8 de abril de 2013

Presencia y acción de los mitos en el mundo moderno II



Los mitos son estructuras profundas que forman los contenidos de la conciencia y muestran un común proceso cognitivo. En las sociedades actuales son, a menudo, aspectos propios de la ideología científica y política: la teoría del Big Bang es una cosmología sacra para los modernos físicos y astrónomos, como lo puede ser el Génesis para los cristianos, el tiempo del sueño para los aborígenes australianos, o la obra El Capital para los marxistas. Las etiquetas políticas convencionales, que son de uso común, (Partido Verde, Derecha, Izquierda), se asocian con creencias personales que se manifiestan como auténticos credos sagrados. Esto ocurre porque la política comunicacional se extiende más allá del discurso verbal, lo que implica la presencia de rituales y ceremonias verbales, acciones y localizaciones particulares, objetos icónicos, música, canciones e imágenes visuales estáticas en el ámbito de la política actual. Todo ello, sin menosprecio de un poderoso efecto persuasivo. Los mitos se interiorizan a través de exposiciones acumulativas, no por procesos de aprendizaje consciente. De esta manera, los elementos del discurso político que nos inundan en la actualidad, pueden ser evocados por eslóganes, etiquetas, alusiones metonímicas, citas y diversos ecos, además de las habituales representaciones ritualísticas e icónicas.
Del mismo modo, algunos “géneros” cinematográficos, especialmente la ciencia-ficción y la animación, han creado mundos ilusorios y fantasiosos, míticos e imaginativos. En muchas películas de ciencia-facción el desarrollo tecnológico y el poder establecido de la ciencia han jugado, en ocasiones, un maquiavélico poder, destructor y benefactor, desquiciante y renovador. Muchas de sus imágenes se han centrado en una escatología planetaria y en la conformación de un futuro posible enormemente ficcional y hasta aterrador. Por el contrario, los trabajos de animación (por ejemplo el anime japonés de H. Miyazaki), han servido para rescatar del fango de la tradición y de los bajíos de la conciencia, seres, entidades, recuerdos, espíritus y mundos míticos con los que se identifican tanto los adultos como los niños y adolescentes. Se evidencian, de tal modo, mundos vividos y contrapartidas psíquicas necesarias, y se reivindica el retorno al ámbito prístino de la sencillez natural.
Una de las principales manifestaciones contemporáneas de la sobrevivencia de los aspectos míticos de la cultura humana son, en efecto, los juegos y sus roles, los productos de entretenimiento, en especial los juegos electrónicos. Cada juego viene con un conjunto de historias y posee su propio mundo o cosmología narrativamente construido. Tales “mundos” replican escenarios míticos-religiosos y muchos de esos juegos poseen rasgos cuasi rituales. El predominio de los mitos actuales se hace evidente para padres y profesores, en tanto que a través de los medios de masas (animaciones, propaganda y publicidad, revistas), se influye de un modo notable en la imaginación de los niños. Frente a los mitos tradicionales, la experiencia actual de los mitos es no solo secular sino totalmente penetrante e invasiva. Narraciones folclóricas y míticas tradicionales han fluido de modo natural en los mencionados juegos de rol (Dragones y Mazmorras, de los años setenta, o Tomb Raider, de los noventa, que adapta el mito de Indiana Jones, ese híbrido entre Odiseo y el héroe de cómic Tintín, y cuya “mitología” incluye el antiguo Egipto, Grecia o los Incas). Podemos comprobar, así, que el materialismo racional de la cultura occidental es una ávida consumidora de mitos y fantasías irracionales. La web, internet, por su intrínseca naturaleza, resulta ser, en un sentido analógico, la más postmoderna de las interacciones existentes entre motivos míticos tradicionales y las manifestaciones contemporáneas de los mismos.
También nuestros tiempos modernos, signados por los circuitos integrados informáticos, destilan simultaneidad e instantaneidad, rompiendo la tradicional visión temporal lineal en beneficio de una circularidad espiriliforme progresiva, casi indetenible en su vorágine. Nuestra acelerada sociedad representa el imperio de la velocidad, con nuevos ritmos que alteran las habituales maneras de ver, pensar y concebir el mundo. El culto a la velocidad ha traído al mundo divismos y heroicidades asociados a las vertiginosas tecnologías, como los que han surgido en la fórmula 1, entre los esquiadores de eslalon o los motociclistas, nuevos héroes que condicionan los patrones de conducta de una parte significativa de la juventud. Pero todavía hay otro efecto mitificante en la extrema velocidad de las sociedades del siglo XXI, o de muchas de ellas: al acelerarse la realidad el mundo se hace más pequeño, se sincroniza y hasta se podría decir que se uniformiza, en una tendencia cercana a la cosmovisión mítica holística del Universo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB