8 de noviembre de 2005

Mitos y héroes: un ideal arquetípico

Lenguaje y “realidad” de los mitos con sus héroes como ideales arquetípicos*

Prof. Julio López


En todas las culturas antiguas los mitos están sistematizados y estructurados de manera uniforme, lo que nos plantea el hecho de que la capacidad mítica es universal; son algo más que un campo propio y exclusivo de una cultura o región geográfica específica. Se conforman como uno de los elementos que modelan la historia cultural del hombre, que los necesita para comprender el mundo en que vive y su propia existencia, planteándoselos como una manera de experimentar la realidad objetiva y también subjetiva: es una “realidad” que tiene razón de ser y que cumple funciones esenciales, con un significado y validez social innegable, y, por lo tanto, con una eficacia general.
Los mitos son inherentes al hombre, percepciones propias de la especie, creaciones mentales populares colectivas, emparentadas íntimamente con los rituales, y por eso se les entiende como un medio de conocimiento sui géneris referente a todo lo inaprensible y abstracto, aunque no necesariamente inconsciente. En efecto, si el conocimiento de las cosas es algo más que lo que perciben los sentidos, y que consideramos lo único real, el mito es un conocimiento, pues percibe aspectos imaginarios, ideales, no verificables a través de imágenes. Haciendo uso de las estructuras míticas, los hombres expresan el anhelo vital de un lugar idílico, atemporal, primordial, paradigmático, anterior a todo, de absoluta libertad, sin las cortapisas expresas de la vida cotidiana. Con ellos, el ser humano busca, conoce y comprende las “otras realidades”; por el pensamiento mítico se canalizan los hechos de la vida y los acontecimientos sociales esenciales: conocemos la implantación y nacimiento del mundo, de los hombres y animales, de la mujer, de las diferentes modalidades geográficas y atmosféricas, de la estructura familiar y social, con todos sus componentes, el sexo, las instituciones como el matrimonio o las relaciones de parentesco. En este sentido, ¿ son, pues, los mitos un medio de conocer aquellas realidades incomprensibles empírica o racionalmente?; ¿ son conscientes los grupos humanos de su uso como método de conocimiento?. Si cumplen una función y son una forma social de vivenciar ciertos aspectos comunes, pueden ser una vía de conocimiento, aunque no la única, acerca de cuestiones, interrogantes y realidades naturales y sociales que preocupan al grupo socialmente constituido. De este modo, no sería exagerado afirmar que los mitos contienen verdades filosóficamente tan válidas como las científicas o históricas, y por eso son cognoscitivamente necesarios, plenos de sistemas conceptuales claros y amplios. Por lo tanto, no pueden ser concebidos como simples errores o fantasías, sino como un tipo de conocimiento. Vistos en este contexto, adquieren un carácter simbólico y lógico que, como tal, requiere una serie de signos de expresión; se comportan así, como un lenguaje codificado a base de signos y relaciones entre seres divinos y heroicos, con una racionalidad lógica que ordena las experiencias individuales y colectivas, que hay que descifrar para poder “leerlos” y comprenderlos en la actualidad.
Debemos entender, por lo tanto, los mitos como mecanismos de dominio de la realidad física, tangible y de la mental y subjetiva, como formaciones para expresarse y comprender, propias de la vida psíquica e imaginativa humana, usadas en épocas donde la reflexión filosófica e histórica no tenía lugar todavía. Son embriones de auto-comprensión humana, ya que el devenir del hombre en el mundo y muchos de sus fenómenos y acontecimientos característicos son peculiares y curiosos, y por eso necesitan “ser pensados”. Los mitos adquieren, de este modo, carácter de certeza, en tanto que intuiciones psíquicas válidas para el espacio-tiempo en el que se desarrolla la cultura o culturas que los vivencian y experimentan. Sirven como elemento de reflexión actuando como un lenguaje que interpreta la realidad. Hasta el surgimiento de los análisis de rigor histórico y la especulación filosófica, se empleaban para ordenar, sistemática y racionalmente, el inmenso conjunto de material tradicional expresado oralmente.
