1 de junio de 2016

Los orígenes de la escultura griega clásica




Imágenes (de arriba hacia abajo): Apolo kitharoidos, obra de Escopas. Copia romana de un original griego, 300 a.e.c. Museos Vaticanos. En realidad, es Pothos, dios de la añoranza, el anhelo y el deseo; figura masculina en bronce con casco. Hacia 440 a.e.c.; y panel en el Templo C de Selinunte, en el que se observa una hierogamia. Hacia 470 a.e.c.

La eclosión del arte escultórico en la Grecia de la antigüedad se produjo en el siglo V a.e.c. y se continuó la centuria siguiente. Varios son los factores que explican esta irrupción. Las invasiones persas de principios de la quinta centuria habían destruido una buena parte de las obras arcaicas, realizadas fundamentalmente en los siglos VII y VI a.e.c., en especial, las ubicadas en la Acrópolis ateniense, lo que motivó la necesaria labor de reconstrucción. La victoria ante los persas fue atribuida a los dioses por los griegos, de ahí el interés, como retribución, en dedicarles estatuas.
Un nuevo sentimiento de orgullo nacional o patriótico va a impulsar la veneración de héroes, la idolatría de los reyes míticos de las ciudades más importantes y el homenaje de los ancestros divinizados de linajes. Muchas personalidades se convirtieron en protagonistas de obras que evocaban la guerra de Troya, entendida como un prestigioso antecedente del conflicto contra los persas. La presencia de los griegos por el ámbito del Mediterráneo se simboliza ahora por mediación de la figuración escultórica de Heracles y de sus memorables hazañas.
El apogeo artístico escultórico del siglo V a.e.c. responde, esencialmente a la bonanza económica de las polis, un hecho que permitiría erigir esculturas de gran magnificencia  y de un carácter profundamente innovador. Se crea ahora un estilo griego común, al margen de las diferencias regionales del período arcaico. Procedimientos y prácticas eran, en esencia, los mismos en todas partes, incluyendo la decoración policromada de las esculturas[1]. Se impone el naturalismo y, al tiempo, se busca una representación realista de las actitudes y de los cuerpos, en marcado contraste con el anterior hieratismo arcaico. Se entiende que el cuerpo humano es un conjunto armónico y articulado. Tanto en reposo como en movimiento se intenta su representación de un modo equilibrado.
El ideal de belleza deriva de la necesidad de distinguir con claridad a las deidades de los seres humanos. Al imaginar las divinidades de modo antropomórfico, las divinidades, en su marco escultórico, tenían que mostrar una perfección inalcanzable para cualquier mortal. Ahora bien, el cuerpo humano ideal había de ser representado con verosimilitud y perfección. Es por ello que el modelo fue el cuerpo musculado, joven y desnudo, del atleta, que frecuentaba la palestra y el gimnasio y se exhibía en las variadas competiciones panhelénicas.
La simetría y el canon (o representación proporcional de las partes del cuerpo), eran las premisas básicas del llamado desnudo heroico, cuyo máximo representante fue el Policleto del Diadumeno y el Doríforo. En el siglo IV a.e.c., escultores como Lisipo o Escopas, añadieron a la perfección anatómica, elementos de expresividad, más o menos contenida, y movimiento. La concepción estética escultórica se basaba en profundos conocimientos anatómicos, que incluía la inseparabilidad de los aspectos anímicos y físicos.
El escultor era un técnico; en puridad, entonces, un artesano, si bien gozaba de gran consideración social y de sobrados recursos económicos. Los escultores trabajaban en talleres, en donde resguardaban sus creaciones. Era allí en donde las mostraban a sus potenciales compradores y clientes para que hiciesen su particular elección. En el siglo IV a.e.c. muchas de las esculturas clásicas tuvieron su lugar concreto en espacios públicos de las polis.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. Caracas. FEIAP-UGR. Junio del 2016



[1] En el fondo, en la antigüedad griega se creía que la escultura era dependiente de la pintura, como reseña Plinio en su Historia Natural. El mármol pulimentado era el soporte ideal para la pintura. El policromado resaltaba la sensación de vida, de realidad. Las esculturas se pintaban con vivos y brillantes colores.