Imágenes:
arriba, grabado en color de la cremación de un brahmán, 1827;
abajo, panorámica de una serie de cremaciones en Varanasi.
Uno
de los deberes religiosos regulares de mayor relevancia para
un hindú son aquellos
que se vinculan al cuidado de los muertos, los progenitores
y los antepasados. La práctica funeraria de la cremación, que fue
introducida por los migrantes arios, es la más frecuente a la hora
de eliminar el cadáver. Se la considera una forma de ayudar al atman
a
liberarse del cuerpo tras el
deceso.
Al
margen de ser una práctica idónea
por motivos higiénicos, se entiende como una forma de liberar al
alma del cuerpo, que no importa destruir porque su valoración es
casi nula. No obstante, también se practica
el enterramiento, sobre todo en las clases bajas
por motivos meramente económicos,
y especialmente para determinadas personas. Es el caso concreto de
los sannyasin,
peregrinos
errantes que abandonan
la
vida mundana para dedicarse de lleno a la vida espiritual. No se les
practica la cremación porque se considera que su alma ya está con
Brahman,
el
Absoluto. Asimismo, tampoco se practica con los
niños pequeños, en
particular si
han fallecido
antes de la ceremonia de su nombramiento, en la conocida como
ceremonia del ab-ñim-on,
que se realiza
dos o tres años después del destete de la criatura, y que consiste
en que un ancestro patrilineal de su mismo sexo conferirá
su nombre al niño o niña.
También
la ausencia de la cremación ocurre con los gurús o maestros, así
como con
los peculiares
Aghoris,
pertenecientes
a un tipo de orden monástica de carácter ascético que
acostumbraban
a deambular
desnudos o vestidos con las mortajas tomadas de algún muerto.
Practicaban el coitus
reservatus con
prostitutas durante sus menstruaciones, devoraban
los despojos de las piras de la cremación y dormían sobre las andas
que transportaban al cadáver destinado a la cremación. Todas estas
formas de actuar y comportarse se relacionaban con el intento de
entrar en una forma de meditación final. Los Aghoris,
eran
enterrados en posición meditativa en
el interior
de sus monasterios, y hasta se decía de ellos que no morían.
Los
hijos y los familiares más
cercanos
del
difunto tienen el deber de enviarlo al reino de los antepasados por
mediación del ritual correcto. De cierta
manera,
la cremación se contempla
como
un sacrificio a las
deidades,
en el que el cuerpo del difunto debe estar perfectamente
preparado y limpio. En
tal sentido,
los hinduistas se refieren a esta práctica como sacramento de fuego
(dah
sanskar) o
el último sacrificio.
Por
esta
razón se
habla de buenas y de malas muertes. Una buena muerte es cuando la
persona que va a fallecer
está preparada tras ayunar y beber agua del Ganges, de tal modo que
el cadáver no se contamine con material fecal en los últimos
momentos previos al óbito. Por el contrario, una mala muerte sería
cuando se muere en un accidente, o bien vómitos y heces manchan el
cuerpo, contaminándolo.
Si
resulta factible, el cadáver es cremado el mismo día de su muerte,
en una pira funeraria y con los pies orientados hacia el sur, en
dirección al reino de Yama, deidad
de la muerte, así
como con
la cabeza hacia el norte, donde se encuentra ubicado el reino de
Kubera, el dios de la abundancia. Inmediatamente después del
deceso,
el fallecido se convierte en un preta
(esto
es, un fantasma) y si es no es enviado de
forma adecuada
con
los antepasados podría transformarse en una suerte
de alma en pena o incluso de demonio (bhuta),
causando,
en consecuencia,
daños
a los vivos. Es
en este aspecto en donde subyace
la creencia común en ciertos
lugares
por la que una persona tiene un
doble poder
(sakti).
Tales
poderes se separan
en la muerte: el alma o principio vital (jiva),
de
un lado,
que
es el que se dirige al cielo o a Brahman,
y
el previamente citado preta,
conectado
con el cuerpo, y que permanece en la tierra como
un genuino fantasma. Se piensa que, en ocasiones, este último puede
llegar a convertirse en un cuervo.
