23 de abril de 2026

Tradición mítica, historiografía y arqueología: el mito de los gemelos romanos



Imágenes, de arriba hacia abajo: sextante republicano, del último cuarto del siglo III a.e.c., con la loba Luperca y los gemelos en el reverso. En el anverso, un águila de pie a la derecha, sostiene una flor en el pico; detrás, dos perdigones. En la leyenda se lee Roma; representación del lupercal, con Rómulo y Remo amamantados por la loba y rodeados por representaciones del Tíber y el Palatino. Panel de un altar dedicado a Marte y Venus, de finales del reinado de Trajano (98-117), luego reutilizada en la época de Adriano (117-132) como base para una estatua de Silvano. Procedente del pórtico de la Piazzale dei Corporazioni en Ostia Antica, y hoy en el museo del Palazzo Massimo alle Terme de Roma; y Rómulo y Remo, obra mitológica del pintor barroco Peter Paul Rubens, datada hacia 1616.

Si bien los griegos tenían la noción de preexistir antes de que se formasen las poleis, lo cual implicaba una identidad étnica, los romanos no existían hasta la época en la que Rómulo fundó la ciudad de Roma, la organizó y la confirió un conjunto de leyes que permitieran la convivencia social. Este factor sería el rasgo de identidad romano.

En el famoso mito de los gemelos, Remo y Rómulo, existe un evidente protagonismo de la vida pastoril y del ganado, rasgos que encajan con la arcaica fase de la Edad del Bronce, etapa en que la comunidades eran asentamientos temporales asociados con el movimiento del ganado siguiendo el ciclo estacional. Este tipo de ocupación coincide con los primeros vestigios arqueológicos, datados a partir de 1600 a.e.c., hallados en las colinas romanas.

Con anterioridad a la fundación realizada por Rómulo habría, según la tradición, un mítico primer asentamiento prerromano en el Palatino. Se trata de una ciudad, de nombre Palantea, fundada por un héroe griego huido desde la región de Arcadia, llamado Evandro, que sería recibido con honores por el rey Fauno. Evandro se habría encargado de enseñar los cultos a deidades como Deméter o Posidón, las notas musicales o el arte de la escritura. Virgilio y Tito Livio ubican en el tiempo de este héroe civilizador y fundador la presencia de Hércules en este asentamiento prerromano. Evandro habría conocido a Hércules gracias a la habilidad profética de su madre Carmenta, quien habría vaticinado la erección de un altar en honor de esta figura semidivina. El propio Hércules erigiría el altar y haría el primer sacrificio de un buey en presencia no solamente de Evandro sino también de las familias de los Pinarios y los Poticios. Este altar se convertirá en uno de los señalamientos topográficos referenciales que Rómulo empleó en la fijación de los límites del pomerium de la primera Roma (la tradicional Roma Quadrata que apuntó Tácito en su obra Annales.

Este mito se recordaría, con antelación a la historiografía, en el ritual y en la topografía urbana. Ciertas festividades del calendario romano, particularmente asociadas al ganado y a los mecanismos para su protección, se vinculan a los gemelos y a la fundación de la Urbs. Es el caso de los Lupercalia, cuyos protagonistas principales eran los sacerdotes lupercos. Estos hacían un sacrificio de una cabra en la cueva del Lupercal y se desplazaban casi desnudos alrededor del Palatino. Estas fiestas tendrían un carácter gentilicio puesto que tales lupercos pertenecerían, en sus orígenes, a un par de clanes aristocráticos, denominados Quinctilios y Fabios.

Otro ejemplo destacable es la fiesta de los Parilia, en las que el elemento ritual principal consistía en que el ganado y los campesinos tenían que saltar por encima de hogueras encendidas. Esta ceremonia reflejaría la acción que los primeros habitantes de Roma tuvieron que llevar a cabo al abandonar y quemar sus viviendas para trasladarse a un sitio nuevo.

Estas festividades podrían ser un indicador de que la población urbana mantendría viva una memoria oral de los gemelos del mito por medio de recrear y revivir la época en la que habrían existido.

