6 de marzo de 2015

Los Celtas: sus orígenes en las fuentes clásicas y la arqueología



Imágenes: lúnula con símbolos religiosos, animales y cabezas de ser humano. Tesoro de Chao de Lamas, Portugal, siglo II a.C.; modelo de etnogénesis de la entidad céltica, según Colin Renfrew.

Las poblaciones de centro Europa (el este de Francia, sur de Alemania, occidente de Austria y el norte de Suiza, compartían, hacia casi tres milenios, una serie de elementos culturales, como las costumbres, la lengua, la organización socio-económica, la cultura material y, quizá, ideas y creencias. Tal identidad aparece reflejada en las fuentes griegas y romanas con el nombre de Céltica. El final de la Primera Edad del Hierro, lo que se conoce como mundo hallstáttico, conformó la fundamentación étnico-cultural de la que surgirán los keltoi, los celtas, primer pueblo conocido al norte de los Alpes. A partir del siglo IV a.C. estos celtas se adueñaron de una significativa porción de Europa, instalándose en Grecia, Italia y Asia Menor, entre otras regiones.
En Hecateo de Mileto y en Heródoto hallamos las primeras referencias históricas escritas referidas a los keltoi. Para el primero, se encontraban en las cercanías de Massalia, mientras que para el segundo, se ubicaban en torno al río Istro (Danubio) y más allá de Gibraltar. En el siglo IV a.C., Éforo de Cumas señala a los celtas como uno de los pueblos bárbaros asentados al occidente (escitas, libios y persas estarían al norte, sur y oriente, respectivamente, de la periferia del ámbito griego). Según la Ora Marítima de Avieno (del siglo IV pero que recoge un periplo massaliota de hacia el siglo VI a.C.), los celtas habían desplazado a los ligures de la región atlántica europea, teniendo que movilizarse hacia el sur. Esto implicaría la presencia de la “entidad céltica” a finales de la mencionada Primera Edad del Hierro. Keltoi, término quizá recibido por los griegos de tradiciones orales, sería una suerte de etiqueta para las gentes del noroeste de Europa[1].
El término “céltico” puede tener varias significaciones y acepciones dispares. En primer lugar, podría referirse a las poblaciones denominadas de este modo por los autores griegos y romanos; en segundo término se referiría a pueblos que se auto denominan así; en tercer lugar, podría hacer alusión a un grupo lingüístico concreto definido por los estudiosos; en cuarto lugar, haría referencia al complejo arqueológico de la Segunda Edad del Hierro del centro occidente de Europa, llamado La Téne; en quinto, aludiría a un estilo artístico de esta mencionada edad; en sexto lugar, haría referencia a un hipotético “espíritu céltico”, cuyos rasgos, determinados por las fuentes clásicas, serían el heroísmo, la belicosidad o el individualismo, aspectos francamente mitificados y mitificadores; en séptimo lugar, se aludiría a un específico arte irlandés del primer milenio de nuestra era (de la Alta Edad Media, por tanto) y; finalmente, a los actuales “valores”, heredados del celtismo, presentes en la sociedad occidental. Apreciaciones como el espíritu o la herencia céltica carecen de rigor histórico y son fruto de una visión historiográfica romántica decimonónica.
Desde una óptica tradicional, el origen de los pueblos celtas se establecía linealmente desde la primera indoeuropeización de Europa con los kurganes de las estepas de Rusia y desde los portadores de la denominada “hacha de combate” del III milenio a.C. Tal continuidad se vería reflejada en culturas de la Edad del Bronce (Campos de Urnas, por ejemplo), y acabaría dando lugar a los celtas históricos. En el siglo V a.C., desde el área hogar céltico, los celtas migrarían por toda Europa y Asia Menor. Para estudiosos como Colin Renfrew, la indoeuropeización se asociaría con la introducción de la agricultura en Europa, cuya expansión difundió una lengua indoeuropea arcaica no diferenciada. Desde el sustrato común indoeuropeo habría habido evoluciones independientes, pero también contactos, a lo largo del tiempo, produciéndose una especie de acumulación de celticidad. Los dialectos en zonas con redes de intercambios explicaría el surgimiento de diferentes entidades célticas en el I milenio a.C., con lo que se desecharían las idea del hogar céltico y de las invasiones. Del indoeuropeo occidental hablado por los habitantes de los Campos de Urnas de la Edad del Bronce, aparecerían las lenguas célticas. Esto significa que los celtas estarían ubicados desde el principio en centro Europa, es decir, desde el Neolítico.