Al expresarse por escrito, como herencia de una remota y tradicional oralidad, en la que eran concebidos para ser dichos y contados a una audiencia, los mitos empiezan a estudiarse, analizarse e interpretarse a fondo, adaptando su sentido esencial a la época histórica concreta que los leyese. De esta forma, se configuran como un medio de aprender y conocer gustos, prioridades o censuras de una sociedad determinada, y se reafirman en su catalogación como fuentes de conocimiento y como un elemento cultural ejemplar de primer orden. Representan un sistema ordenado y lógico por el que se tratan de expresar y entender hechos, acontecimientos y realidades socio-históricas y naturales, cuyas contradicciones derivan directamente de las de la realidad común. Como forma de experiencia cotidiana para el hombre, lo mítico no es fundamentable, ni necesita serlo, porque suele ser algo originario e infalible (o así se entiende), y por ello no hay que motivarlo ni justificarlo. Su carácter originario-paradigmático es suficiente, y en eso basa su enorme atractivo y hasta su mágico poder.
Uno de los más influyentes agentes que forman parte activa del desarrollo de los relatos míticos son los héroes o semidioses. Para definir y delimitar su figura, arquetípica e imaginaria, debemos dedicar nuestro breve estudio a las significaciones que haya generado a través de sus actuaciones en los mitos, sin concebirla como una esencia metafísica o una forma sustancial filosófica. La necesidad humana de idolatrar e imitar propicia que el héroe sea sentido como un medio de justificar actitudes individuales o colectivas, y por lo tanto, sociales. Ha servido, desde tiempos remotos, a las diversas estirpes, linajes, familias o dinastías como el instrumento ideal de enraizamiento en un pasado paradigmático e ideal. Desde esta óptica, el héroe es, genéricamente, un fundador y civilizador; un modelo que debe ser seguido, en tanto que ejemplifica una ética concreta que socialmente debe imitarse.
Aventurero sin límite y esencialmente transgresor, lucha denodadamente por conquistar lo humanamente inconquistable y por conseguir un orden que le confiera inmortalidad, premio inherente a su morfología en su condición de semidiós. A través de sus viajes, aventuras y hazañas, en un recorrido iniciático, expiatorio y purificador, como han imaginado los pitagóricos, se convierte en el símbolo del dominio de lo irracional del ser humano; refleja la lucha interior contra instintos y pasiones. El hombre, que ha sentido la necesidad de ídolos a quien adorar, se predispone a reverenciar a todo el que se destaque por su valor, temperamento o gallardía, en un vano intento por imitarlo. El héroe representaría la imagen de lo que quisiéramos ser y simbolizaría aquellos deseos que no podemos cumplir, en especial el traspaso habitual de cualquier límite. En este contexto de búsqueda, disputas y aventuras suele hallar una muerte trágica, inherente a su condición ambivalente, dual y contradictoria, que lo ensalza y lo hace perdurable en la mentalidad mítica humana. Recibe un premio especial: la inmortalidad o la gloria imperecedera, entendida, a veces, como una continuidad de su vida y hazañas en el recuerdo colectivo.
En la concepción griega, quizá la más estudiada, el héroe es un ser intermedio, mediador entre lo divino y lo humano, y entre lo civilizado y lo salvaje, de carácter ambivalente, con una línea de actuación y una naturaleza constitutiva variable entre aquellos aspectos culturales, valerosos y civilizadores, y los desmesurados, criminales, destructivos o despóticos. Es singular y actúa normalmente solo. Insertado en la atemporalidad del mito su heroicidad destila valor y honor. Como un genuino representante de la épica homérica, combate y se enfrenta a peligros que cualquier mortal no encararía bajo ninguna condición; como modelo de la lírica de Píndaro, busca la gloria y el reconocimiento eterno.
Por todo esto, el héroe no se puede encorsetar bajo una definición estricta, única e invariable, como se ha intentado hacer desde el siglo XIX, en tanto que su origen es sumamente heterogéneo y sus peculiaridades bastante dispares. Hoy, nuestros modernos héroes de consumo, mucho más cotidianos y cercanos que sus homónimos griegos, romanos, mesopotámicos o indios, precedidos de penetrantes campañas publicitarias, siguen colmando algunas de nuestras necesidades simbólicas y psicológicas: es el papel de toda una masa de héroes y heroínas de ciencia ficción o de una realidad cercana, expresada a través de la literatura y el cine. Y es que la pregunta, como la respuesta, se nos antoja evidente, ¿podríamos vivir sin ellos?. Naturalmente que no. Del mismo modo, no debemos olvidar que los mitos deben ser entendidos como uno de los valores activos de nuestra cultura y que sin mito, sencillamente, no hay historia.
*Publicado en la revista Quincunce de la UCAB