1 de marzo de 2023

Mitos inuit: el mundo de los muertos


Imagen: escultura de la diosa inuit Sedna, espíritu marino, lanzando una ballena beluga al mar.

En estos mitos inuit se cuenta el viaje chamánico a dos escenarios inframundanos, el celestial y el submarino. En ellos, el chamán y una comitiva de sus espíritus tutelares, observa las características de sus ubicaciones y aprende especificidades de cada uno de ellos a través de la guía de parientes que allí están, su padre y su abuelo, respectivamente. A la vuelta de sus viajes espirituales, cuenta lo que ve a los vivos.

El alma de este chamán, de nombre Aggu, había viajado a casi todos los lugares que visitan los chamanes, pero todavía no había subido al cielo de los muertos, lugar en donde los seres humanos siguen viviendo tras su paso por la esfera terrestre. Decidió viajar hasta allí ordenando que preparasen sus medias, pero no sus botas.

Oscurecida la casa, el chamán empezó a invocar a los espíritus tutelares. Algunos de los que se presentaron eran de gran tamaño y hablaban con voz muy grave, pero otros hablaban con voces femeninas y se los intuía mucho más menudos. Una vez todos los espíritus conjurados, podía iniciarse el viaje. Cuando el alma del chamán abandonó el cuerpo, que sigue en la casa, dejó a uno de sus espíritus tutelares en su lugar. Quedó, en esta oportunidad, un viejo espíritu llamado Titigaq.

Ajaqqisaaq es el nombre del viejo espíritu tutelar que suele guiar a los chamanes. Cuando el chamán alcanzó el cielo, se encontró con una escalera de tres peldaños de gran altura, por los que chorreaba la sangre humana. Al morir las personas que van al cielo pierden su maldad, limpiándose y depurándose a lo largo del año que dura el luto, época en la que los parientes lloran al difunto y observan los tabús. El muerto se arrastra debajo de un pellejo y pierde la sustancia, en este caso la sangre que cae por la escalera. Al subir los tres peldaños el chamán llegó a la llanura celestial. Muchos se abalanzaron hacia el chamán y sus espíritus acompañantes, entre ellos su propio padre, quien le interroga por su madre, también ya fallecida y arrojada al mar. Por tal motivo no subió al cielo, en virtud de que únicamente aquellos inhumados en tierra suben al cielo, mientras que los arrojados al mar descienden al inframundo. Un inframundo que resulta asimismo un sitio agradable.

Le pregunta por su otro hijo, hermano del chamán. Le dice que corrió la misma suerte que su madre. El padre le confiesa que en el cielo no viven como en la tierra, abrumados por las penas y los sufrimientos. Solo allí, después de muertos, llegan a conocer las mayores alegrías. También se encontró con una hermana a la que casi no recordaba. Como había nacido con las orejas de foca, sus padres la asesinaron para evitar que penase viviendo entre otras personas. Se reencontró, entonces, a su hermana entre los muertos celestiales.

Seguidamente, el padre condujo al chamán y a todos sus espíritus a un sitio llamado Qaleqqat, un enorme pellejo formidable bajo el cual se retorcían multitud de pequeños seres que parecían gusanos, pero se trataba de los muertos liberándose de su sustancia. Su padre le cuenta que transcurrido un año desde su muerte, los fallecidos salen del pellejo y se unen a los demás. Solamente lo atraviesan con rapidez los que nacen muertos o fallecen siendo niños.

Los que habitan el cielo viven únicamente de bayas y de cuervos (en realidad moscas metamorfoseadas en aves al llegar al cielo), pues no hay focas ni otros animales marinos. De hecho, aquellos que son incapaces de pasar sin estos animales son los que se arrojan al mar después de morir. Esto es así porque debajo del agua todo está lleno de varias clases de animales marinos.

El padre le da un consejo a su hijo chamán. Se trata de que los seres humanos procuren siempre que sus hijos, al morir, lleven consigo a la tumba todos sus útiles, que podrán emplear para pescar truchas en un enorme río celestial. Después de esto, se dirigieron hacia el lugar donde los moradores del cielo celebran sus festividades y sus duelos con cánticos. Allí el chamán observa a gentes con extrañas ropas. Eran aquellas personas venidas de tierras extranjeras.

Casi se hacía de noche, y debían volver a tu casa antes del amanecer, pues de lo contrario quedarían atrapados para siempre en aquel lugar celestial. A su regreso, Aggu se encargó se contarles a todos cómo era ese país de los muertos de la llanura celeste a la que había viajado en compañía de sus espíritus tutelares.

En otra oportunidad, Aggu decidió conocer el país de los muertos en el inframundo. Para ello, ordenó coser unas nuevas medias de piel además de ropa impermeable hecha de intestino de animal. Seguidamente, tras capturar una foca invocó a sus espíritus tutelares. Ajaqqisaaq le dice que para hacer el descenso al país de los muertos inframundano debe antes visitar a la madre del mar, pues si se dirige primero al país de los muertos nunca podrá visitar posteriormente a la señora de todas las criaturas marinas. El chamán no tuvo en consideración esta advertencia. El mar se abrió ante su presencia, encontrando un pequeño sol bajo el mar al que se podía mirar de frente. Finalmente, llegaron a los confines entre las aguas y el país ubicado bajo el mar. La frontera estaba señalada por un río espumoso que se podía cruzar únicamente saltando sobre grandes y puntiagudas piedras cubiertas de algas.

Después de saltar, llegaron a una lisa pendiente, que era por donde los fallecidos pasaban de la tierra al país del inframundo. Al otro lado de la pendiente se veían unos soportes de madera unidos por correas de piel de foca. Allí sentada columpiándose estaba una mujer de nombre Qatsuaavak, quien dio el aviso de la llegada del chamán y sus acompañantes lo que motivó que muchas gentes se acercasen a ver a la comitiva. Una de estas personas era un anciano que era el abuelo del chamán, a quien de inmediato comentó su error de error no ir antes a visitar a la madre del mar. Este país de los muertos en el inframundo se asemejaba a una franja costera, desde la que siempre se divisaba el mar y se podía caminar por sus playas.

Seguidamente, el chamán y sus espíritus tutelares observaron a muchas personas, algunas vivas pero otras ya medio putrefactas. En el momento en que alguien muere y sus parientes lo lloran en exceso, ya no recupera las fuerzas y yace postrado hasta que dejan de llorarlo. Un llanto incontrolado y excesivo, por tanto, hace más daño que bien a los fallecidos.

En el mar se oteaban muchos animales marinos: narvales, ballenas blancas, focas. Había abundancia de recursos para aquellos que vivían de la caza. Aunque el chamán quería mirarlos y examinarlos un poco, no podía, pues los animales desaparecían de su vista antes de poder hacerlo, debido a que su lugar seguía siendo la tierra; esto es, todavía no estaba muerto.

Antes de partir, siempre con anterioridad al alba, Aggu quiso saber si era factible ir a ambos lugares, cielo y bajo el mar. Le respondieron que siempre que al fallecer lo depositaran en la ribera, dejándolo allí durante tres días y únicamente pasados los tres días lo arrojasen al mar, podría decidir ir adonde quisiera, bien unas veces a las costas submarinas, o bien otras a la gran llanura celeste que ya había conocido en el viaje previo. Tras emprender el viaje de regreso y llegar sin novedad, relató a los seres humanos toco cuanto había visto y oído en su segundo viaje al inframundo.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, marzo, 2023.

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