22 de noviembre de 2010

El final del imperio en China (II): Qing o el poderío Jürchen

QUEMADOR DE INCIENSO, DINASTÍA QING; Y PASO DE SHANGHAIGUAN, HEBEI, TAMBIÉN DE ÉPOCA QING.
El traspaso de las poblaciones manchúes (jürchen descendientes de los tungús que fundaron el imperio Jin en el siglo XII) de la Gran Muralla y la consiguiente conquista de China, como señores cuyo destino era reinar sobre una población de esclavos, como habían hecho los mongoles siglos atrás, trae emparejado consigo, a la par que la consolidación de un poder más autocrático, extensivo (13 millones de kilómetros cuadrados a fines del siglo XVIII), y aislacionista que el Ming, el comienzo del fin de la monarquía, que verá como las armas y los hombres de occidente vencerán a un imperio autoproclamado divino e invencible.
El régimen manchú (1644-1911), preconiza una moral oficial de obediencia y sumisión confuciana como fundamento del poder político y de estabilidad social. La falta de opositores no sólo se debe a que la sociedad china acoge con satisfacción las nuevas condiciones de vida impuesta, sino también porque los opositores son sistemáticamente perseguidos. Las colonias, provincias y protectorados de este imperio cosmopolita y continental, presenta regímenes administrativos diversos, algunos basados en vínculos de lealtad y otros en la administración directa del ejército. Este orden moral acompaña, sobre todo en el siglo XVIII, la idea y visión de una potencia imperialista en el continente asiático, actitud vigente que encontrarán las delegaciones occidentales en la segunda mitad de la siguiente centuria. En términos generales, el sistema político manchú, como su antecesor Ming, combinó tradiciones legistas y humanistas confucianas, con su centralización burocrática, con un sistema de relaciones clientelares de largo alcance.
Varios son los hechos históricos relevantes durante el dilatado período temporal en el que se desarrolla el imperio Qing, desde las Guerra del Opio y la conformación del reino divino de Taiping, hasta los movimientos oficiales de influencia occidental y las guerras sino-japonesa y sino-francesa.
En un contexto de decadencia y crisis se ubican, desde 1830, las primeras incursiones en China de las potencias occidentales. Unos años antes, la Compañía de las Indias Occidentales decidió desarrollar el comercio del opio, importando este producto desde las posesiones inglesas en India y en Turquía. La venta de la droga se convertiría en una extraordinaria fuente de ingresos del imperio británico, pero también afectaba la moral, la economía y la política interna Qing. Su contrabando minaba la economía, muy debilitada por el aumento demográfico, e intensificaba la corrupción de los funcionarios. Esta situación provoca que el emperador Dao Guang designe a Lin Zexu comisionado imperial para comandar la marina de Guangdong y erradicar el tráfico. El decomiso de la droga obligó la intervención del gobierno británico, movimiento que oficializa la primera Guerra del Opio (1839-1842). En ella, Inglaterra adquiere Hong Kong y ciudades estratégicas en Zhedong. En 1842 los enviados imperiales deben aceptar las condiciones impuestas por los británicos y firmar el Tratado de Nanking, que incluía una indemnización en plata, la entrega de Hong Kong y la apertura de algunos puertos comerciales, sobre todo Guangzhou, Fuzhou y Shanghai, así como la no intervención del gobierno Qing en el comercio del opio. Este éxito británico motivó a norteamericanos y franceses a establecer tratados con la autoridad imperial, es el caso del Tratado de Wang Hea y el de Whampoa, respectivamente, con los que accedían a los mismos privilegios que los británicos. Indirectamente, esta situación puso fin, también, a la prohibición del catolicismo. Años después sucedería una segunda Guerra del Opio (1856-1957), por las que las fuerzas anglo-francesas tomaron Guangzhou y Tianjin, obligando a otro tratado: el de Aigui. China, en definitiva, estaba siendo colonizada.
La degradación social de mediados del siglo XIX, el declive de las finanzas del estado, el aumento de la corrupción y el crecimiento demográfico en un imperio excesivamente expandido, en el que las poblaciones colonizadas sufren constantes abusos, desembocan en 1850, y hasta 1864, en una gran explosión social llamada la rebelión de los Taiping, inflamada de ideales cristianos de igualdad y fraternidad, así como de conceptos chinos como el de la gran armonía. Taiping será un movimiento de campesinos pobres que aspiraban a instituir un paraíso justo y equitativo en la tierra. El sistema, una sociedad ideal, prometía un reparto equitativo de tierras y la abolición de la industria y el comercio, en tanto que el estado se encargaría de la producción y distribución de bienes. Además, se introduciría la monogamia y se prohibiría la prostitución, concediéndole derecho a las mujeres a participar en la administración gubernamental. Las luchas internas por el poder por parte de los líderes, que provocaron el Incidente de Tianjin, y las traiciones mutuas, además de los reiterados reveses militares, motivaron el fracaso de la expansión Taiping por dieciocho provincias después de catorce años.
