10 de septiembre de 2009

Próximo Oriente y Egipto: fuentes esenciales


Una gran cantidad de fuentes primordiales para el estudio de la antigüedad mesopotámica y egipcia provienen de archivos administrativos, en los que se destaca el movimiento de mercancías en el palacio y los templos, los balances anuales y el propio funcionamiento del sistema, así como de tablillas y papiros cultuales y conmemorativos de las gestas y hechos relevantes de los soberanos. Algunas composiciones literarias (Epopeya de Gilgamesh, los textos relacionados con el gran Sargón de Akkad), los textos escolares empleados en las edubas o escuelas de los escribas y en las bibliotecas, además de las composiciones mitológicas (mito de Osiris y Seth que, quizá, refleja las luchas que dieron pie a la unificación de Egipto y a la creación del Estado), probablemente confeccionadas para ser recitadas públicamente en ocasión de ceremonias religiosas, completan una parte del cuadro de la mayoría de las fuentes escritas. Los Anales e inscripciones reales, cuya finalidad era perpetuar la memoria del rey, son textos en los que abundan las referencias a las construcciones palaciales o templarias y a las victorias en la guerra de los mandatarios. Entre las listas reales, las más significativas son la Lista real sumeria (época de Isin, hacia 1800 a.n.e.), y la Lista real asiria (de época de Shamshi-Adad I, 1796-1775 a.n.e.), que recopila las vivencias de los primeros reyes nómadas hasta las hazañas del reinado de Salmanassar IV (726-722 a.n.e.). Los textos heroicos, por su parte, describen las hazañas de héroes semilegendarios, como ocurre con los reyes sumerios Enmerkar (Enmerkar y el señor de Arratta), Lugalbanda y Gilgamesh, o el acadio Sargón (El Rey en la batalla). Fuentes también destacables son las compuestas por los textos diplomáticos (el-Amarna en Egipto y el archivo de Mari de época de Zimri-Lim, 1774-1762 a.n.e.), y los códigos legales (Hammurabi, las reformas de Urukagina, hacia 2300 a.n.e. y las leyes de Ur-Nammu, 2112-2095 a.n.e.). Finalmente, no debemos dejar de lado los textos helenísticos, entre los que destacan la obra de Beroso (Babyloniaká), y la del sacerdote Manetón, que escribió la historia de Egipto para Ptolomeo II (siglo III a.n.e.), y la arqueología, de vieja data en toda el área próximo-oriental y egipcia, gracias a los numerosos asentamientos, muchos de ellos auténticas ciudades, conservados en las famosas “colinas” (tepe, tell o hüyük, en persa, árabe o turco, respectivamente).
Prof. Dr. Julio López Saco