6 de julio de 2014

Las abstracciones en la Grecia de la antigüedad




Imágenes, desde arriba hacia abajo: ánfora ática de figuras negras. Se observa el nacimiento de Atenea. Debajo del asiento de Zeus aparece Metis de forma alegórica. Datada en torno a 570 a.C. Museo del Louvre; Hermes, o quizá Phobos, y Ares encima de un carruaje, con Atenea próxima  pisoteando un gigante. Ánfora ática de figuras negras de Vulci, 530-510 a.C. Staatliche Antikensammlungen, Berlín; Nike en una vasija de figuras rojas, Museo Arqueológico de Nápoles; y trípode ática de figuras negras. Nacimiento de Atenea. Bajo el trono de Zeus, la figura alegórica de Metis. 570-560 a.C. Museo del Louvre, París.

Abstracciones, conceptos e ideas fueron, siguiendo la tendencia antropomorfista que desde Homero imperó en el mundo religioso y épico griego, personificadas por los antiguos helenos. Aunque la personificación de lo abstracto podría considerarse un fenómeno un tanto artificial y tardío, producto de la especulación filosófica, lo cierto es que el culto a ciertas divinidades designadas a través de conceptos abstractos es bastante remoto. En la tradición épica, de Homero y Hesíodo, están ya presentes, y no precisamente como alegorías poéticas. Deimos y Phobos, esto es, Terror y Pánico respectivamente, acompañaban siempre a Ares y eran objeto de sacrificios por parte de los espartanos; Eros, Himeros y Peitho (Amor, cuyo culto se documenta en Tespias, Pasión y Persuasión) se encontraban en el entorno de Afrodita, en tanto que Victoria (Nike) seguía a la diosa Atenea. La Inteligencia (Metis) y la Ley (Themis) fueron esposas de Zeus. En Metis se engendró Atenea y de la segunda descienden Eunomía, Buen Orden, Dike (Justicia), y Eirene (Paz), quienes conformaron las Horai. Némesis, Venganza y, sobre todo, Fortuna, Tyche[1] alcanzan bastante renombre. Fortuna, de hecho, se asociaba a la gran diosa Cibeles. La profusión de personificaciones pudo deberse a la intensa vida política de las ciudades, pues se divinizarían conceptos clave sobre los que reposarían la paz interna de las polis, que no descansaban hasta poner fin a los conflictos de carácter social. Es así como Eunomía, Demokratia y Homonoia (Concordia), se pueden referir como ejemplos al respecto, un hecho que demuestra cómo la vida religiosa influía de modo directo sobre la vida pública, ciudadana.
Un caso particular de gran relevancia lo conforman los Daimones, literalmente Demonios, pero en esencia mucho más que eso. Se trata de un concepto difícil de asir y de definir en relación a su esencia espiritual. Su interpretación depende de Platón. A través de las doctrinas platónicas se establece una jerarquía de seres sobrenaturales, entre los que están, además de dioses, héroes y difuntos, los Daimones, que serían unas entidades intermedias entre dioses y humanos. Esta concepción filosófica difiere, no obstante, de la de Hesíodo y Homero. Para Hesíodo, tras la Edad Dorada, los hombres fueron convertidos en Daimones por Zeus. Aquí son, en consecuencia, seres benéficos e invisibles, guardianes de los mortales que procuran bienestar, riqueza, felicidad, y cuya existencia únicamente se percibe cuando actúan. En la tradición épica son seres indiferenciados, potencias impersonales, carentes de la personalidad de las deidades. Sin embargo, entre Daimon y divinidad la línea separadora es muy difusa: algunos Olímpicos son denominados Daimones, lo mismo que ciertos héroes que, a su vez, pueden ser dioses[2]. En sentido amplio, aunque con cierta apariencia divina, los Daimones no son dioses, sino representaciones de poderes ocultos, símbolos de fuerzas o energías que determinan las condiciones de la existencia de los seres humanos. En tal sentido, llega a confundírseles con el concepto de Destino. Ni tienen imagen ni necesitan ser objeto de culto. Se trata de potencias, benignas o no, que acompañan al nacer a cada persona (la bondad del espíritu es Eudaimon, o si es un ser maligno, Kakodaimon).

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia y Doctorado en Ciencias Sociales, UCV


[1] Diosa de la suerte y el azar, gobierna los destinos humanos y el Universo, garantizando a los ciudadanos, y a los estados, riquezas y éxitos. No obstante, también propicia desgracias, pues puede ser envidiosa y cruel. Su inconstancia se deriva del hecho de que como diosa del azar (capricho, vicisitud) y el destino, no conoce leyes ni reglas, e ignora, de ser necesario, los valores morales. En la iconografía se la representa con un pólos (peinado cilíndrico) y una cornucopia, símbolos de la prosperidad y la riqueza. En ocasiones asume los rasgos de una divinidad tutelar, al modo del genius latino o el daimon heleno. En el siglo III a.C., Tyché asume la función de protectora de los soberanos. Es, en este caso, un genio tutelar que, por mediación del monarca, al que proporciona triunfos, ofrece prosperidad a la población.
[2] Los Espíritus de la Destrucción (Keres) a veces son nombradas theoi. Son seres indiferenciados que simbolizan ciertos males que atormentan al ser humano, como la vejez, la muerte o la enfermedad, entre otros.