17 de abril de 2015

La cerámica pintada griega: la mitología en vasos del siglo VI a.C.




Imágenes, de arriba hacia abajo. Ánfora de figuras negras de Vulci, pintada por Exekias. Hacia 540-530 a.C., hoy en los Museos Vaticanos de Roma; crátera de cáliz de figuras rojas, hecha por Euristeo y pintada por Eufronio. Datada en torno a 510 a.C. Metropolitan Museum of Art, Nueva York e; hidria de Caere, con Heracles y Busiris, datada entre 520-510 a.C. Kunsthistorisches Museum, Viena.

La cerámica griega fue un medio de difusión de imágenes y de narraciones gráficas de gran impacto. En su mayoría, los distintos tipos procedían de los sepulcros, en donde eran ubicadas como ofrenda al difunto, y de los santuarios. Las vasijas se hacían para usos específicos, y por ello sus formas corresponden a las funciones que desempeñaban. Han existido múltiples formas, entre las que destacan la hidria, de tres asas, vasija para contener el agua, el kylix o copa, el skyfos y el kantharos (todos de dos asas), para guardar el vino que se bebía en los banquetes[1], la crátera para mezclar el vino con el agua, modo habitual de degustar el primero[2], el ánfora de doble asa, que al lado del stamnos y el peliké, servían de recipientes para el vino y otras sustancias[3], y el lekythos, recipiente estilizado para guardar perfumes, aceites y ungüentos[4]. Además de las formas principales hubo algunas que servían para ciertas ocasiones especiales. Es el caso del ánfora panatenaica, que se otorgaba como premio en los Juegos Panatenaicos, y siempre se decoraba con Atenea en un lado y la prueba (en competencia con Poseidón) en la que obtuvo el premio, en el otro; el loutrophoros, vasija alargada de cuello alto con boca acampanada que se empleaba para transportar el agua del baño nupcial desde la fuente de Kallirrhoe y se colocaba en las tumbas de los solteros; o el lebes gámico acampanado, una vasija nupcial que se daba a la novia como obsequio especial.
Los vasos pintados se apreciaban entre los griegos de las polis, pero Corinto y, sobre todo Atenas, que dominaba el mercado cerámico en el Mediterráneo, propiciaron su exportación a las colonias del Mediterráneo oriental y occidental (las islas del Egeo, el norte de África, Sicilia, ciertas regiones de la península Ibérica), y a ciertos asentamientos del Mar Negro. Tuvieron un especial éxito en la península itálica, entre los etruscos, que las incorporaron con profusión a sus sepulcros más fastuosos. Era el famoso barrio de los alfareros o ceramistas de Atenas (Cerámico), en donde se reunían verdaderos talleres, prácticamente fábricas, de estas vasijas, cuyos propietarios empleaban también a varios pintores especializados. La producción se destinaba a los mercados interiores y externos. En términos generales, el valor científico, histórico y estético de estas piezas es notable.
La decoración de las cerámicas consistía en dos elementos básicos: las escenas figuradas y los motivos ornamentales. Estos últimos, inicialmente esparcidos por toda la superficie de la pieza, se hicieron más sistemáticos y se relegaron a áreas concretas. Acentuaban las partes estructurales, como el cuello, las asas o la boca, decoraban los bordes o enmarcaban la escenografía figurativa. Los motivos básicos fueron el loto, el meandro, la palmeta, volutas, rayos y coronas de laurel.
Las imágenes de las vasijas pintadas, además de mostrar a dioses y héroes, y relatar historias del mundo mítico de la antigüedad griega, reflejaban la vida cotidiana helena antigua: los ambientes de la gente más adinerada, el trabajo de los artesanos, las escenas de guerreros despidiéndose de sus familias, las animadas bacanales, escenas sexuales homoeróticas, ceremonias matrimoniales, entierros, actores representando obras teatrales, los sacrificios rituales de animales, la ejercitación en los gimnasios, banquetes con hombres reclinados en lechos, mujeres en sus quehaceres domésticos, o los combates deportivos. Además, en esas imágenes se retratan con mucha fidelidad arcones, sillas, mesas, trípodes, prendas de vestir, lujosas y finamente decoradas, mobiliario doméstico variado y diversos objetos. En algunos vasos aparecen, incluso, reproducciones de esculturas de dioses e imitaciones de famosos cuadros, hoy perdidos. En esencia, los pintores pudieron traducir en imágenes, en numerosas ocasiones, episodios y citas literarias. En ciertos casos, se añadían inscripciones que nombraban personajes, situaciones o aludían a los pintores y ceramistas[5], un factor que contribuye notablemente al conocimiento de determinadas costumbres antiguas.