Con la intención de fortalecer el imperio, resistir invasiones y aprender a fabricar utensilios y armas, Feng Guifen estableció el concepto de Aprender de Occidente, que pretendía adoptar técnicas extranjeras pero siguiendo códigos étnicos feudales para fortalecer el país. La corte empezó a comprar máquinas, a importar armas de fuego, contratar técnicos extranjeros, abrir minas y fábricas, mandar a los estudiantes al extranjero y emplear foráneos para entrenar a las fuerzas armadas. Estos occidentalizadores suponían que la fuerza militar era el basamento principal de la fuerza de todo estado. No obstante, sus industrias fueron monopolizadas por la burocracia y dependían en exceso del personal extranjero. La escasez de fondos les hizo ver que el poderío de occidente se basaba también en la fuerza económica, de ahí que se abocaran a crear algunas industrias civiles, que eran supervisadas por el gobierno y administradas por comerciantes. Entre ellas se destacan la Compañía China de Buques de Vapor y la Oficina de Telegramas de China. Las empresas privadas se convertirían, de este modo, en un sostén de la industria nacional china.
Tras la segunda Guerra del Opio, las potencias occidentales obligaron al gobierno Qing a firmar varios tratados injustos, exigiendo numerosos privilegios. Después de 1870, Rusia envió tropas para ocupar algunas regiones en el noreste; Gran Bretaña incursionó en Tíbet desde India y en Yunnan; Francia tomó Hanoi. Entre 1883 y 1885 los franceses atacaron al ejército Qing provocando la guerra sino-francesa, en la que las tropas del general Feng Zicai y Liu Yongfu lograron la victoria para el imperio, aunque se pactó que los franceses podrían tomar Vietnam, realizar actividades comerciales en China y construir vías férreas. Tras la reforma Meiji en Japón (1868), este país emergió como una nación fuerte y desarrolló una política expansionista, entrando en Taiwán e invadiendo Corea. La corte Qing reaccionó y creó una flota, denominada Marina Beiyang. En 1894, aprovechando una rebelión en Corea, los japoneses atacaron a los buques chinos y al ejército Qing, inaugurando así la guerra sino-japonesa. La derrota china, en este caso, obligó a la emperatriz Ci Xi y al ministro de la Marina de Beiyang, a aceptar la paz bajo circunstancias abusivas. El 17 de abril de 1895 se firmó el Tratado de Shimonoseki, en que China reconocía el control japonés sobre Corea, le cedía la península de Liaodong, Taiwán y las islas Penghu, debía pagar una indemnización y permitir el comercio en puertos como Chongqing, Suzhou y Hangzhou.
Tras esta guerra chino-japonesa la repartición de China entre las potencias occidentales entró en una auténtica vorágine, lo que conlleva que la desintegración política, social y económica sea galopante. La agresión económica (en forma de sujeción a las naciones extranjeras), y la presión militar, afectó la economía del campo, y las condiciones de vida de los campesinos, siempre, precarias, empeoraron. Siguen llegando numerosos misioneros que suelen apropiarse de tierras y formar monopolios. La miseria en el campo, el desempleo que trae emparejado el desarrollo de los transporte modernos y el comportamiento de los extranjeros, aunado a la falta de dirección firme y el desconcierto de los intelectuales, son las raíces que, en torno a 1900, dan nacimiento a las agitaciones generalizadas campesinas, entre la que destaca el movimiento de los Yihequan, xenófobos y practicantes del boxeo como método de entrenamiento físico y moral, que atacará a fábricas, chinos convertidos y misioneros extranjeros. Las amenazas sobre los ciudadanos extranjeros incitan la participación de las potencias foráneas, mientras que los partidarios de apoyarlos se hacen notar en la corte en Beijing. Esto será el inicio de una guerra oficial de Qing contra las naciones occidentales, y el comienzo de una nueva era en China.
Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB
22 de noviembre del 2010

2 comentarios:

Verónica Marsá dijo...

Ah, es cierto, me acuerdo de esa sociedad secreta, la de los I-ho-ch'uan y el asesinato del embajador alemán en Pekín con los consiguientes famosos 55 días de Pekín que dieron lugar a la película.

Un abrazo, he disfrutado leyendo.

asiahistoria dijo...

Gracias. Agradezco los comentarios, siempre bienvenidos, así como los aportes y sugerencias. Un abrazo. Julio.