3 de febrero de 2012

La creación del mundo en el Rig Veda (II)



UN EJEMPLAR DEL RIG VEDA ILUSTRADO


Los himnos asociados a la creación del mundo aparecen cargados de un fuerte simbolismo. Todos en este libro X, se identifican por los números 72, 81, 90, 121, 129 y 190. El primero corresponde a Daksha y Aditi, los Progenitores de los Dioses (X, 72). Aquí Daksha es el indiscutible protagonista junto a su consorte Aditi. El himno se propone contar el nacimiento de los dioses para que las generaciones futuras puedan verlos y puedan, además, recrear mentalmente ese momento trascendente. El segundo es el de Visvakarman, el Hacedor de Todo (X, 81). Para sugerir la infinitud de Visvakarman se lo imagina con múltiples ojos, bocas, brazos y pies, una imagen tomada en préstamo posteriormente por las Upanishads para caracterizar a Brahman, ente universal y absoluto. La atribución de órganos humanos a una divinidad es una evidente muestra de antropomorfismo. Visvakarman utiliza sus brazos para forjar el cielo y la tierra, aunque posteriormente la creación de ambos es visualizada de otro modo diferente, pues se dice que son tallados en madera. Pero esta sería una creación subsidiaria que completa a la primera, en tanto que sus agentes son plurales e innominados reafirmándose inmediatamente después el predominio absoluto del creador. Los poetas del Rig Veda recurren, con mucha frecuencia, a experiencias de su vida cotidiana concibiendo al mundo como el fruto de una actividad doméstica o como un nuevo artificio fabricado por hábiles artesanos. El tercero es el Sacrificio del Gigante Cósmico (X, 90), también denominado Himno del Hombre (Purusha). Se trata, por lo tanto, de una suerte de gigante primordial cósmico cuyo desmembramiento origina dioses, astros y demás seres animados; el cuarto es el conocido como Embrión Dorado (X, 121), otro demiurgo que afirma desde el principio la existencia de un ser supremo, sin indagar sobre posibles precursores metafísicos, dedicándose a exaltarlo estrofa tras estrofa. A pesar de tal carácter celebratorio, la identidad del creador es poco clara, pues el nombre que se le otorga al principio Embrión Dorado o hyranyagarbha, no figura en ningún otro himno del Rig Veda. Finalmente, sabemos que se trata de Prajapati, el Señor de las Criaturas, cuyo rol de divinidad suprema será reconocido en la literatura védica posterior. Embrión Dorado es, entonces, uno de sus nombres, una hipóstasis de su poder creador. Daksha, arriba mencionado, será un ente más autónomo, si bien termina, también, por asimilarse a Prajapati. El quinto corresponde al Himno de la Creación (X, 129), uno de los himnos más sublimes del Rig Veda, que se remonta al período cósmico más remoto concebible. Inicialmente, se afirma que en el principio todo era indiferenciado, que nada existía ni siquiera la inexistencia. Pero más adelante se plantean dudas respecto a ese momento fuera del tiempo y del espacio, una incertidumbre que acompañará al poeta hasta el final. Se pregunta si quizás no había algo oculto, digamos un primer algo. Luego se amplifica esta oposición entre la nada y algo que surge, hasta que, paulatinamente, se precisa un ente primordial, el cual pasa de un estado latente a otro más activo mediante el poder del calor. Surge en él el pensamiento inspirado por el deseo, completando así el proceso de su devenir. Se intenta precisar la transición de la inexistencia a la existencia, pero el himno se hace impreciso y oscuro pues el conocimiento de ese “instante” está velado por un insondable misterio. Solamente los kavis (más o menos “sabios”), buscando dentro de sí, pueden acceder a él. Kavis evocan a un pensador, persona de gran poder espiritual del pasado, más mítico que real; en realidad un visionario, un profeta. Los kavis contribuyen a delimitar el ámbito de lo existente con una cuerda, imagen recurrente en el Rig Veda para simbolizar un acto creador, de modo análogo a como alguien delimita un terreno para construir una vivienda. Así pues, más que de un verdadero acto creativo se trataría de una recreación mental del instante trascendente lograda por los kavis en un tiempo posterior y gracias a su perfección espiritual. Al final, aparecen poderes masculinos y femeninos, que suceden a ese primer algo, cuyo género era neutro. Se contrastan los poderes masculinos con las potencias femeninas en una primera instancia, contraste que se repite, a continuación, con la energía femenina y el impulso masculino. Queda implícito, de tal manera, que los principios sexuales desencadenan la ulterior evolución del Cosmos. En cualquier caso, nunca disminuye la sensación de incertidumbre. Nadie sabe, en realidad, cómo aconteció la creación. El sexto, refiere el Calor Primordial (X, 190). El calor inicia el proceso generativo, como en el himno precedente, pero aquí encontramos la presencia de dos principios abstractos, el orden (rita) y la verdad (satya), que otorgan al Universo su fundamento ético. Del océano nace el tiempo, que es quien gobierna la vida de todos los seres vivos, y, finalmente, aparecen el sol y la luna, así como las tres divisiones tradicionales del universo: cielo, espacio intermedio o atmósfera, y tierra, pero ninguno de ellos brota espontánea o mecánicamente, sino que son el producto de un agente, de un creador, cuyo nombre es dhatri (el que crea, el que sostiene, el que dispone, el que ordena), un dios agente abstracto. Nos encontramos en este caso, con un fenómeno frecuente en la literatura védica, el de la personificación de determinados atributos o capacidades.
Como conclusiones, podríamos señalar lo siguiente respecto a la creación en el Rig Veda. El origen del universo es un proceso misterioso, únicamente parcialmente intuido y comunicado a los hombres por aquellos poetas visionarios que compusieron los himnos. El Creador es concebido como un ser único y supremo, cuya identidad es oscura y cambiante. A veces ignoto, en otras ocasiones recibe diversos nombres, Embrión Dorado, Prajapati, Daksha, Aditi, Visvakarman, Purusha. Con el tiempo estos creadores desaparecen o se subordinan a otro, si bien el problema de la identidad del demiurgo nunca se resuelve del todo. En otros textos védicos, como en los Brahmanas, Prajapati emerge como el ente creador indiscutido, pero en las Upanishads tiende a ser reemplazado por Brahman quien aúna las funciones demiúrgicas de Prajapati a la sacralidad del mantra pronunciado en el sacrificio. Con la eclosión del hinduismo, el mismo Brahman es absorbido por el antropomórfico Brahma y la divinidad suprema es compartida con deidades como Siva, Vishnu y Devi. El Creador puede ser eterno o, en cambio, haber sido generado. En este último caso, el problema metafísico se resuelve a través del mecanismo de la creación mutua. Los dioses engendran al Creador y, éste a su vez, los engendra, o en otros casos, es un principio femenino el que da nacimiento al Creador y es a su vez procreado por él. La voluntad del Creador no es suficiente para fundar el mundo. Actúa en conjunción con diversas fuerzas elementales, como el poder del calor. Algunas de estas fuerzas fecundadoras son más morales que físicas, tales como el orden y la verdad, en tanto que la más poderosa parece ser el sacrificio en donde lo moral, lo religioso y lo práctico se confunden. Finalmente, la generación del mundo material es concebida, a menudo, en términos domésticos y artesanales, como un parto, como el producto de un herrero o de un carpintero, o incluso, como el resultado del batido de la leche o de la elaboración de manteca.


Prof. Dr. Julio López Saco


Doctorado en Historia, UCV


Doctorado en Ciencias Sociales, UCV