Uno.
¿Por qué hay que estudiar los mitos o leer los clásicos y para qué hacerlo (y
no solamente los occidentales)?. Interrogante nada retórico que pulula en la
mente de algunos (afortunadamente no demasiados) estudiantes, de esos que
aborrecen (por ignorancia crasa) el latín, el griego o la filosofía, alentados
por los febriles mercados de trabajo de futuro, centrados en más de un 95% en
especializaciones tecnológicas. Será que soy uno de los últimos, y abatidos,
románticos. Un par de míseros ejemplos de los muchísimos que se podrían
ofrecer. Algunos saben que la Eneida, al margen de sus virtudes como poema
épico, fue una obra empleada para explicar la historia romana. Gracias a un
buen número de sus elementos (formales, técnicos) la obra fue reconocida y
valorada en todos los tiempos, lo cual la ubica en alta estima. De entrada, la
gran cantidad de comentarios que surgieron a finales del imperio occidental
habla por sí solo (el perdido de Elio Donato, el de Servio, el de Macrobio),
estudios que condicionaron la imagen medieval de Virgilio. Y claro, la intensa
(y extensa) pervivencia en la posteridad deja a las claras su potencial. Aparte
del papel de guía para Dante en la Divina Comedia, fue una referencia modélica
en el épica del Renacimiento (Torcuato Tasso, con Jerusalén Liberada; Luis de Camões con Os Lusiadas; Alonso de
Ercilla y su La Araucana; y el gran John Milton, con su Paraíso Perdido), pero
también en Schiller y en T.S. Elliot. Pero no se queda en la literatura la
influencia. Hay que destacar la relevancia de la Eneida en Dido y Eneas, ópera
barroca inglesa de Henry Purcell; los conocidos motivos y episodios presentes
en las artes plásticas (Tiépolo, con el Mercurio exhorta a Eneas a que parta de
Cartago; Barocci y su Eneas huye de Troya;
P. da Cortona y la Venus que se le aparece a Eneas; Thomas Jones, con Paisaje
con Dido y Eneas; Guercino y La muerte de Dido; van Dyck, con la célebre Venus en
la fragua de vulcano; N. Poussin… ¿y qué decir de la Metamorfosis ovidiana, de
ese poema épico-mitológico o épico-didáctico que humaniza el mito, de esa obra
de mitos y leyendas, de transformaciones de héroes y dioses?. Su sensibilidad y
potencia visualizadora repercutió en su posterior influjo, tanto en las artes
plásticas como en el cine o la creación literaria. Baste recordar unos pocos
nombres, tales como Botticelli, Rubens, Delacroix; Canova; su presencia en
Chaucer, Dante, Ezra Pound o Christa Wolf. O la influencia musical en piezas
operísticas de Monteverdi o su reelaboración cinematográfica en manos de
realizadores como Pasolini o Woody Allen…y lo que restaría por decir.
Dos.
La muerte está vinculada con el espacio. Es, incluso, un elemento de la
representación de aquél. En la ciudad clásica griega la norma, como es bien
sabido, era que no se enterrase a los fallecidos dentro de la misma, pero había
algunas excepciones, como los niños (caso de Tarento, Esparta, Megara) y, sobre
todo, una relevante categoría de personas, los héroes. Un héroe puede ser
enterrado tanto en el ágora (Adrasto, Teseo y los fundadores de ciudades, como
Temístocles en Magnesia, o Brasidas en Amphipolis), en las murallas y puertas
de la ciudad (Etolo) o en las fronteras del país (Koribo, el célebre primer
vencedor olímpico que menciona Píndaro). Son tres lugares equivalentes desde la
óptica de la representación del territorio. En virtud de esto, se podría
argumentar que la función principal de un cadáver objeto de tales honores era
que montase guardia, defendiese el territorio y asegurara la victoria (como la
osamenta de Orestes). El héroe vendría a ser, entonces, una suerte de figura
metonímica del territorio. Pero todavía tenemos que sumar a estos los
personajes enterrados en lugares secretos (caso peculiar el de Periandro,
tirano de Corinto, o el menos renombrado de Edipo en Colono). El secreto de la
sepultura reforzaba la eficacia de la
“protección”. El tirano Periandro (y hasta aquí quería llegar por motivos no
tan oscuros como pudiera parecer para mentes sagaces) quería evitar la suerte
que había corrido su sobrino Cípselos, cuya sepultura había sido violada
después de su derrocamiento. Nicolás Damasceno cuenta que el pueblo arrojó su
cadáver fuera de la frontera, dejándolo sin sepultura, violó las tumbas de sus
antepasados y retiró las osamentas. No creo necesario advertir ese fuera de la
frontera, lo que implica que el cadáver, lejos de ser benéfico, se vuelve una
especie de pharmakós a expulsar, sin dilación, del territorio para siempre
jamás.
Tres.
El contraste tajante entre blanco y negro no existe ni en el mito ni en la
vida. En ambos existen zonas grises, y no siempre resulta fácil, ni sencillo,
distinguir el héroe del villano, ni siquiera en cualquier contienda, en donde a
veces se blanquea al vencedor y se ennegrece al vencido. En consecuencia, hay
grises en la realidad y blancos y negros en la ficción. El que gana puede ser
el duplicado del oponente vencido. Veamos unos pocos casos. El odioso enemigo
(léase en la mitología griega Pitón, Tifón o Medusa, por ejemplo) es un
horripilante monstruo que se metamorfosea, envía pestes y plagas, asesina,
masacra, viola, roba, secuestra o siembra todos los males habidos y por haber.