La cultura hallsttática occidental (región al septentrión de los Alpes) parece corresponderse con las más arcaicas manifestaciones de la entidad céltica. Torques, puñales de antenas y brazaletes de oro configuran elementos de la cultura material aquí bien delimitada. En esta cultura se produciría una jerarquización social, encabezada por los llamados jefes de las tumbas de carro. Esta diferenciación social parece comprobarse en los grandes hábitats fortificados, en los túmulos funerarios cercanos a ellos y en los ajuares funerarios de la fase Hallsttat D (entre 600 y 450 a.C.). La coincidencia del área nuclear hallsttática con el mundo céltico de la Segunda Edad del Hierro supondría que estos celtas serían antepasados de los celtas latenienses y que las poblaciones de la Primera Edad del Hierro serían proto célticos o celtas arcaicos.
Hacia 500 a.C., tal vez debido a crisis sociales y políticas, así como a dificultades para mantenerse activos en el comercio mediterráneo, los centros hallsttáticos principales pierden preeminencia y casi desaparecen los enterramientos fastuosos. El centro hallsttático se desplaza al norte (Renania, Bohemia), en donde pudo darse el cambio socio-cultural que implica el comienzo de la Segunda Edad del Hierro o cultura de la Téne. Ahora, las ciudades de esos jefes que antes mencionábamos desaparecen y son sustituidas por aldeas o granjas, no siempre fortificadas. Además, las tumbas aristocráticas se mezclan con otras en necrópolis y las diferencias de riqueza se hacen menos evidentes. Los carros ahora son de combate, con dos ruedas, y los puñales dejan su lugar a las espadas largas y las jabalinas. Por otra parte, parece evidenciarse un nuevo estilo artístico, que fusiona tradiciones indígenas autóctonas con motivos mediterráneos, como el loto. Las nuevas jefaturas guerreras asumen nuevas formas de explotar la tierra y de dominar el comercio. Un presumible crecimiento demográfico posibilita su expansión hacia el este y también hacia el oeste (norte de Francia, Península Ibérica, Reino Unido).
Aunque hoy en día no se sostienen ni invasiones ni migraciones masivas de los celtas, no se debe descartar la presencia de movimientos de población que recogen los textos clásicos (el ataque a Roma en 390 a.C., la expedición a Macedonia de 280 a.C. y el asentamiento de los Gálatas en Asia Menor). Estas expansiones pueden responder a mecanismos complejos de difusión, que impliquen la difusión de tipos como aspectos de estatus o a través de artesanos itinerantes (que explicarían los diferentes estilos artísticos). La interrelación entre cultura material y etnicidad es muy compleja de resolver para el caso céltico.
En los dos últimos siglos antes de Cristo, surgen en el mundo céltico centros urbanos de gran tamaño (oppida), y algunos pueblos logran desarrollar formas de organización estatal, que conforman estados tribales, cuya desaparición, por asimilación, se producirá a partir de la conquista romana.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV-Escuela de Letras, UCAB


[1] Las descripciones sistemáticas de los celtas son muy tardías: Julio César en La Guerra de las Galias, Diodoro Sículo y Estrabón (Geografía), recogiendo este último, probablemente, datos de Posidonio. Todos ellos, entre el siglo I a.C. y el I de nuestra era. En estos autores vemos el uso de Keltai y Galli para grupos de la Galia, a su vez diferentes de los grupos de los Península Ibérica. Otros autores hablan de Galos y Gálatas como sinónimos de celtas. El contenido del vocablo celtas varió con el tiempo y puede referirse a una entidad que no es uniforme ni homogénea.