Por otra parte, hay que recordar que la fundación de la ciudad cuenta con unos límites espaciales definidos, en específico el Palatino, monte en que se encontraba la caverna conocida como cueva del Lupercal, lugar en el que la loba habría amamantado a los gemelos, al lado de una higuera consagrada a la arcaica diosa Rumina, protectora del nacimiento y amamantamiento de infantes. En 296 a.e.c. se monumentaliza el lugar con una estatua del animal y de Rómulo y Remo. Dicho monumento aparecerá representado en alguna moneda de plata del siglo III a.e.c., como es el caso del didracma (serie romano-campana), en cuyo reverso se muestra a la loba amamantando a los gemelos y en el exergo la leyenda ROMANO. Hay que reseñar que los mismo romanos identificaban en la ladera del Palatino la que habría sido la casa de Rómulo.

En términos generales, la fundación y formación de Roma es bastante diferente al mito de su fundación, tal y como se recogen en las diversas variantes existentes en las fuentes escritas antiguas. El registro de la arqueología muestra un asentamiento proto urbano unificado que se modificó en el Palatino, extendiéndose hacia el Quirinal y el Esquilino, a lo que se añadiría el Comitium, el Foro, Arx y Capitolio a mediados del siglo VIII a.e.c. En la tradición literaria, la memoria de los orígenes aparece en dos variantes principales. En la primera, se habla de la fundación de la ciudad en un espacio desértico; mientras que en la segunda se afirma que la fundación de la ciudad se produjo en un sitio donde ya pre existía un asentamiento antiguo, conocido como Septimontium. Como se puede apreciar, este segunda variante podría encajar de mejor grado con los datos proporcionados por la arqueología.

La pregunta pertinente aquí sería averiguar por qué parte de la tradición era afín a la noción de una fundación nueva, ex novo. Tal vez, el mito oficial de la fundación de Roma sintiese la imperiosa necesidad de hacer sobresalir la hazaña, cuasi heroica, del fundador, a lo cual se añadiría la asociación, prestigiosa, con el ámbito griego y troyano de Eneas y su familia exiliada tras la destrucción de la célebre Ilión.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, abril, 2026.

10 de abril de 2026

Aproximación a la escultura de época Gupta en India: arte, mito y religiosidad





El imperio Gupta (320-550), una suerte de edad dorada de la civilización india, fue una época gloriosa para la escultura, tanto de deidades hindúes o de Budas como de austeros jainas. En piedra o bronce, serán la base del lenguaje visual del arte del sur de Asia. Fue una época en la que la cultura buscaba la belleza, pero no el exceso, el balance, la armonía y la presencia espiritual.

Iniciado con Chandragupta I, los Gupta lograron, y mantuvieron, el control por medio de la conquista militar, las alianzas políticas y el mecenazgo religioso. La estabilidad alcanzada permitió patrocinar el arte monumental y la construcción de templos, favoreciendo avances en matemáticas, astronomía y literatura. Hay que recordar la presencia de poetas cortesanos como Kalidasa o de científicos como Aryabhata. Fue una época de codificación de la imaginería religiosa (los icónicos Siva y Visnú, los serenos Budas o las figuras austeras de Tirthankaras). Sin embargo, la autoridad imperial acabaría siendo debilitada por los hunos, hasta la definitiva fragmentación del imperio en reinos regionales a mediados del siglo VI. Algunas obras selectas de escultura y relieve, entre otras varias, servirán para ejemplificar los logros estéticos del período.

Vemos, en primer término, este Visnú de pie, del siglo V, de Mathura, hoy en el Museo del Estado de Uttar Pradesh. En serena majestad el dios está coronado con un halo con un patrón de loto. En sus cuatro brazos mantiene los emblemas del poder divino: disco y maza, en la parte superior, y una concha y y un loto en la inferior. Las joyas simbolizan la abundancia. Cruzando su cuerpo se enrolla la vanamala, guirnalda sacra de Visnú, en bucle como una sierpe alrededor de sus brazos y pecho, enfatizando la presencia cósmica de la deidad.

