20 de septiembre de 2011

Los santuarios sintoístas IV: clero y funcionariado















IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: TORRI DEL SANTUARIO MAIJI, TOKYO; SANTUARIO TSUNOMIYA, EN ESHIMA; SANTUARIO INARI, PREFECTURA DE AICHI; Y SANTUARIO DE INUYAMA-JO, TAMBIÉN EN LA PREFECTURA DE AICHI.



En épocas pasadas no había órdenes religiosas y la observancia de ritos y ceremonias comunales era una responsabilidad de toda la comunidad, si bien tenemos constancia de la existencia de chamanes, especialmente mujeres, que se creía que poseían poderes ocultos y podían hacer las veces de médiums para contactar con los kami. Con el desarrollo de los clanes, el cabeza de clan o de las familias locales dirigía los ritos principales. Con el tiempo, sus funciones se convirtieron en privilegio de ciertas familias, hecho que está en la base de la conformación de un sacerdocio hereditario. Mediado el siglo V había cuatro clases de sacerdotes que tenían autoridad en la corte: los ritualistas (familia Nakatomi), encargados de las ceremonias y la lectura de las oraciones oficiales; los puros (familia Imbe), mantenedores de la pureza ceremonial para evitar o rechazar la contaminación; los oráculos (familia Urabe), responsables de interpretar las voluntades de los kami; y los danzantes y músicos (sarume). En el siglo VIII la administración de las ceremonias estatales y el control sobre el sacerdocio se encontraba en manos del Departamento de Asuntos Divinos o Jingi Kan. Sus funcionarios, excepto el representante principal, pertenecían a la familia Nakatomi. Entre los siglos XI y XIX el Departamento estuvo controlado por la familia Shirakawa, en tanto que la labor de los oráculos era una función que recaía en manos de la familia Yoshida.
Al inicio de la Restauración Meiji (1868), se abolió el carácter hereditario del sacerdocio, y los oficiantes se convirtieron en funcionarios. Hoy en día, los sacerdotes son ciudadanos privados, sin estatus oficial alguno. Cada santuario está dirigido por un sacerdote principal o gûji, aunque en ciertos grandes santuarios puede tener un ayudante auxiliar o gon-gûji, así como otros de rangos inferiores. En casos particulares, como el Gran Santuario de Ise, existe una sacerdotisa (saishu), un cargo que, tradicionalmente, desempeñaba una princesa imperial. Las hijas de los sacerdotes o de los residentes, llamadas miko, vestidas con kimonos blancos y una suerte de falda pantalón de color rojo, desempañan la función de llevar a cabo las danzas ceremoniales en honor de los kami. El traje sacerdotal todavía conserva hoy los patrones de la vestimenta oficial de la corte Heian (794-1185, cuya capital acabaría siendo Kioto).
Los residentes siempre tuvieron una especial relación con los santuarios. En la antigüedad todos los miembros de un clan tenían el derecho y también la obligación de participar en los rituales e, incluso, de oficiar ciertas ceremonias. Desde una óptica histórica, la relevancia de los lazos de sangre se hace inherente a la naturaleza del culto en el santuario. Poco a poco, se instalaron por todo el territorio japonés santuarios hermanados consagrados a kami locales y clánicos, mecanismo básico para que el individuo pudiera mantener su relación espiritual. En cualquier caso, un individuo podía vincularse a más de un santuario, tanto como sûkeisha o devoto, o como ujiko, parroquiano. Los santuarios dedicados al culto de un kami de clan o a uno que posee un vínculo con la tierra, poseen límites geográficos precisos: cada uno tiene su parroquia y todos los residentes asumen las responsabilidades que les competen. Así pues, la relación entre un kami tutelar y un parroquiano es profundamente espiritual, muy afectiva, como la de un padre con su hijo; las personas, en consecuencia, nacen y viven bajo la protección de un kami particular.



Referencias bibliográficas



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Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas, 20 de setiembre de 2011