Imágenes, de arriba hacia abajo: ánfora ática del Pintor de Omaha, con el Nacimiento de Atenea. Fechada en 550 a.e.c., se encuentra en el Museo del Louvre, París. Atenea surge de la cabeza de Zeus entronizado, que porta su fulmen. Ilitía y una Moira (Parca) o Hebe, asisten al peculiar parto. A la izquierda, Dioniso y una deidad con cetro, tal vez Hera, mientras que a la derecha se observa un barbado Posidón; crátera ática, del Pintor de los sátiros vellosos, con una Gigantomaquia. Datada hacia 450 a.e.c., hoy en el Museo Nacional, Ferrara. Junto a Hera, con cetro y diadema, que ha derribado a un gigante desnudo, está Zeus en su actitud de Keraunophoros rechazando a un gigante armado mientras su sube al carro que trae Nike. Abajo Atenea porta un lanza con la que ataca a otro gigante con vestimenta de hoplita; crátera de Paestum, de Asteas, con el Rapto de Europa. Datada en 360 a.e.c., se encuentra en el J.P. Getty Museum. Sobre zeus como un toro blanco se halla Europa. A la izquierda, desde lo alto, observan la escena la personificación de Creta, Hermes y el propi Zeus con aspecto antropomorfo, mientras Adonis, Eros y Afrodita se hallan en la derecha con la misma actitud; pintura de J.A. Dominique Ingres, titulada Tetis implora a Júpiter, de 1811, hoy en el Museo Granet. Se ilustra un pasaje de la Ilíada (I, 498-531). Zeus, con cetro y águila, sobre un pedestal donde se le representa montado en su carro derrotando a los Gigantes. A la izquierda asoma Hera, tal vez con la intención de enterarse de lo que hablan y; pintura titulada Júpiter y Dánae, de Giambattista Tiepolo, de 1736, donde un anciano Júpiter desciende con su águila encima de una nube, hasta donde se encuentra Dánae, que está siendo destapada por Cupido. Arroja monedas que una alcahueta recoje.
Los dioses de los nómadas indoeuropeos estaban presididos por una divinidad suprema, Dyaus, el Zeus griego y el Júpiter (Iovis Pater) latino. En principio un dios celeste de la claridad diurna adquiere, con el correr del tiempo, funciones específicas como señor de las deidades y amo de las nubes, la lluvia fecundadora y el rayo. Estos indoeuropeos, con la finalidad de imponer su culto entre las sociedades preindoeuropeas en Grecia y aclimatar al dios a los nuevos territorios, usaron algunas leyendas como la que situaba la infancia de Zeus en la isla de la Creta de la época minoica, además de relacionarlo con deidades de raíces neolíticas.
Zeus mantendrá su carácter de deidad suprema, arquetipo de reyes y dios de la soberanía, ejerciendo su mando sobre todos los demás dioses. De ahí que se instale en las cimas más elevadas, mantenga la justicia y el orden, domine el poder mágico y garantice los juramentos, como señor de la nieve, la lluvia, el trueno, el rayo, el replámpago y las nubes. En este sentido, hace su aporte fecundador masculino a una tierra femenina, aplicado en su condición de padre y símbolo del cabeza de familia en el seno de un régimen social patriarcal. Su relevancia fue tan grande que los estoicos lo convertirían en una divinidad única, si bien en el marco filosófico.
En su aspecto como principio masculino de la fecundidad se aprecia en sus mitos seduciendo o enamorando a numerosas diosas y mujeres mortales con la meta de difundir su estirpe por todas partes. De hecho, la faceta primordial de su mitología es la ser principio fecundante, padre de héroes y deidades. Tuvo una serie de compañeras divinas, como la oceánida Metis, Prudencia personificada y convertida con el cristianismo en una virtud esencial; la titánide Temis, que personifica la ley natural, la ley eterna que rige el funcionamiento de la naturaleza; la oceánida Eurínome; Deméter; y la personificación de la Memoria, la también titánide Mnemósine, con la que tuvo a las nueve Musas. Otras tres figuras femeninas cruciales en sus relaciones con Zeus son sus amores con Leto-Latona, su relación con Maya y el emparejamiento que establece con Dione. Esta última había sido una diosa local del Épiro, que se convertirá en paredros de Zeus en el santuario del oráculo de Dodona, tal y como aparece en algunas monedas. Por su parte, Leto había recibido, como diosa local, un culto en el sudoeste de Anatolia, sobre todo en Licia, mientras que Maya, una deidad arcaica, se consideraba una de las siete Pléyades, hijas de Atlante. A partir de su relación con los dioses indoeuropeos se transformó en una ninfa del monte Cileno en Arcadia, sitio en donde mantuvo sus amoríos con el Crónida.
Así pues, el emparejamiento con diversas compañeras divinas facilitó el poblamiento del Olimpo. No obstante, su formal boda con Hera provocaría el problema de cómo ubicar los hijos del dios que aparecían por doquier en todas las regiones de la Hélade. Para darle una salida a esta situación, se consideró que Zeus había tenido un número indeterminado de amoríos extraconyugales con posterioridad a su matrimonio con Hera. Fueron numerosos: Alcmena, la madre de Heracles; la joven Lamia, originaria de Libia; Calisto, la hija de Licaón (que provocaría el diluvio de Deucalión y Pirra); además de Io, Europa (símbolo del incio de la cultura occidental), Dánae, Sémele, Ganimedes, Leda y Antíope (con la cual se unió adoptando la forma de un sátiro).
