14 de febrero de 2017

Sociedad y cultura en las ciudades chinas en el período de los Reinos Combatientes (484-221 a.e.c.)



Imagen: una torre Que en la muralla de Chang'an, pintada en la tumba del Príncipe Yide. Mural del siglo VIII, de Li Chongrun.

Las ciudades chinas fueron los lugares en donde la gente podía modelar sus visiones de la sociedad ideal y el cosmos. Como lugares mayores de poder político los centros urbanos proveyeron un espacio de reunión de los gobernantes y los administradores sobre los que dispensaban su autoridad. Las ciudades fueron puntos focales de circulación y de intercambio.
Con anterioridad al período de los Estados Combatientes las ciudades chinas fueron entidades cultuales y políticas habitadas por la nobleza y sus seguidores. En su mayoría fueron centros de linajes, con una población de unos pocos miles de personas y una simple muralla. Tras el colapso del poder real Zhou, la mayoría de esos centros cultuales llegaron a convertirse en ciudades-estado gobernadas por una casa ducal, con sus seguidores nobles quienes controlaban las poblaciones súbditas de los alrededores más próximos. Paulatinamente, esas ciudades-estado se incorporaron en mayores territorios, sobre todo desde el siglo V a.e.c.
El número y la complejidad de las ciudades se incrementaron durante el período de los Estados Combatientes, con una población urbana y una producción artesanal en alza. Las murallas defensivas de las ciudades se agrandaron y se construyeron amurallamientos secundarios dentro de la urbe para separar los distritos ceremonial y político del comercial y residencial.
La separación física de la actividad política de la vida diaria supone un momento crucial en la historia urbana de China cuando durante el período de los Reinos Combatientes se incorporan las ciudades a una gran red administrativa y se reemplaza la nobleza local. Las ciudades fueron, física y políticamente dividas, con una parte del emplazamiento dedicado a las artesanías y el comercio, mientras que otro sector se vinculaba con la autoridad política.
Esos dos reinos urbanos coexistían en un grado de mutua sospecha. Una sospecha que sería articulada en leyes que localizaban a los mercaderes en determinados registros y los desplazaban, así como a sus descendientes, del desempeño de cargos oficiales, de llevar ropajes de seda, cabalgar en caballos o de ser propietarios de tierras. La creciente división entre mercaderes y oficiales, ambos de los cuales eran habitantes urbanos, reemplazaba la antigua división entre moradores urbanos y pobladores del rural. La división física, y legal, correspondía a un nuevo modelo social propuesto por los filósofos de la época, según el cual los agentes del gobernante poseían una categoría ocupacional que los distinguía de todas las otras formas de trabajo a través del cultivo de la mente, liberándose de la esclavitud hacia los objetos construidos, o intercambiados, por los demás.
La evidencia arqueológica de tal división y la preeminencia de los distritos políticos de las ciudades se encuentra en algunas tumbas de época Han oriental, en las que se pueden observar ciudades pintadas retratadas como urbes duales, con dos cinturones de murallas, una para la población general y la otra para las construcciones gubernamentales. Muchas edificaciones de los distritos de gobierno aparecen etiquetados para así poder explicar su identidad o función. El elemento primordial era la zona palacial, con sus funciones de estado propias de la elite política.  
En las ciudades de la época de los Reinos Combatientes aparecen nuevos elementos arquitectónicos que enfatizan el poder del gobernante en función de su peso y verticalidad. Es el caso concreto de puertas, torres, terrazas y una serie de edificios elevados que refrendaban la visión poderosa del soberano, sugiriendo sus vínculos más con los espíritus y fuerzas divinas que con los fantasmas ancestrales. Las torres de las puertas (que) en las murallas de las ciudades se elaboraban en función de destacar la autoridad del rey[1]. En los textos rituales y en la poesía Han se asegura que únicamente el Hijo del Cielo disfrutaba del honor de conferir nombre a una puerta flanqueada por torres.
Las terrazas con plataformas también se construyeron con la finalidad de intimidar a los visitantes foráneos y para demostrar la riqueza de su propietario y la gran extensión de su mirada. Algunos bronces del período representan montículos flaqueados por escaleras y encimados con grandes plataformas de madera en donde se celebraban las ceremonias. Estas terrazas podían también conformar el núcleo de una estructura arquitectónica compuesta de una serie de habitaciones y corredores construidos alrededor de un montículo de tierra para dar la impresión de múltiples pisos. Así las estructuras parecerían levantarse sobre el cielo. Un ejemplo conocido al respecto es el Palacio de las Torres de la Puerta Ji en la capital imperial Qin.
