10 de octubre de 2008

Los orígenes de la cultura en Japón

Arqueología y pensamiento en los inicios de la cultura en Japón*

Prof. Julio López Saco


Períodos Jômon y Yayoi

Únicamente después del final de la Segunda Guerra mundial, las investigaciones sobre la historia antigua de Japón, gracias a las excavaciones arqueológicas que han proliferado en los últimos cincuenta o sesenta años, han venido a conferir una nueva perspectiva a los orígenes del pueblo y la cultura japonesa. Los especialistas han reconocido la división de la prehistoria en dos significativas etapas: el Paleolítico, entre 50000 y 12000 a.C., y el Neolítico, entre 11000 a.C. y 300 de nuestra era. Dentro de este segundo gran período, el que aquí interesa reflejar, se admiten dos etapas diferentes: el período Jômon (11000-300 a.C.), y el período Yayoi (300 a.C.-300).
De este segundo período, en concreto en la etapa Jômon, son abundantes las jarras funerarias y cerámicas de color ocre con decoración de cuerdas entrelazadas, obra de los primeros pobladores de las islas Ryûkyû y Hokkaidô. Las subdivisiones establecidas en esta fase, debidas a la presencia de piedras talladas y a los diferentes esbozos de la figura humana, suponen la existencia de dos tipos de población: una norteña y oriental, proveniente de Siberia, y otra meridional, procedente de China y Corea. La presencia de arpones, joyas, rastros de sacrificios y puntas de flecha entre el primer tipo poblacional parece que dio lugar a los ainu, gentes del norte adoradores del oso.
En términos genéricos, por consiguiente, Zyomon o Jômon se refiere a pueblos mesolíticos y neolíticos que hablaban dos lenguas, la antecesora del Ainu, hoy confinado a unos escasos miles de hablantes en las norteñas islas de Hokkaido y Sajalin, y una lengua austronésica (malayo-polinésica) proveniente del sur.
La vida de los habitantes Jômon estaba sostenida por una economía natural mixta, de caza y pesca, hecho que se deduce de los cúmulos de conchas halladas en las zonas del litoral marítimo, arrojadas cerca de las viviendas tras las comidas durante varios miles de años. Las viviendas eran en forma de cueva vertical con troncos cruzados, arbustos y hojas de árboles para protegerse de las lluvias. No obstante, conocían formas de usar el fuego y se servían de vasijas de barro cocido, decoradas con diseños en forma de soga. Se supone que un máximo de cuatro o cinco personas convivirían bajo un mismo techo. Son muy numerosas, en los asentamientos jômon, las agrupaciones de habitáculos reunidos en ciertos lugares dotados de condiciones climáticas óptimas, lo que puede hacer pensar que entre los habitantes jômon había cierta propensión a una vida y comportamiento gregario y comunitario.
Los enterramientos jômon se caracterizan por introducir el cadáver acurrucado en el interior de una tinaja, sin presencia de objetos personales que sirvieran como ajuar o accesorios funerarios y pudiesen, en consecuencia, ser un referente de los espíritus de los muertos. Parece probable que los hombres y mujeres jômon tuviesen una mentalidad fundamentada en un animismo elemental. No hay presencia, en último caso, de huellas, rastros o vestigios claros que delaten la existencia de ritos de sacrificios animales o humanos.
La antigua sociedad jômon fue superada por una nueva civilización de origen continental chino, extendida por Corea y la zona norte de Japón, denominada Yayoi. La infiltración de esta cultura de pueblos de lenguas altaicas, agricultores del arroz, e introductores de los tejidos y las herramientas de hierro y bronce, es referida en fuentes antiguas chinas como “área Wa”, conformada por una serie de reinos que se consideraban tributarios del Imperio Han. Este paso transicional se caracterizó por su rapidez y cierta brusquedad. Entre las novedades que aportó la nueva cultura se encuentran el avance técnico de la artesanía, sobre todo en la textil, además de la manipulación