6 de julio de 2010

Las antiguas vías romanas II

Basado en motivos estratégicos (para evitar los ataques por sorpresa y vigilar los movimientos de los enemigos), en motivaciones económicas (la explotación minera solía estar ubicada en lugares elevados), o en causas orográficas (para evitar arroyos y torrenteras y, de este modo, no elevar puentes), el trazado de muchas vías se hacía en terrenos elevados. Al huir de la orilla de los ríos se evitaba el peligro de las súbitas crecidas, a la vez que se ahorraba en la construcción de obras de consolidación. El trazado en elevaciones también podía ser una medida de protección frente a posibles aludes. Los trazados eran, en general, en línea recta, tratado de unir dos puntos por el camino más corto posible; sin embargo, cuando no quedaba más remedio que atravesar algún obstáculo, describían zig-zags, alternando trazos rectos con otros curvos. La rectitud tenía sus particularidades; por ejemplo, se podían hacer traslados con celeridad. Como el suelo era propiedad estatal no había que pagar ante la cesión de propiedad privada. Naturalmente, la línea recta impedía que la vía se preocupase en servir a los pueblos intermedios entre dos puntos principales.
La construcción del pavimento de las calzadas se haría del siguiente modo: primero, se trazaban dos fosas laterales (sulci), que iban separadas por una determinada distancia, que representaba la anchura de la vía; después, se cavaba el suelo entre dos zanjas, hasta una profundidad de un metro o metro y medio, colocándose cuatro capas sucesivas de materiales, que son las siguientes: el statumen, formada por varias hiladas de piedras planas, habitualmente asentadas con mortero y arcilla; el rudus, compuesta por cantos unidos con mortero y arena; el nucleus, con materiales más finos, mezclados con fragmentáculos de tejas o ladrillos, y asentados con cal y arena; y, finalmente, el summun dorsum, conformada por una capa de piedras cúbicas o poligonales, a veces guijarros de gran tamaño, abombados en el centro para facilitar el drenaje. Sin embargo, esta sería una teórica sucesión de capas, sólo apreciable en muy contadas ocasiones. Cuando el terreno no era propicio, los romanos recurrían a revestimientos de distintos tipos: un encachado o empedrado a base de guijarros heterogéneos, colocando las piedras más gruesas en el eje de la vía, y formando una especie de bordillo de las calzadas; un adoquinado, con piedras colocadas directamente sobre el suelo; un empedrado de guijarros de los ríos cercanos, colocados sobre una capa de tierra calcárea extendida sobre la roca virgen y; un enlosado que, únicamente, se empleaba en las grandes y relevantes calzadas, como aquellas a la salida de Roma.
Prof. Dr. Julio López Saco
Escuela de Historia, UCV