9 de marzo de 2006

Globalización en el mundo antiguo

¿HUBO GLOBALIZACIÓN EN LA ANTIGÜEDAD?
Prof. Dr. Julio López Saco
Si, por un momento, nos preguntáramos si la globalización es un proceso presente en el mundo antiguo en general, y chino en particular, no podríamos sino responder afirmativamente. Los ejemplos serían muy abundantes y precisos. El mundo romano, sin ir más lejos, poderoso sustento, a través de la clasicidad helénica, de nuestros presupuestos culturales, ejerció ese papel a lo largo de su dilatado discurrir histórico de varios siglos. Sin entrar en la ya muy debatida polémica si el Imperio Romano desplegó un sistema de orden capitalista o no, lo cierto es que ejerció, por mediación de diversos instrumentos, de centro-guía de poder en relación al mundo que le rodeaba, plagado, desde el siglo II, de muchos efímeros y poco consistentes reinos bárbaros germanos que acabaron romanizándose. El factor de “romanización” es, en el fondo, una herramienta globalizadora: el ejército, gracias a la extensa red de calzadas desplegadas a lo largo del enorme territorio imperial, es un frente esencial que lleva consigo ideales romanos y la futura lengua franca de todo el occidente europeo, el latín; mercaderes, comerciantes, artesanos, gracias al empleo del numerario romano, y a la configuración de mecanismos financieros de distinto orden, se consolidan como los dominadores comerciales del Mediterráneo; las instituciones y las magistraturas, que someten a sus normativas cualquier atisbo de legalidad, costumbres o tradiciones de los diferentes pueblos, étnica y lingüísticamente dispares, que Roma acaba reduciendo por la fuerza implacable de sus legiones[1].
No es tan segura la proliferación de tendencias globalizadoras entre las diferentes culturas mesopotámicas, aunque el componente semítico que imperará con la llegada de los Acadios[2] hará factible la presencia de algunas señales, en especial a través del empleo del cuneiforme como escritura cultural para toda la región mesopotámica y sus aledaños: el Levante y Anatolia, y del acadio como lengua franca, en específico para los asuntos de estado. La preponderancia de un sistema socio-económico estándar, a pesar del desarrollo hidráulico de estas culturas, no se nos presenta uniformizado. La escasez de fuentes, por otro lado, también evitan cualquier generalización. Sólo el sistema comercial asirio, dirigido desde Nínive, y bien conocido en sus diversas ramificaciones en suelo hitita, en la Anatolia central, presenta un ordenamiento claro, pero nunca se generalizó, salvo en las zonas de control asirio, relativamente reducidas incluso durante la gran expansión del reino nuevo desde los tiempos de Tiglat-Pileser I.
En China, hay varios factores que nos conducen hacia la figuración de un sistema socio-político, cultural e ideológico en el que un “centro”[3], naturalmente ordenado, jerarquizado y culturalmente refinado frente a la periferia bárbara, sirve de guía de todas las particulares diferencias culturales (lingüísticas, étnicas) existentes entre las nacionalidades chinas, todavía hoy muy relevantes en ciertas regiones del país, en concreto en el sur y el oeste, como el caso de los Li, los Yao, los Miao, o los tibetanos y Uigures, y ejerce un papel controlador desde el cual la periferia pueda ser mínimamente comprendida.
El predominio que la mayoría étnica Han, considerada como los “chinos verdaderos”, ejerció desde la conformación del Imperio (siglo III.a.C.), sobre el territorio y las distintas gentes, procurando la uniformización casi absoluta, tanto desde el ángulo de la ideología oficial y ortodoxa (el confucionismo) como desde la óptica del control económico (monopolios estatales, flujo de numerario, tanto en moneda metálica como en papel moneda) y el dominio social, fundamentado en la ética social confuciana que privilegia la piedad filial y la jerarquización de las relaciones familiares y, por ende sociales, presenta modos de actuación globalizantes siguiendo patrones estándar considerados adecuados: en especial los valores ético-morales confucianos y el deseo de control militar y económico estatal más allá de la región histórica de desarrollo de la civilización china: el Huangho y el Yangzi[4]. La mayoría Han impondrá su ley sobre gran parte de las minorías nómadas que, de cuando en vez, asolan el Reino del Centro, en especial Xiongnu (hunos), uigures y turcos, y que en muy pocas ocasiones conforman pequeñas federaciones que apenas inquietan el control de la elite de gobierno chino[5]. Así pues, estos factores, predominio y control social, económico, político e ideológico en manos de un grupo de poder central, conformado básicamente por el emperador, la emperatriz, las concubinas y los eunucos, se alían para ofrecernos un modo globalizante de actuar respecto a la periferia inculta e incapaz, que requiere un guía moral que sepa indicar cual es la escala de valores imperante.
Las particularidades específicas de la escritura china también son un elemento relevante a la hora de entender el proceso de dominio cultural, social y político chino, que se hizo extensivo a Japón desde el siglo VIII, exportando la idea de Imperio centralizado, con sus elementos burocratizantes, y el budismo que había heredado de Asia central proveniente de India. El chino, en realidad conjunto de dialectos bastante diferentes entre sí, es monosilábico, muy adecuado para expresiones concretas, con una grafía (verdadero fósil viviente), que se ha convertido en un elemento de profunda eficacia y en algo “emblemático” para todo el Extremo-Oriente, al igual que la escritura cuneiforme en al gran región de Mesopotamia: está presente en Japón, en Corea, en Vietnam. Este factor ha permitido a China ejercer el papel de ente globalizante en toda la región hasta la impetuosa llegada occidental, primero inglesa (las guerras del opio son el ejemplo más infeliz), y posteriormente, del resto de potencias europeas y de EE.UU., que acabaron convirtiendo china, a través de la política de puertas abiertas, en una gran pastel devorado por el creciente capitalismo surgido de la revolución industrial que acabaría por cambiar el mundo para siempre. ¿Para siempre?.
Para siempre y para peor. Ninguna señal, ni clara ni difusa, permite vislumbrar en un futuro cercano un posible cambio de estrategias globales que puedan permitir transitar por nuevos senderos, más igualitarios, que se acerquen a evitar un aumento de las desproporciones evidentes en todos los órdenes de la vida. Los grandes intereses económicos, y sus derivados (el poder y sus tentáculos), jamás van a permitir un ordenamiento distinto de las cosas; cotidianamente los ejemplos serían devastadores: sólo uno será suficiente para ilustrarnos y, de paso, poner fin a estas reflexiones en voz alta. Las industrias tabaqueras, salvo que las cierren definitivamente, seguirán incitando a fumar. Cualquiera de las muy agresivas campañas publicitarias que intentan frenar desesperadamente el alto índice de tabaquismo entre la población, joven o no, se estrella sin remisión contra la propia conducta cínica e hipócrita de los estados: la recaudación de impuestos por este concepto puede ser tan cuantiosa que el simple hecho de pensar en la desaparición de las tabacaleras a medio o largo plazo, es un exabrupto, lo que significa que la muerte de unos cuantos millones de personas en el mundo no tienen relevancia en comparación con lo que se puede perder. No es gratuito, así, que el hombre, desde el paleolítico superior, haya creído que puede dominar la naturaleza sin saber, por ignorante, que lo más que puede hacer es alterarla, quebrantarla, y, con ello, poner en peligro su propia supervivencia. Por algo somos la única especie que conscientemente destruye a las demás y, lo que es peor, puede auto-aniquilarse. ¿Qué podemos esperar, entonces?.

