23 de marzo de 2015

Mesopotamia antigua: la III Dinastía de Ur (2113-2004 a.e.c.)



Imágenes: arriba, un cono de arcilla de Ur-Bau, datado en la segunda dinastía de Lagash; abajo, vasija votiva en forma de embarcación-templo. III dinastía de Ur.

Desde la época de Naram-Sin, la inestabilidad de Acadia posibilita los asaltos a las fértiles tierras por parte del pueblo denominado Guti, nómadas establecidos desde antaño en las altas tierras de Mesopotamia, en la región de los montes Zagros. La irrupción de estos pueblos destruirá la ciudad de Akkad, destruyendo el estado acadio y afectando Elam y la baja Mesopotamia. Ocuparán algunos asentamientos se forma permanente. En virtud de que Sumer no sufrió tanto los embates de los Guti, se produjo una reacción de los antiguos núcleos sumerios y del sistema económico, religioso y político de la ciudad-templo autónoma que les era característico.
Será Lagash, con su segunda dinastía, la que adelante este proceso renovador, con sus ensi (entre los que destaca el famoso Gudea), ejerciendo como administradores terrenales del dominio de las divinidades y no como despóticos monarcas universales al modo acadio. Lagash en este momento ejecuta, por tanto, una cierta hegemonía sobra parte significativa del país de Sumer, aunque fuese manteniendo relaciones de colaboración con los Guti. Lagash se relanza económicamente y se convertirá en el predecesor del estado de Ur III. Se reelaboran los elementos tradicionales sumerios: surgen largos textos sumerios de carácter religioso y se exalta la emblemática figura del príncipe.
No obstante, la completa liberación de la Baja Mesopotamia de la mano de los Guti se produjo gracias a la labor de Uruk, cuya autonomía, como la de Lagash, fue notable. Será Utuhegal de Uruk quien oficialice, finalmente, la derrota Guti, lo que supondrá la victoria del pueblo y cultura sumeria. Los dioses sumerios apoyan al rey Utuhegal; por un lado, Enlil, que le encomienda la restitución de la realeza en Sumer; por otro, Inanna, que apoya en los combates, Dumuzi y Gilgamesh (este último héroe sumerio y patrono de Uruk). El soberano contó, así mismo, con el incondicional apoyo del sacerdocio de Nippur, clave para otorgarle legitimidad y para que pueda titularse rey de Uruk y “rey de las cuatro regiones”.
Ur III fue fundado por Ur-Nammu (2112-2095 a.e.c.), antiguo gobernador de Ur dependiente de Utuhegal. Incluso no es improbable que fuese pariente del antiguo rey de Uruk. De ahí que Uruk siempre gozara de especial respeto y funcionase como una segunda capital del estado. El primogénito del soberano de Ur ocupaba, de hecho, el puesto de gobernador de Uruk, y algunas princesas se residenciaron allí, quizá como una especial deferencia a Inanna, cuyos sacerdotes eran, en buena parte, miembros de la familia real. Tuvo que luchar, y derrotar, a Lagash y algunos textos todavía lo mencionan batallando contra los Guti. Este último hecho supondría, o bien un mecanismo propagandístico para limitar la gloria de Utuhegal, o bien que, en realidad, la expulsión de los Guti fue más difícil de lo que se supone, requiriendo el esfuerzo de varios reyes sumerios.
No es fácil detallar la extensión del nuevo estado de Ur III, pero lo cierto es que Ur-Nammu solamente adoptó el título de “rey de Ur” así como “rey de Sumer y Akkad”, una nueva titulatura que supone el reconocimiento de la dualidad de una región que tendría una única cultura. El arcaico “País de Sumer” amplía, de este modo, sus fronteras, tanto políticas como culturales. La labor de Ur-Nmmu, como el que restablece el antiguo orden, fue encomiable, pues reconstruye los grandes santuarios (Nippur, Eridu, Uruk, Ur), construye un palacio real en la capital, logra reabrir las antiguas vías comerciales y drena los campos y mejora el sistema de canalización del agua.
El estado de Ur III, bastante homogéneo, fue dotado de un buen aparato administrativo. Además, el principio dinástico consagró la dignidad de la monarquía. El sucesor de Ur-Nammu fue Shulgi (2094-2047 a.e.c.), un continuador de la obra de reorganización interna previamente iniciada. Lleva a cabo, en la política interior, una reforma de pesos y medidas, mientras que en política exterior instaura una suerte de pacifismo por mediación de alianzas matrimoniales. No obstante, se reedifican algunas murallas (Kazallu) y se hizo perentorio una reforma militar, indicios ambos de una pretendida expansión territorial. Al vigésimo año de su reinado, se auto titula como “rey de las cuatro zonas”, expresión de una nueva concepción imperial de la monarquía. De hecho, Shulgi inicia varias campañas y llega a controlar Assur. Ur III pudo disfrutar en su tiempo de un dominio sobre la Baja y Media Mesopotamia, así como una notable influencia política en regiones como Elam. El rey debe, más que ampliar sus territorios, defender los que ya controla, especialmente frente a las poblaciones nómadas septentrionales y frente a hurritas y semitas amorreos.
Los siguientes soberanos, Amar-Sin y Shu-Sin tuvieron que atender las fronteras. Para ello, erigieron fortines para prevenir las incursiones nómadas. No obstante, no fue suficiente, pues ya con Ibbi-Sin, sucesor de Shu-Sin, la historia de Sumer como entidad política llegó a su fin. El fin se debió a la irrupción de poblaciones extranjeras, en particular, los amorreos (martu en sumerio[1]), que se habían introducido pacíficamente en las tierras de los sedentarios y se habían ido integrando en las estructuras socioeconómicas del estado neo sumerio a través del desempeño de ciertos oficios. Sin embargo, fueron los elamitas[2], tradicional enemigo del país se Sumer, apoyados por los su, población de los Zagros, los que dieron la puntilla definitiva.
