2 de mayo de 2013

Los inicios de la retórica



El origen de la retórica se ubica en Sicilia hacia 485 a.n.E., en el momento en que los tiranos Hierón y Gelón de Siracusa impusieron la expropiación de tierras y el ostracismo sobre una parte significativa de la población. En tales condiciones surgió un nuevo orden socio-político en el que los mercenarios pasaron a ser propietarios. Con la llegada de la democracia y el fin de la tiranía, se buscó restablecer las antiguas relaciones de propiedad, aunque esos derechos ya estaban borrosos. Una forma de salir de semejante confusión, fue el establecimiento de jurados populares, ante los cuales cada ciudadano debía hacer sus demandas y alegar, de manera individual, en su beneficio. Este proceso es el que conduce al nacimiento del arte de la persuasión, en el que se inscribieron los nombres de Empédocles de Agrigento, de Corax y de Tisias de Sicilia. En tal sentido, la retórica surge para dar respuesta a una situación en la que gobierna la indefinición. Es la téchne de la elocuencia, cuya finalidad es encantar y seducir a los auditores a través del discurso, haciendo posible la persuasión. Como fruto de la aplicación de un saber, la retórica se refiere a las palabras y discursos, no a las cosas y objetos materiales. Su orientación se encuentra en el lenguaje y el pensamiento, planteando con su puesta en escena, las exigencias de libertad y tolerancia. Su objetivo, por tanto, no es el conocimiento o el hallazgo de ciertas verdades. Se trata, en realidad, del dominio de una destreza, orientada a lograr una comunicación persuasiva. Es un medio que dice más de quien produce el discurso que de los objetos implicados en el mismo. El orador invita a aceptar lo que se dice, poniendo cada cosa bajo un manto de verosimilitud. Por todo ello, la retórica se vincula con aquellos contenidos sujetos a deliberación, razón por la que tuvo un lugar privilegiado en la formación de la actividad política griega.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Ciencias Sociales, UCV-Caracas