8 de mayo de 2008

Origen de la hermenéutica simbólica. Heidegger

El rol desempeñado por M. Heidegger en la conformación de la hermenéutica simbólica
Prof. Julio López Saco


Los orígenes de la hermenéutica más contemporánea, precedente de la simbólica, pueden remontarse a la Metafísica de Aristóteles: el Ser es el fundamento racional de los seres, concebido como, a) existencial y real, y b), como ideal-formal, de modo que es la razón esencial de los seres, que comparecen como participaciones concretas de ese Ser, cuyo arquetipo es Dios=Ser Supremo. Este Ser está ubicado, filosóficamente, entre el Ser teológico-paradigmático (Dios como forma pura), y los seres físicos impuros, entendidos como en-seres.
Desde Heidegger, el Ser es fundación relacional, no fundamento racional. Se manifiesta en los seres reservándose, puesto que el Ser no son los seres o entes. Este Ser es como un Alma simbólica del mundo, Alma relacional que funda lo real sin fundamentarlo, la relación ontológica de las relaciones ópticas, cuyo correlato es el Logos; es la vida latiente y latente, la emergencia del Universo[1]. De este modo, este Ser-Alma[2] se ubica entre el Dios-Espíritu puro (Supraser), y la corporalidad de la materia impura (Infraser).
El ingenio de Heidegger estriba en su reinterpretación del legado griego aristotélico-platónico a raíz de la concepción cristiana de la Encarnación, según la cual, el Ser abstracto heleno se encarna y revela en el hombre en cuanto Da-Sein o Ser-Aquí[3]. ¿Qué significa esto?: el Logos racional se humaniza, la Esencia deviene existencia, la Forma se inmaterializa. Para encarnar el Ser clásico en el espacio y tiempo cristiano, Heidegger abandona la filosofía aristotélica y tomista (desencarnacionista y formalista), por la filosofía agustiniana y franciscana, que es existencial y encarnatoria.[4] Es en 1927, en Ser y Tiempo de Heidegger, donde se establece el origen contemporáneo de la hermenéutica, la cual se basa en la revisión del Ser esencial, clásico como Ser existencial, postclásico. El autor se posiciona frente al abstraccionismo clásico y su celebración formalista y esencialista, pero se detiene en la angustia existencial del espacio mundano clausurado por el horizonte del nihilismo o definitud. Es así como Cassirer le acusará de ocluir el horizonte humano del sentido abocado a la nada. Es a este discurso crítico de E. Cassirer a donde remite la hermenéutica simbólica, en 1929: Cassirer habla de abrir la finitud mortal a la infinitud del Espíritu tal y como se manifiesta en sus formaciones simbólicas en la cultura humana: mito, religión, arte, historia, ciencias humanas, etc.
Un rasgo esencial en Heidegger consiste en dar con la verdad, que consistiría en el encuentro verdadero o auténtico entre el Ser y el hombre en el lenguaje, o entre la Cosa y la Palabra en el Mundo. Este encuentro veritativo resulta opaco por la relatividad del entramado: dicho lacanianamente, porque la palabra del lenguaje representa precisamente a la cosa, sí, pero ausente, de modo que suturar realidad y lenguaje sólo es posible mitológicamente o imaginalmente. Se hablaría, así, de sutura simbólica, entendiendo el simbolismo, hemenéuticamente, como la mediación entre la ley vertical del padre y el deseo horizontal de la madre[5].
En conclusión: el Ser como Alma relacional del mundo se encarna en el hombre (Dasein), y se expresa anímicamente a través del lenguaje simbólico, como sentido humano o humanado. Así, el sentido existencial es simbólico, lo que significa que es real-ideal, anímico o surreal, es la apertura radical a la otredad. El Ser dice Logos: dicción humana simbólica.

NOTAS

[1] Al modo de Tomás de Aquino: vita viventibus est esse (la vida es el ser de los vivientes).
[2] Este Ser-Alma interpreta el mundo humanamente, anímicamente como sentido; su expresión humana se realiza por el lenguaje, entendido como dicción humana mostradora de lo real en su Ser/Sentido, en su articulación, reunión o juntura (logos). Las palabras muestran cosas, pero significan estados anímicos. Véase al respecto la obra de Heidegger titulada De camino al lenguaje y Verdad y Método de H.G. Gadamer.
[3] Esta fórmula reproduce la del franciscano San Buenaventura sobre el Ser-aquí o Esse-hic, referida al Ser en cuanto existencial-enmaterializado en un espacio y tiempo concreto. Desde una óptica cristiana verifica una tradición griega que recoge Hesiquio de Alejandría en el siglo V, que dice zoê ton onton, el tiempo es la vida (de las cosas). El término griego zoê también puede significar duración vital (tiempo).
[4] Para Duns Escoto la materia se revaloriza como médium, ámbito de encarnadura espacio-temporal de la Forma, al tiempo que se revaloriza el individuo existencial. Desde la posición heideggeriana, el Ser clásico se encarna en el Estar o estancia humana (Dasein), revelando su sentido como finitud enmarcada en una temporalidad radical. El paso heideggeriano consiste en salvar el Ser a través del hombre, siguiendo una lógica cristiana secularizada. Si en el cristianismo el Ser infinito (Dios) se encarna y revela en el hombre (finito), en Heidegger el Ser indefinido lo hace en el hombre definido por su definitud. Detrás de esta visión heideggeriana está F. Nietzsche, W. Dilthey, E. Lask y Hegel.
[5] En la psicología de Lacan, la Cosa es la madre y su imaginario, superado por la simbólica paternal y su palabra-ley. Deberíamos, no obstante, hablar de sublimación simbólica, no de superación. Paradójicamente, el conocimiento simbólico es paterno, pero el reconocimiento del padre es materno. Puede verse sobre esto Schoffer, D., La metáfora milenaria, edit. Paidós, Barcelona, 1993.