de los utensilios de bronce, particularmente espadas, lanzas, espejos y campanas. La distribución geográfica de estos útiles se fue extendiendo desde el occidente hasta la región oriental (kantô), incluyendo la zona central del país. No obstante, la mayor contribución de la nueva cultura fue la sedentarización de la población y la introducción del cultivo del arroz, verdadera revolución del mundo agrícola. El cultivo arrocero fue, en origen, una explotación agrícola que se había venido realizando en el continente asiático, en especial en las regiones del litoral meridional del mar de China y en algunas islas del Pacífico. El cultivo llega al archipiélago japonés cuando parte de los cultivadores, empujados por la ola expansiva del imperio chino Han, trata de encontrar tierras aptas. Los cenagales y terrenos pantanosos en Japón, esparcidos en las zonas costeras y las cuencas fluviales, fueron un espacio de recalada obligada. La rápida y amplia distribución de la producción agrícola estimuló la transformación de la vida económica e influyó en la mentalidad religiosa. Este hecho condujo a que los hombres yayoi se hicieran más sensibles a los cambios atmosféricos que sus antepasados cazadores, recolectores y pescadores. Es el momento en que, seguramente, nacieron nuevos conceptos que explican los fenómenos de la naturaleza como consecuencia del dominio que sobre ellos ejercían múltiples demiurgos. Es así como desde esta temprana época se comienza a establecer que la pérdida de las cosechas de arroz dependía, en esencia, de la acción de los espíritus que habitaban dentro de los propios cereales. Adorando a estos espíritus y aplacando sus iras se alejarían las calamidades y las cosechas serían abundantes y prósperas. Surge la costumbre de celebrar la festividad de la cosecha en otoño, tiempo de la recolección, para agradecer a los espíritus de los arrozales, mientras que en la primavera, al comienzo de la plantación, se adoraba a los espíritus que renacían en los nuevos brotes, organizando la fiesta del trasplante del arroz. Debemos deducir que se produce un avance decisivo hacia una nueva concepción religiosa relacionada directamente con la vida agrícola: la fe en los espíritus de los cereales, fundamento de la primitiva religión de Japón. La arqueología muestra como en esta época, también, empiezan a surgir ejemplos de inhumaciones de cadáveres junto con utensilios personales, como aperos de labranza y cuchillos.
A la vez que se generalizó el cultivo del arroz, los hombres comenzaron a cambiar su hábitat, trasladándose desde los valles altos, las mesetas y las zonas más silvestres, hasta las regiones anegadas más bajas. Estas nuevas condiciones propician la aparición de las viviendas elevadas y de los hórreos (hazekura), para evitar la humedad y asegurar buena ventilación para los cultivos allí guardados. El cultivo del arroz implica una planificación y la necesidad de realizar comunalmente ciertas labores, tales como el regadío o la desecación de zonas pantanosas. Con esta nueva conciencia la demografía aumenta, y la generalización de la convicción de que era necesario realizar el trabajo de modo colectivo, afirma los vínculos de solidaridad, creciendo, en consecuencia, las agrupaciones en forma de comunidades aldeanas. En este estadio, los espíritus de los cereales empiezan a ser adorados como dioses protectores de la comunidad.
Los muertos yayoi eran inhumados, normalmente, en grandes vasijas, rodeados de objetos familiares y cotidianos, tal y como se acostumbraba a hacer en China. Entre los objetos de los ajuares que las excavaciones arqueológicas han puesto al descubierto se destacan las campanas dôtaku, profusamente decoradas con motivos geométricos y representaciones bastante estilizadas de animales e, incluso, de seres humanos. Es probable que dichas campanas estuvieran asociadas a ritos agrarios y se las emplease para obtener la protección de las deidades.