De los siglos V y VI es este Visnú durmiente sobre la serpiente Ananta. Se encuentra en el muro sur del templo de Dashavatara, Deogarh. El dios se reclina sobre el ofidio cósmico, que flota sobre las aguas primigenias. De su ombligo surge un loto dentro del cual se sienta Brahma, divinidad creadora, lista para formar el universo. Alrededor, una serie de sabios, dioses y asistentes, y sobre ellos músicos celestiales. Se muestra la creación como un desarrollo del sueño de Visnú.

El dios Visnú cabalgando a Garuda, una obra del siglo IV, muestra a la deidad preservadora sobre su montura, el hombre-águila Garuda, cuya cabeza humana y amplio plumaje enmarca a la deidad como un halo. Así, sus alas extendidas rodean a la divinidad como un prabhamandal o halo de luz. Garuda es enemigo encarnizado de las serpientes (sarp), de ahí que una sierpe subyugada aparezca atada alrededor de su cuello. En cada una de sus cuatro manos Visnú sostiene un útil, un disco, una maza, una caracola y un cidro (fruto cítrico muy aromático), mientras en su pecho muestra un símbolo auspicioso denominado Shrivatsa (vatsa-hijo de Shri), esposa del dios y deidad de la buena fortuna. Esta pieza se halla en el Museo de Arte de Cleveland, en EE.UU.

Finalmente, en el Museo Nacional de Nueva Delhi se encuentra esta escultura de la diosa Ganga, personificación del sagrado río Ganges, que desciende a la tierra como una presencia o fuerza dadora de vida (jeevandayini shakti). Es venerada como deidad y como fuerza natural. En los mitos se cuenta cómo sus torrenciales aguas hubieran destruido el mundo si el dios Siva no las hubiera atrapado en su cabello enmarañado (jataon) para así suavizar su caída, frenando el ímpetu, la velocidad (veg) de las aguas. En época Gupta se retrató a Ganga como una elegante mujer (para transmitir valores espirituales) sobre su montura (Vahana), en este caso un cocodrilo (Makara), símbolo de pureza, devoción duradera y renovación. En la mitología hindú, los Vahanas no son únicamente animales de transporte, sino representaciones simbólicas de las virtudes, poderes y energías de la divinidad a la que acompañan.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AVEC-AHEC-ICA-UFM, abril, 2026.

1 de abril de 2026

Reinos neohititas o principados sirio-neohititas. Formación y evolución







Imágenes, de arriba hacia abajo: estela neohitita con escena de banquete, de Marash. Siglo IX a.e.c.; estatua del rey Tarhunza, del reino de Malatya; base de columna con dos esfinges en Zincirli (Sam'al), datada en el siglo VIII a.e.c.; figura sedente neohitita o aramea, datada entre los siglos X y VIII a.e.c.; relieve neohitita de Karkemish, datado en el siglo VIII a.e.c.; panorámica del yacimiento de la ciudad hitita y neohitita de Kultepe; ortostato con relieve del reino de Malatya y; mapa de algunos Estados neohititas. Los reinos luvitas, reinos luvio-arameos o reinos sirio-hititas (en la historiografía tradicional neohititas); Estados surgidos después de la caída del imperio Hitita en 1200 a.e.c.

Estos reinos o principados, que los asirios denominaron como hattayu y hattu, y los hebreos htym, conformaron núcleos de población con una reducida relevancia política y con no muy amplia extensión territorial, que mantuvieron una parte de las características culturales hititas en la Siria septentrional. Los territorios al norte de las montañas del Anti Tauro y el Amanus, que formaran parte del imperio de Hatti desde una perspectiva política, contaron con una población luwita y un componente hurrita bastante amplio, en tanto que los estados meridionales a partir de esta referencia geográfica, que habían sido reinos dependientes del imperio hitita (siglos XV al XIII a.e.c.), mantenían una población semita con algunos grupos étnicos hurritas, así como una clase dirigente de luwitas e hititas, en particular, militares, funcionarios de palacio y gobernantes.