Las construcciones torreadas simbolizaban el poder de observación del soberano, pero a la vez eran herramientas de invisibilidad. Demostraban la habilidad del rey para estudiar las actividades de su pueblo y la de sus enemigos sin que fuese observado. La imagen del gobernante como un ojo invisible que todo lo ve es la forma tangible de una idea expresada en textos filosóficos como el Dao de jing o el Han Fei Zi, según la cual el sabio gobernante debe permanecer escondido e incognoscible. Uno de los maestros consejeros, avezado en artes esotéricas, del Primer Emperador, señala que el soberano debería moverse en secreto para así evitar los malos espíritus, a la par que nunca debería permitir que los demás supiesen en dónde se encontraba. Como los espíritus aéreos y celestes se pueden aproximar a través del ascenso físico, el mandatario debe vivir en torres y desplazarse sobre caminos elevados para encontrarse con ellos y alcanzar la inmortalidad. En tal sentido, el Primer Emperador construyó caminos elevados y senderos en las murallas que le permitiese conectar las múltiples dependencias de su palacio y sus torres.  
En época Han, proteger al emperador de la mirada del pueblo e, incluso, de los cortesanos, llegó a ser un principio del poder político imperial. A lo largo de toda la historia imperial china el gobernante estuvo “secuestrado” detrás de una serie de muros. Poder verle era un privilegio hasta para sus oficiales. Estar en su presencia era el más elevado de los honores. A diferencia de lo que acontecía en Roma o en India, en donde el gobernante se mostraba así mismo a su pueblo, recibía peticiones y dispensaba públicamente justicia como una ceremonia de realeza, el gobernante en China derivaba su alto estatus de estar oculto y ser invisible.
De las áreas residenciales, de comercio y manufacturas de las ciudades chinas de la antigüedad se sabe bastante menos. Las zonas residenciales de las capitales Han estuvieron divididas por vías de comunicación de la red mayor y, además subdivididas en parcelas bajo un administrador gubernamental y de un grupo de influyentes vecinos. Este era un método de controlar a la población. Las vías principales estaban alineadas con las viviendas de los nobles y ricos, mientras que los estrechos paseos, en forma de callejuelas, estaban habitados por la gente más pobre. Eran estrechas callejuelas, incapaces de acomodar el paso de un carruaje, en tanto que las casas eran miserables. Sus habitantes se describen como derrochadores de clase baja, adictos al alcohol y a la jarana, escritores y criminales. Mientras, en los grandes bulevares se encontraban los altos oficiales, vestidos con lujosos ropajes y sus gorros cortesanos.
El centro del distrito residencial era el mercado. Los mercados y las vecindades próximas eran el sitio principal para la actividad de mercaderes y artesanos, aunque también se constituía como el lugar del poder de gobierno dentro de la ciudad exterior. Replicaba, en una escala reducida, la división existente entre el gobierno y el pueblo que definía la ciudad dual. La torre de varios pisos servía como un símbolo vertical y lugar de autoridad, al igual que los palacios.  No obstante, el mercado permaneció como un lugar de reuniones populares y como un espacio para llevar a cabo actividades que desafiaban el orden preestablecido.
La más visible expresión del control gubernamental era la torre de múltiples pisos que resguardaba a los oficiales a cargo del mercado. Ellos eran los responsables de garantizar que los bienes que se vendiesen en el mercado fuesen de suficiente calidad y que los precios estuviesen acordes con los estándares impuestos. Los oficiales también vendían mercancías gubernamentales o productos de los talleres del gobierno. La torre poseía un estandarte y un tambor en la cámara superior con la finalidad de abrir y cerrar el mercado. Las torres en los mercados de Chang’an son descritas en poemas de época Han Oriental con una altura de cinco pisos.
Una segunda manifestación del poder del gobierno en los mercados fue la imposición de una cuadrícula como la de los distritos residenciales. El azulejo de una tumba que representa el mercado de Chengdu muestra un perfecto cuadrado con una puerta en cada lado y dos calles mayores trazadas entre las puertas en un simple modelo en cruz. La torre de dos pisos se encuentra exactamente en el centro. La imagen muestra el mercado como una reducida versión del ideal canónico de una ciudad capital[2], tal y como es descrito en los Registros para el Escrutinio de las Artesanías (Kao gong ji), un texto del período de los Estados Combatientes sobre la construcción.  
