9 de julio de 2012

Las culturas megalíticas: un nuevo modo funerario


IMÁGENES: ARRIBA, DOLMEN DE POULNABRONE, IRLANDA; ABAJO, MAPA QUE REGISTRA LA DISTRIBUCIÓN DEL MEGALITISMO (CORTESÍA DE CELTIBERA.NET)


A principios del V milenio a.E.[1] se observa en la Europa occidental atlántica, desde la Península Ibérica hasta Escandinavia y las islas británicas, el comienzo de  enterramientos colectivos. Este modo funerario fue penetrando, paulatinamente, tierra adentro y fue adoptado por las poblaciones costeras del norte del Mediterráneo, llegando hasta el Egeo. Las regiones con presencia más antigua de este nuevo rito funerario, conocido como megalitismo, fueron la Bretaña francesa y Portugal. Muy probablemente, una idea funcional se difundió entre las poblaciones costeras del Atlántico europeo, lo que indicaría la presencia de comunicaciones efectivas quizá ya desde el Mesolítico, época en que toda la región compartía una industria microlítica semejante y una economía centrada en la pesca. De tal modo, el nuevo modo funerario se iría desplazando desde occidente a oriente. Sin embargo, no debemos olvidar que en cada región el fenómeno del megalitismo comenzó en una fecha diferente y en forma particular, si bien en todas se construyeron grandes tumbas colectivas. También debemos tener presente que las tumbas colectivas fueron únicamente un aspecto entre otros varios, presentes en un número elevado de sociedades diferentes, de distintas culturas con megalitos.
El megalitismo, así como las restantes formas de inhumación colectiva, se asocia al abandono del hábitat en cavernas[2] y a la formación de los poblados al aire libre, cuyo vínculo con la explotación agrícola de tierras fértiles es una evidencia clara. Los referentes arqueológicos sugieren una relación directa entre los megalitos y el territorio, pues los monumentos suelen encontrarse en zonas elevadas y en el centro de las tierras más fértiles. En tal sentido, es muy probable que los grandes monumentos fuesen marcadores territoriales de ciertos grupos segmentarios, independientes e iguales, en posesión de una economía de gran movilidad (los últimos cazadores, ganaderos y agricultores de roza), y que no tenían otro mecanismo de controlar de modo efectivo la tierra en unas épocas de conflictos demográficos crecientes. Parece bastante probable que hayan sido las últimas poblaciones encuadradas en el Mesolítico, en transición hacia la economía neolítica, las encargadas de construir los megalitos, como un modo de señalar las diferencias respecto a poblaciones venidas de otras latitudes.
En las culturas megalíticas no se han encontrado casi vestigios de poblados, probablemente muy ligeros, hechos con materias vegetales, y móviles, siguiendo los desplazamientos propios de una economía ganadera-pastoril o de agricultura de rozas. Para algunos autores, las tumbas pudieron derivar, no obstante, de las viviendas, y pudieron ser la obra de los recién llegados desde el interior de Europa y no de los arcaicos pobladores costeros. Además, representarían simbólicamente las casas, poseyendo, en consecuencia, un carácter femenino y doméstico.
Entre los tipos megalíticos se destacan las cistas (dólmenes), las tumbas de corredor, los tholoi, los cromlech y los menhires[3]. Esta actividad megalítica estuvo soportada en un marco ideológico expresado en diverso motivos “artísticos”, como los geométricos, los círculos concéntricos, los laberintos, líneas en zigzag y serpenteantes, además de diverso motivos figurativos (soles, animales diversos, armas y seres humanos). Los motivos geométricos han sido interpretados como signos alucinatorios que eran vistos durante los trances chamánicos, vinculados con la ingesta de ciertas drogas durante la celebración de los ritos funerarios.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV


[1] El megalitismo fue, cronológicamente hablando, un fenómenos de larga duración, desde el Neolítico a la Edad del Bronce y, en algunos casos, hasta la Edad del Hierro.
[2] En algunas regiones las tumbas colectivas se hicieron en cavernas, en otras, en cuevas artificiales o hipogeos, pero en la mayoría de las zonas atlánticas se construyeron monumentos de gran tamaño al margen de las oquedades naturales.
[3] Los menhires sueltos y aislados, pudieron haber sido los más antiguos marcadores territoriales conocidos, así como una defensa simbólica frente a la subida del nivel marino. No obstante, también pudieron estar asociados a las fuentes y arroyos de agua dulce.