Se conocen varios artistas de las cerámicas áticas de figuras negras y rojas, entre los que destacan el Pintor de la Gorgona, caracterizado por sus rostros expresivos, Sófilo, Clitias (que aparece relacionado con el ceramista Ergótimos), cuyos temas son casi todos mitológicos, el Pintor 606 de la Acrópolis (Nearco, su contemporáneo, fue un destacado ceramista), el Pintor de Amasis, cuyas figuras poseen una especial gracia; el alfareros Nicóstenes; Exekias, a la vez pintor y alfarero, cuyas obras son ejemplos de pausada elegancia; el Pintor de Andócides, uno de los primeros en trabajar con la técnica de figuras rojas, de estilo vigoroso y atrevido; Eufronio, Eutímides; y el Pintor de Sosias, entre otros varios de relevancia no menor.
El sentido de la línea, el color, la composición, la tridimensionalidad y el escorzo, fueron cualidades técnicas que los pintores de vasos emplearon para dotar de volumen a las figuras, para resaltar el sentido de la forma y para correlacionar las partes ente sí y con el todo. Desde un punto de vista técnico, la mayoría de la cerámica pintada del siglo VI, esencialmente ateniense, se hacía en torno y se cocía en hornos cerámicos, aunque se conservó la técnica de la cerámica hecha a mano para las vasijas comunes de uso casero, sobre todo, jarras para el almacenamiento en las cocinas.
Entre los ejemplos que sobresalen se van a escoger tres altamente representativos. El primero de ellos es un ánfora de figuras negras que fue moldeada y pintada por Exekias, que procede de Vulci, en la Etruria, datada entre 540-530 a.C., y que hoy se encuentra ubicada en los Museos Vaticanos. En esta vasija se observa a Aquiles y Áyax, sentados uno enfrente del otro en dos taburetes. Entre ambos se ve una mesa con un tablero: están jugando a los dados. Aquiles, que lleva en su cabeza un casco dice cuatro y gana, mientras que Áyax, que dice tres, pierde.
La composición de la escena responde a un principio de simetría, pero ciertas pequeñas diferencias, como el que uno de los guerreros lleva casco y el otro no, las lanzas que se cruzan en el centro de la imagen lo hacen en planos diferentes, o la inclinación de cada jugador es levemente distinta, provocan que la simetría no sea rígida. Ambos escudos, apoyados en la pared, tienen la misma forma pero sus motivos son diferentes. Por una parte, la cabeza de un sileno sobre una pantera, en el de la izquierda, el de Aquiles, mientras que una Gorgona sobre una sierpe se observa en el de la derecha, el de Áyax. Ambos héroes portan sobre sus corazas lujosas ropas, adornadas con grecas, espirales, estrellas y cintas trenzadas. Los rizos y cinta de pelo sobre la cabeza de Áyax recuerdan los kouroi arcaicos confeccionados en mármol, que representaban una imagen aristocrática y un ideal de belleza externa así como de valores guerreros interiores. Tanto Áyax como Aquiles personifican, precisamente, esos valores.
El segundo ejemplo es una hidria caeretana (de Caere, actual Cerveteri[6]) de figuras negras, datada entre 520 y 510 a.C., que se halla resguardada en el Kunsthistorisches Museum de Viena. La leyenda cuenta que Heracles, el héroe griego por excelencia, fue aprisionado en el transcurso de un viaje a Egipto, e iba a ser sacrificado por orden del faraón Busiris, quien llevando a cabo este sacrificio humano, pretendía poner fin a una larga sequía que asolaba la región. Ya encima del altar de sacrificios, Heracles rompe sus ataduras y mata sin contemplaciones tanto a Busiris como a su hijo Anfidamas y a todo el séquito que lo acompañaba. Este es el tema que, de un modo narrativo drástico, se representa en la hidria.
En la panza anterior de la hidria se representa el furor del héroe griego sometido a los egipcios, mientras que en la cinta inferior se aprecia la caza de un jabalí. El hombro se cubre con una tupida corona de mirto, y el pie, boquilla y cuello se adornan con grecas y hojas de palma. Heracles, de un tamaño mucho mayor que el de los demás personajes, aparece desnudo sujetando con sus manos a dos egipcios, al tiempo que estrangula a otro par con su brazo y aplasta con el pie a dos egipcios más. Los egipcios se distinguen por el color negro y amarillo de su piel y por el perfil nada clásico, así como por su kalasiris, una vestidura local confeccionada en lino. Busiris se identifica por su corona real (con la serpiente ureus) y por la barba. Se encuentra ya en el suelo, atado y derrotado a los pies del altar.