La formación de estos estados tiene como fundamento la expansión territorial del Imperio hitita entre los siglos XIV y XIII a.e.c., así como las migraciones de los grupos conocidos como hititas jeroglíficos una vez desmembrado el imperio. Desde un punto de vista cronológico estos reinos abarcan desde el Hitita Reciente I (hacia 1000-950 a.e.c.) hasta el Hitita Reciente IIIb (750-700 a.e.c.). En el siglo XII a.e.c. se documenta el Estado de Tabal (una confederación de pueblos), Karkemish, Kummuhu, Malatya, Arpad y Ya’diya, y tal vez también Alepo, Guzana, Adana, Luhuti y Til-Barsio, entre otros, en tanto que en la siguiente centuria los grupos étnicos arameos del norte de Siria fundan el reino de Saram. A la par, dinastías de origen arameo se establecen en algunos principados neohititas, como es el caso de Bit-Adini, en Til-Barsip, Bit-Bahiani en Guzana, o Bit-Agushi en Arpad, por ejemplo.

Entre los siglos XII y XI a.e.c. se lleva a cabo una fase formativa signada por un cierta dependencia política del Reino Asirio en época de reinado de Tiglat-Pileser I (1115-1077 a.e.c), que acaba ocupando los importantes reinos de Karkemish y Malatya. Ya entre los siglos XI y X, debido a las divisiones internas del Reino Asirio, los Estados neohititas extienden su dominio en la costa libanesa hasta Israel, contactando con este reino en la época de David y Salomón (desde 1015 a 930 a.e.c.). De hecho, en los textos hebreos se les conoce como hijos de Hatti o Heth. El siglo IX, una fase con una dinámica política y territorial semejante a la de las ciudades-reino fenicias, sufre las condiciones que surgen de la expansión militar asiria durante los reinados de Assurnasirpal y Salmanasar III, a partir de 875 a.e.c. y hasta el último cuarto del siglo. Estos reyes asirios resultan vencedores de una coalición hitita-aramea en la batalla de Lutibu debilitando, de paso, al reino de Urartu en virtud de una expedición llevada a cabo en 856 a.e.c. La ocupación, no obstante, fue más teórica que real, siendo, más probablemente una sumisión solamente teórica o centrada en el pago de tributos. En cualquier caso, la amenaza militar asiria fue un severo condicionante de las alianzas y acuerdos entre los estados arameos y las ciudades-reino fenicias con los reinos sirio-neohititas.

Para el siglo VIII a.e.c. se documenta la presión que ejerce Urartu sobre los principados neohititas, en particular en la época de Argishti I y Sadurni II, momento en el que es tomado Malatya y otros reinos se ven en la obligación de pagar tributos al reino de Urartu. Asimismo, acontece la creación de una coalición anti asiria controlada por Urartu.

Los asirios establecen gobernadores (turtanu) en Til Barsip con la finalidad de controlar los territorios nororientales de la zona neohitita. No obstante, acciones militares directas ulteriores, llevadas a cabo por Tiglat-Pileser III, quien derrota a la coalición urarto-neohitita, culminan con la anexión asiria. El rey asirio somete al pago de tributos a un buen número de reinos neohititas (Gurgum, Malatya, Tuwana, Atuna, Tabal, y otras). Posteriormente, Sargón II (segunda mitad del siglo VIII), en reacción a una rebelión que propicia Frigia, anexiona todos los Estados neohititas, convirtiéndolos en provincias del Reino asirio, siendo gobernadas por un encargado o un jefe de la circunscripción (bel pihati).

Las unidades políticas del norte de Siria tenían como característica básica que las comunidades étnicas base de la población no se reconocían como hititas. Así, el calificativo étnico y cultural lo obtuvieron en los registros de los Estados próximos. Esto pudo deberse a que los grupos originarios del reino de Hatti eran de poca relevancia, a que hubiese una estructura social mixta a consecuencia de migraciones, a un éxodo provocado por el expansionismo asirio, o a las deportaciones. La definición como hitita pudo proceder del hecho de que en estos Estados el poder político fuese detentado por una clase social que procediese del antiguo territorio de Hatti.