Arcaica organización socio-política

Con el paso del tiempo, se rompió el equilibrio entre las comunidades, debido a que algunas progresaron y otras no. Algunas se hicieron muy grandes, como Karako, en Nara, y Kugahara, en Tokio. En la obra china de la época Han, concretamente del siglo I, denominada la Leyenda de los Japoneses, se atestigua la presencia de más de cien “naciones” o Kuni, brotes de un estado primitivo o aldeas-estados, pequeños estados dirigidos por un jefe a la vez civil y religioso, en Japón occidental. Se trata, sin duda, de comunidades aldeanas, más o menos grandes, dominadas y dirigidas por su jefe o cacique comunitario. Las diferentes escisiones y unificaciones entre estas comunidades tribales de dieron con mucha intensidad entre los siglos I y III, generándose grandes contiendas intertribales, que dieron lugar a la sobrevivencia hegemónica de algunas de las más fuertes, y con el más elevado nivel cultural, en el norte de Kyûsyû. Se destacaron Mansura, Ito y Tohma, además de la nación tribal conocida como Yamatai, gobernada por la reina Himeko. Este reino estableció diferencias de rangos sociales entre sus componentes, es decir, entre nobles y plebeyos, con la presencia, por una parte, de esclavos y aldeanos dedicados a la caza, pesca y agricultura y, por la otra, de los nobles o taijin. La reina Himeko no estableció su nación, no obstante, conquistando a las tribus vecinas, ni creó un país unificado o una monarquía hereditaria. Es probable que el reino estuviera dotado de una suerte de poder político federado que ejercían en conjunto los jefes de las tribus autónomas. Lo que pudo alzar a la reina hasta la corona fueron sus poderes adivinatorios, que promoverían la solidaridad de los diversos grupos tribales y el respeto reverente por ella.
Entre los siglos IV y V, una nueva cultura procedente del continente chino se extiende hacia el este de Japón, asentándose en la parte oriental, en específico en la meseta de Yamato, alrededor de la actual Nara. Aquí surge un poderoso centro constituido en virtud de una federación de caciques, denominado el poder de Kinki, conformándose una plataforma de alto nivel cultural que compite con el Japón occidental. Aunque haya ocurrido la primacía de Yamatai o el de la meseta de Yamato o, incluso, el sincretismo entre ambos, lo cierto es que aquí se encuentra el origen del Japón. En esta época se constata en los enterramientos la presencia de nuevos objetos accesorios funerarios, como vasijas de bronce, puntas de flecha, arpones y utensilios de adivinación, además de aquellos útiles de empleo cotidiano, como azadas, hoces, enseres rituales, avíos militares y corazas, lo que implica un incremento de la religiosidad y la generalización del cultivo del arroz. Es en este momento cuando aumenta el empleo de las herramientas de hierro, que permitiría facilitar las labores del campo y un incremento de la productividad y de la rentabilidad del trabajo. Los terrenos se convierten ahora en propiedades colectivas y comunales de una aldea. Los miembros de cada comunidad se sienten más ligados a la tierra común, además de más unidos espiritualmente, lo que suscita entre ellos la conciencia de unas relaciones mutuas basadas en la unidad de raza y de linaje. Este es el mecanismo de creación de una comunidad local compacta, el denominado clan (uji), integrado por hombres vinculados étnica y espiritualmente. Los miembros del clan, que compartían colectivamente sus labores, también compartían las mismas convicciones religiosas, respetando y venerando a los espíritus de determinados antepasados como sus lares propios, llamados kami, que protegían a toda la tribu por igual. Estas primeras manifestaciones de un culto a los ancestros o veneración a los dioses tutelares, tenía por objeto venerar a los respectivos lares protectores y celebrar fiestas propiciatorias en su honor. Poco a poco, este credo religioso se sistematizó como una doctrina teológica que, una vez provisto con regulaciones y diversas fórmulas rituales y devocionales, evolucionó hasta configurar el shinto primitivo, auténtico prototipo de la espiritualidad japonesa, a la que más tarde volveremos a referirnos.