Caracas, marzo del 2006.

[1] Incluso podríamos aludir a un significativo complemento de “bloques de poder” en la antigüedad, aunque sin oposición ideológica evidenciada, entre el Imperio Romano de los Antoninos y Severos y el confuciano Imperio Han en China. La famosa Ruta de la Seda sólo tiene su razón de ser por la existencia de ambos centros de poder que reclaman, para cubrir las necesidades suntuarias de patricios y dignatarios chinos locales, una serie de vías terrestres de comunicación e intercambio. Claro que el intercambio será doble: de mercancías y de ideas, muchas de ellas tamizadas en el crisol cultural de Asia central y en Persia.
[2] Algunos reinos, como el de Urartu, el de Elam o el de Mitanni, no dejaron de ser pequeños focos, efímeros y relativamente irrelevantes, frente al predominio semita en toda la región desde la llegada de los Acadios hasta el día de hoy, sean estos hebreos o árabes.
[3] China es denominada por sus habitantes Zhongguo, es decir, el País del Centro, o el Reino del Centro, motivo también presente entre los griegos, en especial en referencia a los “bárbaros” persas (véase Heródoto o Éforo de Cumas, por ejemplo) y en India o Roma (estos en relación a los Germanii, bárbaros todos ellos de lengua impronunciable e intraducible, aunque no se parezcan en muchos aspectos un vándalo y un visigodo). Desde este centro, fundamento de la cosmología china de la Edad del bronce, el rey comunicaba Cielo y Tierra y a los hombres con Shangdi, el más alto ancestro de la dinastía Shang o un dios celeste, luego convertido en una abstracción moralizante (Tien=Cielo), en época Zhou (ss. XI-III a.C.).
[4] Es en época Han cuando se consolida uno de los más grandes y fructíferos períodos expansivos de corte imperialista (durante el reinado de Wu-di, 140-87 a.C.), hacia Asia central, en busca del control militar de los importantes pasos que conducen hacia Persia y de ahí a occidente, y de recursos económicos esenciales: caballos de la Ferghana, y jade, piedra apreciada por sus veleidades rituales y estéticas, de las altas montañas centro-asiáticas.
[5] Sólo tras la caída Han, que da lugar al período de los Tres Reinos y las Cinco Dinastías, empieza a proliferar la presencia “extranjera” en el poder, en especial en los reinos del norte, donde proliferará asimismo una corriente religiosa y de pensamiento también “extranjera”: el budismo. Los monasterios budistas serán un dolor de cabeza continuo. No lo serán tanto por la nueva doctrina, sino por la autosuficiencia económica de los mismos y porque socialmente los monjes son inoperantes, lo cual convierte estos recintos en elementos implosivos dentro del estado chino, fuertemente centralizado y burocratizado desde que, con el Imperio, sometió las ansias feudales de autonomía.