Cada uno de los cuatro cuadrantes del mercado es dividido por filas de edificaciones de un solo piso. Presumiblemente, contenían tiendas agrupadas en función del producto. Las más importantes tiendas se alineaban en torno a las vías principales. Esta cuadrícula de tiendas en el mercado figura en la poesía y en textos del período, que enfatizan la regularidad de las líneas de tiendas como una evidencia de la grandeza imperial y el ordenamiento social.
Las excavaciones arqueológicas y los textos recientemente descubiertos han provisto adicional evidencia en relación a los mercados de la capital Han. Chang’an tuvo dos mercados, uno oriental y otro occidental, ambos rodeados de murallas. El occidental fue, a la par, un centro manufacturero mayor, con un horno que producía figuras humanas en terracota para los enterramientos imperiales, una ceca, una fundición de hierro y hasta un taller privado que fabricaba figurillas de caballos, personas y aves.  
Los mercados de la capital solían separarse en nueve sectores, divididos por líneas regulares como estipulaba la ley Qin. Todos los vendedores de una particular categoría de bienes se localizaban juntos, y cada línea de tiendas estaba bajo la supervisión de un mercader mayor. Los comerciantes eran divididos en grupos de cinco hombres de mutua responsabilidad legal que se observaban unos a otros y denunciaban cualquier mal comportamiento.
El mercado también fue empleado para los castigos públicos, tanto torturas como ejecuciones. Las cabezas, o los cuerpos enteros de los criminales eran expuestos ahí con mucha frecuencia. Algunos pasajes en el Li ji y en los Métodos del Comandante (Sima fa), un tratado militar del período de los Reinos Combatientes, emparejaba el mercado con la corte, ambos como sitios de castigo y recompensa.
En el mercado se desplegaba, no obstante, una menos violenta autoridad, si bien las representaciones políticas buscaban una más extensa audiencia. Como lugar donde la gente podía reunirse legalmente en gran número, el mercado fue el sitio privilegiado para comunicar mensajes de parte de los mandatarios al pueblo, bien fuesen por medio de gestos y palabras, textos, dinero o cuerpos desmembrados. Como lugar de grupos de ricos mercaderes y de espectáculos públicos, el mercado no estaba por entero bajo el control del gobierno. Actividades no sancionadas tomaban cuerpo aquí, asociadas con los comerciantes: espadachines errantes con sus bandas de seguidores, maestros de las artes ocultas vinculados con los cultos chamánicos y adivinadores. Cada uno de tales grupos desafiaba, a su manera, al estado.
La ostentosa riqueza de los mercaderes tentaba a los oficiales a corromperse y a los campesinos a llevar una vida de tasas, cargas y servicios al estado. La tensión entre el orden de los comerciantes, definido por la riqueza, y el orden oficial, definido, a su vez, por el rango, se construía en la estructura dual de las ciudades y era exacerbado por las leyes que apartaban a los comerciantes y sus descendientes del desempeño de cargos públicos oficiales.
Sin embargo, la riqueza mercantil desafió la eficacia de las leyes. Mientras en teoría nadie quedaba exento de los castigos, era común que los hijos de las ricas familias nunca muriesen en el mercado; es decir, fuesen públicamente ejecutados. El mercado era temido por los seguidores del estado porque era un lugar en donde ciertas personas podían ganar un poder y un estatus que no era recompensado por el gobierno, y donde el poder y la riqueza violaban rutinariamente las regulaciones suntuarias. Incluso se podría decir que el mercado era el lugar donde la riqueza misma era un elemento de manipulación en detrimento de la ley criminal y de la administración del gobierno.
La mayoría de los espectáculos comunes en los mercados era la partida o llegada de gente eminente en bellos carros y con vestimentas llamativas. Menos frecuente eran las representaciones de los pretendientes políticos que buscaban atención. La violencia y la criminalidad en los mercados se asociaban con carniceros, espadachines y auténticos gánsteres (you xia), hombres provistos de una ética de venganza, de infidelidad a los juramentos y devotos de la muerte. Estos personajes actuaban como bandidos, secuestradores, ladrones de tumbas y asesinos, y no como mercaderes. Los gánsteres formaban asociaciones de asesinos profesionales que intimidaban o sobornaban a la oficialidad. Algunos memoriales de época Han Oriental los describen como creadores de una suerte de ley privada fundamentada en la venganza, que amenazaba con suplantar los códigos legales del estado. Los grupos de jóvenes malvados conformaban una especie de extensa categoría social. Los jóvenes asistían o emulaban a los criminales en sus actividades ilegales. A veces, bandas de jóvenes actuaban como cómplices de algún príncipe imperial rebelde alzado que asesinaban y robaban por deporte. Los denominados empleados crueles, usados por el estado para destruir  a las poderosas familias locales eran, en ocasiones, reclutados entre esas bandas o bien entre personas que trabajaban con ellas. Muchos jóvenes rebeldes eran enviados en las expediciones a Asia Central con la intención de alejarlos de la ciudad. En tiempos de paz muchos de esos jóvenes malvados eran retratados como derrochadores sin ocupaciones propias, y que pasaban su tiempo en el mercado organizando luchas de gallos o cazando perros. En época de desorden, sin embargo, esas bandas urbanas formaban una reserva de reclutas con la intención de cumplir venganzas o sofocar rebeliones. Las biografías de muchos líderes que se alzaron contra el poder Qin muestran que sus seguidores eran reclutados entre tales jóvenes.