Para los griegos Egipto no era un país desconocido, pues desde el siglo VII a.C. hubo mercenarios griegos que fundaron el asentamiento comercial de Naucratis en el delta del Nilo. En este contexto la narración del mito de Busiris adquiere un sentido nuevo, particular, pues se recurre a un prejuicio realmente ancestral, la xenofobia, pero ahora sufrida en carne propia por los egipcios. Así como Heracles aplasta, con toda la intención de hacerlo, a los egipcios, en muchas representaciones es el faraón el que aniquila, y humilla, a sus enemigos, pisándolos o agarrándolos por el cabello.
El tercer, y último ejemplo, corresponde a una crátera de cáliz de figuras rojas, datada en torno a 510 a.C., cuyo ceramista fue Eusiteo y su pintor Eufronio[7]. Hoy se ubica en las dependencias de The Metropolitan Museum of Art en Nueva York. Entre bandas ornamentales de hojas de palma en la parte superior y flores de loto, así como hojas de palma, en la inferior, se encuadra la escena figurativa del campo de batalla frente a Troya, en la que dos figuras, Hipnos y Thanatos, esto es personificaciones de Sueño y Muerte, hermanos alados, representados con toda su panoplia militar, trasladan por el aire el cadáver desnudo de Sarpedón, hijo de Zeus, a quien Patroclo había dado muerte en combate. Lo trasladan a su patria, Licia, poniéndolo de este modo, a salvo de la rapiña de buitres y otras alimañas.
En el centro, el dios Hermes, mensajero de las deidades y guía de las almas de los muertos, es reconocible por su pétasos o sombrero de viaje, su keríkeion, caduceo, y por sus particulares sandalias aladas. A la izquierda y a la derecha de la escena, dos guerreros troyanos, nombrados Leodamas e Hipólito, observan pero sin intervenir. El muy voluminoso cuerpo de Sarpedón domina con amplitud la representación. La sangre mana abundantemente de sus heridas, aunque su rostro no se ve desfigurado, ni por el combate ni por la muerte recientemente acaecida. De nuevo, hay una clara similitud con los peinados de los kouroi arcaicos. Finalmente, se podría decir que el dibujo, el detalle anatómico y las reducciones perspectivistas son aspectos reveladores de la maestría del pintor Eufronio.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia y Doctorado en Ciencias Sociales, UCV
Escuela de Letras, UCAB


[1] Con estas piezas se sacaba el vino de las cráteras, que eran de mayor tamaño.
[2] La crátera tenían cuatro variantes, en función de sus cuerpos y de la forma de las asas: crátera de columnas, de volutas, acampanada y de cáliz.
[3] El oinocoe de una sola asa fue, sin lugar a dudas, la jarra de vino por antonomasia.
[4] El aríbalo y el alabastrón eran, no obstante, los recipientes por excelencia para ungüentos y aceites que se usaban en la palestra y en el hogar.
[5] Algunas inscripciones daban el nombre de las figuras representadas, habitualmente en nominativo o genitivo; otras describen el tema o la acción de una determinada figura. En algunos casos, señalan lo que una persona dice, o se dirigen frases a los que contemplan la vasija; en muchas ocasiones aparece también el epíteto bello o bella para catalogar a un joven o una muchacha. En otros casos, letras juntas sin significado pudieron usarse como efecto decorativo; en los pies de las vasijas pueden aparecer letras, señales, números o monogramas, que refieren notas de transacción entre el comprador y el vendedor. Además de la presencia de nombres famosos, que fueron execrados a través del ostracismo, como Temístocles, las inscripciones más relevantes son las referidas a las “firmas” de los artistas, ceramistas y pintores.
[6] Al frente de los talleres de esta localidad se encontraban griegos orientales que habían llegado a la península itálica desde Jonia para fabricar artículos destinados al consumo local autóctono.
[7] Eufronio, no obstante, acabó dedicándose, de modo exclusivo, a la alfarería, dejando de firmar como pintor. No se debe olvidar que el kerameus o alfarero gozó en tiempos arcaicos y clásicos de una consideración social mayor que la del pintor de vasos.