El vértice del estado de Ur III lo ocupaba la institución monárquica. La relativa aproximación a lo divino de los soberanos les permitió justificar un intervencionismo en la vida política y social de los súbditos (casi al modo acadio), aglutinando prerrogativas que previamente se consideraban exclusivas de las divinidades, como la edición de las normas de convivencia, códigos y recopilaciones de leyes[3], o el nombramiento de sacerdotes. Los reyes se ocuparon de ordenar el territorio, fijando límites y territorios provinciales, cada uno de los cuales estaba gobernado por un ensi, ahora un funcionario supremo del gobierno provincial. A su lado podía estar un shagin, suerte de jefe militar pero también con funciones civiles de la administración, como las obras públicas. Por debajo había una multitud de oficiales, policías y capataces.
Tras el rey y su familia, estas personalidades conformaban una especie de aristocracia funcionarial. Más abajo, se ubicarían las fuerzas productivas, es decir, agricultores, artesanos, pastores, marineros. Entre los hombres libres había, no obstante, categorías: aquellos de posición desahogada, pero con estatus jurídico inferior a las personas de mayor poder adquisitivo (mushkenum), o los eren, obreros, trabajadores, quizá peones que realizaban actividades civiles pero también, eventualmente, militares, pues aparecen encuadrados en destacamentos. Los eren son dependientes, asignados al templo o a la realeza, dedicados a las actividades agrarias y a las obras públicas (sobre todo aquellas de limpieza). Los esclavos, finalmente, eran propiedad de un individuo o de una institución.
Desde una óptica económica, se puede decir que en Ur III coexistió el templo, todavía centro económico primordial, con un aparato organizativo estatal, dependiente del palacio. Los soberanos seguirán siendo fieles a la tradición que les comprometía a mantener el brillo de los santuarios, donando animales para los sacrificios, alimentos u objetos manufacturados. La tierra fértil es propiedad del templo o del palacio, parte de las cuales se arriendan a particulares. Es probable que hubiese una relevante difusión de la propiedad privada de la tierra. En la actividad artesanal destacaba el trabajo del metal, sobre todo oro y plata para la orfebrería, y plomo, cobre o estaño como valor de cambio. Algunos de estos metales debían importarse (el cobre de Anatolia oriental y Arabia, el oro del Golfo Pérsico, y la plata de Elam). Los centros metalúrgicos principales serán Ur, Umma y Lagash. Además de la metalurgia fue relevante la actividad textil, en cuyos talleres trabajaban esencialmente mujeres. La actividad económica en general se verá fuertemente apoyada por la apertura internacional que favorece los intercambios, y de soslayo, la actividad bancaria, a través de préstamos y compras a crédito.
La cultura de Ur III implica la continuidad del florecimiento de las ciudades sumerias, de ahí la denominación, para categorizar la época, de Renacimiento Sumerio. Se retorna a las formas tradicionales artísticas sumerias, aunque ahora el estilo es un tanto academicista fruto de la previa influencia acadia. Arquitectónicamente se contempla ahora la plasmación definitiva del zigurat o torre-templo, la edificación de palacios y mausoleos reales. El estado neo sumerio de Ur III era bilingüe, aunque el proceso de semitización fue muy impulsado, sobre todo en el antiguo territorio de Akkad. Es la época del florecimiento de la gran literatura sumeria (narraciones, textos sapienciales, poemas), como, por ejemplo, La Maldición de Akkad. La gran novedad serán los himnos dedicados a los reyes, quizá una modalidad relacionada con la divinización de los monarcas, ya que anteriormente solamente se destinaban a las divinidades. En la religiosidad, se yuxtaponen deidades semitas y sumerias, si bien son estas últimas las principales (salvo Ishtar, asimilada a Inanna). Esta síntesis será, en cualquier caso, el fundamento de la evolución religiosa posterior.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. Doctorado en Historia, UCV


[1] Los amorreos, de lengua semítica occidental, eran un pueblo nómada “sin casa” y “que no conocen el grano”, para sumerios y acadios. Parece factible que la región nuclear de los amorreos haya estado en Siria, aunque su localización nunca debió ser única ni fija.
[2] Los elamitas fueron una civilización que yuxtapuso la agricultura en la región sur de Irán y la minería y recursos forestales de las zonas limítrofes. Estuvieron muy influidos por la cultura sumeria: el arte, la concepción monárquica o la escritura cuneiforme. Shulgi había convertido la zona de Susa en un protectorado dependiente de Ur III, permitiendo que algunos elamitas se integrasen como mercenarios en las tropas del estado neo sumerio, pero sus sucesores fueron menos hábiles en el mantenimiento de esta política pragmática con Elam.
[3] La obligación del rey de garantizar un orden justo y la armonía entre los súbditos, justifican la facultad que poseían de promulgar leyes, aunque sea por delegación de las deidades. De lo que ha sobrevivido, sabemos que las leyes consistían en disposiciones relativas a la familia, a la vida agrícola, los esclavos y a las penas por lesionar a otra persona. Se destacan la imposición de multas y las compensaciones monetarias en lugar de los castigos físicos.