Del mismo modo vale decir cosas semejantes del mismísimo Zeus, que también mora
en cavernas, se transforma en toro o sierpe, lanza rayos destructores o envía
tempestades, diluvios; encarcela y tortura o rapta doncellas. Incluso se
concilia rastreramente con todos los dioses celestes para encerrar en una caja
todos los males y enviarlos a los hombres. El elegante Apolo se transforma
asimismo en serpiente, en lobo, en halcón; envía pestes sobre los hombres,
usurpa templos o lanza destrucciones sobre los ejércitos aqueos. El héroe
panhelénico por antonomasia, Heracles, es en ocasiones cruel, arbitrario y
destructivo como ninguno. Asesina a Lino, su maestro de música, masacra a sus
propios hijos obnubilado por una personificada Manía y se deja llevar de
mortíferos ataques de ira (o de temperamento vehemente). Así pues, los héroes
se transforman en villanos. ¿Y los villanos en héroes?. ¿Acaso es muy distinto
el Tifón que asalta los cielos del Zeus que antes los toma por asalto también?;
y ¿en dónde reside la diferencia entre Pitón que guarda Delfos y Apolo
arrebatándoselo para guardarlo él mismo?. Hay figuras inversas y simétricas.
Conviene no olvidarlo en todos los aspectos de la vida. Así, no resulta para
muchos difícil moverse entre opuestos. En este sentido, se entiende esta
retórica tan traumática: si uno es enemigo del régimen (pensemos en el que
tenemos en mente), a la mejor distribución de los alimentos se le nombra como
carestía, pero si por el contrario se es amigo, a tal carestía se la califica
de mejor y más eficiente distribución. Dicho de otro modo, a veces se enfatiza
la lujuria disoluta del Minotauro, mientras que los raptos, violaciones y
seducciones de Zeus (por ser quien es) son debilidades perdonables, explicables
y hasta divertidas que quedan en segundo plano.
Cuatro.
En respuesta a una de las preguntas del rey Gylfi se le responde que la tierra
es un gran círculo y que más allá se encuentra el Gran Mar. Los gigantes viven
en la orilla de ese gran mar, pero se les impide entrar en otros lugares de la
tierra gracias a un gran seto creado con las pestañas de Ymir, el gigante del
hielo. Ese poderoso seto frontera es Midgard, recinto central o, como también
lo llaman, la Tierra Media (Asgard, por su parte, sería el hogar de los
dioses). Ese es el lugar en el que viven los humanos. Las primeras personas
fueron creadas por Odín y sus dos hermanos (Vili y Ve) a partir de piezas de
madera que encontraron a orillas del mar. Formaron un hombre con dicha madera y
lo llamaron Ask; ensamblaron también una mujer y la llamaron Embla. Tanto Odín
como sus hermanos entregaron regalos a esas personas recién creadas. El primero
les dio vida, Vili consciencia y movimiento, mientras que el tercero voz, oído
y vista. Si no fuera por esa bondad desinteresada de las deidades, la
encorsetada rigidez de madera de los humanos seguiría muy presente, como de
hecho lo está en más de uno. Cuando se creó el mundo, por su parte, la tierra
se formó del cuerpo de Ymir. En su carne vivían criaturas que surgieron de la
misma forma que lo hacen los gusanos en la carne en descomposición. Fue
decisión divina, sentados en el templo de Gladsheim, que tales “seres” podían
adoptar la forma y el raciocinio de los hombres, pero seguir habitando en la
tierra y las rocas como viles reptiles. Es el origen de los enanos (más
pequeños mental que físicamente).
Cinco.
En Japón, desde la antigüedad, la serpiente ha sido venerada como deidad de
montañas y ríos, de ahí que sea el espíritu de lagunas y pantanos. Al tiempo,
se la ha respetado, hasta tiempos actuales, como protectora de los hogares. En
los mitos del Kojiki un reptil gigantesco de ocho cabezas y el mismo número de
colas fue derrotado por el héroe Susanoo (un encuentro que pareciera tener
cierto eco con el de Heracles y la hidra de Lerna). Susanoo descendió a la
tierra y allí encontró a un par de desolados ancianos que se lamentaban porque
una sierpe se comía una tras otra a sus hijas, hasta que de ocho solamente les
quedaba una. El héroe hizo que la serpiente bebiera gran cantidad de sake y
luego la mató cuando estaba completamente ebria. Pero también este reptil se
empleaba como representación del rencor, los celos, la avaricia y al
obstinación. En el grabado de la imagen (Obstinación. Cien historias
ilustradas, Katsushika Hokusai, en donde se aprecia a Hebi, la serpiente Yokai)
se ve una serpiente, que simboliza un alma carcomida por los celos. Tras su
muerte, no abandona el mundo y, en consecuencia, no alcanza el Paraíso a pesar
de que, como se aprecia en la tablilla mortuoria, recibió un nombre póstumo
budista y los monjes celebraban oficios para propiciar su descanso en paz. No
en vano, la iconografía de la diosa de la fortuna Benzaiten (análoga a la
Saraswati india) la muestra acompañada de una sierpe, sinónimo de “celos”. En
un ámbito popular es muy famoso un reptil semi legendario llamado tsuchinoko,
que chilla como un ratoncillo. Para terminar, no se puede dejar de mencionar la
leyenda del monje Anchin y de Kiyohime, en el templo Dojoji de Wakayama. Anchin
era un bonzo que estaba de peregrinación al templo de Kumano. Por el camino fue
asaltado por la joven Kiyohime. Tuvo que prometerle que se casaría con ella a
su regreso. Sin embargo, al final quiso escapar del compromiso. La joven,
convertida en serpiente, lo persiguió sin descanso. Alcanzó al monje en el
Dojoji, en donde se había escondido en el interior de una campana. Kiyohime, en
realidad un espíritu del río, rodeó la campana con su cuerpo y lo quemó vivo en
su interior.
Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, Braga. Marzo, 2019.
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