Los elementos sociales que se reunían en el mercado y desafiaban la autoridad del estado comprendían los maestros de las técnicas esotéricas, adivinadores y doctores chamanes. Todos ellos eran acusados de acudir a los poderes sobrenaturales con el fin de estafar a la población campesina. Como la adivinación, la medicina y las prácticas religiosas con ellas asociadas eran una fuente de riqueza, estos grupos eran denunciados como desorientadores de la gente joven, a la que apartaban de las ocupaciones apropiadas por perseguir sus poco respetables fines. Algunos ejemplos de tales polémicas aparecen en el Discurso sobre la Sal y el Hierro, del siglo I a.e.c. (Yan tie lun), un plausible registro sobre los debates en torno a los monopolios estatales. Además, en los Discursos de un Hombre Oculto (Qian fu lun), un conjunto de ensayos recogidos en época de Han Oriental por Wang Fu, se hacen acusaciones similares, esta vez focalizados en el rol de las mujeres como seguidoras de chamanes. Se argumenta que las mismas curan enfermedades apelando a espíritus, un método por el cual los chamanes estafan a la gente y atraen seguidores. En los mercados pululaban también prostitutas y mendigos.
La partición física de la ciudades en el período de los Estados Combatientes condujo a una permanente división, legal y social, que dejaría la ciudad imperial china dividida para siempre dentro de sí misma. En el período imperial arcaico el estado formaba una red jerárquica de ciudades-palacio con sus tierras agrícolas alrededor. Las ciudades exteriores servían de residencia, de talleres y mercados, necesarios para la producción y el intercambio de bienes, pero en la práctica fiscal, y en la ideología, no dejaban de ser marginales y potencialmente amenazadoras para el estado.
A pesar de los intentos de imponer el orden a través de cuadrículas en las calles y los mercados, las poblaciones de las ciudades exteriores permanecían extrañas a los modelos ideales del gobierno de servicio y jerarquía. Aunque constituyesen una población lícita, mercaderes y artesanos amenazaban al estado creando jerarquías alternativas fundamentadas en la riqueza, lo cual atraía a la población rural más miserable que abandonaba su trabajo e intentaba buscar riqueza en la ciudad. Los mercados atraían población marginal a las urbes en busca de fortunas a través de ocupaciones ilícitas. Etiquetadas como perezosas y malvadas, esas personas sobrevivían por medio de actividades o negocios no registrados, de la criminalidad, las artes mánticas y la prostitución. Ayudaban, así, a crear una distintiva cultura urbana que permanecía al margen del campo de fuerza del estado.  

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Febrero, 2017




[1] La altura de las torres debía corresponderse con el rango del ocupante del palacio. Las torres que flanquean puertas se hacían necesarias porque distinguían al superior del inferior. Puertas con sus torres llegan a ser un prominente símbolo de autoridad, más incluso que la propia muralla que rodea el recinto urbano. 
[2] Las transmisiones del Maestro Zuo (Zuo zhuan) definen la capital como una ciudad con un templo ancestral, en tanto que el diccionario Han Explicando las Palabras (Shi ming), señala que la capital es el asiento del emperador. La capital imperial era una creación política y de ahí que se insista en su artificialidad. Las murallas, puertas y el cuadriculado de las calles marcaban la imposición humana sobre el mundo natural. Representan la jerarquía y el control sobre una población potencialmente ingobernable o sin normas. Como creación de una dinastía, colapsaba cuando la casa gobernante que la había creado declinaba. Era, entonces, artificial y evanescente. Se trata de una temporalidad que se manifiesta en las construcciones de madera. Las antiguas capitales chinas eran quemadas y devastadas cuando una nueva dinastía tomaba el control. Así, Xianyang fue destruida por Xiang Yu; Luoyang por Dong Zhuo al final de Han Oriental, y Chang’an fue devastada por la guerra civil que estalló al final del período Han Occidental.