Lo
que buscan dichos rituales, que llevan
la
denominación de
Sraddha,
es
que el preta
se
convierta en pitri
o
espíritu
ancestral. Tienen una duración de diez días después de la
cremación. Ya en el doceavo se preparan cuatro tazones de arroz
(pinda)
para
simbolizar la unión del muerto con sus antepasados. Uno de los
tazones
es para el fallecido,
mientras que
los otros tres para las tres generaciones previas
de antepasados. Junto con una ofrenda de un
cuenco
de agua, conforman el nuevo cuerpo del preta,
a
la vez que lo alimentan. Se considera, por tanto, que el preta
debe
quedar en suspenso en los alrededores del lugar, de forma que se
cuelgan de un
árbol
dos vasijas de barro, una con agua y otra con una lámpara para que
le de su
luz al preta.
Se
estima que al décimo día
éste se incorpora por
completo
a su nuevo cuerpo, momento en que se rompen las dos vasijas. Cuando
finalizan
todas las ceremonias, los varones más allegados
al difunto se cortan su cabello o afeitan sus barbas para evitar así
la contaminación o impureza de la muerte. Lo mismo acontece
con la casa, que debe ser limpiada en
profundidad
para que puedan retornar las divinidades.
La
muerte, en
cualquier caso,
no aniquila al cuerpo sutil, formado
por los órganos de los sentidos (manas), el
órgano del pensamiento o prana y
el hálito vital, contrapuesto al cuerpo grosero,
engendrado por los progenitores. Este
cuerpo sutil abandona el cadáver utilizando una
de las nueve aberturas. Una vez cumplidos los ritos funerarios
prescritos, el fallecido obtiene un cuerpo
de muerte (pretadeha), con el que se
presenta ante el juez de los muertos, Yama, quien con una
balanza sopesa sus méritos y sus pecados.
Según sea la sentencia, el muerto obtiene un cuerpo de placer
(bhogadeha), con el que entra en el paraíso, o uno
de dolor (yatanadeha), y entonces es arrojado a uno de los
varios infiernos.
Paraísos
e
infiernos son numerosos, aunque
las descripciones
de los textos son
poco explícitas.
Los placeres y los castigos son de orden sensible y la permanencia
en
estos lugares puede durar largo
tiempo,
aunque
una vez haya pasado
ese tiempo, que depende de los méritos o de los errores,
el alma se une nuevamente al cuerpo. Esta
limitada temporalidad, aunque muy dilatada, responde
a la concepción
cíclica del tiempo en el
hinduismo, lo que implica un nuevo comienzo.
En
la antigüedad era común inhumar a
los muertos rogando a la tierra que los proteja del
mismo modo que una madre cubre a su hijo con su manto. Tal
vez introducida por los arios, sin embargo, la cremación se
transformó en la norma funeraria general de los funerales
hinduistas. La práctica implicaba el
reconocimiento de la destrucción total del cuerpo físico, de modo
que no quedaba lugar posible para una doctrina que afirmase la
resurrección de la carne. Se creía que el espíritu ascendía al
cielo empleando el humo o el fuego de la
cremación.
La
práctica de la cremación, unida a la creencia de que el muerto se
metamorfosea en un ancestro y puede vagar
por cielos o infiernos, parece contradecir la idea de la
reencarnación. Este hecho muestra la complejidad y variedad de las
ideas referentes a la muerte en la India antigua.
Bibliografía
básica
BOWKER,
J., Los significados de la muerte, Cambridge, 1996.
DAVIES,
D.J., Death, Ritual and Belief The Rhetoric of Funerary Rites,
Londres & Washington, 1997.
DE
LEÓN, J. L., La muerte y su imaginario en la historia de las
religiones, Bilbao, 2007.
FLOOD,
G., An introduction to Hinduism, Cambridge, 1997.
FOWLER,
J., Hinduism. Beliefs and Practices, Brighton & Portland,
1997.
KEITH,
A.B., The Religion and Philosophy of the Veda and Upanishads, vol.
II, Delhi-Patna-Varanasi, 1970.
LAUNGANI,
P., “Death in Hindu family”, en MURRAY, C. & LAUNGANI,
P. & YOUNG, B., Death and Bereavement Across Cultures, Londres
& New York, 1997, pp. 52-72.
NARAYANAN,
V., Entender
el hinduismo,
edit.
Blume, Barcelona, 2005.
TISON,
Br., “La muerte en la tradición hindú”, en GAVAIN, Ph.,
(ed.), La muerte. Lo que dicen las religiones, Bilbao, 2004,
pp. 122-148.
VITEBSKY,
P., Dialogues with the Dead. The discussion of mortality among the
Sora of eastern India, Cambridge, 1993.
Prof. Dr. Julio López Saco
UM-AEEAO-AHEC-AVECH-UFM, enero, 2026.