23 de febrero de 2016

El mundo sobrenatural en la religiosidad china de la antigüedad: Shang y Zhou (I)




Imágenes, de arriba hacia abajo: esqueletos de la tumba 1001 de Houjiazhuang, época Shang; hacha ceremonial yue, de Anyang, con motivo de sierpe o dragón, época Shang; y vaso ritual (kuei) para alimentos, con máscara taotie. Época Shang, siglo XII a.e.c.

La religión china ha funcionado esencialmente como un medio de invocar poderes y fuerzas sobrenaturales para alcanzar un cierto control sobre la existencia mortal. Pero a la par, ha provisto también premisas morales, explicaciones para las faltas cometidas, el sufrimiento y la disposición de los muertos, además de establecer metáforas y símbolos referentes a la estructuración del orden social y la autoridad temporal y planteamientos en torno a las disciplinas físicas, espirituales y rituales destinadas a alcanzar la inmortalidad.
Sin embargo, la religión china nunca produjo una concepción de lo divino como algo aparte del cosmos. El mundo de los seres humanos no aparece gobernado por leyes establecidas por una deidad creadora trascendente. Lo divino y lo mundano han permanecido orgánicamente conectados; cada uno de ellos sujeto a los poderes del cambio y las transformaciones inherentes al mundo físico. Si bien tales poderes han sido a menudo representados como divinidades, la civilización china ha producido también tradiciones filosóficas que concibieron al cosmos como auto generado espontáneamente, un producto místico no debido moralmente a algún dios o a una voluntad externa del mismo. Lo sagrado ha sido unido a la habilidad para manipular el poder divino en persecución de alguna aspiración humana.
La religión china también ha reconocido la inclusión de espíritus menores, especialmente los fantasmas de los fallecidos, en los asuntos humanos.  Mientras las deidades exaltadas permanecían distantes del reino de los mortales, los espíritus de los muertos, tanto los ancestros como las legiones anónimas de fantasmas errantes, han sido siempre presencias vívidas en la vida cotidiana.
Han existido correspondencias entre las imágenes populares de los seres sobrenaturales y las categorías de identidad e interacción sociales. Una división de lo espiritual en tres grupos, dioses, ancestros y fantasmas, ha tenido su reflejo en las percepciones populares acerca de las principales divisiones de la vida social (oficialidad, familia y la amorfa masa de foráneos o extraños, con los que uno no tiene parentesco). No obstante, algunas categorías de seres divinos, particularmente las del panteón budista y las deidades femeninas, no encajan con facilidad en esta suerte de modelo tripartito de mundo sobrenatural. No se puede olvidar que las categorías de este modelo tripartito, ancestros, deidades y fantasmas, fue bastante inestable a lo largo del tiempo. Muchas divinidades, especialmente deidades tutelares locales, se originaron como fantasmas, en tanto que los ancestros eventualmente pueden transformase en dioses, y en ciertos casos, las imágenes de los antepasados difícilmente difieren de otros fantasmas.
La congruencia entre el mundo sobrenatural y la experiencia social vital se extendería a las relaciones de poder y a las obligaciones recíprocas que incumben a mortales y espíritus.  Aunque los remotos dioses poseían un gran poder, apenas influían en la existencia social cotidiana. En contraste, los ancestros demandaban una constante atención en la forma de su adoración y el sacrificio a ellos debido, de modo que supervisaban cercanamente la conducta moral de sus descendientes. Los fantasmas, espíritus de muertos sin relación de parentesco, permanecían al margen. Las almas de vagabundos o de bandidos eran fantasmas con un aura de malignidad que evocaban temor y aversión.
Es relevante señalar que la concepción de lo divino se fundó sobre los principios de la autoridad burocrática y la jerarquía derivada del modelo de gobierno imperial que prevaleció en China durante dos milenios. La religión china es, en consecuencia, un producto de experiencia histórica y social.
