25 de enero de 2016

Hattusa: la gran capital hitita


ARRIBA, IMAGEN PANORÁMICA DEL TEMPLO DEL DIOS DE LA TORMENTA Y LA CIUDAD BAJA. AL FONDO LA MODERNA BOGHAZKOY; ABAJO, LA PUERTA DEL LEÓN DE HATTUSA.

Hattusa contó, desde una perspectiva arqueológico-histórica, con cinco fases de existencia a lo largo del tiempo. La primera marcó la transición entre la Edad del Bronce Antiguo y  Medio, a comienzos del II milenio a.e.c. La segunda es la correspondiente al período de la presencia de las colonias asirias en Anatolia, que culminó con la destrucción propiciada por Anitta. Las fases tercera y cuarta corresponden a la época en la que Hattusa fue el asiento de la dinastía real hitita. La quinta y última coincide con el período frigio post hitita, durante el cual la ciudad fue reconstruida en una escala menor, tras su destrucción previa.
Las estimaciones de los eruditos al respecto de la población que habitó Hattusa abarcan una amplia variación que oscila entre los diez mil y los cuarenta mil habitantes, dependiendo de la época. La población de la ciudad fue, en todo caso, diversa y mixta, en términos de ocupación y también de clases sociales y orígenes étnicos. 
La fase tres corresponde a la ciudad del rey Hattusili I. Estuvo dominada por una acrópolis, que hoy se conoce como Büyükkale, en donde el mencionado monarca construyó el primer palacio real. El lugar fue nivelado con una serie de terrazas artificiales. Un viaducto conectaba esta acrópolis con el resto de la ciudad. No obstante, su vulnerabilidad a un ataque externo, una amenaza en los tiempos de inestabilidad como los que siguieron al asesinato de Mursili I, propiciaron la construcción de una espléndida muralla construida, con toda probabilidad, en época del rey Hantili II. Hacia 1400, Hattusa sufrió un saqueo y fue incendiada por parte de las fuerzas gasga que provinieron desde el norte. El saqueo gasga de la ciudad dejó apenas rastro de la existencia previa del núcleo urbano. Comenzaba así la cuarta fase, que duraría unos dos siglos. La restauración y rediseño de Hattusa debió haber comenzado con Suppiluliuma, o bajo el mandato de su padre, Tudhaliya III.
Aunque Muwatalli, transfirió el asiento de la realeza hacia el sur, a Tarhuntassa, Hattusa no fue enteramente abandonada, sino que quedó emplazada, administrativamente hablando, en la jurisdicción del escriba principal del rey, de nombre Mittannamuwa. Su declinar en estatus por la redirección de los recursos hacia la nueva capital debió haber conducido, irremediablemente, a su declive material. No obstante, un tiempo después Hattusa fue restaurada como capital bajo el mandato de Urhi-Teshub, hijo y sucesor de Muwatalli, pero probablemente durante su reinado también la ciudad siguió languideciendo. La guerra civil entre Urhi-Teshub y su tío Hattusili debió provocar la destrucción de un importante número de edificaciones públicas, incluyendo el tesoro real. En los últimos años del reino hitita la ciudad alcanzó una magnitud y magnificencia sin precedentes. Su nuevo concepto, diseño y ejecución se han atribuido al rey Tudhaliya IV.
La ciudad contó con dos sectores diferenciados. El original, llamado “ciudad baja” (la ciudad de Hattusili), ocupó el distrito norte de la capital y fue dominado en su sector sureste por la acrópolis real. Al noroeste se encontraba el más grande y relevante de los templos de la ciudad, el templo del Dios de la Tormenta. Más hacia el sur se encontraba ubicada la “ciudad superior o alta” llamada la ciudad de Tudhaliya. La muralla que rodeaba el asentamiento completo tenía varias puertas de acceso, alguna de ellas embellecida con escultura y relieves monumentales, como la llamada ¨Puerta del León, Puerta del Rey y las Puertas de la Esfinge.  Varios templos fueron erigidos en la ciudad superior, un hecho que confirmaría su carácter sacro y ceremonial. Este sector fue construido de acuerdo a un plan, en claro contraste al crecimiento orgánico de la ciudad antigua (la baja). Muy probablemente la ciudad entera simbolizaría la concepción cósmica de los hititas, con el palacio como el mundo terrenal y el templo principal de la ciudad como representación del mundo divino.
De las tres principales puertas arqueadas y flanqueadas por torres salían vías que conducían hacia el norte, para luego confluir sobre un saliente rocoso, en el que se construyó una fortaleza guardada por dos colosales esfinges, ahora llamadas Nisantepe[1]. Formaba un vínculo entre el sector del templo y el distrito del palacio. Las tres puertas estarían integradas, plausiblemente, de un modo que fuesen empleadas en ocasión de festivales y ceremoniales sagrados.
Hattusa debió transmitir una imagen simbólica relevante. Al final de su existencia Hattusa pudo haber desarrollado un carácter meramente sacro, de ciudad ceremonial. No obstante, otras ciudades regionales hititas, como Arinna, Nerik y Zippalanda, también fueron ciudades sagradas. En el mundo hitita, toda ciudad de cierto tamaño, dominada por la presencia de templos, habrá tenido una vida que giraba en torno a la necesidad de honrar a algún dios.
Las últimas fortificaciones de la ciudad fueron dispuestas más para impresionar al visitante y, tal vez, a las deidades, que para contener un eventual ataque militar. El rediseño final de la ciudad estuvo marcado por las grandes celebraciones en las que súbditos y extranjeros, además de los dioses, participarían.
Los visitantes oficiales de la urbe harían su entrada por la denominada Puerta del León, llamada así por la presencia de dos estilizados y nada fieros leones esculpidos en las jambas. Probablemente denotaban más la imagen de una dignidad real que otra de ferocidad. Debieron ser esencialmente emblemáticos en función de su servicio para recordar al visitante que entra en la ciudad que contenía el asiento real hitita.
