1 de noviembre de 2016

Nuevos elementos religiosos en la época de Hammurabi (1792-1750 a.e.c.)



Imágenes: arriba, un busto de Hammurabi, descubierto en Susa; abajo, un sello babilónico cilíndrico que representa la batalla de Marduk con Tiamat, aquí una serpiente acuática.

La época paleobabilónica[1] de Hammurabi trae consigo un relevante cambio en el ámbito teológico. La unificación política, como nueva situación política, así como las preferencias de las etnias amorritas son motivos significativos que explican estos cambios. Estas etnias se decantan por ciertas divinidades, en concreto las de carácter astral, caso de Ishtar, Shamash y Adad, de modo que quedan relegadas a un plano secundario las antiguas divinidades sumerias, de carácter ctónico y de funciones relacionadas con el mundo de la vegetación.
Son ahora las ciudades del norte mesopotámico las que extienden el prestigio de sus dioses locales. Es el caso particular de Nabu, de Borsippa, Shamash de Sippar, Nergal, de Kutha y, sobre todo, de Marduk de Babilonia. El panteón se reestructura. En las inscripciones oficiales y monumentales varias divinidades son empleadas con un mismo rango, con la presumible intención de contentarlas a todas, equiparar su relevancia y hallar para cada una cierta determinada característica que pueda conectarse con la persona del soberano. La antigua jerarquía, que se fundamentaba en la supremacía de Enlil en Nippur deja de estar en vigencia, aunque no haya sido reemplazada por una nueva jerarquía.
En el marco de la religiosidad personal y, por tanto, no oficial, la deidad más popular es, con diferencia, Shamash, un hecho quizá relacionado con las expectativas de justicia en el seno de la sociedad de la época.
En la nueva estructuración del panteón se ubica en el vértice superior a Marduk, el dios babilonio, una acción compleja si se tiene en  cuenta el carácter local, y el papel escasamente regional, que esta divinidad desempeñaba hasta ese instante. Además, se trataba de un dios que no encajaba bien en las antiguas teologías. El proceso inicia en el período de Hammurabi, aunque no se concretará hasta el predominio de la etapa casita. La ubicación de Marduk en una posición preeminente se lleva a cabo convirtiéndolo en hijo de Ea, el antiguo y prestigioso dios de la sabiduría, y transformándolo en una divinidad de las artes mágicas, de tal manera que se establece como complemento de Shamash, dios de la justicia. La relación entre el dios y el fiel será directa, pasional, pues es capaz de garantizar la curación y la seguridad.
Por otro lado, también se sitúa a Marduk en el eje del mundo cosmogónico y cosmológico en sustitución de Enlil, aunque asimilándose al antiguo, y ahora decadente, dios sumerio. El culmen del proceso es el famoso Enuma Elish, un poema religioso que se recitaba durante la celebración de la festividad del año nuevo babilonio. En el poema, Marduk derrota al caos primigenio (Tiamat), y asume la función de deidad organizadora del Universo. En consecuencia, las demás deidades, en agradecimiento por su labor, le tributan homenaje y entienden que su superioridad fue bien ganada.
Otro aspecto en la relación que ahora se establece entre teología y política, y entre el rey, la comunidad y la esfera divina, tiene que ver con el hecho de que, a pesar del prestigio y el poder del soberano, éste no es divinizado. En las inscripciones oficiales, el nombre del rey no lleva ningún determinativo divino, aunque se conservan ciertos rasgos de deificación en algunos epítetos. Tampoco los sucesores de Hammurabi serán divinizados. Las manifestaciones secundarias de deificación, antiguas expresiones de la realeza desde la III Dinastía de Ur, y hasta el final de la época de la dinastía de Larsa, también se van perdiendo (himnos celebrativos, hierogamias). Dicho de otro modo, el rey sale del mundo divino y regresa al humano, ahora como pastor del rebaño, y ser justo y benevolente. Es de esta manera que Marduk, además de ocupar el lugar de Enlil en la esfera cosmológica, ocupa también el lugar del rey en el ceremonial.
La festividad del año nuevo (akitu), cuya finalidad es conjurar la constante preocupación por la discurrir de las estaciones y, por ende, de las cosechas, además de velar por la conservación del orden frente a un siempre amenazante caos, tiene como protagonista crucial la estatua del dios, que es paseada en procesión. Los cultos públicos y las festividades menores tendrán como protagonista único y primordial a Marduk, sin la ambigua figura del rey divinizado.
El soberano ahora no busca la legitimación de su poder en la filiación divina, como antaño, sino en las dilatadas genealogías de los antepasados tribales. Así, la genealogía de Hammurabi parece coincidir en parte con la de Shamshi Adad, no por el emparentamiento de ambas familias, sino porque remontándose en la ascendencia genealógica se encuentran epónimos tribales que resultan muy habituales en el ámbito amorrita. No obstante, no hay una asimilación completa, pues todavía subsistirá la conciencia de diversidad, si bien los reyes babilónicos nunca descuidarán el factor occidental (de sumerios y acadios).

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Noviembre del 2016




[1] El primer Imperio Babilónico o Período Paleobabilónico comenzaría, en un sentido histórico del término, en el siglo XX (hacia 2000 a.e.c.), cuando algunos clanes amorritas controlan Isin y Larsa. No obstante, en términos concretos, abarcaría desde la subida al trono de Hammurabi en Babilonia, hasta 1595 a.e.c., momento de la incursión del rey hitita Mursil I y la deposición del último rey, que dará lugar al inicio de la dinastía casita.