Dentro de la comunidad familiar surgió la división de clases, y nació en el interior del clan una jerarquía que culminaba en el honorable jefe, que gobernaba con autoridad paternal a los demás miembros de la comunidad y poseía propiedades exclusivas. Las distinciones de clase pudieron trasladarse también a la diferenciación entre clanes, de modo que los más débiles, sin poder subsistir por sí solos, se verían obligados a fusionarse con los más fuertes. La fusión de clanes suponía que los más poderosos no destruían la tradicional estructura del clan más débil, sino que se entablaban nuevas relaciones de convivencia, aunque fueran de parentesco ficticio. Los clanes más débiles tenían que pagar tributos a las familias de la clase superior. Estos pagos consistían en ciertos productos según sus propias habilidades, lo que motivó la conformación de especialidades contributivas, que llegaron a convertirse en profesiones y cargos hereditarios. De este modo, surgen los ministros del culto, los armeros, tejedores, militares, etc.
En estos siglos, los clanes poderosos mantienen, por lo tanto, el poder patriarcal. Su dominio y megalomanía de poder se traduce en el hecho de que en esta época comienzan a construirse numerosos monumentos funerarios gigantescos, que son un símbolo del poder socio-político. Estas grandes tumbas horizontales, tanto en mesetas como en regiones llanas, serán de forma cuadrada o en forma de ojo de herradura. Esta proliferación de grandes tumbas, llamadas kofun, constituye, desde una óptica arqueológica, el período de los grandes túmulos, que se dilata hasta el siglo VII. Los túmulos aparecen concentrados en unas pocas regiones, en el valle de Kyoto y en la meseta de Nara, lo que implica que aquí se reunieron clanes prominentes que ejercían un poder político superior. Según los relatos mitológicos, que perviven en los primeros documentos escritos de Japón, del siglo VIII, Kojiki o Crónica de relatos antiguos, y Nihon-shoki o Crónicas de Japón, los primeros brotes compactos de un estado federal integrado por clanes empezaron a concentrarse en la mitad oeste del archipiélago. El sistema mitológico, unificado en la teogonía oficial, se convirtió en el sustrato medular de la teología shintoísta y sirvió también de apoyo al poder estatal de la corte de Yamato. El ministro supremo de los actos rituales unificadores comenzó a ocupar una elevada posición, con lo que relegaba a un plano inferior a otros clanes y a los demás miembros de los mismos. El emperador, por su condición de jefe supremo de las ceremonias religiosas, suplanta a los demás clanes poderosos, recibe el prestigioso nombre de Gran Señor, y empuña las riendas del poder político en solitario. Las leyendas de las crónicas son las que verifican y justifican la labor de Yamato unificando Japón. Entre esos mitos se destacan la conquista de la región Yamato por el emperador legendario Jimmu, la cesión de Izumo y la conquista de Kumaso. Estas tres narraciones legendarias coinciden en revelar el avance hacia la unificación. La más importante es la primera: la entrada en Yamato de Jimmu, primer emperador mítico del Japón, supone la presencia de dioses terrestres y otros celestiales; mientras los terrestres serán los ancestros del emperador, los dioses del país parecen ser los clanes más poderosos avasallados por la corte imperial de Yamato. Así pues, la narración se podría interpretar simbólicamente como el dominio y anexión de las poderosas tribus por parte de la familia imperial. En todos los casos, es destacable mencionar que se les arrebató a los jefes tribales locales su tradicional privilegio litúrgico, siendo absorbido por el derecho unitario que ejercería el Estado de Yamato, heredero de la tradición mítica oficial. La familia imperial, amparada en un significativo poder económico, con la posesión de campos arroceros y silos de almacenamiento, muy superior a los demás clanes nobles, y gracias a su absoluta autoridad patrimonial sobre los cultos religiosos, acabó por someter también a las poderosas tribus locales esparcidas por las regiones más alejadas. La corte imperial dominaba por derecho hereditario sobre los demás clanes poderosos dentro del régimen estatal, pero, en realidad, la sociedad de Yamato no será más que una confederación tribal de clanes poderosos que servían a la corte mediante la distribución del trabajo hereditario, sin perder su espíritu de independencia. Puede decirse que la familia imperial no era más que uno de los clanes de primera categoría. Lo único que situó al emperador por encima de las demás familias fuertes fue su autoridad religiosa como sacerdote hereditario del Shinto, y no el poder militar ni la hegemonía económica. En este prestigio honorífico y religioso reside el papel jugado por la familia imperial hasta la actualidad. La autoridad suprema del emperador no penetró directa y profundamente en los estratos populares, sino que los gobernaba indirectamente a través de jefes de clanes, incorporados al régimen administrativo de la corte. El sistema de clanes independiente impedía un sistema o régimen impositivo para el Estado centralizado.