La puerta sureste es conocida con el nombre de Puerta del Rey, pues presenta una figura humana esculpida en alto relieve a la izquierda de la misma, con profusos detalles anatómicos. Se trata de una figura masculina cuya vestimenta y equipo son las propias de un guerrero (casco, hacha y espada curva). No obstante, su aspecto es de benevolencia. A pesar del nombre, puede ser la representación de una deidad, quizá la deidad tutelar de Tudhaliya, Sharruma. Su presencia a la salida de la ciudad serviría para reafirmarle al rey que sería guiado y protegido en todo momento durante sus campañas militares. Esta puerta debió ser usada principalmente en ocasiones especiales, como procesiones ceremoniales, campañas militares o peregrinaciones religiosas.
La Puerta de las Esfinges se encuentra en el punto más elevado de la ciudad (Yerkapi). No era usada regularmente para entrar o salir de la ciudad. La pareja de esfinges, figuras femeninas, estaban esculpidas en las jambas de la puerta, una de ellas mirando hacia el exterior y la otra hacia el interior. Parecen representar las benevolentes fuerzas bajo cuya protección se encuentran todos los habitantes del recinto poblado.   
Desde la Puerta de las Esfinges se llega al barrio de los templos, en donde se han hallado unos veinticinco, de diferentes dimensiones. Eran cuadrados o rectangulares en su planta, con un portal de entrada que conducía a un pario interno con un pórtico con pilares, el cual daba acceso, a través de un vestíbulo al adyton o santuario interior, en donde la imagen del dios se guardaba. Además de las imágenes de culto, otras figuras pudieron haber servido para decorar los templos, además de la presencia de estuco pintado y frisos ornados. No obstante, los únicos vestigios arqueológicamente disponibles son pequeñas figuras y vasijas de libación
Las cellas de los templos parecen haber servido como habitaciones para archivos, pues todos los templos han producido un conjunto de material inscrito (sellos, bullae de arcilla, impresiones de sellos y tablillas en las que se registraron donaciones, procedimientos rituales y consultas oraculares). Tales hallazgos pueden proporcionar evidencia del rol de los templos como centros para el entrenamiento de escribas. Los templos tenían, así, funciones administrativas y económicas, además de las puramente cúlticas.
Otros templos importantes fueron el denominado templo 5, localizado cerca de la Puerta del Rey, y el templo 30, en las proximidades de la Puerta del León. El primero de ellos aparece complementado con un anexo palacial y pequeñas capillas. Este templo 5 fue erigido como un recinto privado del soberano, con capillas especiales dedicadas a la adoración de sus antepasados (en él apareció una figura en relieve vestida como un guerrero que portaba el nombre de Tudhaliya).
El más grande y suntuoso de los logros arquitectónicos hititas corresponde al monumental Templo del Dios de la Tormenta[2], un complejo construido en la ciudad baja, al noroeste de la acrópolis, y probablemente asentado sobre otro templo anterior, que data del reinado de Hattusili III.  El complejo entero estaba rodeado de un temenos, y consistía en tres elementos principales, típicos de la mayoría de los complejos templarios hititas: almacenes y talleres y habitáculos para el personal del templo. Era asimétrico en concepto y diseño. El patio estaba flanqueado en su cara norte y sur por casi un idéntico conjunto de habitaciones, quizá para acomodar las imágenes de aquellos que formaban el kaluti o círculo divino de las principales deidades del recinto.
El templo propiamente dicho estaba rodeado por carnicerías, tiendas para los alimentos y bebidas que se ofrendaban a la deidad, y para el equipamiento de ornamentos usados en los festivales y ceremonias, talleres y tesoros en los que se guardaban los botines logrados en combate y que se consagraban al dios. También había estancias que contenían archivos con tablillas de arcilla. De hecho, el templo del Dios de la Tormenta fue un relevante repositorio de tratados internacionales y con los estados vasallos y subordinados al poder hitita. Formaba todo el complejo, en fin, una comunidad dentro de una comunidad, una ciudad en pequeño.
La casa hitita básica de Hattusa estaba conformada por una estructura de madera y ladrillo, en ocasiones con unas estancias superiores a las que se accedía a través de una escalera exterior. El área residencial también contaba con edificaciones mayores erigidas sobre terrazas, tal vez, las viviendas del personal de más alto rango. Una parte significativa de la población viviría, no obstante, extramuros, si bien en los años finales un incremento de la población pudo propiciar el asentamiento de población intramuros. Tal hecho puede verse reflejado en la reutilización del recinto del templo 30 para residencias y talleres. Hattusa no fue, en fin, una ciudad estricta y puramente ceremonial, sacra.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. FEIAP-UGR.


[1] Aquí se han encontrado sellos, bullae de arcilla y diversos documentos sobre tierras que datan del reinado de Suppiluliuma I. Dos viaductos vinculaban Nisantepe con la Ciudad Alta y con la acrópolis. Proveían el acceso al palacio de los funcionarios y oficiales al servicio del rey que habitaban fuera de los recintos palaciales, de los gobernantes vasallos que tributaban y de los embajadores o misiones diplomáticas que hasta la ciudad llegaban.
[2] Sin embargo, en el sancta santorum había dos santuarios, uno para cada uno de los dos dioses a la cabeza del panteón hitita, el Dios de la Tormenta del Cielo y la Diosa del Sol de Arinna, identificados en el reinado de Hattusili III con el Teshub hurrita y su consorte Hepat.