Homero describe una imagen idealizada y modélica de Zeus en la Ilíada (I, 499-530). Sus primeras imágenes fueron xoana sin forma definida, casi abstractos, en tanto que las primeras figuraciones identificables, datadas en el siglo VII a.e.c. lo muestran en compañía de su esposa, Hera, o bien en el contexto de un determinado mito, sobre todo el del nacimiento de Atenea. Suele, bien con barba o sin ella, llevar una corta túnica, un rayo o dos, lanza (o un cetro), espada y, en ciertas oportunidades, un ave. En la siguiente centuria se fija su imagen, con vestimenta de hombre maduro (túnica larga y manto), y con barba. En sus imágenes de presentación puede aparecer de pie, con una postura dinámica (esa de Zeus keraunios, avanzando desnudo y arrojando el rayo con la mano alzada), o entronizado. Sus dos atributos se generalizan en el siglo VI a.e.c., el rayo (fulmen), y el águila, que le ayuda en algunos mitos.
En el siglo V a.e.c. acostumbra a aparecer con manto y con el torso desnudo, mientras que en su pose erguida porta el fulmen o el cetro, normalmente con el águila a sus pies. A fines del siglo se le puede ver montado en una cuadriga (ya en el helenismo se le podrá observar cabalgando su águila). A veces puede portar coronas, de laurel o de olivo, y llevar en su mano una pátera, phiale o bandeja, un reflejo de su carácter benefactor.
Su imagen pasa a la península itálica, como muy tarde, en el siglo VI a.e.c. Allí, en Etruria, se hace con la imagen de Tinia, arcaico dios del cielo que poseía atribuciones inframundanas, y que desde ese momento asumirá el aspecto del dios griego. A su recalada en Roma se encuentra cara a cara con él mismo pero en la figura de Júpiter, quien contaba en la ciudad eterna con un arcaico templo, según la tradición obra de Rómulo, con la advocación de Júpiter Stator (aquel que detiene a los que escapan). A finales de esa centuria se configura la forma arcaica del Júpiter Óptimo Máximo, flanqueda por las de Minerva y Juno (Tríada Capitolina). Este es el origen del Júpiter de mayor fama en todo el mundo romano, aunque exista un Júpiter juvenil de nombre Veiovis (Ovidio, Fastos, III, 430-445).
En el ámbito romano surge un aspecto conveniente para el Imperio, el del Júpiter señor del cosmos, que puede mostrarse rodeado de astros o con la esfera del mundo, acompañado muchas veces por la Victoria. Hace las veces de protector de la institución imperial y de los emperadores, a los que suele coronar, acompañarlos en las monedas, protegerlos en definitiva y hasta recibirlos en el Olimpo. Un buen número de emperadores, hay que recordar, fueron representados asumiendo la pose y los atributos del dios.
Incluso su figura se va a asimilar a deidades supremas de otras culturas adyacentes (algunos judíos lo identificarán con Yaveh). Fruto de tales asimilaciones serán algunas curiosas o pintorescas iconografías. Los nabateos de Petra lo asimilan a Qos, mientras que un Zeus vestido con túnica larga y con hacha doble o con un tridente, o bien montado a caballo, se puede encontrar en Anatolia. Asimismo, en Siria se convierte en Zeus Belos o en Baalshamin, en tanto que un Zeus helénico puede verse reflejado en ciertas monedas de India y de Bactria, junto a un paquidermo y coronado por una Victoria. Fue partícipe de varias iconografías sincréticas: en la Anatolia sudoriental un Zeus o Júpiter Doliqueno, antigua deidad hitita, aparece de pie sobre un toro, con un gorro frigio, portando clámide y una coraza, con el fulmen en la mano izquierda y una doble hacha en la derecha. En la Galia y en Germania se asimila al céltico Taranis, empuñando un bastón que remata en una rueda, o lanzado montado en un caballo en contra de un Gigante.
Cuando se impone el cristianismo se convierte en el dios más perseguido en su calidad de símbolo del paganismo. Paulatinamente, su imagen pierde relevancia, manteniéndose hasta el siglo V y únicamente en las ilustraciones de ciertos tectos literarios. No obstante, Zeus-Júpiter supo preparar el camino para sobrevivir. Así, desde el siglo IV a.e.c., ya aparece como una divinidad-planeta (el babilónico Marduk en clave astronómica clásica), mientras que a finales del Helenismo dio nombre a uno de los días de la semana, el jueves, multiplicándose sus funciones. En tal sentido, simboliza el estaño en la metalurgia, en la teoría médica de los humores controla la sangre, signo de vitalidad, y se asimila al aire o al fuego en la teoría de los cuatro elementos. Durante siglos aparecerá como dios-planeta, sin atributos, en tanto que para comienzos del siglo XII, en el Comentario a Marciano Capela, de Remigio de Auxerre, se le aprecia como un monarca medieval entronizado, con un árbol (un roble) y un águila a un lado y a otro de su figura.
Desde el siglo XIII se convierte en un clérigo, con mitra pontificia o episcopal o con un capuchón monástico. Se trata de una iconografía que no desdeña un principio teórico de la astronomía árabe, la de recuperar el sentido prístino de las deidades-planetas del ámbito mesopotámico.
La imagen clásica de Júpiter, identificada en relieves y monedas romanas, se restablece hacia 1500, sobre todo en los frescos de Rafael para la Farnesina de 1517. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el Júpiter representado mantiene la imagen de la deidad romana, aunque sin la preponderancia religiosa antigua. Desde el Renacimiento se convierte en un exponente de distintas cualidades, en especial la fuerza viril y la inteligencia, aunque no personifica estas virtudes, sino el poder: el poder del Estado, el del monarca y el poder de Dios. Asi se puede apreciar en cuadros de carácter alegórico como el de Tintoretto, titulado Júpiter proclamando a Venecia reina del mar, pintado en 1580.
Bibliografía esencial
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Prof. Dr. Julio López Saco
UFM-UM-AHEC-AVECH-AEEAO-ICA, noviembre, 2026.




