28 de noviembre de 2014

El mundo de los muertos en la Cartago púnica (II)


ESCENA MARÍTIMA FUNERARIA DE KEF EL BLIDA

Paradójicamente, es fuera de Cartago, aunque en el ámbito púnico cercano, donde podrían encontrarse indicios de una escatología presente en una iconografía funeraria, concretamente en el Djebel Mlezza, la necrópolis de la ciudad de Kerkouane, en la que existen tumbas de cámara cuyas paredes están decoradas con pinturas murales. En la tumba VIII, los dibujos que allí se representan parecieran sucederse, como contadas en imágenes, varias fases de una presumible historia simbólica. Se puede observar representada un ara de sacrificio con el fuego encendido, así como un gallo con una gran cresta, y con múltiples garrones, quizá como un símbolo apotropaico. En el muro del fondo de la tumba, un gallo aparece encima de la representación de una ciudad protegida por una muralla con torres. Tal esquematización de un recinto amurallado semicircular pudiera referirse a una ciudad ideal, representada así a partir de una realidad urbana habitual a las urbes del mundo fenicio, ciudades casi todas costeras, abiertas hacia el mar y, además, protegidas por una muralla en su lado continental. No obstante, reconocer en esta imagen un Reino, o Ciudad Celeste hacia la que se dirige el alma del difunto, visualizado en forma de gallo, es arriesgado. Por lo tanto, el significado escatológico de la ciudad amurallada es solamente una presunción hipotética.
En cualquier caso, el gallo aparece encaramado (un par de veces) sobre el techo piramidal de un mausoleo pintado en las paredes de un hanout; esto es, una cámara sepulcral excavada en la roca, en la región de Sejenane. La asociación entre el gallo y el mausoleo es, de seguro, de origen africano antiguo, aunque su identificación como púnico es dudosa. Podría ser libia, entiéndase indígena, o libio-púnica y, por consiguiente, una manifestación de mezcla cultural en la región. La posibilidad de reconocer en el gallo el alma del difunto, merodeando por las inmediaciones de la tumba, para cuidarla, o dirigiéndose a una ciudad ideal inframundana, es coherente, pero arriesgada y no del todo segura.
Otro ejemplo simbólico muy significativo es el que se pudiera esconder en las figuras pintadas en las paredes de otro hanout, en el Kef el-Elida, en los montes Mogods. Hay una escena que ha sido particularmente comentada. Se trata de un barco que navega con la popa levantada y con la vela arriada a media altura del mástil, que parece a punto de llegar a una orilla. Podría tratarse de una nave de guerra de tipo fenicio (un eikosore, nave de veinte remeros). De frente, sobre el puente se alinean siete o bien ocho guerreros con sus lanzas y un escudo redondo. Sobre las cabezas llevan un casco en punta. Sobre el akrostolion, se observa un personaje, barbudo, de perfil, que sostiene en la mano derecha un escudo redondo con un relieve, y blande con la mano izquierda una bipenne o hacha de doble filo, con la que parece amenazar a otra figura, desplegada en el horizonte y fuera de la nave, que parece “flotar” o suspenderse en el aire, no en el agua; lleva una suerte de casco erizado, aunque también podría tratarse de un tocado de plumas.
La presencia de un casco de cresta de gallo en la cabeza de una figura en posición horizontal, relacionado con el simbolismo del gallo podría sugerir la identificación de tal personaje con la imagen del difunto (el hanout es una tumba, a fin de cuentas) volando por espacios celestes o navegando en un océano superior. Por otra parte, la representación de una nave en un contexto funerario podría evocar el viaje que realiza el difunto al más allá.
Además, los personajes representados en el barco, si son siete, podrían referirse a las siete divinidades indígenas, dioses secundarios asociados al dios Baal Hammón-Saturno, tal y como de hecho aparecen en ocasiones en las estelas; si son ocho, podrían reconocerse a los ocho kabirim, deidades fenicias de la navegación. Por su lado, el personaje con la bipenne en gesto amenazador se identifica como Ba'al Hammón[1], la gran divinidad de Cartago.
Finalmente, la percepción, bajo el navío, de una escalera por la que subiría un personaje, ha dado pie a utilizar aquí el simbolismo de la escalera, mecanismo de unión entre el mundo inferior y las esferas superiores. Sin embargo, la supuesta escalera (por otra parte muy borrosa), hace referencia a un conjunto de creencias más tardías en relación a la datación de la tumba.
Además de las consideraciones estrictamente religiosas, obtener del dios Baal Hammon favores, el sacrificio infantil como ofrenda (el ritual molk) evidenciado en las urnas votivas en el tofet de Cartago, con presencia de recién nacidos, nacidos muertos y niños de una media de tres años, puede responder a necesidades de control demográfico, sobre todo a partir del siglo IV a.e., cuando Cartago se convierte en una gran ciudad[2]. Así mismo, el infanticidio ritual colectivo pudo desempeñar también el rol de mecanismo de control de natalidad, o ser un sistema de regulación económica. El análisis de ciertas inscripciones muestra un predominio de las clases más adineradas, sobre todo comerciantes, sacerdotes y magistrados (shofetim, rabbi) entre los que consagraban los exvotos. Para tales familias pudientes y socialmente poderosas, restringir su descendencia pudo ser también un medio de evitar la dispersión del patrimonio. No obstante, del mismo modo, la posibilidad de tener menos personas que alimentar sería un alivio también para las familias más humildes y pobres.
Para algunos semitistas, digamos revisionistas, el infanticidio ritual no sería, sin embargo, auténticamente real. En tal sentido, el tofet sería, por tanto, un área sacra donde se habría quemado y posteriormente enterrado en urnas no a niños en general, sino a infantes nacidos muertos, o fallecidos poco después de nacer. Por otra parte, es bien sabido que en el mundo antiguo la mortalidad infantil era muy elevada, particularmente en las fases pre y neonatal. Según esta misma serie de hipótesis, de marcado tinte sociológico, los niños en Cartago serían excluidos de la sociedad de los muertos en las necrópolis, y habrían sido consagrados, esto es, ofrendados, a la divinidad, por mediación de un fuego ritual, con la esperanza de que accedieran a otra vida o a la reencarnación.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV


[1] Este dios figuraría en la escena ejerciendo su función de sicopompo o conductor de almas al inframundo. El personaje en posición horizontal ante la nave podría no ser el alma del difunto, sino un genio maléfico encargado de evitar la feliz navegación de la nave fúnebre.
[2] Diodoro Sículo menciona una nueva ciudad (nea polis) al lado de la antigua, que sería la Megara de los textos de época helenística.