25 de mayo de 2015

El antiguo Japón en la época Yayoi y Kofun




IMÁGENES: DE ARRIBA HACIA ABAJO, CAMPANA DOTAKU YAYOI; FIGURA HANIWA DE ÉPOCA KOFUN; Y KURA, DEPÓSITO PARA GUARDAR EL ARROZ. YAYOI.

Yayoi fue una cultura continental, procedente de territorio chino, que se extendió por el sur de Corea y el occidente de Japón, cuyo desarrollo cronológico se sitúa entre 300 a.e.c. y comienzo del siglo IV. Conforma una segunda etapa del Neolítico japonés[1]. Su llegada al archipiélago fue bastante rápida y relativamente brusca. Es ahora cuando empiezan a emplearse útiles de hierro y de bronce, sobre todo en campanas, lanzas, espejos y, naturalmente, espadas. En tal sentido, no es un error catalogar también la etapa Yayoi como una Edad del Bronce, aunque la difusión de los objetos de bronce no tuviesen todavía una difusión importante. Esta cultura se difunde hasta la llanura Kanto a fines del siglo I a.n.E, limitando a los Emishi (Ezo, es decir, Ainos), al norte (Hokkaido). Son, por tanto, mongoloides que llegan desde el sur de Corea trayendo influencias chinas. Entre su cultura material se destacarán los sables de piedra o sekken, de carácter honorífico, y las campanas de bronce (dotaku), propias de la aristocracia con una finalidad, quizá, vinculada con los cultos ctónicos.
La contribución primordial de la nueva cultura a la sociedad japonesa fue la introducción del cultivo del arroz, lo que no significa, por supuesto, el fin de las actividades económicas fundadas en la extracción de productos naturales o en la caza y la pesca. El cultivo del arroz llegó al archipiélago cuando parte de sus cultivadores empujados por invasores durante el imperio Han en China, tuvieron que buscar nuevas tierras. En su desplazamiento, hacia el siglo I, llegaron al sur de la península de Corea y, de allí a la isla de Kyushu. Los terrenos cenagosos y pantanosos que encontraron en Japón, en zonas costeas y cuencas fluviales, fueron lugares excelsos para continuar el cultivo. Las especiales condiciones topográficas y climatológicas, así como la escasa progresión de la ganadería, favorecieron el cultivo del arroz.
Con esta nueva producción agrícola se transformaron las formas de la vida económica imperantes hasta ese momento. Además, muy pronto el cereal influyó en la mentalidad religiosa. Los fenómenos naturales (tormentas, heladas, plagas de insectos, sequías), influyeron en las cosechas. La nueva sensibilidad ante los cambios atmosféricos implicó el nacimiento de nuevos conceptos que explicaban la fenomenología natural como una consecuencia del control que ejercían los espíritus sobre los cambios climáticos. Así, se empezó a creer que ciertos espíritus (inadama o kokurei), habitaban dentro de las plantas de arroz. Había entonces, que aplacar las iras de estas entidades y adorarlas en lo posible[2]. La fe religiosa, aunque todavía animista, se liberaba del concepto del demonio, y adoptaba la fe en los espíritus de los cereales.
La generalización del cultivo del arroz indujo el cambio de hábitat humano. Se produjeron traslados desde los estrechos y elevados valles, regiones silvestres y mesetas, a las zonas anegadas. En estas nuevas condiciones nacieron las viviendas elevadas y los hórreos (hazekura), para evitar que la humedad y los roedores, acabasen con la cosecha almacenada. El cultivo del arroz propició una planificación y la realización comunal de ciertas labores, como la desecación de zonas pantanosas o el regadío de terrenos áridos. Con este trabajo colectivo, los vínculos se favorecieron y se afianzaron las agrupaciones humanas o comunidades aldeanas. Algunas de estas (Kugahara, Karako) fueron relativamente grandes. El texto Wajin-den o Leyenda de los Japoneses, obra china de época Han, hacia el siglo I, menciona más de cien kuni o “naciones”, brotes de un primitivo estado o, si se quiere, aldeas-estado, en la región del occidente de Japón. Las comunidades eran comandadas por un jefe.
Hubo contiendas entre las comunidades tribales a lo largo de los siglos II y III, cuyo resultado fue que treinta de esas aldeas-estado se hicieron más grandes y poderosas. Estos estados de comunidades de aldeas tribales fueron hegemónicos en Kyushu, como Matsura, Nakoku, Tohma e Ito. Es en este momento cuando surgió una nación tribal conocida como Yamatai, en el norte de esta isla, gobernada por la mítica reina Himiko. El reino estableció diferencias de rangos sociales entre sus componentes nobles y plebeyos; habría nobles (taijin), aldeanos dedicados a la pesca y la agricultura (geko) y esclavos (seiko). No había, debe resaltarse, ni un país unificado, ni una monarquía hereditaria. El reino pudo poseer un poder político federado que ejercerían en conjunto los jefes de las tribus o comunidades autónomas.
