIDDELL, H.G. / SCOTT, R., Greek-English Lexicon, Oxford, Clarendon Press, , 1968, en específico, p. 643.
[13] Existe otro término, bennu, que también puede aplicarse en contextos claramente epilépticos. Véase, por ejemplo, KINNIER, J.V., “Organic Diseases of Ancient Mesopotamia”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in…Op.cit., pp. 191-208, en particular, p. 201-203.
[14] Aunque el fragmento es un tanto largo, merece la pena que nos detengamos en su exposición. Dice lo siguiente:
“si un hombre está sufriendo corrientemente de ataques epilépticos mayores o menores…y un alû-demon luego empieza a imponérsele con ideas de persecución, por lo que dice, aunque nadie concuerde con él en que esto es así, el dedo de la condenación está siendo apuntado hacia él; si ve visiones horribles, alarmantes o inmorales, y está ( como consecuencia ) en un estado constante de temor, si desarrolla periódicos arranques de ira contra el dios o la diosa, está obsesionado con ilusiones de su propia mente, desarrolla su propia religión y dice, aunque ( de nuevo ), ellos no se lo permitirán, que su familia le es hostil y que el dios, rey, sus superiores y mayores, lo tratan injustamente; si todos sus músculos están sujetos a la parálisis, si sus ojos muestran colores rojos ( o marrones ), amarillos y negros, si tiene algún desorden del lenguaje, con hechizos o falta de memoria, no desea relaciones con las mujeres y no tiene ninguna inclinación para perseguir alguna actividad ( en todo )…( los detalles de la acción deben tomarse como sigue…)”.
Véase al respecto, KINNIER, J.V., “Mental Diseases of Ancient Mesopotamia”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in…Op.cit., pp. 723-733, y nota 67; y THOMPSON, R.C., Assyrian Medical Texts from Originals in the British Museum, Londres, British Museum, , 1923, en concreto, pp. 6-10.
[15] Véase, por ejemplo, OPPENHEIM, A.L., “Mesopotamian Medicine”, BHM, XXXVI, ( 1962 ), pp. 90-108, en especial, p. 97 y ss.
[16] La locura como castigo surgía cuando alguien, que había cometido algún acto sacrílego u ofensivo, provocaba el afloramiento de la ira de la deidad. La curación del mal era efectuada, en muchas ocasiones, por el mismo dios que lo había provocado, siempre y cuando el afectado, por medio de sacrificios y ofrendas, lograse restituir la falta cometida. Puede verse, al respecto, PARKER, R., Miasma. Pollution and Purification in Early Greek Religion, Oxford, edit. Clarendon Press, 1983, en específico, pp. 235-256.
[17] La enfermedad mental puede ser un espíritu que posee al individuo, o bien el morbo es el propio espíritu que invade al sujeto. En Grecia, muchas divinidades podían enviar locura al ser humano: Ares ( como posesor, Euríp., Bac., 300; Il., V, 717; XV, 605 ); Zeus, divinidad entusiástica, al menos en su vertiente profética ( Plat. Fedro, 244a ); Apolo, inventor del entusiasmo mántico ( Plut. Mor., 429a ); Dioniso, Pan, Afrodita ( las tres divinidades como generadoras de locuras cultuales, si bien Afrodita es una productora de la manía erótica como fenómeno psíquico individual ); las vengadoras Erinias, que envían la locura como castigo ( Hes. Teog., 185; Od. XV, 234 ) y, naturalmente, las ninfas.
[18] Deuter., 28, 15-29
[19] Midrás, salmo 34
[20] 1 Sam., 19,24. En 2 Macab., 9, 4-10, se narra cómo Antíoco, que repentinamente se siente afligido por un dolor agudo en el abdomen, reconoce su condición maníaca. Paulatinamente, observa como le crecen gusanos en el cuerpo y empieza a caérsele la carne putrefacta, despidiendo la consiguiente fetidez, hasta que, finalmente, muere. El gran rey Nabucodonosor ( Nebuchadnezzar bíblico ), padeció una larga locura de la cual se cura, repentinamente, tras siete años de duros padecimientos ( Dan., 4, 25-34 ).
[21] Marc., 1,21; Luc., 4, 31; 5, 31; 8, 26; Mat., 8, 28.
[22] Mat., 8, 28-34; Marc., 5, 1-13; Luc., 8, 2, 26-33.
[23] Véase sobre esta difundida creencia en todo el medio y próximo oriente, SUSSMAN, M., “Diseases in the Bible and the Talmud”, en BROTHWELL, D. / SANDISON, A.T., Diseases in…Op.cit., pp. 209-221.
[24] Acerca del fenómeno de la profecía y el chamanismo en Grecia es una obra capital la de DODDS, E.R., Los griegos y lo irracional, Madrid, edit. Alianza, , 1986, en concreto, pp. 133-153. Sobre el chamanismo y sus múltiples expresiones en diversas áreas culturales, sigue siendo imprescindible la obra clásica de ELIADE, M., El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, México, edit. F.C.E., 1960, en especial, pp. 304-308 para el caso griego.
[25] Una persona con incapacitación mental no era legalmente responsable de sus actos y, además, no podía testificar en un tribunal. Véase al respecto, ROSEN, G., Locura y Sociedad…Op.cit., pp. 37-90.
[26] La persona que se extralimite de lo culturalmente consentido y admitido será un loco. Según el grado de alteración de su conducta y en función de las actitudes de los miembros del grupo social al que pertenece el individuo, en relación a dicha alteración, un hombre puede ser considerado como un enfermo mental. Desde este punto de vista, la demencia depende más de factores sociales que de aquellos físicos o religiosos. En la Grecia de la antigüedad, dos comportamientos específicos se creían característicos del demente: vagar por las calles, cantando, riendo o bailando, y la propensión a la violencia. En este sentido, por ejemplo, Diógenes ( en una anécdota que no parece verosímil ) consideraba loco a Solón por presentarse armado como un hoplita y riendo alegremente ante la asamblea ( Plut. Solón, VIII, 1-2; Polieno, Estratag., I, 20 ). Algunos extraños comportamientos, cono fingir estar loco, eran, del mismo modo, considerados como potenciales perturbaciones: el astrónomo ateniense Metón, quien no se fía de la seguridad prometida en la expedición a Sicilia del 415 a.C., se finge mentalmente insano para evitar el servicio militar ( Elia.,Hist. Var., XIII, 12 ); Odiseo, para no acudir a la guerra de Troya, finge locura arando y sembrando sal ( Hig., Fáb., 98, 101, 102; Ovid. Met., XIII, 192; Apol., Epít., III, 22 y ss.; Ilia., I, 308 y ss. ). En Oriente Próximo, después de que el rey Saúl tratara de matar a David, huye al interior de Judea, y allí, dirigiéndose como protector a Aquis el filisteo, rey de Gat, se finge demente, pues no estaba en absoluto seguro de que le recibirían con amabilidad ( 1 Sam. 21, 13-15 ). El mundo grecorromano definía al demente en base a su orientación respecto del concepto de realidad aceptado, su estilo y coherencia de conducta y las consecuencias de dicha conducta para él y para los que le rodeaban. Puede consultarse al respecto PORTER, R., Historia social de la locura, Madrid, edit. Cátedra, 1989, pp. 35-73 y ss., y Rosen, G., Locura y Sociedad…Op.cit., pp. 93-164.
[27] Isaías, 20, 2-3