7 de mayo de 2010

Idea y función de la Historia (parte I)

La palabra griega istoria puede significar, en un nivel semántico, información, noticia, relato y narración, y en otro nivel, investigación, conocimiento y saber. A partir de un pasado vivo, activo y real, hacemos una reconstrucción, una presentación del mismo por mediación de intuiciones históricas. La lectura interpretativa, efectuada a través de documentos históricos, lo que implica una racionalización, nos permite emitir juicios históricos que, para el historicismo (filosofía determinista para la cual los acontecimientos son regidos por leyes descubribles, con lo que se puede predecir la dirección del movimiento histórico), se pueden estructurar y funcionar como verdaderas leyes. Nuestra capacidad de emitir juicios históricos nos posibilita el entendimiento histórico, a través de juicios emitidos por medio de conceptos, y nos permite la posibilidad de enseñar la historia (proceso que comienza con el inicio de la actividad historiográfica europea en el siglo XIX). Desde ese momento, podemos hablar del saber histórico, cuyo afán es conocer el pasado de forma organizada, y que supone ser consciente de que la existencia humana es histórica, y los individuos somos seres históricos (nos comprendemos a nosotros mismos).
Los acontecimientos históricos se comprenden mediante conceptos que emplea el historiador mediatizado (por su ideología, religiosidad, educación, contexto social), el cual extrae contenidos con el que pretende saber el pasado, explicándolo, y también comprenderlo, de modo inteligible, siendo consciente de que el hombre se integra en esos hechos. La comprensión de la causalidad de los acontecimientos trae consigo una secularización de la idea del destino y provoca que el ser humano, propiciador de la historia, entre en la temporalidad.
La historia se expresa por conceptos, en forma narrativa o en relatos, es decir, de modo descriptivo, a raíz del estudio de una serie de acontecimientos recopilados de las fuentes (documentos y testimonios). La relevancia otorgada a esos hechos, o a algunos de ellos, de modo explícito o no, nos confiere la seguridad de su carácter verdadero, real, pues fueron realizados por el hombre. Entramos, así, en el conocimiento histórico, logrado a través del análisis de vestigios que nos permiten comprender, más que explicar, las diferentes tramas. Los documentos históricos (fuentes escritas, testimonios orales, epigrafía, numismática, arqueología, iconografía-arte), refieren datos del pasado, datos que no son históricos por sí mismos (aunque para los positivistas o empiristas, tales datos son hechos verificables de carácter histórico, pues de ellos se hacen deducciones factibles). De la marea de datos posibles en los documentos, el historiador selecciona (subjetivamente) algunos, otorgándoles relevancia. Sobre ellos se produce una interpretación, no objetiva y una investigación, generalmente inductiva, que facilita la emisión de un juicio histórico de valor no moral.
La historia, en consecuencia, vendría a ser una suma de hechos más la labor del historiador, si bien éste condicionado por su ambiente social, histórico-político, ideológico, religioso y educativo, además de por ideas preconcebidas. La primera manifestación de lo histórico surge a partir de la necesidad y la utilidad de la misma en el seno de la polis griega clásica, unido a la percepción de tal utilidad por el ciudadano, lo que supone una nueva visión del mundo que, teóricamente, sustituye al mito. Así pues, el hecho/acontecimiento, esto es, lo que fue u ocurrió, es interpretado por el historiador, y éste emite un juicio de valor que supone lo que debió haber sido u ocurrido. Este es el fundamento de la verdad histórica. En consecuencia, la historia se conforma como un saber que interroga pero no responde con seguridad ni certezas absolutas, y que no se puede considerar un conocimiento empírico.
Prof. Dr. Julio López Saco
7 de mayo del 2010