Los antropólogos han establecido modelos de la religión china fundamentados en el comportamiento contemporáneo y en todas las prácticas rituales. Los historiadores, sin embargo, han tendido a categorizar la religiosidad en términos de las tradiciones hieráticas dominantes, las llamadas Tres Enseñanzas o Sanjiao (daoísmo, confucianismo, “religión de estado” y budismo). Es decir, la religión institucional[1]. Cada una de tales tradiciones puede ser identificada en términos de una diferente teología, un cuerpo de escritos sacros, prácticas rituales y preceptos concretos relativos a la conducta en la vida diaria, además de un cuadro de hombres letrados que autorizan las prácticas y las enseñanzas  de la tradición. Desde no hace mucho tiempo los historiadores han empezado a incluir la religión popular como una tradición religiosa distinta. Se trata de lo que ha sido catalogado como religión difusa, en la que las prácticas, creencias y organización son inseparables de la vida secular.
La religión difusa fue crucial en el refuerzo de la cohesión social y económica de las instituciones seculares, como los linajes, las familias, los gremios, las villas, fraternidades y demás asociaciones, así como en la justificación del orden político normativo del estado imperial.
Los historiadores han definido el concepto de religión popular como un cuerpo de creencias y prácticas comunes a las personas laicas de todas las clases sociales, en contradicción al mundo religioso de las tradiciones escritas y las autoridades eclesiásticas. Esta es atractiva a sus practicantes porque no ha sido encumbrada por las rigideces teológicas y doctrinales de la religión organizada. Como la religión popular no posee escrituras canónicas ni un sacerdocio establecido, sus heterogéneas creencias y valores han sido reproducidos y transmitidos, en forma de símbolos, mitos y rituales, en el folclore, el arte y la cultura familiar.
La religión en China puede crear, simultáneamente, tanto una coherencia ideológica como una diferenciación social. Las particulares tendencias de las comunidades locales llegaron a ser sublimadas dentro de un orden universal cosmo-político.
La primacía de la acción ritual sobre la creencia en la religión implica que la estandarización del ritual  sustancia y mantiene una cultura unificada en la sociedad china.
La religión china no es, sin embargo, para algunos autores, un sistema de creencias sino un conjunto de acciones con propósito (rituales en su sentido más amplio[2]), efectuados para llevar a cabo alguna transformación sobre el mundo y el lugar que el individuo ocupa en él. En tal sentido, la ortopraxis ritual actuaría como una poderosa fuerza para la homogenización cultural.
En un determinado y relevante sentido, la religión en China es local. Únicamente examinando las historias de las comunidades locales podemos apreciar verdaderamente las relaciones dialécticas existentes entre la religión y la sociedad. La cultura religiosa se concentra en ciertas orientaciones básicas relativas al rol del poder divino y la acción humana en la formación del curso de la vida humana.
La cultura religiosa china ha tenido dos orientaciones a lo largo de la historia. Una de ellas eudaimonística, de propiciación y exorcismos, que regulaban las relaciones entre los mundos espiritual y humano, y otra una creencia en un equilibrio moral inherente en el cosmos, aunque muy frecuentemente mediado por el accionar de poderes divinos. Una y otra tendrían sus orígenes en las civilizaciones de la Edad del Bronce; la primera se atestigua en la religión cortesana de la dinastía Shang, mientras que la segunda fue nuclear en el culto al Cielo desarrollado desde los inicios de la dinastía Zhou. Ambas orientaciones serían incorporadas, con posterioridad, a las tradiciones hieráticas de las Tres Enseñanzas, aunque siempre hubo entre ambas una tensión difícil de reducir.
El sustrato de la mentalidad religiosa en la antigüedad se orientó a garantizar el beneficio personal a través de la adquisición de conocimientos y poderes mánticos. La religión del pueblo común consistió, primariamente, de transacciones con lo divino a través de la adivinación y el sacrificio, sin presencia de componente moral alguno. Las aflicciones y miserias de la existencia se atribuían a las acciones de seres sobrenaturales. El sufrimiento era causado por espíritus malévolos y también por ancestros intemperados, fantasmas desafortunados o dioses vengativos. En las actitudes religiosas cotidianas no había diferencias reales entre fantasmas, deidades y espíritus. Los regímenes mánticos y las terapias de los exorcismos, que ayudaban a ahuyentar las aflicciones, no alcanzaban a poseer una dimensión moral. Desde el inicio de la época imperial el calendario de festividades y rituales se estructuró, en intervalos regulares, alrededor, sobre todo, de la imperiosa necesidad de purgar los espíritus maléficos y apaciguar a los antepasados caprichosos.