La cultura Yayoi se extenderá hacia el este y se asentará en el oriente de Japón, en la meseta de Yamato (alrededor de la provincia de Nara), donde surgiría un centro fuerte, de gran nivel cultural, a partir de una federación de caciques-jefe, que lleva por nombre “poder de Kinki”, una contrapartida del reino de Yamatai en el norte de Kyushu. Bien  a través del sincretismo de los dos centros, o bien cada uno por separado, conforman el origen de Japón[3].
El uso de los utensilios de hierro aumenta el rendimiento agrícola porque facilita las labores agrícolas. Tal hecho suponía el incremento de la productividad y la rentabilidad, de manera que los terrenos se convirtieron en propiedades colectivas comunales de la aldea. Esto ayudó a que se fuese formando entre los miembros de la comunidad de aldea un fuerte sentido de solidaridad, sintiéndose ligados a la tierra y más unidos espiritualmente. Se suscitó, en consecuencia, la conciencia de las relaciones mutuas fundamentadas en la unidad de linaje, que es el cimiento de la comunidad local (uji o clan), integrado por hombres cuyo vínculo es étnico y también espiritual. Los miembros del uji trabajaban colectivamente y compartían las mismas convicciones religiosas, venerando los espíritus de ciertos antepasados como sus propios lares que protegían a toda la tribu. Surgieron, de este modo, los primeros esbozos de un culto a los antepasados o la veneración a los dioses titulares (ujigami-shinko), cuyo objeto era venerar a los dioses protectores y celebrar fiestas en su honor. Esta actitud, sistematizada teológicamente, y provista de regulaciones y fórmulas rituales, evolucionaría hasta conformar el shinto. Poco a poco se fueron eligiendo responsables de los actos cultuales (jefe del clan o jefe honorable), sobre todo ancianos o adivinos, cuya autoridad adquirió prestigio con celeridad. Paulatinamente, además, la tarea se hizo hereditaria y se amplió a todas las actividades de la comunidad. Este es el germen de la división de clases en el seno de la comunidad familiar, de una jerarquía que culminaba en este jefe de clan, que gobernaba con autoridad patriarcal a los demás miembros de la comunidad.
Tal distinción de clases y, a la postre, concentración de poder en algunos, pudo ocurrir entre distintos clanes también, de forma que los clanes más débiles se vieron obligados a aliarse con otros más poderosos. Esta fusión implicaba que las familias débiles eran absorbidas por las fuertes, entablándose entre ambas relaciones de convivencia, incluyendo aquellas de parentesco ficticio. Así, los clanes más débiles (subordinados o tributarios, kakibe), se vieron en la obligación de pagar tributos a los poderosos. Algunas contribuciones se especializaron, convirtiéndose en profesiones y cargos hereditarios, como el caso de los militares (mononobe), oribe, tejedores, o los alfareros (hajibe). Este sector tributario era, en la práctica, un estrato de semi esclavos al servicio de un clan poderoso, o siervos agrupados sobre el fundamento de un sistema familiar ficticio.
El poderío patriarcal de los clanes más fuertes se simboliza cuando en ciertas regiones de erigen grandes monumentos funerarios. Desde una óptica arqueológica, esta costumbre de edificar grandes túmulos, durante el siglo IV y hasta mediado el VII, recibe el nombre de “período de grandes túmulos” o kofun-jidai. La presencia de tales túmulos representa la preeminencia de aristócratas guerreros que gobernarían sobre comarcas de aldeas yayoi, representando un régimen político jerárquico. Entre la cultura material asociada a las grandes tumbas, muchas en forma de ojo de cerradura, se destacan los magatama, joyas curvas en forma de coma, usadas en las oraciones para obtener buenas cosechas y fertilidad, y las figuras haniwa, cilindros y figuras humanas y animales que se colocaban en las pendientes de las tumbas como sustitutos de enterramientos reales. Sus formas denotan el carácter marcial y aristocrático de la sociedad kofun.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV


[1] El avance técnico artesanal, verificado en utensilios de piedra más refinados y vasijas de barro hechas a torno, son las dos claves básicas para dividir el Neolítico japonés en dos etapas.
[2] De aquí surgió la costumbre de celebrar la festividad de las cosechas (shukaku-matsuri) en el otoño, época de recolección, y la fiesta del trasplante del arroz (taue-matsuri), en la primavera. Estos espíritus de los cereales acabaron por convertirse en dioses protectores de las comunidades centradas alrededor del cultivo del arroz.
[3] Según la mitología japonesa, los primeros indicios de un estado federal japonés integrado por clanes se empezaron a concentrar en la mitad occidental del país: en la región norte de Kyushu (Yamatai, Chikushi), en la costa noroeste del mar de Japón (Izumo), y en la zona de Kinki (Yamato). Los grandes túmulos funerarios estuvieron, precisamente, en esos territorios.