En las inscripciones regias y religiosas, así como en los textos administrativos se usaba la lengua luwita, mientras que el panteón religioso de estos reinos sirio-hititas mostraba un mestizaje cultual derivado de la mezcla étnica entre grupos anatolios y comunidades se sustrato arameas y cananeas. Las principales deidades de las ciudades eran Kubaba, deidad femenina asociada con los cultos de la fertilidad y el concepto de diosa madre, y Thasmah, divinidad de la climatología, los fenómenos atmosféricos, sobre todo de la tempestad, y de la fertilidad en el campo. Eran deidades que protegían a las monarquías neohititas. La reina y el rey, en el marco de la estructura religiosa, ejercían el rol de gran sacerdotisa y sumo sacerdote. Uno de los rasgos religiosos más destacados era la adivinación y la predicción del futuro, de ahí la realización de prácticas de avispicina (análisis del vuelo de las aves), y epatoscopia (predicción del futuro tras el examen del hígado de animales sacrificados).

La estructura política de estos estados neohititas se conoce gracias a textos hebreos y asirios. En ellos se menciona un poder político unificado unipersonal, con casi total seguridad un rey, una suerte de monarca absoluto que contaría con un sustancial apoyo de la fuerza militar, lo que conllevaría la configuración de dinastías hereditarias, como fue el caso de Gurgum o Karkemish. Algunos monarcas neohititas, como los de Karkemish y Malatya, portaron, entre 1200 y 700 a.e.c., los apelativos de Gran Rey y de Héroe, como se puede apreciar en las inscripciones jeroglíficas halladas en el norte de Siria y en el sudeste de Anatolia. En el reino de Karkemish, en particular, coexistieron los conocidos como señores del país y los grandes reyes, probablemente dos ramas de poder paralelo en el mismo reino, algo constatable a partir del 1000 a.e.c.

Al lado de los reyes, las inscripciones citan a los jueces o tarwani. En Sam’al, en una inscripción del rey Kilamua de 827 a.e.c., se mencionan dos grupos entre la población, los ba’rir, de ascendencia aramea, y los mushkab, agricultores. Se puede asegurar que, como ocurría con las ciudades reino fenicias, no había una idea de Estado común entre los reinos neohititas, aunque hubo ciertos intentos. Únicamente el reino de Kizzuwatna intentó configurar, en el siglo X, una estructura política supraestatal que agrupaba unidades políticas de Cilicia (reinos de Tuwanna, Tobal, Taro, Hupisna). Asimismo, el reino de Malatya, en los siglos IX y VIII a.e.c., intentó encabezar una confederación, llamada Milid, con los núcleos de Gurgum y Kummanu.

Bibliografía básica

Bryce, T., The World of The Neo-Hittite Kingdoms: A Political and Military History, Oxford University Press, Oxford, 2012.

Gracia Alonso, F. & Munilla Cabrillana, G., Protohistoria: pueblos y culturas del Mediterráneo entre los siglos XIV y II a.C., Universidad de Barcelona, 1960.

Hawkins, J.D., “Assyrians and Hittites”, IRAQ, 36, 1-2, 1974, pp. 67-83.

Hawkins, J.D., “The Neo-Hittites States in Syria and Anatolia”, Cambridge Ancient History, III, 1, Cambridge, 1982, pp. 372-441.

Hawkins, J.D., "Karkamish and Karatepe: Neo-Hittite City-States in North Syria", Civilizations of the Ancient Near East, 2, 1995, pp. 1295-1307.

Kuhrt, A., El Oriente próximo en la antigüedad, c. 3000-330 a.C., edit. Crítica, Barcelona, 2001.

Liverani, M., El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía, edit. Crítica, Barcelona, 1995.

Weeden, M., “After the Hittites: The kingdoms of Karkamish and palistin in Northern Syria”, Bulletin of the Institute of Classical Studies, 56, 2, 2013, pp.1-20.

Younger, K. L., A Political History of the Arameans: From Their Origins to the End of Their Polities, SBL Press, Atlanta, 2016.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, abril 2026.