Las primeras creencias: el culto shintô

Las creencias de los primeros habitantes de Japón eran animistas y chamanísticas. La presencia de piedras fálicas y estatuillas femeninas prehistóricas pudieran testimoniar la existencia de arcaicos cultos a la fertilidad. El shintoismo nació de la superposición a los cultos primitivos de la sacralización de la monarquía y de la aristocracia a través de las genealogías divinas. Además, a partir del siglo III aparecen las primeras formas de un culto vinculado al cultivo del arroz, lo que será esencial para entender el shintô primitivo. Sin ritual ni templo en sus orígenes, surge directamente de los diversos mitos y de la vida cotidiana de los hombres en perfecta simbiosis con al naturaleza. La fuerza de ésta y el miedo a su poder se manifiestan a través del shintô, como un mecanismo a través del cual el hombre intenta vincularse con la naturaleza y conocer sus procedimientos. Con el paso del tiempo, esta espiritualidad naturalista fomentará la construcción de la identidad y la permanencia del japonés, permitiéndole asimilar nuevas influencias culturales, espirituales o intelectuales. Los habituales tifones y las erupciones volcánicas, así como el inmenso poder de las aguas, en un país que es geográficamente un archipiélago de islas, inspiraron la certidumbre de la presencia de una energía interna del mundo y de una efímera fragilidad de las formas, sometidas al implacable paso del tiempo. El hombre mismo es visto como parte del Cosmos, sin individualidad real que le separe de la unidad primordial. La interpenetración de lo viable y lo invisible favoreció la aparición de aventuras y relatos legendarios de todo un conjunto de espíritus, los kami. Como poderes benéficos o maléficos, están albergados en plantas, árboles, piedras, animales, siendo venerados por grandes cuerdas de las que cuelgan votos y plegarias. El gran número de divinidades shintô son objeto, a partir de los siglos VII y VIII de cultos, ofrendas y ceremonias en santuarios y templo, construidos siguiendo las formas de la naturaleza, con la presencia de pórticos o torii, en rojo, que indican la entrada. En los santuarios públicos, las gentes se entremezclan y realizan fiestas cotidianas, llamadas matsuri, vinculadas a los ritos agrarios. No obstante, en cada casa puede haber altares shintô domésticos, en los que se veneran los espíritus de los antepasados o de un determinado kami familiar, haciéndoseles rituales y ofrendas de arroz, frutas e incienso. Los sacerdotes que sirven en los templos tienen una función más ritual que sacra. Mensajeros de los hombres y los kami, se encargan de ejecutar los ritos de purificación con agua, sal y arroz. Las prácticas más características del shintô son, en definitiva, los ritos de purificación, cuyo objetivo es el estado de claridad, alegría y retorno a la armonía original con los dioses y con el mundo.
El shintoísmo es el culto, en esencia, a innumerables divinidades, kamis, algunos entendidos como dioses, la mayoría como seres antropomorfos y, muchos otros, como espíritus venerados localmente. Estos numina inspiran un sentimiento de lo sacro anterior a toda representación mítica o doctrinal. La mayoría de los kamis están vinculados con fenómenos naturales o con actividades agrícolas. Las almas de dioses, hombres y cosas se parecen. Se trata, así, de cargas de energía espiritual, mayormente benéfica, aunque no siempre. A pesar de que el shintô ha evolucionado hacia la sistematización doctrinal y hacia la interiorización, la primacía del rito, la debilidad y diversidad de las representaciones de lo absoluto y también del más allá, le confieren un carácter arcaico muy diferente al de las religiones que consideramos de salvación. La energía sagrada de los orígenes, que se transmite de generación en generación, a través de comunidades e instituciones, y es reactualizada continuamente por mediación del ritual, procura y favorece beneficios espirituales, pero también materiales. La originalidad de esta religiosidad deriva de la relevancia concedida a las nociones de fuerza vital y de purificación. Los grandes kamis, y todo el Universo en general, poseen la fuerza generadora o energía vital, producida y mantenida por los vínculos que unen a los seres, que están en perpetuo crecimiento y cambio. El problema radica en que el hombre contrae impurezas, que no son fácilmente distinguidas de las faltas, culpas y crímenes, de ahí la imperiosa necesidad de la purificación limpiadora de las manchas, objeto esencial de la práctica shintoísta.
Una dirección significativa hacia la que el shintô se movió fue la que condujo a la veneración del emperador de Japón, y de los pasados soberanos, como kami. Esta tendencia está íntimamente cercana al culto del Estado. Este matiz de culto nacional que toma el shintô se veía reflejado en la ceremonia de la Gran Purificación, ritual en el que la nación, dos veces al año, debe limpiar el territorio nacional de cualquier corrupción acumulada. En épocas modernas, en espacial durante los años previos a la Segunda Guerra mundial, el shintoísmo adquirió el preponderante rol de ideología oficial del Estado, en vinculación con una fuerte tendencia ultranacionalista y expansionista que, a la postre, conduciría a la nación nipona a participar activamente en la susodicha conflagración.

Bibliografía


Barnes, Gina L. (1988), Protohistoric Yamato: Archaeology of the First Japanese State. Ann Arbor, University of Michigan.
Collcut, M., & Jansen, M., Kumakura, I., (1995), Japón. El Imperio del Sol Naciente, ed. Folio, Barcelona.
Delay, N., (2000), Japón. La tradición de la belleza, edic. BSA, Barcelona.
Falero, A.J., (2006), Aproximación a la cultura japonesa, edic. Amarú, Salamanca.
Haguenauer, C., (1956), Origines de la Civilisation Japonaise, edic. Gallimard, París.
Imamura, K., (1996), Prehistoric Japan, UCL Press, Londres.
Kidder, E., (1985), El arte del Japón, ed. Cátedra, Madrid.
Kondo, A.Y., (1999), Japón. Evolución histórica de un pueblo (hasta 1650), ed. Nerea, Hondarribia.
Lavelle, P., (1998), El pensamiento japonés, Acento edit., Madrid.
Mikiso, Hane, (2003), Breve historia de Japón, Alianza edit., Madrid.
Tatsuo Kobayashi (edit.), (1977), Archaeological Treasures of Japan: Jomon Pottery, Tokyo.
Tazawa, Y. & Matsubara, S. & Okuda, S., & Nagahata, Y., (1981), Historia cultural del Japón. Una perspectiva. Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón, Tokio.


*Este trabajo será publicado próximamente en la Revista de Arqueología española, de periodicidad mensual.