La introducción de un ethos moral en la cultura religiosa vernácula fue acompañada de la expansión de la cosmología correlativa o asociativa, una visión del mundo asentada en la creencia en una naturaleza orgánica del cosmos, según la cual el individuo y la sociedad en general, además del mundo natural, estaban sujetos a ciclos homólogos de cambios y mutaciones[3]. Tal cosmovisión enfatizaba el armonioso equilibrio y la coherencia que animaba todos los fenómenos y fuerzas que actuaban en el mundo. Desde el siglo IV a.e.c. cada faceta de conocimiento, gobierno, filosofía, medicina, religiosidad, ciencias y estrategia militar, así como su aplicación a cada vida humana, estuvo profundamente coloreada por los preceptos de la cosmología correlativa.
Las manifestaciones del poder divino, como en los milagros y acciones sobrenaturales, testifican la habilidad de las deidades para afectar los destinos humanos, pero también define y autentifica las relaciones sociales entre sus adoradores. La relación entre un dios y sus adoradores se verifica en un circular intercambio de sacrificio y devoción, por un lado, y protección y ayuda, por el otro. Muchas divinidades parecen ser, en consecuencia, moralmente ambivalentes o incluso demónicos en su naturaleza[4].
Podría decirse que hubo dos momentos cruciales en la transformación de la religión china durante la dilatada etapa imperial, uno durante la dinastía Han y el otro en época Song. Durante la etapa Han emergieron nuevas ideas acerca de la muerte y la vida del Más Allá que dieron lugar a un cambiante culto de los muertos que sería la piedra de toque en la formación de las religiones salvíficas, tanto las de tradición indígena (daoísmo), como las importadas (budismo). En época dinástica Song la cultura religiosa fue transformada por un proceso de vernacularización de la práctica ritual y de las artes mágicas, factor que se tradujo en que lo divino fuese más asequible a los seres humanos ordinarios.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas / FEIAP-UGR


[1] El budismo, el daoísmo y la religión de estado pueden ser integrados en una religión vernácula, que denota un discurso local y común, expresado en el ritual pero también en la creencia, con la finalidad de expresar e interpretar ideas que derivan de un complejo y cambiante conjunto de ideologías y prácticas religiosas.
[2] El núcleo básico de la acción ritual pudo haber sido la comida en común con los espíritus ancestrales. En tal sentido, el ritual comunal constituiría un culto en la religión china. Esta visión antropológica es un tanto diferente a la de los historiadores, que se han focalizado en la creencia y, en especial, en los cultos de las deidades prominentes. 
[3] El equilibrio moral que gobernaba las relaciones entre los mundos cósmico-divino y humano recibe el nombre de Doctrina del Cielo y la Humanidad (tianren shuo). Se basaba en la creencia de una (ganying) que mediaba entre los diferentes órdenes de la realidad. Los acontecimientos en el mundo humano estimulan (gan) respuestas (ying) en el cosmos. De modo análogo, las acciones humanas, morales y rituales, evocan respuestas del mundo de lo divino y de los espíritus y deidades que en él habitan. Los errores y faltas humanos provocan signos de oprobio divino, en forma de portentos y presagios, e invitan al castigo, tanto personal como en forma de calamidad conjunta. La resonancia entre ambos órdenes (humano y divino) conlleva el concepto de retribución (baoying), análogo al de karman,
[4] El dios Wutong simboliza la interpenetración de lo divino y lo demónico en la cultura religiosa china. Al igual que en la Grecia arcaica es apropiado pensar lo “demónico” (los demonios de las plagas o los duendes de las montañas, por ejemplo), como una propensión de los espíritus, dioses y humanos hacia la hostilidad y la malevolencia, más que como una específica categoría de seres divinos. Wutong podía ser bueno o malo; bien hacer las veces de un curador de enfermedades o bien, en otras ocasiones, actuar como un demonio repelente.